Así, sencilla y diáfanamente, los dos florentinos
dejan sentado un axioma pretérito: la inmutabilidad
del Corazón humano. No tuvieron, de fijo, la pretensión
de ser los primeros en arriesgar la premisa. Con ventaja
de siglos, hallamos lo mismo en la sabiduría hindú,
en los versículos del Eclesiastés, en este
diálogo de Platón, en aquella carta de Séneca.
Es la ley del perpetuo retorno, del eterno devenir. Pero
hay cosas que no se adquieren por obra de la gracia, ni
de la inspiración, ni de la experiencia de los demás,
pues de ser ello así estaríamos en el mejor
de los mundos posibles -como lo entendía Liebnitz-
, y seríamos excepcionalmente sabios y virtuosos.
Después de mucho andar y combatir, y después
del cotidiano desfloramiento de ilusiones y quimeras, caemos
en la cuenta -too late, of course- de que las mismas cosas
vuelven y que los hombres de hoy valen los de ayer... ¿De
qué sirve entonces la inteligencia si lo más
útil y urgente es lo que más tarde se aprende?
La inteligencia sola no basta. En el fondo de cada cual
hay una turba de pasiones oscuras que anulan los frutos
del sereno raciocinio. Las pasiones conspiran contra la
inteligencia, y ésta, a la vuelta de prolongado asedio,
cuando no sucumbe, se deja gobernar por aquéllas.
Luego de leer con asiduidad a Tácito y de familiarizarnos
con su galería de retratos magistrales -Racine le
llamó el más grande pintor de la Humanidad,
quisiéramos saber algo de su existencia moral y de
su persona física. El afán inquisidor se vuelve
estéril. Pronto nos perdemos en búsquedas
y conjeturas. A lo largo de los Anales y de las Historias,
cuando nos parece individualizarlo, se ns esfuma y pierde
de nuevo: hemos andado en pos de una sombra... ¿Por
qué tan poco de sí deja columbrar Tácito
en su obra? Fuera de la cálida ternura e ilimitada
admiración que por el suegro revela en la Vida de
Agrícola, ignoramos el caudal de sus virtudes y el
peso de sus flaquezas de hombre. Alude a su mujer una sola
vez. Cuando recuerda los años de amorío, habla
de un «una joven de bella esperanza. No menos impenetrable
es el .silencio que guarda con respecto a los antecedentes
de familia.
No se sabe a ciencia cierta de quién desciende
o si dejó honroso linaje. Sus viajes se deducen,
aunque jamás habla de ellos. Se presume que visitó
la Bretaña –la dcumentación de la Vida
de Agricola serviría de prueba -y que desempeñó
un puesto público en alguna aldea belga fronteriza
con la Germania, circunstancia que debió de aprovechar
en la preparación del libro que trata de dicho pueblo.
En punto a amistades, de no ser por el epistolario de Plinio
el Joven, se nos pasaría que fue amigo hasta del
propio Plinio. Tácito entiende de esa suerte que
entre la vida y la obra no ha de existir más vínculo
que el del aliento creador. Busca y practica en la posible
lo impersonal, que se trasluce en el afán de no transparentar
riada de lo que es, de lo que hace o se propone hacer. ¡Qué
distancia tan grande, según luego se verá,
entre quien calla cuanto concierne a su persona, y Plinio,
que se desfibra por pregonar el más insustancial
de los actos! Ese hermetismo tampoco será del agrado
de Montaigne, encarnación la más cumplida
del narcisismo psicológico. Para el perigordano,
incurre Tácito en imperdonable cobardía al
no discurrir sobre sí mismo. «El no atreverse
a hablar en redondo de sí acusa alguna falta de ánimo;
un juicio rígido y altivo, que discierne sana y seguramente,
usa a manos llenas de los propios ejemplos personales como
de los extraños, y testimonia francamente de sí
mismo como de un tercero». Montaigne invoca para ello
dos derechos irrenunciables: «Preciso es pasar por
cima de estos preceptos vulgares de la civilidad en beneficio
de la libertad y la verdad. Yo me atrevo no solamente a
hablar de mí mismo, sino a hablar de mí únicamente:
me pierdo cuando hablo de otra cosa, apartándome
de mi asunto..., lo mismo se incurre en defecto no viendo
hasta dónde se vale que diciendo más de lo
que se ve».
Si por el hecho de no dar amplias noticias íntimas
y si por las versiones que le atribuyen un temple grave,
predispuesto a la melancolía y al pesimismo, se deduce
que Tácito gusta de recluirse lejos del comercio
mundano, será fácil dilatar las conjeturas
sobre su idiosincrasia insuficientemente conocida. La tristeza
y el pesimismo son, desde luego, los rasgos predominantes
en la urdimbre moral de Tácito, pero ni la uno ni
lo otro tienen la fuerza de provocar una crisis de misantropía.
El orador que siempre hubo en él conspira necesariamente
contra el retiro estudioso. Quien algo espera de los efectos
de la palabra hablada, abandona cuanto le rodea y va en
busca de la multitud que ama el embeleso de las frases y
el estruendo las palmas.
Gracias al valioso testimonio de Plinio, sabemos que desde
hora temprana se fijan todas las miradas en Tácito
como en el más seguro maestro de la juventud. Y no
sólo los jóvenes acuden en busca de consejo;
lo encarecen también los hombres de letras, los artistas
y los sabios: «Te ruego que entre la multitud de sabios
que la fama de tu talento trae de todas partes a tu lado,
te fijes en los que sean más aptos para el empleo
que propongo, etcétera». ¿De dónde
sino de ese comercio saldrá el patético pintor
del corazón humano? Los hombres no se conocen en
los libros, sino en la vida. Cada día que pasa deja
una enseñanza edificante y dolorosa. Este que se
contaba entre nuestros amigos y al cual le abrimos el corazón,
nos resulta el más abyecto de los traidores. Este
otro se nos revela de improviso desleal y cortesano. Aquél,
con su sonrisa de bondad, nos calumnia y desea el mayor
mal posible. Por todas partes duplicidad y mentira. Los
hipócritas, simuladores, maldicientes, danzan fraternalmente
como en las alegorías quevedescas. ¿Por ventura
no es dable hallar una criatura bien nacida en el tembladeral
de acechanzas que llaman vida? Afortunadamente sí,
se encuentra, pero muy al acaso, y cuando ya no lo esperamos.
Virginio Rufo, verbigracia, cónsul tres veces, y
el cual, en el decir de Plinio, se vio en el puesto más
alto a que podía llegar un hombre que no quiso ser
príncipe cuando pudo serlo a la muerte de Nerón,
primero, de Othón, después.
De haberse enclaustrado en la torre ebúrnea, las
historias de Tácito no tendrían el valor humano
que hoy brindan, el caudal de observación psicológica,
el juicio equilibrado sobre los acontecimientos y sus consecuencias.
Para conocer al hombre, Tácito debe ser, antes que
nada, un hombre: padecer como él, participar de sus
duelos y afanes, de sus congojas bajo la tiranía,
de sus expansiones venturosas en la libertad. Pero que cuando
urge tal apremio se corre el riesgo de ser o parecerse a
los demás. Tácito tendrá que adaptarse
a las prácticas y costumbres que baldona al tiempo
de describirlas, y algo más, aceptará honras
de Domiciano, máximo entre los déspotas. «Vespasiano
inició mis honores, también me los concedió
Tito y los aumentó todavía más Domiciano,
de acuerdo; pero un historiador que se consagra a la verdad
debe hablar de cada uno sin amor y sin odio». Fría
imparcialidad, harto difícil, pues ¿cómo
hablar sin odio de quien nos oprime, o sin amor de quien
nos quiere bien? A seguido Tácito da la prueba de
cómo se enternece con sólo pensar en los reinados
de Nerva y Trajano: «Si me resta la vida necesaria,
he reservado para mi vejez un tema más rico y placentero,
el reino de Nerva y el imperio de Trajano; raros y felices
tiempos en los que era permitido pensar lo que se quería
y decir lo que se pensaba».
Cuesta creer, sin embargo, que un hombre de tan elevada
moralidad acepte mercedes de Domiciano. ¿De qué
medios se vale para ello? Si bien Plinio trata de disculparle
diciendo que por aquella época hacerse olvidar «era
lo que mejor podía desear un hombre honesto»,
ese olvido hubo de ser muy relativo. Tácito nunca
deja de concurrir a las reuniones del Senado y desde su
banca le toca ser testigo de horrendos episodios. «No
basta decir que fue testigo -escribe Gastón Boissier-:
representa también su papel. Toma la parte que le
corresponde en las ridículas adulonerías con
las cuales abruman al príncipe, vota por aclamación
los monumentos que erigen en su honor y los títulos
que le conceden. Y lo que aun es más triste, condena
sin protesta a cuantos el tirano se propone perder.»
¿Qué clase de víctimas fueron esas?
¿Enemigos de la sociedad, elementos perturbadores
del orden? Antes al contrario, eran perspicuos espíritus,
seres de excepción, enamorados del bien y de la justicia,
cuyo único delito imperdonable acaso consistiera
en tener espaldas flexibles para el amo todopoderoso y corruptor.
¡Cómo se nos cae el ídolo al verle con
ánimo tan frágil! ¿Por qué obra
de esa suerte? Tal vez por miedo, o para conservar las dignidades
y asiento en el Senado. Mientras otros prefieren tomar el
camino del destierro, Tácito decide quedarse condenar,
bajo la mirada inquisidora de Domiciano que asiste a las
deliberaciones, a los que estima indecentes, y por añadidura,
venera y enaltece: a Helvidi a Mauricos, a Rustico. Sólo
después, cuando discurre “el gran espacio”
de indignidad, en la hora del reposo y de la confianza,
en los felices momentos de Nerva y Trajano, Tácito
se impone la tarea de fustigar a los déspotas. Pero
entonces la conciencia le inflige el más cruel de
los castigos: le obliga a mostrarse, no envuelto en silencio,
sino como instrumento servil: «Pronto nuestras propias
manos -escribe -arrojarían a Helvidio en la prisión.
Pronto las miradas de Mauricos y de Rustico nos reprocharían
nuestra cobardía, y la sangre inocente de Senécion
nos salpicaría».
Todo ello, el carácter del siglo «en el cual
se tenía por suspectos a los talentos superiores,
y en el cual una grande reputación no era menos peligrosa
que una mala»; el extremo servilismo en que todos
caían después de la extrema libertad, formaron
y tonalizaron la idiosincrasia de Tácito: grave,
sombría, pesimista. Dejemos a Voltaire la tarea de
defender a Nerón y Domiciano contra las invectivas
de Tácito. El género humano no vale más
de lo que entendía Voltaire y sigue lleno de monstruos
y monstruosidades. El pesimismo de Tácito por demás
se justifica con los acontecimientos y acciones de su tiempo.
Ve que los amigos traicionan a los amigos, y sabe que los
hijos –el poeta Lucano, verbigracia -denuncian a las
madres…