Victor, el niño que le nació al general
Hugo, ese formidable admirador de Napoleón, era un
espíritu voraz, un esprit qui marche de leur en
leur (un espíritu que camina de lugar en lugar)(1)
. Insatisfecho consigo mismo, toda su vida, desde joven
-desde niño aún- se encaramó sobre
sí mismo. La meta se la impuso siendo apenas un joven
estudiante del Lycée Louis le Grand: «Je
serai Chateaubriand ou rien» (Seré Chateaubriand
o nadie). Tal vez el niño Hugo jamás imaginó
recibir del propio Chateaubriand las palabras "Conocéis
mi admiración hacia vos. Mi vanidad se aproxima a
vuestra lira. Yo me voy; vos venís", que el
poeta le transmitiera en 1830.
Catorce años, sólo catorce años, y
el niño Hugo era ya un romántico irremediable.
Los retratos de entonces son elocuentes. Las cejas, apenas
dos líneas que bajan violentamente a la nariz, enfatizan
la expresión de los ojos impacientes, que ven 40,
50 ó 60 años después. Esos ojos no
se mueven en el espacio sino en el tiempo, no registran
colores y objetos circundantes sino episodios futuros. Ven
la historia futura. Son como los ojos del profeta en estado
contemplativo. Son los ojos del genio que, según
él mismo, se dirigen "más a los siglos
que a las multitudes, a las aglomeraciones de años
que a las aglomeraciones de hombres".
Los jóvenes escritores franceses de principios del
siglo XIX habían formado un grupo, le Cénacle.
Victor era el jefe. A los 25 años abrió con
un solo golpe, fuerte, oportuno, las puertas de la fama.
Su "Oda a la muerte del Duque de Berry" le granjeó
la confianza de Luis XVIII, mil francos y el matrimonio
con Adele Foucher, su prometida. Publica de inmediato sus
Odas y poesías diversas, funda la revista
Muse francaise y hasta lo nombran Caballero de la
Legión de Honor. En poco tiempo nacieron cuatro hijos.
La novelita Hernani terminó por hacerlos ricos.
Durante los siguientes quince años Victor Hugo escribió
seis obras de teatro, cuatro libros de poesía y la
novela Notre Dame de Paris.
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A pesar de estos éxitos, en casa las cosas no marchaban
tan bien. Victor había conocido a una joven actriz,
Juliette Drouet, a quien ya nunca dejaría. Su romance
con Juliette fue la curación para hacer frente a
aquella otra infidelidad: Adele era amante de Saint-Beuve,
poeta renombrado y uno de sus mejores amigos.
Sin consuelo y con la experiencia previa del hogar paterno
(tanto su padre como su madre tuvieron sendos amantes),
Victor Hugo creerá en el amor pero recelará
siempre del matrimonio: «el amor abre el paréntesis,
el matrimonio lo cierra».
Los problemas se multiplicaron. Sufrió dos rechazos
humillantes al pretender el ingreso a la Academia Francesa.
No cejó; al tercer intento por fin lo eligieron.
Dos votos hicieron la diferencia. Tenía ya 39 años.
Pronto, otra vez, la alegría se eclipsó: Leopoldine,
la hija pequeña, murió ahogada en el Sena
junto a su esposo. Golpe terrible que conmovió las
entrañas del padre cariñoso, tanto, que le
dolía la pluma entre los dedos y el papel laceraba
sus ojos, el corazón, la vida.
Basta de literatura, gimió, y el poeta, el hombre
que había renovado las páginas francesas y
había exhumado del olvido Oliver Cromwell,
a Hans de Islandia, a Bug-Jargal el rey eslavo
y a Lucrecia Borgia, se refugió en su otra
gran pasión, la política. Lo que nadie sabía
era que, en lo secreto, sus carpetas se entintaban con citas,
ideas y argumentos. Algo se gestaba allí dentro.
A la par de la libertad
El punto de fuga en la carrera política de Victor
Hugo fue la libertad. «Un de ces esprits rares
et providentiels» (Uno de esos espíritus
raros y providenciales) que nos deparó la historia,
en palabras de Baudelaire. El pobre y el oprimido magnetizaron
sus empeños. Se convenció de que "sólo
hay dos cosas en las cuales puede el arte desembocar dignamente:
Dios y el pueblo". Un académico diría
que el romanticismo agonizaba para permitirle al realismo
y al naturalismo ocupar el escenario.
Victor Hugo, defensor de la realeza por herencia materna,
desde los veinte años se autonombró republicano
moderado. En 1845 era ya Par de Francia, gracias al Rey
Luis Felipe. A partir de entonces se ocupó en resolver
«los tres problemas del siglo: la degradación
del hombre por el proletariado, la decadencia de la mujer
por el hambre, la atrofia del niño por las tinieblas».
Algo se cuece en el vientre de Europa y Francia. Allí
está Victor Hugo, el artífice. En ese momento
lo eligen diputado. Las sendas posibles son dos, bien demarcadas,
distintas y divergentes: continuar el terror de la revolución
o «el majestuoso abrazo del género humano bajo
la mirada satisfecha de Dios». Y sus inevitables consecuencias:
libertad de prensa y libertad de teatro, el eterno combate
al estado de sitio y a la pena de muerte.
Cuando los motines incendiaban las esquinas de París
y los levantiscos saqueaban sus tiendas, Victor Hugo se
encarama sobre sí mismo, igual que en sus años
del Lycée, desafía las barricadas y
clama por la paz, ruega por la conciliación. En la
madrugada, la carta imprescindible a su Juliette: «He
triunfado en parte. Estoy muerto de fatiga».
Hugo es un «liberal, socialista, dedicado al pueblo,
sin embargo, no republicano, aún poseído de
una cantidad de prejuicios contra la revolución,
pero execrando el estado de sitio, las deportaciones sin
juicio previo y a Cavaignac con su falsa república
militar», según sus propias palabras.
No hay estructura prefabricada para etiquetarlo, ningún
mote puede objetivarlo. Mira hacia Estados Unidos. Odia
la esclavitud, esa forma de la «asfixia social».
Trabaja desde lejos cuanto puede en la lucha antirracial
en Estados Unidos. Con el rabillo del ojo estudia los movimientos
en Italia. Se cartea con Mazzini porque está al tanto
del Risorgimento y le preocupan las campañas
de Garibaldi. Incluso se da tiempo para escribir una carta
a Benito Juárez, en la que intercede por la vida
de Maximiliano.
El paso es inevitable. Victor Hugo se adhiere al socialismo
activo y combativo. El periódico Evénement,
que había fundado con su hijo, ya preso en la cárcel,
es censurado. No era la primera opresión literaria
que sufría. Ya en 1832 el gobierno había suspendido
también su obrita de teatro El rey se divierte,
por encontrarla irreverente. Ahora Victor Hugo es un apátrida:
se balancea de derecha a izquierda, si los primeros reniegan
de él, los otros no lo reciben. Está en tierra
de nadie, porque ninguno de los bandos se apropia de los
ideales de libertad. Acaso todos tengan intereses personales.
Napoleón III parece ya imposible de detener, viene
con toda su furia. Triunfa su golpe de estado, y el poeta
corre a Bruselas. Un pasaporte falso le permite subsistir.
Napoleón III había acabado con los sueños
de los republicanos.
El exilio en Bruselas, Jersey y Guernsey duraría
casi veinte años. Sirvieron para que los tórculos
de la imprenta giraran de nuevo: Napoleón, el
pequeño es la sátira para el nuevo emperador,
y en Castigos lo balacea con sarcasmo e ironías.
De nuevo Victor Hugo es un melancólico. Le rodea
la soledad. Lejos de la patria y lejos de su generación.
Así pasa siempre con los genios. El político
combate ahora con la literatura, su mejor arma.
El periodo siguiente es fecundísimo, los temas son
motivos eternos: Dios, el mal, la redención. En 1856
se pueden leer ya sus Contemplaciones, trabaja en
el poema Dios y en el Fin de Satán.
También hay una conversión en este ámbito.
De creyente pasa a renegar todas las confesiones religiosas,
a inconforme, incluso agresivo, coquetea con el panteísmo
y juega al blasfemo.
Entenderá «el género humano tomado
como un gran individuo colectivo, que realiza de época
en época una serie de actos en la tierra».
Ése es el propósito de La leyenda de los
siglos, quizá su proyecto más ambicioso:
el retrato del hombre único y su paso por la historia,
desde Homero y los Vedas hasta Quinet y De Vigny.
La leyenda de los siglos es la historia de la conciencia
humana. Victor Hugo es el poeta que con sólo dos
saltos se torna profeta, vocero de la humanidad, luz del
hombre futuro para quien convoca el pasado: «La intención
de este libro es buena: comprende el mejoramiento del género
humano de siglo en siglo; el hombre ascendiendo desde las
tinieblas hasta el ideal; la transfiguración paradisíaca
del infierno terrestre, la conquista lenta y suprema de
la libertad, del derecho en esta vida y de la responsabilidad
en la otra». Pero la novela sonó poco, excepto
entre los académicos y los letrados.
Fue sin duda Los miserables la que conoció
el lector común. A los sesenta años el espíritu
de Victor Hugo seguía combativo y feroz. La novela
se publicó en Bruselas y París hace exactamente
140 años. Allí estaba el escritor, «seul
sur cet âpre monticule» (solo sobre este
áspero montículo) que es el mundo. Describe
las alturas sublimes a las que puede ascender el espíritu
humano, y las fosas terribles y oscuras donde también
se envilece.
Siempre su lucha limpia y nítida, clara y piadosa
por el necesitado: «Mientras a consecuencia de las
leyes y las costumbres exista una condenación social,
creando artificialmente infiernos en plena civilización
y complicando con una humana fatalidad el destino, que es
divino; (
) mientras en ciertas regiones sea posible
la asfixia social; en otros términos, y bajo un punto
de vista más dilatado aún, mientras haya ignorancia
y miseria sobre la tierra, los libros de igual naturaleza
que el presente podrán no ser inútiles»,
escribió en la primera página.
En 1870 tuvo lugar la batalla definitiva de Sedan, la última
de la guerra franco-prusiana. La Francia derrotada. Napoleón
III abdica y huye a Inglaterra. Victor Hugo ya había
anunciado que «quand la liberté rentrera,
je rentrerai» (cuando regrese la libertad, regresaré
yo). Así fue. Volvió a su París en
octubre y de inmediato fue elegido miembro del Parlamento.
El griterío en las calles era único: «¡Vive
Victor Hugo!»
Al año siguiente se levantó la Comuna, aquella
reacción violenta que comentarían Marx y toda
una formidable colección de plumas. El gobierno la
aplastó, la reprimió a cañonazos. El
Senador Hugo declara en favor de Louise Michel, una de las
insurgentes deportadas, y de otros participantes de la Comuna.
Parecía absurdo que un Senador defendiera a los insurrectos
contra la República novísima. Sus palabras
son como pedradas, y huye a Bruselas. Pero no llega solo;
aparece también una caterva de exiliados de la Comuna.
Los revoltosos, en la agitación, rompen con piedras
la fachada de su casa incomprendida. Una vez más
se larga a Guernsey. «Mejor -debió pensar-,
aquí sí puede uno escribir». Y trabaja
en otro libro, El 93. Mientras, el gobierno belga
le califica como persona non grata: ¿quién
podía asegurar que el Senador Hugo no estaba implicado
en la Comuna? Se traslada entonces a Luxemburgo, donde lo
alcanza pronto su esposa Adele. En pocos meses, Adele trasladará
otra vez su hogar, ahora a un manicomio, donde morirá
más tarde. Corría 1872.
Con los años pasan también las circunstancias.
Victor Hugo regresa a París. Allí vive los
últimos diez años de su vida. No fue fácil
despedirse de sus hijos, algunos de los cuales murieron
por aquel entonces, y mucho menos de su Juliette, que también
murió.
Si su octogésimo cumpleaños fue inmenso,
convertido prácticamente en júbilo nacional,
sus funerales en 1885 fueron apoteóticos. Casi dos
millones de personas se apretujaron en las calles de París.
El féretro fue honrado bajo el Arco del Triunfo por
cuatro jinetes con antorchas y luego se depositó
en el Panteón. Allí se lee esa leyenda inmortal:
«Aux grands hommes, la Patrie reconnaissante»
(A los grandes hombres, la Patria agradecida).
Sus últimos deseos fueron dos líneas: «Dejo
cincuenta mil francos para los pobres. Quiero ser enterrado
en la fosa de los pobres. Rechazo las oraciones de todas
las iglesias. Creo en Dios».
Un hombre como un océano
Llegará el momento, confiaba Victor Hugo, en que
las ideas primarán sobre las espadas. Ansiaba que
la literatura se afirmara sobre la historia: «Dante
importe plus que Charlemagne, et Shakespeare importe plus
que Charles-Quint» (Dante importa más que
Carlomagno y Shakespeare más que Carlos V). La historia
sería subsanada por la literatura, los personajes
literarios brillarían por encima de los hombres de
la historia, porque en esa dirección evoluciona la
condición humana.
El lema que el gobierno acuñó para conmemorar
el bicentenario de Victor Hugo no es presuntuoso: «L´Homme
ocean» (El hombre océano). Hugo el visionario
previó, entre otras cosas, el euro: «Una moneda
continental reemplazará la absurda variedad de monedas».
Y no sólo eso. Atisbó incluso, con los ojos
un poco entornados, la unión de Europa: "El
continente permanecerá como un solo pueblo",
adivinó; y en otro lugar: "Cualesquiera que
sean las antipatías momentáneas y todos los
celos de fronteras, todas las naciones cultas pertenecen
al mismo centro y están indisolublemente ligadas
entre sí por una profunda y secreta unidad".
Pidió la abrogación de la pena de muerte,
que Miterrand aceptara un siglo después. Luchó
por los derechos de las mujeres y combatió la discriminación
racial. Se opuso firmemente a la violencia de cualquier
careta y enarboló siempre la libertad, y no sólo
desde la tribuna, en la calle incluso. Por ejemplo, en Cosas
vistas cuenta cómo liberó a una prostituta
de la injusta acusación de haber iniciado un pleito
callejero. Siguió a la policía, habló
con la prostituta, argumentó en la comisaría,
utilizó su autoridad y fama pública, firmó
los documentos, revocó el error de los agentes policiales.
La escena la trasvasó más tarde en Los
miserables, aquel episodio en que monsieur Bamatabois
molesta con la nieve a Fantine.
El visionario erró en al menos un punto. Desestimó
el poderío de Estados Unidos, al tiempo que confiaba
excesivamente en la colonización de África
por Francia e Inglaterra. Aseguró que el siglo XX
sería el siglo de África. ¿Cuántas
sorpresas nos depara el continente negro y el siglo que
arranca? ¿El error habrá sido sólo
de fecha?
Y, cosa curiosa, aunque aseguraba la elevación de
África, estaba convencido de que la piel de los hombres
era cada vez más blanca. Podrán esgrimirse
razones evolutivas o hasta dialécticas, pero el porqué
es evidente: desde el invento de la luz eléctrica
pasamos menos tiempo bajo el sol. Huelga decir que la opinión
de Hugo no era tendenciosa ni conducía a discriminación
alguna.
El «prólogo» de Hernani contiene
ya las ideas generadoras de la vida literaria y política
de Victor Hugo. Pensaba en un único valor, la libertad;
entendía que todo lo que se afirma de la literatura
vale para la política y viceversa. «La libertad
en el arte, la libertad en la sociedad, he aquí el
doble objeto a que deben aspirar los espíritus consecuentes
y lógicos. Este principio es el del siglo y prevalecerá
a buen seguro. (
) Esa alta y poderosa voz del pueblo
que asemeja a la de Dios, quiere que de hoy en más
la poesía tenga la misma divisa que la política:
tolerancia y libertad. (
) Que el principio de la libertad
haga su negocio pero que lo haga bien. En literatura como
en sociedad, nada de etiqueta, nada de anarquía:
leyes. Ni talones rojos ni gorros rojos».
Victor Hugo es uno de los precursores de nuestros días.
(*) Enrique G de la G -enriquegdelag@lycos.com-
(San Pedro Garza García, México, 1979). Lector
y escritor, estudió filosofía. Su tesis versa
sobre el objeto de la metafísica aristotélica.
Colabora en distintas revistas con ensayos, reseñas
y entrevistas. Agradecido lector de Borges, Victor Hugo
y Alfonso Reyes.