Georges Méliès
¿Narrativa o espectáculo?
Por Jose Tirado (*)

 

 


“Méliès inventa las sílabas del futuro lenguaje,
pero se sirve aún de abracadabras, no de palabras”(1)

Tradicionalmente se ha tendido a infravalorar las primeras obras de Georges Méliès, como la del resto de cineastas sincrónicos, por su ausencia de originalidad. Las escasas posibilidades técnicas ofrecidas por un descubrimiento aún demasiado reciente reducían el trabajo cinematográfico al mecanismo de grabación, divulgándose en tal caso la exhibición de fotografías animadas. No obstante, tampoco se buscaba que este nuevo invento proporcionara una gran variedad de posibilidades técnicas, sino más bien que contribuyese a documentar la realidad. Este interés proliferó de tal forma que el éxito inicial acabó aburriendo al público. No obstante, pronto llegarían nuevas experiencias como, por ejemplo, las narraciones fantásticas de Méliès, llenas de sorprendentes trucajes (el primero, descubierto de forma casual, aparecería en L’escamotage d’une dame).


Georges Méliès, provinente del mundo de la magia y el teatro, se instituiría como el precursor de la experimentación técnica al explorar sistemáticamente las capacidades tecnológicas ofrecidas por el cinematógrafo. Sin duda, la intervención de Méliès acabaría verificándose como uno de los progresos más significativos de la historia del cine, ya que el dominio de la perspectiva técnica posibilitaría el compromiso ipso facto con la praxis del lenguaje cinematográfico. No obstante, antes de definir la narrativa propia del nuevo medio debía tomarse prestada la sintaxis de otra disciplina escénica: el teatro.

Éste fue el gran logro de Méliès. Tal y como el propio director se presentó, Méliès fue “el primero en lanzar al cine por su camino teatral espectacular”, derivándose en una contribución simbólica con la narrativa cinematográfica. No obstante, éste inicial avance pasaría a ser, hacia el final de su carrera, en su mayor enemigo, pues impedía que el cine poseyera un lenguaje y unas herramientas propias, ajenas a las análogas teatrales.

Sus cintas, organizadas según la distribución del acto escénico, recurren al montaje como elemento conector, sin transferírsele el valor narrativo que le distingue (2). Aun así, Méliès consigue instaurar la autarquía del plano: elemento ya autónomo, con sentido y capacidad de expresión, y por tanto comprensión, en sí mismo.

Pero como apuntó Ramsaye, Méliès es un “inventor tecnoestético”; sus aportaciones transcenderían la faceta técnica para alcanzar interesantes innovaciones estéticas. Su estilo, eminentemente fantástico, imaginativo, poético y novedoso, parece forjarse con esa inocencia de la que goza la mirada infantil ante un espectáculo circense. Es incalculable el número de efectos de feria que Méliès reproduce en todas sus cintas: maquetas, vistas de acuario, vestuario, travellings, fundidos... dando forma así el carácter idiosincrásico de su filmografía: la atracción fílmica (3). No obstante, Méliès nunca emplearía dichos elementos como entidades de expresión, de modo que no adoptarían en sus obras roles narrativos, sino estrictamente efectistas. Su principal finalidad seguía siendo la de sorprender al público, de forma que, revisando las posibilidades de modificación establecidas entre la cámara y la experiencia perceptiva humana (4), Méliès se serviría de infinidad de trucajes para conseguir su objetivo.


Algunas de sus mejores cintas, imaginadas como auténticos manifiestos de la aplicación del trucaje, fueron Le laboratoire de Méphistophélès, Pygmalion et Galatée, Le mélomane, o la inolvidable Le voyage dans la Lune. En ella, el director convoca los clásicos de Verne y Wells para reinventar una historia épica singularmente perspicaz, divertida y atrayente.

No obstante, aunque Méliès sorprendiese con infinidad de nuevos trucos, la mayoría de los elementos seguían repitiéndose con la misma ineficacia película tras película. La iluminación, plana y monótona, no conseguiría adquirir el carácter expresivo que le corresponde; tal y como sucedía con la organización de la escena, el punto de vista único (frontal, hierático y distante) o el registro interpretativo excesivamente teatralizado.

Méliès acabaría siendo, por lo tanto, un prisionero de la narrativa y la estética teatral, de forma que desde 1900 hasta 1912 su evolución sería casi imperceptible. Si a dicho inmovilismo añadimos la aparición de satisfacciones como Cabiria (en Italia), las primeras películas de Chaplin o los incipientes éxitos de Griffith (en Estados Unidos), podremos comprender porqué los films de Méliès comenzaron a concebirse arcaicos y casi impenetrables.



NOTAS
(1) Talens, Genaro y Zunzunegui, Santos. Historia General del cine. Volumen II 1908-1915. Cátedra. Madrid.1995.
(2) La concepción del montaje como elemento semántico autónomo no se haría evidente hasta la llegada de Asalto y robo al tren o Salvamento en un incendio, de Edwin S. Porter.
(3) Méliès se alza como el ancestral representante del demiurgo cinematográfico al controlar la totalidad del proceso (desde los decorados y el vestuario, hasta las máquinas de registro y edición), procurando en todo momento generar espectáculo para conseguir así, sorprender al público.
(4) Con dicho análisis, Méliès se adelanta al principal leitmotiv de la cinematografía de vanguardia, y en especial, a la obra del soviético Dziga Vertov.

(*) Jose Tirado es estudiante de Comunicación Audiovisual en la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona. Su itinerario de especialización es la dirección y el análisis cinematográfico. En el último año ha colaborado con diversas webs de cine y, actualmente, escribe crítica cinematográfica en revistas como Acción, Temps Moderns o Marges BCO. Anteriormente había recibido premios literarios por sus trabajos de narrativa, poesía y relato breve, entre los que destacan el Certamen Hidroeléctrica de Catalunya y el Premi Jocs Florals Interescolars de la ciudad de Barcelona. En 1998 fue seleccionado por el Ministerio de Cultura de España para participar en la expedición Ruta Quetzal Argentaria (programa coordinado por la Universidad Complutense de Madrid y declarado de Interés Universal por la UNESCO).



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