«En amitié mon oncte était parfait,
d'un dévouement absolu, jidéle, sans envie,
plus heureux du succés d'un ami que du sien propre»
Así se expresa madame Caroline Commanville, sobrina
del escritor, en las postrimerías de 1886, con motivo
de la primera publicación del edificante epistolario.
¡Y cuidado si pronto puede uno corroborar la exactitud
del aserto! Ahí esperan las páginas inflamadas
de amor y ternura para atestiguarlo. Ahí aguardan
las pruebas de cómo entendía y practicaba
la amistad el grande hombre honrado. Ello no obstante, y
sólo por ligereza, es costumbre, cuando de Flaubert
se habla, mentar la aridez monacal de su vida, los aspectos
huraños de su espíritu, las explosiones de
cólera que la sociedad burguesa le arrancaba. Hay
quienes se complacen recordando algunos episodios de pintoresca
violencia para demostrar -como en el caso de Saint Marc
Girardin- un fondo ingénito de perversidad...
La vida de Flaubert no es monocorde; antes bien, es rica,
profunda y varia en matices y sensaciones. Su misantropía
y los largos períodos de reclusión voluntaria
-sin los cuales no habría dejado la obra que hogaño
gustamos-, no malogran su facultad preponderante: la simpatía
social y humana que distingue a todo ser humano y civilizado.
Bien lo demuestra cuando le da treguas a la benedictina
labor y pasa los inviernos en París, o invita a sus
amigos de elección a que le acompañen en Croisset.
Esos intervalos son verdaderas fiestas de la amistad, del
ingenio y de la paradoja. El huraño se entrega llana,
sincera y abiertamente, y es capaz de comunicar una alegría
con el mismo acento fraternal con que dulcifica una tristeza
ajena. Odia, eso sí, la grosería burguesa
y sus frutos inevitables: el cáleulo, el culto de
las personas que gastan o mandan, el desdén hacia
las cosas del espíritu, el plebeyismo en las admiraciones
y antipatías. Para Flaubert, burgués «es
el hombre que piensa bajamente».
Sin las cartas de Flaubert, nada sabríamos de la
vida de Alfred Le Poittevin. El sobrino de éste,
Guy de Maupassant, ha escrito algo, es verdad, pero esas
páginas, inspiradas por referencias de terceras personas
-la madre de Maupassant era hermana de Alfred- no llegan
a despertar el interés del gran epistolario.
Desde niño frecuenta Alfred la casa de Flaubert
en Croisset, atraído por el singular aliciente de
un teatro que ellos mismos levantan y en el que participan
a la vez como artistas y público. A dichos esparcimientos
acuden las hermanitas de ambos, Carolina Flaubert y Laura
Le Poittevin, concurso inestimable para las interpretaciones
clásicas de Esther y Athala. Cuando la tragedia los
abruma, pues viven intensamente la vida de los personajes
que transitoriamente encarnan, suben al segundo piso de
la casa y en una pieza apartada se entregan a la lectura
en voz alta, de poemas heroicos y de romances de aventuras.
Estos niños no son como los demás. Han nacido
un tanto tristes, un tanto graves, un tanto viejos. Para
ellos no rezan las historias candorosas y de rigor. Desdeñan
la Mare au Diable, Francois le Champi, la
Petite Fadette, para exaltarse con el Quijote,
y los varones, poco después, con Rabelais.
Flaubert y Alfred Le Poittevin creen haberse visto siempre.
Dijérase que son dos ramajes de un mismo tronco:
tan estrecha se vuelve la fraternidad de sus vidas. Y los
gustos y dilecciones de más en más se asemejan.
Suspiran ambos por una existencia romántica, de ensueños,
de abstraciones, de incesante y lejano peregrinar. Concilian
la poesía con la filosofía, una estrofa de
Hugo y un teorema de Spinoza. Son dos amistades intelectuales
por excelencia, que se orientan hacia un mismo destino.
En las cartas que tenemos a la vista, la simpatía
de los dos amigos luce con apasionada vehemencia en un lenguaje
que, a las veces, puede ser el del amor. Cuando se alejan,
aunque por brevísimo espacio de tiempo, la nostalgia
les inspira recíprocos pensamientos de melancolía.
«Haríamos mal si nos separásemos, alejándonos
de nuestra vocación y simpatía) -escribe Flaubert
el 2 de abril de 1845, al iniciar un viaje por Italia-.«Siempre
que nos hemos propuesto hacerlo, nos hemos encontrado mal.
En nuestra última separación he vuelto a sentir
una impresión penosa. ..»
Sabe que de esa manera hará feliz al amigo que ha
quedado solo y expuesto a los ataques de la melancolía.
Alfred no ha logrado modificar su carácter. Al hacerse
hombre, la indefinible y suave tristeza de la infancia se
ha convertido en un permanente estado de angustia. El mal
que le aqueja no es de los que se curan con medicinas. Pueden
atenuarlo los paliativos de la amistad y del amor, sin que
nada sea capaz de extirparlo, porque esa angustia sólo
viene cuando el hombre siente el más desolador de
los dolores, el dolor romántico de vivir. Pero Flaubert
sabía sacar del fondo de su pesimismo una reconfortante
voz de esperanza. Grandes aflicciones nos rodean, es verdad,
pero hay sublimes compensaciones. Podemos olvidar lo malo
con la contemplación de lo bueno y lo bello. La lectura
de un gran libro, el éxtasis frente a un paisaje
de luz y armonía, el placer que procura un cuadro,
una estatua, una escala musical, son motivos de dicha inefable.
Si a todo ello se agregan las satisfacciones morales, y,
sobre todo, la dulzura de la amistad y el fuego del amor,
la vida al punto se alegra, se colora y serena. «Nada
hay en el mundo que se parezca a las extrañas conversaciones
que se hacen en el rincón de la chimenea a la vera
de cuya lumbre vienes a sentarte, ¿no es verdad,
mi querido poeta?» -pregunta el viajero, con el propósito
de avivar gratos recuerdos -.«Sondando en el fondo
de tu vida, confesarás, como yo, que no tenemos mejores
recuerdos, es decir, cosas más íntimas, más
profundas y al mismo tiempo más elevadas.»
Flaubert va como acompañante en el viaje de bodas
de su hermana. ¡Qué costumbre más ridícula
la de seguirle los pasos a una pareja de recién casados,
en lugar de dejarlos dueños del vasto mundo, en el
disfrute soberano de los sentidos! El propio Flaubert, que
a la sazón es un mozalbete, se rebela, no por el
atentado contra la libertad de los novios, sino por la miserable
manera de perder el tiempo. «Por lo que te sea más
sagrado, verdadero y grande, no viajes nunca con nadie,
nadie, nadie, mi querido y tierno Alfred» -grita desesperado.
Pronto recapacita, sin embargo. Comprende que acaba de ser
excesivo -lo es y lo será en sus afecciones y desdenes-
y escribe para el amigo ausente un párrafo fraternal:
«He vuelto a pensar en ti, en las arenas de Nimes,
bajo el puente de Gard, es decir, en los lugares donde te
he deseado con un extraño apetito, pues lejos el
uno del otro, hay en nosotros un algo como de cosa errante,
vaga, incompleta». La malicia de Freud descubriría
quién sabe qué complejo en esta expansión...La
ternura llega a ser exquisita cuando, por ejemplo, le escribe
desde Génova: «Son las nueve de la noche acaban
de tirar el cañonazo de la retreta. Mi ventan está
abierta, las estrellas brillan, el aire es tibio, y tú,
viejo, ¿dónde estás?, ¿piensas
en mí?». En seguida le comunica sus pesares,
que se reducen, según se ha visto, a la obligación
de viajar en familia. El asunt aunque lo parezca, no es
pequeño para un peregrin del linaje de Flaubert.
Para echarse a andar por mundo hay que tomar sus precauciones.
«Viajar es una tarea muy seria si no resuelve uno
embriagarse el día entero con las cosas más
amargas y necias de la vida. Si supieras todo lo que involuntariamente
han hecho abortar en mí; todo lo que me arrancan
y hacen perder, te indignarías, tú que no
te indignas de nada, como el buen hombre de La Rochefoucauld..
No se indigna, pero se consume en un abismo de tedio. Apático,
blando, exánime, Alfred se siente morir. La monotonía
de cuanto le rodea le infunde un desaliento que Flaubert
no es capaz de vencer con palabras de esperanza. Aquí
está el aspecto heroico de la amistad de Flaubert.
Siendo tan pesimista como el otro, realiza esfuerzos inauditos
para combatir la tristeza de AIfredo. El 13 de mayo de 1845
le escribe desde Milán: «Pereces de hastío,
revientas de rabia, te mueres de tristeza, te ahogas...,
ármate de paciencia, ¡oh! león del desierto;
¡yo también me he ahogado!...»
Recuerda enseguida los momentos de aflicción en
su vida de estudiante para enseñar con ello que sólo
son instantes afortunadamente transitorios. El trabajo es
la ley suprema de la vida: «Piensa, trabaja, escribe,
levántate las mangas de la camisa y talla tu mármol
como el buen obrero que no da vuelta la cabeza y que suda,
riendo, sobre su obra.. Ya vendrán días mejores
de diáfana serenidad. «Es en el segundo período
de la vida de un artista cuando los viajes son buenos. Mientras
no llegan esos años -habla de una larga excursión
por Oriente- deja vagabundear la musa sin inquietarte del
hombre, y cada día sentirás que tu inteligencia
se agranda de una manera sorprendente». Mas para que
ello sea posible hay que adoptar un recurso extremo: «El
único medio para no ser desdichado es el de encerrarse
en el arte sin contar lo demás para nada; el orgullo
lo reemplaza todo cuando se asienta sobre ancha base».
Ante la desesperación de Alfred, Flaubert desea comunicarle
una nueva filosofía de la resignación, para
hacer frente con éxito a las adversidades. Marco
Aurelio, Epicteto, Spinoza, son caminos de luz para quien
se acerca a ellos. Spinoza quiere darle al hombre, con una
regla de vida, la felicidad. ¿Por qué no leerlo,
entonces, como a breviario de salud? ¿Por qué
pensar en la muerte con harta frecuencia si la vida rebosa
de motivos alegres y maravillosos? «Me afliges, querido
y dulce amigo, cuando me hablas de tu muerte. Piensa en
lo que yo sería. Alma errante como un pájaro
sobre la tierra en diluvio, no tendría la menor roca
ni un rincón de tierra en donde reposar mi fatiga.»
Alfred reacciona y hace de la Ética, de Spinoza,
su libro de todas las horas. Se esfuerza por extraer la
deseada regla de vida. Empieza por curarse de la ilusión
acerca del hombre libre. El hombre se cree libre porque,
teniendo conciencia de sus acciones, ignora sus causas.
Pero el hombre no tiene poder sobre los acontecimientos,
y se ve obligado a aceptarlos. En vano tratará de
sacar de sus percepciones la menor verdad. Sólo cambiará
un error por otro. Buscará asimismo un poco de poder
y de libertad, mas lo único que hará será
cambiar de esclavitud. ¿Acaso es ésta la filosofía
capaz de salvar a un desesperado si se le arranca la ilusión
de la libertad y del poder? ¿Es una manera certera
de hacerle feliz? Spinoza se encarga de dar la respuesta.
El poder del hombre es de otro orden: está, no en
los cuerpos o en los hechos, sino en las ideas, en la razón.
La tristeza es el estado inalterable de Alfred. También
en Spinoza aprendería que la tristeza es el pasaje
a menor perfección. «La tristeza es un mal,
porque es el signo cierto de nuestro pasaje a una menor
perfección. La alegría es un bien, porque
es el signo cierto de nuestro pasaje a mayor perfección.»
La melancolía, he ahí la enemiga: «¿Por
qué mostramos tanta diligencia para apaciguar el
hambre y la sed, y tan poca para arrojar de nosotros la
melancolía?» -pregunta el filósofo.
Es seguro que Alfred logra reaccionar de sus peores crisis
formulándose el mismo interrogante. Una vez vencida
la melancolía, la idea fija de la muerte se bate
en retirada. El hombre de espíritu libre, guiado
por el conocimiento verdadero, fija la atención en
el desenvolvimiento positivo de la vida en sí mismo
y en los demás. No piensa en la muerte. Su sabiduría
consiste en meditar acerca de la vida, y no acerca de la
muerte (1).
Cuando Alfred Le Poittevin se liberta de la tristeza que
le paraliza la voluntad, siente un renacimiento de fuerzas
nuevas, una ilusión de la vida que antes nunca conociera,
un febril afán de dar forma concreta y perdurable
a lo que hasta entonces han sido vagos ensueños.
Pero en ese despertar comprende asimismo cuán penosa
es la soledad del artista. La afección de un amigo
alienta y apoya, sin llenar el vacío que sólo
llena el amor de la mujer. Él tiene en Flaubert el
amigo ejemplar e irreemplazable, pero sus noches siguen
siendo demasiado largas y frías. Cuando despierta
a altas horas no siente a su vera la respiración
de la mujer amada. El silencio, apenas interrumpido por
el crujir de los muebles, le sobrecoge y torna a la desmoralizadora
laxitud. La elección de compañera y la boda
no se hacen esperar. Mas la felicidad de Alfred inspirará
toda suerte de lúgubres pensamientos a Flaubert.
No se le oculta a éste que acaba de sufrir una pérdida
irreparable, según se lo expresa a Ernesto Chevalier,
el 4 de junio de 1846: « ...otro más perdido
para mí, y doblemente perdido, porque se casa y se
va a vivir a otro lugar. ¡Cómo todo se va!
Las hojas de los árboles vuelven a crecer, pero,
para nosotros, ¿dónde está el mes de
mayo que nos devolverá las bellas flores robadas
y los perfumes de nuestra juventud? ¿Eres tú
como yo? Yo me hago a mí mismo el efecto de tener
mucha edad y de ser más viejo que un obelisco (2).
He vivido enormemente, y es probable que cuando tenga sesenta
años me encuentre muy joven: esto es lo amargamente
triste».
La felicidad de Alfred fue un sueño irrealizable.
El amor le trajo la dulce compañía que tanto
deseaba, pero el dolor de vivir le cogió nuevamente
en sus redes para no abandonarlo más. La ansiedad,
el en- sueño, la necesidad de producir, los intensos
placeres que le depara la meditación filosófica,
lo consumen y abaten. Es una existencia tan frágil
la suya, que enferma y desfallece con el espectáculo
del mundo. Cuando Flaubert se entera de la gravedad del
amigo, corre a Neuville-Champ d'Oisel y no se aleja hasta
el momento postrero. Para saber de su estado de ánimo
hay que leer en francés la carta que le escribe a
Máximo Ducamp, la más bella de cuantas contiene
su epistolario: «Alfred murió el lunes por
la noche; lo enterré ayer. Yo lo cuidé durante
dos noches. Lo envolví en la mortaja, le di el beso
de adiós y vi emplomar el ataúd pasé
allá dos días largos. Mientras lo cuidaba
leía yo las religiones de la antigüedad de Kreutzer.
La ventana estaba abierta, la noche era soberbia; se oía
el canto del gallo, y una mariposa revoloteaba en torno
de la antorcha. Jamás olvidaré nada de eso,
ni el aspecto de su semblante, ni en la primera noche el
sonido lejano de un cuerno de caza que llegaba a través
de los bosques...»
El relato prosigue con devoción religiosa. Él
lo hizo todo, lo vio todo, lo sintió todo. Su pobre
amigo murió como un filósofo: «Leía
a Spinoza hasta la una de la mañana, todas las noches,
en la cama. Uno de los últimos días, como
la ventana estuviera abierta y el sol entrara en la pieza,
dijo: «¡Ciérrenla, es demasiado hermoso,
demasiado hermoso!»
Flaubert conservó inmaculado el recuerdo de Le Poittevin
(3). Tuvo otros amigos a quienes supo querer y admirar,
sin que se desvaneciera el recuerdo del compañero
con quien leyera los primeros libros e hilvanara los primeros
sueños.
Muchos años después, cuando madame Gustave
de Maupassant (Laura Le Poittevin, hermana de Alfred) le
hizo la presentación de su hijo Guy para orientarlo
en la carrera literaria, Flaubert le escribió una
carta de exquisita ternura: «A pesar de la diferencia
de edad, lo miro como a un amigo; además, ¡tanto
me recuerda él a mi pobre Alfred! Me quedo a veces
asombrado, sobre todo cuando baja la cabeza, y recita poesías.
¡Qué hombre fue el otro!... No transcurre un
día sin que lo recuerde. Además, lo pasado,
los muertos (nuestros muertos), me obsesionan. ¿Es
un signo de vejez? Creo que sí.»
Ello sería, más bien, una prueba de cómo
siguen viviendo los muertos en las almas hermanas y afines.
Y cómo algunos, no por muertos, dejan de estar en
nuestra compañía.
(1) El 4 de noviembre de 1857 Flaubert le escribe en estos
términos a Mlle. Leroyer de Chantepie: «Hay
que leer a Spinoza. Los que le acusan de ateismo son unos
asnos». Goethe decía: «Cuando me siento
atribulado releo la Ética». Yo perdí,
hace diez años, al hombre que más he querido
en el mundo, Alfred Le Poittevin. En la última enfermedad
se pasaba las noches leyendo a Spinoza». Correspóndanse,
Tercera serie, edición Fasquelle. pág. 108.
(2) Flaubert tenía entonces veinticuatro años.
(3) Flaubert honró la memoria de su amigo dedicándole
Las tentaciones de San Antonio, obra de tendencias
notoriamente metafísicas y sugerida en buena parte,
según lo pretenden algunos, por el espíritu
singularmente penetrante de Alfred Le Poittevin.