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Que no se nos hable más de lo fantástico,
decía André Masson hace ya décadas.
Y explicaba: "Lo que es fantástico es estar
aquí -existir-, sorpresa tragicómica, tan
trastornadora que a su lado muchos pintores catalogados
como fantásticos no son mas que mediocres realidades".
Sensatez sobresaliente la de tal protesta, me parece, de
un artista que no renunció nunca a pintar los acontecimientos,
las apariciones, los símbolos de lo que consideraba
signos y representaciones ciertas de la vida, "lo que
es fecundado y lo que es devorado". Masson dijo también
algo de lo mas pertinente para este texto que tiene como
protagonista al pintor Luis Pablo Bolívar: "El
estudiante realiza un gran paso cuando se da cuenta de que
lo que ocurre entre lo objetos, es tan importante como los
objetos mismos". Esclarecedor, si, para entender a
este estudiante de si mismo que es Bolívar, óptica
adecuada, creo yo, para contemplar sus dibujos, sus cuadros
y sus libros de artista, porque ese "darse cuenta"
tiene mucho que ver con el modo de aprehensión de
las cosas que Bolívar posee.
Posee, he dicho, y esto es importante aclararlo bien, porque
tal talento no es el dueño de este pintor, como sucede
con los niños y los locos; es él quien convoca
tal modo de penetración, él quien da vía
libre a esa aptitud, quien percibe, propone, decide, actúa
y presenta sus reuniones de signos. Signos que subrayan
la verdad de la imaginación, el significado de los
objetos y la danza de los episodios y acontecimientos, de
las sensaciones, ideas y sentimientos que tienen lugar tanto
en lo extraordinario como en lo cotidiano.
Bolívar pertenece a un tipo de artista cuya abundancia
es solo aparente. Mi memoria me trae los nombres españoles
próximos a él de Antonio Fernández
Molina, Pagola, Antonio Santos, Tabanera... Todos ellos
filtran lo exterior en un álbum particular; más
que aprender, recuerdan; más que inventar, actualizan
zonas de la memoria del saber y el hacer. Y el lenguaje
de los símbolos, sempiterno y universal, tiene en
ellos un cauce certero. No son funambulistas fantasiosos.
Su perspicacia tiene antenas afinadas y abarcadoras, y su
alerta me parece indiscutible.
Las obras de Bolívar son un "verdadero lenguaje
por la imagen", muy alejado de lo que durante siglos
constituyó la imagen representativa profesionalizada,
puesta en marcha imparablemente en la historia del arte
europeo con el fin de las concepciones y sistemas de la
Edad Media. Bolívar concibe y pinta con sentido icónico,
saltándose el Renacimiento y sus frutos. Mantiene
sus dibujos y sus óleos en las antípodas de
la subordinación, dispone y distribuye sus imágenes
sin tener en cuenta "el beneficio" de las proyecciones
espaciales; yuxtapone, utiliza la amplitud toda de la superficie
de los formatos elegidos -con mucha frecuencia el formato
cuadrado, símbolo como sabemos del plano terrestre
de la existencia-, incluye letras, palabras y frases, emplea
la línea y la mancha confiriéndoles idéntica
jerarquía y autoridad, y todo ello, junto con sus
temas y el carácter simbiótico y de mudanza
de sus personajes hacen de las obras de Bolívar algo
mucho mas próximo a las imagines transmitidas en
un "presente eterno", que a las determinadas por
el arte meramente contemporáneo y actual.
En el corazón de este pintor, hay una mirada, una
forma de ver y de apreciar lo visible, que no se atiene
a lo fenoménico. De tal mirada resultan esas imágenes
que conciben una existencia sin determinar exclusivamente
por las leyes de la materia, del transcurso y del condicionamiento
espacial. En cuanto se suprime el ilusionismo representativo,
lo representado se desmaterializa. Dice Plotino: "La
visión de la profundidad aleja del espíritu,
porque la profundidad es la materia". Prescinden de
tal modo de visión quienes optan por concepciones
esenciales; quienes con sus repertorios de imágenes
coinciden con las formas de la mas alta tradición,
que hace imposible la hipertrofia figurativa; tradición
que va en busca del misterio sin miedo a encontrarse con
él.
En obras como las de Bolívar, está despejado
el lugar para la cita con las imágenes intuitivas
de la inteligencia, para la comprensión inmediata
en la cual, escenas, objetos, personajes, signos y mensajes
establecen relaciones que tienen todo que ver con dimensiones
espirituales de la realidad. Queda clara mi adhesión
por un arte como el de este pintor, así como mi desafecto
por trayectorias que, imitando talantes y falseando propósitos
tratan de conquistar territorios preservados, escasos, luminosos.
Que aplique cada uno su conocimiento y su alerta para no
confundir las cosas en el río revuelto actual.
(*) Carmen Pallares es Crítico de Arte del periódico
español ABC.