Fuera de Contexto
(Selección)
Por Angela Ball (1)
Traducción de Oscar Aguilera F.


 

Vagabundo

Me siento nebulosa,
tropiezo a menudo, me golpeo el cráneo
contra el techo del auto al que subo
porque estoy teniendo una cuota
de sueños despierta.
En uno llueve, semanas,
luego sin haber razón vuelve el sol
como con un chasquido de dedos a través de los árboles.
En este otro
es París, un ático solitario,
saco una carta
de su sobre rasgado
y leo en una escritura que se desvanece: "Todo lo que quiero
son tus ojos".
Estos sueños deben saber
que irá a cualquier parte.
La mayoría de las veces vago
por ahí, deseando unirme a una jauría de perros
para correr a la aventura.
Aquí hay una ensoñación acerca de un hombre que duerme
con una mujer —secretamente, en una cantera,
un nicho oculto por rocas.
Uno de los botones de su abrigo
es arrancado
y él lo sostiene por un instante en la palma de su mano abierta
antes de entregarlo.
Ella está casada y lo rechaza.
Él viaja toda su vida
porque no queda nada por
lo que valga la pena detenerse:
sólo nombres de continentes,
ciudades sombrías con sus arterias
donde cada gran carretera
se despliega en abanico en la siguiente.
Sólo quiere que el viaje del amor
del maravillarse de temer disminuya,
que una mujer y un hombre lleguen a la vez
de cualquier parte.

Posesión

Anton Chekhov, ese buen doctor,
dice: "Una vez que un hombre es poseído
por una idea, nada se puede hacer con él".
Un maestro al que no le importan
sus discípulos tiene su diploma universitario
en un marco dorado que lo despliega
espléndidamente.
Una abuela ha gastado sus ahorros
en un juguete famoso: coches brillantemente pintados
que vuelan en el aire
con alambres. Su nieto lo examina
y pide permiso para ir a jugar afuera.
Una muchacha con larga y rutilante
cabellera, corre tan rápido como puede
por las calles
a casa de su amiga.
"¡Hicimos el amor! ¡Me quiere!
Y ahora sé cuán bello
es todo".
Una noche invernal, las llamas
se mueven dentro de la chimenea. Él la envuelve
en sus brazos. Ella piensa
en el precio de las escalonias.
Por fin un hombre puede comprar
la chaqueta que siempre ha deseado.
En un instante advierte
un hilo suelto, sabe que nunca encontrará
el coraje para tirar de él.
"¿Cómo puedes reírte de las cosas pequeñas?"
pregunta una mujer. "Nuestro bebé
se ha ido, y mi vida se ha ido también".
Pronto la pérdida es más valiosa
que el bebé, más que cualquier cosa.
Una mujer se enamora
de un hombre de su oficina. Él parece
distraído, preocupado —debe ser
que se siente igual. Un día él le pide
hablar en privado.
"Perdóname, pero ese perfume
que siempre usas... parece
que daña mi nariz".
Los solitarios tienen mucho en sus mentes
de que hablar.
Un deseo es todo lo que hay,
largo pago por algo feliz.
Toda persona es culpable
de la primavera y que termine la primavera.

Trabajo nocturno

La noche está atrapada en una telaraña. Incluso cuando camino
en medio de la calle
me atrapa
con hilos pegajosos. Los insomnes
ven una mujer bailando una tarantella
sacudiéndose algo invisible.
En mi puerta algunas mañanas
hay un hilo
semejante a una línea
de resaca sin océano, un soñoliento puente
de nada a ninguna parte.
Las telarañas aparecen donde quiera que no lo
hacen nuestras vidas, dondequiera que es más solitario.
Si puedes reunir suficientes
sirven para una buena cataplasma
para cualquier cosa que te falte
Ya que las arañas construyen telas más o menos
de la nada, nunca se
disuelven —sólo se vuelven a
armar en alguna otra nada, en alguna parte
igual que un campo nevado infinito
donde los alfareros arrojan sus fragmentos.

Fuera de contexto

Una mujer sentada mira hacia abajo
desde un avión.
El panorama deslumbra: luz del sol,
las puntas blancas como en un sueño
de una ciudad en la niebla.
Una bahía inmóvil.
A esta mujer le han dicho
"No tienes sentido del contexto".
Desierto ahora abajo, el polvo de las montañas
devorando las montañas.
Hace mucho tiempo, dicen las crónicas,
un indio puso una antorcha
en el poste del tótem familiar, dijo "Me dicen
que si quiero ser cristiano debo dejar
todos nuestros juguetes".
Pronto cualquier práctica de la costumbre nativa
era ilegal.
"En realidad nunca podemos dejar algo",
dice Sigmund Freud, "sólo cambiamos
una cosa por otra".
El amor de la niñez de una mujer,
su abuelo, le daba monedas
y luego se las quitaba "para que tus manos
no se pongan sudorosas". Luego su funeral
donde yacía como si estuviera parado
dentro de una puerta oscura.
¿Cómo puede alguien tan amado
convertirse en un fantasma, aterrorizadosr
y horrible?
Si este avión se estrellara en una ciudad
la gente se horrorizaría
no de que exista tanta muerte —
obviamente existe— sino de que suceda
ante sus ojos, de una sola vez.


Abrazo

Tal vez algunos de tus movimientos
te pertenecen —tu pequeña
carrerita y salto al cruzar la calle.
Tu hábito de abrazar a la gente muy alto
o demasiado bajo, cogiendo un seno
o un glúteo por equivocación.
Tu manera de restregar —
recién te diste cuenta— tu zapato
izquierdo en la pata de la mesa
mientras comes. Pero el resto
todos pasan por ti,
por nosotros —gestos que esperan
que los acojamos, como peldaños
desgastados o el hueco
de una silla blanda. Cuando vamos
al encuentro mutuo, preparándonos para bailar
o decir adiós, hay un pequeño salto
de esperanza. Entonces nuestros cuerpos
comienzan a escuchar, a ofrecer el uno al otro
una suerte de disculpa por sentir,
por creer
la mortalidad del otro
por hacer un breve refugio de ella.

Nora

1
Fui portera del convento,
me paraba justo en el marco de la puerta,
entre el silencio y los ruidosos olores
del mercado de pescados, los establos,
humo de turba, repollos y papas
codo a codo en los calderos.
Huí a Dublín
sólo para atraparme a mí misma
en la polvorienta jaula de viaje
que es el Hotel Finn. Las camas de hierro
exhalaban frío, las paredes exudaban lluvia
y solían murmurar.
Mi nombre hizo una X más
en el libro mayor de las calles.
La brisa mendigando algo verde—
lo último que necesitaba,
otra falda que arrastrar.
Pensé en ese tiempo
haber usado mi vestido de bodas
para una fotografía –haber sido
una de aquellas muchachas sentadas muy tiesas
como si el matrimonio fuera una abrazadera.
En cambio tuve los mil camafeos
grises de los charcos –una nube una tira de encaje
cruzando el cielo.
En Galway dicen
que es mejor coger manzanas que aire. ¿Volver?
Más bien caería rodando por una colina de brezos.
La vida era todo piernas moviéndose de un lugar a otro,
sacando y llevando. Campo u olas o sábanas
que doblar. Velas sopladas
hollín de flamas raspado.
Al limpiar el cuarto me detuve a mirar
por la ventana un caballo,
su lomo humeando vapor, parado con una pata levantada,
el humo de la pipa del cochero saliendo lateralmente.
Le hice una seña, aunque no me vería.
Desnudé una almohada con franjas de palos dulces,
enjuto prisionero que deja escapar un jadeo
y una pluma parda.
¿De dónde viene todo el polvo?
No viene como una ramita de olivo
en el pico de una paloma, no hay triunfo en él.
El polvo es como es.
La enviamos de vuelta al agua
a restregar en una piedra.

2
¡Cómo la luz matutina eleva al gran árbol!
Naranja-dorado con jirones negros,
ramas oscuras desplazándose al través.
Nací, supe, en el hospital de la correccional,
famoso por el tamaño y solidez de su puerta—
para entrar, había que apoyar
todo el peso de uno sobre ella.
Las cosas en su tiempo nos maravillan.
La esencia del sol en una brecha de hojas
alfileres de brotes de todos los colores, una cucarda.
Nosotras las niñas íbamos bailando a los cruces de caminos,
girábamos más rápido de lo que podían seguir nuestras cabezas.
Yo paseaba con Michael Feeney en Salthill.
El viento hacía que nos habláramos de cerca, enviábamos las ondas
corriendo a alcanzarse.
Él me regaló este brazalete. Luego enfermó
y no lo pude ver.
En el cementerio de Rahoon mi corazón se partió.
En el sitio sin puerta está quien habría sido mi vida
en Galway, nuestros hijos. Era y soy Nora Feeney.
Caminaba con Mulvagh en la Isla de la Monja, más allá de los enormes
muros de la cárcel. Era protestante –y el Tío Tommy encontró eso
una buena excusa para pegarme, aunque le supliqué de rodillas.
Cuando me fui a Dublín no le dije adiós a nadie—
ni a Mulvagh, ni a mi madre.

3
Pienso en una solterona, su pulso
gople golpeando en una cueva, cuyos sueños
sacan a un bebé del río.
Se ríe, un salmón le hace cosquillas.
El bebé invisible sueña apoyado en ella
toda su vida, como una bicicleta apoyada en un muro.
Espera que su muerte sea dulce,
para que la gente venga a sobarle las manos
y la miren gentilmente a la cara
y no la teman.
El laurel se vuelve y agita en sus ganchos,
la hierba yace en su perezoso lecho
con terrones amasados y hoyos
que hace el tejón. Cuando la gente ha hablado
toda su habla, comienza la lluvia
arrastrada hacia adelante por las ramas.
Antes de que pudiera recordar, mi madre
me entregó a mi abuela, para ganar espacio.
Cuando estaba en la caja que era mi cama, un grillo
cantaba muy fuerte. Ruedas de carromatos resonaban
contra las piedras.
Cuando Abuela murió viví con Tío
y sus reglas. Mi padre vivía lejos.
Era un panadero viajero donde quiera que necesitaban
pan extra. Jim decía que se bebía sus bollos y hogazas
como hombre. ¡Debería hablar!
Llegué a Dublín en un invierno
de lluvia y nieve. Pescado de ciudad
cruzaba el viejo ir y venir
del Liffey. La ciudad disputando, preguntando,
regateando a todo pulmón.
Tardes invernales en el Finn la luz del bar
como papel de dibujo tiznado
dibujado con sombras, barbas
apropiadas para ser cepillos para restregar. Hombres
alzados por las sombras.
Carne estofada en el hueso para ellos
en los hornos sus flacas esposas
calientan sus pies debajo.
Bajando por la calle buena
la gris apariencia de las casas ricas,
suavidad atisbada desde dentro,
un cabeceo de pétalos rosados.
En casa decían, Esa Nora—
Dublín la atrapó
por el delgado borde de la calza.
Me desperté a la locura de la escarcha
en mi ventana. La extrañeza de la nieve
y el confort encendido en las sábanas,
sin traza de lo anterior
ni atisbo de lo venidero.
Cuán cansado debe estar el suelo
bajo el hotel –tal peso
del matrimonio y de la soledad.
Las otras sirvientas estaban hablando una vez
de mí –escuché—
Las chicas nuevas creen que se pueden mantener
brillantes y sin uso
como el papel mural detrás de la cama—
eso no dura.

4
Desde el comienzo el pensamiento en Jim
iba a todas partes. Un pájaro silbaba
desde una grieta, una mujer se inclinó
a restregar la baranda de atrás. Con eso,
el gran sol al borde de la tierra
como que hacía dar vuelta de campana todo
tiñendo de sangre, el mundo
nube por nube yéndose a otra parte,
dominio por dominio.
Las estrellas no escogieron ningún son.
El mar recién había comenzado
a reasentar su peso
y las sombras soltaron sus amarras.
Me lo imaginaba a él, que dormíamos,
esquifes golpeándose junto al muelle,
recién comenzando a soñar
las voces de los pescadores.
En Ringsend –la sombra de nuestras manos unidas,
los borrosos nados de los edificios
lejanos, la luz lechosa que exuda una luciérnaga
convirtiendo la noche en una madriguera.
Lo toqué para su placer, no el mío,
para así evitar el pecado. Observé su cara
cuando se había quedado, dejando atrás
todo el ojo de cerradura de la ciudad.
El amor va donde van las millas –las superficies lejanas.

5
En las noches atareadas, yo pasaba
por puertas idénticas, botas enlodadas
paradas como si estuvieran esperando entrar,
para verter tragos. Permanecía lista
tras el bar, observaba a los hombres,
uno en mangas de camisa, dos botellas de Stout
anilladas en sus dedos, hablando a un hombre bajo
con cabeza como de camello.
El hombre en el rincón
que venía todos los días –su esposa había muerto
la semana anterior. Me preguntaba si él
llegaba silenciosamente, subiendo con los zapatos
en la mano por las escaleras.
Jim. Ese eras tú
era un verdadero milagro, azules
tus ojos, ¡tus ojos!
Buena cosa tu suerte
iluminada justo frente a ti.
En la noche, sola en el lecho
pensar en él,
sentir las estrellas ocultas
que se tornan más y más rápidas
como un patinador entrelazándole los brazos.
Después arriba, con humo, mirando hacia afuera—
yo podría andar por las puntas de las ramas
con la mancha de la niebla marina
y encendido de carbón
hasta las crestas de las olas—
Ese día caminaba por la calle Nassau
cuando estaba liberada a la brisa,
levanté la cabeza
a tiempo par averlo—
Caminando un día avanzada la primavera
oímos un violín
despistado como el suspiro de un caballo.
Parecía no importarle
que lo hubieran cogido rudamente
y que las manos del violinista parecían que trataban
de aserrarlo en dos desde cada ángulo.
Me llevó a un campo
cerca de los viejos esqueletos de barcos
de la bahía, la destilería vacía.
Entre resortes oxidados
me arrodillé y desabotoné sus pantalones.
El campo desapareció llevándose su agrio óxido
y estiércol y paja, junto con las estrellas.

6
No le hablo a su tumba—
¿para qué hablarle al silencio? Preferiría pedirle a la piedra
que me dijera algo—
Era como la yegua media luna
que vi en la carrera de ponies —no permitía que nada que se moviera
se escapara a sus ojos—era ganar
o nada.
Pueden los muertos estar sueltos
con las hojas
que bañan el aire con cobre—
o será la lluvia perezosa en caer—
Le dije a Jim que siempre había esperado
tener una familia. Nos sentábamos juntos
a la mesa –mantel de encaje cubierto por plato tras plato,
Jim en la silla grande.
Si estás conmigo, nunca tendrás eso,
decía Jim. Ese confort corrupto
del cual quería verse libre –incluso en el lenguaje. Así es que vivíamos
en mundos diferentes, y yo era la Signora Joyce.
¡En algunos lugares
nos quedábamos! No aptos para admitir una rata.
Los niños no tenían nada
de que librarse –sólo de la languidez
Georgio y Lucía.
Nada atrae más a Giorgio
que el café, chispas en un vaso.
Lucía, encerrada.
Libre, hechizaba los cafés nocturnos,
dispuesta a entregarse
al amor. Pregúntale a un buitre el precio del empeño
de su chal raído.
Por último, los doctores me enviaron,
confiados, a casa a descansar. Moriste
a las 3 A.M., solo.
Solitarias tu cabeza y tus manos
en la niebla de la tumba, terrones cernidos sobre terrones.
Ventana que deja penetrar más oscuridad.
Eire nunca te soltó de las manos.
¿Qué es
ser visible para los extraños?
¿Qué es dejar que el aire,
rudo y vacío
te cascabelee, te lleve a un extremo con un suave codazo—
En el Prado de San Esteban:
copas de árboles embistiendo el viento,
un aroma de flores flotando delante,
una quietud lejana
que podríamos con esfuerzo alcanzar.
El navegar de un pétalo desarrugándose,
luz que brilla como estrella en la curva de su brazo.
Jean


1: WORLD'S END

A los veinte años terminó mi primer romance.
Quise emborracharme hasta morir.
Mi amiga sugirió que me mudara: Chelsea,
un vecindario llamado World's End.
Una librería—
en el escaparate, plumas: rojas, azules, verdes, amarillas.
Compré una docena y cuadernos de ejercicios negros, con reglas,
y una botella de tinta y un tintero.
Alguna alegría para mi nueva mesa.
Después de la cena cogí una silla y escribí.
Éste es mi diario.
Esta es una de las razones
por las que creo en el destino.
Sólo los libros importan.
Si dejo de escribir, mi vida
habrá sido un fracaso.
No me habré ganado la muerte.
Sólo escribir es importante, sólo los libros
te sacan de ti mismo.

2: CUARTOS

¿Música aquí? Si tu cuarto es lo suficientemente tranquilo
la puedes oír—
un sonido alto que es el sistema nervioso,
un sonido bajo que es la sangre.
Tratando de parecer respetable, de nuevo
me pongo en evidencia.
Los ojos se abren grandes un segundo, luego se estrechan.
Si es una ama de llaves, hay una excusa
para no volver. Las caseras lamentan
haber comprometido mi cuarto para otro huésped.
Entonces un cuarto más alto: más escaleras, menos luz.
Vestigios de una docena de aromas baratos.
Vi un cuarto grande donde la gente pagaba
por dormir hacinados. Otros se revelaban,
espectadores en el hotel barato.
Un cuarto es un refugio contra los lobos de afuera.
Contra la nada que da un paso adelante
no la nada que no lo hace.
Mi cuarto favorito no trataba de ser de nadie.
Se parecía a un restaurante.

3: INGLATERRA, 16

Esta no era Inglaterra, esta nunca fue Inglaterra.
Los trenes deberían haber sido rojos y azules
como los juguetes en Dominica.
No sabía de túneles.
después del primero, pregunté,
"¿Fue ese un accidente ferroviario?"
Como siempre, debía haber esperado
algo diferente. El terrible zoológico:
un león que miraba con ojos tristes
y se paseaba sin detenerse.
Colibríes volaban confusamente
entre pedazos de panes colgando.
el loro dominicano era el más arisco,
el ave más resentida
que he visto.
Llegando a Southampton,
miré a través de una tronera y lo vi todo,
todo lo que me sucedería.

4: AMOR

Es mala suerte decir que estás feliz.
Cuando estás feliz, la calle es un favor.
Las aceras son bonitas.
Cuando no estás feliz, eres la botella
parada con arena, el cigarrillo
tirado a la chimenea. Aquí porque estás aquí
porque estás aquí.
En este juego sin redes
todo se desliza a cero.
Un huevo de gallina. Amor.
una vez que lo peor ha sucedido, ¿a quién le importa?
El amor es terrible. Lo envenenas y apuñalas
y le disparas y sigue boqueando,
arrastrándose en el lodo. Como rasputín.
Uno no se acostumbra
a olvidar los sentimientos.
En el coro cantábamos así:
Oímos la serenata
a una bonita doncella mona
y ahora en la aldea de la selva
la luna brilla
sin enojo
seré fiel
al mono.
Soy un pedazo de enredadera derribada
buscando un roble —un roble inglés—
¿No esperará, Señor Destino?

5: LANCELOT

El nombre —como toda mi vida—
imposible, pero verdadero—
Mi primero. Lo mejor fue cuando
me tomó, sin respirar, diciendo.
"Queridita, amorcito".
Sabía que era incapaz de irse
y yo estaba perdida: "Todo, cualquier cosa
que tú quieras". Sin pasado, sin futuro,
negrura.
Las noches —me juntaba con él en un restaurante.
Luego la sala
con su rutilante fuego.
Luego hacia arriba. Las cortinas cerradas,
mil años se iban
en un instante.
Regresaba a mi frío cuarto
cerca del amanecer, dormía. Luego vigilaba
la llegada del mensajero
que me traía sus cartas.
¿Qué hizo que la luz se tornara amarga?
Un sueño dijo: "Es la colina
todos los seres deben morir" ¿Qué colina?
Pensaba —eres una inútil
y nunca podrás conseguir un empleo
mucho menos conservarlo.
Primero la amante de mi primo me daba dinero.
Después, incluso perdí ese contacto—
todos los miércoles llegaba un cheque
de H.E.W. Graves, Abogados.
Graves, por supuesto.
¿Por qué lo llamaron entonces
la "operación ilegal" —culpa?
¿Remordimiento?
Descanso de la esperanza, de la desesperación.
Ambas se han ido
junto con tu cuerpo.
Aquí estás. ¿Dónde estás?
un lecho en que despertar. Café. Comida.
Una película. Un paseo. Esperando ver dónde la miseria
te llevará después.
Era un brillante octubre y muy frío.
Las hojas parecían pájaros en vuelo.
¿Por qué la mayoría de la gente piensa que la verdad
es asunto de poner una moneda en una ranura?
Ninguna moneda. Ninguna ranura.

6: DINERO

"El dinero piensa que estoy muerto",
dijo alguien.
Las palabras "seco podrido" me hacen reír
como nada.
El mozo estaba uniformado,
pero había un piojo en su cuello.
Risible —después anidarán en una lata de sopa
en la tapa de un tarro de basura— su cena, Madame.
Una vez estuve dos semanas sin comer
excepto por el café y croissants en la mañana.
Un vaso de vino me empinaba al cielo.
¿Es tan pequeño el repertorio de cada uno?
amor y aniquilaciones, y problemas de dinero—
lo que significa el hado, una vida
con las mismas sílabas.

7: DOMINICA

Cuando digo que escribo por amor
quiero decir que hay dos lugares para mí:
París (o lo que fue)
y Dominica, donde fui niña.
Lugar muy encantador y melancólico,
no muy atractivo para los turistas.
Incendios, huracanes, revueltas—
típica Dominica.
Aunque Obeah esté contra la ley
en las islas inglesas, es un arte gentil.
"Ella magia con él" es Obeah porque
él la ama.
El sonido del mar avanza, retrocede
como una puerta cerrada y abierta de golpe.
Montaña de agua contra una delgada hoja verde.
Montaña Diablotin circundada por sus propias aves.
Cabalgué a lomo de caballo al campo.
Tú cabalgaste a lo largo del mar, luego torciste a la izquierda
en la brisa de la tierra
y el perfume del prado.
Los helechos dorados y de plata,
no altos como los árboles de helechos sino pequeños y familiares.
Dorado, verde y frío.
Árboles de mango, orquídeas
floreciendo fuera del alcance , sol, cielo, infierno
(posiblemente vacío) repentina oscuridad,
estrellas enormes.
Mamá estaba ahí, pero dejé de pensar en ella.
"Tenías una hermana pequeña", dijo,
"que murió antes de que nacieras".
"Sonría por favor", dijo el fotógrafo,
poniéndose la tela sobre la cabeza.
"No tan seria".
Pero mi mano se alzó, como haciendo una advertencia.
El cementerio Negro (católico)
era hermoso: velas parpadeando todo el día,
flores (reales y hechas de papel),
cartas a los muertos,
con piedras como estampillas.
Un jumby es una persona muerta
llamada por los vivos. Una persona viva
llamada por los muertos.

8: PARÍS

París te animaba.
Hacía empezar todo de nuevo.
Montparnasse era la calle que corre por siempre.
Me situaría en ella, un trazo.
Parte de lo primero lo siguiente y lo final.
Calles hechas de agua, noches, ojos.
Jazz suave, persistente como la esperanza.
Era "América en París", "Inglaterra
en París".
Calle larga brillante vacía.
Trabajé en París, pero nunca por mucho tiempo.
En mis sueños y mis empleos,
todo conduce a un lavabo.
En Paría conocí a Ford Maddox Ford
que me ayudó a escribir
que era (junto con Stella)
un horror.
La prensa inglesa (considero a los ingleses
tanto ingenuos como resentidos) rumoreaban que Ford
nunca se lavaba los dientes. La higiene
no era su problema.
La luna brilla
sin fruncir el ceño.

9

El dinero lo compra todo.
La ropa es la mejor manera —nueva
posible magia, posible felicidad.
Un vestido algunas veces te hace algo
o bien no. Así es que he vendido
muchas bellezas, las he abandonado. Mi piel que me convirtió en
una dama. Fiera, con colmillos.
En Paría hice parte del vivir
agregar mi vestido azul medianoche (yo en él)
a las escenas de multitudes en las películas.
Tuve que dejarlo —demasiado frío. El rostro de la estrella
estaba azul bajo su maquillaje.
Traté de vender el vestido, nada que hacer.
"Nadie usaría algo así
excepto 'una mujer de la noche'".
Siempre quise ser bella.
Mucho después de que era demasiado tarde
me maquillaba a palmadas.
Abría mi estuchito de maquillaje —mi cara
lo pedía ávidamente para mi cara.
La misma respuesta.

10: SOMBREROS

La peluquera se inclina. Hemos logrado
la hazaña más difícil: perfecto rubio ceniciento.
Combinado con el sombrero apropiado, podría ocurrir cualquier cosa.
Una mujer vieja se prueba sombrero tras sombrero,
buscando uno que la rescate
de la simpleza y la edad. su expresión
es terrible: hambrienta, desesperada, esperanzada.
La gorda vendedora sonríe, un demonio menor.
La muchacha que me ayuda es paciente.
"Los sombreros ahora son muy difíciles, difíciles
de usar". "Dígame", le pregunto
"cuál debería tener".
Abandono la tienda con un sombrero. Mi sombrero.
Nadie me mira, lo cual creo que es una buena señal.
En uno de nuestros últimos encuentros Ford llevaba un bombín:
un sombrero de inglés burgués. En prisión,
mi primer marido aparecía en las horas de visita
con un pedazo de arpillera en la cabeza.

11: POSES

Cada uno respeta la arrogancia.
Cuando eres niño, eres tú mismo.
Después de eso, las poses
que te obliga asumir la gente.
Te tambaleas, sin equilibrio,
con tacos equivicados, adolorida de la diferencia
entre lo que tú pensabas que eras
y lo que eres.
Accidentes—
una media que se le corrieron los puntos.
La tristeza te sube desde los talones.
Estaba en la parada de autobús despidiéndome
de un hombre que quería (rehusé)
desvestirme, y...
se me cayeron los calzones. Lentamente
levanté un pie y otro saliendo de elos, los doblé
y los puse en mi bolso.
Hace frío y se oscurece temprano.
Una se encuenra con figuras oscuras en el camino,
y hay escarcha y hielo en todas partes.
Un hombre que me sigue mira mi cara arrugada
y se va, sorprendido
de su equivocación.
Una pequeña llama —y los vecinos
querrían hacerme arrestar
por personificar a una escritora muerta
llamada Jean Rhys.
Me conocen como nadie —o peor.
Selma —que desenterró Buenos Días, Medianoche—
dijo la cosa más amable que había oído de mí
era que yo había muerto. Se perdió (gracias a Dios) el titular
de mi juicio final: LA SRA. HAMER PERTURBADA.
SÓLO TENÍA VINO ARGELINO.
Han habido meses de lucha—
comenzando por el infeliz que mató mis gatos.
Finalizando con el juez
que preguntó si tenía algo que decir
así es que lo dije.
Luego el ala del hospital de la Prisión Holloway.
No me importaba la soledad. Te cerraban con un golpe la puerta
dejando fuera los demonios chismosos.
Me gustaba la gente de ahí —una dama gitana
que llamaba "perritos" a los cigarriloos y a Londres
"el humo".
Un triunfo menor —el informe decía "No está loca".
Ahora soy una veterana de Holloway.
Conozco las canciones de allí.
Nadie comprende cuán fácilmente
vuelan las palabras y no regresan.
Todas las cosas importantes
reducidas a desvaríos.

12

Lo fantástico es simplemente
aquello que no hiciste. Esto vale
para todos.
Cuando nació nuestro hijo
ya se estaba poniendo frío. William.
No tenía leche. Pronto murió
y necesitó una etiqueta para su muñeca.
Hay una canción que yo traduzco
del patois —Porque las flores
son tan bonitas, mueren al instante.
Un día y mil años
son lo mismo.
Entremedio hay pequeños minutos felices.
Sensaciones —árbol, una luz sombreada.
Un plato de manzanas rojas sobre una mesa.
Un momento
cuando caminaba en el calor,
pensando y luego sin pensar,
era intensamente feliz
porque ya no existía.
Pero estaban los árboles y el suave viento
que olía a flores
y el mar, y yo era el viento
los árboles el mar la tierra cálida,
y dejaba tras mí una prisión un sueño horrible
de prisión. Y mi felicidad—
imposible escribir sobre ella —activa,
riendo de alegría.
esto sucedió cuando caminaba por un camino
de Théoule a Cannes
cerca de las dos o tres
un caluroso día de agosto.
¿Cómo escribo? No tengo herramientas
y sólo me conozco z mí misma —desgastada casi hasta las raíces,
el puntal de un árbol viejo.
Sólo importan los libros.
Hay una hermosa flor roja
en el jardín —rojo-rosado para no creerlo—
tan amorosa.


(1) Angela Ball nació en Athens, Ohio, U.S.A. en 1952. Sus libros de poemas incluyen Kneeling Between Parked Cars; Possession y Quartet (los poemas aquí presentados pertenecen a estos dos libros). Vive en Hattiesburg, Mississippi y enseña en el Centro para Escritores de la Universidad de Southern Mississippi, donde es editora de la revista Mississippi Review (www.mississippireview.com).




Suscríbete a Enfocarte.com y recibe las actualizaciones en tu e-mail





| Sumario | Editorial | Plástica | Dibujos | Galería I | Galería II | Ensayo | Perejaume I | Perejaume II | Fotografía | Galería Fotográfica I | Galería Fotográfica II | Literatura | Destacado | Cuento | Amistades históricas | Relato | Artículo | Poesía I | Poesía II | Poesía III | Poesía IV | Poesía V | Poesía VI | Filosofía I | Filosofía II | Cine I | Entrevista |Cine II |


| Home | Staff | Colaboraciones | Directorio | Archivo | Buscador | Poesía semanal |
| Concursos |


Google
  Web www.enfocarte.com

 

Copyright © 2000-2007 Enfocarte.com /fvp.
Prohibida la reproducción de cualquier parte de este sitio web sin permiso del editor. Todos los derechos reservados.