Nadie distribuye su dinero a los demás,
pero todos
reparten su tiempo y su vida: nada hay de que seamos
tan pródigos como de estas cosas, de las cuales
únicamente la avaricia nos sería útil
y laudable.
(MONTAIGNE, Ensayos. Lib. III capítulo X.)
I
Me acompaño de los Ensayos como de un antídoto
contra las arremetidas del tedio enervante. Busco lo que
me hace falta o deseo: sabor de antigüedad, para gozo
del espíritu, y estoica resignación como norma
de conducta. En cualquier caso, estas páginas tienen
para mí el privilegio de convertirse en remanso de
la inquietud. De ellas vengo y a ellas voy; valga la glosa
lopesca en remembranza de sus soledades. y no satisfecho
con mi particular contentamiento, me place pregonarlo entre
quienes, con la ilusión de lo nuevo vuelven la espalda
a lo aparentemente fenecido. Tengo para mí, aunque
la confesión suene a paradoja, que lo nuevo está
en lo añejo. Las obras del espíritu no se
acreditan sino a través de varias generaciones, cuando
no de períodos seculares. Su juventud y vigor, a
diferencia de la materia perecedera, es un incesante renacimiento.
Mas no he de reanudar aquí la querella de los antiguos
y de los modernos. Me circunscribo, lisa y llanamente, a
señalar una preferencia, un objeto de admiración
que no se entibia, un motivo de íntima delectación.
 |
Yo bien me sé que la lectura de Montaigne no colma
a todos los espíritus. Las mujeres intelectuales
no aceptan las bromas del gascón; los jóvenes
se aburren; los tímidos se alejan; los castos se
ruborízan con sólo pensar en ciertos capítulos,
en el que trata de unos Versos de Virgilio, verbigracia,
y los místicos tiemblan de repulsión por el
presunto contenido epicúreo de esa moral. Pascal
abomina de él, es verdad, y encuentra odioso el «yo»
que a cada instante fluye de los puntos de la pluma (1).
Pero Pascal le odia después de haber amado y asimilado
su más preciosa quintaesencia. ¿De quién
habla Pascal con M. de Saci en la abadía de Port
Royal sino de Montaigne? ¡Y qué fervor pone
en la plática, y qué persistencia demuestra
en el recuerdo cuando en el magnífico desorden de
los Pensamientos asoma el perigordano como algo inseparable
de la vida pascaliana! Hay quienes señalan cierto
cinismo en el afán de contarnos lo que todo el mundo
calla. Hasta Montaigne debió de llegar el reproche,
pues supo contestarlo a tiempo: Je me suis ordonné
d'oser dire tout ce que j'ose faite; et me desplais des
pensées mémes impubliables. «Yo
me impuse decir todo cuanto me atrevo a hacer; y me disgustan
hasta los pensamientos mismos cuando son impublicables».
Y agrega: «La peor de mis acciones y condiciones no
me parece tan fea como encuentro horrible y cobarde el no
determinarme a revelarla.»
¿Hemos de cambiarle el alma a quien la tiene diversa
y múltiple, osada, honda y mudable? No aceptar a
los hombres como son es moverles guerra. La pretensión
de modelarlos en armonía con nuestros gustos e ideologías
es el origen de las intolerancias y de los crímenes
que en la historia se registran. Sin decapitar a nadie,
busquemos el gozo espiritual en donde debemos hallarlo,
en las vidas y obras afines a las nuestras.
Montaigne es egoísta, afirma Sainte Beuve con más
acrimonia que justicia; un egoísta y cobarde cuando
abandona las funciones de alcalde de Burdeos en la hora
del peligro y el deber. «Hombre honrado, sí
-escribe el crítico -, pero gran corazón,
no» (2). Caben algunos reparos. En el desempeño
de funciones públicas puede el egoísmo no
ser obstáculo para que, por ejemplo, sea administrado
correctamente el caudal colectivo, con lo cual sentará
nombradía el gobernante que así proceda. Sin
embargo, el gobierno de una ciudad o de un país no
se limita a la tarea de administrar fondos. Hay muchedumbre
de asuntos para cuya resolución se requieren cualidades
intelectuales y morales por cima de las comunes. El gobernante
egoísta reflejará su carácter en su
política interna y externa. Le faltarán amplias
miras, generosidad de espíritu, actos espontáneos,
rasgos de entusiasmo. Se hundirá en la frialdad de
una indiferencia imperturbable. Permanecerá insensible
ante el dolor ajeno.
Consideremos cómo y hasta dónde el reproche
de Sainte Beuve es exacto. Montaigne ama la tranquilidad
por sobre todas las cosas. Ningún placer es comparable
con el que experimenta en la reclusión de su torre
libresca. Hasta ella no llegan la voz del odio ni las preocupaciones
domésticas de menor cuantía. «Miserable,
a mi ver -exclama-, quien en su agujero no tiene donde meterse,
donde hacer particularmente su corte, donde ocultarse.»
Este anhelo de soledad no lo comprenden los que buscan el
comercio de los demás. Para los seres sociables,
con poderoso instinto gregario, el que se aleja es egoísta
o misántropo. Montaigne poco se cuida de que le califiquen
de una u otra manera. Él necesita escribir sus Ensayos.
¿Cómo y en dónde podrá escribirlos?
En la soledad. «La soledad que amo y predico consiste
principalmente en acarrear hacia mi interior mis afecciones
y pensamientos; consiste en abreviar o concertar, no mis
pasos, sino mis deseos y cuidados, resignando la solicitud
extraña y huyendo mortalmente de toda obligación
y servidumbre, y no tanto la multitud de hombres como la
de los negocios.» Montaigne es claro y persuasivo.
Se ha impuesto la soledad como un deber imperioso. De no
hacerlo, se entregaría a su natural expansivo y parlero.
En la soledad halla incentivos especiales: «La soledad
local más bien me extiende y amplifica el exterior.
Yo me lanzo a los negocios de Estado y al universo entero
con facilidad mayor cuando me encuentro solo». En
el Louvre, que frecuenta en su condición de gentilhombre,
se produce una mudanza repentina. «En el Louvre y
en el tropel de la sociedad cortesana, me reconcentro y
contraigo en mi pellejo; la multitud me empuja hacia adentro,
y jamás converso conmigo mismo tan loca, licenciosa
y particularmente como cuando me hallo en los lugares de
respeto y de prudencia ceremoniosa». Y no es que tales
cosas le acontezcan por falta de hábito, antes al
contrario: «No soy por temperamento enemigo de la
agitación cortesana; en ella he pasado una parte
de mi vida y habituado estoy a conducirme desenvueltamente
en las selectas compañías, mas ha de ser por
intervalos y cuando a ello me sienta predispuesto.»
Un tal hombre, cabe reconocerlo, no es el más indicado
para desempeñar funciones públicas, que nunca
fueron de su agrado, y de las que supo defenderse las más
de las veces. ¿Por qué sale ahora de su amada
torre de meditación y embeleso? ¿Para qué
se aventura en tan prosaicos menesteres? jAy! No todo lo
que hacemos suele ser fruto de nuestra voluntad. Hay una
suerte de fatalismo que nos impulsa muchas veces a vivir
de muy distinta manera de lo que quisiéramos. Si
cada cual actuara en el ambiente que le corresponde, desempeñando
la tarea que más se ajusta a la particular idiosincrasia,
el número de los fracasados se reduciría considerablemente,
y los negocios de este mundo marcharían con menos
tropiezos. Pero el orden armónico, la disciplina,
el encanto de la perfección son cosas que están
casi fuera de nuestra órbita. Empeñamos dura
lucha cotidiana con el destino y con nuestros semejantes,
y no logramos mejorarnos ni enmendar la que nos rodea.
Mucho hizo Montaigne por agradar a su padre, a quien amaba
de verdad. La pasión de este hijo por el autor de
sus días fue apasionada y excluyente. Sabido es que
nunca habla de la madre, con quien vive bajo el mismo techo
hasta la hora postrera. Los más cálidos elogios
que campean en los Ensayos van dirigidos «al
mejor de los padres», a quien otorga las más
raras cualidades intelectuales y morales, y en un todo,
según propia confesión, superior a él:
«el alma más caritativa y amiga del pueblo
que yo haya conocido». Mas si no logra imitarle en
punto a desprendimiento -en el sentido de hacer suyos los
ajenos dolores -, sabe hacerle feliz al no contrariar sus
esperanzas. Prueba de ello es el ingreso en el Parlamento
de Burdeos. Los trece años consecutivos que Montaigne
pasa en ese ambiente de pleitos y de mala fe son el verdadero
gran sacrificio de su vida. Pero complace al padre, sensible
en extremo a los honores oficiales ya la consideración
pública (3).
A obediencia filial se debe la participación de
Montaigne en la vida pública. La primera elección
como alcalde de Burdeos se hizo en buena parte para testimoniarle
al hijo el honroso recuerdo dejado por el padre en la memoria
de sus conciudadanos. Es cosa averiguada que Montaigne,
en un período de su existencia, renuncia a sus gustos
y predilecciones y hace lo contrario de cuanto le convenía
hacer. No busca la admiración fácil y bullanguera
del Vulgo. El nombramiento de alcalde le llega inesperadamente,
cuando se halla ausente del país, en los baños
de Luca, Italia, en septiembre de 1581. ¿Cuál
es el primer impulso? Sin pararse a meditar en la dignidad
que ello implica, se sienta a escribirles a los jurados
de Burdeos para excusarse de manera franca. Piensa, sin
duda, en lo que inmediatamente perderá en el caso
de aceptar la tranquilidad inalterable de su amable retiro,
la honda delectación que le brinda su torre de libros:
las horas meditativas, los animados diálogos con
las sombras de la filosofía y de la historia. ¡Qué
dolorosos y cruentos adioses! ¡No más Platón
ni Epicuro; no más Plutarco ni Séneca! ¡No
más poetas latinos: Horacio, Tibulo, Lucano, Virgilio!
Y los momentos que Tácito procura a quien se acerca
a gozar de sus relatos. El tercer libro de los Ensayos,
postergado Dios sabe hasta cuándo... Comprende que
todo eso se pierde para siempre como por arte de ensalmo.
Los jurados de Burdeos distan mucho de adivinar este género
de zozobras en el espíritu de Montaigne. Antes bien,
la impresión que experimentan es de estupor. ¿Hay
un hombre que se niega a recibir el gobierno de la ciudad
nada menos que de las manos de un mariscal de Francia? ¡Muera
el egoísta! Que deje todo, familia, libros, aguas
termales. ¿Su salud no es buena? No importa. En virtud
de la inexorable ley que impone las obligaciones que más
contrarían, Montaigne tiene que ser alcalde de Burdeos.
El rey, enterado de la negativa, se lo impone. Y una vez
más el hombre se inclina. Se inclina buena, humildemente,
sin acento de queja, pues quien así pro- cede es
un filósofo estoico educado en la escuela de la resignación.
Día vendrá en que le sea dable libertarse
de esos afanes no buscados por él. En el entretanto
cumple con su deber. y lo cumple acertadamente, según
se desprende del significado que tiene la segunda designación,
una vez expirado el primer período. Nada de esto
quiere decir que les haya entregado el alma a sus compatricios.
¡Ah, no, eso no! Ni que se diera en alquiler, según
propia expresión: «Los hombres se entregan
en alquiler: sus faculta- des no son para ellos; son para
las gentes a quienes se avasallan; sus inquilinos viven
en ellos, no son ellos quienes viven... Es necesario economizar
la libertad de nuestra alma y no hipotecarla sino en las
ocasiones justas.»
 |
Erasmo pondera una sentencia de Platón, según
la cual, felices serían los pueblos si los reyes
fuesen filósofos o si los filósofos fuesen
reyes. Este dualismo es peregrino. El caso de un Lorenzo
el Magnífico, príncipe, poeta y filósofo,
no es de los que se repiten. El ejemplo de Montaigne en
la municipalidad de Burdeos es considerado edificante hasta
que Sainte Beuve, en el siglo XIX le juzga y condena. ¿De
qué le acusa? De frialdad e indiferencia y de haber
abandonado el puesto en momentos de suma gravedad. ¿Puede
decirse que es frío el hombre locuaz, sensual y curioso
que ahora nos acompaña ? Su moral aconseja muchas
veces la indiferencia como me- dio seguro de conservar la
paz. Pero la moral no se ajusta siempre a la conducta, ni
la que piensa el filósofo suele hacerlo el hombre
en el comercio cortesano. Montaigne habla sobre el particular
en el magnífico capítulo que le dedica al
«Gobierno de la Voluntad»: (4) «He oído
decir que es menester olvidarse de sí mismo en provecho
ajeno; pero la particular nada significa comparado con lo
general. La mayor parte de las reglas y preceptos del mundo
toman este camino de lanzarnos fuera de nosotros, arrojándonos
en la plaza pública para uso de la pública
sociedad. Hay que compartir esa creencia. El filósofo
debe huir de las agitaciones, mas en caso de no poder evitarlas,
hará lo posible para que su nombradía no sufra
mengua. «Pude yo mezclarme en los empleos públicos
sin apartarme de mí ni siquiera en lo ancho de una
uña, y darme a otro sin abandonarme a mí mismo).
El altruísmo no supone el olvido de los deberes que
atañen a la familia ya la propia persona. Sainte
Beuve no lo entiende así cuando le reprocha la ausencia
de Burdeos durante el mes de la temible peste que siembra
la muerte en la región. «Es de lamentar que
el período de alcalde no terminara en el verano de
1585. Por el mes de junio habría salido del ejercicio
de su cargo con todos los honores de la guerra. En cambio,
lo que sigue y el fin son menos bellos, aunque yo no vea
que nadie en su tiempo le haya hecho un reproche formal».
Ningún género de causas atenuantes conmueven
al crítico, si bien abundan, según es de suponer.
Montaigne estaba en el último mes del ejercicio legal
de su mandato, y al cundir la peste se hallaba en su castillo
de Perigord. Poco después su familia sufría
los efectos de la epidemia y la casa era asaltada, como
tantas otras, por bandoleros. ¿Debió abandonar
a los suyos para correr a Burdeos? ¿Y qué
es lo que habría remediado con su presencia en la
capital ? En carta del 30 de julio, les escribió
a los jurados: «No ahorraré la vida ni cosa
alguna por vuestro servicio y os dejo juzgar si el que puedo
ha- ceros con mi presencia en la próxima elección
(de nuevo alcalde) vale que me arriesgue yendo a la ciudad».
Los jurados se dieron por satisfechos.
¿Es verosímil que los contemporáneos
del gentil- hombre no le hayan acusado por falta de cumplimiento
en sus deberes? El silencio y falta de pruebas condenatorias
es significativo. Nadie le mira con malos ojos ni él
cree necesario defenderse de lo que no fue puesto en tela
de juicio. Tampoco podía columbrar, por avizor que
fuese, que en la décimanona centuria le echarían
en cara lo que no llegó a ser materia de discusión
en las postrimerías del siglo XVI.
Hombre honrado y gran corazón, cabe afirmar, porque
la honradez sale del corazón. ¿Podía
no ser grande en el mundo afectivo el idealizador de su
amistad con La Boétie? Sainte Beuve sabe de esto
y le rinde justiciero tributo cuando traza el retrato de
La Boétie.
II
El más grande que haya conocido
a lo vivo,
el mejor nacido fue Esteban de la Boétie.
Ensayos, lib. II cap. XVII
¿En dónde hallar, a lo vivo, los rasgos morales
que singularizaron a Esteban de La Boétie? Segada
su existencia cuando comenzaba a estar en sazón,
la obra por él dejada es harto precaria. El símil
de la columna trunca se impone en este caso, y es empleado
aún por los que más horror sienten por el
lugar común. Fue la suya la columna de un templo
que no llegó a construirse. Solitaria ha quedado
entre ajenas ruinas, esbelta de líneas y melancólica
frente al incierto destino. Mas a poco de mirar en torno
de ella, descubrimos la preciosa vecindad de una selva encantada,
con trinos múltiples, rumor de fuentes y frescura
protectora de frondas. Es la selva de Montaigne, reparadora
de fuerzas y dispensadora de olvidos saludables. Entremos,
una vez más, a escucharnos vivir sin sobresaltos,
y a dormir con la dulce almohada que el gascón recomienda:
«¡Oh, cuán dulce almohada, blanda y sana,
es la ignorancia y la falta de curiosidad para el reposo
de una cabeza bien conformada!»
 |
Después de releer los sonetos de La Boétie
y el discurso sobre la Servidumbre voluntaria, me
he preguntado lo que habría sido del autor y del
libro, de no haber mediado la apología de Montaigne.
¿Fue en realidad un hombre extraordinario el muy
loado La Boétie? Los sonetos no son como para inmortalizar
a nadie, y mucho menos en el siglo XVI, que se llena con
las armonías de Ronsard y Du Bellay. En lo que al
discurso toca, interesa mucho más por el contenido
y alcance ideológico. La forma es vacilante y denuncia
escasa edad, los dieciocho años que al autor se le
atribuyen. Entre esa edad y los treinta y tres, en que fallece,
la personalidad de La Boétie debió de aguzarse
sobremanera, según se deduce por el ascendientte
moral que ejerce entre sus amigos y colegas del Parlamento
de Burdeos. Era el suyo un carácter rígido
en punto a costumbres, virtud secundada por un natural más
bien frío, poco inclinado a expansiones que no fueran
las del espíritu. De ahí el continente envuelto
en un aire de severidad que dificultaba a veces el trato.
Mas con un comercio más asiduo, la empacada exterioridad
desaparecía, descubriéndose entonces un fondo
sensible a la ternura. Hombre acabado en el sentido de que
reunía notable conjunto de cualidades superiores.
«Conozco bastantes hombres a quienes adornan algunas
prendas dignas de alabanza -observa Montaigne-... Mas grande
hombre en todo, que posea juntas tan hermosas prendas, o
una en el grado de excelencia que merezca admirársele
o comparársele con los que del tiempo pasado honramos,
la fortuna no me ha hecho ver ninguno. El más grande
que haya conocido a lo vivo..., el mejor nacido, fue Esteban
de La Boétie. Era éste, a no dudarlo, un alma
cabal, que mostraba un semblante hermoso invariablemente,
un alma a la vieja usanza que hubiera realizado grandes
empresas si el destino lo hubiese consentido.»(5)
.
Mucho es lo que sugieren estas vidas que se extinguen prematuramente:
flores que se agostan con las primeras luminarias, o caminantes
que se inclinan, agobiados, en el primer recodo. Si es un
espíritu promisorio el que se va cuando apenas amanece,
le concedemos ingenio, dones y virtudes sin ejemplo, lo
magnificamos y elevamos a cimas que acaso nunca habría
logrado escalar. Pudo hacer esto y aquello y lo de más
allá, nos decimos, sin sospechar ni admitir que pudo
ser todo lo contrario o mucho menos. Ante la muerte nos
volvemos generosos... La privación de la vida para.
quienes no la miran con la fría retina del filósofo
estoico es la mas grande de las desdichas, y por modo especial
en la hora de los disfrutes, en la posesión soberana
de los sentidos, en la salud que se regocija con el espectáculo
primoroso del mundo, tanto más bello cuanto más
amargo, tanto más deseable cuanto más cruel.
¡Y la que se deja de ver, de sentir, de amar, de admirar!
Dolor inmenso que sabe expresar Laforgue en aquel su verso
de Les Complaintes:
Je puis mourir demain et j'ai ne pas aimé.
Los griegos, que dieron muestras de amar la vida con inteligencia
y penetración no igualada, celebraban, con mitos
apropiados, la muerte de los jóvenes. Hay en ello
un evidente contrasentido. Los seres que a hora temprana
descendían a la lúgubre morada de Plutón,
de lo único que se lamentaban era de no volver a
ver el sol... ¡De lo único! Pues eso era todo.
El sol nos despierta jubilosamente cada mañana, nos
infunde placer y optimismo, nos renueva la esperanza, nos
embellece el amor. ¿De qué sirve una existencia
sin sol en un más allá lejano y misterioso?
Debido a su ausencia es que caminan lenta y melancólicamente
las sombras ilustres en la semiluz de la pradera de asfodelos.
Proserpina me parece más seductora antes del rapto,
cuando riente y feliz recorre con su madre las tierras de
Sicilia. Después, en el reino de las tinieblas, es
una Venus en extremo fúnebre a cuyos brazos helados
van los jóvenes a dormir un sueño sin caricias
ni despertar.
Con todo, La Boétie no se marchó de este
mundo sin conocer antes dos singulares placeres: el amor
de su afable compañera y la amistad de Montaigne.
Y bien supo gozarlos a entrambos con intensidad y nobleza,
de suerte que en la hora postrera, y con entero dominio
de su conciencia, pudo apreciar lo que con ello perdía.
Pero no tembló ante la Desconocida... El lector de
Epicteto y de Marco Aurelio sacó fuerzas de flaquezas
para morir con la dignidad de un filósofo. Quién
sabe si no le vinieron a la mente los conceptos del viejo
Menandro: «El hombre amado de los dioses, muere pronto.
El más dichoso es el que, sin pesares en la vida,
después de contemplar sus hermosos espectáculos:
el sol, el agua, las nubes y el fuego, regresa prontamente
al sitio de donde ha venido. Cuanto vio, viva un siglo o
viva pocos años, lo verá siempre igual, y
no verá nada más hermoso. Considera la vida
como un viaje y el mundo como una feria extranjera, un sitio
de emigración para los hombres. Si partes de los
primeros, tu viaje es el mejor; te marchas provisto de lo
necesario y sin tener enemigos. El que tarda en partir se
fatiga y pierde sus recursos. Envejece, cae en la indigencia,
encuentra enemigos que le tienden redes, y se marcha penosamente
porque ha visto demasiado». Conceptos muy semejantes,
que fueron de la antigüedad, se leen en la carta que
Montaigne le escribe a su padre para relatar la muerte del
amigo dilecto. «Hermano mío, amigo -le dijo
La Boétie -, te aseguro que hice bastantes cosas
en mi vida con igual quebranto y dificultad que ésta...
Hace mucho tiempo que estaba preparado a este trance y que
sabía de memoria mi lección. ¿Pero
no es vivir bastante el llegar a la edad en que me veo?
Me encontraba ya presto a entrar en los treinta y tres años.
Dios me otorgó la gracia de que toda la existencia
pasada hasta este momento de mi vida fuese llena de salud
y dicha: merced a la inconstancia de las cosas humanas,
esto apenas podía durar. Era llegada la época
de internarse en los negocios y de ver mil cosas ingratas,
como la incomodidad de la vejez, de la cual me veo libre
por este medio...» Envejecer y ver demasiado, dice
Menandro. Ver mil cosas ingratas y envejecer, repite La
Boétie.
Sí, pero por breve que sea la existencia, siempre
hay tiempo de contemplar el espectáculo de las humanas
discordias. La prueba la tenemos en el propio La Boétie.
La época que le toca en suerte dista mucho de ser
la más propicia para un temperamento de suyo apacible
y amante de la paz. ¿Cómo ha de entregarse,
sin alarmas, al culto de las dulces musas latinas, si Francia
se desgasta en luchas internas? Las guerras de religión
asolan los campos. Los combatientes toman a saco las ciudades,
disgregan las familias, arman de continuo el puñal
homicida en la trama sigilosa. Los ojos de La Boétie
ven muertes, incendios, ejecuciones inauditas, a semejanza
de la que lleva a término el condestable de Montmorency
en Burdeos. Conoce a los grandes, corrompidos y corruptores
-los Valois y los Guisa-, y ve al pueblo sumido en esclavitud
y horrenda miseria. ¿No hace nada, no dice nada contra
la iniquidad? Sí. Le confía a la pluma el
discurso sobre la Servidumbre voluntaria o el Contra
uno, que ha sido considerado como el sistema precursor
de la filosofía reivindicadora de los derechos naturales.
No es, pues, de extrañar que los revolucionarios
de fines del siglo XVIII. francés le miren como a
venerable antecesor. Sin el lirismo de Rousseau ni el colorido
de su prosa rítmica, La Boétie argumenta en
el mismo orden de ideas del ginebrino. «Si hay algo
,claro y aparente en la naturaleza -escribe La Boétie
-, es que ella, ministro de Dios y gobernadora de los hombres,
nos ha hecho a todos de una misma forma y, al parecer, en
el mismo molde, a fin de que entre nosotros nos conozcamos
como compañeros o más bien como hermanos...»
La hermandad de los hombres proviene del principio igualitario
que en la naturaleza rige: «Esta buena madre nos ha
dado a todos la tierra por morada; nos ha alojado a todos
en una misma casa, nos ha dado una figura común a
fin de que cada uno se pueda reconocer en los otros; nos
ha dado en común el gran presente de la vida y la
palabra para que nos familiaricemos y fraternicemos unos
con otros y de continuo.»
Bien lejos estamos aquí de cuanto afirma Hobbes
en la última parte del siglo XVI, esto es, que habiendo
sido los hombres, en su estado natural, lobos entre sí,
para librarse de tan horrenda situación tuvieron
que someterse incondicionalmente al príncipe, amo
y señor absoluto que salva a sus vasallos de las
peores miserias y de la muerte. La Boétie, por el
contrario, cree en la bondad de la Naturaleza, y en los
vínculos de amor capaces de unir a los hombres: «No
hay que dudar que somos todos libres naturalmente, puesto
que somos compañeros, y no puede entrar en el entendimiento
de nadie que la Naturaleza haya puesto a algunos en servidumbre,
habiéndonos puesto a todos en compañía».
Sentado el principio de que los hombres nacen iguales, La
Boétie pasa a demostrar que si hay esclavos la culpa
es de quienes soportan el yugo, «pues el tirano es
uno solo y ellos son todos contra uno». La libertad
se obtiene cuando se la desea con fervor. Son libres únicamente
los que quieren serlo: «Para recobrar la libertad
no se necesita más que desearla; no hay necesidad
más que de un simple querer. ¿Se hallará
nación en el mundo que la quiera obtener más
cara pudiéndola ganar con sólo querer?»
(6).
Estas ideas no son del todo originales. ¿Quién
en este mundo, en las esferas del pensamiento y de la acción,
ha sido rigurosamente original? Para Sainte Beuve la Servidumbre
voluntaria o el Contra uno es la tragedia colegial
de La Boétie, «obra declamatoria, griega y
romana, contra los tiranos» (7). Por su parte, Paul
Janet descubre en los Adagios, de Erasmo, el mismo
concepto de servidumbre voluntaria. «Compulsad la
historia antigua y moderna -escribe Erasmo -y apenas hallaréis
dos príncipes que por su ineptitud no hayan atraído
los mayores males sobre la humanidad... ¿ Y a quién
quejarse sino a nosotros mismos? ¡No confiamos el
gobierno de una embarcación sino a un experimentado
piloto, y el gobierno del Estado lo ponemos en manos de
cualquiera!». Lo que Erasmo aplica a los monarcas
absolutos es aplicable a los gobiernos hijos del sufragio
universal. El pueblo suele darse gobernantes que proceden
a la manera de amos irresponsables, ambiciosos y audaces,
y en muchos casos semianalfabetos, que establecen dictaduras
invocando para ello la razón suprema del destino
de la nación. Y las mayorías sumisas y regimentadas,
los esclavos voluntarios, sugestionados con el dogma de
la soberanía popular, toleran las peores atrocidades
contra la libertad individual en nombre de la libertad y
de la ficción del soberano sin soberanía.
Si Esteban de La Boétie no fuera capaz de ofrecer
otros atributos dignos de perdurable recordación,
el Contra uno bastaría para salvarle del olvido.
Vemos el secular anhelo de justicia humana en esa juvenil
declamación contra las tiranías. Toda nuestra
dignidad, reside, en nuestro pensamiento, según Pascal.
¡Cuanto más digno será el hombre que
enseñe a pensar en la libertad propia y ajena y que
busque los medios eficaces de asegurarla! La Boétie
es eso. Lanza la idea de la servidumbre voluntaria para
establecer, por contraste, lo poco que vale un usurpador
de soberanía y lo mucho que representa y puede esperarse
del pueblo si se le educa y orienta por las amplias sendas
de la libertad. Lo mucho que puede esperarse... Pero los
siglos suceden a los siglos y el problema permanece insoluble.
Los esclavos voluntarios de la Edad Moderna obedecen como
los de la edad antigua. Es posible que La Boétie
comprendierá, al fin y a la postre, que su pensar
sería vano, que su voz no sería oída
ni por los mismos interesados. Y al mirar en torno suyo,
ante la degradación de los poderosos y la miseria
del rebaño humano, acaso se le oprimiera el pecho
de amargura. ¡Si al menos le fuese permitido no ver
más el escenario de fratricidas contiendas! Si se
le presentara la hora venturosa de huir lejos en pos de
reposo para el cuerpo y para el espíritu con el olvido
de las tribulaciones europeas. Por entonces ya circulaban
noticias verídicas sobre el descubrimiento de un
mundo nuevo, y los eruditos y aventureros se llenaban de
estupor con los relatos orales de algunos testigos y con
la lectura de crónicas detalladas. ¡Cuánta
curiosidad despertó todo eso qué sensación
de misterio estremeció a Europa!
La Boétie, en el colmo de la desesperanza, vuelve
mirada a ese continente ignoto y escribe la intensa composición
latina que les dedica a sus amigos Montaigne y Bellot. ¿Qué
hacer ante la ruina de Francia? Él lo dirá:
«Mejor habría valido huir antes que después
de la ruina de Francia para ahorramos el funesto espectáculo...
¡Ah!, los dioses también parece que nos aconsejaran
la fuga al mostrarnos esas nuevas tierras que se extienden
al Occidente...» La indulgencia de los dioses era
tan ilimitada que, para atenuar las calamidades de Europa,
preparaban un asilo a los pueblos fugitivos, y hacían
surgir, «del seno de los vastos mares, un mundo virgen,
todavía húmedo...»Vuela la imaginación
del poeta por las selvas misteriosas de América,
por sus valles y montañas, y enseguida revela el
melancólico deseo: «Es allá adonde debemos
ir, adonde debemos llegar a fuerza de remos y de velas desplegadas;
allá, al menos, no he de ver, ¡oh, Francia!,
tu muerte, y lejos de las discordias civiles podré,
colono oscuro, rehacer una morada humilde ...»
Así adquiere excepcional relieve la fisonomía
de La Boétie. La libertad es para él una condición
de vida, como el aire y la luz. No sabe respirar en ambientes
de cobardía y servidumbre. y tampoco sabe transigir
con los déspotas. El escritor que aconseja la tiranía
de uno contra todos, o de una casta o clase sobre el inmenso
conglomerado social y humano, es un ser despreciable, inmoral,
abyecto. La Boétie se convierte en el arquetipo del
héroe civil. Cuando los hombres, debido a herencias
seculares, están conformados orgánicamente
para la obediencia, él sueña con la libertad.
Mas no se reduce a soñarla. Pregona sus afanes en
afables parlerías, los describe y canta. Y cuando,
según hemos visto, advierte que todavía no
hay tierra propicia para la siembra, toda su persona se
envuelve en un aire de severa, digna y altiva tristeza.
(1) «El tonto designio que tiene que escribirse a
sí mismo», dice Pascal. Los señores
del Port Royal lo condenan sin atenuantes. «Uno de
los rasgos más indignos de un hombre honrado es que
afecta Montaigne: habla sólo de sus humores, de sus
inclinaciones, de sus fantasías, de sus enfermedades
y hasta de sus vicios; ello proviene de falta de juicio
tanto como de un amor propio desmesurado».
(2) Sobre el asunto de la Alcaldía y la peste en
Burdeos hablo por extenso en mi libro Miguel de Montaigne,
cap. XII, págs. 236 y siguientes.
(3) A pedido de su padre, emprendió Montaigne la
tarea de traducir la Teología, de Raimundo
Sabunde, natural de Barcelona, médico, filósofo
y teólogo, -venerable varón y profesor egregio,
según se lee en la edición de su obra hecha
en Estrasburgo en 1496; Montaigne hace una referencia en
los Ensayos, en el extenso capitulo titulado «Apología
de Raimundo Sabunde». «Pedro Brunel -escribe
-, persona de gran reputación de saber en su tiempo,
habiendo estado en Montaigne algunos días al lado
de mi padre, le hizo elogios de un libro que se titula Teología
naturalis... Y porque la lengua italiana y española
eran familiares a mi padre, se lo recomendaba como un libro
muy útil y oportuno en aquella ocasión en
que comenzaban a acreditarse las doctrinas de Lutero...
Pocos días antes de su muerte, mi padre tuvo la fortuna
de encontrar ese libro entre otros papeles olvidados, y
me encargó que lo tradujese en lengua francesa.»
Montaigne cumple con lo prometido y da la obra a la publicidad.
(4) Ensayos. lib, III cap, x.
(5) Esteban de La Boétie nació en Sarlat,
Pertgord, el 19 de noviembre de 1530. Estudió derecho
en la Universidad de Leyes de Orleans y se incorporó
luego al Parlamento de Burdeos en cuyo seno fue uno de los
más autorizados consejeros.
(6) En 1570, cuando Montaigne dio a publicidad los papeles
inéditos de La Boétie, omitió el Contra
uno, asegurando que se reservaba para otra oportunidad.
El opúsculo fue impreso en 1574 ó 1577 por
los hugonotes, quienes se valieron de él como arma
contra la familia real y católica. ¿Cómo
pudieron hacer eso si la única persona que poseía
el opúsculo era Montaigne? ¿Le fue substraido
a Montaigne, o éste, según los maliciosos,
lo facilitó a los protestantes para que combatieran
a Enrique III? Pero no entremos en el terreno de las conjeturas
peligrosas que deleitan al doctor Armaingaud.
(7) Villemain dice de la Servidumbre voluntaria que
es una especie de «manuscrito antiguo, encontrado
en las ruinas de Roma, bajo la estatua rota del más
joven de los Gracos».
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