Un abogado ante el espejo
Por Yoel Carrillo García (*)



Es ésta la primera vez que vengo a un tribunal,
teniendo ya setenta años. Inexperto,
por tanto, y extraño soy al lenguaje de aquí.


Sócrates (ante el tribunal, según Platón en su Apología)


Que de un grupo numeroso de personas muchos se decidan a estudiar una misma carrera y después la abandonen o no la ejerzan puede ser, hasta cierto punto, una cuestión trivial. Sin embargo, puede resultar interesante si ese grupo numeroso de personas pertenece a lo que vamos a llamar el “gremio de los literatos” y la carrera que estudiaron y no ejercieron, o que comenzaron a estudiar y abandonaron, fue la carrera de Derecho. Creo, concretamente, que podrían ser estudiadas con provecho (o aventurarse en averiguar) las razones de porqué “emigraron” profesionalmente, sobre todo teniendo en cuenta que el gremio de los literatos no cuenta, entre otras cosas, con el status de seguridad económica que permite a los miembros del que llamaremos “gremio de los abogados” realizar cómodamente su trabajo.

Utilizo la expresión “gremio de los abogados” para referirme no sólo a los que ejercen su profesión en un Bufete, sino en general a todo los juristas. El lector podrá distinguir sin fatiga cuando me refiero a ejercicios específicos de la profesión (Jueces, fiscales, etc.),. Me adelanto en formular una hipótesis: las características que podríamos considerar definen el ejercicio de la profesión limitan o impiden la creación literaria y, en general, cualquier tipo de creación que pueda ir más allá de la aplicación del Derecho cuya obediencia no se cuestiona. Incluso el tipo de creación que les sería más natural, la creación de Derecho en el ámbito de su aplicación cuando no existe una norma jurídica preexistente, es un tópico sometido a debate. Hablar sobre el Derecho más allá de las normas que lo conforman no les es dado a los que desarrollan su actividad en el ámbito de su aplicación por una sencilla razón: su aplicación exige su aceptación. La disyuntiva me parece clara: o sales del gremio para darle riendas sueltas a la creación o te quedas y verás frustrado tu espíritu creador. No creo que existan muchos ejemplos de alguien que pueda haber hecho ambas cosas a la vez. De todas formas quede claro que este escrito se refiere a la manera y las características que necesariamente implica el ejercicio de la profesión y en ningún sentido a las personas que ejercen la misma. No hablo de quienes ejercen bajo esas condiciones impuestas por la ley, sino del ejercicio mismo de la profesión, condicionado por las leyes, del cómo.

Y todo esto lo he traído a colación por un hecho curioso: resulta que revisando el importante Diccionario de la Literatura Cubana publicado por la editorial Letras Cubanas en 1985 me encontré con que de los 613 literatos que han tenido el honor de haber sido incluidos en aquella obra 182 habían tenido contacto de alguna manera con el Derecho. Recordaré sólo algunos nombres imprescindibles que pertenecen al gremio de los literatos propiamente, y otros que pertenecen al panteón de nuestra historia: Regino E. Boti, José M. Carballido Rey, José María Chacón y Calvo, Eliseo Diego, Rine Leal, José Lezama Lima, Jorge Mañach, Enrique Núñez Rodríguez, Cintio Vitier, Nicolás Guillén, Francisco de Arango y Parreño, José María Heredia, José Martí, Manuel Moreno Fraginals, Carlos Rafael Rodríguez, entre otros.

Quizás Nicolás Guillén nos de la clave ( o una de ellas) para entender algunas de las razones que condujeron este abandono de la profesión. Y es que precisamente él, que estudió Derecho durante tres semanas, escribió un poema- “Al margen de mis libros de estudio”- que resulta revelador del status del abogado visto desde la literatura. Transcribiré, pues, el texto íntegro de dicho poema.

I
Yo, que pensaba en una blanca senda florida,
Donde esconder mi vida bajo el azul de un sueño,
Hoy pese a la inocencia de aquel dorado empeño,
Muero estudiando leyes para vivir la vida.

Y en vez de una alegría musical de cantares,
O de la blanca senda constelada de flores,
Aumentan mis nostalgias solemnes profesores
Y aulas llenas de alumnos alegres y vulgares.

Pero asisto a la clase puntualmente. Me hundo
En la enfática crítica y el debate profundo.

Savigny, Puchta, Ihering, Teófilo, Papiniano…

Así llenan y llenan esta vida que hoy vivo
La ciencia complica del administrativo
y el libro interminable del Derecho Romano.

II
Luego, en el mes de junio, la angustia del examen.
Pomposos catedráticos en severos estrados,
y el anónimo grupo de alumnos asustados
ante la incertidumbre tremenda de dictamen

que juzgará el prestigio de su sabiduría...
aplaudir aquel triunfo que el talento pregona,
y mirar cómo a veces el dictamen corona
con un sobresaliente una testa vacía.

Deshojar cuatro años esta existencia vana,
En que París es sueño y es realidad la Habana;
Gemir, atado al poste de la vulgaridad,
Y a pesar del ensueño de luz en que me agito,
Constreñir el espíritu de sediento de infinito
A las angostas aulas de la Universidad.

III
¿Y después? Junto a un título flamante de abogado,
irá el pobre poeta con su melancolía
a hundirse en la ignorancia de alguna notaría,
o sepultar sus ansias en la paz de un juzgado.

Lejos del luminoso consuelo de la rosa,
de la estrella, del ave, de la linfa, del trino,
toda la poesía de mi anhelo divino
será un desesperante montón de baja prosa.

Y pensar que si entonces la idealidad de un ala
Musical, en la noche pecho resbala
O me cita la urgente musa del madrigal,

Tendré que ahogar, señores, mi lírica demencia
En los considerando de una vulgar sentencia,
O en un estrecho artículo del Código Penal...


...el prestigio de su sabiduría...

Recuerdo que cuando cursaba los estudios primarios en mi barrio natal, la maestra solía decirle a Jorgito, uno de mis condiscípulos, que él iba a ser “abogado”. Yo, a mi edad, no entendía lo que quería ella decir con aquella sentencia (y supongo que mi compañero tampoco). Jorgito no estudió Derecho; la profecía falló. Pero yo, después de estudiar “para abogado” logro entender de alguna manera la sentencia de mi maestra. Y es que Jorgito se pasaba la mayor parte del tiempo en la clase hablando mientras la maestra trataba de hacernos entender a los demás las nociones más elementales de la aritmética.

Esta anécdota no es exclusiva de determinados círculos “académicos”, sino que en lo que pudiéramos llamar “el habla popular cubana” calificar a alguien de “abogado” o “aboga´o” es como decirle que es un hablador, picapleitos, embaucador, leguleyo, abogado de manigua, abogado de secano... En otros círculos, donde quizás los abogados gocen de cierto favor y consideración, sobre todo en el campo, se les llama “Dotol”, “Doctol” o, sencillamente Doctor.

Pero la imagen de los abogados como sabios tiene una historia bastante extendida. En tiempos de Roma ya se decía de ellos cosas como estas: “vir binus dicendi”, (hombre bueno maestro en el decir (CATÓN), aunque otros contribuyeron también desde Roma a ponerles “la cosa mala”. SÉNECA, el estoico, decía de ellos que “con clamores desentonados venden las palabras en lugar de defender la justicia”, y CICERÓN, el maestro de la elocuencia los fustigaba, probablemente defendiendo su arte, con estas palabras: “vocingleros rábulas, que creen que la elocuencia consiste en machacar a fuerza de gritos”. Finalmente, FERNANDO VII se lamentaba de que “la multitud de abogados era uno de los mayores males” de todo el reino.

Claro que también hubo algunos defensores que no estaban de acuerdo con tan ofensivas palabras. He aquí un ejemplo: “suele sostenerse que la condición predominante de la abogacía es el ingenio. El muchacho listo es la más común simiente de abogado, porque se presume que su misión es defender con igual desenfado el pro y el contra y, a fuerza de agilidad mental, hacer ver lo blanco negro. Si la abogacía fuera eso, no habría menester que pudiera igualarla en vileza: incendiar, falsificar, robar y asesinar serían pecadillos venales si se les compara con aquel encanallamiento; la prostitución pública resultaría sublimada en el parangón, pues al cabo, la mujer que vende su cuerpo puede ampararse en la protesta de su alma, mientras que el abogado vendería su alma para nutrir el cuerpo”. Excelente alegato de ANGEL OSORIO. Cualquiera se queda sin aliento.

La primera imagen del abogado está algo desacreditada. Precisamente después de 1959, en Cuba, el poder revolucionario realizó una encomiable labor para mejorar la maltrecha imagen de un abogado corrupto, engañador, embaucador.... cambiándola por la de un profesional comprometido con los nuevos tiempos, dotado de un prestigio ganado por su modo de conducirse, por una nueva concepción ética, por la manera en que ejerce su función y por los intereses que defiende, todo ello reforzado por la pertenencia a un “Bufete Colectivo” que es quien contrata con el cliente y le paga al abogado. Se acabaron los “honorarios”.

El abogado, en fin y, al fin, tendría que respetar ciertas reglas morales. Sin embargo, como testimonio de una época caracterizado por una amplia participación de los abogados en la esfera de “lo público”, de tener clientes fijos, de discutir de todo y querer ganar en todo, aunque fuera haciendo blanco lo negro y negro lo blanco a fuerza de palabras, en el lenguaje “callejero” se continúan utilizando las expresiones “va a ser abogado”, para referirse a ciertos pequeños picapleitos o “es un abogado”, para aludir a ciertos personajes singularmente simuladores, habladores, defensores de todo con cualquier razón (o sin ninguna).

Pero también subsisten testimonios de una época de respeto y “esplendor” en la que los abogados eran señores de traje y corbata, gente poderosa, pegados al poder, siempre en defensa de “lo justo” para los cuales se guardan aún las expresiones “Dotol” o “Doctol”. Todavía me sorprendo cuando alguien, probablemente trasnochado, de una edad avanzada, se aparece por los predios donde moran los abogados buscando al “Doctor” Juan Pérez. Y, por supuesto, el solicitado se siente como inflado...¡¡¡ser llamado “Doctor” a estas alturas, con tanto que hay que estudiar para eso!!!. Claro que el “cliente” no sabe que ahora eso es un grado científico que no recibe cualquiera, pero de todas formas él se siente a gusto en su mundo, y tener contacto con un personaje de esta guisa es siempre interesante.

También hubo un tiempo en que esa imagen se pretendió eliminar de raíz. Se consideraba que esos picapleitos no harían falta en una sociedad nueva donde, eliminadas las causas de los males sociales, de la miseria, el desempleo, la prostitución, el delito... éstos desaparecerían progresivamente. ¿Serían ellos también uno de esos males? Este fue el tiempo, que casi nadie recuerda (o quiere recordar), en que el gremio vio reducida su membresía a causa de que se cerraron en algunos casos las escuelas de donde salían, y en otras se redujo su ingreso por considerarlos una especie “en extinción”. Pero aún en estas condiciones ellos siguieron realizando su labor, defendiendo los intereses de los ciudadanos, sometidos, eso sí, a nuevas reglas de comportamiento en correspondencia con los nuevos tiempos y prácticamente en el anonimato. Los hubo, en este trance, de todos los colores. Los que se fueron, los que se quedaron, los que se plegaron...

Algún tiempo después terminó el sueño, se acabó la borrachera. Se abrieron nuevamente las escuelas de abogados, se matricularon “a montón”, salían de dondequiera. En poco tiempo el gremio se vio rejuvenecido. Aunque, todo sea dicho, la cantidad, como siempre se vio reñida con la calidad. Después de todo, casi todos los que estaban “detrás de eso” eran abogados. Mi abuela decía en estos casos sublimes: “no hay peor cuña que la del mismo palo”.

Sea como fuere, los abogados cuentan todavía como una de las notas que definen a su gremio la de ser sabios. La santidad de la sabiduría no los ha abandonado. Cambiaron el traje por la guayabera, luego por las “yumurí”, se fueron a la zafra y últimamente se les ve metidos en camisas a cuadros. Pero su sabiduría sigue intacta. Cambia la ropa, no el personaje. Si usted va a una de sus reuniones puede conocer la fecha aproximada en que ingresó al gremio por sus atavíos. Los de traje ya no abundan (a no ser los que ejercen en esas oficinas de cristales oscuros y aires condicionados que vienen apareciendo sutil pero progresivamente), pero estos no se codean generalmente con el resto. El traje es un remedo de los abogados ¿burgueses? Después vienen los de guayabera, de la década de los 70’, los de las “yumurí”, de los 80’, y finalmente los de camisas a cuadros, estos son los que más abundan hoy día.


...desesperante montón de baja prosa...

Cuando, como estudiante, realizaba las prácticas correspondientes al tercer año de la carrera fui testigo de un hecho que aún no he podido olvidar. Una señora ya entrada en años fue a consultar un abogado del bufete, donde me encontraba a la sazón, para aclarar algunas dudas en relación con su vivienda. Después de pasada aproximadamente media hora la señora salió de la oficina de mi tutor más desaliñada y cabizbaja que como había entrado. Se acercó a mí y, con tono maternal, me relató los hechos que la habían llevado a aquel lugar a ver a aquella persona y me pidió que la orientara. Para ahorrarle al lector, sobre todo si no es abogado, la angustia de leer un relato de esta naturaleza solo diré que la desazón de la señora se debía a que el abogado se lo había explicado todo...¡¡ pero no había entendido nada!!...

Como las palabras se las lleva el viento, es imprescindible, si se quiere entender el lenguaje propio de este gremio, acudir a su obra literaria, a sus escritos. Hay una opinión bastante generalizada según la cual el lenguaje del Derecho y, en consecuencia, el de los juristas, es un lenguaje natural. Si se entiende natural en el sentido de “no formalizado” podemos estar de acuerdo. Pero el carácter natural del lenguaje podría significar también que las palabras que se usan en el Derecho y las que usan los juristas pueden ser entendidas por cualquier persona. Sin embargo, la anécdota de la señora que hemos trascripto puede hacernos dudar de esta opinión.

MARIO KUCHILÁN, quien sí escribió en lenguaje natural su Fabulario, dice que hay dos tipos de idiomas: el convencional, el decente, eufemístico para decir las cosas sin nombrarlas, y el popular, el de la chusma, el sermo vulgaris siempre denostado, directo, para llamar las cosas con su nombre. El primero de usar por siglos las mismas palabras acaba por gastarlas convirtiéndolo en palabrerías, calderillo del lenguaje. Le quita a los vocablos su estado excitante de pureza para convertirlo en rancia literatura, en la vana pretensión de estereotipar un modo de vivir; mientras el pueblo troquela sin cesar las palabras hijas de sus necesidades infinitas, materiales y espirituales, con nuevos vocablos, como nuevas monedas, que hacen circular relucientes las nuevas situaciones de la vida siempre en proceso. Se entiende, entonces, que si se no se comparte el mismo idioma no puede uno comunicarse o, al menos entenderse. Quizás esto haya sucedido con la señora de marras y el abogado. Aquella con su idioma popular, éste con su idioma convencional, técnico.

Felizmente, para mí, desde luego, transcurrido algún tiempo volví a encontrarme con la señora. Esta vez más calmada y curada ya del infeliz contacto con el gremio. Me enseñó, con una alegría imposible de disimular, el escrito que ponía solución definitiva a su problema de la vivienda. ¿A qué tanto enredo -me dijo- para decir que la casa en la que he vivido durante 40 años con mi madre al morir ella es mía? Esta anécdota, que se da en algunas ocasiones en las instituciones en las que los abogados ejercen sus funciones, debiera servir para llamar la atención sobre algunos elementos que pudieran dificultar su trabajo y su imagen profesional. Su trabajo consiste esencialmente en comunicarse diariamente con personas que no siempre pueden entender los términos, expresiones y conceptos de que se valen los abogados en su práctica diaria. El carácter convencional de su lenguaje no significa necesariamente que sea inteligible para todos; significa que dentro del gremio existen ciertas reglas para el uso de determinadas expresiones que dotan de sentido a las palabras que usan para comunicarse.

Es lo que podríamos llamar un lenguaje especial del tipo que emplean otros profesionales o gremios (médicos, labradores, artesanos y otros) cuando hablan de su profesión, o grupos sociales (jóvenes, marginados) que se sirven de un lenguaje informal, bien como afirmación generacional o para no ser entendidos por personas ajenas a ellos; en general, este modo de expresión se denomina argot. Un argot compuesto por toda una terminología especializada que utilizan los miembros de una determinada profesión, sin connotaciones peyorativas, es lo que constituye una jerga. La emplean los abogados, médicos, los pescadores y los críticos, por citar algunas profesiones. También se considera jerga o germanía al lenguaje del mundo del hampa. Queda claro que la existencia de lenguajes especializados no es exclusiva del gremio de los abogados. Pida sino una entrevista con un médico...

Existe entre los juristas – escribe Gustav RADBRUCH, un notable filósofo del Derecho de la primera mitad del siglo XX- una distinción según la cual es posible habla de un “lenguaje de la ley” y un “lenguaje de los juristas”. Ambos son objeto de frecuentes críticas: mientras que al lenguaje de la ley se le reprocha la aridez y la pobreza, al lenguaje forense se le acusa, por el contrario, de pomposo y de falso. En realidad, el lenguaje de la ley se distingue más bien por aquello de que huye que por lo que contiene. Las características de este lenguaje serían concretamente las siguientes: i) - el lenguaje de la ley huye, ante todo, del estilo suasorio. Las leyes no pueden hablar a los sentimientos; tienen que expresarse con la frialdad de las fórmulas matemáticas; ii) - . el lenguaje de la ley huye, asimismo, del estilo de la convicción: el lenguaje de la ley moderna ha adoptado la brusquedad de las órdenes militares, cuya función es ordenar y no razonar; iii)- el lenguaje de la ley huye, finalmente, del estilo didáctico: una larga experiencia ha enseñado al legislador que su misión es hacer cumplir el Derecho y no entrar en disquisiciones académicas acerca de lo que es el Derecho.

En cambio, los grandes discursos forenses presentan los rasgos esenciales de la lucha por el Derecho. Son una mezcla peculiar de calor y frialdad, una frialdad que piensa en conceptos generales y un calor que infunde a estos conceptos una pasión que, generalmente, sólo se siente animada de individualidad palpitante y viva. Hubo tiempos en que los abogados podían emplear todo el tiempo que les pareciera conveniente para defender sus posición, llegando incluso a alguna que otra exageración; de hecho, de ahí les viene su fama de sabios. Aunque en esto hay que andar con mucha cautela: no siempre la extensión del discurso es una muestra de sabiduría, cuando eso sucede se les llama a esos abogados “cantinfleros”, (que hablan mucho y no dicen nada). Hay que hacer notar que en la actualidad la elocuencia, en los pocos que aún la cultivan como atributo del gremio y como modo de ejercer sus oficios ente el tribunal, ha perdido gran parte de su antigua estimación. De ello tuve yo alguna experiencia personal: cuando realizaba las prácticas de derecho penal en el tribunal de mi municipio había cierto abogado que causaba una impresión singularmente ilustrativa de lo que digo: “viene el Dr. PACHECO”, decían, y todos se lamentaban de la presencia del ilustre letrado. La causa de ello es muy sencilla: “el Dr. PACHECO habla demasiado ante el tribunal”.


...un título flamante de abogado...

Una vez recibido su título, ya el abogado está listo para entrar en acción. Siguiendo sus instintos, lo primero que quiere hacer es mostrar sus cualidades. Y eso se puede lograr más directamente participando en un juicio oral. (¿Pregúntese si no a los aspirantes a ingresar a este gremio qué es lo primero que quieren hacer?) La actuación en público es la primera aspiración de los aprendices. Como toda actuación pública lo primero que se desea es hacerlo bien, impresionar al público, y esa impresión será tanto más efectiva cuento mayor empeño se haya puesto en su preparación. Esta es la segunda aspiración de los aprendices: impresionar y conquistar al (su) público.

Por supuesto, lo que sucede antes de la “puesta en escena” está vedado al público, y cuando se habla de esos preparativos, sus anécdotas, sus inconvenientes, sus contrariedades, lo que se pretende es crear una cierta identificación del público con la obra. Véase cuan sugerentes son, en las tardes dominicales, ver el making off de algún film. Empero, si bien la actuación de los abogados en público tiene algo de común con otros tipos de actuación, la obstinación en seguir siempre el mismo guión parece que les es exclusiva. Esto explica el hecho de que una vez iniciados se apaguen aquellas ilusiones iniciales, la actuación se convierte en rutinaria, cotidiana, en fin... fingida y ya sin necesidad de preparación previa. Siempre habrá, por supuesto, algún rasgo de novedad, pero no será introducida por los abogados. Esa novedad depende de la versatilidad de ciertas personas para hacer las cosas de otro modo. ¡¡La novedad depende del que se consulta con el abogado!!

El gremio sigue siempre el mismo guión, raras veces es modificado. Pero ellos no participan en su elaboración ni en los retoques posteriores. KIRCHMAN fustigaba diciendo... “los juristas no pueden poner los simientos y levantar enérgicamente el edificio nuevo, pero una vez terminada la obra, cuando las columnas ya la sostienen, entonces acuden como cuervos, a millones, se meten en todos los rincones y miden los límites por pulgadas y líneas, y pintan y adornan el edificio hasta el punto que ni el príncipe ni el pueblo reconocen ya su propia obra”. Están obligados a seguir siempre la misma actuación. Su guión está codificado.

Existe para ello una autoridad que es quien decide cuál será el guión y cómo debe desarrollarse la actuación. Su guión recibe varios nombres, ahí va una muestra: ley procesal (la más común), ley de trámites penales civiles, etc. ley rituaria, entre otras. Sería, de todas formas, interesante ver las líneas generales del guión de los abogados para ver cómo es que su actuación degenera poco a poco hasta llegar a carecer de novedad para ellos mismos; para el público no porque éste cambia constantemente. Nadie gusta de ver más de una vez la misma obra. Vamos a tratar se seguir cómo exige el guión a los abogados que deben actuar y luego veremos que sucede cuando actúan de otra manera.

Como las actuaciones más sensacionales son las que tiene que ver con algún hecho públicamente notorio nos vamos a limitar a comentar la ley procesal penal. En esta los abogados tienen que compartir la preparación de su actuación con un personaje que no es particularmente atractivo: el instructor policial. Este co-actor es el encargado de fijar los hechos que van a ser representados en la escena. A él corresponde, después de ocurrido el hecho, personarse lo más rápido posible en el lugar, recoger huellas, indicios, husmear, preguntar, inquirir... para crearse (y crear) alguna opinión sobre lo ocurrido. Luego se encarga de buscar a la(s) persona(s) que llenará(n) de contenido el guión: el autor de los hechos, los testigos, los peritos... expertos de toda laya que puedan ayudarle en su ¿ignorancia? acerca de los hechos, a fijar el modo en que realmente ocurrieron. Cuando todo esto se ha hecho se procede a “instruir de cargos” al autor del hecho.

Y he aquí precisamente el momento en que el abogado entra en la escena. Cuando se presume que el detenido es el autor de los hechos y éstos ya se han aclarado de alguna manera, se le impone una medida cautelar y a partir de ahí puede nombrar un abogado y éste comienza a actuar. Después de un tiempo de argumentos y contra argumentos cruzados entre dos de los actores, se fija definitivamente el día de la representación pública, en la cual el público va a ver a los actores y los jueces el contenido de la representación para tomar una decisión al respecto.

Como al juez lo que le interesa es averiguar lo que realmente sucedió se auxilia en este acto de otros personajes. El primero de ellos es el autor del hecho. A éste se le da una disyuntiva: puede declarar o no. Generalmente él declara, y en esa declaración todos los presentes se concentran, particularmente los que les corresponderá en su momento pronunciarse sobre los hechos declarados por aquél. Después se procede a la práctica de otras pruebas contempladas en el guión. Se analizan determinados documentos probatorios, se interroga a los testigos que presenta cada una de las partes en defensa de su versión de los hechos, se llama a declarar a los peritos, quienes con sus conocimientos en determinada materia concurren ante el tribunal para ilustrar al auditorio y particularmente a los actores principales.

Hecho todo esto viene el momento más impresionante para los miembros del gremio. Después de la palabras “fiscal para su informe” que salen casi automáticamente de la boca del juez aquél se pone de pie y comienza a hacer las alegaciones que considera pertinentes, expone la manera en que, según él, ocurrieron los hechos, explica de las pruebas practicadas en las que funda sus conclusiones y, finalmente, solicita el desenlace que le parece más a propósito para la obra. Terminado el informe del fiscal se escucha nuevamente la voz grave y autoritaria el juez: “abogado para su informe”. Y el abogado, puesto de pie generalmente, hace lo suyo por convencer a los jueces que los hechos ocurrieron no como dice el fiscal, sino como él los está describiendo, añadiendo además las condiciones personales de su representado para, finalmente, proponer él también un desenlace a la obra. Ambos se cuidan de extraer de las actuaciones de los convocados a participar en la representación los elementos que le permitan sugerir al tribunal el desenlace que consideran apropiado.


...en los considerando de una vulgar sentencia...

El desenlace de la obra no está predeterminado como en el caso de una obra teatral. Después que se ha seguido la representación en público se escucha nuevamente la voz del juez, esta vez una mezcla de autoridad y desenfado: “el juicio se declara concluso para sentencia” dice, y automáticamente se retiran los jueces que le han acompañado presenciar el desarrollo de la obra, el público y el resto e los participantes. (Algunos espectadores se quedan en espera de la próxima representación).

Unos días después se notifica a cada uno de los actores la decisión del tribunal contenida en la sentencia. Para los miembros del gremio la sentencia es el acto procesal de mayor relevancia jurídica. Constituye un acto de ordenación y, a la vez, por la decisión que implica, un acto de conclusión. Según algunos, el resultado de un silogismo donde la premisa mayor es la ley y la menor los hechos que se juzgan. Es, en fin, el acto procesal mediante el cual el órgano jurisdiccional facultado pone fin a la relación jurídico- procesal resolviendo la(s) pretensión(es) planteada(s). No puedo, como es un documento oficial y público, inventar una sentencia. Transcribiré un fragmento de una para ilustrar acerca e las cualidades literarias de sus autores.

RESULTANDO PROBADO: que el día 27 de julio de 1985, en ocasión de encontrarse los acusados L.M.L.B. y O.R.N. de 32 y 26 años de edad, respectivamente, en el domicilio del ciudadano J.R.S. el que es vecino del barrio cercano al poblado de Guaro, municipio de Mayarí, siendo ambos acusados amigos el antes mencionado ciudadano, aproximadamente a las 2 de la madrugada del día 27 de julio de 1985, fecha antes señalada, ambos ciudadanos sostuvieron una acalorada discusión llegando al extremo de agredirse mutuamente, agrediendo el acusado L.M. al acusado O. con un machete que portaba, causándole lesiones de carácter leve, las que no pusieron en peligro inminente su vida, ni le dejara secuelas, obteniendo su sanidad en un periodo e 5 días. Así las cosas en el transcurso de la discusión el acusado O. le acusó lesiones al otro acusado L.M. con el machete antes mencionado, consistente en fractura abierta de la tibia izquierda, que no hubo de poner en peligro inminente su vida, quedándole secuelas del(sic) tipo funcional, dificultad para la marcha sin la ayuda de muletas, estando pendiente de una nueva intervención quirúrgica, con lo que pudiera atenuarse dicha secuela, necesitando para su curación de un período de un año, el mismo que tuvo impedido para dedicarse a sus ocupaciones habituales, es decir como obrero Agrícola, que era su ocupación...

Después de narrar los hechos que se consideran probados, explicar cómo se valoraron las pruebas (generalmente se dice teniendo en cuenta las reglas de la lógica y la razón. ¿cuál lógica? ¿qué razón?), se procede a declarar a anunciar el fin que definitivamente el tribunal considera que debe más apropiado para la obra.

Aquí se usa la siguiente expresión:

CONSIDERANDO: que debemos sancionar y sancionamos al acusado L.M a DOS AÑOS DE PRIVACIÓN DE LIBERTAD, con las accesorias el caso y la responsabilidad civil correspondiente. A partir de aquí el gremio se desentiende del destino del actor principal de la obra; aquél pasará, según el argot carcelario, sus dos “almanaques a la sombra”.

En esta narración de hechos parece que hay algo que no queda muy claro: ¿cómo el acusado O. se apoderó el machete con que lo habían agredido? ¿Cómo quedará L.M. después de la intervención quirúrgica? Es evidente que en la narración se omitieron estos detalles. ¿Cómo solucionarlo? En estos casos el guión original, el de ley rituaria, establece el procedimiento para solucionar esta situación. Como el gremio en definitiva tiene sus autoridades y jerarquías la obra literaria en que pronuncian sus decisiones puede ser revisada por las autoridades superiores para determinar si se ha seguido el guión al pie de la letra. En el caso comentado la autoridad superior consideró ¡¡gracias a Dios!! que la narración de los hechos adolece de oscuridad. La sentencia es oscura. Se ha violado la forma de narrar los hechos. Se ha violado el guión, que establece que la narración de los hechos debe ser clara y en forma terminante, especificando los que se consideran probados y las pruebas en que se funda tal consideración. La autoridad superior decidió anular la sentencia por quebrantamiento de forma y devolver las actuaciones a la sala de instancia para que dicte una nueva resolución donde se aclaren estos aspectos. En otros casos la decisión puede consistir en que se vuelva a repetir la actuación ante el tribunal por no haberse respetado el pie de la letra el guión original.

Me hundo en la enfática crítica y el debate profundo...

Después de todo lo dicho muchos de los que hoy integran este gremio quizá se sientan un poco incómodos por la manera en que he tratado de describirlos. Quizás otros que pretendían ingresar al mismo desistan de su idea y, en fin, los que no están en ningunas de las dos situaciones podrían enterarse de algunas cosas escritas en un ¿estilo? ¿desenfadado?.

Pero mi intención no ha sido causar molestias a nadie; lo que sucede es que no estamos acostumbrados a mirarnos por dentro. El poder que tenemos y en virtud del cual podemos disponer de los bienes, la libertad e incluso de la vida de otras personas exige una auto comprensión desprejuiciada que ponga en evidencia nuestras virtudes para alabarnos, pero también nuestros errores y desaciertos para criticarnos y superarnos. Nuestra labor solo tiene sentido en tanto la ejercemos de acuerdo con intereses y expectativas socialmente compartidas; la legitimidad, nuestra actuación, depende de la manera en que realizamos nuestra función. Mirémonos, examinémonos, integremos nuestra profesión dentro del ámbito de la cultura de la que formamos parte. El Derecho, nuestro instrumento de trabajo, es también un producto cultural que no puede ser comprendido en su dimensión total si no lo analizamos en relación con la cultura, la vida, las costumbres de la sociedad. Salgamos un día de nuestro encierro dogmático y miremos al Derecho no como normas escritas en un código que debemos seguir para imponer sanciones, por muy legítimo que sea su autor y muy sublimes sus fines, sino como uno de los elementos de nuestra cultura popular y que puede ser, como los otros elementos, criticado, mejorado, alabado.... en fin, comprendido desde una dimensión social.

Quizás ahora podamos comprender una de las posibles razones de porqué los personajes mencionados al principio “emigraron” profesionalmente del gremio de los abogados. Si las cosas hubieran sido de otra manera, si se hubieran dedicado al ejercicio de la profesión, no tendríamos hoy el placer de leer los Cantos para soldados y sones para turistas, reírnos con San Nicolás del Peladero, leer Paradiso – aunque sea acompañados de un diccionario; disfrutar, aunque no estemos de acuerdo, leyendo la Indagación del choteo; perdernos Mi vida al desnudo, Lo cubano en la poesía; no tuviéramos un poema Al Niágara, una obra como El Ingenio, Letra con filo... la cultura cubana carecería de esas luces que hoy nos sirven de guía y ponen en alto lo cubano y las sentencias seguirán siendo, como el resto de los escritos del gremio, -salvo en algunos casos raros e infrecuentes- aunque nos pese y nos duela, un montón de baja prosa.


(*) Yoel Carrillo Garcíaes profesor de Filosofía del Derecho. Facultad de Derecho. Universidad de Oriente.




Suscríbete a Enfocarte.com y recibe las actualizaciones en tu e-mail



| Sumario | Editorial | Plástica | Dibujos | Galería I | Galería II | Ensayo | Perejaume I | Perejaume II | Fotografía | Galería Fotográfica I | Galería Fotográfica II | Literatura | Destacado | Cuento | Amistades históricas | Relato | Artículo | Poesía I | Poesía II | Poesía III | Poesía IV | Poesía V | Poesía VI | Filosofía I | Filosofía II | Cine I | Entrevista |Cine II |


| Home | Staff | Colaboraciones | Directorio | Archivo | Buscador | Poesía semanal |
| Concursos |


Google
  Web www.enfocarte.com

 

Copyright © 2000-2007 Enfocarte.com /fvp.
Prohibida la reproducción de cualquier parte de este sitio web sin permiso del editor. Todos los derechos reservados.