Abuela no nos cree
- ¿Por qué me sacaron de mi casa? - pregunta
mi abuela, los ojos extraviados.
- Esta es tu casa, ¿ves? El empapelado con flores
de lis, ¿ves? La colcha con la quemadura de cigarrillo,
¿ves? La cocina verde, con la puerta de la alacena
rota, ¿ves?
La abuela no ve y llora con desconsuelo.
- Me trajeron aquí para robarme mi casa.
Pero no fuimos nosotros, quisiera decirle. El tiempo ladrón
te trajo aquí, y se quedó con todo.
El joven destinado a ser mi abuelo
Para evitar que lo mandaran a la guerra, el joven destinado
a ser mi abuelo se hizo arrancar todos los dientes pero
no alcanzó. Entonces se cortó los dedos de
la mano derecha pero no fue suficiente. De un hachazo le
amputaron media pierna pero todavía no era bastante.
Se introdujo un objeto punzante en el oído para provocarse
sordera pero lo aprobaron de todos modos. Hasta que al fin
se mutiló de modo tal que torció su destino:
no lo mandaron a la guerra pero tampoco pudo ser mi abuelo.
Curación
- ¿Le duele acá?
- Sí, me duele mucho.
- ¿Y acá?
- Me duele más.
- ¿Y apretando así?
- ¿Intolerable!
- ¿Y si hago esto?
La respuesta es un grito. El silencio que sigue hace suponer
que ya no le duele más.
Actuar la muerte
Un hombre se tiró por el balcón delante
de un grupo de amigos. Uno de ellos alcanzó a sujetarlo
de una mano. Haciendo un esfuerzo descomunal, el suicida
se izó lo suficiente como para morder la mano que
lo sostenía y deslizarse definitivamente hacia el
vacío. Esto no es un cuento. Este hombre, que era
actor, tuvo el valor de luchar por su propia muerte, pero
no el de matarse sin espectadores.
Entrar en un cuerpo ajeno
Es posible penetrar un cuerpo ajeno por ingestión
o cirugía o posesión o sexo. Quienes deseen
salir harán bien antes de ingresar, en proveerse
de un buen escalpelo. Algunos cirujanos lo llevan siempre
consigo.
Infinito, Eterno, Todopoderoso
"Alá el Infinito, el Eterno, el Todopoderoso",
recita el hombre de mucha fe. "Muéstrame al
pez que sostiene al toro que sostiene la roca que sostiene
al ángel que sostiene las siete bandejas del universo".
En respuesta a su ruego, un ángel del Infinito, del
Eterno, del Todopoderoso lo alza sobre la tierra. El hombre
alcanza a ver un gran resplandor que mide tres jornadas
de extensión. Ese resplandor es sólo la cabeza
del pez.
Dice Alá, el Infinito, el Eterno, el Todopoderoso:
"Has de saber, hombre, que yo creo cada día
cuarenta peces como ése".
Y sólo entonces el hombre de mucha fe se maravilla.
Porque el hombre cree en verdad que Alá es Infinito,
Eterno, y Todopoderoso, pero con eso no le basta.
Alí Babá
Qué absurda, qué incomprensible me parecía
de chica la confusión del hermano de Alí Babá:
casi un error técnico, una manifiesta falta de verosimilitud.
Encerrado en la cueva de los cuarenta ladrones, ¿cómo
era posible que no lograra recordar la fórmula mágica,
el simple ábrete-sésamo que le hubiera servido
para abrir la puerta, para salvar su vida?
Y aquí estoy, tantos años después,
en peligro yo misma, tipeando desesperadamente en el tablero
de mi computadora, sin recordar la exacta combinación
de letras que podría darme acceso a la salvación:
ábrete cardamomo, ábrete centeno, ábrete
maldita semilla de ajonjolí.
El ámbar gris
Se describe en las Mil y Una Noches una fuente de ámbar
gris que fluye como goma o cera de las orillas de un venero,
fundida por la flama del sol y corre hasta la marina donde
los monstruos de lo hondo acuden y se la tragan y luego
se sumergen en las aguas. Pero como les quema la tripa,
luego la vomitan y la pasta se congela y sobrenada en la
haz de las aguas, donde cambia su color y su masa, hasta
que las olas la arrastran a las orillas del mar, donde los
mercaderes y viajeros que la conocen la recogen y la venden.
Se dice actualmente que el ámbar gris es esperma
de ballena, una versión mucho menos verosímil
pero no menos poética.
El coleccionista ambicioso
Un hombre ambicioso se propone coleccionarlo todo. Reúne
en su casa, convertida en sala de exposiciones, una colección
de semillas, otra de objetos encontrados en la calle, otra
de agua de la canilla (brotada de diversas canillas, a diversas
horas del día). Colecciona pulóveres, pensamientos
célebres y banales, boletos de colectivo, hojas de
diarios elegidas rigurosamente al azar. Colecciona agujeros,
panes, envases de desodorantes vacíos. Cada año
se ve obligado a mudarse a una casa más grande y
luego cada seis meses. Finalmente comprende que sólo
renunciando a toda clasificación podrá obtener
la colección más completa, la colección
de colecciones. La exhibe en el mundo entero.
La lucha contra el ángel
Vergüenza de aquel que cree haber luchado con el
Ángel y descubre, revisando el cadáver, que
acaba de vencer a un asaltante callejero. Por eso es mejor
no resistirse tanto, mantener la ilusión, ser derrotado.
María Antonieta
Enamorado de María Antonieta, de su ternura y sus
defectos, de su frivolidad y sus lunares, elabora planes
para rescatarla de tan bárbaro destino. Amor presta
inspiración a su espíritu, habilidad a sus
manos de artesano, construye así una perfecta réplica
de la mujer que ama, réplica viviente, idéntica,
impecable, que sólo difiere de su original en ciertas
inflexiones de su francés de extranjera. Ahora queda
sólo el acercarse a ella, reemplazarla y sin embargo
llega tarde, llega cuando ya todo ha sucedido, su nave temporal
es demasiado lenta, no alcanza a retroceder con suficiente
velocidad esos doscientos años que los separan, que
los separan.
Gestión exitosa
Mi intervención personal ante la autoridad (puedo
ser persuasiva, tengo influencias, sé alternar ofrendas
y amenazas) ha sido exitosa, pero cómo probarlo.
Todos creerían en el Apocalipsis si estuviera aquí:
su postergación es, en cambio, indemostrable.
Aptitud y vocación
Sufrimos también aquellos que por falta de vocación
contrariamos una aptitud natural. Los dedos de mis pies,
por ejemplo, tienen el mal hábito del geotropismo,
y persisten en crecer hacia abajo, adelgazados sus extremos,
hundiéndose en la tierra al menor descuido. El peligro
de echar raíces me obliga a permanecer siempre en
movimiento, a preferir las caminatas o las carreras sobre
el asfalto, a evitar por sobre todas las cosas pisar la
tierra húmeda, a dormir boca arriba no más
de un par de horas seguidas, aún a riesgo de que
tanto ajetreo me haga caer las hojas antes de tiempo y malogre
mis frutos, ya de por sí escasos y esmirriados.
El iluso y los incrédulos
Hace calor. En el bar un grupo de hombres miran sin mirar
los polvorientos rayos de luz que se filtran a través
de la persiana.
- Puedo caminar por esos rayos - dice el iluso.
Los hombres se ríen y hacen apuestas. El iluso trepa
de un salto a uno de los rayos de luz, intenta dar un paso
tambaleante y cae. Los incrédulos cobran sus apuestas.
En el avión
Hace calor, estamos atados a nuestros asientos, no hay
espacio para extender las piernas. Esperamos, contra toda
lógica, que el avión levante vuelo, confiamos
como niños en que la pesadísima construcción
de acero correrá locamente por la pista hasta echarse
a volar. Sólo los desconfiados, los intensos, los
verdaderamente adultos somos capaces de ver la figura del
enorme pájaro rock que toma el avión entre
sus garras y nos eleva sobre las nubes de una manera tanto
más razonable, más explicable, más
sensata.
Las leyes del caos
En su cama de hospital, un paciente se aferra a la vida
recitando las tablas de multiplicar. Entretanto, un milano
roba el turbante con dinero de la cabeza de cierto incrédulo
que anteponía su esfuerzo personal a la voluntad
de Alá, creyéndose artífice de su miserable
destino.
Para ambos, para el enfermo y el incrédulo, la suerte
está echada y sin embargo el hombre sigue recitando
las tablas de multiplicar como si el azar no existiera,
como si él mismo no estuviera allí por accidente,
como si el universo tuviera orden y sentido, como si alguna
regla se cumpliera, como si no fuera cierto que todo es
posible, hasta ese famoso golpe de dados capaz de abolir
para siempre el azar.
Azazel
De todos los demonios posibles (abominable aquel que reconozca
sólo uno) Azazel es el único al que Jehová
teme y respeta. En el Levítico (II, 4) exige al pueblo
judío que sacrifique a Azazel un macho cabrío.
El animal debe ser abandonado vivo en el desierto después
de haber cargado sobre él todos los pecados del pueblo.
Así se equivoca, una vez más, Jehová,
creyendo envenenar con esa ofrenda impura y corrompida a
quien en el Error se fortalece.
Pero he aquí que en los últimos 300 años
el sacrificio se ha vuelto nulo o azaroso. En lugar de machos
cabríos, sólo las torres de petróleo
interrumpen la uniformidad del desierto. Azazel desfallece
de hambre aunque sobren pecados en el mundo. La destrucción
del demonio, que la fe en Jehová no obtuvo, la obtendrá
su descrédito.
El pájaro azul
Un hombre persigue al Pájaro de la Felicidad durante
meses y años, a través de nueve montañas
y nueve ríos, venciendo endriagos y tentaciones,
tolerando llagas y desdichas. Antepone la búsqueda
del Pájaro a toda otra ambición, necesidad
o deseo. El tiempo pasa y pesa sobre sus hombros pero el
también el Pájaro envejece, sus plumas se
decoloran y ralean.
Lo atrapa en un día frío, desgraciado. El
hombre es anciano y está hambriento. El pájaro
está flaco pero es carne. Le arranca sus plumas todavía
azules con cuidado, lo espeta en el asador y se lo come.
Se siente satisfecho, brevemente feliz.
Los beneficios secundarios
El pequeño comienza por reclamar atención
con débiles gemidos y desmayos frecuentes. Si no
la obtiene, sufre crisis de disnea y rompe la vajilla pieza
por pieza contra las paredes de su habitación. Provisto
de un destornillador, suele atacar los aparatos eléctricos
mientras lo sacuden accesos convulsivos. Si aún así
no obtiene atención, intentará cortar en trozos
pequeños a los habitantes de la casa que estén
al alcance de sus fuerzas, un animal doméstico, un
abuelo inválido, un hermano pequeño. Suele
empezar por los dedos y, durante la tarea, el cuerpo se
le cubre de vesículas serosas.
Declarados los primeros síntomas, se aconseja a la
familia otorgar de inmediato, sin regateos, los beneficios
secundarios de la enfermedad.
Otra operación
El bisturí eléctrico reproduce el olor de
un buen asado a la parrilla. Dicen los que saben que la
carne humana tiene un aspecto y un sabor semejante a la
del cerdo. Sin embargo, nadie piensa en comer de ese vientre
abierto en el que el intestino se mueve como un largo gusano
peristáltico, se desliza hacia afuera, envuelve y
oprime en sus anillos el cuerpo del cirujano y se escuchan
ya los crujidos de sus costillas mientras el resto del equipo
lanza tajos al azar, busca desesperadamente la cabeza.
El hermano serpiente
En su lecho de muerte, el padre le entrega un cofre. Adentro
del cofre vive una serpiente.
- Esta serpiente -dice el moribundo- es tu hermano, fruto
de mis amores con una mujer demonio. Lo confío a
tu cuidado.
El hijo consagra su vida a la caza de ranas y ratones para
alimentar a la serpiente, creyendo que su padre sufre en
la Gehena el castigo de los lujuriosos o los magos, sin
saber que se cuece, en realidad, en el círculo destinado
a los bromistas.
La búsqueda
Estoy enferma, muy enferma. Camino por el pasillo de un
hospital con muchas puertas, como en un viejo film policial.
Tengo que abrir una por una hasta encontrarme, tengo que
llegar antes de que se den por vencidos, antes de que me
cierren del todo y cosan la abertura y ya no tenga cómo
ni por dónde entrar en mí.
Cazador desafortunado
Su mano se introduce en la red y saca un pájaro
grande de flamígeras plumas. Su mano se introduce
en la red y saca un helicóptero que devuelve alegremente
al aire. Su mano se introduce en la red y saca una sarta
de incisivos inferiores de niño (es el primer diente
que se les cae) engarzados en un brazalete. Su mano se introduce
en la red y saca solamente el brazo mutilado.
Como identificar a un condenado
A los condenados se los reconoce cuando duermen: distraídos
de su alerta constante, no pueden evitar echar algo de fuego
al respirar por la boca. Es inútil arrojarles agua
fría, es un fuego como de gasolina que la saliva
no alcanza a atenuar. La arena, en cambio, al quitarle oxígeno,
podría apagarlo pero sólo si se tapa bien
toda la cara cubriéndola con una capa de arena de
cierto espesor. Por eso aconsejamos a los condenados no
dormirse boca arriba en la playa. Adelante, recuerden nuestras
instrucciones y ¡buena suerte!.
Malos consejos
Por consejo del hechicero, talló una figura de
madera con la forma exacta de su enemigo. La quemó
en el campo, de noche, bajo la luna. Atraído por
el resplandor de la hoguera, su enemigo lo descubrió
y lo mató de un lanzazo.
Haber crecido
Qué grande que estás, dice mi tía
Raquel a duras penas, oprimida contra la pared de su dormitorio
con tal grado de presión que apenas puede volver
a introducir en sus pulmones el aire que usó para
asombrarse del tamaño de mi mano que intenta, entre
el índice y el pulgar, tomarla de la cintura para
acercarla a mi oreja.
El cuerpo del delito
Quisiera recordar que ya se han empleado todos los recursos
de esta fiscalía para encontrar el cuerpo del delito,
pero no lo hay, y no es que el delito sea incorpóreo:
es que sólo tiene cabeza, una cabeza grande, con
una cara de ojos grandes y tristes, como de vicuña,
una coronilla calva, un cuello cercenado del que mana ese
líquido en nada parecido a la sangre y es tan difícil
para el fiscal persuadirla de que la ley exige el cuerpo
y no la cabeza del delito, de que estamos haciendo todo
lo posible, de que se vaya de una vez por todas a molestar
al asesino.
La desmemoria
Para disimular que ya no los recuerda, evita citar nombres
propios. Para disimular que no reconoce las caras, trata
a todos los hombres como si fueran sus íntimos amigos.
Observa constantemente a los demás imitando con un
segundo de atraso sus gestos y sus acciones. Su mundo es
frágil, extranjero, desolado, pero tiene, sin embargo,
algunas compensaciones. Nadie más puede tomar cada
noche a una mujer distinta con la que está casado
(dice ella) desde hace veinte años.
Densidad de las emociones
Ingenioso instrumento mide la densidad de las emociones.
La alegría es porosa, la pena tiene alto peso específico,
la ira arranca el instrumento de las manos del técnico
y se lo rompe por la cabeza, con justa razón.
Así es la vida
Más que epidemia, una verdadera pandemia. Ataca,
entre otros, a los obesos, a los mineros que respiran sílice,
a las mujeres que usan trenzas atadas con cintas de colores:
todos participamos en algún grupo de riesgo. La sintomatología
aleatoria confunde el diagnóstico: una dermatitis,
la lividez crónica o repentina, la pasión
por los programas de entretenimiento, la alopecia genética,
el insomnio, los espasmos intestinales, incluso la ausencia
de todo síntoma.
La enfermedad se extiende a través de los continentes.
Es inútil aislarse en el aire (a bordo de un avión)
o en la mitad del mar. Puede atacar (y lo hace) en el mismo
vientre materno, desde el momento en que comienza la división
del óvulo fecundado, destruyendo al cigoto o al embrión
o al feto. A veces sucede todo lo contrario: la crisis se
difiere durante años, en algunos casos más
de noventa.
El desenlace es siempre fatal.
Nunca contarlo antes
Un escritor cuenta la idea de un relato que está
a punto de escribir. La cuenta en una mesa de café
y la idea es buena, el aire se tensa alrededor de las palabras,
el relato se hace a tal punto tangible que el humo del cigarrillo
no lo atraviesa, las volutas describen su contorno transparente.
Pero después, cuando trata de transformarlo en letras,
percibe grietas antes ignoradas por donde las palabras se
deslizan, hay campos minados, una bruma de rutina invade
el texto y los Dioses rechazan la ofrenda de una víctima
que ya no es pura, que otros antes que Ellos han gozado.
De quien espera
De quien espera una voz y poco a poco va dejando de lado
todo el resto, se desvanece a su alrededor el universo,
odia el teléfono y lo ama como Catulo a su Lesbia
indiferente, poco a poco la espera invade todo, poco a poco
abandona actividades o las realiza con distracción
absorta hasta que su único verbo cierto es esperar:
irresponsable olvido de quien pretendió ser en sus
comienzos protagonista de una minificción, y se transforma
así, por un momento, en el centro doloroso de un
poema. Pero el suceso de su transformación lo vuelve
otra vez narrativo y por eso lo incluyo en este libro.
Los esquimales
Un grupo de esquimales juega a la pelota golpeando con
paletillas de morsa una piel de foca rellena de musgo y
arcilla. Todos conocen los ciento treinta y dos nombres
de la nieve, pero no todos manejan el bate de hueso con
la misma habilidad, no todos arponean ballenas con lanzas
atadas a vejigas de caribú bien infladas, no todos
pueden arrastrar dos focas muertas al mismo tiempo, no todos
pueden alzar a un oso por las patas de atrás y revolearlo
como si fuera una liebre: algunos sólo saben contar
historias. Sin embargo, como cada año hay dos largos
meses sin sol, los cazadores comparten con ellos el alimento.
No solo de carne y grasa vive el hombre, sobre todo en la
oscuridad.
Fantasmas vegetales
Que los árboles, arbustos y otras especies vegetales
también son capaces de sentir miedo, lo prueba el
hecho de que existan las plantas fantasmas. Qué objeto
tendría, en efecto, la súbita aparición
de almas vegetales, su posibilidad de escapar por momentos
del Otro Mundo, si sus congéneres no se asustaran
de ellas.
Estos ectoplasmas, casi tan silenciosos como lo fueron en
vida, emiten apenas un susurro apagado pero constante, como
si sus hojas y sus ramas o tallos se entrechocaran suavemente
al ritmo de un viento invisible: ningún movimiento
agita las copas inmóviles y transparentes. Los fantasmas
vegetales sólo pueden ser percibidos por seres de
su mismo reino.
Que los hongos, setas y trufas posean asimismo la facultad
de atemorizarse, es algo que hasta ahora no ha sido comprobado.
Pero se investiga, señores, se investiga.
Pacientes desahuciados
Para los médicos que desahucian a sus pacientes,
hay una enfermedad que les agranda lentamente los orificios
de la cara. Mundo de siete pozos, la llamaba Alfonsina Storni,
y cuando los siete pozos comienzan a ensanchar sus límites,
se ahondan, disimular es imposible. Los pacientes y las
instituciones rechazan a estos médicos sospechosos,
de boca grande, de ojos profundos, de nariz demasiado ancha
o carcomida. Poco a poco las ausencias resultan más
importante que las ruinas y el rostro adopta la expresión
suspicaz de un queso Gruyere abandonado por su pareja. La
muerte les sobreviene en soledad, ocultos, descabezados.
Las formas de suicidio suelen ser el degüello o un
tiro de bazuka.
Así se logra que nunca haya pacientes desahuciados,
todos van hasta el final fuertes y alegres, sostenidos por
la esperanza: muchos conocen su destino, pero también
a ellos les conviene fingir.
El hospital
Burros, hombres, lombrices, piedras enormes y quirquinchos
se hacinan en el hospital. Que vergüenza para el gobierno,
esto no es más que un revoltijo maloliente. No hay
vendas, no hay remedios, no hay enfermeras, no hay tomógrafos,
no hay ambulancias, no hay camas, no hay médicos,
no hay laboratorio, no hay suero, no hay jeringas, no hay
quirófano, no todos están heridos, no todos
están enfermos, qué vergüenza, que vergüenza,
es posible que ni siquiera sea un hospital.
Huríes
Si para el buen musulmán el Paraíso es fértil
en huríes, para la musulmana observante, ¿qué
promete? Menos que nada es un harem de varones dóciles
a sus deseos (menos que una sola semilla de sésamo)
frente a la gloria de ser la favorita en un harem de cien
mil cuatrocientas treinta y dos mujeres bellas. (Las otras
cien mil cuatrocientas treinta y una están en el
infierno)
El mundo invisible
El Zohar postula que lo invisible es reflejo de lo visible.
Esta afirmación es parcialmente verdadera y se complementa
con la teoría del iceberg. Lo visible refleja una
pequeña parte de un mundo invisible nueve veces más
vasto, más abarrotado. De ahí nuestros constantes
tropiezos físicos, psicológicos, sociales:
llamamos torpes a quienes se destacan en la involuntaria
percepción de lo invisible.
Dolor de cabeza II
La jaqueca lo enloquece. Por momentos la desesperación
lo impulsa a golpearse la cabeza contra la pared como si
tratara abrirla para librarse de algo que lo tortura por
dentro. En la crisis, todo parece perdido. Hay que ser paciente,
recordar que al fin el dolor siempre cede, que podremos
soltarnos las amarras, ponernos de pie, recorrer otra vez
sin temor las circunvoluciones, sus laberintos grises.
Puntualidad de los filósofos I
El profesor Kant es tan regular en sus costumbres que
cada día esperamos su paso para poner en hora nuestros
relojes. Cruza la calle siempre por esta esquina a las cuatro
en punto de la tarde. El resto del universo, en cambio,
es irregular, confuso, impredecible. A las cuatro en punto
de la tarde a veces brilla un sol violento y a veces es
de noche. Hay días en recién acabamos de cenar
y otros en que las cuatro de la tarde llegan inmediatamente
después del desayuno. Los peores son esos días
de infierno en que las cuatro en punto vuelven una y otra
vez, casi a cada momento. Imagínese usted en qué
horrible caos viviríamos si no nos informara el profesor
Kant, con su paso regular y confiable, cuando están
empezando a ser otra vez esas veleidosas cuatro de la tarde.
Puntualidad de los filósofos II
Todos ponen en hora sus relojes al paso preciso del profesor
puntual. Así, cuando Kant se va de viaje, la gente
del pueblo no logra ponerse de acuerdo, algunos relojes
atrasan y otros adelantan, la maestra llega a la escuela
cuando los niños ya se han ido, los novios no coinciden
en la iglesia a la hora de la ceremonia de bodas (muchos
matrimonios fracasan antes aún de haberse realizado)
y se producen batallas callejeras para decidir en qué
momento exacto debería escucharse el tañido
de las campanas.
Para evitar esos viajes que ponen en peligro a toda la comunidad,
alguien propone distraer al profesor para que llegue tarde
a la estación, sin medir las consecuencias de semejante
confusión de horarios, el riesgo de que el tren les
atropelle el tiempo haciéndolo pedazos.
Puntualidad de los filósofos III
La puntualidad del profesor nos permite conocer a su paso
la hora exacta. Cuando Kant no está en el pueblo,
su ausencia produce en el tiempo un hueco peligroso que
absorbe con la fuerza de un remolino o de un agujero negro:
cómo vuela el tiempo, suspiran todos. Y hacia dónde,
se preguntan algunos.
Puntualidad de los filósofos IV
El profesor Kant pasa por aquí todos los días
exactamente a la misma hora. Usted escuchará este
comentario en cada una de las calles del pueblo, con una
curiosa coincidencia en las cifras. Se preguntará,
entonces, cómo es posible que el profesor Kant pase
por lugares tan alejados unos de otros, todos los días
a la misma hora. Es que se trata de una hora faldera, domesticada,
una hora que se ha encariñado de tal manera con el
profesor que cuando Kant sale a dar su paseo, está
dispuesta a abandonar la manada salvaje del tiempo para
seguirlo por donde quiera que vaya.
Puntualidad de los filósofos V
Cuando el profesor Kant da su paseo habitual caminando
hacia atrás, hasta la leche vuelve a entrar en las
ubres de las vacas.
Puntualidad de los filósofos VII
Para castigar a un alma tan puntual como la del profesor
Kant, el demonio lo condena a vagar por el Paraíso,
donde el tiempo no existe, donde a nadie le importa que
hora es, donde el concepto mismo de las horas ha sido abolido
porque nadie desea nada.
Puntualidad de los filósofos VIII
Kant merece ser premiado por su ética, por ese
imperativo categórico que tantas veces el Señor
trató de imponer a través de numerosas y fracasadas
religiones. La puntualidad es el máximo placer en
el que se regodea el alma del profesor. Podría serle
útil en el infierno, donde los condenados cuentan
cada minuto de castigo. Pero ¿cómo premiarlo
en el Paraíso, donde la eternidad es tan intensa
que no deja lugar a ninguna esperanza? Y el Señor,
compadecido, crea para él un breve tiempo que lo
rodea y lo sigue como una nube personal, oscura, protectora:
Kant y su tiempo vagan inefables por las eternas praderas
mientras los ángeles ajustan las clepsidras a su
paso.
Luciana y las hamburguesas
Luciana va a comer hamburguesas. Cada dos hamburguesas
y una gaseosa, entregan a los clientes un regalo. Como es
un sueño, los regalos son muy raros. Se trepan por
la sábana y tratan de meterse en las orejas de la
persona que sueña, que no es Luciana. A Luciana las
hamburguesas no le gustan. (Ni en sueños).
La maldición
El viejo muere maldiciendo a su asesino. Nadie sabe en
qué consiste esa maldición. El asesino vive
con una constante sensación de amenaza. Una vidente
le asegura que ese temblor de cada día es la maldición.
Hasta el día de su muerte, el asesino no sabrá
que la vidente estaba equivocada. Después, ya será
tarde.
Conquista de la Nueva España I
En la Nueva España, los soldados españoles
llaman esmeraldas a las piedras calchihuíes, papas
a los sacerdotes, Huichilobos a Huitzilopochli, leones a
los pumas, no tienen palabras para tanto pájaro y
a Cempoal bautizan Almería. Su lengua los protege
contra la extrañeza y la locura, luchan para no hundirse
en el barro primigenio, previo a la Creación en el
que todo se confunde, en el que nada existe porque nadie
todavía lo ha nombrado.
Sus descendientes los recordarán con desprecio y
usarán el español para llamarse a sí
mismos aztecas y mexicanos.
Conquista de la Nueva España III
Los sacerdotes no peinan ni cortan sus cabellos, que caen
grasientos, en mechones pegoteados por la sangre de los
sacrificios.
Los sacerdotes han transmitido, de generación en
generación, la profecía sobre los dioses barbudos
que vendrán desde el Naciente para apoderarse del
reino y señorearlo.
Los sacerdotes están arrepentidos. Ahora niegan la
leyenda o vuelven a contarla de otro modo, buscando nuevas
interpretaciones.
Sólo Cortés y su gente creen en esta nueva
versión, tanto más aproximada a la idea que
tienen de sí mismos, pero no parecen dispuestos a
persuadir a los aztecas.
Ultima voluntad
Antes de morir exige que su cuerpo sea ungido con mirra
y con incienso, que sea cremado, que sus cenizas se recojan
en una urna de alabastro, que sus deudos las esparzan desde
un helicóptero sobre toda la ciudad con la máxima
ecuanimidad posible: que ningún barrio reciba más
que otro.
Después de muerto sus deudos descubren que el incienso
no sirve para ungir y lo entierran en la Chacarita.
Cultura musical
Todos los días a la misma hora del atardecer la
música se eleva desde las montañas. Son canciones
baratas, las mismas que han circulado entre las simas y
los riscos en las radios de los excursionistas. Algunos
atribuyen este fenómeno al eco, otro le echan la
culpa a la falta de cultura musical de las montañas.
Ser Nadie como Ulises
Como Ulises, todos los hombres intentamos ser Nadie ante
el cíclope final: Nadie escribe estas líneas,
Nadie las lee, Nadie morirá.
El estado de las paredes
Quién dijo que ese paraguas que te regalaron para
tu cumpleaños, ese paraguas que recibiste con disgusto,
porque esperabas un juguete, quién dijo que ese paraguas
que colgaste de mal humor en un perchero, enojado con tus
padres y con el mundo, está mejor dispuesto que su
dueño a la forzada convivencia, quién dijo
que se propone cumplir con su obligación de resguardarte
de la lluvia, quién dijo que su sueño era
ser entregado a un chico malhumorado del que ya ha decidido
escapar en la primera ocasión que se presente (y
a un paraguas se le presentan muchas), quién dijo
que su verdadera ambición no es encabezar la rebelión
que lo llevará al trono en el vastísimo Reino
de los Objetos Perdidos, quién dijo que no está
listo para atacarte si fuera necesario, y por eso se entrena
clavando en la pared el extremo aguzado con el que planea
atravesarte dejando en la mampostería esas heridas
que manan polvillo de yeso y cómo, sobre todo, persuadir
a tus padres -alarmados por el estado de las paredes de
tu cuarto- de su fatal amenaza, de su culpa.
Excesos de pasión
Nos amamos frenéticamente fundiendo nuestros cuerpos
en uno. Solo nuestros documentos de identidad prueban ahora
que alguna vez fuimos dos y aún así enfrentamos
dificultades: la planilla de impuestos, los parientes, la
incómoda circunstancia de que nuestros gustos no
coinciden tanto como creíamos.
Vuelo de libertad
Abrí su jaula, y a través de la ventana
de la torre lo lancé hacia la vida. ¡A volar!, le
dije. Pero quien nace prisionero le teme a la libertad.
Me lo recordó, desesperado, su ladrido final.
El orden de las personas
Elige la primera persona, cree elegirla, cuando en realidad
es la primera persona quien lo elige a él, que al
fin no es más que la tercera, y no te rías
de su confusión de pobre tipo, de último orejón
del tarro que se cree el ombligo del mundo si a vos, pobre
infeliz, te está pasando lo mismo, te creés
que estás ahí adelante y no sos más
que la segunda persona porque para que lo vayas sabiendo,
la primera soy solamente yo.
El premio
Todo tiene remedio, menos la muerte, aseguró el
buen hombre durante toda su vida. Y tan bueno fue, que los
Jueces decidieron no otorgarle la reencarnación para
no decepcionarlo o desmentirlo.
Por falta de pruebas
Saltos enormes, de veinte o treinta metros de largo en
los que me elevo por encima de las copas de los árboles
y sin embargo son solo eso, saltos: la prueba cruel de que
no levanto vuelo.
No hay excusa
No hay torrente que se deslice bajo su arco, no hay lecho
de guijarros, no hay orillas que sirvan de excusa a las
patas abiertas, altas y crueles del puente para suicidas.
Rabino contra Angel
Un rabino jasídico promete a uno de sus discípulos
que salvará a su mujer agonizante por la sola fuerza
de la oración.
Días después el discípulo lo enfrenta
llorando: su esposa ha muerto.
- No es posible. -asegura el rabino- Mientras oraba, logré
arrancarle su espada al Ángel de la Muerte.
- Mi mujer está muerta y enterrada - insiste el joven.
El rabino medita unos instantes, tratando de entender.
- Hay otra posibilidad: quizás al ver que ya no tenía
espada, el Angel decidió estrangularla con sus manos
desnudas.
Lo curioso es que esta breve historia haya sido recopilada
por Nathan Ausubel, el incrédulo, en una colección
de cuentos humorísticos.
Las recetas de Apollinaire
En su libro "El poeta asesinado", Apollinaire
propone a sus lectores una receta de vinagre para encontrar
monedas de cinco francos y un polvo antihigiénico
para tener muchos niños. El lector, seducido por
los guiños a su inteligencia, por el respeto a su
sentido del humor, sintiendo que forma parte de una elite
de seres levemente irónicos y superiores, el avisado
lector sonríe y pasa por esta vida sin hacer el menor
intento por ensayar ninguna de esas recetas, sin pensar
que, como en tantas cosas, ésta era su única,
su última oportunidad.
Genios encerrados en redomas
El Califa recibe aquello que envió a buscar a las
profundidades del océano: los peces-hombres, las
redomas. Abre las redomas que encierran a los genios dominados
por la voluntad y el sello del Gran Soleimán y ordena
guardar en cisternas con agua a los peces con figura humana.
- Acepta nuestra contrición, ¡Ye profeta de
Alá! e intercede por nosotros -mienten los demonios
liberados.
Entretanto, a causa del calor, los peces-hombres mueren
en las cisternas.
Así, a causa de su curiosidad y su inocencia, el
Califa se condena por desatar a los demonios que azotan
a la humanidad y dar muerte al mismo tiempo a los únicos
seres que hubieran podido atraparnos y encerrarnos una vez
más, loado sea tu nombre, ¡ye Califa!
Desde entonces vivimos en el pecho de los hombres, una casa
de puertas abiertas que nos permite entrar y salir a voluntad.
Consejos para plantas desconcertadas
Si ves a una buganvilla sonámbula dando su habitual
paseo nocturno por la veranda, sabrás que ese sonido
sordo y lejano es el rugido de un tigre, que un criado moreno
usará la palabra Sahib, que tus raíces están
tan desnudas como las de la buganvilla, y que es preferible
para las dos, ante el riesgo de morir desgajadas, seguir
durmiendo.
Samael y el hombre
Samael está celoso. Dios, en su Arbitrariedad Infinita,
prefiere al hombre. El hombre está hecho de barro.
Los ángeles, de la Gloria misma del Señor.
Pero sólo aquél que es diferente de su padre
puede ser amado como hijo. Samael es apenas una parte de
su Creador.
Samael se rebela y es vencido. El y sus huestes son precipitados
al Seúl. Gracias a su rebelión, deja de ser
una parte de la Gloria de Dios y se convierte, también
él, en hijo.
Unos creen que el Seúl, reino de Samael, es el Infierno.
Para otros se parece a la Tierra. Todos podrían estar
en lo cierto: nadie ha logrado probar que el Infierno no
sea aquí y ahora, en este mundo.
La alegría tenaz
Sólo entonces se descubre que la tristeza, la ansiedad,
el miedo, son reacciones defensivas del organismo, comparables
al dolor. Como leprosos que se hieren sin notarlo, quienes
padecen alegría tenaz están en constante peligro.
A causa de la irritación que provocan en el prójimo
pero también por falta de culpa o de temor, mueren
rápidamente, impunes y felices.
La alegría tenaz es fácil de confundir con
indiferencia.
El mapa del tesoro
Dos pícaros le venden a un tonto el mapa de un
tesoro. El tonto cava en el lugar indicado y no encuentra
nada. Los pícaros apuestan el dinero en el casino
y ganan una fortuna.
La mujer del tonto lo abandona y se va con uno de los pícaros
o quizás con los dos. El tonto se sienta a la puerta
de su choza a lamentarse de la ruptura de los códigos
tradicionales y cada vez que pasa un autor contemporáneo
le tira piedras. Por suerte, además de ser tonto,
tiene mala puntería.
Formas del viajar
Un grupo de chicos juega a un juego que nunca vi. Dos
de los varones saltan en un pie. Tengo que tomar un tren
que me llevará lejos, cruzando paisajes inesperados,
pero por el momento el problema es llegar a la estación,
que también está lejos. Estoy en un sueño,
o en un país extranjero: no es tan distinto. Estoy,
con respecto a mi vida verdadera, aislada del discurso,
autónoma, encerrada y libre al mismo tiempo: entre
paréntesis.
(1) Selección de microficciones extraída del
libro Botánica del Caos, Editorial Sudamericana,
2000 www.edsudamericana.com.ar
(*) Ana María Shua (anamariashua@hotmail.com)
nació en Buenos Aires en 1951. Su primer libro, El
sol y yo, fue publicado cuando tenía dieciséis
años. Por ese libro de poemas recibió dos
premios. Desde entonces ha publicado diecisiete libros.
Ha trabajado en publicidad, periodismo y como guionista
de películas. Estudió en la Universidad de
Buenos Aires, donde recibió su Maestría en
Artes y Literatura. En 1976, con el advenimiento de la dictadura
militar, su familia se vio dividida por el exilio: su hermana
y dos primos se vieron forzados a dejar el país,
y Ana María decidió radicarse por algún
tiempo en Francia con su esposo. En París trabajó
para una revista española publicada por Cambio16.
De vuelta en la Argentina, su primera novela, Soy Paciente,
recibió el Primer premio del concurso internacional
de narrativa de Editorial Losada. Un año más
tarde publica Los días de pesca (historias
cortas), y en 1984 la novela Los Amores de Laurita.
Sus dos primeras novelas fueron llevadas al cine, en lo
que marcó el comienzo de su trabajo como guionista
de cine. Las mismas novelas fueron además traducidas
al italiano y al alemán La sueñera
(1984). En 1988 escribió una nueva colección
de historias cortas (Viajando se conoce gente), y
comenzó su carrera en la literatura infantil con
los libros La batalla entre los elefantes y los cocodrilos
y Expedición al Amazonas, a los que seguirían
otros como La fábrica del Terror (1990) y
La puerta para salir del mundo (1992). Sus libros
infantiles han sido reconocidos y premiados en Argentina,
Estados Unidos, Venezuela y Alemania. En 1992 publicó
un nuevo libro de historias brevísimas: Casa de
Geishas. Entre 1993 y 1995 publicó varios libros
relacionados a la cultura y a las tradiciones judías:
Risas y emociones de la cocina judía, Cuentos
judíos con fantasmas y demonios y El pueblo
de los tontos. En 1993 recibió la beca Guggenheim
para trabajar en su novela El libro de los recuerdos.
La muerte como efecto secundario, publicado por Editorial
Sudamericana. Historia de un cuento (cuento juvenil)
Buenos Aires: Sudamericana, 1998, Como agua del manantial:
Antología de la copla popular. (antología
de coplas populares), La fábrica del terror II.
(cuento infantil), Sudamericana, 1998. Premio Cuadro de
Honor Municipalidad de Tucumán, Las cosas que
odio y otras exageraciones. (poesía infantil),
Alfaguara, 1998, Cabras, mujeres y mulas: Antología
del odio/miedo a la mujer en la literatura popular.
(antología de literatura popular), Antología
de amor apasionado, lo edita junto con Alicia Steimberg
(antología) Alfaguara, 1999, Cuentos con magia
(cuento infantil; adaptación de cuentos populares)
Ameghino, 1999, El valiente y la bella: Cuentos de amor
y aventura (cuento infantil; adaptaciones de cuentos
populares), Alfaguara, 1999. Botánica del caos,
Sudamericana, 2000. Ha ganado el primer premio de la editorial
Emecé 2002 por su novela Amigas Mías.