Botánica del caos (1)
Por Ana María Shua (*)


 


Abuela no nos cree

- ¿Por qué me sacaron de mi casa? - pregunta mi abuela, los ojos extraviados.
- Esta es tu casa, ¿ves? El empapelado con flores de lis, ¿ves? La colcha con la quemadura de cigarrillo, ¿ves? La cocina verde, con la puerta de la alacena rota, ¿ves?
La abuela no ve y llora con desconsuelo.
- Me trajeron aquí para robarme mi casa.
Pero no fuimos nosotros, quisiera decirle. El tiempo ladrón te trajo aquí, y se quedó con todo.


El joven destinado a ser mi abuelo

Para evitar que lo mandaran a la guerra, el joven destinado a ser mi abuelo se hizo arrancar todos los dientes pero no alcanzó. Entonces se cortó los dedos de la mano derecha pero no fue suficiente. De un hachazo le amputaron media pierna pero todavía no era bastante. Se introdujo un objeto punzante en el oído para provocarse sordera pero lo aprobaron de todos modos. Hasta que al fin se mutiló de modo tal que torció su destino: no lo mandaron a la guerra pero tampoco pudo ser mi abuelo.


Curación

- ¿Le duele acá?
- Sí, me duele mucho.
- ¿Y acá?
- Me duele más.
- ¿Y apretando así?
- ¿Intolerable!
- ¿Y si hago esto?
La respuesta es un grito. El silencio que sigue hace suponer que ya no le duele más.


Actuar la muerte

Un hombre se tiró por el balcón delante de un grupo de amigos. Uno de ellos alcanzó a sujetarlo de una mano. Haciendo un esfuerzo descomunal, el suicida se izó lo suficiente como para morder la mano que lo sostenía y deslizarse definitivamente hacia el vacío. Esto no es un cuento. Este hombre, que era actor, tuvo el valor de luchar por su propia muerte, pero no el de matarse sin espectadores.


Entrar en un cuerpo ajeno

Es posible penetrar un cuerpo ajeno por ingestión o cirugía o posesión o sexo. Quienes deseen salir harán bien antes de ingresar, en proveerse de un buen escalpelo. Algunos cirujanos lo llevan siempre consigo.


Infinito, Eterno, Todopoderoso

"Alá el Infinito, el Eterno, el Todopoderoso", recita el hombre de mucha fe. "Muéstrame al pez que sostiene al toro que sostiene la roca que sostiene al ángel que sostiene las siete bandejas del universo".
En respuesta a su ruego, un ángel del Infinito, del Eterno, del Todopoderoso lo alza sobre la tierra. El hombre alcanza a ver un gran resplandor que mide tres jornadas de extensión. Ese resplandor es sólo la cabeza del pez.
Dice Alá, el Infinito, el Eterno, el Todopoderoso: "Has de saber, hombre, que yo creo cada día cuarenta peces como ése".
Y sólo entonces el hombre de mucha fe se maravilla.
Porque el hombre cree en verdad que Alá es Infinito, Eterno, y Todopoderoso, pero con eso no le basta.


Alí Babá

Qué absurda, qué incomprensible me parecía de chica la confusión del hermano de Alí Babá: casi un error técnico, una manifiesta falta de verosimilitud. Encerrado en la cueva de los cuarenta ladrones, ¿cómo era posible que no lograra recordar la fórmula mágica, el simple ábrete-sésamo que le hubiera servido para abrir la puerta, para salvar su vida?
Y aquí estoy, tantos años después, en peligro yo misma, tipeando desesperadamente en el tablero de mi computadora, sin recordar la exacta combinación de letras que podría darme acceso a la salvación: ábrete cardamomo, ábrete centeno, ábrete maldita semilla de ajonjolí.


El ámbar gris

Se describe en las Mil y Una Noches una fuente de ámbar gris que fluye como goma o cera de las orillas de un venero, fundida por la flama del sol y corre hasta la marina donde los monstruos de lo hondo acuden y se la tragan y luego se sumergen en las aguas. Pero como les quema la tripa, luego la vomitan y la pasta se congela y sobrenada en la haz de las aguas, donde cambia su color y su masa, hasta que las olas la arrastran a las orillas del mar, donde los mercaderes y viajeros que la conocen la recogen y la venden.
Se dice actualmente que el ámbar gris es esperma de ballena, una versión mucho menos verosímil pero no menos poética.


El coleccionista ambicioso

Un hombre ambicioso se propone coleccionarlo todo. Reúne en su casa, convertida en sala de exposiciones, una colección de semillas, otra de objetos encontrados en la calle, otra de agua de la canilla (brotada de diversas canillas, a diversas horas del día). Colecciona pulóveres, pensamientos célebres y banales, boletos de colectivo, hojas de diarios elegidas rigurosamente al azar. Colecciona agujeros, panes, envases de desodorantes vacíos. Cada año se ve obligado a mudarse a una casa más grande y luego cada seis meses. Finalmente comprende que sólo renunciando a toda clasificación podrá obtener la colección más completa, la colección de colecciones. La exhibe en el mundo entero.


La lucha contra el ángel

Vergüenza de aquel que cree haber luchado con el Ángel y descubre, revisando el cadáver, que acaba de vencer a un asaltante callejero. Por eso es mejor no resistirse tanto, mantener la ilusión, ser derrotado.


María Antonieta

Enamorado de María Antonieta, de su ternura y sus defectos, de su frivolidad y sus lunares, elabora planes para rescatarla de tan bárbaro destino. Amor presta inspiración a su espíritu, habilidad a sus manos de artesano, construye así una perfecta réplica de la mujer que ama, réplica viviente, idéntica, impecable, que sólo difiere de su original en ciertas inflexiones de su francés de extranjera. Ahora queda sólo el acercarse a ella, reemplazarla y sin embargo llega tarde, llega cuando ya todo ha sucedido, su nave temporal es demasiado lenta, no alcanza a retroceder con suficiente velocidad esos doscientos años que los separan, que los separan.


Gestión exitosa

Mi intervención personal ante la autoridad (puedo ser persuasiva, tengo influencias, sé alternar ofrendas y amenazas) ha sido exitosa, pero cómo probarlo. Todos creerían en el Apocalipsis si estuviera aquí: su postergación es, en cambio, indemostrable.


Aptitud y vocación

Sufrimos también aquellos que por falta de vocación contrariamos una aptitud natural. Los dedos de mis pies, por ejemplo, tienen el mal hábito del geotropismo, y persisten en crecer hacia abajo, adelgazados sus extremos, hundiéndose en la tierra al menor descuido. El peligro de echar raíces me obliga a permanecer siempre en movimiento, a preferir las caminatas o las carreras sobre el asfalto, a evitar por sobre todas las cosas pisar la tierra húmeda, a dormir boca arriba no más de un par de horas seguidas, aún a riesgo de que tanto ajetreo me haga caer las hojas antes de tiempo y malogre mis frutos, ya de por sí escasos y esmirriados.


El iluso y los incrédulos

Hace calor. En el bar un grupo de hombres miran sin mirar los polvorientos rayos de luz que se filtran a través de la persiana.
- Puedo caminar por esos rayos - dice el iluso.
Los hombres se ríen y hacen apuestas. El iluso trepa de un salto a uno de los rayos de luz, intenta dar un paso tambaleante y cae. Los incrédulos cobran sus apuestas.


En el avión

Hace calor, estamos atados a nuestros asientos, no hay espacio para extender las piernas. Esperamos, contra toda lógica, que el avión levante vuelo, confiamos como niños en que la pesadísima construcción de acero correrá locamente por la pista hasta echarse a volar. Sólo los desconfiados, los intensos, los verdaderamente adultos somos capaces de ver la figura del enorme pájaro rock que toma el avión entre sus garras y nos eleva sobre las nubes de una manera tanto más razonable, más explicable, más sensata.


Las leyes del caos

En su cama de hospital, un paciente se aferra a la vida recitando las tablas de multiplicar. Entretanto, un milano roba el turbante con dinero de la cabeza de cierto incrédulo que anteponía su esfuerzo personal a la voluntad de Alá, creyéndose artífice de su miserable destino.
Para ambos, para el enfermo y el incrédulo, la suerte está echada y sin embargo el hombre sigue recitando las tablas de multiplicar como si el azar no existiera, como si él mismo no estuviera allí por accidente, como si el universo tuviera orden y sentido, como si alguna regla se cumpliera, como si no fuera cierto que todo es posible, hasta ese famoso golpe de dados capaz de abolir para siempre el azar.


Azazel

De todos los demonios posibles (abominable aquel que reconozca sólo uno) Azazel es el único al que Jehová teme y respeta. En el Levítico (II, 4) exige al pueblo judío que sacrifique a Azazel un macho cabrío. El animal debe ser abandonado vivo en el desierto después de haber cargado sobre él todos los pecados del pueblo. Así se equivoca, una vez más, Jehová, creyendo envenenar con esa ofrenda impura y corrompida a quien en el Error se fortalece.
Pero he aquí que en los últimos 300 años el sacrificio se ha vuelto nulo o azaroso. En lugar de machos cabríos, sólo las torres de petróleo interrumpen la uniformidad del desierto. Azazel desfallece de hambre aunque sobren pecados en el mundo. La destrucción del demonio, que la fe en Jehová no obtuvo, la obtendrá su descrédito.


El pájaro azul

Un hombre persigue al Pájaro de la Felicidad durante meses y años, a través de nueve montañas y nueve ríos, venciendo endriagos y tentaciones, tolerando llagas y desdichas. Antepone la búsqueda del Pájaro a toda otra ambición, necesidad o deseo. El tiempo pasa y pesa sobre sus hombros pero el también el Pájaro envejece, sus plumas se decoloran y ralean.
Lo atrapa en un día frío, desgraciado. El hombre es anciano y está hambriento. El pájaro está flaco pero es carne. Le arranca sus plumas todavía azules con cuidado, lo espeta en el asador y se lo come. Se siente satisfecho, brevemente feliz.


Los beneficios secundarios

El pequeño comienza por reclamar atención con débiles gemidos y desmayos frecuentes. Si no la obtiene, sufre crisis de disnea y rompe la vajilla pieza por pieza contra las paredes de su habitación. Provisto de un destornillador, suele atacar los aparatos eléctricos mientras lo sacuden accesos convulsivos. Si aún así no obtiene atención, intentará cortar en trozos pequeños a los habitantes de la casa que estén al alcance de sus fuerzas, un animal doméstico, un abuelo inválido, un hermano pequeño. Suele empezar por los dedos y, durante la tarea, el cuerpo se le cubre de vesículas serosas.
Declarados los primeros síntomas, se aconseja a la familia otorgar de inmediato, sin regateos, los beneficios secundarios de la enfermedad.


Otra operación

El bisturí eléctrico reproduce el olor de un buen asado a la parrilla. Dicen los que saben que la carne humana tiene un aspecto y un sabor semejante a la del cerdo. Sin embargo, nadie piensa en comer de ese vientre abierto en el que el intestino se mueve como un largo gusano peristáltico, se desliza hacia afuera, envuelve y oprime en sus anillos el cuerpo del cirujano y se escuchan ya los crujidos de sus costillas mientras el resto del equipo lanza tajos al azar, busca desesperadamente la cabeza.


El hermano serpiente

En su lecho de muerte, el padre le entrega un cofre. Adentro del cofre vive una serpiente.
- Esta serpiente -dice el moribundo- es tu hermano, fruto de mis amores con una mujer demonio. Lo confío a tu cuidado.
El hijo consagra su vida a la caza de ranas y ratones para alimentar a la serpiente, creyendo que su padre sufre en la Gehena el castigo de los lujuriosos o los magos, sin saber que se cuece, en realidad, en el círculo destinado a los bromistas.


La búsqueda

Estoy enferma, muy enferma. Camino por el pasillo de un hospital con muchas puertas, como en un viejo film policial. Tengo que abrir una por una hasta encontrarme, tengo que llegar antes de que se den por vencidos, antes de que me cierren del todo y cosan la abertura y ya no tenga cómo ni por dónde entrar en mí.


Cazador desafortunado

Su mano se introduce en la red y saca un pájaro grande de flamígeras plumas. Su mano se introduce en la red y saca un helicóptero que devuelve alegremente al aire. Su mano se introduce en la red y saca una sarta de incisivos inferiores de niño (es el primer diente que se les cae) engarzados en un brazalete. Su mano se introduce en la red y saca solamente el brazo mutilado.


Como identificar a un condenado

A los condenados se los reconoce cuando duermen: distraídos de su alerta constante, no pueden evitar echar algo de fuego al respirar por la boca. Es inútil arrojarles agua fría, es un fuego como de gasolina que la saliva no alcanza a atenuar. La arena, en cambio, al quitarle oxígeno, podría apagarlo pero sólo si se tapa bien toda la cara cubriéndola con una capa de arena de cierto espesor. Por eso aconsejamos a los condenados no dormirse boca arriba en la playa. Adelante, recuerden nuestras instrucciones y ¡buena suerte!.


Malos consejos

Por consejo del hechicero, talló una figura de madera con la forma exacta de su enemigo. La quemó en el campo, de noche, bajo la luna. Atraído por el resplandor de la hoguera, su enemigo lo descubrió y lo mató de un lanzazo.


Haber crecido

Qué grande que estás, dice mi tía Raquel a duras penas, oprimida contra la pared de su dormitorio con tal grado de presión que apenas puede volver a introducir en sus pulmones el aire que usó para asombrarse del tamaño de mi mano que intenta, entre el índice y el pulgar, tomarla de la cintura para acercarla a mi oreja.


El cuerpo del delito

Quisiera recordar que ya se han empleado todos los recursos de esta fiscalía para encontrar el cuerpo del delito, pero no lo hay, y no es que el delito sea incorpóreo: es que sólo tiene cabeza, una cabeza grande, con una cara de ojos grandes y tristes, como de vicuña, una coronilla calva, un cuello cercenado del que mana ese líquido en nada parecido a la sangre y es tan difícil para el fiscal persuadirla de que la ley exige el cuerpo y no la cabeza del delito, de que estamos haciendo todo lo posible, de que se vaya de una vez por todas a molestar al asesino.


La desmemoria

Para disimular que ya no los recuerda, evita citar nombres propios. Para disimular que no reconoce las caras, trata a todos los hombres como si fueran sus íntimos amigos. Observa constantemente a los demás imitando con un segundo de atraso sus gestos y sus acciones. Su mundo es frágil, extranjero, desolado, pero tiene, sin embargo, algunas compensaciones. Nadie más puede tomar cada noche a una mujer distinta con la que está casado (dice ella) desde hace veinte años.


Densidad de las emociones

Ingenioso instrumento mide la densidad de las emociones. La alegría es porosa, la pena tiene alto peso específico, la ira arranca el instrumento de las manos del técnico y se lo rompe por la cabeza, con justa razón.


Así es la vida

Más que epidemia, una verdadera pandemia. Ataca, entre otros, a los obesos, a los mineros que respiran sílice, a las mujeres que usan trenzas atadas con cintas de colores: todos participamos en algún grupo de riesgo. La sintomatología aleatoria confunde el diagnóstico: una dermatitis, la lividez crónica o repentina, la pasión por los programas de entretenimiento, la alopecia genética, el insomnio, los espasmos intestinales, incluso la ausencia de todo síntoma.
La enfermedad se extiende a través de los continentes. Es inútil aislarse en el aire (a bordo de un avión) o en la mitad del mar. Puede atacar (y lo hace) en el mismo vientre materno, desde el momento en que comienza la división del óvulo fecundado, destruyendo al cigoto o al embrión o al feto. A veces sucede todo lo contrario: la crisis se difiere durante años, en algunos casos más de noventa.
El desenlace es siempre fatal.


Nunca contarlo antes

Un escritor cuenta la idea de un relato que está a punto de escribir. La cuenta en una mesa de café y la idea es buena, el aire se tensa alrededor de las palabras, el relato se hace a tal punto tangible que el humo del cigarrillo no lo atraviesa, las volutas describen su contorno transparente. Pero después, cuando trata de transformarlo en letras, percibe grietas antes ignoradas por donde las palabras se deslizan, hay campos minados, una bruma de rutina invade el texto y los Dioses rechazan la ofrenda de una víctima que ya no es pura, que otros antes que Ellos han gozado.


De quien espera

De quien espera una voz y poco a poco va dejando de lado todo el resto, se desvanece a su alrededor el universo, odia el teléfono y lo ama como Catulo a su Lesbia indiferente, poco a poco la espera invade todo, poco a poco abandona actividades o las realiza con distracción absorta hasta que su único verbo cierto es esperar: irresponsable olvido de quien pretendió ser en sus comienzos protagonista de una minificción, y se transforma así, por un momento, en el centro doloroso de un poema. Pero el suceso de su transformación lo vuelve otra vez narrativo y por eso lo incluyo en este libro.


Los esquimales

Un grupo de esquimales juega a la pelota golpeando con paletillas de morsa una piel de foca rellena de musgo y arcilla. Todos conocen los ciento treinta y dos nombres de la nieve, pero no todos manejan el bate de hueso con la misma habilidad, no todos arponean ballenas con lanzas atadas a vejigas de caribú bien infladas, no todos pueden arrastrar dos focas muertas al mismo tiempo, no todos pueden alzar a un oso por las patas de atrás y revolearlo como si fuera una liebre: algunos sólo saben contar historias. Sin embargo, como cada año hay dos largos meses sin sol, los cazadores comparten con ellos el alimento. No solo de carne y grasa vive el hombre, sobre todo en la oscuridad.


Fantasmas vegetales

Que los árboles, arbustos y otras especies vegetales también son capaces de sentir miedo, lo prueba el hecho de que existan las plantas fantasmas. Qué objeto tendría, en efecto, la súbita aparición de almas vegetales, su posibilidad de escapar por momentos del Otro Mundo, si sus congéneres no se asustaran de ellas.
Estos ectoplasmas, casi tan silenciosos como lo fueron en vida, emiten apenas un susurro apagado pero constante, como si sus hojas y sus ramas o tallos se entrechocaran suavemente al ritmo de un viento invisible: ningún movimiento agita las copas inmóviles y transparentes. Los fantasmas vegetales sólo pueden ser percibidos por seres de su mismo reino.
Que los hongos, setas y trufas posean asimismo la facultad de atemorizarse, es algo que hasta ahora no ha sido comprobado. Pero se investiga, señores, se investiga.


Pacientes desahuciados

Para los médicos que desahucian a sus pacientes, hay una enfermedad que les agranda lentamente los orificios de la cara. Mundo de siete pozos, la llamaba Alfonsina Storni, y cuando los siete pozos comienzan a ensanchar sus límites, se ahondan, disimular es imposible. Los pacientes y las instituciones rechazan a estos médicos sospechosos, de boca grande, de ojos profundos, de nariz demasiado ancha o carcomida. Poco a poco las ausencias resultan más importante que las ruinas y el rostro adopta la expresión suspicaz de un queso Gruyere abandonado por su pareja. La muerte les sobreviene en soledad, ocultos, descabezados. Las formas de suicidio suelen ser el degüello o un tiro de bazuka.
Así se logra que nunca haya pacientes desahuciados, todos van hasta el final fuertes y alegres, sostenidos por la esperanza: muchos conocen su destino, pero también a ellos les conviene fingir.


El hospital

Burros, hombres, lombrices, piedras enormes y quirquinchos se hacinan en el hospital. Que vergüenza para el gobierno, esto no es más que un revoltijo maloliente. No hay vendas, no hay remedios, no hay enfermeras, no hay tomógrafos, no hay ambulancias, no hay camas, no hay médicos, no hay laboratorio, no hay suero, no hay jeringas, no hay quirófano, no todos están heridos, no todos están enfermos, qué vergüenza, que vergüenza, es posible que ni siquiera sea un hospital.


Huríes

Si para el buen musulmán el Paraíso es fértil en huríes, para la musulmana observante, ¿qué promete? Menos que nada es un harem de varones dóciles a sus deseos (menos que una sola semilla de sésamo) frente a la gloria de ser la favorita en un harem de cien mil cuatrocientas treinta y dos mujeres bellas. (Las otras cien mil cuatrocientas treinta y una están en el infierno)


El mundo invisible

El Zohar postula que lo invisible es reflejo de lo visible. Esta afirmación es parcialmente verdadera y se complementa con la teoría del iceberg. Lo visible refleja una pequeña parte de un mundo invisible nueve veces más vasto, más abarrotado. De ahí nuestros constantes tropiezos físicos, psicológicos, sociales: llamamos torpes a quienes se destacan en la involuntaria percepción de lo invisible.


Dolor de cabeza II

La jaqueca lo enloquece. Por momentos la desesperación lo impulsa a golpearse la cabeza contra la pared como si tratara abrirla para librarse de algo que lo tortura por dentro. En la crisis, todo parece perdido. Hay que ser paciente, recordar que al fin el dolor siempre cede, que podremos soltarnos las amarras, ponernos de pie, recorrer otra vez sin temor las circunvoluciones, sus laberintos grises.


Puntualidad de los filósofos I

El profesor Kant es tan regular en sus costumbres que cada día esperamos su paso para poner en hora nuestros relojes. Cruza la calle siempre por esta esquina a las cuatro en punto de la tarde. El resto del universo, en cambio, es irregular, confuso, impredecible. A las cuatro en punto de la tarde a veces brilla un sol violento y a veces es de noche. Hay días en recién acabamos de cenar y otros en que las cuatro de la tarde llegan inmediatamente después del desayuno. Los peores son esos días de infierno en que las cuatro en punto vuelven una y otra vez, casi a cada momento. Imagínese usted en qué horrible caos viviríamos si no nos informara el profesor Kant, con su paso regular y confiable, cuando están empezando a ser otra vez esas veleidosas cuatro de la tarde.


Puntualidad de los filósofos II

Todos ponen en hora sus relojes al paso preciso del profesor puntual. Así, cuando Kant se va de viaje, la gente del pueblo no logra ponerse de acuerdo, algunos relojes atrasan y otros adelantan, la maestra llega a la escuela cuando los niños ya se han ido, los novios no coinciden en la iglesia a la hora de la ceremonia de bodas (muchos matrimonios fracasan antes aún de haberse realizado) y se producen batallas callejeras para decidir en qué momento exacto debería escucharse el tañido de las campanas.
Para evitar esos viajes que ponen en peligro a toda la comunidad, alguien propone distraer al profesor para que llegue tarde a la estación, sin medir las consecuencias de semejante confusión de horarios, el riesgo de que el tren les atropelle el tiempo haciéndolo pedazos.


Puntualidad de los filósofos III

La puntualidad del profesor nos permite conocer a su paso la hora exacta. Cuando Kant no está en el pueblo, su ausencia produce en el tiempo un hueco peligroso que absorbe con la fuerza de un remolino o de un agujero negro: cómo vuela el tiempo, suspiran todos. Y hacia dónde, se preguntan algunos.


Puntualidad de los filósofos IV

El profesor Kant pasa por aquí todos los días exactamente a la misma hora. Usted escuchará este comentario en cada una de las calles del pueblo, con una curiosa coincidencia en las cifras. Se preguntará, entonces, cómo es posible que el profesor Kant pase por lugares tan alejados unos de otros, todos los días a la misma hora. Es que se trata de una hora faldera, domesticada, una hora que se ha encariñado de tal manera con el profesor que cuando Kant sale a dar su paseo, está dispuesta a abandonar la manada salvaje del tiempo para seguirlo por donde quiera que vaya.


Puntualidad de los filósofos V

Cuando el profesor Kant da su paseo habitual caminando hacia atrás, hasta la leche vuelve a entrar en las ubres de las vacas.


Puntualidad de los filósofos VII

Para castigar a un alma tan puntual como la del profesor Kant, el demonio lo condena a vagar por el Paraíso, donde el tiempo no existe, donde a nadie le importa que hora es, donde el concepto mismo de las horas ha sido abolido porque nadie desea nada.


Puntualidad de los filósofos VIII

Kant merece ser premiado por su ética, por ese imperativo categórico que tantas veces el Señor trató de imponer a través de numerosas y fracasadas religiones. La puntualidad es el máximo placer en el que se regodea el alma del profesor. Podría serle útil en el infierno, donde los condenados cuentan cada minuto de castigo. Pero ¿cómo premiarlo en el Paraíso, donde la eternidad es tan intensa que no deja lugar a ninguna esperanza? Y el Señor, compadecido, crea para él un breve tiempo que lo rodea y lo sigue como una nube personal, oscura, protectora: Kant y su tiempo vagan inefables por las eternas praderas mientras los ángeles ajustan las clepsidras a su paso.


Luciana y las hamburguesas

Luciana va a comer hamburguesas. Cada dos hamburguesas y una gaseosa, entregan a los clientes un regalo. Como es un sueño, los regalos son muy raros. Se trepan por la sábana y tratan de meterse en las orejas de la persona que sueña, que no es Luciana. A Luciana las hamburguesas no le gustan. (Ni en sueños).


La maldición

El viejo muere maldiciendo a su asesino. Nadie sabe en qué consiste esa maldición. El asesino vive con una constante sensación de amenaza. Una vidente le asegura que ese temblor de cada día es la maldición. Hasta el día de su muerte, el asesino no sabrá que la vidente estaba equivocada. Después, ya será tarde.


Conquista de la Nueva España I

En la Nueva España, los soldados españoles llaman esmeraldas a las piedras calchihuíes, papas a los sacerdotes, Huichilobos a Huitzilopochli, leones a los pumas, no tienen palabras para tanto pájaro y a Cempoal bautizan Almería. Su lengua los protege contra la extrañeza y la locura, luchan para no hundirse en el barro primigenio, previo a la Creación en el que todo se confunde, en el que nada existe porque nadie todavía lo ha nombrado.
Sus descendientes los recordarán con desprecio y usarán el español para llamarse a sí mismos aztecas y mexicanos.


Conquista de la Nueva España III

Los sacerdotes no peinan ni cortan sus cabellos, que caen grasientos, en mechones pegoteados por la sangre de los sacrificios.
Los sacerdotes han transmitido, de generación en generación, la profecía sobre los dioses barbudos que vendrán desde el Naciente para apoderarse del reino y señorearlo.
Los sacerdotes están arrepentidos. Ahora niegan la leyenda o vuelven a contarla de otro modo, buscando nuevas interpretaciones.
Sólo Cortés y su gente creen en esta nueva versión, tanto más aproximada a la idea que tienen de sí mismos, pero no parecen dispuestos a persuadir a los aztecas.


Ultima voluntad

Antes de morir exige que su cuerpo sea ungido con mirra y con incienso, que sea cremado, que sus cenizas se recojan en una urna de alabastro, que sus deudos las esparzan desde un helicóptero sobre toda la ciudad con la máxima ecuanimidad posible: que ningún barrio reciba más que otro.
Después de muerto sus deudos descubren que el incienso no sirve para ungir y lo entierran en la Chacarita.


Cultura musical

Todos los días a la misma hora del atardecer la música se eleva desde las montañas. Son canciones baratas, las mismas que han circulado entre las simas y los riscos en las radios de los excursionistas. Algunos atribuyen este fenómeno al eco, otro le echan la culpa a la falta de cultura musical de las montañas.


Ser Nadie como Ulises

Como Ulises, todos los hombres intentamos ser Nadie ante el cíclope final: Nadie escribe estas líneas, Nadie las lee, Nadie morirá.


El estado de las paredes

Quién dijo que ese paraguas que te regalaron para tu cumpleaños, ese paraguas que recibiste con disgusto, porque esperabas un juguete, quién dijo que ese paraguas que colgaste de mal humor en un perchero, enojado con tus padres y con el mundo, está mejor dispuesto que su dueño a la forzada convivencia, quién dijo que se propone cumplir con su obligación de resguardarte de la lluvia, quién dijo que su sueño era ser entregado a un chico malhumorado del que ya ha decidido escapar en la primera ocasión que se presente (y a un paraguas se le presentan muchas), quién dijo que su verdadera ambición no es encabezar la rebelión que lo llevará al trono en el vastísimo Reino de los Objetos Perdidos, quién dijo que no está listo para atacarte si fuera necesario, y por eso se entrena clavando en la pared el extremo aguzado con el que planea atravesarte dejando en la mampostería esas heridas que manan polvillo de yeso y cómo, sobre todo, persuadir a tus padres -alarmados por el estado de las paredes de tu cuarto- de su fatal amenaza, de su culpa.


Excesos de pasión

Nos amamos frenéticamente fundiendo nuestros cuerpos en uno. Solo nuestros documentos de identidad prueban ahora que alguna vez fuimos dos y aún así enfrentamos dificultades: la planilla de impuestos, los parientes, la incómoda circunstancia de que nuestros gustos no coinciden tanto como creíamos.


Vuelo de libertad

Abrí su jaula, y a través de la ventana de la torre lo lancé hacia la vida. ¡A volar!, le dije. Pero quien nace prisionero le teme a la libertad. Me lo recordó, desesperado, su ladrido final.


El orden de las personas

Elige la primera persona, cree elegirla, cuando en realidad es la primera persona quien lo elige a él, que al fin no es más que la tercera, y no te rías de su confusión de pobre tipo, de último orejón del tarro que se cree el ombligo del mundo si a vos, pobre infeliz, te está pasando lo mismo, te creés que estás ahí adelante y no sos más que la segunda persona porque para que lo vayas sabiendo, la primera soy solamente yo.


El premio

Todo tiene remedio, menos la muerte, aseguró el buen hombre durante toda su vida. Y tan bueno fue, que los Jueces decidieron no otorgarle la reencarnación para no decepcionarlo o desmentirlo.


Por falta de pruebas

Saltos enormes, de veinte o treinta metros de largo en los que me elevo por encima de las copas de los árboles y sin embargo son solo eso, saltos: la prueba cruel de que no levanto vuelo.


No hay excusa

No hay torrente que se deslice bajo su arco, no hay lecho de guijarros, no hay orillas que sirvan de excusa a las patas abiertas, altas y crueles del puente para suicidas.


Rabino contra Angel

Un rabino jasídico promete a uno de sus discípulos que salvará a su mujer agonizante por la sola fuerza de la oración.
Días después el discípulo lo enfrenta llorando: su esposa ha muerto.
- No es posible. -asegura el rabino- Mientras oraba, logré arrancarle su espada al Ángel de la Muerte.
- Mi mujer está muerta y enterrada - insiste el joven.
El rabino medita unos instantes, tratando de entender.
- Hay otra posibilidad: quizás al ver que ya no tenía espada, el Angel decidió estrangularla con sus manos desnudas.
Lo curioso es que esta breve historia haya sido recopilada por Nathan Ausubel, el incrédulo, en una colección de cuentos humorísticos.


Las recetas de Apollinaire

En su libro "El poeta asesinado", Apollinaire propone a sus lectores una receta de vinagre para encontrar monedas de cinco francos y un polvo antihigiénico para tener muchos niños. El lector, seducido por los guiños a su inteligencia, por el respeto a su sentido del humor, sintiendo que forma parte de una elite de seres levemente irónicos y superiores, el avisado lector sonríe y pasa por esta vida sin hacer el menor intento por ensayar ninguna de esas recetas, sin pensar que, como en tantas cosas, ésta era su única, su última oportunidad.


Genios encerrados en redomas

El Califa recibe aquello que envió a buscar a las profundidades del océano: los peces-hombres, las redomas. Abre las redomas que encierran a los genios dominados por la voluntad y el sello del Gran Soleimán y ordena guardar en cisternas con agua a los peces con figura humana.
- Acepta nuestra contrición, ¡Ye profeta de Alá! e intercede por nosotros -mienten los demonios liberados.
Entretanto, a causa del calor, los peces-hombres mueren en las cisternas.
Así, a causa de su curiosidad y su inocencia, el Califa se condena por desatar a los demonios que azotan a la humanidad y dar muerte al mismo tiempo a los únicos seres que hubieran podido atraparnos y encerrarnos una vez más, loado sea tu nombre, ¡ye Califa!
Desde entonces vivimos en el pecho de los hombres, una casa de puertas abiertas que nos permite entrar y salir a voluntad.


Consejos para plantas desconcertadas

Si ves a una buganvilla sonámbula dando su habitual paseo nocturno por la veranda, sabrás que ese sonido sordo y lejano es el rugido de un tigre, que un criado moreno usará la palabra Sahib, que tus raíces están tan desnudas como las de la buganvilla, y que es preferible para las dos, ante el riesgo de morir desgajadas, seguir durmiendo.


Samael y el hombre

Samael está celoso. Dios, en su Arbitrariedad Infinita, prefiere al hombre. El hombre está hecho de barro. Los ángeles, de la Gloria misma del Señor. Pero sólo aquél que es diferente de su padre puede ser amado como hijo. Samael es apenas una parte de su Creador.
Samael se rebela y es vencido. El y sus huestes son precipitados al Seúl. Gracias a su rebelión, deja de ser una parte de la Gloria de Dios y se convierte, también él, en hijo.
Unos creen que el Seúl, reino de Samael, es el Infierno. Para otros se parece a la Tierra. Todos podrían estar en lo cierto: nadie ha logrado probar que el Infierno no sea aquí y ahora, en este mundo.


La alegría tenaz

Sólo entonces se descubre que la tristeza, la ansiedad, el miedo, son reacciones defensivas del organismo, comparables al dolor. Como leprosos que se hieren sin notarlo, quienes padecen alegría tenaz están en constante peligro. A causa de la irritación que provocan en el prójimo pero también por falta de culpa o de temor, mueren rápidamente, impunes y felices.
La alegría tenaz es fácil de confundir con indiferencia.


El mapa del tesoro

Dos pícaros le venden a un tonto el mapa de un tesoro. El tonto cava en el lugar indicado y no encuentra nada. Los pícaros apuestan el dinero en el casino y ganan una fortuna.
La mujer del tonto lo abandona y se va con uno de los pícaros o quizás con los dos. El tonto se sienta a la puerta de su choza a lamentarse de la ruptura de los códigos tradicionales y cada vez que pasa un autor contemporáneo le tira piedras. Por suerte, además de ser tonto, tiene mala puntería.


Formas del viajar

Un grupo de chicos juega a un juego que nunca vi. Dos de los varones saltan en un pie. Tengo que tomar un tren que me llevará lejos, cruzando paisajes inesperados, pero por el momento el problema es llegar a la estación, que también está lejos. Estoy en un sueño, o en un país extranjero: no es tan distinto. Estoy, con respecto a mi vida verdadera, aislada del discurso, autónoma, encerrada y libre al mismo tiempo: entre paréntesis.



(1) Selección de microficciones extraída del libro Botánica del Caos, Editorial Sudamericana, 2000 www.edsudamericana.com.ar

(*) Ana María Shua (anamariashua@hotmail.com) nació en Buenos Aires en 1951. Su primer libro, El sol y yo, fue publicado cuando tenía dieciséis años. Por ese libro de poemas recibió dos premios. Desde entonces ha publicado diecisiete libros. Ha trabajado en publicidad, periodismo y como guionista de películas. Estudió en la Universidad de Buenos Aires, donde recibió su Maestría en Artes y Literatura. En 1976, con el advenimiento de la dictadura militar, su familia se vio dividida por el exilio: su hermana y dos primos se vieron forzados a dejar el país, y Ana María decidió radicarse por algún tiempo en Francia con su esposo. En París trabajó para una revista española publicada por Cambio16. De vuelta en la Argentina, su primera novela, Soy Paciente, recibió el Primer premio del concurso internacional de narrativa de Editorial Losada. Un año más tarde publica Los días de pesca (historias cortas), y en 1984 la novela Los Amores de Laurita. Sus dos primeras novelas fueron llevadas al cine, en lo que marcó el comienzo de su trabajo como guionista de cine. Las mismas novelas fueron además traducidas al italiano y al alemán La sueñera (1984). En 1988 escribió una nueva colección de historias cortas (Viajando se conoce gente), y comenzó su carrera en la literatura infantil con los libros La batalla entre los elefantes y los cocodrilos y Expedición al Amazonas, a los que seguirían otros como La fábrica del Terror (1990) y La puerta para salir del mundo (1992). Sus libros infantiles han sido reconocidos y premiados en Argentina, Estados Unidos, Venezuela y Alemania. En 1992 publicó un nuevo libro de historias brevísimas: Casa de Geishas. Entre 1993 y 1995 publicó varios libros relacionados a la cultura y a las tradiciones judías: Risas y emociones de la cocina judía, Cuentos judíos con fantasmas y demonios y El pueblo de los tontos. En 1993 recibió la beca Guggenheim para trabajar en su novela El libro de los recuerdos. La muerte como efecto secundario, publicado por Editorial Sudamericana. Historia de un cuento (cuento juvenil) Buenos Aires: Sudamericana, 1998, Como agua del manantial: Antología de la copla popular. (antología de coplas populares), La fábrica del terror II. (cuento infantil), Sudamericana, 1998. Premio Cuadro de Honor Municipalidad de Tucumán, Las cosas que odio y otras exageraciones. (poesía infantil), Alfaguara, 1998, Cabras, mujeres y mulas: Antología del odio/miedo a la mujer en la literatura popular. (antología de literatura popular), Antología de amor apasionado, lo edita junto con Alicia Steimberg (antología) Alfaguara, 1999, Cuentos con magia (cuento infantil; adaptación de cuentos populares) Ameghino, 1999, El valiente y la bella: Cuentos de amor y aventura (cuento infantil; adaptaciones de cuentos populares), Alfaguara, 1999. Botánica del caos, Sudamericana, 2000. Ha ganado el primer premio de la editorial Emecé 2002 por su novela Amigas Mías.




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