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- Ver Poesía vertical
de Roberto Juarroz -
El lenguaje es el instrumento de expresión conceptual
por excelencia del hombre, quien se constituye integralmente
desde, por y a partir del lenguaje ya que las cosas que
podemos decir son, de hecho, las cosas que podemos pensar,
los términos de nuestro pensamiento. Antes de comunicar
las ideas el lenguaje les da forma, las define esculpiendo
la experiencia exterior e interior del hombre. Una de las
características más importantes del lenguaje
es la de ser una compleja entidad viviente por el hecho
de estar constantemente en formulación y reformulación,
ya sea debido a un aumento en el número de sus elementos
constitutivos como al cambio en relación con la apertura
polisémica de las palabras. Es decir, el lenguaje
es por naturaleza un producto intrínsecamente dinámico
que da cuenta del proceso de desarrollo intelectual, emocional
y espiritual del ser humano y, por lo tanto, es constantemente
redefinido a partir del uso social que el hombre hace de
él.
Sin embargo existe un espacio vedado a las palabras en
el ámbito de la experiencia interior del hombre que
el lenguaje no puede abarcar. En este sentido Roberto Juarroz
crea en sus poesías, y a partir de ellas, un mundo
denso e intenso jugando en y sobre los límites de
la palabra, explorando su riqueza y ahondando en la potencialidad
del silencio.
El filósofo austríaco Ludwing Wittgenstein
afirmaba que "nuestro lenguaje se articula en juegos
de lenguaje que forman parte de una actividad o de una forma
de vida" de modo que "los límites de mi
lenguaje son los límites de mi mundo y los límites
de mi realidad". El término juego de lenguaje
es empleado para explicar que el hecho de hablar un lenguaje
es parte de una actividad, o de una forma de vida; y existen
infinitos e inconmensurables juegos de lenguaje, de hecho,
tantos como actividades humanas puedan concebirse. Si los
límites de mi lenguaje son los límites de
mi realidad , entonces, explorando en los límites
del lenguaje se trabaja para ampliar o retroceder las fronteras
del mundo:
Es sólo lo posible
que nos demuestra su existencia.
Lo imposible no levanta nunca la voz. (39
– VII)
Y Juarroz se afana en hallar un lenguaje que permita una
aproximación a la experiencia plena de la realidad,
un lenguaje que sea pura formulación de sentimiento:
un lenguaje transdisciplinario capaz de materializar la
totalidad de la existencia. Y dice al respecto que "el
ejemplo más puro, el más importante del lenguaje
transdisciplinario en acción (lenguaje transdisciplinario
que puede hacernos acceder al lenguaje global que buscamos)
es el lenguaje del arte y sobre todo el lenguaje de la poesía.
La poesía no puede actuar en los límites del
lenguaje, en los límites de la imaginación,
en los límites de la realidad. Para la poesía
la realidad es infinita (...) esto significa, desde esta
perspectiva, una actitud hacia la totalidad, un aprendizaje,
un humilde aprendizaje de la realidad sin fronteras, una
disponibilidad sin la cual no hay verdadero lenguaje ni
verdadero espíritu hacia la totalidad": hay
que alcanzar
...la mirada que escribe y borra al mismo tiempo,
que dibuja y suspende las líneas,
que desvincula y une
simplemente mirando.
La mirada que no es diferente
afuera y adentro del sueño.
La mirada sin zonas intermedias.
La mirada que se crea a sí misma al mirar.
(4.VIII)
Esta mirada activa, creadora, sólo puede alcanzarse
ante un cambio de visión del mundo, es decir, un
cambio cualitativo en la forma de percepción de la
existencia: un despertar o renacimiento que manifiesta el
sentir de la integración en la "totalidad o
unidad cuyo sentido último no se comprende, pero
sin cuya proyección, sin el sentimiento que uno es
parte de ella, la vida parece mínima y despojada,
muy empobrecida"
Cada cosa es un mensaje,
un pulso que muestra
una escotilla en el vacío.
Pero entre los mensajes de las cosas
se van dibujando otros mensajes,
allí en el intervalo
(...) como si lo que está
decidiera sin querer el estar
de aquello que no está.
Buscar estos mensajes intermedios,
la forma que se forma entre las formas,
es completar el código.
O tal vez descubrirlo. (11 – IX)
La ruptura contemporánea entre un saber acumulativo
en crecimiento exponencial y un ser interior cada vez más
empobrecido hace imposible una mirada global de los conflictos
actuales. Es imperioso, entonces, una mirada transversal
de la realidad y el reconocimiento de la existencia de diferentes
niveles de realidad regidos por diferentes lógicas.
La existencia de varios niveles de realidad y el espacio
entre las disciplinas que intentan su abordaje está
lleno de potencialidades y en este ámbito radica
la posibilidad de que percepción y palabra inauguren
la nueva dimensión del encuentro del hombre con la
realidad más profunda. Es en virtud de esta estructura
discontinua desde donde se funda la necesidad de una aproximación
transdisciplinaria que focalice su atención en la
dinámica generada por la acción simultánea
de los múltiples niveles de realidad: "el lenguaje
transdisciplinario es un lenguaje globalizante, holístico.
Un lenguaje axial, un lenguaje orientado al centro de todos
los otros lenguajes, (...) esto significa, una vez más,
una nueva actitud":
...Lograr que la palabra adopte
el licor olvidado
de lo que no es palabra,
sino expectante mutismo
al borde del silencio,
en el contorno de la rosa,
en el atrás sin sueño de los pájaros,
en la sombra casi hueca del hombre.
Y así sumado el mundo,
abrir el espacio novísimo
donde la palabra no sea simplemente
un signo para hablar
sino también para callar,
canal puro del ser,
forma para decir o no decir,
con el sentido a cuestas
como un dios a la espalda.
Quizá el revés de un dios,
quizá su negativo.
O tal vez su modelo. (1-XII)
"Comúnmente vivimos en un espacio pequeño
de la realidad, un segmento diminuto. No es que no sea realidad
lo que se hace: todo es realidad, pero vivimos al costado,
con las fronteras muy cerca, muy limitadamente. La poesía
tiene como objeto inmediato, básico, producir una
fractura y ésta consiste en quebrar la escala consuetudinaria,
la escala repetitiva, empequeñecida de lo real. Es
abrir la realidad y proyectarla en la escala mayor".
El hombre que despierta a la realidad es capaz de percibir
su ritmo oculto e interno, que "el universo es un conjunto
de correspondencias, de relaciones que se corresponden entre
sí y el artista o el poeta o el ser que despierta
pueden recoger, plasmar, transmitir" sutilmente mediante
analogías, apelando al sentido de las semejanzas
y las diferencias que vinculan las cosas. Se trata entonces
de asumir la integración unitaria con la totalidad
ya que sobre esta unidad se asienta el principio organizador
del yo, libertad en acción y, en consecuencia, libertad
creadora del mundo: expansión de los límites
de la realidad.
Y quisiera relacionar la manera de concebir el mundo, la
experiencia de vida de Juarroz, con la experiencia Zen en
tanto metáfora de otro juego del lenguaje de Wittgenstein.
Especialistas en semántica sostienen que las lenguas
indoeuropeas nos vinculan a un modo de ver la realidad en
forma fragmentada. La linealidad de la estructura sujeto-predicado
modela nuestro pensamiento limitándolo e induciendo
al hombre a pensar en términos de causa-efecto. No
somos capaces de captar la naturaleza de la realidad por
haber asimilado la limitación que suponen las palabras.
En cambio otras lenguas, como el chino o el hopi están
estructuradas de un modo diferente, sobre la base de imágenes.
Así la estructura lingüística de la cultura
occidental ha dado la visión del mundo compuesto
por partes separadas, estáticas o dinámicas
en relación de subordinación o inacción.
Zen: una visión integradora
La cosmovisión holística de la humanidad,
forma de concepción totalizante y unitaria, se remonta
hacia los orígenes del hombre. Las más antiguas
y diversas culturas concebían que el movimiento de
la Naturaleza tiende hacia orden, hacia el equilibrio, y
consideraban al ser humano como parte integrante de esa
Naturaleza viva, en constante cambio. En tanto las culturas
orientales aprehendieron la existencia de este modo, perpetuándose
hasta la actualidad, en occidente comenzó a diluirse,
a perderse, al tiempo que iba configurándose una
nueva cosmovisión cada vez más fragmentada
y materialista de la realidad a partir del dualismo de Descartes
y corporizada, en su máxima expresión, en
el paradigma mecanicista newtoniano.
"El Zen, el inclasificable Zen es aquello que más
se aproxima, dentro de lo que yo he encontrado, a la dinámica
más íntima de la creación poética.
Porque mediante el impacto de la imagen (en apariencia absurda)
provoca la iluminación". Con respecto a la experiencia
Zen es menester enfatizar en el hecho de que no se trata
de una religión ni de una filosofía, sino
que es en alta medida una doctrina de los medios, del camino.
Es la disciplina del viaje hacia la gran meta del hombre,
la lucidez frente a todas las cosas, frente al universo.
Zen es experiencia, vida concentrada, vida siempre consciente
o la conciencia cotidiana de las cosas como lo
expresara Matsuo Bashoo, poeta del siglo VIII: la conciencia
de todo momento, de toda acción, de toda inacción.
El sentido del Zen es fundamentalmente el impulso liberador,
la tendencia mental que diluye los antagonismos, admite
la coexistencia de los opuestos, conduce al desapego y articula
las esferas de lo consciente e inconsciente, de modo que
se erige en una audaz tentativa de emancipación del
hombre por la abolición de los resultados de la mente
dualista, disociadora, que discrimina lo racional de lo
irracional.
La conciencia a la que aspira la vida en Zen, mediante
el Zen , desde el Zen, es una armonización de los
factores conscientes e inconscientes contenidos simultáneamente
en toda manifestación de la vida humana. Se trata
de un espontáneo y lúcido vivir en las cosas,
estar en las cosas (tanto en su superficie como en su profundidad),
en su abierto secreto, y se manifiesta en asir el milagro
siempre presente en las cosas naturales, aparentemente nimias,
en ser capaz de abrirse a la vitalidad del palpitar de la
naturaleza existente en todas y cada una de las cosas. Es
decir la realización de una apertura interior que
permita lograr una existencia plena, genuina, auténtica.
La cultura oriental ha concebido una palabra para designar
este proceso de renacimiento, de iluminación, y,
en el budismo Zen es satori. El satori (wu en chino) es
la claridad que hay en las cosas mismas, experimentado a
partir de una superación absoluta de toda diferencia,
de todo dualismo, es la trascendencia del círculo
lógico; pero es una experiencia que ningún
lenguaje convencional puede explicar, pues el satori conceptualizado
deja de ser satori. La apertura del satori puede darse por
un sonido inarticulado, una observación, un incidente,
una trivialidad, es decir, es un acto que se da de modo
inconsciente cuando la propia mente ha madurado. Religiosamente
es un nuevo nacimiento; intelectualmente es la adquisición
de un nuevo punto de vista.
La iluminada comprensión es efectivamente un despertar
y por lo tanto constituye una nueva perspectiva mental,
una penetración intuitiva, "una capacidad
que va madurando como fruto, una forma de la atención
que se va haciendo cada vez más honda y poco a poco
define las palabras, el modo de combinarlas", en oposición
al entendimiento intelectual y lógico del hombre,
la revelación de un nuevo mundo hasta entonces no
percibido por la mente dualista.
Despertar debiera ser
despertar hacia adentro
y encontrar en el fondo
ese nuevo atributo,
tal vez el duplicado de reserva
de todos los colores.
O quizá la identidad insólita
del que puede encenderlos de nuevo. (2 –
XI)
En el despertar el hombre incrementa y afirma a tal punto
su ser interior que es capaz de tender un puente hacia las
cosas alcanzando tal amplitud y profundidad que trasciende
lo individual y logra acceder de manera activa a otra dimensión
de la realidad. Esta apertura intuitiva del inconsciente
hacia la complejidad de la realidad es la causa de que infinitos
caminos conduzcan a una sola meta, tan perfecta como si
hubiese sido planificada con la precisión máxima
de modo que el hombre pueda traspasar una frontera y proyectarse
hacia el exterior:
Si alguien,
cayendo de sí mismo en sí mismo,
manotea para sostenerse de sí
y encuentra entre él y él
una puerta que lleva a otra parte,
felíz de él y de él,
pues ha encontrado su borrador más antiguo,
la primera copia. (52 – II)
Juarroz afirma que "la poesía es un modo de
vida o es nada: si es un modo del lenguaje, de la expresión,
es por lo tanto un modo del ser, no del hacer". Las
doctrinas orientales, en el terreno del arte en general,
suelen exigir del artista una total identificación
con su tema, con su objeto y, especialmente para la práctica
Zen en la que toda actividad puede y debe convertirse en
un valioso medio de conocimiento interior. Todo lo que uno
hace es susceptible de convertirse en un camino del Zen,
en arte Zen. No es suficiente retratar fielmente un objeto,
se requiere alcanzar la representación de su esencia
absoluta, reducir la entidad a aquellos rasgos concretos
que den cuenta de sus notas primordiales.
En la poesía Zen las contadas palabras del haiku
siempre dicen mucho menos que el silencio que las rodea
o penetra. La naturaleza es el tema recurrente de estas
poesías, prácticamente intraductibles, en
las cuales puede percibirse aquello que quiere decirse sin
palabras, aquello que se dice sin palabras. La locuacidad
del silencio habilita un nuevo espacio donde emerge la posibilidad
creadora ante lo abierto y Juarroz abraza la posibilidad
de reconquistar esa conjunción de palabra y silencio,
de "abrir algo entre la palabra y el silencio"
e intenta la recuperación del silencio desde la poesía
a partir de aquello que clama por ser una presencia, por
manifestarse y que muy pocos lenguajes son capaces de transmitir:
Escribir un poema
(...) con nada o casi nada,
con las sombras de las palabras,
los espacios olvidados,
un ritmo que apenas se destaca del silencio
y un silencio acotado en un punto
por detrás de la vida. (34 – XIV)
Porque sin silencio la palabra no existe pero también
porque es un elemento de cohesión con un valor específico
propio: "hay una carga de silencio en el poema: es
el respaldo, la espalda de silencio que tiene la dimensión
poética de la vida, toda esa esencial vivencia del
silencio sin la cual no hay expresión válida
(...). Pero hay algo más: no es sólo esa envoltura
de silencio lo que sustenta a la palabra, sino que cada
una de ellas tiene su propia carga interna de silencio."
... la palabra no es grito,
sino recibimiento o despedida.
La palabra es el resumen del silencio,
del silencio, que es resumen de todo. (8 –
VI)
Con respecto a la unión con la naturaleza las culturas
orientales mantienen una percepción e identificación
con lo que en ella existe de sagrado. La sacralización
de la naturaleza roza lo cotidiano y, por extensión,
la poesía se desarrolla a partir de, por y en un
ámbito eminentemente natural y en el orden de la
vida diaria. Análogamente también puede rastrearse
en la poesía de Juarroz la presencia de la naturaleza
a partir de la experiencia de la conciencia no dual de la
realidad:
Un árbol es el bosque.
Pero para eso hace falta
que un hombre sea todos los hombres.
O ninguno. (71 – X)
La mera conciencia de la separación entre lo humano
y lo natural no permite al sujeto humano desarrollarse como
un ser-en-relaciones, sino apenas sentirse como un ser fragmentado,
absurdamente desconectado de la sabiduría natural:
Algunas veces nos sentimos por fin
asentados en la tierra.
Ella parece entonces nuestra casa.
(...)Pero lo mismo en el arraigo o el exilio
seguimos sin conocer nuestra función,
quizá porque ignoramos
la función de la tierra. (34 – XII)
Fruto de un pensamiento orgánico como parte integral
del cosmos, su poesía indaga en el desconocimiento
humano de la Naturaleza acerca de lo que de ella hay en
nuestro ser constitutivo y en lo que de ella podemos aprender
a vivir. Este cambio de perspectiva produce un sentido completamente
nuevo de realidad y de valor:
También hemos traicionado al agua.
(...)Ni siquiera supimos
beber la transparencia.
Beber algo es aprenderlo.
Y aprender la transparencia es apenas el comienzo
de aprender lo invisible. (40 – XII)
Destino y creación
Vivir es la dimensión definitiva del hombre, y la
poesía es el culto de esa dimensión. La verdad
del mundo humano no puede hallarse como contenido del conocimiento
intelectual, sino únicamente como particular existencia
humana, íntima experiencia, carnalidad con las cosas
( carnalidad no restringida al hecho físico, material,
sino a la experiencia encarnizada en el mismo cuerpo, la
experiencia hecha cuerpo).
"He creído siempre que la poesía no
es un oficio o una profesión, sino una forma de vida.
¿Un destino? Sí, es un destino. No sé
si es pretencioso decir que uno asume un destino, pero supongo
que hay formas conscientes e inconscientes de elección
y asunción de eso que llamamos destino. ¿Qué
es un destino? Supongo que debe ser una necesidad, la necesidad
profunda de vivir de determinada manera y no de otra, de
hacer esto y no aquello, de sentir que cuando uno no hace
lo que está dentro de esa concepción de vida
o de lo que debe dar la propia vida, está afuera
de lo que es de uno. No entiendo por supuesto el destino
como una especie de predeterminación, sino mas bien
de una determinación, pero de una determinación
que debe ser asumible, que de alguna manera admite la libertad
de decisión. Recuerdo aquel pensamiento de Demócrito
de que todas las cosas están hechas de azar y necesidad;
es decir: de algo imprevisible, aparentemente casual, y
al mismo tiempo imprescindible y determinado".
La muerte es otro hilo de la trama.
Hay momentos en que podría penetrar en nosotros
con la misma naturalidad que el hilo de la vida
o el hilo del amor.
El hilo se completaría entonces casi tiernamente,
casi como si nosotros mismos lo tejiéramos.
Hay momentos para morir. (21 –V)
Y continúa diciendo que al hablar de "destino
en relación con la poesía y la creación,
es preciso agregar ese otro elemento fundamentalmente humano
que es la libertad. La poesía es destino o no es.
Pero es destino si el destino comprende azar, necesidad
y también libertad, lo cual es señalar de
alguna manera que no hay destino en la poesía sin
creación":
Me ha despertado una palabra entre mis labios,
una palabra que parecía pronunciarse a sí
misma.
Tal vez mañana venga otra palabra,
que nadie ha pronunciado,
a entreabrirme los labios desde afuera.
Entonces perderé para siempre
la administración fugaz de mi silencio
y el control engañoso de mi voz. (40 –
IX)
La aceptación y asunción del destino es aquello
a partir de lo cual puede vivir en plenitud, "un estado
de azar, necesidad y libertad"; no ofrecer resistencias
en ningún sentido, simplemente aceptar , y al aceptar
hace, crea:
El cielo ya no es una esperanza,
sino tan sólo una expectativa.
El infierno ya no es una condena,
sino tan sólo un vacío.
El hombre ya no se salva ni se pierde:
tan sólo a veces canta en el camino.
Y esta idea del aceptar viene a confirmar el pensamiento
de Juarroz de que "la poesía, para mí
ya no es ni salvación ni condena, sino simplemente
destino (...) el propio camino no se da por abandono, se
da simplemente porque todo eso adquiere su forma, su tono".
El lenguaje transdisiciplinario en acción logra
ampliar el campo de la realidad, los límites
de mi mundo, en la medida en que se haya consumado
esa penetración en la naturaleza viviente de las
cosas que permite vislumbrar el sentido propio del valor
singular y único de cada cosa: hay "un momento
en que nos parece que entendemos, o captamos, o se nos revela,
o sentimos un poco más de lo que existe (...) podemos
percibir el peso, la verosimilitud de que cualquier cosa
es lo que es, pero es también lo que no es, su sombra,
su posibilidad, su proyecto, lo que no pudo ser y además,
cada cosa, cada uno de nosotros, es también lo ni
es ni no es. Y creo que esa tercera posibilidad es lo que
hace sentir el abismo presente en todas las cosas y presente
en nosotros mismos dentro del cual la poesía pide
tallar otro abismo":
El fondo de las cosas no es la vida o la muerte.
El fondo es otra cosa
que alguna vez sale a la orilla. (4 – I)
Un lenguaje que puede dar cuenta de la tensión existente
entre la palabra y la imagen primera, entre el sentimiento
y el acto fundacional de nombrar y que, por ello, implica
una ruptura con el lenguaje convencional para alcanzar a
través de la polisemia y de la imagen una trascendencia
que consiste en decirnos que cada cosa es otra cosa y que
hay que buscarla:
¿También se asombra el árbol?
¿También se asombra el animal?
¿También el agua se asombra?
¿También la piedra es asombro congelado?
Quizá las huellas del asombro
propongan una pista
para solucionar el enigma.
Y tal vez, al final,
sólo haya otro asombro,
como clave de todo. (5 – XI)
El poema entonces es una aproximación, un acercamiento
a una experiencia de alta intensidad. Puede ser la sombra
de un árbol, el perfume de una flor, el reflejo en
una pared, la luz de un relámpago... infinitos instersticios
abiertos, y un sutil entramado de ligeras hebras que enlazan
todas las cosas, "la poesía debe abrir las cosas,
debe ponerlas al desnudo, debe ponerlas a la intemperie":
Detenerse ante el asombro
(...) equivale a asombrarse del asombro.
Aparece entonces una nueva inocencia,
más esencial que la primera.
Sólo en ella germina
el asombro definitivo:
el reconocimiento a través de las máscaras.
La salvación por el asombro. (11 –
XI)
Este reconocimiento a través de las máscaras
señala la orfandad de la palabra por la resistencia
de la realidad a ser expresada. El mundo deslizándose
a través de un lenguaje que se esfuerza inútilmente
en contenerlo. "Vivimos entre límites y, sin
embargo, en lo más entrañable, uno siente
que no hay límites. Pues lo ilimitado no sostiene
a nadie: sólo los límites sostienen quehacer
en el abismo. Yo siento que a través de la poesía
esa búsqueda cobra vida".
La realidad es infracción.
La irrealidad también lo es.
Y entre ambas fluye a veces un río de espejos
que no figura en ningún mapa. (76 –
XIV)
La apertura de la realidad a la dimensión vertical
contiene ese estado de disponibilidad por el cual el hombre
se detiene ante el asombro y se desliza, intuitivamente,
en el abismo de las cosas hasta el fondo, para volver nuevamente
a la superficie y dar cuenta de la precariedad de la palabra.
La dimensión vertical es "aquello que actúa
desde la espalda (por decirlo así), actúa
desde abajo; aquello se ha vuelto parte de la propia mirada,
parte inseparable del ojo". Este movimiento desdoblado
sobre lo vertical es estrictamente un movimiento de retorno,
pero un movimiento que se cierra sobre sí mismo reduciendo
la experiencia a su imagen primera, tratando de aprehender
lo irreductible, lo innombrable.
Y la poesía es el lenguaje global, el lenguaje
transdisciplinario, que puede expresar la tensión
existente en las fronteras de nuestro mundo, entre el todo
y la nada de la palabra. "La idea de verticalidad supone
atravesar, romper, ir más allá de la dimensión
aplanada, estereotipada, convencional, y buscar lo otro":
El poema es siempre celebración
porque es siempre el extremo
de la intensidad de un pedazo del mundo,
su espalda de fervor restituido,
su puño de desenvarado entusiasmo,
su mas justa pronunciación, la mas firme,
como si estuviera floreciendo una voz.
(3 –IX)
La creación poética de Roberto Juarroz constituye
un bloque único, Poesía vertical.
Un gran bloque de unidades coherentes entre sí: trece
volúmenes bajo un mismo título numerados por
un ordinal que los precede. Entre todos generan un movimiento
conjunto, y definen con él los límites de
un espacio cuyo ritmo interior viene determinado por la
cohesión lograda entre esas unidades yuxtapuestas
dejando vislumbrar un sutil entramado de relaciones en una
integración con la totalidad que refleja la proyección
del uno en el todo y la convergencia del todo en uno: "entre
otras cosas que el hombre puede hacer, y en este sentido
no hacer, me parece que pocas son tan trascendentes, tan
definidoras del ser humano como llevar la palabra a su extremos,
a su última posibilidad de configurar, crear o expresar
algo. Hay en el fondo de esto un acto de fe muy profundo
en que la experiencia humana (...) En esa dimensión
de arriba y abajo es donde, más tarde o más
temprano, caemos todos. Es en esa dimensión donde
para mí se dan las cosas mayores del hombre, el gozo
o el dolor, el amor o la muerte. Todo aquello que vale la
pena".
Nota: todos los poemas y fragmentos han sido extraídos de Poesía vertical. Los números romanos indican el volumen correspondiente, y los ordinales el número de poema. Las citas textuales corresponden a aseveraciones del autor extraídas de entrevistas y conferencias.
Bibliografía
- Juarroz Roberto. Poesía vertical (1958 – 1982), Emecé, 1993
- Juarroz, Roberto. Poesía vertical (1983 – 1993), Emecé, 1993
- Juarroz, Roberto. Decimocuarta Poesía vertical, Emecé, 1997
- Juarroz, Roberto. Poesía vertical – Antología esencial, Emecé, 2001
- Juarroz Roberto, Poesía y Creación. Diálogos con Guillermo Boido, Ediciones Carlos Lohlé, 1980
- Bravo L., Un rigor para la intensidad. Reportaje a Roberto Juarroz, Montevideo,1993
- González Dueñas D. y Toledo A., La fidelidad al relámpago. Conversaciones con Roberto Juarroz, Ediciones Sin Nombre/Juan Pablos Editor, México, 1998.
- Juarroz Roberto, Algunas Ideas sobre el Lenguaje de la Transdisciplinariedad. Conferencia en la Biblioteca Nacional, Buenos Aires.
- Carta Abierta del Primer Congreso Mundial sobre Transdisciplinariedad, organizado por el CIRET, París, 1994
- Basarab Nicolescu, La trasndisciplinariedad – Manifiesto. Extracto traducido del francés por Consuelle Falla Garmilla UNAM 1999
- Forns – Broggi, R. La conciencia ecológica del poeta, ponencia dictada en el Congreso Internacional de Lasa, 1998
- Suzuki, D. T., Introducción al Budismo Zen, prólogo de C. G. Jung, Kier, Buenos Aires, 1997
- Vogelmann, D. J., El zen y la crisis del hombre, Paidós, Buenos Aires, 1985
- Wittgenstein, L. Investigaciones filosóficas, UNAM, México, 1988
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