Nuevas identidades culturales



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Desde los comienzos del hombre, en tanto actor social, existe un conflicto que hasta hace pocas décadas se mantuvo latente en el interior de la sociedad: la constitución de la identidad cultural. La problemática de las identidades culturales no es reciente, pero ha comenzado a exteriorizarse a partir de los procesos de transnacionalización e internacionalización.

Con la llegada de la globalización comienzan el incremento de las migraciones y el florecimiento de los medios de comunicación, pilares del desmoronamiento de las fronteras políticas y geográficas. Estos movimientos permiten un paso multidireccional de las culturas, pero no se produce en igualdad de condiciones: siempre existirán culturas homogeneizantes sobre subculturas destinadas a la dominación. Frente a este movimiento de hibridación comienza una nueva conformación cultural y nacen los ámbitos de mediación a modo de articulaciones entre dos o más fuerzas contrapuestas.

En esta realidad el sujeto social ingresa en una etapa de fragmentación de las identidades culturales. La sociedad comienza a constituirse en una red de prácticas sociales simultáneas y diferentes en el ámbito de lo local, lo regional y lo global. El sujeto social ve una necesidad de paradigmas y arquetipos nuevos, de inéditos espacios de resistencia y políticas educacionales, culturales y comunicacionales que atiendan la reconfiguración de nuevas identidades multiculturales. Pero como todavía la sociedad no ha encontrado nuevos modelos y marcos institucionales acordes con los tiempos que vivimos -y las políticas nacionales en comunicación y cultura permitieron que la industria cultural se imponga como fuerza homogeneizadora y aniquiladora sobre las subculturas-la humanidad se encuentra frente a la mayor crisis de construcción social de la identidad de la historia.

Se ha vuelto inminente dejar de lado los viejos conceptos de las identidades nacionales, de las diferencias étnicas y religiosas. Tenemos que centrarnos ante todo en la interculturalidad. No es suficiente reconocernos por las diferencias con el otro, debemos abandonar la noción de exclusión y la dialéctica mismidad-otredad. No podemos seguir construyendo las identidades culturales a partir de laoposición; a partir de discursos elitistas, discriminatorios y etnocentristas.

No podemos realizar nuevas construcciones sociales de las identidades a partir de autoritarismos e intolerancias provocados por la arcaica lucha entre nuestra mismidad y la «condición de ser otro» de aquellos que nos son ajenos. Necesitamos una concepción de identidad basada en la integración, la multiplicidad y la diversidad.

Estamos ante la configuración de nuevas comunidades, con fronteras virtuales, donde solamente habrá lugar para encuentros interculturales y es a través de la diversidad cultural que se llegará a superar la actual crisis que estamos viviendo por medio de una noción situacional de identidad que abarque una concurrencia de culturas y la pertenencia simultánea de cada actor social en ámbito el de lo local, lo regional y lo global.


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