La virtualización social del poeta
(LA POESÍA EN TIEMPOS DE EXCLUSIÓN)
Por Carlos Fajardo Fajardo (*)



NUEVAS PREGUNTAS, OTRAS FRONTERAS

¿Qué pasa con las representaciones de la poesía y con los poetas en la sociedad estetizada y global? ¿Cuáles son las actuales formas de receptividad de la poesía? ¿Le pasa a la poesía lo que aconteció con la música clásica, es decir, estamos ante el fin de sus rituales como práctica casi cotidiana? ¿Está siendo desterritorializada la poesía por la sociedad mediática?

Estos interrogantes están unidos al cambio que las industrias culturales operan en los campos de las representaciones estéticas. Los paradigmas modernos de la poesía y del poeta se balancean en una cuerda demasiado floja que cautiva quizás por la expectativa de la caída o por la capacidad para llegar a nuevos linderos. Con espíritu de malabarista, la poesía camina a tientas, siendo seducida ora por tablas salvadoras que le encadenan, , ora por su fecunda rebeldía que la excluye. Entre la salvación institucional y la subversión marginal, ella cruza el campo minado de los rituales del consumo de la estetización cotidiana y del show mediático. Esto lleva a que cambiemos el sentido de nuestras preguntas. Hoy no es tiempo de interrogarnos qué es la poesía, es decir, sobre su esencialidad, sino el de responder qué está pasando con su universo estético. Y es desde allí de donde quieren partir estas reflexiones, pues, de la misma manera que la pregunta por lo bello se agotó para dar paso a las inquietudes sobre lo que le pasaba al arte, el resquebrajamiento de los fundamentos histórico-metafísicos modernos han mutado las indagaciones, ubicándonos en nuevos y sorprendentes territorios.

El poeta que se aventura con cautela sobre las cuerdas de la cultura, a punto de dar un paso o tropezar, está cautivo por otras representaciones sensibles. No se escapa del fuerte impacto que éstas han dado en el corazón del lenguaje. No es su intención huir y guardarse de las tormentas. Su pasión está asaltada; su ideal sometido a transformaciones. Nuevos registros, nuevas pulsiones.

El cambio en las representaciones estéticas, que en la actualidad es tan cotidiano, va dejando abandonadas en el camino infinidad de categorías tradicionales y modernas, las cuales sirvieron a varias generaciones para provocar preguntas, edificar obras de gran valor histórico. A la poesía la asaltan –como a todo el arte actual- los síntomas de los géneros clip, la explosión de sus regímenes linguísticos, el paso de la expresión subjetiva –los romanticismos vanguardistas- al de programación procesual, manifiesta en las estéticas de las interconexiones contemporáneas. Estas mutaciones se asumen sin carga de culpabilidad y sin drama, pues es otra sensibilidad la que las lleva a cabo, otras voces las que las ejecutan. Así, por ejemplo, la idea del tiempo histórico, tantas veces asumida como una esperanza por los siglos épicos, se ha cambiado en inmediatismo e instantaneidad. El poeta moderno vanguardista, quien sobrellevó el peso de su trascendencia al constituirse en “actor social” con responsabilidad y conciencia histórica, observa que se liquida su heroísmo triunfante y se evapora la memoria histórica. De allí que el sentimiento de lo sublime, hijo del tiempo lineal con sus rupturas y catástrofes y de la obsesión por superar la fugacidad cotidiana con un ideal de permanencia, no constituya, para las nuevas sensibilidades de poetas, su mayor desgarramiento. Las guerras de la actual poesía quizá estén en otros campos. Los mitos ilustrados, románticos y vanguardistas, producen en estos poetas una risa cínica, con una aparente mueca de demolición.

Otros frentes, otros territorios. La evaporación del sentido histórico; la desublimación de la memoria creadora, llevan a pensar en una poesía hecha para una sociedad civil global virtual, es decir, para ciudadanos consumidores virtuales, cuya memoria sólo sirve para el olvido, el instante. El poeta-héroe, que dejaba su rastro sobre la tierra, se muta por un poeta que no desea heredar las pesadas cargas del tiempo y que brinca sobre su tradición con felicidad errante, sin angustia alguna. Todas las grandes rocas históricas quedan convertidas en un archivo museístico; se contemplan como objetos exóticos, o se reutilizan para provocar una espectacularidad efímera. Pierden su fuerza provocadora, sus peligros. El poeta virtualizado ya no necesita proclamas ni manifiestos para legitimar la acción. Su intención no está en aclarar qué es o no arte. Se ha despreocupado del esencialismo y de los fundamentos últimos de lo poético como formas necesarias para la vida. Agotados los tiempos de la autoconciencia artística filosófica, otras actitudes rondan. Sin determinismos ni discursos legitimadores, todo es posible, ¿entonces para qué justificar conceptualmente las acciones?

De esta manera, al no sentirse preso de la tradición, sus actitudes se vuelven trans-históricas, fuera de los lindes de las categorías modernas. De allí que al poeta se le haya incapacitado con la virtualización de su acción civil, mucho más que en la etapa del historicismo triunfante, y ello a pesar de que nos parezca lo contrario. Sí, es cierto, hay más medios de difusión, rápidos, baratos y eficaces. Poesía en la red, poesía velocidad. Pero, ¿se le escucha al poeta? ¿Se le da real importancia a su palabra o se le engaña con sofismas de difusión en públicos-masa, no lectores, restándole su potencia inventora y contestataria?

Nuestra propuesta no está en tratar de tornar al pasado con ojos de llanto nostálgico. No. Algo se ha roto aquí. Se trata de pensar, con sentido más creativo que fóbico, cómo aprovechar esta virtualización de la actividad del poeta. En realidad es un amplio trabajo de asimilación y de educación de esa otra forma de subjetividad no conocida en los siglos épicos historicistas y construida por esta época de inmediatez en la sociedad clip. El beneficio de la virtualización es poner a navegar una presencia a distancia para construir públicos-lectores críticos; un ágora virtual activa, mínima en comparación con los macro-mercados, pero importante como productora de sentidos en la virtualidad de la acción estética y política. Se debe iniciar por superar el sentimiento de inutilidad que deja en los poetas su participación entre los ciudadanos de consumo rápido; participar en diálogos, simposios digitales; gestar excelentes revistas de calidad en todos los formatos posibles; promover encuentros globales; utilizar la velocidad de las redes para la reflexión, las denuncias, las propuestas. A pesar de saber que los nuevos macro relatos (Mercado y Medios) tienen en su naturaleza un espíritu de invasión y de relajación de las sensibilidades, la poesía debe luchar por entrar al debate desde y sobre su virtualidad telemática, tratando de esclarecer su razón de ser bajo estas condiciones.

Tal vez sea demasiado prematuro para descifrar qué extrañas conquistas traerán estas recientes cartografías de lo sensible, pero algo vislumbramos entre la niebla: algunos poetas tendrán la actitud de aprovechar su virtualidad y las mezclas de estilos y géneros, para crear obras de gran calidad que subvierta, desde lo global o local, las estéticas de la estandarización y repetición. Otros aprovecharán la inmediatez del instante digital para lograr introducirse en las redes blandas con un sentido más crítico que supere al actual pragmatismo tecnócrata y utilitario de Internet, proponiendo poéticas renovadoras. Confrontación y aprovechamiento. He allí la actual ambigüedad del poeta virtualizado. ¿Queda, después de esto, espacio para el melodrama por las “pérdidas” de sentido tradicional poético? ¿Es posible, en medio de esta virtualización, seguir preguntando sobre cómo asumir las viejas categorías escriturales? Cambio de pregunta y de preocupaciones.

Creemos que al poeta le queda todavía mucho que hacer, pero es menester cambiar su antigua armadura por actitudes nuevas, analíticas y certeras. No se trata de deponer la crítica, se trata de actualizarla. A pesar de la sistemática censura y de la metódica exclusión que casi todos los Mass Media llevan a cabo sobre la poesía, ésta, sin descuidar ni un segundo la terrible enajenación masiva global, debe aprovechar la sociedad de la información para interrogar con inteligencia y valentía lo que destierra la vida del hombre. Donde escuche gritos de tortura debe imponer un subversivo espasmo; donde se le relaje su fuerza poética, debe tensionar el arco con una palabra activa. La poesía, como formación constante del asombro y sin miedo ante los misterios que recorre, está dispuesta siempre a cambiar de piel, pero sin dejar abandonado el cuerpo en el campo de combate. No se da por vencida, de allí su gracia permanente.



LA POESÍA COMO CABALLO DE TROYA

Cierto es que la globalización le impone a la poesía otros derroteros. Las magnas industrias culturales, con su fuerza de institucionalizar las protestas, son los nuevos minotauros de seducción en los laberintos cotidianos. El enfrentamiento es desigual. El poeta, por su actitud de no conciliar con las fascinantes golosinas del éxito y la fama, es el antípoda de los mercaderes y propietarios de los gustos artísticos. Esto lo obliga a ser más estratégico en los momentos límites y aprovechar las circunstancias del pragmatismo mediático para –como Ulises- imponer su caballo de Troya en el corazón de la sociedad informatizada. Estrategia del aprovechamiento para la conquista de sensibilidades globales lectoras. Duro es su trabajo, difícil su destino y oficio en el mundo de la eficacia rentable. Sin embargo, queda el sueño, lo imposible/posible, la infinidad de senderos aún no horadados.

La exclusión de la poesía de los medios masivos oficiales en los últimos años, es en realidad preocupante. Sabemos que esta fórmula de silenciar voces audaces y críticas no es nada nueva. La poesía ha vivido y sobrevivido en los extramuros; se ha mantenido con su cuerpo en llamas bajo la intemperie. Por lo cual, si la globalidad del mercado la ha marginado de los medios de forma más radical que en anteriores épocas, ello facilita, de alguna manera, cierta libertad y autonomía para levantar sus palabras fuera de la oficialidad consumista. Asume con mayor intensidad y maravilla el ser la mala conciencia de su tiempo, tal como la definió hace algunas décadas Sain-John Perse. Por esa razón, está expulsada, como antaño, de la República, esta vez por motivos distintos. No por reivindicar lo pasional y lo sensorial, ni por engañarnos con sus imitaciones; no por re-crear apariencias y fantasmas, ni por gerenciar una “tribu de farsantes”, como definió Platón a los poetas. Ahora se le expulsa por desenmascarar las mentiras; por denunciar las falsas catarsis que produce el gusto extremo espectacular del mercado. No por imitar ni por conciliar con la realidad fáctica, sino por abstenerse de aplaudir los ademanes de una sociedad fascinada en sus asesinatos. Y como es difícil hacer de ella un producto de venta masiva (pues cada vez se compra menos y se consume al detal) se le ha marginado de la República global. De modo que se le observa como secta secreta, extraño ghetto, con su celebración de rituales íntimos para unos cuantos estrambóticos iniciados.

Sin embargo, muchos de los actuales poetas no soportan ser excluidos y buscan la felicidad efímera de la fama y el éxito. Para tal objetivo han relajado sus palabras hasta situarse en las pasarelas del mundo, con astucia más que con calidad estética, al lado de las refrescantes y hermosas top models. No han sabido entender las distancias. Éstas tienen su razón de ser en la lógica capitalista del mercado; el poeta su razón de vivir siendo fuego en el oído de esa misma lógica. Como antípoda de la practicidad instrumental y del truculento fetiche de la sublimación de ricos y famosos, el poeta no se debe dar golpes de pecho por no hacer calle de honor a la escenografía frívola y banal de un mundo construido para desaparecer el espíritu crítico-creador del ser humano. No. Su puesto está en ser indagador sin desconocer los nuevos contextos, lo que permitirá que sus palabras no caigan en los presentidos abismos. Sólo así entenderá mejor sus desafíos, las posibilidades ante la actual situación.

¿PARA QUÉ POETAS EN TIEMPOS TERRIBLES?

Sentir la inutilidad de la actividad poética en este tiempo cuando un totalitarismo financiero y mediático ha cobijado con sus redes casi toda cotidianidad posible, es quizá el síndrome de fracaso del creador actual. Bajo las llamas de los imperios, que desean controlar todo sin que nos demos por enterados, el poeta con su quemante palabra se siente indeseado. No hay acción real que valga, más cuando el imperio globalitario está empeñado en desconocer a la opinión pública y a la sociedad civil, imponiendo su unilateral discurso sobre diferentes propuestas y posiciones. Desaparición de los ciudadanos, invisibilidad de su imagen.

En estas cartografías, con sus novedosas y seductoras formas, se ignora casi por completo al hombre político y cotidiano, se desrealizan las luchas de los pueblos, se rechazan sus peticiones. Las llamadas democracias muestran la estrategia fatal de los simulacros. Al ciudadano se le invita a una obra de teatro como convidado de piedra. Impera el cinismo del aquí todo es válido y posible, se da licencia a los asesinos. Bajo tanta presión impositiva ¿en qué hemos quedado convertidos? En cuerpos de silencios; en voces sin eco alguno; en la marginación de angustias y proclamas. De allí la sensación de la inutilidad del trabajo del poeta, el sentimiento de pérdida de su palabra en el corazón de los hombres. El poder siembra la sensación de la derrota y del fracaso del arte; se encarga de crear un ambiente donde no se le da ninguna importancia a la crítica vital del poeta. Pero éste se mantiene solitario y solidario muy a pesar de las bestiales embestidas y de las tácticas para silenciarlo. Como hombre desaparecido, se sostiene en la ventisca alzando su brújula, su veleta y barómetro para registrar las presiones de su tiempo. No se descuida, pero tampoco engaña con ingenuos y vergonzantes optimismos. Se tensa planeando la forma de hacer mirar su figura oculta tras poderosos velos. En ello consiste su valentía, la consagración a un oficio y destino.

Cierto, el sistema-red proclama libertad y la niega con arrogante cinismo; arenga democracia y la anula con un discurso unilateral y fuerte; pide participación y vuelve espectáculo cursi a todas las opiniones; dice permitir las diferencias y activa, con sus mecanismos de poder, la homogeneización de las alteridades; habla de humanismo solidario y con su pragmatismo lo transforma en humanitarismo caritativo. Pero ante estas fauces hipócritas, el poeta pone a funcionar su palabra, la cual, por supuesto, no desmorona el sistema-red totalitario, pero sí lo cuestiona; no pulveriza al minotauro, pero sí facilita ver su verdadera cara.

Demasiados pesimismos asaltan el trabajo del poeta en tiempos de abismos y tormentas. ¿De qué servirán sus palabras bajo tantos fuegos cruzados? La idea de la impotencia de la poesía ha sido motivo de reflexión durante siglos. Sin embargo, allí sigue inventando asombros, descubriendo lo cubierto, instaurando realidades donde antes sólo había vacíos. Con la pasión a su favor, levanta una obra, la ve caminar por el mundo, posarse en distintas miradas provenientes del terror o de la dicha. Crea lectores. Cada poeta inventa los suyos; los crea según la intensidad del lenguaje, los cuida, los pasea por el mapa de sus imágenes. Así, la palabra toma sentido y gracia, posibilidad de ser. Por lo tanto, la actividad del poeta en tiempos terribles - como son todos los tiempos- es ser el anverso de la utilidad pragmática, eficaz y eficiente de la sociedad del mercado. Su obra no la elabora con la mentalidad del administrador de negocios para ser útil. El sistema-mundo le exige productos y resultados concretos que lleven al éxito, pero él le lanza interrogantes, asombros, inquietudes; la cultura le pide ser práctico, pero él se niega a instrumentalizar la vida del hombre; se le obliga a cambiar su pensamiento crítico-creativo por un funcionalismo trivial, relajado, pero él se tensa ante los engaños y simulaciones. La primacía de lo administrativo y planificado en el mundo de la sensibilidad efectista, filtra entre los ciudadanos una monstruosa idea: la estupidez de la actividad estético-poética, y esto no es otra cosa que control y vigilancia de la pulsión del poeta, su destierro total de las actividades cívicas y cotidianas. Si desea entrar al juego de los ganadores, debe mostrar un arte funcional, decorativo, complaciente, que sea eficaz y cumpla con la teleología del consumo, o bien, una poesía que supere el distanciamiento, se identifique con el entusiasmo de lo impactante y espectacular. Si así se dan las cosas, el poeta desfilará por la escenografía del fashion lumínico, con pequeños golpecitos dados en la espalda por su amo de turno, agradeciéndole la colaboración y servicio.

POSIBILIDAD DE LA IRONÍA

El ostracismo actual impuesto a la sociedad civil y a la opinión pública (instituciones que tanto costó edificar en las débiles democracias de la modernidad), deja en la marginalidad a todos aquellos sujetos que desean ser actores sociales con responsabilidad y conciencia histórica, desconociendo las protestas/propuestas de los ciudadanos. Seres a la deriva, ignorados en sus proclamas y peticiones. He allí el resultado de la virtualización de la realidad civil. Tecnologías de la disolución que impactan en las representaciones poéticas y artísticas y, por las cuales, se desaparece al poeta de la escena social, restándole importancia como ser crítico-creativo. Al arte no conciliador se le confina a una campana de vacío, al silencio de los silencios si osa proyectar su luz sobre la sombra de una realidad envuelta en el simulacro de los medios.

Este simulacro se hace más visible en situaciones extremas, como por ejemplo, en la última tecno-guerra del Golfo llevada a cabo por el imperio, donde el control general y masivo de la información fue impresionante, sin dejar ningún espacio para que entre otra voz, una visión distinta a esa gran totalidad telemática. El ojo único de George Orwell se ha fragmentado y dividido en múltiples inquisidoras pupilas globales. Esto nos deja sobre un dramático escenario de totalitarismo, aparentemente nada represivo. El caso es patético. Sin posibilidades de ser escuchado en la magnificencia dominante de los medios oficiales, los cuales no tienen en su vocabulario el término alteridad; ante la unilateralidad de opiniones e ideas que lo globalitario informático ejerce, la palabra del ciudadano pensante y del poeta, queda desterritorializada, nula, inexistente. Y como, según la lógica utilitarista del periodismo actual, no existir en los medios es no tener presencia real en la sociedad, tanto a intelectuales como a poetas se les dicta acta de defunción antes de tiempo.

El totalitarismo de los medios al desterrar el pensamiento del poeta, está siendo fiel a la ecuación de nuestra época: si la poesía no se consume, pues no se publicita. Con este argumento fetichista desconoce toda potencia filosófico-estética de lo poético e impone una desgravitación trivial como base conceptual. Esta desaparición de la voz del poeta hace pensar no sólo en su marginalidad de lo mediático, sino en una crisis más profunda: el fin de la poesía moderna (tal como, desde Hegel, se ha venido proclamando el fin del Arte). Agotamiento de los fundamentos últimos de las formas poéticas creadas y asumidas hasta hoy. ¿Estaremos ante una nueva fenomenología de la sensibilidad? O, quizá como pasó con los géneros clásicos, que se sostuvieron hasta hundirse los contextos sociohistóricos sobre los cuales se levantaron, ¿se habrán agotado las circunstancias que mantenían con existencia a la poesía moderna? ¿Hemos entrado a la era de la prosa visual o de la poesía estetizada? ¿Fin de un tipo de poesía, de sus categorías y fundamentos últimos?

La poesía se encuentra en todas partes como cliché y pastiche, como imagen y fetiche en la publicidad de los objetos del mercado, patria de la cultura estetizada, multimediática, procesual, visual, programada. Los nuevos metarrelatos- el mercado y los medios- están cambiando las descripciones con que hemos pensado la poesía, pues, con la estetización, entra en escena una poesía de coexistencia pacífica, controlada, que no posee como fundamento la intencionalidad del cambio, sino la mismidad homogénea. Poesía como jacuzzi, poesía como Spa.

Esta es la consecuencia del oportunismo y del aprovechamiento, por parte del mercado y de los medios, de cierta relajación del arte. Sin embargo, paralelo a ello, marchan propuestas alternativas, otras peticiones. No rechazan los nuevos territorios sobre los cuales la poesía ahora emprende sus rutas, más bien los caminan con cautela y vigilancia. No aplauden la estetización de lo poético, pero tampoco dan vuelta atrás ante su incandescente presencia. Ni apocalípticos totales ni integrados ingenuos, otros poetas existen y existirán tal vez para descubrir los falsos rostros y así evitar la exclusión total y la muerte del sujeto, escindido de estas esferas globales que posee sus monstruos de castigos invisibles, golpes seductores. Ironía como posibilidad desmitificadora del cinismo impuesto por los macrorrelatos de turno. Ironía como inteligente labor contra la razón instrumental de la posindustrialización. Ironía que se ayuda de las redes para hundir dedos en las llagas de los sistemas-mundo del presente. Allí se sitúan algunos poetas dispuestos a trazar una buena obra gracias a estas ventajas.

Ante la inactualidad de lo bello y de lo sublime; junto al agotamiento de la subjetividad expresiva moderna y de la autenticidad estridente de las vanguardias; frente a un arte elevado a objeto banal, desmemoriado e instantáneo, construido para el aplauso y el agrado, la poesía subterránea impone la ironía, reverso del cinismo contemporáneo. Ironía como forma de lucidez y resistencia, caballo de Troya situado en el centro de las simulaciones, potente fuerza de duda, de sospecha e interrogación, y aunque escéptica y nihilista, procede a desmontar los presentes Leviatanes. Ella nos ayuda a pensar, a guardar las distancias cuando la gravedad de la cultura, financiada por magnos poderes oficiales, nos exigen identidad. He aquí el beneficio del distanciamiento irónico: invita a mirar de nuevo, con “otros” ojos, más atentos, despiertos, conscientes de lo mirado. Y a pesar de que se incendien las pupilas, el riesgo vale una vida, pues tal vez no se gane de nuevo la utopía, pero sí la gratificación de sentirse un poco más lúcido que antes. Con esta actitud valiente, el poeta podrá defenderse del ostracismo global, con su destino de nómada a la intemperie.

LA POESÍA EN UN CRUCE DE CAMINOS

La poesía, hija de estos tiempos de incertidumbres, no puede dar verdades últimas ni un “por fin” definitivo. Se abre al fragmento contra el sistema globalitario cerrado; se une a la conjetura contra la certeza total; reflexiona en poema y en ensayo contra el tratado unitario. De allí que sea una garantía de libertad para el pensamiento creativo, el cual siempre estará a la expectativa de encontrar otras rutas y posibilidades.

Sin embargo, ella se encuentra en un cruce de caminos, extraviada y confusa frente a extraños acontecimientos que trata de asimilar y comprender. La crisis del mundo del texto, lo que no significa su disolución total de la cultura, y el avance paulatino del lenguaje del gesto, visual, teatral, produce urticaria en algunos poetas como también la satisfacción en otros, por sus múltiples posibilidades de exploración. Esta es la encrucijada. Del texto lecto-escritural al gesto lecto-teatral-visual. Se podría pensar que estamos ante el fin de un tipo de poesía y el inicio de una poética que aprovecha otros lenguajes, otros ámbitos en su creación. Este último aspecto abre espacios, resuelve el nudo gordiano. Sí, otras posibilidades. No debe entenderse esto como relajación del rigor y del trabajo intenso y pulsional del poema –sea en el formato que fuere-, sino búsqueda de calidad estético-poética ante todo; rechazo a la trivialidad ligera y banal de la obra de arte. Integración, fusión, mezcla, flujo por todos los medios posibles, nomadismo iluminado y propositivo, posición analítica en el poeta bricoleur, performer, digital, visual, objetual, concreto, plástico, etc., todo con una liberalidad absoluta unida, eso sí, a una actitud crítica y de rigor poético.

Un no al gesto estúpido, ridículo, vulgar convertido en espectáculo y aplauso en la sociedad light; un no al gesto que proclama el consumo sin conocer y el conocer sin preguntar; no al gesto que ignora cínicamente la tradición de bastos siglos de lucha de poetas contra inquisidores establecimientos; un no al gesto ingenuo, hipócrita, cautivo de seductoras palmadas por ser conciliador con el destierro de las libertades democráticas; oposición a la poesía y al arte hechos por encargo, según intereses económicos de los utilitaristas de turno; oposición a una poesía realizada para las “preferencias del cliente”.

La poesía asume las mutaciones, las asimila pero no abandona su intensa fuerza libertaria. Está en la encrucijada con sus poros abiertos como esponja. Ello no significa que se indigeste de tanta seductora imagen. Está en el mar de las transformaciones pero se impone sus propios cambios. No debe permitir ser obligada, por ningún fetichismo ecónomo, a abandonar su ethos y su pathos intrínsecos. No está en su vocabulario la palabra claudicar; no hace parte de su estrategia el ser la sirvienta de los nuevos patrones del gusto. Desde el umbral de sensibilidades y voces, es permeable a diversos estilos, ritmos, atmósferas. Integra géneros, se enriquece con las sensaciones novedosas de su época, es en sí misma alteridad, diálogo activo y no simple yuxtaposición, eterna vigía de los movimientos que se producen en sus fronteras. Y tal como hemos escrito en otros lugares, la desgracia de la realidad es su gracia. De la realidad parte, pero también, con inteligencia y estremecimiento, contra ésta se rebela.


(*) Carlos Fajardo Fajardo (carfajardo@hotmail.com) nació en Santiago de Cali. Poeta y ensayista. Filósofo de la Universidad del Cauca. Magíster en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana y candidato a Doctor en Literatura de la UNED (España). Se desempeña como profesor de estética y literatura en la maestría en Filosofía de la Universidad INCCA de Colombia, en la Universidad de la Salle y Univ. Distrital de Bogotá. . Ha publicado entre otras obras Origen de Silencios. Fundación Banco de Estado, Popayán (1981), Serenidad Sitiada, Si Mañana Despierto Ediciones, Bogotá (1990), Veraneras, Si Mañana Despierto Ediciones, Santafé de Bogotá (1995), Atlas de callejerías. Trilce Editores, Santafé de Bogotá (1997) Charlas a la Intemperie (Un estudio sobre las sensibilidades y estéticas de la modernidad y la posmodernidad). Santafé de Bogotá: Universidad INCCA de Colombia, 2000, Estética y posmodernidad. Nuevos contextos y sensibilidades. Quito: Abya-yala, 2001, y varios ensayos nacional e internacionalmente. Ganador del premio de poesía Antonio Llanos, Santiago de Cali 1991; Mención de Honor en el Premio Jorge Isaacs 1996 y 1997, Mención de Honor Premio Ciudad de Bogotá,1994.

 



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