NUEVAS PREGUNTAS, OTRAS FRONTERAS
¿Qué pasa con las representaciones de
la poesía y con los poetas en la sociedad estetizada
y global? ¿Cuáles son las actuales formas
de receptividad de la poesía? ¿Le pasa
a la poesía lo que aconteció con la música
clásica, es decir, estamos ante el fin de sus
rituales como práctica casi cotidiana? ¿Está
siendo desterritorializada la poesía por la sociedad
mediática?
Estos interrogantes están unidos al cambio que
las industrias culturales operan en los campos de las
representaciones estéticas. Los paradigmas modernos
de la poesía y del poeta se balancean en una
cuerda demasiado floja que cautiva quizás por
la expectativa de la caída o por la capacidad
para llegar a nuevos linderos. Con espíritu de
malabarista, la poesía camina a tientas, siendo
seducida ora por tablas salvadoras que le encadenan,
, ora por su fecunda rebeldía que la excluye.
Entre la salvación institucional y la subversión
marginal, ella cruza el campo minado de los rituales
del consumo de la estetización cotidiana y del
show mediático. Esto lleva a que cambiemos el
sentido de nuestras preguntas. Hoy no es tiempo de interrogarnos
qué es la poesía, es decir, sobre su esencialidad,
sino el de responder qué está pasando
con su universo estético. Y es desde allí
de donde quieren partir estas reflexiones, pues, de
la misma manera que la pregunta por lo bello se agotó
para dar paso a las inquietudes sobre lo que le pasaba
al arte, el resquebrajamiento de los fundamentos histórico-metafísicos
modernos han mutado las indagaciones, ubicándonos
en nuevos y sorprendentes territorios.
El poeta que se aventura con cautela sobre las cuerdas
de la cultura, a punto de dar un paso o tropezar, está
cautivo por otras representaciones sensibles. No se
escapa del fuerte impacto que éstas han dado
en el corazón del lenguaje. No es su intención
huir y guardarse de las tormentas. Su pasión
está asaltada; su ideal sometido a transformaciones.
Nuevos registros, nuevas pulsiones.
El cambio en las representaciones estéticas,
que en la actualidad es tan cotidiano, va dejando abandonadas
en el camino infinidad de categorías tradicionales
y modernas, las cuales sirvieron a varias generaciones
para provocar preguntas, edificar obras de gran valor
histórico. A la poesía la asaltan –como
a todo el arte actual- los síntomas de los géneros
clip, la explosión de sus regímenes linguísticos,
el paso de la expresión subjetiva –los
romanticismos vanguardistas- al de programación
procesual, manifiesta en las estéticas de las
interconexiones contemporáneas. Estas mutaciones
se asumen sin carga de culpabilidad y sin drama, pues
es otra sensibilidad la que las lleva a cabo, otras
voces las que las ejecutan. Así, por ejemplo,
la idea del tiempo histórico, tantas veces asumida
como una esperanza por los siglos épicos, se
ha cambiado en inmediatismo e instantaneidad. El poeta
moderno vanguardista, quien sobrellevó el peso
de su trascendencia al constituirse en “actor
social” con responsabilidad y conciencia histórica,
observa que se liquida su heroísmo triunfante
y se evapora la memoria histórica. De allí
que el sentimiento de lo sublime, hijo del tiempo lineal
con sus rupturas y catástrofes y de la obsesión
por superar la fugacidad cotidiana con un ideal de permanencia,
no constituya, para las nuevas sensibilidades de poetas,
su mayor desgarramiento. Las guerras de la actual poesía
quizá estén en otros campos. Los mitos
ilustrados, románticos y vanguardistas, producen
en estos poetas una risa cínica, con una aparente
mueca de demolición.
Otros frentes, otros territorios. La evaporación
del sentido histórico; la desublimación
de la memoria creadora, llevan a pensar en una poesía
hecha para una sociedad civil global virtual, es decir,
para ciudadanos consumidores virtuales, cuya memoria
sólo sirve para el olvido, el instante. El poeta-héroe,
que dejaba su rastro sobre la tierra, se muta por un
poeta que no desea heredar las pesadas cargas del tiempo
y que brinca sobre su tradición con felicidad
errante, sin angustia alguna. Todas las grandes rocas
históricas quedan convertidas en un archivo museístico;
se contemplan como objetos exóticos, o se reutilizan
para provocar una espectacularidad efímera. Pierden
su fuerza provocadora, sus peligros. El poeta virtualizado
ya no necesita proclamas ni manifiestos para legitimar
la acción. Su intención no está
en aclarar qué es o no arte. Se ha despreocupado
del esencialismo y de los fundamentos últimos
de lo poético como formas necesarias para la
vida. Agotados los tiempos de la autoconciencia artística
filosófica, otras actitudes rondan. Sin determinismos
ni discursos legitimadores, todo es posible, ¿entonces
para qué justificar conceptualmente las acciones?
De esta manera, al no sentirse preso de la tradición,
sus actitudes se vuelven trans-históricas, fuera
de los lindes de las categorías modernas. De
allí que al poeta se le haya incapacitado con
la virtualización de su acción civil,
mucho más que en la etapa del historicismo triunfante,
y ello a pesar de que nos parezca lo contrario. Sí,
es cierto, hay más medios de difusión,
rápidos, baratos y eficaces. Poesía en
la red, poesía velocidad. Pero, ¿se le
escucha al poeta? ¿Se le da real importancia
a su palabra o se le engaña con sofismas de difusión
en públicos-masa, no lectores, restándole
su potencia inventora y contestataria?
Nuestra propuesta no está en tratar de tornar
al pasado con ojos de llanto nostálgico. No.
Algo se ha roto aquí. Se trata de pensar, con
sentido más creativo que fóbico, cómo
aprovechar esta virtualización de la actividad
del poeta. En realidad es un amplio trabajo de asimilación
y de educación de esa otra forma de subjetividad
no conocida en los siglos épicos historicistas
y construida por esta época de inmediatez en
la sociedad clip. El beneficio de la virtualización
es poner a navegar una presencia a distancia para construir
públicos-lectores críticos; un ágora
virtual activa, mínima en comparación
con los macro-mercados, pero importante como productora
de sentidos en la virtualidad de la acción estética
y política. Se debe iniciar por superar el sentimiento
de inutilidad que deja en los poetas su participación
entre los ciudadanos de consumo rápido; participar
en diálogos, simposios digitales; gestar excelentes
revistas de calidad en todos los formatos posibles;
promover encuentros globales; utilizar la velocidad
de las redes para la reflexión, las denuncias,
las propuestas. A pesar de saber que los nuevos macro
relatos (Mercado y Medios) tienen en su naturaleza un
espíritu de invasión y de relajación
de las sensibilidades, la poesía debe luchar
por entrar al debate desde y sobre su virtualidad telemática,
tratando de esclarecer su razón de ser bajo estas
condiciones.
Tal vez sea demasiado prematuro para descifrar qué
extrañas conquistas traerán estas recientes
cartografías de lo sensible, pero algo vislumbramos
entre la niebla: algunos poetas tendrán la actitud
de aprovechar su virtualidad y las mezclas de estilos
y géneros, para crear obras de gran calidad que
subvierta, desde lo global o local, las estéticas
de la estandarización y repetición. Otros
aprovecharán la inmediatez del instante digital
para lograr introducirse en las redes blandas con un
sentido más crítico que supere al actual
pragmatismo tecnócrata y utilitario de Internet,
proponiendo poéticas renovadoras. Confrontación
y aprovechamiento. He allí la actual ambigüedad
del poeta virtualizado. ¿Queda, después
de esto, espacio para el melodrama por las “pérdidas”
de sentido tradicional poético? ¿Es posible,
en medio de esta virtualización, seguir preguntando
sobre cómo asumir las viejas categorías
escriturales? Cambio de pregunta y de preocupaciones.
Creemos que al poeta le queda todavía mucho
que hacer, pero es menester cambiar su antigua armadura
por actitudes nuevas, analíticas y certeras.
No se trata de deponer la crítica, se trata de
actualizarla. A pesar de la sistemática censura
y de la metódica exclusión que casi todos
los Mass Media llevan a cabo sobre la poesía,
ésta, sin descuidar ni un segundo la terrible
enajenación masiva global, debe aprovechar la
sociedad de la información para interrogar con
inteligencia y valentía lo que destierra la vida
del hombre. Donde escuche gritos de tortura debe imponer
un subversivo espasmo; donde se le relaje su fuerza
poética, debe tensionar el arco con una palabra
activa. La poesía, como formación constante
del asombro y sin miedo ante los misterios que recorre,
está dispuesta siempre a cambiar de piel, pero
sin dejar abandonado el cuerpo en el campo de combate.
No se da por vencida, de allí su gracia permanente.
LA POESÍA COMO CABALLO DE TROYA
Cierto es que la globalización le impone a la
poesía otros derroteros. Las magnas industrias
culturales, con su fuerza de institucionalizar las protestas,
son los nuevos minotauros de seducción en los
laberintos cotidianos. El enfrentamiento es desigual.
El poeta, por su actitud de no conciliar con las fascinantes
golosinas del éxito y la fama, es el antípoda
de los mercaderes y propietarios de los gustos artísticos.
Esto lo obliga a ser más estratégico en
los momentos límites y aprovechar las circunstancias
del pragmatismo mediático para –como Ulises-
imponer su caballo de Troya en el corazón de
la sociedad informatizada. Estrategia del aprovechamiento
para la conquista de sensibilidades globales lectoras.
Duro es su trabajo, difícil su destino y oficio
en el mundo de la eficacia rentable. Sin embargo, queda
el sueño, lo imposible/posible, la infinidad
de senderos aún no horadados.
La exclusión de la poesía de los medios
masivos oficiales en los últimos años,
es en realidad preocupante. Sabemos que esta fórmula
de silenciar voces audaces y críticas no es nada
nueva. La poesía ha vivido y sobrevivido en los
extramuros; se ha mantenido con su cuerpo en llamas
bajo la intemperie. Por lo cual, si la globalidad del
mercado la ha marginado de los medios de forma más
radical que en anteriores épocas, ello facilita,
de alguna manera, cierta libertad y autonomía
para levantar sus palabras fuera de la oficialidad consumista.
Asume con mayor intensidad y maravilla el ser la mala
conciencia de su tiempo, tal como la definió
hace algunas décadas Sain-John Perse. Por esa
razón, está expulsada, como antaño,
de la República, esta vez por motivos distintos.
No por reivindicar lo pasional y lo sensorial, ni por
engañarnos con sus imitaciones; no por re-crear
apariencias y fantasmas, ni por gerenciar una “tribu
de farsantes”, como definió Platón
a los poetas. Ahora se le expulsa por desenmascarar
las mentiras; por denunciar las falsas catarsis que
produce el gusto extremo espectacular del mercado. No
por imitar ni por conciliar con la realidad fáctica,
sino por abstenerse de aplaudir los ademanes de una
sociedad fascinada en sus asesinatos. Y como es difícil
hacer de ella un producto de venta masiva (pues cada
vez se compra menos y se consume al detal) se le ha
marginado de la República global. De modo que
se le observa como secta secreta, extraño ghetto,
con su celebración de rituales íntimos
para unos cuantos estrambóticos iniciados.
Sin embargo, muchos de los actuales poetas no soportan
ser excluidos y buscan la felicidad efímera de
la fama y el éxito. Para tal objetivo han relajado
sus palabras hasta situarse en las pasarelas del mundo,
con astucia más que con calidad estética,
al lado de las refrescantes y hermosas top models. No
han sabido entender las distancias. Éstas tienen
su razón de ser en la lógica capitalista
del mercado; el poeta su razón de vivir siendo
fuego en el oído de esa misma lógica.
Como antípoda de la practicidad instrumental
y del truculento fetiche de la sublimación de
ricos y famosos, el poeta no se debe dar golpes de pecho
por no hacer calle de honor a la escenografía
frívola y banal de un mundo construido para desaparecer
el espíritu crítico-creador del ser humano.
No. Su puesto está en ser indagador sin desconocer
los nuevos contextos, lo que permitirá que sus
palabras no caigan en los presentidos abismos. Sólo
así entenderá mejor sus desafíos,
las posibilidades ante la actual situación.
¿PARA QUÉ POETAS
EN TIEMPOS TERRIBLES?
Sentir la inutilidad de la actividad poética
en este tiempo cuando un totalitarismo financiero y
mediático ha cobijado con sus redes casi toda
cotidianidad posible, es quizá el síndrome
de fracaso del creador actual. Bajo las llamas de los
imperios, que desean controlar todo sin que nos demos
por enterados, el poeta con su quemante palabra se siente
indeseado. No hay acción real que valga, más
cuando el imperio globalitario está empeñado
en desconocer a la opinión pública y a
la sociedad civil, imponiendo su unilateral discurso
sobre diferentes propuestas y posiciones. Desaparición
de los ciudadanos, invisibilidad de su imagen.
En estas cartografías, con sus novedosas y seductoras
formas, se ignora casi por completo al hombre político
y cotidiano, se desrealizan las luchas de los pueblos,
se rechazan sus peticiones. Las llamadas democracias
muestran la estrategia fatal de los simulacros. Al ciudadano
se le invita a una obra de teatro como convidado de
piedra. Impera el cinismo del aquí todo es válido
y posible, se da licencia a los asesinos. Bajo tanta
presión impositiva ¿en qué hemos
quedado convertidos? En cuerpos de silencios; en voces
sin eco alguno; en la marginación de angustias
y proclamas. De allí la sensación de la
inutilidad del trabajo del poeta, el sentimiento de
pérdida de su palabra en el corazón de
los hombres. El poder siembra la sensación de
la derrota y del fracaso del arte; se encarga de crear
un ambiente donde no se le da ninguna importancia a
la crítica vital del poeta. Pero éste
se mantiene solitario y solidario muy a pesar de las
bestiales embestidas y de las tácticas para silenciarlo.
Como hombre desaparecido, se sostiene en la ventisca
alzando su brújula, su veleta y barómetro
para registrar las presiones de su tiempo. No se descuida,
pero tampoco engaña con ingenuos y vergonzantes
optimismos. Se tensa planeando la forma de hacer mirar
su figura oculta tras poderosos velos. En ello consiste
su valentía, la consagración a un oficio
y destino.
Cierto, el sistema-red proclama libertad y la niega
con arrogante cinismo; arenga democracia y la anula
con un discurso unilateral y fuerte; pide participación
y vuelve espectáculo cursi a todas las opiniones;
dice permitir las diferencias y activa, con sus mecanismos
de poder, la homogeneización de las alteridades;
habla de humanismo solidario y con su pragmatismo lo
transforma en humanitarismo caritativo. Pero ante estas
fauces hipócritas, el poeta pone a funcionar
su palabra, la cual, por supuesto, no desmorona el sistema-red
totalitario, pero sí lo cuestiona; no pulveriza
al minotauro, pero sí facilita ver su verdadera
cara.
Demasiados pesimismos asaltan el trabajo del poeta
en tiempos de abismos y tormentas. ¿De qué
servirán sus palabras bajo tantos fuegos cruzados?
La idea de la impotencia de la poesía ha sido
motivo de reflexión durante siglos. Sin embargo,
allí sigue inventando asombros, descubriendo
lo cubierto, instaurando realidades donde antes sólo
había vacíos. Con la pasión a su
favor, levanta una obra, la ve caminar por el mundo,
posarse en distintas miradas provenientes del terror
o de la dicha. Crea lectores. Cada poeta inventa los
suyos; los crea según la intensidad del lenguaje,
los cuida, los pasea por el mapa de sus imágenes.
Así, la palabra toma sentido y gracia, posibilidad
de ser. Por lo tanto, la actividad del poeta en tiempos
terribles - como son todos los tiempos- es ser el anverso
de la utilidad pragmática, eficaz y eficiente
de la sociedad del mercado. Su obra no la elabora con
la mentalidad del administrador de negocios para ser
útil. El sistema-mundo le exige productos y resultados
concretos que lleven al éxito, pero él
le lanza interrogantes, asombros, inquietudes; la cultura
le pide ser práctico, pero él se niega
a instrumentalizar la vida del hombre; se le obliga
a cambiar su pensamiento crítico-creativo por
un funcionalismo trivial, relajado, pero él se
tensa ante los engaños y simulaciones. La primacía
de lo administrativo y planificado en el mundo de la
sensibilidad efectista, filtra entre los ciudadanos
una monstruosa idea: la estupidez de la actividad estético-poética,
y esto no es otra cosa que control y vigilancia de la
pulsión del poeta, su destierro total de las
actividades cívicas y cotidianas. Si desea entrar
al juego de los ganadores, debe mostrar un arte funcional,
decorativo, complaciente, que sea eficaz y cumpla con
la teleología del consumo, o bien, una poesía
que supere el distanciamiento, se identifique con el
entusiasmo de lo impactante y espectacular. Si así
se dan las cosas, el poeta desfilará por la escenografía
del fashion lumínico, con pequeños golpecitos
dados en la espalda por su amo de turno, agradeciéndole
la colaboración y servicio.
POSIBILIDAD DE LA IRONÍA
El ostracismo actual impuesto a la sociedad civil y
a la opinión pública (instituciones que
tanto costó edificar en las débiles democracias
de la modernidad), deja en la marginalidad a todos aquellos
sujetos que desean ser actores sociales con responsabilidad
y conciencia histórica, desconociendo las protestas/propuestas
de los ciudadanos. Seres a la deriva, ignorados en sus
proclamas y peticiones. He allí el resultado
de la virtualización de la realidad civil. Tecnologías
de la disolución que impactan en las representaciones
poéticas y artísticas y, por las cuales,
se desaparece al poeta de la escena social, restándole
importancia como ser crítico-creativo. Al arte
no conciliador se le confina a una campana de vacío,
al silencio de los silencios si osa proyectar su luz
sobre la sombra de una realidad envuelta en el simulacro
de los medios.
Este simulacro se hace más visible en situaciones
extremas, como por ejemplo, en la última tecno-guerra
del Golfo llevada a cabo por el imperio, donde el control
general y masivo de la información fue impresionante,
sin dejar ningún espacio para que entre otra
voz, una visión distinta a esa gran totalidad
telemática. El ojo único de George Orwell
se ha fragmentado y dividido en múltiples inquisidoras
pupilas globales. Esto nos deja sobre un dramático
escenario de totalitarismo, aparentemente nada represivo.
El caso es patético. Sin posibilidades de ser
escuchado en la magnificencia dominante de los medios
oficiales, los cuales no tienen en su vocabulario el
término alteridad; ante la unilateralidad de
opiniones e ideas que lo globalitario informático
ejerce, la palabra del ciudadano pensante y del poeta,
queda desterritorializada, nula, inexistente. Y como,
según la lógica utilitarista del periodismo
actual, no existir en los medios es no tener presencia
real en la sociedad, tanto a intelectuales como a poetas
se les dicta acta de defunción antes de tiempo.
El totalitarismo de los medios al desterrar el pensamiento
del poeta, está siendo fiel a la ecuación
de nuestra época: si la poesía no se consume,
pues no se publicita. Con este argumento fetichista
desconoce toda potencia filosófico-estética
de lo poético e impone una desgravitación
trivial como base conceptual. Esta desaparición
de la voz del poeta hace pensar no sólo en su
marginalidad de lo mediático, sino en una crisis
más profunda: el fin de la poesía moderna
(tal como, desde Hegel, se ha venido proclamando el
fin del Arte). Agotamiento de los fundamentos últimos
de las formas poéticas creadas y asumidas hasta
hoy. ¿Estaremos ante una nueva fenomenología
de la sensibilidad? O, quizá como pasó
con los géneros clásicos, que se sostuvieron
hasta hundirse los contextos sociohistóricos
sobre los cuales se levantaron, ¿se habrán
agotado las circunstancias que mantenían con
existencia a la poesía moderna? ¿Hemos
entrado a la era de la prosa visual o de la poesía
estetizada? ¿Fin de un tipo de poesía,
de sus categorías y fundamentos últimos?
La poesía se encuentra en todas partes como
cliché y pastiche, como imagen y fetiche en la
publicidad de los objetos del mercado, patria de la
cultura estetizada, multimediática, procesual,
visual, programada. Los nuevos metarrelatos- el mercado
y los medios- están cambiando las descripciones
con que hemos pensado la poesía, pues, con la
estetización, entra en escena una poesía
de coexistencia pacífica, controlada, que no
posee como fundamento la intencionalidad del cambio,
sino la mismidad homogénea. Poesía como
jacuzzi, poesía como Spa.
Esta es la consecuencia del oportunismo y del aprovechamiento,
por parte del mercado y de los medios, de cierta relajación
del arte. Sin embargo, paralelo a ello, marchan propuestas
alternativas, otras peticiones. No rechazan los nuevos
territorios sobre los cuales la poesía ahora
emprende sus rutas, más bien los caminan con
cautela y vigilancia. No aplauden la estetización
de lo poético, pero tampoco dan vuelta atrás
ante su incandescente presencia. Ni apocalípticos
totales ni integrados ingenuos, otros poetas existen
y existirán tal vez para descubrir los falsos
rostros y así evitar la exclusión total
y la muerte del sujeto, escindido de estas esferas globales
que posee sus monstruos de castigos invisibles, golpes
seductores. Ironía como posibilidad desmitificadora
del cinismo impuesto por los macrorrelatos de turno.
Ironía como inteligente labor contra la razón
instrumental de la posindustrialización. Ironía
que se ayuda de las redes para hundir dedos en las llagas
de los sistemas-mundo del presente. Allí se sitúan
algunos poetas dispuestos a trazar una buena obra gracias
a estas ventajas.
Ante la inactualidad de lo bello y de lo sublime; junto
al agotamiento de la subjetividad expresiva moderna
y de la autenticidad estridente de las vanguardias;
frente a un arte elevado a objeto banal, desmemoriado
e instantáneo, construido para el aplauso y el
agrado, la poesía subterránea impone la
ironía, reverso del cinismo contemporáneo.
Ironía como forma de lucidez y resistencia, caballo
de Troya situado en el centro de las simulaciones, potente
fuerza de duda, de sospecha e interrogación,
y aunque escéptica y nihilista, procede a desmontar
los presentes Leviatanes. Ella nos ayuda a pensar, a
guardar las distancias cuando la gravedad de la cultura,
financiada por magnos poderes oficiales, nos exigen
identidad. He aquí el beneficio del distanciamiento
irónico: invita a mirar de nuevo, con “otros”
ojos, más atentos, despiertos, conscientes de
lo mirado. Y a pesar de que se incendien las pupilas,
el riesgo vale una vida, pues tal vez no se gane de
nuevo la utopía, pero sí la gratificación
de sentirse un poco más lúcido que antes.
Con esta actitud valiente, el poeta podrá defenderse
del ostracismo global, con su destino de nómada
a la intemperie.
LA POESÍA EN UN CRUCE
DE CAMINOS
La poesía, hija de estos tiempos de incertidumbres,
no puede dar verdades últimas ni un “por
fin” definitivo. Se abre al fragmento contra el
sistema globalitario cerrado; se une a la conjetura
contra la certeza total; reflexiona en poema y en ensayo
contra el tratado unitario. De allí que sea una
garantía de libertad para el pensamiento creativo,
el cual siempre estará a la expectativa de encontrar
otras rutas y posibilidades.
Sin embargo, ella se encuentra en un cruce de caminos,
extraviada y confusa frente a extraños acontecimientos
que trata de asimilar y comprender. La crisis del mundo
del texto, lo que no significa su disolución
total de la cultura, y el avance paulatino del lenguaje
del gesto, visual, teatral, produce urticaria en algunos
poetas como también la satisfacción en
otros, por sus múltiples posibilidades de exploración.
Esta es la encrucijada. Del texto lecto-escritural al
gesto lecto-teatral-visual. Se podría pensar
que estamos ante el fin de un tipo de poesía
y el inicio de una poética que aprovecha otros
lenguajes, otros ámbitos en su creación.
Este último aspecto abre espacios, resuelve el
nudo gordiano. Sí, otras posibilidades. No debe
entenderse esto como relajación del rigor y del
trabajo intenso y pulsional del poema –sea en
el formato que fuere-, sino búsqueda de calidad
estético-poética ante todo; rechazo a
la trivialidad ligera y banal de la obra de arte. Integración,
fusión, mezcla, flujo por todos los medios posibles,
nomadismo iluminado y propositivo, posición analítica
en el poeta bricoleur, performer, digital, visual, objetual,
concreto, plástico, etc., todo con una liberalidad
absoluta unida, eso sí, a una actitud crítica
y de rigor poético.
Un no al gesto estúpido, ridículo, vulgar
convertido en espectáculo y aplauso en la sociedad
light; un no al gesto que proclama el consumo sin conocer
y el conocer sin preguntar; no al gesto que ignora cínicamente
la tradición de bastos siglos de lucha de poetas
contra inquisidores establecimientos; un no al gesto
ingenuo, hipócrita, cautivo de seductoras palmadas
por ser conciliador con el destierro de las libertades
democráticas; oposición a la poesía
y al arte hechos por encargo, según intereses
económicos de los utilitaristas de turno; oposición
a una poesía realizada para las “preferencias
del cliente”.
La poesía asume las mutaciones, las asimila
pero no abandona su intensa fuerza libertaria. Está
en la encrucijada con sus poros abiertos como esponja.
Ello no significa que se indigeste de tanta seductora
imagen. Está en el mar de las transformaciones
pero se impone sus propios cambios. No debe permitir
ser obligada, por ningún fetichismo ecónomo,
a abandonar su ethos y su pathos intrínsecos.
No está en su vocabulario la palabra claudicar;
no hace parte de su estrategia el ser la sirvienta de
los nuevos patrones del gusto. Desde el umbral de sensibilidades
y voces, es permeable a diversos estilos, ritmos, atmósferas.
Integra géneros, se enriquece con las sensaciones
novedosas de su época, es en sí misma
alteridad, diálogo activo y no simple yuxtaposición,
eterna vigía de los movimientos que se producen
en sus fronteras. Y tal como hemos escrito en otros
lugares, la desgracia de la realidad es su gracia. De
la realidad parte, pero también, con inteligencia
y estremecimiento, contra ésta se rebela.
(*) Carlos Fajardo Fajardo (carfajardo@hotmail.com)
nació en Santiago de Cali. Poeta y ensayista.
Filósofo de la Universidad del Cauca. Magíster
en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana
y candidato a Doctor en Literatura de la UNED (España).
Se desempeña como profesor de estética
y literatura en la maestría en Filosofía
de la Universidad INCCA de Colombia, en la Universidad
de la Salle y Univ. Distrital de Bogotá. . Ha
publicado entre otras obras Origen de Silencios.
Fundación Banco de Estado, Popayán (1981),
Serenidad Sitiada, Si Mañana Despierto
Ediciones, Bogotá (1990), Veraneras, Si
Mañana Despierto Ediciones, Santafé de
Bogotá (1995), Atlas de callejerías.
Trilce Editores, Santafé de Bogotá
(1997) Charlas a la Intemperie (Un estudio sobre
las sensibilidades y estéticas de la modernidad
y la posmodernidad). Santafé de Bogotá:
Universidad INCCA de Colombia, 2000, Estética
y posmodernidad. Nuevos contextos y sensibilidades.
Quito: Abya-yala, 2001, y varios ensayos
nacional e internacionalmente. Ganador del premio de
poesía Antonio Llanos, Santiago de Cali 1991;
Mención de Honor en el Premio Jorge Isaacs 1996
y 1997, Mención de Honor Premio Ciudad de Bogotá,1994.
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