Amistades históricas: Montaigne y De la Boétie
Por Ricardo Sáenz Hayes

Ver También: DE LA SOLEDAD. Por Montaigne

 

Nadie distribuye su dinero a los demás, pero todos
reparten su tiempo y su vida: nada hay de que seamos
tan pródigos como de estas cosas, de las cuales
únicamente la avaricia nos sería útil y laudable.

(MONTAIGNE, Ensayos. Lib. III capítulo X.)


I

Me acompaño de los Ensayos como de un antídoto contra las arremetidas del tedio enervante. Busco lo que me hace falta o deseo: sabor de antigüedad, para gozo del espíritu, y estoica resignación como norma de conducta. En cualquier caso, estas páginas tienen para mí el privilegio de convertirse en remanso de la inquietud. De ellas vengo y a ellas voy; valga la glosa lopesca en remembranza de sus soledades. y no satisfecho con mi particular contentamiento, me place pregonarlo entre quienes, con la ilusión de lo nuevo vuelven la espalda a lo aparentemente fenecido. Tengo para mí, aunque la confesión suene a paradoja, que lo nuevo está en lo añejo. Las obras del espíritu no se acreditan sino a través de varias generaciones, cuando no de períodos seculares. Su juventud y vigor, a diferencia de la materia perecedera, es un incesante renacimiento. Mas no he de reanudar aquí la querella de los antiguos y de los modernos. Me circunscribo, lisa y llanamente, a señalar una preferencia, un objeto de admiración que no se entibia, un motivo de íntima delectación.

Michel Eyquem de Montaigne


Yo bien me sé que la lectura de Montaigne no colma a todos los espíritus. Las mujeres intelectuales no aceptan las bromas del gascón; los jóvenes se aburren; los tímidos se alejan; los castos se ruborízan con sólo pensar en ciertos capítulos, en el que trata de unos Versos de Virgilio, verbigracia, y los místicos tiemblan de repulsión por el presunto contenido epicúreo de esa moral. Pascal abomina de él, es verdad, y encuentra odioso el «yo» que a cada instante fluye de los puntos de la pluma (1). Pero Pascal le odia después de haber amado y asimilado su más preciosa quintaesencia. ¿De quién habla Pascal con M. de Saci en la abadía de Port Royal sino de Montaigne? ¡Y qué fervor pone en la plática, y qué persistencia demuestra en el recuerdo cuando en el magnífico desorden de los Pensamientos asoma el perigordano como algo inseparable de la vida pascaliana! Hay quienes señalan cierto cinismo en el afán de contarnos lo que todo el mundo calla. Hasta Montaigne debió de llegar el reproche, pues supo contestarlo a tiempo: Je me suis ordonné d'oser dire tout ce que j'ose faite; et me desplais des pensées mémes impubliables. «Yo me impuse decir todo cuanto me atrevo a hacer; y me disgustan hasta los pensamientos mismos cuando son impublicables». Y agrega: «La peor de mis acciones y condiciones no me parece tan fea como encuentro horrible y cobarde el no determinarme a revelarla.»

¿Hemos de cambiarle el alma a quien la tiene diversa y múltiple, osada, honda y mudable? No aceptar a los hombres como son es moverles guerra. La pretensión de modelarlos en armonía con nuestros gustos e ideologías es el origen de las intolerancias y de los crímenes que en la historia se registran. Sin decapitar a nadie, busquemos el gozo espiritual en donde debemos hallarlo, en las vidas y obras afines a las nuestras.

Montaigne es egoísta, afirma Sainte Beuve con más acrimonia que justicia; un egoísta y cobarde cuando abandona las funciones de alcalde de Burdeos en la hora del peligro y el deber. «Hombre honrado, sí -escribe el crítico -, pero gran corazón, no» (2). Caben algunos reparos. En el desempeño de funciones públicas puede el egoísmo no ser obstáculo para que, por ejemplo, sea administrado correctamente el caudal colectivo, con lo cual sentará nombradía el gobernante que así proceda. Sin embargo, el gobierno de una ciudad o de un país no se limita a la tarea de administrar fondos. Hay muchedumbre de asuntos para cuya resolución se requieren cualidades intelectuales y morales por cima de las comunes. El gobernante egoísta reflejará su carácter en su política interna y externa. Le faltarán amplias miras, generosidad de espíritu, actos espontáneos, rasgos de entusiasmo. Se hundirá en la frialdad de una indiferencia imperturbable. Permanecerá insensible ante el dolor ajeno.

Consideremos cómo y hasta dónde el reproche de Sainte Beuve es exacto. Montaigne ama la tranquilidad por sobre todas las cosas. Ningún placer es comparable con el que experimenta en la reclusión de su torre libresca. Hasta ella no llegan la voz del odio ni las preocupaciones domésticas de menor cuantía. «Miserable, a mi ver -exclama-, quien en su agujero no tiene donde meterse, donde hacer particularmente su corte, donde ocultarse.» Este anhelo de soledad no lo comprenden los que buscan el comercio de los demás. Para los seres sociables, con poderoso instinto gregario, el que se aleja es egoísta o misántropo. Montaigne poco se cuida de que le califiquen de una u otra manera. Él necesita escribir sus Ensayos. ¿Cómo y en dónde podrá escribirlos? En la soledad. «La soledad que amo y predico consiste principalmente en acarrear hacia mi interior mis afecciones y pensamientos; consiste en abreviar o concertar, no mis pasos, sino mis deseos y cuidados, resignando la solicitud extraña y huyendo mortalmente de toda obligación y servidumbre, y no tanto la multitud de hombres como la de los negocios.» Montaigne es claro y persuasivo. Se ha impuesto la soledad como un deber imperioso. De no hacerlo, se entregaría a su natural expansivo y parlero. En la soledad halla incentivos especiales: «La soledad local más bien me extiende y amplifica el exterior. Yo me lanzo a los negocios de Estado y al universo entero con facilidad mayor cuando me encuentro solo». En el Louvre, que frecuenta en su condición de gentilhombre, se produce una mudanza repentina. «En el Louvre y en el tropel de la sociedad cortesana, me reconcentro y contraigo en mi pellejo; la multitud me empuja hacia adentro, y jamás converso conmigo mismo tan loca, licenciosa y particularmente como cuando me hallo en los lugares de respeto y de prudencia ceremoniosa». Y no es que tales cosas le acontezcan por falta de hábito, antes al contrario: «No soy por temperamento enemigo de la agitación cortesana; en ella he pasado una parte de mi vida y habituado estoy a conducirme desenvueltamente en las selectas compañías, mas ha de ser por intervalos y cuando a ello me sienta predispuesto.» Un tal hombre, cabe reconocerlo, no es el más indicado para desempeñar funciones públicas, que nunca fueron de su agrado, y de las que supo defenderse las más de las veces. ¿Por qué sale ahora de su amada torre de meditación y embeleso? ¿Para qué se aventura en tan prosaicos menesteres? jAy! No todo lo que hacemos suele ser fruto de nuestra voluntad. Hay una suerte de fatalismo que nos impulsa muchas veces a vivir de muy distinta manera de lo que quisiéramos. Si cada cual actuara en el ambiente que le corresponde, desempeñando la tarea que más se ajusta a la particular idiosincrasia, el número de los fracasados se reduciría considerablemente, y los negocios de este mundo marcharían con menos tropiezos. Pero el orden armónico, la disciplina, el encanto de la perfección son cosas que están casi fuera de nuestra órbita. Empeñamos dura lucha cotidiana con el destino y con nuestros semejantes, y no logramos mejorarnos ni enmendar la que nos rodea.

Mucho hizo Montaigne por agradar a su padre, a quien amaba de verdad. La pasión de este hijo por el autor de sus días fue apasionada y excluyente. Sabido es que nunca habla de la madre, con quien vive bajo el mismo techo hasta la hora postrera. Los más cálidos elogios que campean en los Ensayos van dirigidos «al mejor de los padres», a quien otorga las más raras cualidades intelectuales y morales, y en un todo, según propia confesión, superior a él: «el alma más caritativa y amiga del pueblo que yo haya conocido». Mas si no logra imitarle en punto a desprendimiento -en el sentido de hacer suyos los ajenos dolores -, sabe hacerle feliz al no contrariar sus esperanzas. Prueba de ello es el ingreso en el Parlamento de Burdeos. Los trece años consecutivos que Montaigne pasa en ese ambiente de pleitos y de mala fe son el verdadero gran sacrificio de su vida. Pero complace al padre, sensible en extremo a los honores oficiales ya la consideración pública (3).

A obediencia filial se debe la participación de Montaigne en la vida pública. La primera elección como alcalde de Burdeos se hizo en buena parte para testimoniarle al hijo el honroso recuerdo dejado por el padre en la memoria de sus conciudadanos. Es cosa averiguada que Montaigne, en un período de su existencia, renuncia a sus gustos y predilecciones y hace lo contrario de cuanto le convenía hacer. No busca la admiración fácil y bullanguera del Vulgo. El nombramiento de alcalde le llega inesperadamente, cuando se halla ausente del país, en los baños de Luca, Italia, en septiembre de 1581. ¿Cuál es el primer impulso? Sin pararse a meditar en la dignidad que ello implica, se sienta a escribirles a los jurados de Burdeos para excusarse de manera franca. Piensa, sin duda, en lo que inmediatamente perderá en el caso de aceptar la tranquilidad inalterable de su amable retiro, la honda delectación que le brinda su torre de libros: las horas meditativas, los animados diálogos con las sombras de la filosofía y de la historia. ¡Qué dolorosos y cruentos adioses! ¡No más Platón ni Epicuro; no más Plutarco ni Séneca! ¡No más poetas latinos: Horacio, Tibulo, Lucano, Virgilio! Y los momentos que Tácito procura a quien se acerca a gozar de sus relatos. El tercer libro de los Ensayos, postergado Dios sabe hasta cuándo... Comprende que todo eso se pierde para siempre como por arte de ensalmo.

Los jurados de Burdeos distan mucho de adivinar este género de zozobras en el espíritu de Montaigne. Antes bien, la impresión que experimentan es de estupor. ¿Hay un hombre que se niega a recibir el gobierno de la ciudad nada menos que de las manos de un mariscal de Francia? ¡Muera el egoísta! Que deje todo, familia, libros, aguas termales. ¿Su salud no es buena? No importa. En virtud de la inexorable ley que impone las obligaciones que más contrarían, Montaigne tiene que ser alcalde de Burdeos. El rey, enterado de la negativa, se lo impone. Y una vez más el hombre se inclina. Se inclina buena, humildemente, sin acento de queja, pues quien así pro- cede es un filósofo estoico educado en la escuela de la resignación. Día vendrá en que le sea dable libertarse de esos afanes no buscados por él. En el entretanto cumple con su deber. y lo cumple acertadamente, según se desprende del significado que tiene la segunda designación, una vez expirado el primer período. Nada de esto quiere decir que les haya entregado el alma a sus compatricios. ¡Ah, no, eso no! Ni que se diera en alquiler, según propia expresión: «Los hombres se entregan en alquiler: sus faculta- des no son para ellos; son para las gentes a quienes se avasallan; sus inquilinos viven en ellos, no son ellos quienes viven... Es necesario economizar la libertad de nuestra alma y no hipotecarla sino en las ocasiones justas.»

Michel Eyquem de Montaigne


Erasmo pondera una sentencia de Platón, según la cual, felices serían los pueblos si los reyes fuesen filósofos o si los filósofos fuesen reyes. Este dualismo es peregrino. El caso de un Lorenzo el Magnífico, príncipe, poeta y filósofo, no es de los que se repiten. El ejemplo de Montaigne en la municipalidad de Burdeos es considerado edificante hasta que Sainte Beuve, en el siglo XIX le juzga y condena. ¿De qué le acusa? De frialdad e indiferencia y de haber abandonado el puesto en momentos de suma gravedad. ¿Puede decirse que es frío el hombre locuaz, sensual y curioso que ahora nos acompaña ? Su moral aconseja muchas veces la indiferencia como me- dio seguro de conservar la paz. Pero la moral no se ajusta siempre a la conducta, ni la que piensa el filósofo suele hacerlo el hombre en el comercio cortesano. Montaigne habla sobre el particular en el magnífico capítulo que le dedica al «Gobierno de la Voluntad»: (4) «He oído decir que es menester olvidarse de sí mismo en provecho ajeno; pero la particular nada significa comparado con lo general. La mayor parte de las reglas y preceptos del mundo toman este camino de lanzarnos fuera de nosotros, arrojándonos en la plaza pública para uso de la pública sociedad. Hay que compartir esa creencia. El filósofo debe huir de las agitaciones, mas en caso de no poder evitarlas, hará lo posible para que su nombradía no sufra mengua. «Pude yo mezclarme en los empleos públicos sin apartarme de mí ni siquiera en lo ancho de una uña, y darme a otro sin abandonarme a mí mismo). El altruísmo no supone el olvido de los deberes que atañen a la familia ya la propia persona. Sainte Beuve no lo entiende así cuando le reprocha la ausencia de Burdeos durante el mes de la temible peste que siembra la muerte en la región. «Es de lamentar que el período de alcalde no terminara en el verano de 1585. Por el mes de junio habría salido del ejercicio de su cargo con todos los honores de la guerra. En cambio, lo que sigue y el fin son menos bellos, aunque yo no vea que nadie en su tiempo le haya hecho un reproche formal». Ningún género de causas atenuantes conmueven al crítico, si bien abundan, según es de suponer. Montaigne estaba en el último mes del ejercicio legal de su mandato, y al cundir la peste se hallaba en su castillo de Perigord. Poco después su familia sufría los efectos de la epidemia y la casa era asaltada, como tantas otras, por bandoleros. ¿Debió abandonar a los suyos para correr a Burdeos? ¿Y qué es lo que habría remediado con su presencia en la capital ? En carta del 30 de julio, les escribió a los jurados: «No ahorraré la vida ni cosa alguna por vuestro servicio y os dejo juzgar si el que puedo ha- ceros con mi presencia en la próxima elección (de nuevo alcalde) vale que me arriesgue yendo a la ciudad». Los jurados se dieron por satisfechos.

¿Es verosímil que los contemporáneos del gentil- hombre no le hayan acusado por falta de cumplimiento en sus deberes? El silencio y falta de pruebas condenatorias es significativo. Nadie le mira con malos ojos ni él cree necesario defenderse de lo que no fue puesto en tela de juicio. Tampoco podía columbrar, por avizor que fuese, que en la décimanona centuria le echarían en cara lo que no llegó a ser materia de discusión en las postrimerías del siglo XVI.

Hombre honrado y gran corazón, cabe afirmar, porque la honradez sale del corazón. ¿Podía no ser grande en el mundo afectivo el idealizador de su amistad con La Boétie? Sainte Beuve sabe de esto y le rinde justiciero tributo cuando traza el retrato de La Boétie.



II

El más grande que haya conocido a lo vivo,
el mejor nacido fue Esteban de la Boétie.
Ensayos, lib. II cap. XVII

¿En dónde hallar, a lo vivo, los rasgos morales que singularizaron a Esteban de La Boétie? Segada su existencia cuando comenzaba a estar en sazón, la obra por él dejada es harto precaria. El símil de la columna trunca se impone en este caso, y es empleado aún por los que más horror sienten por el lugar común. Fue la suya la columna de un templo que no llegó a construirse. Solitaria ha quedado entre ajenas ruinas, esbelta de líneas y melancólica frente al incierto destino. Mas a poco de mirar en torno de ella, descubrimos la preciosa vecindad de una selva encantada, con trinos múltiples, rumor de fuentes y frescura protectora de frondas. Es la selva de Montaigne, reparadora de fuerzas y dispensadora de olvidos saludables. Entremos, una vez más, a escucharnos vivir sin sobresaltos, y a dormir con la dulce almohada que el gascón recomienda: «¡Oh, cuán dulce almohada, blanda y sana, es la ignorancia y la falta de curiosidad para el reposo de una cabeza bien conformada!»

Michel Eyquem de Montaigne


Después de releer los sonetos de La Boétie y el discurso sobre la Servidumbre voluntaria, me he preguntado lo que habría sido del autor y del libro, de no haber mediado la apología de Montaigne. ¿Fue en realidad un hombre extraordinario el muy loado La Boétie? Los sonetos no son como para inmortalizar a nadie, y mucho menos en el siglo XVI, que se llena con las armonías de Ronsard y Du Bellay. En lo que al discurso toca, interesa mucho más por el contenido y alcance ideológico. La forma es vacilante y denuncia escasa edad, los dieciocho años que al autor se le atribuyen. Entre esa edad y los treinta y tres, en que fallece, la personalidad de La Boétie debió de aguzarse sobremanera, según se deduce por el ascendientte moral que ejerce entre sus amigos y colegas del Parlamento de Burdeos. Era el suyo un carácter rígido en punto a costumbres, virtud secundada por un natural más bien frío, poco inclinado a expansiones que no fueran las del espíritu. De ahí el continente envuelto en un aire de severidad que dificultaba a veces el trato. Mas con un comercio más asiduo, la empacada exterioridad desaparecía, descubriéndose entonces un fondo sensible a la ternura. Hombre acabado en el sentido de que reunía notable conjunto de cualidades superiores. «Conozco bastantes hombres a quienes adornan algunas prendas dignas de alabanza -observa Montaigne-... Mas grande hombre en todo, que posea juntas tan hermosas prendas, o una en el grado de excelencia que merezca admirársele o comparársele con los que del tiempo pasado honramos, la fortuna no me ha hecho ver ninguno. El más grande que haya conocido a lo vivo..., el mejor nacido, fue Esteban de La Boétie. Era éste, a no dudarlo, un alma cabal, que mostraba un semblante hermoso invariablemente, un alma a la vieja usanza que hubiera realizado grandes empresas si el destino lo hubiese consentido.»(5) .

Mucho es lo que sugieren estas vidas que se extinguen prematuramente: flores que se agostan con las primeras luminarias, o caminantes que se inclinan, agobiados, en el primer recodo. Si es un espíritu promisorio el que se va cuando apenas amanece, le concedemos ingenio, dones y virtudes sin ejemplo, lo magnificamos y elevamos a cimas que acaso nunca habría logrado escalar. Pudo hacer esto y aquello y lo de más allá, nos decimos, sin sospechar ni admitir que pudo ser todo lo contrario o mucho menos. Ante la muerte nos volvemos generosos... La privación de la vida para. quienes no la miran con la fría retina del filósofo estoico es la mas grande de las desdichas, y por modo especial en la hora de los disfrutes, en la posesión soberana de los sentidos, en la salud que se regocija con el espectáculo primoroso del mundo, tanto más bello cuanto más amargo, tanto más deseable cuanto más cruel. ¡Y la que se deja de ver, de sentir, de amar, de admirar! Dolor inmenso que sabe expresar Laforgue en aquel su verso de Les Complaintes:

Je puis mourir demain et j'ai ne pas aimé.

Los griegos, que dieron muestras de amar la vida con inteligencia y penetración no igualada, celebraban, con mitos apropiados, la muerte de los jóvenes. Hay en ello un evidente contrasentido. Los seres que a hora temprana descendían a la lúgubre morada de Plutón, de lo único que se lamentaban era de no volver a ver el sol... ¡De lo único! Pues eso era todo. El sol nos despierta jubilosamente cada mañana, nos infunde placer y optimismo, nos renueva la esperanza, nos embellece el amor. ¿De qué sirve una existencia sin sol en un más allá lejano y misterioso? Debido a su ausencia es que caminan lenta y melancólicamente las sombras ilustres en la semiluz de la pradera de asfodelos. Proserpina me parece más seductora antes del rapto, cuando riente y feliz recorre con su madre las tierras de Sicilia. Después, en el reino de las tinieblas, es una Venus en extremo fúnebre a cuyos brazos helados van los jóvenes a dormir un sueño sin caricias ni despertar.

Con todo, La Boétie no se marchó de este mundo sin conocer antes dos singulares placeres: el amor de su afable compañera y la amistad de Montaigne. Y bien supo gozarlos a entrambos con intensidad y nobleza, de suerte que en la hora postrera, y con entero dominio de su conciencia, pudo apreciar lo que con ello perdía. Pero no tembló ante la Desconocida... El lector de Epicteto y de Marco Aurelio sacó fuerzas de flaquezas para morir con la dignidad de un filósofo. Quién sabe si no le vinieron a la mente los conceptos del viejo Menandro: «El hombre amado de los dioses, muere pronto. El más dichoso es el que, sin pesares en la vida, después de contemplar sus hermosos espectáculos: el sol, el agua, las nubes y el fuego, regresa prontamente al sitio de donde ha venido. Cuanto vio, viva un siglo o viva pocos años, lo verá siempre igual, y no verá nada más hermoso. Considera la vida como un viaje y el mundo como una feria extranjera, un sitio de emigración para los hombres. Si partes de los primeros, tu viaje es el mejor; te marchas provisto de lo necesario y sin tener enemigos. El que tarda en partir se fatiga y pierde sus recursos. Envejece, cae en la indigencia, encuentra enemigos que le tienden redes, y se marcha penosamente porque ha visto demasiado». Conceptos muy semejantes, que fueron de la antigüedad, se leen en la carta que Montaigne le escribe a su padre para relatar la muerte del amigo dilecto. «Hermano mío, amigo -le dijo La Boétie -, te aseguro que hice bastantes cosas en mi vida con igual quebranto y dificultad que ésta... Hace mucho tiempo que estaba preparado a este trance y que sabía de memoria mi lección. ¿Pero no es vivir bastante el llegar a la edad en que me veo? Me encontraba ya presto a entrar en los treinta y tres años. Dios me otorgó la gracia de que toda la existencia pasada hasta este momento de mi vida fuese llena de salud y dicha: merced a la inconstancia de las cosas humanas, esto apenas podía durar. Era llegada la época de internarse en los negocios y de ver mil cosas ingratas, como la incomodidad de la vejez, de la cual me veo libre por este medio...» Envejecer y ver demasiado, dice Menandro. Ver mil cosas ingratas y envejecer, repite La Boétie.

Sí, pero por breve que sea la existencia, siempre hay tiempo de contemplar el espectáculo de las humanas discordias. La prueba la tenemos en el propio La Boétie. La época que le toca en suerte dista mucho de ser la más propicia para un temperamento de suyo apacible y amante de la paz. ¿Cómo ha de entregarse, sin alarmas, al culto de las dulces musas latinas, si Francia se desgasta en luchas internas? Las guerras de religión asolan los campos. Los combatientes toman a saco las ciudades, disgregan las familias, arman de continuo el puñal homicida en la trama sigilosa. Los ojos de La Boétie ven muertes, incendios, ejecuciones inauditas, a semejanza de la que lleva a término el condestable de Montmorency en Burdeos. Conoce a los grandes, corrompidos y corruptores -los Valois y los Guisa-, y ve al pueblo sumido en esclavitud y horrenda miseria. ¿No hace nada, no dice nada contra la iniquidad? Sí. Le confía a la pluma el discurso sobre la Servidumbre voluntaria o el Contra uno, que ha sido considerado como el sistema precursor de la filosofía reivindicadora de los derechos naturales. No es, pues, de extrañar que los revolucionarios de fines del siglo XVIII. francés le miren como a venerable antecesor. Sin el lirismo de Rousseau ni el colorido de su prosa rítmica, La Boétie argumenta en el mismo orden de ideas del ginebrino. «Si hay algo ,claro y aparente en la naturaleza -escribe La Boétie -, es que ella, ministro de Dios y gobernadora de los hombres, nos ha hecho a todos de una misma forma y, al parecer, en el mismo molde, a fin de que entre nosotros nos conozcamos como compañeros o más bien como hermanos...» La hermandad de los hombres proviene del principio igualitario que en la naturaleza rige: «Esta buena madre nos ha dado a todos la tierra por morada; nos ha alojado a todos en una misma casa, nos ha dado una figura común a fin de que cada uno se pueda reconocer en los otros; nos ha dado en común el gran presente de la vida y la palabra para que nos familiaricemos y fraternicemos unos con otros y de continuo.»

Bien lejos estamos aquí de cuanto afirma Hobbes en la última parte del siglo XVI, esto es, que habiendo sido los hombres, en su estado natural, lobos entre sí, para librarse de tan horrenda situación tuvieron que someterse incondicionalmente al príncipe, amo y señor absoluto que salva a sus vasallos de las peores miserias y de la muerte. La Boétie, por el contrario, cree en la bondad de la Naturaleza, y en los vínculos de amor capaces de unir a los hombres: «No hay que dudar que somos todos libres naturalmente, puesto que somos compañeros, y no puede entrar en el entendimiento de nadie que la Naturaleza haya puesto a algunos en servidumbre, habiéndonos puesto a todos en compañía». Sentado el principio de que los hombres nacen iguales, La Boétie pasa a demostrar que si hay esclavos la culpa es de quienes soportan el yugo, «pues el tirano es uno solo y ellos son todos contra uno». La libertad se obtiene cuando se la desea con fervor. Son libres únicamente los que quieren serlo: «Para recobrar la libertad no se necesita más que desearla; no hay necesidad más que de un simple querer. ¿Se hallará nación en el mundo que la quiera obtener más cara pudiéndola ganar con sólo querer?» (6).

Estas ideas no son del todo originales. ¿Quién en este mundo, en las esferas del pensamiento y de la acción, ha sido rigurosamente original? Para Sainte Beuve la Servidumbre voluntaria o el Contra uno es la tragedia colegial de La Boétie, «obra declamatoria, griega y romana, contra los tiranos» (7). Por su parte, Paul Janet descubre en los Adagios, de Erasmo, el mismo concepto de servidumbre voluntaria. «Compulsad la historia antigua y moderna -escribe Erasmo -y apenas hallaréis dos príncipes que por su ineptitud no hayan atraído los mayores males sobre la humanidad... ¿ Y a quién quejarse sino a nosotros mismos? ¡No confiamos el gobierno de una embarcación sino a un experimentado piloto, y el gobierno del Estado lo ponemos en manos de cualquiera!». Lo que Erasmo aplica a los monarcas absolutos es aplicable a los gobiernos hijos del sufragio universal. El pueblo suele darse gobernantes que proceden a la manera de amos irresponsables, ambiciosos y audaces, y en muchos casos semianalfabetos, que establecen dictaduras invocando para ello la razón suprema del destino de la nación. Y las mayorías sumisas y regimentadas, los esclavos voluntarios, sugestionados con el dogma de la soberanía popular, toleran las peores atrocidades contra la libertad individual en nombre de la libertad y de la ficción del soberano sin soberanía.

Si Esteban de La Boétie no fuera capaz de ofrecer otros atributos dignos de perdurable recordación, el Contra uno bastaría para salvarle del olvido. Vemos el secular anhelo de justicia humana en esa juvenil declamación contra las tiranías. Toda nuestra dignidad, reside, en nuestro pensamiento, según Pascal. ¡Cuanto más digno será el hombre que enseñe a pensar en la libertad propia y ajena y que busque los medios eficaces de asegurarla! La Boétie es eso. Lanza la idea de la servidumbre voluntaria para establecer, por contraste, lo poco que vale un usurpador de soberanía y lo mucho que representa y puede esperarse del pueblo si se le educa y orienta por las amplias sendas de la libertad. Lo mucho que puede esperarse... Pero los siglos suceden a los siglos y el problema permanece insoluble. Los esclavos voluntarios de la Edad Moderna obedecen como los de la edad antigua. Es posible que La Boétie comprendierá, al fin y a la postre, que su pensar sería vano, que su voz no sería oída ni por los mismos interesados. Y al mirar en torno suyo, ante la degradación de los poderosos y la miseria del rebaño humano, acaso se le oprimiera el pecho de amargura. ¡Si al menos le fuese permitido no ver más el escenario de fratricidas contiendas! Si se le presentara la hora venturosa de huir lejos en pos de reposo para el cuerpo y para el espíritu con el olvido de las tribulaciones europeas. Por entonces ya circulaban noticias verídicas sobre el descubrimiento de un mundo nuevo, y los eruditos y aventureros se llenaban de estupor con los relatos orales de algunos testigos y con la lectura de crónicas detalladas. ¡Cuánta curiosidad despertó todo eso qué sensación de misterio estremeció a Europa!

La Boétie, en el colmo de la desesperanza, vuelve mirada a ese continente ignoto y escribe la intensa composición latina que les dedica a sus amigos Montaigne y Bellot. ¿Qué hacer ante la ruina de Francia? Él lo dirá: «Mejor habría valido huir antes que después de la ruina de Francia para ahorramos el funesto espectáculo... ¡Ah!, los dioses también parece que nos aconsejaran la fuga al mostrarnos esas nuevas tierras que se extienden al Occidente...» La indulgencia de los dioses era tan ilimitada que, para atenuar las calamidades de Europa, preparaban un asilo a los pueblos fugitivos, y hacían surgir, «del seno de los vastos mares, un mundo virgen, todavía húmedo...»Vuela la imaginación del poeta por las selvas misteriosas de América, por sus valles y montañas, y enseguida revela el melancólico deseo: «Es allá adonde debemos ir, adonde debemos llegar a fuerza de remos y de velas desplegadas; allá, al menos, no he de ver, ¡oh, Francia!, tu muerte, y lejos de las discordias civiles podré, colono oscuro, rehacer una morada humilde ...»

Así adquiere excepcional relieve la fisonomía de La Boétie. La libertad es para él una condición de vida, como el aire y la luz. No sabe respirar en ambientes de cobardía y servidumbre. y tampoco sabe transigir con los déspotas. El escritor que aconseja la tiranía de uno contra todos, o de una casta o clase sobre el inmenso conglomerado social y humano, es un ser despreciable, inmoral, abyecto. La Boétie se convierte en el arquetipo del héroe civil. Cuando los hombres, debido a herencias seculares, están conformados orgánicamente para la obediencia, él sueña con la libertad. Mas no se reduce a soñarla. Pregona sus afanes en afables parlerías, los describe y canta. Y cuando, según hemos visto, advierte que todavía no hay tierra propicia para la siembra, toda su persona se envuelve en un aire de severa, digna y altiva tristeza.



(1) «El tonto designio que tiene que escribirse a sí mismo», dice Pascal. Los señores del Port Royal lo condenan sin atenuantes. «Uno de los rasgos más indignos de un hombre honrado es que afecta Montaigne: habla sólo de sus humores, de sus inclinaciones, de sus fantasías, de sus enfermedades y hasta de sus vicios; ello proviene de falta de juicio tanto como de un amor propio desmesurado».
(2) Sobre el asunto de la Alcaldía y la peste en Burdeos hablo por extenso en mi libro Miguel de Montaigne, cap. XII, págs. 236 y siguientes.
(3) A pedido de su padre, emprendió Montaigne la tarea de traducir la Teología, de Raimundo Sabunde, natural de Barcelona, médico, filósofo y teólogo, -venerable varón y profesor egregio, según se lee en la edición de su obra hecha en Estrasburgo en 1496; Montaigne hace una referencia en los Ensayos, en el extenso capitulo titulado «Apología de Raimundo Sabunde». «Pedro Brunel -escribe -, persona de gran reputación de saber en su tiempo, habiendo estado en Montaigne algunos días al lado de mi padre, le hizo elogios de un libro que se titula Teología naturalis... Y porque la lengua italiana y española eran familiares a mi padre, se lo recomendaba como un libro muy útil y oportuno en aquella ocasión en que comenzaban a acreditarse las doctrinas de Lutero... Pocos días antes de su muerte, mi padre tuvo la fortuna de encontrar ese libro entre otros papeles olvidados, y me encargó que lo tradujese en lengua francesa.» Montaigne cumple con lo prometido y da la obra a la publicidad.
(4) Ensayos. lib, III cap, x.
(5) Esteban de La Boétie nació en Sarlat, Pertgord, el 19 de noviembre de 1530. Estudió derecho en la Universidad de Leyes de Orleans y se incorporó luego al Parlamento de Burdeos en cuyo seno fue uno de los más autorizados consejeros.
(6) En 1570, cuando Montaigne dio a publicidad los papeles inéditos de La Boétie, omitió el Contra uno, asegurando que se reservaba para otra oportunidad. El opúsculo fue impreso en 1574 ó 1577 por los hugonotes, quienes se valieron de él como arma contra la familia real y católica. ¿Cómo pudieron hacer eso si la única persona que poseía el opúsculo era Montaigne? ¿Le fue substraido a Montaigne, o éste, según los maliciosos, lo facilitó a los protestantes para que combatieran a Enrique III? Pero no entremos en el terreno de las conjeturas peligrosas que deleitan al doctor Armaingaud.
(7) Villemain dice de la Servidumbre voluntaria que es una especie de «manuscrito antiguo, encontrado en las ruinas de Roma, bajo la estatua rota del más joven de los Gracos».




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