Kodak
de María Teresa Andruetto (*)

 


Hamaca

Estoy en cama
                (la enfermera
                se llama Erminda)
Por la ventana que da al patio,
mi hermana pasa a bordo de una hamaca.
Pasan también las moras, el verano,
las chicharras. Ha de ser octubre,
como esta tarde, o tal vez noviembre,
y el calor agobia, porque mi padre
que llega del trabajo, se ha soltado,
cosa extraña, la corbata. Yo estoy
en cama. Y Ana que pasa alegre,
viva, a bordo de la hamaca.
Habrá sido de vidrio el aire,
como esta tarde.



Peras

Había una rosca cubierta
de azúcar, una mesa con el hule
verde y una frutera de vidrio
(por la loneta de las cortinas, el sol
sacaba tornasolados color de ajenjo),
y había peras. Recuerdo los cabos rotos
y el punto negro que, en una de ellas,
hace el gusano. Sé que las dos teníamos
el pelo corto y unos vestidos
almidonados.

Después algo (quizás el viento)
sonó allá afuera y mi madre dijo
que acababan de pasar
Los Reyes.



Las amigas de mi abuela

Íbamos a verlas
los días de los muertos,
cuando la muerte no dolía.
Mi madre (que era hermosa y usaba
tacos altos) nos llevaba de la mano,
se pintaba la boca. Hablaban piamontés,
la palabra cerrada en la garganta a gritos.
Nos ponían vestiditos blancos de piqué
y volvíamos con olor a gladiolos,
a margaritas. Tenían una casa oscura
las amigas de mi abuela, y el tamaño
de un hombre. Ellos en cambio
eran flacos, frágiles como niñas:
se llamaban Geppo,Vigü,
Gennio, Chiquinot.



Marin´a *

Mi madre está dormida, con su solero
de flores sobre la colcha (tiene el pelo
tomado con invisibles, huele a agua
colonia). Mi abuela se acerca,
le dice algo al oído y lloran las dos.

La que ha muerto tenía las uñas
amarillas, un misal y un relicario
con pelos de Santa Cecilia.

Hay murmullo de rezos,
una cama vacía, una pañoleta
oscura, una taza de café
(pasa el vapor todavía),
el piso de ladrillos,
la mecedora, las glicinas...

Alguien nos alzó
hacia el tufo de la muerta
              (se llamaba Elizabeta),
para que viéramos.

(*) Madrecita, en piamontés, es también la palabra con que llamaban a mi bisabuela.



Paisaje

Le dijeron: verás el río
(ella llevaba un vestido con canesú),
verás pajaritos y sauces
(un vestido rosa hecho
por su madre).

En el camino
se largó un aguacero,
¡y ella estaba bajo un toldo
con su vestido nuevo!

(cuando la lluvia acabó
                              ya era tarde,
no encontró pajaritos ni sauces
y el agua corría por todas
partes)
.



Lunes

Los lunes mi padre llegaba tarde
y traía chocolates amargos.
En la cama grande, mamá nos leía
La Cabaña del Tío Tom.
A nosotras nos gustaban los lunes,
nos gustaba llorar por tristezas
de cuento, sufrir por los negros
mientras comíamos chocolates
Suchard.



Desnuda en la tienda

No era coqueta
Era
fuerte.
June Jordan

Necesito ropa, dijiste. Una blusa
alegre, de color subido. Y fuimos
a la tienda. La chica que nos llevó
a los vestidores se llamaba Tula.
Te queda rico, dijo, te queda de novela.
Nos metimos las dos en esa caja,
entrábamos apenas.

Como no había asientos ni percheros
te ofrecí mis brazos.

Te sacaste el vestido, la campera,
te sacaste la blusa, las hombreras,
te sacaste el turbante, la remera,
te sacaste el corpiño, la bolsita de mijo,
te miraste al espejo y me miraste
y yo vi tu pecho crudo, las costillas
al aire, y después tu corazón
como una piedra, fuerte y fatal
como una piedra.



Kodak

Yo miraba,
tras la lente de una Kodak
con la que él sacó fotos de la guerra,
antes que la muerte disolviera
sus pupilas y delegara en mis ojos
el dolor de mirarme devastada
por la ausencia.



Carta

En la feria, cuando elegía alcauciles
(estaban algo oscuros), un muchacho
que no tenía más de trece años (lo vi
correr, por La Cañada, hacia El Pocito),
me arrancó la cartera (quedaron
las tiras colgando).


¿Tenía dinero, señora?

Nadie preguntó por tu carta
(yo la llevaba conmigo,
                   tu última carta,
doblada en cuatro).

Era sólo un papel y ese muchacho
lo habrá tirado al agua.



Banjo en la cocina

He perdido una música
Irene Gruss

 

El padre toca el banjo en la cocina
de la casa. Es la siesta del domingo
y amenaza tormenta (... los chicos
juegan, la madre levanta los platos
de la mesa). Bajo la parra zumban
las moscas. El padre toca rumbas,
habaneras, canciones italianas.

Alguien sostiene las partituras,
              da vuelta las páginas

(hasta que salta una cuerda
y la música acaba).



Instantánea con caballo

Tu cuerpo de muchacho
tira las riendas: la pierna
avanza y es bonito el caballo,
te diría, con su pelaje oscuro.
Tal vez sea una yegua mansa
porque hay niños sobre el lomo,
sin cabalgadura. Tu hermano
se ha vuelto hacia el fotógrafo
y están los otros en el cogote
y en la grupa.

Es una foto de blanco
y negro, con los bordes ajados,
te diría (causa gracia esa remera
de banlon, sobre los pantalones
nuevos)
. Tu madre, escondida
tras los niños, sostiene todo.
Veo las piernas y la pollera;
es su fuerza lo que miro,
te diría.



Visita

Hoy vino mi madre a visitarme
y caminamos las dos por estas calles.
Hablamos de mi hermano,
de los hijos, de las chicas del Sur,
de mi cuñado. Otra vez yo critiqué
al gobierno y ella dijo otra vez
"¡Es un país tan grande!". No quiere
que me queje: "¡Este país generoso
recibió a tu padre!" y rodamos las dos
hacia una zona de tristeza, en silencio,
hasta que se detiene y dice: "Ayer
hice dulce de duraznos" y yo digo
que hablaron de mi libro
en el diario.



Víspera

Se va la tarde. Decís, a este sitio
vendremos: escribirás, sembraré,
pasaremos los días de viejos.
Sobre la casa que nace, cruzó
una torcaza. Más allá hay un halcón
y unas loras. La luz moja la falda
del Mogote, aviva los manchones
amarillos. Todo es hermoso, digo,
y sin embargo, hay una nota
de tristeza sobre talas y espinillos.
Será porque es invierno, decís,
será porque es domingo.



del libro PAVESE
                            y otros poemas

No se recuerdan los días, se
recuerdan los instantes.

C.P. 28 de julio de l940.
Diario.

Instante


Una turbulencia balancea
las barcazas. La luz pinta el aire
de amarillos y están cerradas
las viejas puertas. Nadie
en la pescara, ni las góndolas
lúgubres. En el puente de Canaregio
ni las de lujo ni el vaporetto,
sólo pequeñas barcazas
han pasado la noche entre los palos.
Allá al fondo, un hombre barre
la fondamenta de Ca laria. El resto,
nada.

 

Estación abierta, retorno.
En la vida no hay retorno.

C.P. 30 de marzo de l948.
Diario.

Ahora que viene el tiempo de los pájaros

Ahora que viene el tiempo de los pájaros
y de los brotes en las ramas y la blancura
   del almendro,

ahora que salgo al aire por las tardes
y riego plantas y veo cómo la tierra bebe
   el agua,

ahora que se agitan las polleras
   al murmullo de la brisa,

ahora que los niños conquistan el baldío
   y construyen refugios y saltan vallas,

ahora que en el barrio las mujeres se sientan
   a la sombra de los fresnos y toman mate
   y hablan,

yo miro a cada instante hacia el Oeste, hacia
   tu casa.


Primavera de 1992.
In memoriam Clara Crimberg.

Por qué a cada sobresalto...
te vuelven a la mente los troncos
y el río y la colina con la luna
detrás y el camino...?

C.P. 19 de agosto de 1946.
Diario.

Lapataia/94

Caen sobre el camino los troncos
centenarios.Un zorro acecha.
Más allá los manchones
de las castoreras.
Somos nosotros los que vamos
bajo la lluvia, pero parece
que nadie fuera,
que nos hubiéramos hecho de aire
entre las lengas.

Te asombra que los otros pasen
a tu lado y no sepan, cuando tú
pasas junto a tantos y no sabes?

C.P. 17 de agosto de 1950.
Diario.

Entre tus fauces

Río de lomo azul donde navego
con la cabeza otra vez contra
la orilla, devuélveme el resuello
y el talle que he tenido entre tus fauces;
y esta memoria que se lo come todo,
llévatela. Aquella niña calando
sandía en el patio y los amargos
granados abiertos, diamantes
de azúcar, llévatelos. Llévate también
a ese hombre de cejas espesas
y mirada viva que me ha mirado tanto.
Llévate los días, y el recuerdo
de los días, y la tarde en que se fueron,
y el abrazo. Muchas veces Caronte
me pidió que entregara la dádiva,
y yo la di, y los subí a la barca,
y los empujé hacia el agua
que hace sombra.Vuelve siempre
un camino de cipreses y el crujido
de mis pasos en la grava. Vuelven
los que trazan la huella de los días,
y reclaman: Mira hacia arriba.
Y yo por el cielo,huérfana, buscando
el Caprino, los Gemelos, un recuerdo
de agua azul sin alimañas. Mira
hacia arriba, dicen, y yo en tus fauces
otra vez, contra la orilla.


Dos versiones de un poema a Pavese

Se parece a mí, que me busco
el trabajo en el corazón.

C.P. 12 de setiembre
de 1942. Diario.

Pavese

Entre mujeres solas hemos hablado de él
uno de estos días de marzo,
y de la tarde en que mi padre lo vio
pasando la caserma. Dos perros
lo arrastraban y esa tristeza
que no ha vencido nadie. Il diavolo
sulle coline
acecha. Es el 45 y la guerra
cansa. Están en Piazza Cavour
o en Superga. En Torino, no en Le Langhe.
Mi padre muerto parece que me dice
al oído "he pasado Stupinigi
hacia mi pueblo". El otro se llama Cesare
y escribe en plenitud acerca de esas cosas
pequeñas que nos suceden a todos
y de volver y no encontrar ya nada.
Mi padre es partisano, un partisano
de Ghío, y ha cumplido veintitrés. Antes
que cante el gallo
me dará esas voces
que se oyen desde lejos, el eco
en la colina. Están cerca las tierras
fértiles, el cuerno de oro devastado,
y la ciudad que es gris, no tiene
cielo. Alguna vez dirá no escribo más,
el lápiz cruzado sobre el diario,
y acabará el oficio de vivir. No habrá
qué hacer en la ciudad vacía sino esperar
y esperarás que llegue. Por esta calle
hasta el hotel mañana, vendrá la muerte
y tendrá tus ojos.

 

Nada. Tengo un carbón en el cuerpo,
brasas bajo las cenizas. Oh C., por
qué por qué?

C.P. 27 de marzo de 1950 (noche)
Diario.

 

Pavese

Entre mujeres solas hemos hablado de él
uno de estos días de marzo oscuros
contra el cielo rojo
y de la tarde
en que mi padre lo vio pasando la caserma.
De las correas dos perros lo arrastraban
y una tristeza que no ha vencido
nadie. Il diavolo sulle coline acecha,
siembra de sangre estos lugares familiares.
Es el 45 y la guerra stanca.
Están en Piazza Cavour o en Superga.
En Torino, no en Le Langhe, ciprés
y casa sobre el borde de tu tierra.
Mi padre
muerto me dice al oído "he pasado Stupinigi
hacia mi pueblo" y el dolor se desvincula
del ansia y subsiste solo en el alma.
El otro
se llama Cesare y escribe sobre las cosas
que nos suceden a todos cuando volvemos
y no encontramos nada. Mi padre
es partisano, un partisano de Ghío
y ha cumplido veintitrés. Antes que cante
el gallo
me dará esas voces
que se oyen desde lejos, el eco
en la colina. Están cerca las tierras fértiles,
sitios que no son un lugar entre los otros
sino un aspecto de las cosas
ahora devastadas.
La ciudad era como un lago de luz
, se ha
vuelto gris, no tiene cielo. Alguna vez dirá
no escribo más, el lápiz cruzado
sobre el diario, y acabará el oficio
de vivir
. No habrá qué hacer en la ciudad
vacía sino esperar y esperarás que llegue.
Dirás palabras no, si fuera un gesto. No
escribas más y ella vendrá, por esta calle
hasta el hotel mañana, ella vendrá
y tendrá tus ojos.

 

Tu sei come una terra
che nessuno ha mai detto.
Tu non attendi nulla
se non la parola
che sgorgherá dal fondo
come un frutto tra i rami.

La terra e la morte (1945-1946)

 

Entre los ramos.

Hay un olor a flores
cortadas en el campo;
con olor a chinitas salvajes
van a verlos y el sudor las abrillanta.
Es octubre y lastima la resolana
entre los fresnos y el aire está tan quieto
y es tan azul allá a lo lejos...
Es domingo y yo no tengo dónde verte.
Sólo esta palabra como un fruto
entre los ramos y este olor salvaje
que regresa, desde chicos ajenos
y mujeres gordas
con pañuelos.

 

No nos liberamos de una cosa
evitándola, sino solamente
atravesándola.

C.P. 22 de setiembre de 1945.
Diario.

 

Del latin recordis

El nos leía a Pascoli en la luz
de la mañana y hablaba de las tardes
aquellas del otoño, los perros oliendo
entre las setas, cuando iba con su padre
a buscar trufas. Ella sabía de memoria
la vida de él. El nombraba la guerra,
los años escapando, el abrazo
de Paolo y Etiopía. Ella escondía
bajo el plato las cartas que llegaban,
y les sabía los nombres a los primos
lejanos. A veces en las tardes
recientes del otoño, ella recuerda
a Pascoli y a un pueblo que no ha visto:
hay un niño con su padre y unos perros,
y hay un hombre que se larga por los techos,
y un amigo, y es otoño,
y es la guerra.


Para María Cleofé Boglio.

 


(*)María Teresa Andruetto (tandruetto@cordoba.com.ar) es profesora y licenciada en letras, egresada de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Publicó las novelas Tama (Editorial Municipalidad de Córdoba, 1993; reeditada por Editorial Alción, Córdoba, 2002) y Stefano (Editorial Sudamericana, Buenos Aires,1997; actualmente en prensa en la colección Baobab, de Editorial Atlantis de Basilea, su versión en alemán), Todo movimiento es cacería (cuentos, Editorial Alción, Córdoba, 2002), los libros de poesía Palabras al rescoldo, Pavese y otros poemas y Kodak (todos ellos editados por Editorial Argos, Córdoba, Argentina), tradujo Rota de Colisao (poemas vertidos del portugués) de la poeta ítalo-brasileña Marina Colasanti y ha publicado diversos libros para chicos y jóvenes, entre ellos El anillo encantado (1993), Huellas en la arena (1997); La mujer vampiro (2001), Benjamino (2002) en Editorial Sudamericana, Dale Campeón (Editorial Sicornio, Córdoba, 2000), Historia de Nato y el Caballo que Volaba (Aique Grupo Editor, Buenos Aires, 1996) y El país de Juan (Ediciones Anaya, Madrid, en proceso de edición) entre otros. Obtuvo por su escritura entre otras distinciones el Primer Premio Novela Luis José de Tejeda 1992, los White Ravens 1993 y 1998 de la Internationale Jugendbibliothek, de Munich, el Premio Banco del Libro, de Caracas, Mención de Honor del Fondo Nacional de las Artes en los rubros libro de cuentos y obra de teatro inédita, Finalista Premio Sent Soví de Literatura Gastronómica (Barcelona) y figura en diversos catálogos y selecciones nacionales e internacionales de libros y autores para niños y jóvenes.




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