Stanley Hubbell pintaba los domingos, único día
en que podía hacerlo. Los sábados ayudaba
a su padre en su ferretería de Brooklyn. Los demás
días de la semana se
dedicaba a trabajos de investigación en una editorial
especializada en publicaciones sobre industrias. Stanley
no se tomaba muy en serio su pintura; era una especie de
terapéutica para los nervios, recomendada por su
médico. Al cabo de seis meses, no pintaba del todo
mal.
Un domingo, a comienzos de junio, Stanley estaba terminando
un autorretrato en camisa blanca sobre un fondo verde. Era
mayor y mucho mejor que su primer autorretrato. Había
captado el fruncimiento preocupado de su ceja izquierda.
Los ojos ya estaban castaño claro, algo tristes,
intensos, esperanzados. ¿Esperanzas de qué?
Stanley no lo sabía. Pero los ojos en la tela eran
tan sus propios ojos que, al mirarlos, sonreía complacido.
Quedaba por poner un toque de luz en la larga nariz, algo
ganchuda, y luego oscurecer el fondo.
Habría estado trabajando unos veinte minutos, tiempo
apenas suficiente para humedecer los pinceles y preparar
los colores en la paleta, cuando los oyó correr ruidosamente
por el callejón contiguo a su edificio. Vaciló,
mientras todavía imaginaba el efecto de la luz, aún
no pintada, a lo largo de la nariz, y al mismo tiempo escuchaba
para adivinar cuántos serían aquella tarde.
«Hazlo ahora», se dijo, y rápidamente
se inclinó hacia la tela, con la mano izquierda agarrando
fuertemente el bastidor de la misma, y la derecha apoyándose
en el antebrazo izquierdo. La punta del pincel rozó
el puente de la nariz en la tela.
-iVamos ya, Franky!
-¡Ahí vaaaa!
-Cuidado, ¡maldición! ¿Qué crees
que quiero hacer? ¿Pelearme con toda la maldita...?
-¡Toma, Franky!
iBum!
Siempre se calentaban durante un cuarto de hora o algo así,
con una pelota dura y guantes de catcher.
El pincel de Stanley se detuvo después de un centímetro
y medio. Hizo una pausa, esperando que hubiera un momento
de silencio y sabiendo que no lo habría. Las rebuznantes
voces continuaron, a seis metros por debajo de su ventana,
fanfarroneando, dándose órdenes, explicando,
exhortando.
-¡Quita de en medio esta maldita mata! ¡Arráncala!
-vociferó una voz.
Stanley se arredró como si se lo hubiesen dicho a
él. Dos domingos atrás habían tenido
casi una disputa acerca de las matas. Uno de los hombres
había tropezado
con ellas, al tratar de alcanzar una pelota, y Stanley,
al verlo, les gritó:
-Por favor, no destruyan el seto.
Le salió involuntariamente; lamentaba no haber hecho
la observación con más energía. Todos
se unieron en gritarle :
-¿Qué cree que es esto? ¿Su jardín?
-¿Quién es usted? ¿El jardinero?
-¡Llama seto a este asco de matas!...
Stanley se acercó a la ventana lo bastante para ver
la base del muro de ladrillos que limitaba el lado más
alejado del terreno baldío. Quedaban todavía
cinco pequeñas matas frente al muro, desamparadas
y descuidadas, pero arraigadas, todavía creciendo
en ese mismo momento. Stanley las había plantado.
Las halló creciendo, o mejor dicho luchando para
sobrevivir, en rincones pedregosos
del terreno, y al lado de los cubos de basura al final del
callejón. Ninguna de las matas tenía más
de tres palmos de altura, pero no ,había duda de
que eran las apropiadas para un seto. Las había trasplantado
por dos razones: para ocultar un poco la fealdad del muro
y para ponerlas en un lugar en donde recibieran algo de
sol. Fue un insignificante gesto para embellecer algo que,
esencialmente, no tenía embellecimiento posible,
pero realizó el esfuerzo y esto le satisfizo. Y aquellos
hombres parecían saber que él las había
plantado, tal vez porque les gritó
que tuvieran cuidado con las matas y también porque
al portero, que raramente estaba por la casa y que apenas
si se ocupaba de los cubos de basura, nunca le hubiese ocurrido
colocar matas de setos frente a un muro de ladrillos.
Acercándose más a la ventana, Stanley pudo
ver a los hombres. Aquel día eran cinco, desplegados
por el estrecho terreno rectangular; se lanzaban la pelota
unos a otros, sin ningún orden especial, lo cual
significaba que cuatro de ellos estaban constantemente reclamando
a gritos que les lanzaran la pelota.
-¡Aquí, Joey, aquí!
iBum!
Eran todos hombrachones de treina años o más,
y dos de ellos ya dejaban ver un principio de barriga. Uno
de los barrigudos era pelirrojo y poseía la voz más
fuerte y desagradable, aunque fuese el de pelo negro y vaqueros
quien gritaba más, quien realmente nunca cesaba de
gritar, ni siquiera cuando cazaba y lanzaba la pelota, y
por esto, sin duda, ninguno de sus compañeros parecía
prestar atención a lo que decía. Stanley se
enteró de que el pelirrojo se llamaba Franky y el
de pelo negro Bob. Dos de los otros llevaban botas herradas
y saltaban y gritaban, entre pelota
y pelota, levantando muy alto las rodillas y doblando los
brazos para hacer músculo.
-¿Queréis ver cómo rompo una ventana?
–vociferó Franky, mientras tomaba empuje.
Lanzó la pelota a uno de los hombres con botas herradas,
que al cogerla dejó escapar un alarido, como si lo
hubiese matado.
Por qué estaba mirándolos, se preguntó
Stanley. Consultó el reloj. Sólo las dos y
veinte. Jugarían por lo menos hasta las cinco. Stanley
se dio cuenta de un temblor nervioso en su interior y se
miró las manos. Se veían firmes. Se dirigió
a la tela. El retrato parecía ahora nada más
que pintura y tela. Las voces resonaban como si estuvieran
en su mismo cuarto. Cerró una ventana. Hacía
demasiado calor para cerrar las dos.
Entonces, en algún lugar más arriba, se oyó
.el ruido de una ventana que se abría y, como si
fuera una señal de combate, se puso rígido.
El que había abierto la ventana estaba de su parte.
Stanley, algo apartado de su propia ventana, miró
hacia abajo.
-¡Eh! -gritó una voz desde arriba-. ¿iNo
saben que no se puede jugar a la pelota ahí!? ¡Hay
quienes tratan de dormir!
-Pues que duerman -contestó a gritos el de los vaqueros,
escupiendo al suelo entre sus rodillas separadas.
Una obscenidad del pelirrojo y luego :
-iLanza, Joey, lanza de una vez!
-iEh! Si no se marchan voy a llamar a la policía
-dijo la airada voz de arriba.
El viejo estaba realmente enojado. Era el señor Collins,
el velador. Pero la amenaza de la policía era puro
viento y todos lo sabían. Stanley había hablado
con un policía,
un mes antes, contándole lo de los jugadores de pelota,
y el policía se limitó a sonreírle
-una sonrisa de indulgencia para los jugadores-, y murmuró
algo acerca de que no se podía hacer nada contra
gente que quería jugar a la pelota los domingos.
¿Por qué no podía hacer algo el policía?,
se preguntó Stanley. ¿No había un cartel
que decía: «Prohibido jugar a la pelota»,
escrito en la pared de su propio edificio y firmado por
el Departamento de policía? ¿Es que los ciudadanos
respetuosos de la ley no tenían derecho a pasar el
domingo tranquilos en su casa
si así lo deseaban? ¿Y no había una
campaña contra los ruidos, en Nueva York? Pero no
formuló estas preguntas al policía, porque
se dio cuenta de que era de la misma clase de hombres que
los jugadores de pelota, sólo que con uniforme.
Todavía estaban gritando el señor Collins
y el quinteto de abajo. Stanley apoyó las palmas
de la mano en el alféizar de ladrillo de la ventana
y sacó medio cuerpo, para dar al señor Collins
el sostén de su presencia visible.
-No estamos cometiendo ningún delito. ¡Váyase
al diablo!
-Hablo en serio -gritó el señor Collins-.
Yo trabajo.
-Vuélvase a la cama, abuelito.
Entonces, el pelirrojo recogió del suelo un guijarro
o un pedazo de ladrillo e hizo el gesto como si fuera a
arrojarlo al señor Collins, cuya voz se quebró
a mitad de frase.
-Cállese la boca o le rompo la ventana -bramó
el pelirrojo, y al mismo tiempo se las arregló para
cazar la pelota que iba en su dirección.
Se abrió otra ventana y Stanley tuvo súbitamente
la inspiración de gritar:
-¿No hay otro lugar en el barrio para jugar a la
pelota? ¿ No nos pueden dejar tranquilos el domingo?
-¡Que se vayan al diablo! -bramó uno de los
jugadores.
La pelota, lanzada por el bateador, hizo un sonido amenazador
y se detuvo en el aire, apenas a un metro de la nariz de
Stanley, antes de comenzar a descender. Ahora jugaban a
béisbol, con un palo de batear y una pelota blanda.
La rubia que vivía en el piso de encima del de Stanley,
a la izquierda, estaba charlando con el señor Collins,
mostrándole su simpatía.
-Parece mentira, hombres hechos y derechos…
El señor Collins, en voz alta, comentó:
-Son peor que críos. Gamberros es lo que son. Tendría
que llamar a la policía.
-iY cómo hablan! iQué palabrotas! Se lo he
contado a mi marido pero trabaja los domingos y no puede
imaginárselo…
-De modo que el marido no está en casa, ¡eh!
–dijo el pelirrojo y los otros se carcajearon.
Stanley miró hacia abajo, a la espalda doblada y
llena de pecas del pelirrojo, que se había quitado
la camisa y que apoyaba las manos en las rodillas. Era una
imagen
repulsiva, aquella espalda blancuzca moteada de pecas color
café, redondeada por gruesos músculos y grasienta
de sudor. Ojalá tuviera una escopeta de caza, pensó
Stanley como otras veces. Les dispararía, no para
herirlos, sino para asustarlos. Asustarlos para que se fueran
de una vez.
Un grito de las cinco gargantas lo sacudió, dispersó
sus pensamientos y lo dejó temblando.
Se fue al baño y se mojó el rostro con agua
fría. Luego volvió al cuarto y cerró
la otra ventana. Pero las ventanas cerradas apenas amortiguaban
los ruidos. Se inclinó hacia el caballete y aplicó
la punta del pincel a la incompleta mancha de luz en la
nariz. La punta del pincel se había secado y endurecido.
La humedeció en el vaso con aguarrás.
-¡Franky!
-¡Corre, hombre, corre!
Stanley dejó el pincel encima de la mesa. Había
dado una ancha pincelada blanca en la nariz. La borró
con un trapo, temblando.
Ahora subía un griterío enorme, como si los
cinco estuvieran peleándose. Stanley miró
abajo. Franky y el otro barrigón estaban luchando
por la pelota, en el seto. Con una risa salvaje, casi femenina,
el pelirrojo cayó sobre las matas, ladrando mientras
las ramas lo rasguñaban.
Stanley abrió la ventana de un golpe.
-¡Hagan el favor de no tocar las plantas! -gritó.
-¡Ah! ¡Vaya con el chico! -gritó el pelirrojo,
levantándose sobre una rodilla y al mismo tiempo
arrancando una de las matas y arrojándola en dirección
a Stanley.
Los otros se rieron.
-No está permitido destruir la propiedad pública
-replicó Stanley con una sonrisa rápida y
amarga, como si los hubiese pillado.
Su corazón se había desbocado.
-¿Qué quiere decir con que no está
permitido? -preguntó el de los vaqueros, al tiempo
que aplastaba con un pie otra mata.
-¡Basta ya! -gritó Stanley.
-¡Cállese ya la boca!
Stanley atravesó su cuarto y abrió la puerta
con fuerza, corrió escaleras abajo y salió.
Súbitamente, se encontró en medio del terreno,
bajo el brillante sol.
-¡Hagan el favor de volver a poner las matas en su
sitio! -gritó-. Más vale que uno de ustedes
lo haga enseguida.
-Mirad quién ha llegado…
-Déjenos en paz. ¡Vamos, Joey, lanza!
La pelota dio a Stanley en el homoro, pero apenas la sintió,
ni siquiera se preguntó si la habían dirigido
contra él. Era evidente que no podía enfrentarse,
físicamente a ninguno de los cinco y menos a los
cinco juntos, pero este hecho apenas rozó la superficie
de su conciencia. Es taba furioso, lo bastante para atacar
a los cinco y era sólo su dispersión lo que
le impidió moverse. No sabía con cuál
empezar.
-¿Ninguno quiere ponerlas en su sitio? -preguntó.
-¡No!
-¡Quítese de en medio, hombre!... Saldrá
lastimado si no lo hace.
Mientras recogía la pelota, cerca de Stanley, el
de los vaqueros alargó un brazo y lo empujó.
El cuello de Stanley hizo un sonido como de resorte que
se suelta y con esfuerzo logró recobrar el equilibrio
y no caer de bruces. Ahora, ya no le prestaban atención.
Eran como un ejército disperso, móvil, seguro
de su fuerza. Stanley caminó rápidamente hacia
el callejón, sin prestar atención a las risas
que lo seguían.
Se encontró, sin saber cómo había entrado,
en el vestíbulo oscuro y fresco del edificio. Sus
ojos se fijaron en la piedra plana que se empleaba de vez
en cuando para mantener abierta la puerta de entrada. La
recogió y subió la escalera. Pensó
en arrojarla por la ventana, en medio de aquellos hombres.
¡Los bárbaros!
Depositó la piedra en el alféizar de la ventana,
reteniéndola con ambas manos. El hombre de los vaqueros
caminaba al lado de la pared de ladrillos, dando puntapiés
a las matas que quedaban. Por algún motivo, habían
cesado de jugar.
-Venid, aquí está la bebida.
Uno de los panzudos había llegado, con ambas manos
llenas de botellas de refrescos.
Mientras bebían, las cabezas se inclinaban hacia
atrás. Soltaban murmullos y gruñidos de satisfacción
animal.
Stanley sacó el busto por la ventana.
El pelirrojo estaba sentado exactamente debajo de su ventana,
sobre una tabla puesta entre dos piedras para hacer con
ella un banco. Stanley se dijo que si dejaba caer la piedra
no podía errar la puntería, y casi al mismo
tiempo empujó la piedra unos cuantos centímetros
fuera del alféizar y la dejó caer. Retirándose
rápido, Stanley oyó un sonido sordo, letal,
y luego una maldición sorprendida.
-¿Quién hizo esto?
-¡Eh, Franky!... iFranky! ¿Qué te pasa?
Stanley oyó un gemido.
-Hemos de llamar a un médico. Que alguien me ayude...
-Es ese cabrón de arriba...
La frase llegó claramente.
Stanley pegó un brinco, al mismo tiempo que algo
rompía el cristal de la otra ventana, golpeaba la
persiana y caía al suelo. Era una piedra del tamaño
de un huevo grande.
Ahora podía oír sus voces avanzando por el
callejón. Stanley esperaba que subieran a por él.
Apretó los puños y escuchó por si oía
pisadas en las escaleras.
Pero no sucedió nada. Súbitamente, se hizo
el silencio. Stanley oyó la voz de la rubia que decía
cansinamente:
-¡Gracias a Dios!
Pensó que sonaría el teléfono. Y luego
la policía.
Stanley se sentó en una silla y permaneció
así, rígido, varios minutos. Calculó
que la piedra debía pesar cuatro o cinco kilos. Lo
menos que podía haber ocurrido era que el hombre
sufriera una contusión. Pero Stanley se imaginaba
el cráneo fracturado, el cerebro aplastado. Tal vez
sólo había vivido unos instantes, después
del golpe. Se levantó y se acercó a la tela.
Con decisión, mezcló un color para la nariz
entera, ocultó con pintura la huella malograda de
luz y luego se dedicó al fondo, que hizo de un verde
más oscuro. Cuando lo hubo terminado, la nariz estaba
ya bastante seca para que pudiera volver a pinta el reflejo
de luz, lo que hizo de prisa y con seguridad. No se oía
ningún sonido, excepto el de su respiración
un tanto acelerada. Pintaba como si sólo le quedaran
cinco minutos más para pintar, cinco minutos más
de vida antes de que fueran a por él.
Pero a las seis nadie había ido. El teléfono
no había sonado y el retrato se hallaba terminado.
No estaba mal mejor de lo que se atreviera a esperar. Stanley
se sentía
agotado. Recordó que no tenía café
en casa. Ni leche. Necesitaba café. Tendría
que salir.
El miedo lo envolvía otra vez. ¿Estarían
esperándolo abajo, frente a la entrada del edificio?
¿O se hallaban todavía en el hospital, viendo
cómo su amigo se moría? ¿Y
si ya estaba muerto? 'No se mata a un hombre porque juega
a la pelota debajo de la ventana de uno el domingo... ni
siquiera si uno siente ganas de hacerlo.
Trató de serenarse, entró en el baño
y se dio una rápida ducha fría, porque había
sudado bastante. Se puso una camisa azul limpia y se peinó.
Luego, se metió la cartera y las llaves en el bolsillo
y salió. No vio rastro de los jugadores en la calle
ni de nadie que pareciera interesarse por él. Compró
café y leche en la tienda de la esquina y al regresar
se cruzó con la rubia cuarentona que vivía
en el piso de arriba del suyo.
-Qué lata esta tarde, ¿verdad? -le dijo a
Stanley-. Le vi discutir con ellos abajo. ¡Bien hecho!
Se asustaron y se marcharon... -Movió la cabeza con
desánimo-. Pero supongo que volverán el. próximo
domingo…
-¿Vienen a jugar los sábados también?
-preguntó súbitamente Stanley, y por simple
nerviosismo, pues no le importaba si jugaban los sábados
o no.
-No -dijo ella, dudando-. Bueno, lo hicieron una vez, pero
casi siempre vienen los domingos. Le prometo que haré
que Al se quede en casa un domingo, para que
los oiga. Para usted debe de ser peor que para mí,
porque está más abajo.
Movió de nuevo la cabeza. Era delgada, parecía
fatigada, y tenía una complicada red de arrugas debajo
de los ojos.
-Muchas gracias por haber hecho que se marcharan algo más
temprano, hoy.
-Gracias -dijo Stanley, y casi lo dijo involuntariamente,
por no haber mencionado, por no haber visto, lo que él
hizo.
Subieron juntos la escalera.
-Puede estar seguro que el portero no está cuando
se le necesita -dijo ella, en voz bastante alta para que
se le oyera desde el apartamento del portero, en el segundo
piso, delante del cual pasaban en aquel momento-. ¡Y
pensar que le solemos dar todos buenos aguinaldos de Navidad!
-¡Es una lata! -comentó, Stanley con una sonrisa,
mientras ponía la llave en su puerta-. Bueno, esperemos
que el domingo próximo será mejor.
-¡Y que lo diga! Ojalá llueva a cántaros
–contestó ella, y siguió subiendo la
escalera.
Stanley tenía la costumbre de desayunar en un pequeño
café entre su casa y el metro, y el lunes por la
mañana uno de los jugadores -el que solía
llevar vaqueros- estaba en él. Tomaba café
y donuts cuando Stanley entró, y le dirigió
una mirada tan desagradable y continuó mirándolo
de ese modo durante un rato, que algunas personas se fijaron
en ello y empezaron a observarlos. Stanley, tartamudeando,
pidió café. El pelirrojo no había muerto,
pensó. Probablemente estaba entre la vida y la muerte.
Si Franky estuviera muerto o, por el contrario, si se hubiese
repuesto del todo, la expresión del hombre del cabello
negro sería distinta. Stanley terminó el café
y pasó al lado de él al ir a pagar. Supuso
que trataría de ponerle una
zancadilla, o al menos de decirle algo, pero no lo hizo.
Esa tarde, cuando Stanley regresó del trabajo a su
casa, algo después de las seis, vio a dos de los
jugadores -el del pelo negro, de nuevo, y uno de los barrigudos
que, con un traje corriente, parecía un boxeador-.
Estaban al otro lado de la calle. Lo miraron fijamente mientras
entraba en el edificio. Una vez en su apartamento, Stanley
reflexionó sobre el posible significado de su presencia
allí, frente a donde vivía. ¿Es que
su amigo había muerto o estaba a punto de morir?
Tal vez acababan de venir del entierro. Ambos llevaban trajes
oscuros que acaso eran mejores que tenían. Stanley
escuchó por si oía pisadas en la escalera.
Sólo oyó el pesado caminar de la vieja que
vivía con su perro en el último piso; todas
las tardes, a
hora, la sacaba a pasear.
De repente, Stanley se dio cuenta de que los vidrios las
ventanas estaban hechos añicos. En la alfombra ha
tres o cuatro piedras y pedazos de vidrio. Vio una piedra
encima de la cama. La ventana que habían roto el
domingo casi no tenía cristal ahora, y de la mitad
superior de las ventanas sólo quedaban dos o tres
paneles enteros, como pudo ver al levantar la persiana.
Se puso metódicamente a recoger las piedras y los
pedazos mayores de vidrio, y los colocó en una bolsa
de papel. Luego, tomó la escoba y barrió.
Se preguntaba cuándo tendría tiempo de poner
los cristales nuevos -no serviría de nada pedir al
portero que lo hiciera- y se dijo que probablemente no le
sería posible antes del próximo fin de semana,
a menos que encargara los vidrios el día siguiente
a mediodía, durante la hora del almuerzo. Tomó
un metro y midió los paneles mayores, que eran de
tamaño distinto, porque era una casa vieja, y luego
hizo lo mismo con los paneles menores, anotando las medidas
en el papel que se metió en la cartera. Tendría
que comprar también masilla.
Se irguió cuando oyó un ligero chasquido en
la cerradura.
-¿Quién está ahí? -gritó.
Silencio.
Sintió el impulso de abrir la puerta de golpe, pero
se dio cuenta de que tenía miedo. Escuchó
unos instantes. No oyó nada más y decidió
olvidar el chasquido. Tal vez sólo lo imaginó.
Cuando regresó a casa, la tarde siguiente, no pudo
abrir la puerta. La llave entraba en la cerradura, pero
no daba vuelta, ni siquiera unos milímetros. ¿Habrían
puesto algo dentro, para trabarlo? ¿Habría
sido eso el chasquido que oyó la tarde anterior?
Pero la verdad era que unos seis meses antes la cerradura
le había creado problemas. Durante varios días
le costó abrirla, y luego volvió a abrirse
sin dificultad. ¿O acaso eso ocurrió con la
cerradura de la tienda de su padre? No lograba recordarlo.
Se apoyó en la barandilla de la escalera, mirando
la llave en la cerradura y preguntándose qué
hacer.
La mujer rubia subía la escalera.
Stanley le sonrió y dijo:
-Buenas tardes.
-¡Hola! ¿Qué le pasa? ¿Se olvidó
la llave dentro?
-No. La cerradura está algo dura.
-Siempre hay algo que va mal, en esta casa, ¿verdad?
-comentó ella, avanzando por el pasillo-. ¿Ha
visto usted otra igual a ésta?
-No -asintió sonriendo.
Pero la siguió ansiosamente con la mirada. Habitualmente,
se detenía y charlaba un ratito. ¿Habría
oído algo sobre lo que hizo, sobre cómo dejó
caer la piedra? y no
había hablado de los cristales rotos, aunque estaba
en casa todo el día y sin duda oyó el ruido.
Stanley volvió a la cerradura, tratando de dar vuelta
a la llave con toda su fuerza. Súbitamente, el cerrojo
cedió. La puerta estaba abierta.
Le llevó hasta medianoche colocar los cristales.
Y mientras trabajaba, no le abandonaba la idea de que al
otro día, al regresar a casa, podría encontrarlos
rotos otra vez.
A la tarde siguiente, los mismos dos hombres –el barrigón
y el de cabello negro, ahora en mangas de camisa y vaqueros-
estaban al otro lado de la calle y, con gran
horror de Stanley, la atravesaron para salirle al encuentro
frente a la puerta de su casa. ¡El barrigón
alargó un brazo y sujetó a Stanley por las
solapas y la pechera de la camisa.
-¡Oye, tú! -dijo pegando su cara a la de Stanley.
-Puedes ir a la cárcel por lo que hiciste el domingo,
¿sabes?
-No sé de qué está usted hablando -replicó
rápidamente Stanley.
-Conque no lo sabes, ¿eh?
-¡No! -gritó Stanley.
El hombre lo soltó empujándolo al mismo tiempo.
Stanley se estiró la americana y se metió
en el edificio. La cerradura de su puerta opuso de nuevo
resistencia, pero
empujó con la energía de la desesperación
y acabó cediendo lentamente. Cuando Stanley sacó
la llave, ésta arrastró un hilo elástico;
habían llenado la cerradura con
chicle. Stanley, asqueado, restregó la llave contra
el suelo para limpiarla. No comenzó a temblar hasta
que hubo cerrado la puerta de su apartamento. Entonces,
mientras temblaba, pensó: «Los he vencido.»
No lo perseguían. ¿Ventanas rotas, chicle?
¿Y qué? No avisaron a la policía. Había
mentido, desde luego, al contestarles que no sabía
de qué hablaban, pero fue la respuesta acertada.
No hubiese mentido a un policía, por descontado;
pero todavía no habían llamado a la policía.
Stanley comenzó a sentirse mejor. Además,
las ventanas estaban intactas. Imaginó que el pelirrojo
pasaba por una crisis prolongada. Pensó que en la
conducta de los
jugadores había algo contenido. ¿O acaso planeaban
un ataque peor? Ojalá supiera si el pelirrojo estaba
en el hospital o andaba suelto por ahí. Era posible,
claro, que
hubiese muerto. Tal vez los jugadores no estaban seguros
de que hubiese sido él quien dejó caer la
piedra. El señor Collins vivía encima de Stanley,
por ejemplo, y bien pudo haberlo hecho él, y tal
vez todavía le esperaba una investigación
policíaca.
El jueves por la tarde se cruzó en la escalera con
el señor Collins, que se dirigía a su trabajo.
A Stanley le pareció que el «Buenas tardes»
del señor Collins era distante.
Se preguntó si habría oído hablar de
la piedra y lo consideraba un asesino o, por lo menos, un
psicópata, por haber dejado caer una piedra de cinco
kilos en la cabeza
de alguien.
Llegó el sábado y Stanley trabajó todo
el día en la tienda de su padre, fue al cine y regresó
a su casa hacia las once de la noche. Dos de los paneles
pequeños en lo alto de una ventana estaban rotos.
Stanley pensó que no eran bastante grandes para que
se ocupara en cambiarlos hasta que el tiempo refrescara.
Ni se hubiera fijado, de no haber examinado el estado de
las ventanas.
El domingo por la mañana durmió hasta tarde,
pues la noche anterior se sentía muy cansado. Era
cerca de la una cuando instaló el caballete. Pensaba
pintar la apertura entre dos edificios, en la que había
un árbol, y que podía ver por la ventana,
más allá del terreno baldío. Ese domingo
podría ser propicio para pintar, porque los jugadores
probablemente no irían. Stanley se los imaginaba
desalentados, por la menos lo bastante para ir a jugar a
otro terreno.
No había todavía terminado de esbozar, con
carboncillo, los edificios y el árbol en la tela,
cuando los oyó. Por un instante, creyó que
se la imaginaba, que sufría una alucinación
auditiva. Pero, no. Oyó claramente en el callejón
su hosca fanfarronería perceptible a través
de un murmullo, un murmullo colectivo tan identificable
para Stanley como una voz familiar. Esperó, algo
retirado de la ventana.
-¡Vamos, muchachos, a lanzar!
-¡Síii!... ¡Vamos!
Puro desafío, un desafío a quien se atreviera
a disputarles el derecho de jugar allí.
Stanley se acercó algo a la ventana, buscando con
la mirada al pelirrojo. ¡Y ahí estaba! Un parche
blanco en la cabeza, pero, aparte de esto, tan brutalmente
enérgico como siempre. Mientras Stanley lo miraba,
arrojó un guante de catcher a un compañero
que estaba inclinado y le dio en las posaderas.
Ronca, ruidosa risa.
Entonces, desde arriba:
-Por Dios, ¿cuándo crecerán ustedes,
muchachos? ¿Por qué no se van a otra parte?
¡Ya estamos hartos!
Era la rubia. Stanley sabía que el señor Collins
no tardaría.
-Ahórrese saliva, muñeca.
-Baja y juega con nosotros, hermana.
Aquel día había un nuevo tono de desafío
en sus voces. Eran más fuertes. Estaban decididos
a vencer. Habían vencido. Se hallaban de vuelta.
Stanley se sentó en la cama, frustrado, abrumado,
súbitamente agotado. Se alegraba de que el pelirrojo
no hubiese muerto. De veras que se alegraba. Pero con el
alivio de comprobarlo, algo se elevó dentro de él,
algo combativo y amargo, algo arrastrado por una oleada
de lágrimas no derramadas.
-¡Vamos, Joel, lanza ya!...
iBum!
-¡Eh, Franky! ¡Mira, Franky!... iMira!...
Stanley se cubrió los oídos con las manos,
alzó los pies para tenderse y cerró los ojos.
Yacía en forma de zeta, con las piernas encogidas,
tratando de no perder la calma de no moverse. No servía
de nada luchar. pensó. No va la pena luchar ni llorar.
De repente se le ocurrió algo y se sentó abruptamente.
Ojalá hubiese vuelto a plantar las matas. Ahora ya
era demasiado tarde, se dijo, porque habían estado
tiradas por el terreno durante una semana. Pero cómo
deseaba que le hubiese ocurrido antes. Un simple gesto de
desafío, un destello de belleza arrojado otra vez
a sus caras...
(*) Patricia Highsmith nació el 19 de enero de 1921
en Forth Worth, Texas. Sus padres se separaron antes de
que naciese. Pasó los primeros años de su
vida con su abuela y su juventud en el Greenwich Village
de Nueva York. Cursó estudios de periodismo en la
Universidad de Columbia y publicó su primer cuento
a los 24 años en la revista Harper´s Bazaar
y cinco años más tarde saltó a la fama
de la mano de Alfred Hitchcock, quien adaptó su primera
novela, Extraños en un tren (1951). Graham Greene
la apodó "la poetisa del miedo". Descubrió
muy pronto en su vida literaria que los asuntos que más
le interesaban eran la culpa, la mentira y el crimen. Sus
libros tienen como protagonistas a hombres y mujeres que
atraviesan por situaciones comunes que se tornan peligrosas
y los obligan a defenderse con una moral egoísta
y tramposa. Sintió el rechazo por sus historias pesimistas
y despiadadas, su conducta personal y por sus ideas políticas
contrarias al ideal del ‘sueño americano’.
Debido a una prohibición de su editora, lanzó
el libro The price of salt bajo el seudónimo Claire
Morgan. La novela, que trataba de un amor homosexual, llegó
al millón de copias y fue reeditada en 1991 bajo
el título de Carol. Creadora del personaje de Tom
Ripley, un ex convicto y asesino bisexual, al que lanzó
a la fama en 1955 en el libro El talento de Mr. Ripley,
que luego fue llevado al cine en varias ocasiones. Dejó
Estados Unidos en 1963 y se radicó en una pequeña
casa en las montañas suizas hasta su muerte, el 4
de febrero de 1995 en Locarno, los únicos seres queridos
que dejó en este mundo fue su gata Charlotte y un
criadero de caracoles. Tenía un semblante agrio,
lo que no le impedía expresarse en público
con singular cortesía. Se dedicó íntegramente
a la literatura los 74 años que le tocó vivir.
Su extensa obra así lo atestigua: más de 30
libros entre novelas, colecciones de cuentos, ensayos y
otros textos. A los 17 años publicó su primera
novela, El Grito del Amor, y en forma póstuma la
última, Carol y Small G: Un Idilio de Verano. Conservó
su vida privada en estricta reserva y rehuyó la compañía
de la gente (de hecho, falleció sola).