Amistades históricas: Goethe y Schiller
Por Ricardo Sáenz Hayes

 

Una potencia superior hizo posible
mi unión con Schiller.
Goethe a Eckermann.

No two men, both of exalted genius,
could be posses of more different
sorts of excellence, than the two that were
now brought to gether, in a large
company of their mutual friends.

CARLYLE, Life of Schiller


Para que una potencia superior realizara el milagro de hacer posible la amistad de Goethe con Schiller, grande debió de ser la desemejanza temperamental de ambos. En la sugerente confesión del creador de Fausto se advierte que en el acercamiento no medió ninguna de las afinidades que tanto en el amor como en el comercio mundano sellan las uniones perdurables. Ya en el periodo de la madurez quiso el destino poner frente a frente a dos hombres con vocaciones definidas y gustos propios; espíritus recios, dotados de inquebrantable voluntad de dominio; eruditos de tipo enciclopédico, dominan en la ciencia y el arte, en la filosofía y el teatro. Cuando se atisban en lo íntimo y se descubren sus dones naturales, al punto se les robustece la antipatía que mutua y cordialmente se inspiran. ¿Qué significa esto? Lo que escribe Schiller repugna a Goethe, y la gloria de éste, ya soberana, turba el sueño de aquél.

Wolfgang Goethe


Schiller es impetuoso, agresivo e inclinado a las expansiones. Necesita comunicar cuanto bulle en su interior, goces e inquietudes, odios y desdenes, el frenesí cerebral que le mantiene en un casi permanente delirio. ¿Habría callar las emociones que en él despierta la personalidad de Goethe? Lejos de ello, es harto poderosa la obsesión para reducirla a silencio. Goethe le aflige con los triunfos de sus obras y de su vida mundana. Los cortesanos le atormentan con los elogios desmedidos que prodigan al poeta de Weimar. ¿Acaso la envidia le llena de pesadumbre como al último de los mortales? No, envidia no. El envidioso es un ser inferior y despreciable que ha venido al mundo sin el don de admirar, el más precioso de los dones humanos. Para admirar el ajeno esfuerzo hay que tener limpia el alma, serena y pronta a dar cuanto en ella vibra en calidad de emoción y ternura...

Schiller sabe admirar. Así lo demuestra cuando coge la pluma para escribirle a Corner: “Él (Goethe) tiene infinitamente más genio que yo, y además, un caudal de conocimientos infinitamente más grande, una aptitud más segura para alcanzar lo real, sin hablar de un sentido artístico más puro y afinado en la práctica constante de las obras de arte”. El reconocimiento de la superioridad de Goethe es rotundo. ¿Qué es entonces, lo que le molesta? El carácter, el género de vida que lleva; el ambiente que frecuenta, los amigos que le acompañan... También lo dirá en otra carta con idéntica llaneza: “Su carácter no me agrada, no lo desearía para mí y muy contra mi gusto me sentiría en la vecindad de un hombre semejante”: Asoma aquí una de esas antipatías psicológicas con las que se tallan los grandes enemigos: “Me es imposible figurarme un hombre más impertinente que éste”. La desigualdad de fortunas acrecienta la aversión de Schiller. La miseria es algo más que triste, es amarga. En el espíritu más lúcido proyecta sombras y lo predispone al rencor y a la injusticia. Mientras Goethe brilla en lo alto, agasajado en la corte, Schiller se desespera en estrechez de medios económicos que le condenan a una vida oscura y penosa. Muy a su pesar compara su vida con la del otro y estalla en la más violenta de las explosiones contra Goethe: “Este hombre se me ha atravesado en el camino y no deja de hacerme recordar la dureza de mi destino. Cuando a él todo le sonríe, yo tengo que luchar porfiadamente y sin tregua.

Es posible que las insidiosas lamentaciones de Schiller llegarán a conocimiento de quien iban dirigida. Nada de lo que se murmura permanece ignorado, tanto menos cuando, como en el caso de Goethe, se disfruta de obsequiosa cortesanía. Alguno debió de hacerse lenguas, si es que las cartas, por infiel conducto, no fueron depositadas en manos de Goethe. Sea como fuere, conjetura o no, la antipatía del infortunado poeta no se perdió cual grito en el vacío. Por extraña coincidencia, se estableció entre ambos una corriente de recíproca hostilidad intelectual. El éxito alcanzado por Schiller con Los bandidos y por Heinse con Ardinghello, molestó al romántico de Werther, quien a la sazón acababa de realizar un provechoso viaje por Italia y tornaba radiante de noble antigüedad. La estética de que blasonaban esos autores le pareció tener el significado de un violento renacimiento de la Sturm und Drang, ofrecía las virtudes y deficiencias de toda producción primeriza. Goethe, empero, no se dejó impresionar con la mocedad del autor. A pesar de la sólida contextura general, señaló la pesadez y monotonía de algunas escenas y de ciertos parlamentos largos; los personajes débilmente esbozados, el viejo Moor y Amelia, por ejemplo, y las expresiones melodramáticas que afluyen a los labios del viejo Moor. En punto al fondo ideológico, no fue menos deplorable el efecto que Los bandidos causa en el espíritu de Goethe.

Federico Schiller


Las declamaciones de Moor contra la tiranía de las leyes y el Imperio nivelador de las mayorías, debieron ser consideradas como atentados al orden establecido. ¿Quién era el audaz, se preguntaron, que osaba proclamar los derechos de la libertad individual con ese tono? Cuando el personaje dice: “Tengo que meter un cuerpo en un busto y con las leyes debo atar mi voluntad”, habla el mismo lenguaje que me dio siglo más tarde han de emplear los filósofos individualistas del siglo XIX. Y cuando agrega que la ley obliga a las águilas a arrastrarse como las babosas o que en el seno de la sociedad tiránica jamás se ha formado un gran hombre, no hace sino glosar las rebeldías verbales de Rousseau.

Las maneras descompuestas, los gritos y salidas de tono, nunca fueron del agrado de Goethe, hombre de orden y de movimientos reposados. No es que se intimidara con el espantajo de la revolución. Era de parecer que ella viene sola, cuando debe venir, impuesta por las costumbres que de continuo se renuevan. Así lo expresaría, con aquella su límpida palabra, en una plática familiar con Eckermann: “Todo lo que es violento, precipitado, me repugna en el alma, pues no está de acuerdo con la naturaleza. Soy el amigo de las plantas; amo a la rosa porque es la flor más perfecta que contempla nuestro cielo alemán. Pero no estoy loco para desear que mi jardín me la de ahora mismo, a fines de abril. Me siento satisfecho al tener hoy las primeras hojas verdes; lo estaré mucho más cuando vea, de semana en semana, que las hojas se convierten en tallo; lo estaré todavía más cuando el botón se libere en el mes de mayo, y, finalmente, seré feliz si junio me presenta la rosa con su magnificencia y perfume El que no sepa esperar, que vaya a un invernadero.”

La aversión de los poetas, honda y recíproca llegó a extremarse hasta evitar todo trato personal. “Nadie puede negar -diría luego Goethe- que entro dos espíritus antípodas hay una separación mayor que la del diámetro de una esfera; antípodas de esta clase actúan a la manera de polos, de ahí que nunca pueden unirse”. Sin embargo, quienes así alimentaran el propósito firme de no verse ni oírse nunca, se encuentran un día y a poco sellan una perdurable amistad. Schiller da el primer paso, estimulado por los buenos consejos de su mujer y del grupo de amigos que en Jena se propone fundar la revista Las Horas.
-¿Si le pidiéramos colaboración a Goethe? –sugiere uno.

Tanto valía pensar en la ayuda de Zeus. Mas, aunque ambiciosa Schiller acoge la idea, sin sospechar que le tocará llevarla a la práctica. ¡Dirigirse él a Goethe, después de cuanto ha dicho en cartas y pláticas amistosas! ¿Y el orgullo? ¿Y la dignidad personal de quien emite un juicio y luego no lo mantiene con la altivez debida? El orgullo no sufre mengua cuando uno reconoce haber sido injusto. Sólo las almas plebeyas se obstinan en no reparar los errores. La propia conciencia se descarga de los reproches que pesan sobre ella y se inunda de luz y contento. Lo sabe Schiller lo sabe y lo siente cuando determina escribirle al enemigo de ayer.

Wolfgang Goethe


¿Qué piensa Goethe de los espíritus antípodas cuando llegan a sus manos las líneas de Schiller? ¿Adónde puede llevarle la amistad de ese hombre más joven que él en diez años, impulsivo, como buen tímido; indiscreto, voluble, desordenado y fragmentario? He aquí más de un motivo de meditación para quien, como Goethe, es la medida de la ponderación y de la pulcritud. Goethe anda por el mundo y labora innumerables amistades, mas ello no quiere decir que con la mano da el corazón. Se puede ser amable con todos sin ser amigo de ninguno. Desconfía de la intimidad, porque de esta suerte nada nos queda para nosotros mismos. Nada le place tanto como defenderse de la curiosidad de los que indagan en las vidas ajenas. “El defecto que usted observa con toda razón -le dice a Schiller años más tarde- proviene de mi fondo natural de un tic realista en virtud del cual me es más agradable sustraer mi existencia, mis actos, mis escritos a las miradas de los hombres. Por esta causa tao verá usted viajar preferentemente de incógnito, elegir los trajes modestos, y en las conversaciones con extraños o con personas que sólo a medias me conocen, preferir los temas de menor alcance y las expresiones menos significativas, mostrarme más frívolo de lo que soy; en una palabra, interponerme entre lo que soy y mi apariencia.”

El primer impulso de Goethe, según eso, habría sido rechazar la mano que Schiller le tendía. Afortunadamente, el egoísmo no se impuso hasta el extremo de aconsejar ese desaire, quizás el más imperdonable de los errores. Allá en las honduras de su alma, a pesar de la maldad aparente y del placer de ocultarse a las miradas ajenas, una flama de ternura crece y le da calor. ¿Acaso tiene amigos? ¿En dónde los tiene? ¿En el centenar de cortesanos que le abruman con interesadas alabanzas? ¿En la corte de Weimar? Los príncipes pueden tener la vanidad de ser Mecenas, como Carlos Augusto; pero hay en ellos demasiados prejuicios para que sean capaces de mantener un comercio espiritual amplio y desinteresado. Ya el buen padre de Goethe, tan dado a la sabiduría de los refranes, al dejar Francfort por Weimar, le había dicho:

Tal como soy, a mí me pertenezco.
Para otros sea el favor del rey.

La experiencia le haría saber que el amigo, el hermano espiritual, el eco de resonancia, jamás le sería posible hallarlo entre la ralea palaciega. Pero lo grave era que a esa altura de la vida -había entrado en los treinta y nueve años- el armonioso ser de elección no se le hubiera presentado. ¿Quería ello decir que en esa época de trivialidad, de “barbarie hiperbórea”, según expresión propia, la búsqueda del amigo ofrecía los mismos invencibles inconvenientes que el hombre inmaculado y perfecto con que soñaba Diógenes? Después de no pocas vacilaciones pensó: ¿Quién sabe si no resulta más placentera la soledad? Y sin forjarse ya muchas ilusiones al respecto, le envió a Schiller una benévola respuesta: “Seré de los vuestros con placer y de corazón.”

Una carta trae otra. El tono se torna cada vez más familiar. Las expansiones de Schiller, vibrantes y ardorosas, le muestran en la intimidad de su vida, en la desnudez de su alma.

Goethe le mira con su mirada profunda y descubre las cualidades primarias que hay en Schiller. Alma y cerebro se valen; alianza, por cierto, extraordinaria. Entonces recuperan el tiempo perdido. La admiración hace posible el afecto recíproco. Lo. valores intelectuales se ligan por modo tan estrecho con los morales y todo se vuelve una misma cosa. ¿Schiller lucha por la vida y produce en afligidas condiciones? Goethe, con sus poderosas influencias, pone remedio a ello y le hace nombrar profesor en Sena. Se comunican las esperanzas y proyectos, las alegrías y desazones, las certidumbres y dudas. De continuo se prestan las obras que leen, y discuten, en cartas inolvidables, trascendentales temas de filosofía y estética. Schiller le somete sus dramas para que señale las deficiencias que en ellos hubiere. Goethe le envía, libro tras libro, los años de aprendizaje de Wilhem Meister, que Schiller lee en seguida y devuelve con substanciosas apostillas.

Wolfgang Goethe


La influencia es recíproca y profunda. “¡Qué emoción la mía -le confiesa Schiller-cuando pienso que tengo en usted, tan cerca, lo que vamos a buscar en un lejano remoto de antigüedad privilegiada!”. “Sin nuestras relaciones de amistad -contesta Goethe sobre Wilhem Meister - no habría estado en condiciones de llevar la obra a buen fin, por lo menos de la manera que la he hecho”. “Aún hoy su vigilante amistad -agrega Goethe- me pone en guardia contra algunos defectos que saltan a la vista... ¡Cuán raro es en las ocupaciones y necesidades de la vida ordinaria encontrar la simpatía activa de la que tanto se necesita!” Y como si lo dicho fuera poco para quien se mide en las expansiones, dirá todavía: “¡Cuántas cosas tendría que añadir si quisiera revelar cuán raras en el mundo son las relaciones que me unen a usted, y sólo a usted!”

Schiller revela la veneración y cariño que por Goethe siente en la carta, la más bella de todas, que le escribe en Jena el 31 de agosto de 1794. “El encuentro tardío de nuestras vidas hace nacer en mí más de una hermosa esperanza, y me prueba una vez más cuán prudente y sabio es entregarse a lo que dispone e1 azar” -le dice. Quiere presentarse tal cual es para que Goethe no espere de él más de lo que humanamente puede dar: “No cuente usted hallar en mi abundancia de ideas; eso es, por el contrario, lo que yo puedo encontrar en usted. La necesidad y la tendencia espontáneas de mi naturaleza consisten en obtener gran partido de muy poca cosa...” Se considera a la modesta situación de un pobre en la vecindad de un rico, condenado a comparar lo que le falta con lo que al otro le sobra: “Su esfuerzo se propone simplificar un vasto mundo de ideas; el mío intenta diversificar mi pequeño haber. Tiene usted que regir un reinado; yo debo regentar una familia poco numerosa de ideas y toda mi ambición estribaría en extenderla lo suficiente como para hacer un pequeño mundo.”

Los dioses le han prodigado a Goethe todas las gracias: genio avizor, comprensión luminosa, prestancia apolínea, salud que le predispone a longeva existincia. Schiller, con el dolor de vivir, reconoce que a él no se le han economizado infortunios: “La enfermedad amenazan dominarme hasta el punto de vencer mis fuerzas físicas.” La imagen de la muerte prematura le acompaña de continuo, le atormenta, le causa estados delirantes. Se busca en el tiempo y no descubre su silueta abrumada de años; lo único que alcanza a divisar es un pozo de sombra que aguarda su caída. “Es poco probable -le confiesa al amigo- que tenga tiempo de acabar en mí la grande y total revolución de mi espíritu...”

Goethe no responde, acaso porque le parecen divagaciones de romántico o porque el tema de la muerte le encoge el ánimo. Aunque su helenismo es recio, no puede vencer el horror físico que la muerte le infunde.

Sin duda por ello no ve a Schiller en la hora postrera ni le acompaña hasta la fosa niveladora. “Nadie se atrevió a traerme la noticia a mi soledad -dice años más tarde-. Mi diario nada registra de aquel tiempo. Las páginas en blanco denuncian una existencia vacía”.



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