Sólo quien sea capaz de saber disponer
de su tiempo libre soportará sobre la conciencia
la tarea de dedicar su vida a la literatura. En México,
como en toda la América hispana, el arte es aún
un hecho producido por quienes desde sus años juveniles
han dispuesto y aprovechado las horas de descanso que no
pertenecen ni a la escuela ni al trabajo. Por una parte,
el escritor recién iniciado es el hombre que al igual
que sus semejantes tiene contraídas con la sociedad
y su tiempo, con la familia y consigo mismo, las naturales
deudas inherentes a cualquier hijo de vecino. La escuela,
el juego, las diversiones, el mundo en que se mueve el todavía
niño y luego escritor, forman una madeja necesaria
y útil para estructurar su personalidad.
Todo esto ocupa, por decirlo así, el nudo de su existencia.
La aparición de preferencias artísticas, de
inclinaciones denotadoras de un más profundo aspecto
que la simple apreciación de superficies, que conduzcan
a la conciencia a aprehender del mundo algo más que
aquello que los sentidos descubren, empieza a notarse paulatinamente,
brotada de la inconsciencia misma. Será el ocio el
encargado de descubrir cuándo se poseen cualidades
distintas, él ha de ser quien lleve al hombre a descubrirse
poco a poco, sin tropiezos pero tampoco sin una clara conciencia
inicial, sin ninguna revelación inspiradora ni nada
que se le parezca.
La revelación de la percepción artística
es, como el talento, una larga paciencia. No la envían
los cielos, no desciende por la gracia de Dios, no está
predispuesta ni prevista: sucede correlativamente al ejercicio
literario que ejerza el sujeto. Las predisposiciones que
han dado lugar a la conocida frase "El poeta nace,
no se hace", es decir la advertencia de que el poeta
obedece a otro tipo de organización mental, no son
sino conclusiones a posteriori, después de consumado
el hecho, después de que el poeta ha logrado existencia
propia.
Porque es cierto que el escritor y el artista en general
son la expresión de esa estructura distinta, pero
también provienen entre otras cosas de una serie
de fuerzas sociales que condicionan su descubrimiento para
la conciencia. Con lo cual queremos decir que el artista
no es hijo de la revelación sino producto de su impulso,
de su dedicación desde nit\o al saludable vicio del
arte. Baudelaire indica con agudeza que los grandes hombres
-en nuestro caso los artistas- existen a pesar de las familias
y a pesar de las naciones. Son, pues, el fruto de su ceguera
personal, de su hábito irremediable de navegar contra
la corriente, de negar muchas veces evidencias y necesidades
culturales -como asistir a la escuela, por ejemplo- para
dedicar el tiempo a esa forma de conocimiento que es el
arte.
A un amigo mío cuya profesión es el toreo,
le preguntaron alguna vez por qué había elegido
tan peligrosa actividad. Él, con muy buen tino, contestó
enseguida: "Porque de esa manera no tendré que
trabajar jamás." Sabia fórmula que no
en todas las artes es posible conciliar: dedicar por completo
la vida a aquello que más nos apasiona y, al mismo
tiempo, prescindir totalmente de cualquier trabajo ajeno
a lo que forma nuestra pasión. El ocio, tan odiado
por negociantes y parteras, tan vilipendiado en nuestro
mundo moderno hasta por los profesores universitarios, tan
adscrito a personas de mal vivir, puede ser -aunque en muy
pocas ocasiones, por desgracia- el germen de hombres que,
además de realizar su propia personalidad, llegan
a significar un emblema para sus pueblos.
Sobre este mismo aspecto, Octavio Paz me preguntaba una
ocasión: "¿No crees que nos dedicamos
a la literatura para poder justificar nuestra holgazanería?"
Yo, que he sido siempre un aficionado al descanso, sentí
satisfacción al escucharlo. Luego resulta que la
formación literaria, el estudio de la literatura,
la dedicación a la investigación ya prepararse
culturalmente, llevan más tiempo que las ocho horas
que el burócrata permanece frente a su escritorio
para justificar el sueldo que el Estado le paga. Pero para
el escritor no significa trabajo alguno, sino placer, el
persistir frente al libro durante cualquier duración
de tiempo. Pues lo mismo le da leer diez páginas
que leer cuarenta. En el fondo considera que la lectura
-sobre todo cuando es un hombre joven quien la ejercita-
es otra forma del descanso.
¿Y qué es un poema, por bello que resulte,
sino el fruto de varias horas de estarse acomodando en el
lecho, boca arriba, deslizándose sobre el río
del descanso? La oposición de las familias -sobre
todo si son "buenas"- a mantener entre sus filas
hombres de arte se halla justificada. No es muy alentador
sorprender al joven estudiante con los ojos entornados,
tirado en el sofá de la sala, buscando mentalmente
la rima a un verso que se le ha ocurrido. Por más
que se admire a Quevedo, o a Cervantes, o a Mallarmé,
o a Byron, o a Poe, o si la cultura literaria familiar es
modestamente emotiva, por más que se venere a Amado
Nervo, los cuerdos padres se guardarán mucho de permitir
en casa un futuro escritor.
Esta oposición familiar ha sido, en múltiples
ocasiones, benéfica a la literatura mexicana, compuesta
por hombres que abrazan su arte sin calcular los sinsabores
que les acarreará. Con la oposición familiar
se corrigen todos aquellos que de antemano equivocaban su
vocación, incorporándose felizmente a las
demás actividades que componen la sociedad. Falsas
vocaciones, que llevarían al fracaso a quienes creyendo
contar con cualidades literarias consideraban fácil
el ejercicio de la poesía, son vueltas a su cauce
normal.
Un filósofo, decía el doctor José Gaos,
es a menudo un poeta fracasado. En idéntico caso
se encuentran tantos abogados, médicos, banqueros
y, también, tantos poetas que a pesar de su fracaso
continúan con la pluma en la mano, agregando necedades
a nuestra literatura y haciéndola por lo mismo más
difícil de escombrar. Si hubieran escuchado el regaño
paterno, ahora serían hombres útiles a la
sociedad o, por lo menos, su ausencia sería provechosa
a la poesía verdadera. Hubieran sido mejor empleadas
sus horas de descanso.
(*) Alí Chumacero (Acaponeta, Nayarit,
1918) fue enviado a Guadalajara para complementar sus estudios
de primaria, y permanece en esa ciudad hasta concluir la
preparatoria. En 1937 ingresa a la Facultad de Filosofía
y Letras de la UNAM. Dos años después funda,
con José Luis Martínez, Leopoldo Zea y Jorge
González Durán, Tierra Nueva, revista de la
que fue codirector hasta 1942. Reseñista y director
ocasional de Letras de México e importante colaborador
de El Hijo Pródigo (1943-1946). En 1949 participó
en la fundación de México en la Cultura, suplemento
de Novedades dirigido por Fernando Benítez hasta
1961. Becario de El Colegio de México y del Centro
Mexicano de Escritores, ingresó a la Academia Mexicana
de la Lengua (1964) y le fueron concedidos los premios Villaurrutia
(1984), Alfonso Reyes (1986) y Nacional de Lingüística
y Literatura (1987).