Milenio: día uno
Por Cristina Civale (*)



Yo quería hacer otra cosa. Mirar el sol esconderse entre los edificios del centro. Tomar shots de tequila en el balcón terraza de mi mejor amiga. Ver el compilado especial de la tevé con los festejos mundiales por la llegada del dosmil. Menos eso. La cosa que realmente hice. Quería tranquilidad y la cotidiana y controlada excepcionalidad de una puesta de sol, un programa de tevé o unos pocos tragos. Fuera lo que fuese, tenía que decidirlo antes de la siete. El sol, los programas y mi amiga ejecutan rutinas muy estrictas. Tenía veinte minutos. Por esa razón es que caminaba apurada y concentrada sólo en mis pasos por el borde silencioso del zoológico. Acababa de tomar el primer té del milenio con dos amigas de la secundaria en uno de los bares de los Arcos de Palermo. Siempre nos resultaba emocionante encontrarnos, sobre todo porque hacía ya más de veinte años que nos conocíamos y ninguna sabía por qué nuestra relación duraba tanto. Esa tarde, luego del té, cada una se fue por su lado, quizá el secreto de la larga unión haya sido ese simulado desapego. Yo caminaba rápido hacia la estación de subte de Plaza Italia desde la cual un tren, en casi diez minutos, era capaz de dejarme a dos cuadras de mi casa. Entre mis queridas paredes decidiría si el río, si el tequila o si la televisión. Pavadas. Esas alternativas se desvanecieron en menos de un minuto porque nunca llegué a la avenida Santa Fe, donde, por los menos, tres bocas del subterráneo degluten pasajeros hacia los andenes bajo tierra.
Sin pensar, como un robot, como si no pudiese negarme, casi como una gracia, me olvidé de todo. Supongo que, a pesar de mis múltiples planes, estaba algo errática. Todavía no me había dado cuenta de que tenía tantas alternativas porque ninguna me convencía. Quería que, mágicamente, alguien decidiera por mí, pero no era consciente de mi letargo. Necesitaba que algo imprevisto sucediera. Lo deseaba tanto que -supongo que por la vehemencia de mi deseo-, al poco tiempo, sucedió.
Mientras el resto del mundo se movía enfundado en ropa deportiva, yo caminaba con un vestido largo y negro que guardaba la dualidad insinuante de hacerme parecer desnuda cuando en realidad estaba completamente vestida. Una agujero ovalado y amplio mostraba parte de la espalda y aunque no era nada escotado, dos inmensos tajos dejaban mis piernas a la vista, exactamente desde un centímetro más abajo de la ingle hasta los tobillos. Lo demás me cubría desde el cuello hasta el comienzo de las piernas, ajustándose apenas a mi piel, como un mameluquito sin mangas y una pollera tajeada en cuatro en el lugar del pantalón. Aunque lo llevaba con naturalidad, sentía los ojos clavados de cada persona con la que me cruzaba, fuera hombre o mujer. Yo seguía adelante, tratando de que sus miradas no consiguieran sabotear mi diferencia. No me resultaba sencillo pero era casi como una cruzada. Por ese entonces lo consideraba como uno de mis equipos deportivos, lo solía usar los domingos calurosos y algunos feriados, cuando salía a caminar por ahí. Las mujeres en musculosa y calzas cortas de algodón ceñidas exponían su cuerpo mucho más que yo con mi vestido-mameluco, pero como eran pelotón podían andar tranquilas y esquivar las miradas acusadoras. Para ellas sólo había admiración o indiferencia, según el gusto de aquél con el que se toparan.
Pero ese día, debo admitir que tardé bastante, reconocí por fin el poder de un vestido. Jamás imaginé que durante el atardecer de ese soleado primero de enero yo fuese a terminar con una cámara de fotos entre mis manos -en verdad, un objeto precario ya fuera de circulación- adentro de un auto celeste patrio -casi del mismo rango que la maquinita- con un desconocido, en una suerte de sesión hétero-porno-light. Un verdadero disparate que ocurrió muy espontáneamente y de este modo.
Luego de haber pasado una larga noche sólo bebiendo champaña -el nuevo siglo parecía alejar casi completamente la presencia de los químicos en mi cuerpo- y luego, también, de haber vivido un incidente que apuró la salida de mi vida de Patricio, mi último novio, un joven encantador al que su amor hacia mí lo había estupidizado a punto de convertirlo en un lacayo que desde hacía meses no quería escuchar que yo ya había dejado de quererlo. Amenazaba mi vida y la suya con espectáculos lastimosos y ruegos que no conducían a ninguna parte más que a mi idea cada vez más recurrente de contratar a un asesino a sueldo por unos pocos dólares para que lo sacara de circulación. Me evité el gasto y esa misma noche lo saqué a empujones de la fiesta a la que fui invitada y a la que Patricio me siguió, como siempre, como un perro fiel y acomodaticio. Luego de verlo besarse con una chica de por ahí como una dedicatoria precaria y poco ingeniosa hacia mí, decidí que su presencia en mi vida ya había sido suficiente. No tenía celos, era su torpeza lo que me hacia reventar de fastidio. Me deshice de él en una escena poco feliz en la puerta de la casa, le grité cosas que ya no recuerdo, pero sí me quedó grabado en la memoria como se encogía ante cada uno de mis gritos. Por suerte se fue y yo volví a la fiesta ante la mirada estupefacta de alguno de mis amigos.
-Necesitaba un poco de adrenalina. -dije a modo de excusa y seguí bailando.
Al día siguiente, amanecí como a las dos de la tarde. Me sentía feliz, estúpidamente feliz. Liviana. La vida era realmente leve y agradable sin la presencia de Patricio.
Inmediatamente me puse en contacto con mis amigas y enseguida arreglamos lo del té. Fue luego de casi dos horas de charlar contándonos nuestros respectivos festejos cuando me encontré apurando el paso bordeando las rejas del zoológico sobre la avenida Sarmiento.
-¿No sería lindo conocernos el primer día del milenio? -me susurró muy cerca del oído una voz masculina, grave y seductora.
-No sé -contesté sin mirar. -¿Por qué sería lindo?
-Porque hoy es ese día -me respondió un tipo vestido en bermudas y musculosa, bien parecido, con cara graciosa y de algo más de treinta años. A mí me atrajo la idea de conocerlo.
-¿Vamos a tomar algo? -me invitó.
-Estamos en el medio de la nada. Mejor tirémonos a tomar lo que queda del sol.
Le pareció bien y caminamos un par de cuadras hasta volver al bosque que todavía estaba bastante concurrido. Habló solo él y únicamente se dedicó a alabar lo bien que me quedaba el vestido. Encontramos un lugar que nos gustaba y nos echamos en el pasto. Yo me puse boca abajo y el se ofreció a hacerme un masaje.
-No sabés lo bien que descontracturo la espalda.
-Prefiero los pies, si no te importa. Están un poco sucios.
No le importó en lo más mínimo y durante diez minutos disfruté de sus delicados masajes. Después se sentó junto a mi y me acarició las piernas, subiendo su mano con claras intenciones de llevarlas lo más arriba que pudiese.
-Ey. No tan rápido -lo detuve- aunque a los pocos minutos nos estábamos besando. Tenía buenos labios y una saliva fina, no como la de Patricio que se convertía en una baba pegajosa apenas se calentaba.
Luego de besarnos un buen rato me contó que estaba allí porque tenía que sacarse unas fotos. Ocurría que esa noche participaría de una despedida de solteros y, para que las cosas fuesen más justas, con sus amigos habían decidido que todos debían cumplir con una prenda. A él le tocaba fotografiarse en tanga en los bosques de Palermo. Según me dijo iba a fotografiarlo uno de sus amigos, pero me juró que creía que lo había plantado para que él tuviera que arreglárselas solo. No le creí una palabra. Mis creencias se confirmaron con lo que dijo a continuación.
-¿Te animás a sacármelas vos?
-Por supuesto -le contesté, segura de que levantarme era parte de la prenda.
Fuimos hasta su auto -le daba vergüenza hacerlo al aire libre-, un Peugeot 505, celeste y destartalado. Le dije que se sentara en el asiento de atrás para que estuviera más cómodo y para que yo tuviera más tiro con la cámara. Allí se sacó las bermudas y la camiseta y se quedó con la tanguita blanca que delataba una panza batante prominente y un culito inusualmente bien armado.
Lo fotografié de frente y de atrás, ocupándome en cada caso de que se le notara la cara. No quería que sus amigos pensaran que había usado un doble de cuerpo. Cuando terminé con mi trabajo insistió en invitarme a tomar un trago. Como me negué, se ofreció a llevarme y yo acepté. La situación era bien rara pero no me daba ningún miedo. Mientras maniobraba su auto para tratar de rotomar Liberador, me pidió que le tomara una última foto. Una con el pito afuera, duro, y en lo posible eyaculando. No le mostré mi sorpresa ni mi desagrado. Traté de no parecer espantada.
-No tengo problema en que te hagas una paja, siempre y cuando no choques.
-No, no. Me la tenés que tocar si no, no se me para.
-No seas atrevido.
-Dale, una tocadita -me rogó mientras dejaba su pito afuera. Era tan diminuto que me dio pena. También quería terminar pronto con el asunto y llegar a mi casa. Entonces, usando su tanga como guante, se lo manoseé un poco. Él, por suerte, seguía manejando como si nada. Cuando su pito alcanzó un tamaño aceptable lo solté y enseguida acabó.
-Que rápido que te corrés -se me escapó con la misma imprudencia que su semen al que logré captar en una instantánea que creo, será memorable.
-Sos vos la que me calienta así.
-No me digas.
-Bueno, la verdad es que si no me apuraba, me cierra la casa donde revelan las fotos.
En el camino lo hice parar por tonterías: para ver a unos niños jugando disfrazados, para darle monedas otros niños que vendían rosas y hasta para aplaudir a un grupo de travestis que festejaban el nuevo año en la llamada zona roja. Claramente, yo estaba haciendo tiempo. Cuando llegamos a mi casa ya estaba segura de que a esa hora no iba a encontrar ninguna casa de fotos abierta. En Buenos Aires no existía un servicio de ese tipo que funcionase las veinticuatro horas.
Me despedí con un beso que apenas rozó nuestros labios y mientras cruzaba la calle me volvía la imagen de su miembro chisporroteante y me reí. Me reí y me reí. El año empezaba al menos, divertido y desopilante, demostrándome que mi impunidad no me hacía correr ningún peligro. Me equivocaba.
Al día siguiente recibí una cinta de video casero donde se registraba todo lo que había sucedido esa tarde con el hombre de la tanga blanca. Ninguna amenaza. Sólo el tape en una caja negra con una tarjeta que decía: "Já já. Te estoy espiando. Te sigo queriendo. Patricio". Tomé el teléfono y disqué un número que tardé en encontrar en mi agenda porque lo tenía escrito en clave y no podía acordarme de cuál era. Tarde un poco pero por fin recordé. Del otro lado una voz resacosa me respondió.
-Sí.
-Un delivery urgente. Para esta misma noche -le ordené.
Quedamos en encontrarnos cerca de un puente que cruza la avenida Juan B. Justo. Allí le llevaría las señas y el dinero. Me sorprendió que la tarifa hubiese bajado desde la última vez. El precio era una diabólica tentación y a los hombres pesados que pretenden pasarse de listos les siente mejor convertirse en cadáveres. Pensé que ya no volvería hacerlo, que el nuevo milenio me liberaría de esos delitos del alma. Pero hay cosas que no cambian con el simple hecho de que se gire la hoja del almanaque.
A los dos días enterraron a Patricio en un cementerio del sur de la provincia. No fui. Mandé una orquídea con mi tarjeta comercial y me quedé mirando la tele, nuevamente pasaban el compilado con los festejos del milenio. Tendría que haberme quedado a mirarlo cuando lo pasaron por primera vez, aquélla tarde en que caminaba con mi vestido de tajos por los bordes el zoológico. La Torre Eiffel encendida y la multitud en Time Square me hicieron olvidar de casi todo. Volví a sentirme estúpidamente feliz. Liviana y ahora para siempre. Patricio estaba muerto. Es increíble lo poco que cuesta una vida aquí en el sur, en el fin del mundo, donde vivo.


(*) Cristina Civale (cristina@trovarelamerica.org), Buenos Aires, 1960.Vive entre Barcelona, Milano y Buenos Aires. Es escritora, gestora cultural y guionista de cine y televisión. Es también Licenciada en Letras de la Universidad de Buenos Aires y Licenciada en Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid. Cursó estudios cinematográficos en Buenos Aires y en La Habana en la mítica escuela dirigida por Gabriel García Marquez. Dictó clases en la Universidad de Buenos Aires, en el Centro de Experimentación Cinematográfica de Barcelona y en la Scuola Holden de Torino.
Sus libros de cuentos Chica Facil y Perra Virtual (http://literatura.org/Civale/Civale.html) fueron publicados en Buenos Aires y Madrid, así como su novela El hombre de mi vida serás tú. En 2003 están programadas las publicaciones de sus dos últimas novelas América en fuga y Adiós, nueve maneras de decirlo.
Escribió guiones para cine tanto en Buenos Aires como en Madrid, donde actualmente sigue trabajando como guionista y periodista.
Sus textos pueden leerse en el periódico El País de Madrid, Página 12 de Buenos Aires y Elle de Italia.

 



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