En las culturas antiguas se reconoce al aeda, juglar, trovador
como el eximio ser capaz de mantener una íntima relación
comunicativa con la divinidad. Ese punto de unión,
intangible lazo, es la Palabra Poética.
Todo proceso poético es, fundamentalmente,
un estado profético. Un decir de mundos posibles
de cuya existencia sólo la palabra poética
puede, en su exacta dimensión, dar fe. Y si la palabra
poética es profecía, hemos de entender que
es también apocalíptica: revela el mundo.
Aparta el velo de maia y permite el paso de la consciencia
subjetiva: donde lo sacro es mostrado a través de
la palabra iluminada que muestra en símbolos la unidad
del hombre con lo divino.
En este sentido afirmamos que leer es un acto
de fe en la vida. Meditar lo leído es atreverse a
creer en uno: en el hombre. En esas infinitas posibilidades
para realizar utopías. Esas que proceden del fondo
de los sueños y afirman lo heurístico que
existe en nosotros.
La lectura del mundo y del hombre, a través
de la visión poética-profética, es
la condición básica de todo ser humano para
afirmar su consciencia poética. Consciencia que está
en los bordes de todo razonamiento y que cubre la lógica
y coherencia de la consciencia objetiva en todo acto humano.
Por eso la lectura, en su más absoluta realización,
es un acto trascendente y único. Ella afirma nuestras
ideas: esas que nombran el mundo y lo que en él existe.
Las ideas antes de objetivarse, de manifestarse,
exigen un momento de reposo. Es justo ese instante, ese
tiempo donde gozamos su vibración.
Hay un juego entre ellas y nosotros. Entonces
el cuerpo como libro abierto actúa, se yergue en
sujeto activo que participa en esa meditación, ese
pensar las ideas. Hay una actitud lúdica que en su
final transforma las ideas en esbozos, formas, perfiles,
bordes y sensaciones que nutren la capacidad para la utopía.
Lo que somos y seremos se lo debemos a las
ideas y al acto primero que antecede a la lectura: ese instante
donde los individuos tienen consciencia de valorar su silencio.
Cuando pensamos las ideas conocemos su ser,
esa tensión que nos impulsa a encontrarlas.
Leemos y pensamos porque tenemos necesidad
de existir. Sentirnos vivos. También porque en ese
estado nos parecemos a dios=brillantez, luminosidad.
Así como han existido culturas que
escogieron hombres para observar los astros, para mirar
las montañas o el firmamento, también hubo
hombres que cargaron sobre sus hombros la historia de sus
pueblos. Su boca, sus labios, el timbre de su voz fue por
siglos la única vinculación con la memoria
de la humanidad.
La lectura del mundo y en consecuencia su
estructuración como ideación, mantuvo un espacio
que permitió a aquellos hombres antiguos un profundo
respeto entre ellos y la trascendencia como cultura. Al
manifestarse esa lectura del mundo y del cuerpo como ideas,
se comprendía que era otra forma de existencia en
el hacer del hombre. Tan plena y válida como
construir objetos.
Por eso la construcción de máquinas
y herramientas, comenzando por el lenguaje, son el recuerdo
de un momento anterior, un instante profundamente lúcido
y complejo donde tenemos la posibilidad de ser eternos.
Y es esa lucidez la brillantez que ilumina el estado de
creación en el hombre.
Allí existe el ars poética
porque la idea en su forma pura es arte. Y es arte porque
es profecía. Y si es profecía acerca el apocalípsis:
revela misterios. Devela lo oculto y permite asomar nuestros
rostros a esa otredad inconmensurable y telúrica
que es el mundo de las ideas y la lectura.
Ocultar que soñamos, que tenemos ansias
por la lectura del cuerpo, del mundo y de sus entornos,
que sentimos esa íntima felicidad en nosotros; es
permitir arrinconar nuestro eros y el devenir de
la capacidad thanática que anuncia la destrucción.
Por eso toda lectura como idea del mundo y
del cuerpo, se comparte como lo más preciado de nuestros
dones, lo íntimo. El phatos que transforma
la mirada de quien la revela y la hace vívida. No
hay sombras, sólo luz que colma a quien las recibe.
En la actualidad la lectura del mundo, del cuerpo y en general
de la vida está reducida a las dimensiones de un
objeto que denominamos libro. Su historia es relativamente
reciente y su capacidad para sintetizar momentos de reflexión
se ha concentrado a las dimensiones de la herramienta del
lenguaje escrito.
Sin embargo ese tejido imperceptible que permea toda trama
escritural, nos dice de momentos anteriores. Hablas del
hombre con sensaciones que sólo son posible reflejarlas
en la escritura. Por eso todo acto de lectura re-crea los
instantes que precedieron a la creación primera.
Es la misma actitud de contemplación, vista de modos
diferentes y en tiempos también distintos.
Leemos por razones múltiples, pero en todo caso
siempre será por un interés de vida: a la
vez decodificamos esquemas lingüísticos para
asimilar la precisión de una coherencia discursiva,
que refiere a uno que escribe, en un proceso que denominamos
eferente. Pero también registramos una plenitud
en el alma al re-construir imágenes en la armonía
de un todo lingüístico que está recubriendo,
en su fragilidad de textura escritural, la imagen poética.
De allí que llamemos estético a la
sensación de equilibrio armónico que se instala
en nuestra mirada y otorga plenitud a la forma que se registra
en nuestra memoria.
Es esa mirada de lo eterno que da plenitud al acto del
movimiento interior a la obra de arte. Por ejemplo podemos
decir del Bautismo, 1440-54,
de Piero della Francesca, (Bozal, 1993).
Notable pintor italiano que describe en sus cuadros y frescos
el movimiento de lo cilíndrico instalado en el giro
hacia la circularidad que se registra en la mirada que recorren
sus personajes en la escena del bautismo. Color y dibujo
conducen a quien lee a una interpretación personal
de dicha obra. ¿Qué dicen, qué hacen
los tres ángeles mientras Juan, llamado el Bautista,
deja caer en la cabeza de Jesús el agua del río?.
Leer entonces es inferir que dichos seres seráficos
son testigos de un acontecimiento. Podemos también
indicar como hipótesis que pudieron haber asistido
como seres ya iniciados en los misterios de la creación.
Más allá de las presencias al frente de la
obra, están las montañas, árboles y
un tanto inmediato, gente que no presta atención
al acto primario. A nuestra izquierda un árbol se
presenta casi alado. Hay otras lecturas de esta pintura.
Sin embargo lo importante es indicar que el mundo es un
libro abierto. Podemos leer las formas de las olas del mar
o la sinuosidad que dejan las ondas sobre la superficie
del río, la huella que día tras día
va trazando en sus orillas. Cielo y tierra son portada y
reverso, mientras lo que entre ellas se encuentra, son las
infinitas páginas en blanco que todo neolector va
encontrando, decodificando e internalizando, lo hace suyo
y lo incorpora a su memoria, a su vida.
Si bien en este aspecto pudiéramos estar refiriéndonos
al acto oral de la relación de lectura. También
los procesos de la lengua escrita resultan de significativo
interés al momento de entender esto que decimos de
la Palabra Poética. Lengua oral y lengua escrita
son, hasta ahora, dos maneras de comunicación, absolutamente
válidas para expresar el pensamiento y cumplen funciones
diferentes a la hora de manifestarse.
La competencia lingüística en el campo de la
lengua escrita, está vinculada con factores socio-culturales:
-La vida afectiva del lector. Como lo han indicado
autores como Bettelheim y Zelan (1983), los denominados
errores de lectura se originan, en muchos casos,
en un rechazo afectivo ante la información que ofrece
un texto, en la medida que un texto enfrenta al individuo
con situaciones conflictivas para él.
Por otra parte, en la lectura por el significado, cuando
se identifican palabras individuales, se utiliza un mínimo
de información visual. Esto puede traer como consecuencia
que se cometan errores de decodificación, normalmente
no referidas al significado, porque el lector es consciente
de ello. Goodman (1989) denomina a estos errores desaciertos.
Estos desaciertos revelan el proceso del desarrollo lector
en el niño, lo que entienden sobre el lenguaje escrito,
y es esto precisamente lo que impulsa, energiza el desarrollo
de la lectura escrita en los niños.
Los desaciertos son una aproximación sucesiva a
un modelo de lectura que el niño construye en la
práctica.
También pudiéramos mencionar la etapa en
que el individuo se encuentra en su construcción
de la moral. Tal como ya lo ha mostrado Piaget (1974), las
concepciones del niño evolucionan desde la heteronomía
hasta la autonomía. Este desarrollo incide
en la manera como se comprenden los hechos que implican
relaciones entre seres humanos y, en esa misma medida, deben
afectar la comprensión de los textos que plantean
esas interrelaciones, así como el juicio crítico
que el sujeto sea capaz de elaborar sobre las acciones de
los personajes.
Todo ser humano se apropia de un segmento de la lengua
materna para acceder a formas más complejas de comunicación
y con ello, va tejiendo una estructura coherente de comunicación
que le permite acceder, cada vez más, a un código
lingüístico más complejo.
En lo expuesto en líneas precedentes, podemos darnos
cuenta que lo subyacente en todo acto comunicativo es la
magia misma de la palabra. El placer que produce su encuentro
con lo divino. Por eso resulta compleja e imposible la tarea
de atrapar a la palabra poética a través del
lenguaje.
Pero, ¿a dónde conduce la palabra poética
y la lectura que del mundo hace el hombre?
El niño, como todo ser humano, aprende el lenguaje
oral, porque necesita comunicarse con las demás personas.
Sin embargo, paralelamente desarrolla el sentido funcional
de la lengua escrita y comienza a usarla mucho antes de
terminar el aprendizaje del lenguaje oral, porque a muy
temprana edad comienza a darle significado a la información
que proviene de su medio circundante (libros, avisos publicitarios,
periódicos, revistas, T.V., envases de productos,
etcétera). (Smith, 1983).
En este sentido, es válido indicar que el niño
no sólo posee un conocimiento sobre la lengua escrita,
como se dijo, mucho antes de iniciarse en ella, sino que
además posee una concepción sobre la lectura.
Pareciera ser que los niños en sus primeros años,
tienen un concepto vago sobre la lectura que, sin embargo,
tiende a consolidarse en la medida que desarrollan estas
capacidades, (Robinson et al., 1981).
Las investigaciones adelantadas por Downing (1980), con
relación al concepto de lectura en los niños,
han llevado a este investigador a sugerir que en el proceso
del aprendizaje de la lectura en los niños, el docente
debe conocer la serie de deficiencias en los alumnos con
relación a las ideas que éstos poseen sobre
la lectura, con el propósito de orientar mejor el
proceso lector.
Los niños estructuran, desarrollan, perfeccionan
e internalizan sus ideas sobre lo que entienden por lectura,
a partir de su permanente interacción con su medio
social y cultural. En esto, los intereses que los niños
puedan generar para vincularse a la lectura, van clarificando
su proceso cognoscitivo sobre el tema y sus sucesivas vinculaciones
con el texto escrito, a partir de actividades de lecturas
significativas que determinarán en el niño
una comprensión integral del proceso lector.
Por ello, tanto el interés, como impulso inicial
que energiza en el niño su vinculación con
la actividad lectora, el concepto que sobre ésta
posee y su posterior comprensión significativa, no
son sólo términos aislados. Más bien
elementos imbricados de una estructura mucho mayor que juntas,
determinan procesos complejos de construcción intelectual
de las estructuras del pensamiento y del lenguaje humano.
En este orden de ideas, son dos los rasgos humanos que
implican la posibilidad de apre(he)nder el lenguaje:
uno es la naturaleza social del hombre, que ésta
determinada por la necesidad de comunicarse (1) con los
demás. El otro, la capacidad de todo ser humano para
pensar de manera simbólica, esto es; de asignar una
representación significativa a formas abstractas,
logrando que una cosa pueda representar a otra, y utilizar
dichas representaciones para estructurar un sistema que
permita expresar de manera coherente el pensamiento, (Goodman,
1989).
La comprensión del proceso de lectura exige el conocimiento
previo de la forma como el lector, el escritor y el texto
contribuyen a dicho proceso, ya que esto implica una serie
de transacciones entre el lector y el texto.
Es precisamente en estas transacciones donde el lector
incorpora su experiencia que tiene del mundo y del cuerpo.
Esa manera una y múltiple de nombrar eso
que no puede escribirse ni decirse. Sólo la oralidad
tiene acceso a ese territorio único donde la palabra
que nombre e inaugura toda posibilidad de plenitud es el
habla poética.
En las zonas desérticas del mundo, en los pueblos
olvidados, cuando el viajante se detiene en algún
aislado hogar, quienes allí viven, obsequian agua
y palabras al sediento.
Así también esperamos al anhelado ser que
colme nuestra sed de conocer sus sueños y a quien
revelaremos, en la intimidad de lo que aún somos
como personas, el valor y el devenir de la Palabra Poética
que se expresa en la lectura.
NOTA
(1) Es importante indicar que el mismo término comunicación,
procede de la palabra latina comunicatio, que a su vez está
íntimamente relacionada con communitas=comunidad.
Bibliografía
BETTELHEIM, B. y ZELAN, K. (1983). Aprender a leer. Barcelona:
Grijalbo.
BOZAL, V. (1993). Piero Della Francesca. Madrid: Nilo.
DOWNING, J. (1980). Los factores conceptuales y perceptivos
en el aprendizaje de la lectura. En Lectura y Vida. Ns.
1 y 2.
GOODMAN, K. (1989). Lenguaje integral. Mérida: Venezolana.
PIAGET, J. (1974). El criterio moral del niño. Barcelona:
Fontanella.
ROBINSON, H., et al. (1981). Conceptos de lectura en lectores
principiantes: un estudio internacional. En Lectura y Vida.
Año II. N. 4.
SMITH, F. (1983). Un enfoque interactivo. México:
Trillas.
(*) Juan Guerrero (camilodeasis@yahoo.com),
docente-investigador de la Universidad Nacional Experimental
de Guayana, Venezuela. Es candidato a doctor en Filología
Hispánica, por la Universidad de Oviedo.