Lectura y Habla Poética
Por Juan Guerrero (*)

 


En las culturas antiguas se reconoce al aeda, juglar, trovador como el eximio ser capaz de mantener una íntima relación comunicativa con la divinidad. Ese punto de unión, intangible lazo, es la Palabra Poética.

Todo proceso poético es, fundamentalmente, un estado profético. Un decir de mundos posibles de cuya existencia sólo la palabra poética puede, en su exacta dimensión, dar fe. Y si la palabra poética es profecía, hemos de entender que es también apocalíptica: revela el mundo. Aparta el velo de maia y permite el paso de la consciencia subjetiva: donde lo sacro es mostrado a través de la palabra iluminada que muestra en símbolos la unidad del hombre con lo divino.

En este sentido afirmamos que leer es un acto de fe en la vida. Meditar lo leído es atreverse a creer en uno: en el hombre. En esas infinitas posibilidades para realizar utopías. Esas que proceden del fondo de los sueños y afirman lo heurístico que existe en nosotros.

La lectura del mundo y del hombre, a través de la visión poética-profética, es la condición básica de todo ser humano para afirmar su consciencia poética. Consciencia que está en los bordes de todo razonamiento y que cubre la lógica y coherencia de la consciencia objetiva en todo acto humano. Por eso la lectura, en su más absoluta realización, es un acto trascendente y único. Ella afirma nuestras ideas: esas que nombran el mundo y lo que en él existe.

Las ideas antes de objetivarse, de manifestarse, exigen un momento de reposo. Es justo ese instante, ese tiempo donde gozamos su vibración.

Hay un juego entre ellas y nosotros. Entonces el cuerpo como libro abierto actúa, se yergue en sujeto activo que participa en esa meditación, ese pensar las ideas. Hay una actitud lúdica que en su final transforma las ideas en esbozos, formas, perfiles, bordes y sensaciones que nutren la capacidad para la utopía.

Lo que somos y seremos se lo debemos a las ideas y al acto primero que antecede a la lectura: ese instante donde los individuos tienen consciencia de valorar su silencio.

Cuando pensamos las ideas conocemos su ser, esa tensión que nos impulsa a encontrarlas.

Leemos y pensamos porque tenemos necesidad de existir. Sentirnos vivos. También porque en ese estado nos parecemos a dios=brillantez, luminosidad.

Así como han existido culturas que escogieron hombres para observar los astros, para mirar las montañas o el firmamento, también hubo hombres que cargaron sobre sus hombros la historia de sus pueblos. Su boca, sus labios, el timbre de su voz fue por siglos la única vinculación con la memoria de la humanidad.

La lectura del mundo y en consecuencia su estructuración como ideación, mantuvo un espacio que permitió a aquellos hombres antiguos un profundo respeto entre ellos y la trascendencia como cultura. Al manifestarse esa lectura del mundo y del cuerpo como ideas, se comprendía que era otra forma de existencia en el hacer del hombre. Tan plena y válida como construir objetos.

Por eso la construcción de máquinas y herramientas, comenzando por el lenguaje, son el recuerdo de un momento anterior, un instante profundamente lúcido y complejo donde tenemos la posibilidad de ser eternos. Y es esa lucidez la brillantez que ilumina el estado de creación en el hombre.

Allí existe el ars poética porque la idea en su forma pura es arte. Y es arte porque es profecía. Y si es profecía acerca el apocalípsis: revela misterios. Devela lo oculto y permite asomar nuestros rostros a esa otredad inconmensurable y telúrica que es el mundo de las ideas y la lectura.

Ocultar que soñamos, que tenemos ansias por la lectura del cuerpo, del mundo y de sus entornos, que sentimos esa íntima felicidad en nosotros; es permitir arrinconar nuestro eros y el devenir de la capacidad thanática que anuncia la destrucción.

Por eso toda lectura como idea del mundo y del cuerpo, se comparte como lo más preciado de nuestros dones, lo íntimo. El phatos que transforma la mirada de quien la revela y la hace vívida. No hay sombras, sólo luz que colma a quien las recibe.


En la actualidad la lectura del mundo, del cuerpo y en general de la vida está reducida a las dimensiones de un objeto que denominamos libro. Su historia es relativamente reciente y su capacidad para sintetizar momentos de reflexión se ha concentrado a las dimensiones de la herramienta del lenguaje escrito.

Sin embargo ese tejido imperceptible que permea toda trama escritural, nos dice de momentos anteriores. Hablas del hombre con sensaciones que sólo son posible reflejarlas en la escritura. Por eso todo acto de lectura re-crea los instantes que precedieron a la creación primera. Es la misma actitud de contemplación, vista de modos diferentes y en tiempos también distintos.

Leemos por razones múltiples, pero en todo caso siempre será por un interés de vida: a la vez decodificamos esquemas lingüísticos para asimilar la precisión de una coherencia discursiva, que refiere a uno que escribe, en un proceso que denominamos eferente. Pero también registramos una plenitud en el alma al re-construir imágenes en la armonía de un todo lingüístico que está recubriendo, en su fragilidad de textura escritural, la imagen poética. De allí que llamemos estético a la sensación de equilibrio armónico que se instala en nuestra mirada y otorga plenitud a la forma que se registra en nuestra memoria.

Es esa mirada de lo eterno que da plenitud al acto del movimiento interior a la obra de arte. Por ejemplo podemos decir del Bautismo, 1440-54, de Piero della Francesca, (Bozal, 1993). Notable pintor italiano que describe en sus cuadros y frescos el movimiento de lo cilíndrico instalado en el giro hacia la circularidad que se registra en la mirada que recorren sus personajes en la escena del bautismo. Color y dibujo conducen a quien lee a una interpretación personal de dicha obra. ¿Qué dicen, qué hacen los tres ángeles mientras Juan, llamado el Bautista, deja caer en la cabeza de Jesús el agua del río?. Leer entonces es inferir que dichos seres seráficos son testigos de un acontecimiento. Podemos también indicar como hipótesis que pudieron haber asistido como seres ya iniciados en los misterios de la creación. Más allá de las presencias al frente de la obra, están las montañas, árboles y un tanto inmediato, gente que no presta atención al acto primario. A nuestra izquierda un árbol se presenta casi alado. Hay otras lecturas de esta pintura. Sin embargo lo importante es indicar que el mundo es un libro abierto. Podemos leer las formas de las olas del mar o la sinuosidad que dejan las ondas sobre la superficie del río, la huella que día tras día va trazando en sus orillas. Cielo y tierra son portada y reverso, mientras lo que entre ellas se encuentra, son las infinitas páginas en blanco que todo neolector va encontrando, decodificando e internalizando, lo hace suyo y lo incorpora a su memoria, a su vida.

Si bien en este aspecto pudiéramos estar refiriéndonos al acto oral de la relación de lectura. También los procesos de la lengua escrita resultan de significativo interés al momento de entender esto que decimos de la Palabra Poética. Lengua oral y lengua escrita son, hasta ahora, dos maneras de comunicación, absolutamente válidas para expresar el pensamiento y cumplen funciones diferentes a la hora de manifestarse.

La competencia lingüística en el campo de la lengua escrita, está vinculada con factores socio-culturales:

-La vida afectiva del lector. Como lo han indicado autores como Bettelheim y Zelan (1983), los denominados errores de lectura se originan, en muchos casos, en un rechazo afectivo ante la información que ofrece un texto, en la medida que un texto enfrenta al individuo con situaciones conflictivas para él.

Por otra parte, en la lectura por el significado, cuando se identifican palabras individuales, se utiliza un mínimo de información visual. Esto puede traer como consecuencia que se cometan errores de decodificación, normalmente no referidas al significado, porque el lector es consciente de ello. Goodman (1989) denomina a estos errores desaciertos.

Estos desaciertos revelan el proceso del desarrollo lector en el niño, lo que entienden sobre el lenguaje escrito, y es esto precisamente lo que impulsa, energiza el desarrollo de la lectura escrita en los niños.

Los desaciertos son una aproximación sucesiva a un modelo de lectura que el niño construye en la práctica.

También pudiéramos mencionar la etapa en que el individuo se encuentra en su construcción de la moral. Tal como ya lo ha mostrado Piaget (1974), las concepciones del niño evolucionan desde la heteronomía hasta la autonomía. Este desarrollo incide en la manera como se comprenden los hechos que implican relaciones entre seres humanos y, en esa misma medida, deben afectar la comprensión de los textos que plantean esas interrelaciones, así como el juicio crítico que el sujeto sea capaz de elaborar sobre las acciones de los personajes.

Todo ser humano se apropia de un segmento de la lengua materna para acceder a formas más complejas de comunicación y con ello, va tejiendo una estructura coherente de comunicación que le permite acceder, cada vez más, a un código lingüístico más complejo.

En lo expuesto en líneas precedentes, podemos darnos cuenta que lo subyacente en todo acto comunicativo es la magia misma de la palabra. El placer que produce su encuentro con lo divino. Por eso resulta compleja e imposible la tarea de atrapar a la palabra poética a través del lenguaje.

Pero, ¿a dónde conduce la palabra poética y la lectura que del mundo hace el hombre?

El niño, como todo ser humano, aprende el lenguaje oral, porque necesita comunicarse con las demás personas. Sin embargo, paralelamente desarrolla el sentido funcional de la lengua escrita y comienza a usarla mucho antes de terminar el aprendizaje del lenguaje oral, porque a muy temprana edad comienza a darle significado a la información que proviene de su medio circundante (libros, avisos publicitarios, periódicos, revistas, T.V., envases de productos, etcétera). (Smith, 1983).

En este sentido, es válido indicar que el niño no sólo posee un conocimiento sobre la lengua escrita, como se dijo, mucho antes de iniciarse en ella, sino que además posee una concepción sobre la lectura.

Pareciera ser que los niños en sus primeros años, tienen un concepto vago sobre la lectura que, sin embargo, tiende a consolidarse en la medida que desarrollan estas capacidades, (Robinson et al., 1981).

Las investigaciones adelantadas por Downing (1980), con relación al concepto de lectura en los niños, han llevado a este investigador a sugerir que en el proceso del aprendizaje de la lectura en los niños, el docente debe conocer la serie de deficiencias en los alumnos con relación a las ideas que éstos poseen sobre la lectura, con el propósito de orientar mejor el proceso lector.

Los niños estructuran, desarrollan, perfeccionan e internalizan sus ideas sobre lo que entienden por lectura, a partir de su permanente interacción con su medio social y cultural. En esto, los intereses que los niños puedan generar para vincularse a la lectura, van clarificando su proceso cognoscitivo sobre el tema y sus sucesivas vinculaciones con el texto escrito, a partir de actividades de lecturas significativas que determinarán en el niño una comprensión integral del proceso lector.

Por ello, tanto el interés, como impulso inicial que energiza en el niño su vinculación con la actividad lectora, el concepto que sobre ésta posee y su posterior comprensión significativa, no son sólo términos aislados. Más bien elementos imbricados de una estructura mucho mayor que juntas, determinan procesos complejos de construcción intelectual de las estructuras del pensamiento y del lenguaje humano.

En este orden de ideas, son dos los rasgos humanos que implican la posibilidad de apre(he)nder el lenguaje: uno es la naturaleza social del hombre, que ésta determinada por la necesidad de comunicarse (1) con los demás. El otro, la capacidad de todo ser humano para pensar de manera simbólica, esto es; de asignar una representación significativa a formas abstractas, logrando que una cosa pueda representar a otra, y utilizar dichas representaciones para estructurar un sistema que permita expresar de manera coherente el pensamiento, (Goodman, 1989).

La comprensión del proceso de lectura exige el conocimiento previo de la forma como el lector, el escritor y el texto contribuyen a dicho proceso, ya que esto implica una serie de transacciones entre el lector y el texto.

Es precisamente en estas transacciones donde el lector incorpora su experiencia que tiene del mundo y del cuerpo. Esa manera una y múltiple de nombrar eso que no puede escribirse ni decirse. Sólo la oralidad tiene acceso a ese territorio único donde la palabra que nombre e inaugura toda posibilidad de plenitud es el habla poética.


En las zonas desérticas del mundo, en los pueblos olvidados, cuando el viajante se detiene en algún aislado hogar, quienes allí viven, obsequian agua y palabras al sediento.

Así también esperamos al anhelado ser que colme nuestra sed de conocer sus sueños y a quien revelaremos, en la intimidad de lo que aún somos como personas, el valor y el devenir de la Palabra Poética que se expresa en la lectura.



NOTA

(1) Es importante indicar que el mismo término comunicación, procede de la palabra latina comunicatio, que a su vez está íntimamente relacionada con communitas=comunidad.


Bibliografía

BETTELHEIM, B. y ZELAN, K. (1983). Aprender a leer. Barcelona: Grijalbo.
BOZAL, V. (1993). Piero Della Francesca. Madrid: Nilo.
DOWNING, J. (1980). Los factores conceptuales y perceptivos en el aprendizaje de la lectura. En Lectura y Vida. Ns. 1 y 2.
GOODMAN, K. (1989). Lenguaje integral. Mérida: Venezolana.
PIAGET, J. (1974). El criterio moral del niño. Barcelona: Fontanella.
ROBINSON, H., et al. (1981). Conceptos de lectura en lectores principiantes: un estudio internacional. En Lectura y Vida. Año II. N. 4.
SMITH, F. (1983). Un enfoque interactivo. México: Trillas.


(*) Juan Guerrero (camilodeasis@yahoo.com), docente-investigador de la Universidad Nacional Experimental de Guayana, Venezuela. Es candidato a doctor en Filología Hispánica, por la Universidad de Oviedo.




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