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espiritual en el arte. Parte II -
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espiritual en el arte. Parte III -
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espiritual en el arte. Parte IV -
INTRODUCCIÓN
Toda creación de arte es gestada por su tiempo y, muchas
veces, gesta nuestras propias sensaciones.
De esta manera, toda etapa de
la cultura produce un arte específico que no puede ser
repetido. Pretender resucitar premisas artísticas del pasado
puede dar como resultado, en el mejor de los casos, obras de arte que
son como un niño muerto antes de ver la luz. Por ejemplo,
sentir y vivir interiormente como los antiguos griegos es irrealizable.
Los intentos por reactualizar los principios griegos de la escultura,
únicamente producirán formas semejantes a las
griegas, pero estas obras estarán muertas desde el inicio.
Una reproducción de esa naturaleza es igual a las
imitaciones de un mono. Los movimientos del mono son, a simple vista,
iguales a los del hombre. El mono puede sentarse sosteniendo un libro
frente a sus ojos, dar vuelta las páginas, ponerse serio,
pero no comprende el sentido de estos movimientos.
Hay otro tipo de igualdad
exterior de las formas artísticas, que tiene su fundamento
en una gran necesidad: la igualdad de la aspiración
espiritual de todo un medio moral-espiritual, la
orien-tación hacia fines que, aunque fueron perseguidos un
tiempo, fueron mas tarde olvidados. Es decir, el mismo sentir interior
de toda una época puede llevar, lógicamente, a la
utilización de formas que sirvieron positivamente a
idénticos fines en un período ante-rior. De esta
manera se explica parte de nuestra simpatía, nuestra
comprensión y nuestros lazos espirituales con los artistas
primitivos. Ellos eran artistas puros como nosotros que sólo
deseaban representar en sus obras lo esencial: renunciaron a lo
ocasional espontáneamente.
Este lazo espiritual por
idénticas aspiraciones es sólo un aspecto del
problema. Después de una prolongada etapa materialista,
nuestro espíritu aún está despertando,
y, desprovisto de fe, sin horizonte preciso y sin sentido, anida en
sí semillas de desesperación. Aún no
ha terminado completamente el mal sueño de las tendencias
materialistas que convirtieron e un juego doloroso y absurdo la vida en
el mundo. El espíritu que está despertando se
halla todavía bajo la impresión de esa pesadilla.
Una luz tenue surge, como un punto pequeñísimo en
una inmensa esfera negra. Es un presentimiento que el
espíritu teme mirar, ya que no sabe si esa luz es
sólo un sueño y la esfera negra la realidad. Esta
incerteza y las pesadumbres aún vivas de la
filosofía materialista distancian nuestro
espíritu del de los artistas primitivos. Nuestro
espíritu posee una hendidura, que al ser tocada arroja el
sonido de una fina vasija quebrada que ha sido encontrada en el fondo
de la tierra. Por esta razón, la afición que
tenemos hoy hacia el arte primitivo, afición prestada,
tendrá un porvenir corto.
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Estos dos tipos de similitudes entre el arte nuevo y las formas de
períodos anteriores, son enteramente distintos, El primero
es sólo exterior y no tiene, por lo tanto, futuro. El
segundo es una similitud espiritual y contiene, por ello, en
sí, la simiente del porvenir. El espíritu, luego
del período de tentación materialista, en el que
se creía muerto, y al que ahora, sin embargo, rechaza como
una orientación negativa, se yergue robustecido por la lucha
y el dolor padecido. Las sensaciones más vulgares, como el
temor, la alegría, la tristeza, que podrían haber
conformado el contenido del arte en la etapa de tentación
materialista, no atraerán demasiado al artista de hoy. Su
intención será dar a luz sensaciones
más sutiles que aún no tienen nombre. La vida del
artista es compleja y sutil, y la obra que surja de él
producirá lógicamente, en el público
capaz de apresarlas, emociones tan multiformes que nuestras palabras no
podrán representarlas
El espectador actual, excepto
algunos pocos, no puede tener semejantes sensaciones. Sólo
quiere encontrar en la obra de arte una imitación de la
naturaleza que le sea útil a algún fin
práctico (un retrato), o una imitación de lo real
que conlleve en sí alguna interpretación (pintura
impresionista), o estados de
ánimo transformados en formas naturales (lo que
frecuentemente se denomina emoción) (1).
Todas estas formas, artísticas verdaderamente, tienen un fin
y son, incluso en el primer caso, un nutriente para el
espíritu; especialmente lo son en el tercer caso, ya que el
espectador encuentra un lazo con su alma. Lógicamente, este
lazo (o resonancia) no se queda en el aspecto superficial: el estado de
ánimo de la obra puede ahondarse y cambiar el estado de
ánimo del espectador. En todos los casos, estas obras no
permiten la ruindad del alma y la sostienen en un tono determinado,
como un diapasón sostiene las cuerdas de un instrumento.
Pero, aun así, la extensión y la
acción purificadora de este tono son unilaterales en el
tiempo y en el espacio y no agotan todo el poder posible del arte.
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Una edificación grande, desmesurada, chica o mediana,
dividida en distintas salas. Los muros de estas salas cubiertos de
cuadros chicos, medianos, grandes. Muchas veces, miles de pinturas que
representas a través del color parcialidades de la
naturaleza: animales entre luces y sombras, bebiendo agua, junto al
agua, yaciendo sobre la hierba; a un lado, una crucifixión
pintada por un artista que no reconoce a Cristo; flores, personas
sentadas, caminando, paradas, a veces sin ropas, desnudas, innumerables
mujeres desnudas (algunas perspectivadas desde sus espaldas); manzanas
y bandejas de plata, un retrato del Consejero N; un
crepúsculo; una damisela vestida de rosa; patos en vuelo; un
retrato de la baronesa X; gansos en vuelo; una damisela vestida de
blanco; terneros en la sombra; con manchas amarillas de sol; un retrato
de su excelencia el Sr.; una damisela vestida de verde. Y todo se
encuentra detallado en un libro: los nombres de los artistas, los
nombres de las pinturas. Los visitantes tienen estos folletos entre sus
manos, y van de una pintura a la otra, buscando y leyendo los nombres.
Luego se marchan, tan pobres o ricos como vinieron, y
rápidamente sus preocupaciones individuales, totalmente
disociadas del arte, los absorben. ¿Para qué han
venido? Cada pintura encierra misteriosamente toda una vida, una vida
llena de sufrimientos, incertezas, momentos de fervor y de luz.
¿Hacia dónde se dirige esta vida?
¿Hacia dónde indaga el espíritu del
artista, si también se entregó en la
creación? ¿Qué revela?
La misión del
artista es echar luz sobre las tinieblas del corazón humano,
dice Schumann. El artista es un hombre que sabe trazar y
pintarlo todo, dice Tolstoi.
De estas dos manifestaciones
sobre el rol del artista elegimos la última, de acuerdo con
la exposición de cuadros que hemos descripto antes. Con
mayor o menor destreza, talento y energía, surgen del cuadro
objetos relacionados por efecto de la pintura, tosca o refinada. Esta
armonía del conjunto en el cuadro es lo que conduce a la
obra artística y es mirada, sin embargo, con frialdad e
indiferencia. Los expertos admiran la confección (de la
misma manera en que se contempla a un equilibrista), gozan de la
pintura (de la misma manera en que se saborea una empanada).
Los espíritus
hambrientos salen igualmente hambrientos. La multitud deambula por las
salas y halla grandiosas o bellas
las pinturas. Aquel hombre que podría haber hablado no dijo
nada, y aquel que podría haber escuchado no oyó
ninguna cosa.
Tal estado del arte se denomina l´art pour
l´art. La supresión de los sonidos
interiores que constituyen la esencia de los colores, la
dispersión de las fuerzas del artista en el
vacío, es el arte por el arte.
Por su pericia, capacidad
inventiva y emotiva, el artista anhela una recompensa material. Su
destino final es saciar su codicia, su ambición. En lugar de
un trabajo solidario entre los artistas, se crea una disputa por estos
fines materiales. Todos ellos se quejan por la producción
desmesurada y la consecuente competencia. Aversiones, partidismos,
conjuras, intrigas y celos son los productos de este arte materialista
que ha perdido su sentido(2). El espectador se aleja naturalmente del
artista que no encuentra sentido a su vida en el arte y busca objetivos
más importantes.
Comprender
significa que el espectador sea moldeado y cautivado en el punto de
vista del artista. Ya hemos dicho que todo arte es gestado por su
tiempo. Un arte como el que he descripto sólo puede copiar
artísticamente lo que está reflejando en forma
obvia la atmósfera del momento. Este arte, que ha sido
gestado únicamente por su tiempo, que no contiene ninguna
simiente del futuro y que nunca podrá ser generador del
porvernir, es un arte castrado. Tiene corta vida, muere moralmente en
el preciso instante en que se desvanece la atmósfera, el
tiempo, que lo ha originado.
El otro arte, el que es
proclive a evolucionar, tiene también su fundamento en la
época espiritual que le pertenece, pero no es
únicamente espejo y eco de ella, sino que conlleva una
fuerza profética vivificante, que actúa en
profundidad. La vida del espíritu, donde también
habita el arte y de la que es el arte una de sus principales causas, es
un movimiento complejo pero pautado, esquematizable en
términos sencillos, que conduce hacia delante y hacia
arriba. Tal movimiento es el del conocimiento. Puede presentarse en
formas variadas pero, en esencia, mantiene siempre el mismo objetivo,
un sentido interior idéntico.
No son claras las razones por las cuales
cualquier movimiento progresivo y ascendente debe llevarse a cabo con
sudor, pesares, momentos angustiosos, pesadumbre. Cuando parece que se
ha llegado al fin de una fase, sorteando otra dificultad del camino,
una mano inesperada y perversa esparce nuevas piedras que amenazan
cerrar y desdibujar por completo el camino recorrido.
En ese momento surge un hombre
muy semejante a nosotros pero que posee en su interior una fuerza
misteriosa y adivinatoria. Este hombre contempla y enseña. A
veces quiere librarse de esa virtud superior que le pesa en ciertas
ocasiones como una cruz. Pero es incapaz de hacerlo. Aun contra las
burlas y los rencores, conduce hacia arriba y hacia delante el ingrato
y pesado carro de la humanidad que se atasca entre las piedras.
Muchas veces, cuando su ser
físico ha desaparecido de la tierra, se utilizan para
reproducirlo todos los materiales: mármol, hierro, bronce o
piedra; como si fuera importante el cuerpo de estos servidores de la
Humanidad, mártires santos, que desdeñaron lo
material y valoraron únicamente lo espiritual. La
utilización del mármol da prueba certera de que
muchos han llegado al lugar que ocupó en su época
el que es ahora honrado.
CAPÍTULO I. EL MOVIMIENTO
Representada en un gráfico, la vida
espiritual sería como un triángulo agudo dividido
en tres partes desiguales. La menor y más aguda de ellas
señala hacia arriba; a medida que se desciende, cada parte
va agrandándose y ensanchándose.
Este triángulo tiene un movimiento lento, casi
imperceptible, hacia delante y hacia arriba: en el lugar donde hoy se
halla el vértice superior, mañana(3)
estará la parte siguiente. De tal manera que, lo que hoy es
inteligible para el vértice superior y, en cambio, parece
una perogrullada al resto del triángulo, estará
mañana cargado también de sentido y
razón para otra parte de la figura.
En la cima del vértice hay, muchas
veces, sólo un hombre. El gozo de su
contemplación es igualable a su desmedida tristeza interior.
Los que se encuentran cerca de él no lo entienden, y con
indignación, lo acusan de loco o impostor. De esta manera
vivió Beethoven, injuriado y solo en la cima(4)
¿Cuánto tiempo fue necesario para que una
sección mayor del triángulo llegara adonde
él estuvo sólo? Y aún cuando existen
infinidad de monumentos, ¿fueron realmente tantos los que
llegaron hasta esa cumbre?(5).
En cualquier parte del triángulo hay
aristas. Todo aquel que puede ver más allá de los
lindes de su sección es un profeta para los que lo rodean y
contribuye en el lento movimiento del carro. Si, en cambio, no posee
esa mirada visionaria o renuncia a ella, sus pares lo
apoyarán y celebrarán. Cuanto más
grande sea la sección, cuanto más abajo se
encuentre, menor será la masa que comprenda el discurso del
artista. Obviamente, cada sección del triángulo
tiene, consciente, o inconscientemente la mayoría de las
veces, apetito por un pan espiritual. Este nutriente lo
recibirán de sus artistas; mañana la
sección de arriba tenderá sus manos hacia aquel
que no fue comprendido en la parte inferior.
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Esta exposición gráfica no agota toda la imagen
de la vida espiritual. No representa, entre otras cosas, una de sus
zonas negativas, una norme mancha negra y muerta. Ocurre muchas veces
que el pan espiritual se convierte en el alimento de los que ya se
encuentran en la parte superior. Para ellos, ese pan se transforma en
tóxico: en dosis mínimas actúa de
manera tal que el espíritu desciende de una
sección superior a una inferior, y, en dosis mayores, este
veneno, produce la gran caída, que lo envía a
zonas cada vez más inferiores. Sienkiewicz, en una de sus
novelas, pone en paralelo la vida espiritual con la
natación: quien no lucha y trabaja incansablemente contra el
naufragio termina hundiéndose inevitablemente. Los dotes de
un hombre -el talento, en el sentido bíblico- se convierten
entonces en una maldición, no sólo para el
artista que posee esos dones sino también para todos
aquellos que ingieran el pan venenoso.
Tal artista emplea su potencialidad para saciar
bajos instintos, ofrece un contenido viciado dentro de una forma
aparentemente artística, atrae hacia él elementos
endebles y los une con elementos viles, engaña a los hombres
y contribuye a que ellos mismos se engañen
convenciéndolos de que tienen una sed espiritual que puede
ser satisfecha en una fuente pura. Obras artísticas de esta
clase no producen un movimiento ascendente sino que detienen el
movimiento, demoran los elementos progresivos y expanden la peste a su
alrededor.
Los períodos en que el arte no posee un
representante de altura, en los que el pan está
transformado, son épocas de decadencia en la vida
espiritual. Las almas descienden todo el tiempo de las partes
superiores y el triángulo parece estar quieto.
Diríamos incluso que su movimiento es hacia abajo y hacia
atrás. En tales períodos mudos y ciegos, los
hombres sobrevaloran el triunfo exterior, atienden solamente a los
bienes materiales y celebran los avances tecnológicos, que
sólo sirven y servirán a lo corpóreo,
como proezas maravillosas. Las fuerzas espirituales son desatendidas o
ignoradas.
Los hambrientos y visionarios son burlados o
percibidos como anormales. Las pocas almas que resisten ese mal
sueño y no abandonan su oscuro deseo de vida espiritual,
progreso y conocimiento, sufren en medio del canto vulgar del
materialismo. La noche del espíritu amenza cada vez
más. Grises tinieblas atrapan a las almas temerosas, y las
superiores, perseguidas y débiles por la duda y el miedo,
prefieren muchas veces el ensombrecimiento paulatino en lugar de una
caída violenta y precipitada en la oscuridad total.
El arte, que en tales circunstancias sobrevive humillado, se emplea
únicamente con fines materiales. Busca su existencia en la materia
dura porque no conoce la exquisita. Representar objetos
inmutables es su único fin. El qué
del arte se extingue eo ipso. La única
pregunta que les preocupa es cómo
representar cierto objeto en relación con el artista. El
arte pierde su espíritu.
El arte transita por la senda del cómo,
se especializa, son los mismos artistas los únicos que lo
entienden y se lamentan por la indiferencia de los espectadores. En
tales épocas, el artista no necesita decir demasiado. Se
destaca y sobresale por una mínima diferencia,
sólo apreciable en determinados círculos de
expertos y mecenas (¡cosa que también puede
brindar cuantiosas ganancias materiales!). Muchas personas,
aparentemente hábiles y preparadas, se inclinan al arte con
la seguridad de que será sencillo conquistarlo. En todos los
"centros culturales" existen miles y miles de estos artistas, que
sólo buscan formas diferentes de crear millones de obras de
arte sin fervor, con el corazón helado y el alma dormida.
La competencia se hace más virulenta.
La carrera en busca del triunfo trae preocupaciones cada vez
más externas. Detrás de sus posturas se protegen
los reducidos grupos que han sobresalido en este caos del arte. El
público, contempla abandonado, sin comprender, pierde el
entusiasmo por este tipo de arte y, sin más, le da la
espalda.
A pesar de toda esta ofuscación, del
caos y de la carrera atroz, el triángulo espiritual se mueve
en realidad, muy lentamente pero con certeza y fuerza inagotable, hacia
delante y hacia arriba.
Moisés, invisible, baja de la
montaña y observa la danza alrededor del becerro de oro.
Pero, a pesar de todo, trae consigo una nueva sabiduría para
los hombres.
El artista es quien primero oye su discurso, aún
indiscernible para la masa, y va tras su llamado temprana e
inconscientemente. Ya no le preocupa el cómo
de su curación.
Aunque este cómo no prospere, en la
propia diferencia (lo que es todavía la personalidad)
encuentra la posibilidad de no ver únicamente la materia
dura del objeto sino aquello menos corpóreo que el objeto de
la época realista en que quiso sólo representarlo
"tal y como era, sin fantaseos"(6) .
Este cómo
también conlleva la emoción espiritual del
artista, y puede hacer surgir su experiencia más sutil. El
arte emprende entonces el camino en el que pronto
reencontrará el qué perdido,
que será el pan espiritual del despertar que está
comenzando. Este qué no es el qué
material de los objetos de la época superada, sino un
contenido artístico, el espíritu del arte, sin el
que su cuerpo (el cómo) no puede existir
plena y sanamente, como los individuos o los pueblos.
Este qué es un
contenido que sólo el arte puede poseer y que
sólo el arte puede expresar nítidamente con los
instrumentos que le son privativos.
NOTAS
(1) Infortunadamente, se ha abusado de esta palabra, que
señala las aspiraciones poéticas de un
espíritu vivo y artístico, y también
se la ha tomado como objeto de burla. Pero, ¿existe alguna
palabra que la muchedumbre no haya intentado profanar?
(2) Las escasas excepciones no modifican este oscuro y siniestro
panorama: son artistas cuyo credo es el arte por el arte. Propenden a
un fin superior que no es otra cosa que la diseminación de
su fuerza sin propósito alguno. La belleza exterior es una
contribución a lo espiritual (ya que lo bello es bueno),
pero, al margen de este aspecto positivo, tiene la
imperfección del talento no aprovechado hasta el
límite (talento en el sentido bíblico).
(3) Estos "hoy" y "mañana" se relacionan interiormente con
los días bíblicos de la Creación.
(4) Weber, autor de Der Freischütz,
tenía la siguiente opinión sobre la VII
Sinfonía de Beethoven: "Con ella las excentricidades de este
genio han alcanzado el non plus ultra. Beethoven
está listo para el manicomio. En el comienzo de la primera
parte, en forma misteriosa, durante un mi
insistente, el abate Stadler dijo al escucharla por primer vez:
'¡Otra vez ese mi! ¿Es que no
se le ocurre otra cosa a este hombre sin talento?' ". (Beethoven, de
August Göllerich, pág. 1 de la serie "Die
Musik", editada por R. Struss).
(5) ¿No son ciertos monumentos una respuesta dolorosa a esta
pregunta?
(6) Nos hemos referido constantemente a lo material y a lo inmaterial,
y a los estados intermedios "mas o menos" materiales. ¿Es
todo materia? ¿O es todo espíritu? Las
diferencias que hemos fijado entre ambos ¿no son
más que matices de la materia o del espíritu? El
pensamiento, definido por el positivismo como producto del
"espíritu", es materia también, pero
sólo perceptible a los sentidos refinados, no a los toscos.
¿Es espíritu lo que la mano no puede tocar?
Aquí, en este breve libro, no es posible discutir
ampliamente este tema; sólo es necesario que no se delimiten
fronteras precisas.
Sobre lo espiritual en el arte: título original "Uber das
Geistige in der Kunsl", Editorial Need, Buenos Aires, 1999