Introducción (1)
Sócrates hereda a Platón la preocupación
por dilucidar qué puede ser el placer. Platón
acomete el problema en el Filebo, diálogo en
el que Sócrates, Filebo y Protarco escudriñan
diferentes opiniones en torno al tema. Uno de los hilos
conductores más destacados en el Filebo es la
simultaneidad del dolor y el placer. Algunos ecos de
esta mezcla aparecen en el Fedón y otros diálogos,
como el Gorgias. La relación placer/dolor es,
pues, central en la discusión que sostiene Sócrates
con sus interlocutores. El eje alrededor del cual giran
los argumentos es el criterio de pureza: los placeres
que conllevan dolor son impuros, aún cuando éstos
sean ya no físicos sino anímicos. Hay
un segundo criterio: la intensidad. El placer que conduce
a la contemplación de la belleza y la verdad
es el más intenso. Al final, Platón concluye
que el placer no puede ser criterio de bien.
La discusión sobre la relación placer/dolor
llega a un momento clímax en 46a. Sócrates
utiliza un ejemplo cuando habla de ciertas “enfermedades
repugnantes”. La sarna, v.gr., produce un dolor
o comezón que se alivia rascándose, y
esto, a su vez, genera un cierto agridulce. Es evidente
que en este cuadro la enfermedad produce por un lado
dolor, y por otro placer. Algo análogo sucede
con las cosquillas (46e).
Lo que se dice del cuerpo puede decirse también
del alma (46b-c): “Pues bien, dice Sócrates,
hay mezclas relativas al cuerpo que se dan exclusivamente
en los cuerpos, y las hay del alma sola, que se dan
en el alma; y también vamos a encontrarlas dándose
en el alma y en el cuerpo, dolores mezclados con placeres,
llamados en conjunto unas veces placeres y otras dolores”.
Hay una serie de afecciones que resultan placenteras
y dolorosas al alma: la ira, el miedo, la añoranza,
el duelo, el amor, los celos, la envidia y todo lo semejante
(47e).
La envidia en el Filebo
Para estudiar el fenómeno de la mezcla placer/dolor
en el alma, Sócrates propone observar las afecciones
que los espectáculos producen en ella. En concreto,
Sócrates centra la atención sobre la tragedia,
“en los que los espectadores lloran a la par que
gozan” (48a), y la comedia, porque “también
en ellas hay una mezcla de dolor y placer”.
Justo porque “el envidioso se va a revelar gozando
con las desgracias ajenas”, la envidia es un mal
(48b) y es dolorosa al alma. Hay un vínculo estrecho
entre el dolor, el mal y la ignorancia . La ignorancia,
como se reconoce habitualmente, es un mal que conduce
a engaño. La envidia, entonces, parece ser un
resultado de la ignorancia, por lo que el envidioso
vive bajo el engaño. Sócrates advierte
que esta ignorancia puede devenir tanto en envidia como
en ridículo. Son tres las materias en las que
se presenta, por lo general (48d-49a):
a) el dinero;
b) la vanidad;
c) la soberbia, en especial la soberbia intelectual.
La persona que yerra sobre el dinero puede cometer
dos errores: puede envidiar a otros o puede cometer
actos ridículos. Las razones son claras: si se
piensa que otros hombres poseen más dinero que
el propio, o bien se siente envidia de ellos, o bien
se despilfarrará para hacer creer que las riquezas
son aún mayores.
Algo similar sucede con las cualidades físicas.
Es fácil engañarse respecto a las propias
capacidades y limitaciones físicas; esto incluye,
huelga decirlo, la belleza física y otros elementos
relacionados con el aspecto en general. No es infrecuente
juzgar con error acerca de uno mismo en este plano.
Y, de nuevo, este engaño conduce a la envidia
o al ridículo.
En tercer lugar, la soberbia. Se presenta la soberbia
en quien se considera mejor de lo que realmente es respecto
de las cualidades espirituales, como las virtudes. De
suerte que la soberbia es la vanidad, ya no del cuerpo,
sino del alma. Especial atención merece la arrogancia,
una de las especies más comunes. La arrogancia
consiste en creerse más sabio de lo que se es.
Este engaño genera numerosas rivalidades y enmascara
una falsa sabiduría.
Las tres afecciones son malas, puntualiza Sócrates.
Pero la discusión sigue adelante. Sócrates
descubre que entre los hombres que poseen una opinión
falsa de sí mismos pueden distinguirse con claridad
dos grupos: aquellos débiles que son objeto de
burla a causa de su engaño, y los fuertes que
utilizan medios agresivos para imponer a otros su idea
equivocada. A los primeros se les llama ridículo,
en tanto que resulta lastimoso todo hombre que pretende
aparentar sin disimulo alguien que no es y cuya debilidad
es patente. Los otros, por el contrario, concentran
su fuerza en la venganza, el terror y el odio, por lo
que resultan perjudiciales incluso para sus compañías
más próximas (49c).
Protarco asiente a los comentarios de Sócrates
pero, al igual que el lector, no percibe aún
la relación que estos desenfoques guardan con
la envidia. Se lo pregunta a su interlocutor en 49c.
El elemento concatenador es la burla. Qué sucede,
pregunta Sócrates, cuando un amigo tiene una
falsa opinión de sí mismo y es débil.
Provoca la burla de terceros, como ya se dijo líneas
arriba. El hombre que yerra en este sentido es esclavo
de la ignorancia y, por tanto, de cierto mal. La burla
se presenta pues como una de las caretas más
sutiles de la envidia. Quien se burla encuentra cierto
placer en el mal o las desgracias de los amigos. Sócrates
hace entonces una pausa para definir la envidia: “es
envidia la que provoca placer por las desgracias de
los amigos” (50a). Y en la burla se presenta,
de nuevo, esa extraña mezcla de placer y dolor.
Por un lado, causa pena la triste situación del
amigo; por otro, resulta casi espontáneo conducir
los sentimientos placenteros por el sendero de la burla.
La envidia se tapa la cara con la risa burlona, aunque
el alma se duele (50a).
Por fin puede Sócrates dar por concluida la
discusión original: en el alma conviven, incluso
simultáneamente, placeres y dolores, tal como
lo han mostrado los trágicos y comediógrafos.
¿Qué aporta Platón al tema
de la envidia?
Si bien la discusión entre Protarco y Sócrates
alrededor de la envidia sirve para ejemplificar una
discusión aún más amplia, no deja
de ser interesante por sí misma. Destaco ahora
algunos elementos que, a mi juicio, compendian las aportaciones
de Platón en esta materia.
1. En primer lugar, el contexto desde el que se estudia:
las artes trágicas y cómicas. Platón
se alimenta de la literatura de su tiempo. Me parece
digno de mención más por el tema que por
la metodología. Platón sabe que el arte
tiene mucho que ofrecer a la disertación filosófica:
propone escenarios, plantea problemas, sugiere conflictos,
ensaya soluciones, tantea actos y reacciones que, más
tarde, aprovecha como ejemplos que nutren su discurso.
Y merece especial atención el tema de la envidia
por tratarse de un asunto típicamente humano.
La mentalidad moderna ha sabido aprovechar la literatura
y el arte en general para enriquecer el campo de la
filosofía. En este sentido, Platón es
nuestro coetáneo.
2. Resulta innovador el tratamiento que Platón
hace de la mezcla placer/dolor. Como sugiere Sócrates,
no es fenómeno exclusivo del cuerpo; se presenta
también en el alma. El tratamiento de esta problemática
no sólo brilla por su originalidad y lucidez,
sino que llega incluso a ser alarmante por señalar
un fenómeno tan cotidiano del que apenas logran
muchos percatarse.
3. Hasta donde logro ver, parece el primer estudio
filosófico sobre el tema, que posteriormente
cobraría tanto interés, tanto con los
estoicos como con el advenimiento del cristianismo.
La presencia de textos anteriores a Platón donde
se habla expresamente de la envidia (fqo/noj, baskani/a,
zh/loj) y los envidiosos (a)gaioj) y las cosas o situaciones
envidiables no parecen ser suficientes como para llamarlos
antecedentes del tratamiento en el Filebo. Dicho en
otros términos, no parece haber una tradición
filosófica que haya pensado el tema y de la cual
Platón se hubiera nutrido. Como se dijo anteriormente,
Platón infiere esta doctrina de algunas ideas
aisladas de filósofos anteriores a él
pero, sobre todo, de las ideas que las tragedias y comedias
le sugerían.
4. Sócrates parece inaugurar (no en este diálogo
en concreto, sino en general; el Filebo es sólo
un ejemplo más) la aproximación filosófica
al hombre y sus cosas. Platón fue el heredero
natural de Sócrates. Su labor consistió
no sólo en conservar y transmitir esta preocupación,
sino también en adelantarse en temas hasta entonces
inexplorados. Como dije en (3), la envidia es uno de
ellos.
5. La creatividad filosófica de Platón
le permite encontrar vínculos entre cosas aparentemente
disociadas. Véase cómo el tema del placer
le lleva al tema del dolor físico y anímico,
y éste al de la envidia, donde descubre una caterva
de situaciones emparentadas con ella, como la burla,
el ridículo, la injusticia, el afán de
dominio o la violencia. Además, sugiere que el
fenómeno de la envidia es, en cierto sentido,
similar al de la ira, los celos, la añoranza,
el duelo, el miedo y el amor (50b).
6. Quizá sea Platón el primero en detectar
la presencia de la envidia y otras afecciones del alma
en la literatura. Aristóteles aprovechó
esta constatación y trabajó el tema en
su Retórica. Allí figura un ensayo sobre
la envidia y otras emociones. Hugo Hiriart ha hecho
notar que dichas emociones “son, no delicuenciales
y vergonzosas, como la envidia, sino tan adecuadas y
positivas que hasta a los dioses se las atribuimos.
¿Cuáles pueden ser estas emociones?, se
pregunta. Se tratad e la compasión, por un lado
y de la indignación por otro”. El pasaje
al que se refiere Hiriart es el siguiente: “(...)
al hecho de sentir compasión se opone principalmente
lo que se llama sentir indignación. En efecto,
al pesar que se experimenta por las desgracias inmerecidas
(compasión) se opone –de algún modo,
procediendo del mismo talante– el pesar que se
produce por los éxitos inmerecidos (indignación).
Y ambas pasiones son propias de un talante honesto,
ya que tan adecuado es entristecerse y sentir compasión
por los que sufren un mal sin merecerlo, como indignarse
contra los que son inmerecidamente felices”. El
texto parece relativo la ética, pero la intención
del Estagirita es describir las afecciones que puede
producir un orador. El valor de Platón, creo,
fue sugerir estos temas que, a la postre, condujeron
de cierto modo a Shakespeare a escribir Otelo y a Unamuno
Abel Sánchez.
Platón iniciador, Tomás de Aquino
profundización
Platón estudia por primera vez la envidia en
términos filosóficos, más tarde
lo continúan Aristóteles y los estoicos,
en el mundo griego. Los apologetas cristianos dedicarán
también multitud de páginas a expresarse
sobre el tópico, principalmente en tonos pastorales.
Pero quien acaso haya profundizado como nunca antes
fue Tomás de Aquino. Aborda el tema en la Summa
Theologica II-II, q.36. En efecto, tanto por motivos
ascéticos, como filosóficos y teológicos
Tomás de Aquino explica qué es la envidia.
La Biblia deja constancia en muchos lugares del vicio
de la envidia, pasajes que son revisados por el dominico:
a) Por la envidia que tuvo el diablo a Adán
y Eva entró la muerte en el mundo (Sap 2, 24).
b) Por envidia Caín mató a su hermano
Abel (Gen 4, 3-8).
c) Por envidia Esaú aborreció a Jacob
(Gen 27, 41).
d) Por envidia José fue vendido por sus hermanos
(Gen 37, 4).
e) La envidia fue la causa de que los judíos
entregaran a Jesús a la muerte (Mc
15,10; Mt 27,18).
Tomás de Aquino agrega algunas notas que enriquecen
la noción platónica de envidia. No se
limita a señalar la tristeza que provoca el bien
ajeno, sino que, añade, la envidia puede consistir
también en la alegría frente a un mal
ajeno. De nuevo aparece la mezcla placer/dolor que tanto
llamó la atención del ateniense: hay alegría
y, a la vez, dolor. Pero el Aquinate va más allá
y se pregunta cómo es posible que un bien genere
en otro tristeza, o que un mal genere alegría.
Al parecer, resulta imposible, pues la alegría
es siempre consecuencia del bien, y la tristeza del
mal. La respuesta que encuentra es que la envidia es
el resultado de una mirada torcida. Incluso la etimología
latina revela esta característica: invidia quiere
significar “mirar con malos ojos”. Al envidioso
le parece amenazante el bien ajeno y un motivo de beneficio
personal la desgracia del otro. Hiriart llama a este
error en el mirar la ilusión del despojo.
Emulación, resentimiento, celos, odio
La envidia, por lo tanto, está emparentada con
los celos y el odio. Escribe José Antonio Marina:
“Resumiré la descripción de Castilla
del Pino. No se envidia lo que posee el envidiado, sino
la imagen que el envidiado proyecta como poseedor del
bien. La envidia revela una deficiencia de la persona
que la experimenta. La tristeza del envidioso no está
provocada por una pérdida, sino por un fracaso,
por no haber conseguido. Es una relación de odio.
Odio al envidiado por no poder ser como él. Odio
también a sí mismo por ser como es. La
envidia está muy relacionada con los celos, pero
éstos implican una relación triangular
–sujeto, objeto y rival-, mientras que la envidia
es dual” (El laberinto sentimental, p.104). El
envidioso recela del otro porque, a su juicio, le opaca
y le hace sombra.
A juicio de santo Tomás, el peor odio contra
otro es a causa de la envidia, no de la ira: “el
bien mismo del prójimo nos entristece y, por
lo tanto, se nos hace odiable”, pues siempre se
odian los motivos de la tristeza. Continúa el
Aquinate: “Por la ira deseamos el mal del prójimo
en cierta medida, es decir, bajo el concepto de venganza;
mas por la continuidad de la envidia llega el hombre
a desear en absoluto el mal del prójimo. (...)
Resulta pues claramente que el odio es causado formalmente
por la envidia según la naturaleza del objeto,
y por la ira sólo dispositivamente”. El
paso de la envidia al odio es sutil y frágil,
casi imperceptible. El ingrediente ya lo había
señalado Platón en el Filebo: al envidioso
le parecen injustos el triunfo, la salud, la riqueza,
la virtud, la honra o lo que sea del envidiado. Por
eso afirma Sócrates que dolerse de la desgracia
ajena es una injusticia y que, en algunos, los llamados
fuertes, desemboca en odio. Aristóteles completa
el argumento, recuperado más tarde por Tomás
de Aquino, cuando explica que la envidia se siente frente
a los iguales o semejantes, en la medida en que se van
alejando de nosotros. Dicho con otras palabras, difícilmente
se experimenta la envidia con los superiores; aparece
cuando alguien igual a uno comienza a ascender hacia
el éxito: “la envidia es un pesar turbador
que concierne al éxito, pero no del que no lo
merece, sino del que es nuestro igual o semejante”.
Y en otro lugar asegura que “envidiamos a quienes
nos son próximos en el tiempo, lugar, edad y
fama”. Poco después insiste: “la
envidia consiste en cierto pesar relativo a nuestros
iguales por su manifiesto éxito en los bienes
citados, y no con el fin de obtener uno algún
provecho, sino a causa de aquéllos mismos. En
consecuencia se sentirá envidia de quienes son
nuestros iguales o así aparecen”.
Aristóteles señala un nuevo tipo de envidia
cuando dice que “también son envidiosos
los que poco les falta para tenerlo todo, ya que piensan
que todos quieren arrebatarles lo que es suyo”.
Esta modalidad es típica entre los hombres de
acción y de política, especialmente entre
los tiranos o dominadores. Como se ha constatado a lo
largo de los siglos, este sentimiento degenera en odios
que se consumen con terribles injusticias.
Unamuno ha dejado una magnífica descripción
de los sentimientos revueltos y revoltosos de un hombre
atormentado por la envidia. En su novela Abel Sánchez,
cuando Joaquín nota que la relación entre
Abel y Helena iba ya muy avanzada y cuando todo hacía
presagiar que una boda, escribe Joaquín en su
Confesión: “Pasé una noche horrible,
volviéndome a un lado y otro de la cama, mordiendo
a ratos la almohada, levantándome a beber agua
del jarro del lavabo. Tuve fiebre. A ratos me amodorraba
en sueños acerbos. Pensaba matarles y urdía
mentalmente, como si se tratase de un drama o de una
novela que iba componiendo, los detalles de mi sangrienta
venganza, y tramaba diálogos con ellos. Parecíame
que Helena había querido afrentarme y nada más,
que había enamorado a Abel por menosprecio a
mí, pero que no podía, montón de
carne al espejo, querer a nadie. Ya la deseaba más
que nunca y con más furia que nunca. En alguna
de las interminables modorras de aquella noche me soñé
poseyéndola y junto al cuerpo frío e inerte
de Abel. Fue una tempestad de malos deseos, de cóleras,
de apetitos sucios, de rabia. Con el día y el
cansancio de tanto sufrir volvióme la reflexión,
comprendí que no tenía derecho alguno
a Helena, pero empecé a odiar a Abel con toda
mi alma y a proponerme a la vez ocultar ese odio, abonarlo,
criarlo, cuidarlo en lo recóndito de las entrañas
de mi alma. ¿Odio? Aún no quería
darle su nombre, ni quería reconocer que nací,
predestinado, con su mesa y con su semilla. Aquella
noche nací al infierno de mi vida” (Abel
Sánchez. Una historia de pasión, pp. 27-28).
Otro pasaje digno de mención en este lugar es
“La intrusa” de Jorge Luis Borges, cuento
que recogió en El informe de Brodie. En ese cuento,
la envidia mezclada con los celos sí acaba en
asesinato.
En ocasiones con una faz distorsionada, en otras descarada
y desnuda, la envidia está metida en la esfera
pública hasta los tuétanos. El resentimiento
y el racismo son los rostros de la envidia social. Quizá
valga la pena recordar en tiempos de guerra las palabras
del profesor Martí: “Parece estar de moda
el catastrofismo: se comentan más los dolores
que las alegrías; porque tal vez la audiencia
de la queja provoque menos envidias, que la manifestación
de las alegrías” (La ilusión, p.
80).
NOTAS:
(1) Agradezco a Francisco Ugarte sus dos conversaciones
que iluminaron este ensayo.
(2) En este contexto sería interesantes investigar
las repercusiones en Platón del intelectualismo
socrático.
BIBLIOGRAFÍA
FUENTES
Platón, Filebo, Gredos.
BIBLIOGRAFÍA SECUNDARIA
Tomás de Aquino, Suma Teológica,
II-II, BAC, Madrid, 1956.
Aristóteles, Retórica, Gredos, Madrid,
1992.
Jorge Luis Borges, “La intrusa”, El informe
de Brodie, Emecé, 1999.
San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el
evangelio de San Juan, 16, 1, Ciudad Nueva, Madrid 1991.
Hugo Hiriart, “Sobre la naturaleza humana: Envidia.
Una averiguación previa”, Letras Libres,
México, abril 1999.
Therence Irwin, Plato´s Ethics, Oxford University
Press, Oxford, 1995.
José Antonio Marina, El laberinto sentimental,
Anagrama, Barcelona, 1997.
Miguel Ángel Martí García, La ilusión,
EUNSA, Pamplona 1995.
Francisco Ugarte, “Envidia: puerta abierta a la
tristeza”, Istmo, 258, México, enero-febrero
2002.
Miguel de Unamuno, Abel Sánchez. Una historia
de pasión, Espasa-Calpe, México, 1990.
(*) Enrique G de la G (San Pedro Garza García,
México, 1979). Lector y escritor, estudió
filosofía. Su tesis versa sobre el objeto de
la metafísica aristotélica. Colabora en
distintas revistas con ensayos, reseñas y entrevistas.
Agradecido lector de Borges, Victor Hugo y Alfonso Reyes.