Amistades históricas: Gustave Flaubert y Alfred Le Poittevin
Por Ricardo Sáenz Hayes

 

 

Gustave Flaubert


«En amitié mon oncte était parfait, d'un dévouement absolu, jidéle, sans envie, plus heureux du succés d'un ami que du sien propre»
Así se expresa madame Caroline Commanville, sobrina del escritor, en las postrimerías de 1886, con motivo de la primera publicación del edificante epistolario. ¡Y cuidado si pronto puede uno corroborar la exactitud del aserto! Ahí esperan las páginas inflamadas de amor y ternura para atestiguarlo. Ahí aguardan las pruebas de cómo entendía y practicaba la amistad el grande hombre honrado. Ello no obstante, y sólo por ligereza, es costumbre, cuando de Flaubert se habla, mentar la aridez monacal de su vida, los aspectos huraños de su espíritu, las explosiones de cólera que la sociedad burguesa le arrancaba. Hay quienes se complacen recordando algunos episodios de pintoresca violencia para demostrar -como en el caso de Saint Marc Girardin- un fondo ingénito de perversidad...

La vida de Flaubert no es monocorde; antes bien, es rica, profunda y varia en matices y sensaciones. Su misantropía y los largos períodos de reclusión voluntaria -sin los cuales no habría dejado la obra que hogaño gustamos-, no malogran su facultad preponderante: la simpatía social y humana que distingue a todo ser humano y civilizado. Bien lo demuestra cuando le da treguas a la benedictina labor y pasa los inviernos en París, o invita a sus amigos de elección a que le acompañen en Croisset. Esos intervalos son verdaderas fiestas de la amistad, del ingenio y de la paradoja. El huraño se entrega llana, sincera y abiertamente, y es capaz de comunicar una alegría con el mismo acento fraternal con que dulcifica una tristeza ajena. Odia, eso sí, la grosería burguesa y sus frutos inevitables: el cáleulo, el culto de las personas que gastan o mandan, el desdén hacia las cosas del espíritu, el plebeyismo en las admiraciones y antipatías. Para Flaubert, burgués «es el hombre que piensa bajamente».


Sin las cartas de Flaubert, nada sabríamos de la vida de Alfred Le Poittevin. El sobrino de éste, Guy de Maupassant, ha escrito algo, es verdad, pero esas páginas, inspiradas por referencias de terceras personas -la madre de Maupassant era hermana de Alfred- no llegan a despertar el interés del gran epistolario.

Desde niño frecuenta Alfred la casa de Flaubert en Croisset, atraído por el singular aliciente de un teatro que ellos mismos levantan y en el que participan a la vez como artistas y público. A dichos esparcimientos acuden las hermanitas de ambos, Carolina Flaubert y Laura Le Poittevin, concurso inestimable para las interpretaciones clásicas de Esther y Athala. Cuando la tragedia los abruma, pues viven intensamente la vida de los personajes que transitoriamente encarnan, suben al segundo piso de la casa y en una pieza apartada se entregan a la lectura en voz alta, de poemas heroicos y de romances de aventuras. Estos niños no son como los demás. Han nacido un tanto tristes, un tanto graves, un tanto viejos. Para ellos no rezan las historias candorosas y de rigor. Desdeñan la Mare au Diable, Francois le Champi, la Petite Fadette, para exaltarse con el Quijote, y los varones, poco después, con Rabelais.

Flaubert y Alfred Le Poittevin creen haberse visto siempre. Dijérase que son dos ramajes de un mismo tronco: tan estrecha se vuelve la fraternidad de sus vidas. Y los gustos y dilecciones de más en más se asemejan. Suspiran ambos por una existencia romántica, de ensueños, de abstraciones, de incesante y lejano peregrinar. Concilian la poesía con la filosofía, una estrofa de Hugo y un teorema de Spinoza. Son dos amistades intelectuales por excelencia, que se orientan hacia un mismo destino.

Alfred Le Poittevin


En las cartas que tenemos a la vista, la simpatía de los dos amigos luce con apasionada vehemencia en un lenguaje que, a las veces, puede ser el del amor. Cuando se alejan, aunque por brevísimo espacio de tiempo, la nostalgia les inspira recíprocos pensamientos de melancolía. «Haríamos mal si nos separásemos, alejándonos de nuestra vocación y simpatía) -escribe Flaubert el 2 de abril de 1845, al iniciar un viaje por Italia-.«Siempre que nos hemos propuesto hacerlo, nos hemos encontrado mal. En nuestra última separación he vuelto a sentir una impresión penosa. ..»

Sabe que de esa manera hará feliz al amigo que ha quedado solo y expuesto a los ataques de la melancolía. Alfred no ha logrado modificar su carácter. Al hacerse hombre, la indefinible y suave tristeza de la infancia se ha convertido en un permanente estado de angustia. El mal que le aqueja no es de los que se curan con medicinas. Pueden atenuarlo los paliativos de la amistad y del amor, sin que nada sea capaz de extirparlo, porque esa angustia sólo viene cuando el hombre siente el más desolador de los dolores, el dolor romántico de vivir. Pero Flaubert sabía sacar del fondo de su pesimismo una reconfortante voz de esperanza. Grandes aflicciones nos rodean, es verdad, pero hay sublimes compensaciones. Podemos olvidar lo malo con la contemplación de lo bueno y lo bello. La lectura de un gran libro, el éxtasis frente a un paisaje de luz y armonía, el placer que procura un cuadro, una estatua, una escala musical, son motivos de dicha inefable. Si a todo ello se agregan las satisfacciones morales, y, sobre todo, la dulzura de la amistad y el fuego del amor, la vida al punto se alegra, se colora y serena. «Nada hay en el mundo que se parezca a las extrañas conversaciones que se hacen en el rincón de la chimenea a la vera de cuya lumbre vienes a sentarte, ¿no es verdad, mi querido poeta?» -pregunta el viajero, con el propósito de avivar gratos recuerdos -.«Sondando en el fondo de tu vida, confesarás, como yo, que no tenemos mejores recuerdos, es decir, cosas más íntimas, más profundas y al mismo tiempo más elevadas.»

Flaubert va como acompañante en el viaje de bodas de su hermana. ¡Qué costumbre más ridícula la de seguirle los pasos a una pareja de recién casados, en lugar de dejarlos dueños del vasto mundo, en el disfrute soberano de los sentidos! El propio Flaubert, que a la sazón es un mozalbete, se rebela, no por el atentado contra la libertad de los novios, sino por la miserable manera de perder el tiempo. «Por lo que te sea más sagrado, verdadero y grande, no viajes nunca con nadie, nadie, nadie, mi querido y tierno Alfred» -grita desesperado. Pronto recapacita, sin embargo. Comprende que acaba de ser excesivo -lo es y lo será en sus afecciones y desdenes- y escribe para el amigo ausente un párrafo fraternal: «He vuelto a pensar en ti, en las arenas de Nimes, bajo el puente de Gard, es decir, en los lugares donde te he deseado con un extraño apetito, pues lejos el uno del otro, hay en nosotros un algo como de cosa errante, vaga, incompleta». La malicia de Freud descubriría quién sabe qué complejo en esta expansión...La ternura llega a ser exquisita cuando, por ejemplo, le escribe desde Génova: «Son las nueve de la noche acaban de tirar el cañonazo de la retreta. Mi ventan está abierta, las estrellas brillan, el aire es tibio, y tú, viejo, ¿dónde estás?, ¿piensas en mí?». En seguida le comunica sus pesares, que se reducen, según se ha visto, a la obligación de viajar en familia. El asunt aunque lo parezca, no es pequeño para un peregrin del linaje de Flaubert. Para echarse a andar por mundo hay que tomar sus precauciones. «Viajar es una tarea muy seria si no resuelve uno embriagarse el día entero con las cosas más amargas y necias de la vida. Si supieras todo lo que involuntariamente han hecho abortar en mí; todo lo que me arrancan y hacen perder, te indignarías, tú que no te indignas de nada, como el buen hombre de La Rochefoucauld..

No se indigna, pero se consume en un abismo de tedio. Apático, blando, exánime, Alfred se siente morir. La monotonía de cuanto le rodea le infunde un desaliento que Flaubert no es capaz de vencer con palabras de esperanza. Aquí está el aspecto heroico de la amistad de Flaubert. Siendo tan pesimista como el otro, realiza esfuerzos inauditos para combatir la tristeza de AIfredo. El 13 de mayo de 1845 le escribe desde Milán: «Pereces de hastío, revientas de rabia, te mueres de tristeza, te ahogas..., ármate de paciencia, ¡oh! león del desierto; ¡yo también me he ahogado!...»

Recuerda enseguida los momentos de aflicción en su vida de estudiante para enseñar con ello que sólo son instantes afortunadamente transitorios. El trabajo es la ley suprema de la vida: «Piensa, trabaja, escribe, levántate las mangas de la camisa y talla tu mármol como el buen obrero que no da vuelta la cabeza y que suda, riendo, sobre su obra.. Ya vendrán días mejores de diáfana serenidad. «Es en el segundo período de la vida de un artista cuando los viajes son buenos. Mientras no llegan esos años -habla de una larga excursión por Oriente- deja vagabundear la musa sin inquietarte del hombre, y cada día sentirás que tu inteligencia se agranda de una manera sorprendente». Mas para que ello sea posible hay que adoptar un recurso extremo: «El único medio para no ser desdichado es el de encerrarse en el arte sin contar lo demás para nada; el orgullo lo reemplaza todo cuando se asienta sobre ancha base».

Gustave Flaubert


Ante la desesperación de Alfred, Flaubert desea comunicarle una nueva filosofía de la resignación, para hacer frente con éxito a las adversidades. Marco Aurelio, Epicteto, Spinoza, son caminos de luz para quien se acerca a ellos. Spinoza quiere darle al hombre, con una regla de vida, la felicidad. ¿Por qué no leerlo, entonces, como a breviario de salud? ¿Por qué pensar en la muerte con harta frecuencia si la vida rebosa de motivos alegres y maravillosos? «Me afliges, querido y dulce amigo, cuando me hablas de tu muerte. Piensa en lo que yo sería. Alma errante como un pájaro sobre la tierra en diluvio, no tendría la menor roca ni un rincón de tierra en donde reposar mi fatiga.»

Alfred reacciona y hace de la Ética, de Spinoza, su libro de todas las horas. Se esfuerza por extraer la deseada regla de vida. Empieza por curarse de la ilusión acerca del hombre libre. El hombre se cree libre porque, teniendo conciencia de sus acciones, ignora sus causas. Pero el hombre no tiene poder sobre los acontecimientos, y se ve obligado a aceptarlos. En vano tratará de sacar de sus percepciones la menor verdad. Sólo cambiará un error por otro. Buscará asimismo un poco de poder y de libertad, mas lo único que hará será cambiar de esclavitud. ¿Acaso es ésta la filosofía capaz de salvar a un desesperado si se le arranca la ilusión de la libertad y del poder? ¿Es una manera certera de hacerle feliz? Spinoza se encarga de dar la respuesta. El poder del hombre es de otro orden: está, no en los cuerpos o en los hechos, sino en las ideas, en la razón.

La tristeza es el estado inalterable de Alfred. También en Spinoza aprendería que la tristeza es el pasaje a menor perfección. «La tristeza es un mal, porque es el signo cierto de nuestro pasaje a una menor perfección. La alegría es un bien, porque es el signo cierto de nuestro pasaje a mayor perfección.» La melancolía, he ahí la enemiga: «¿Por qué mostramos tanta diligencia para apaciguar el hambre y la sed, y tan poca para arrojar de nosotros la melancolía?» -pregunta el filósofo.

Es seguro que Alfred logra reaccionar de sus peores crisis formulándose el mismo interrogante. Una vez vencida la melancolía, la idea fija de la muerte se bate en retirada. El hombre de espíritu libre, guiado por el conocimiento verdadero, fija la atención en el desenvolvimiento positivo de la vida en sí mismo y en los demás. No piensa en la muerte. Su sabiduría consiste en meditar acerca de la vida, y no acerca de la muerte (1).

Cuando Alfred Le Poittevin se liberta de la tristeza que le paraliza la voluntad, siente un renacimiento de fuerzas nuevas, una ilusión de la vida que antes nunca conociera, un febril afán de dar forma concreta y perdurable a lo que hasta entonces han sido vagos ensueños. Pero en ese despertar comprende asimismo cuán penosa es la soledad del artista. La afección de un amigo alienta y apoya, sin llenar el vacío que sólo llena el amor de la mujer. Él tiene en Flaubert el amigo ejemplar e irreemplazable, pero sus noches siguen siendo demasiado largas y frías. Cuando despierta a altas horas no siente a su vera la respiración de la mujer amada. El silencio, apenas interrumpido por el crujir de los muebles, le sobrecoge y torna a la desmoralizadora laxitud. La elección de compañera y la boda no se hacen esperar. Mas la felicidad de Alfred inspirará toda suerte de lúgubres pensamientos a Flaubert. No se le oculta a éste que acaba de sufrir una pérdida irreparable, según se lo expresa a Ernesto Chevalier, el 4 de junio de 1846: « ...otro más perdido para mí, y doblemente perdido, porque se casa y se va a vivir a otro lugar. ¡Cómo todo se va! Las hojas de los árboles vuelven a crecer, pero, para nosotros, ¿dónde está el mes de mayo que nos devolverá las bellas flores robadas y los perfumes de nuestra juventud? ¿Eres tú como yo? Yo me hago a mí mismo el efecto de tener mucha edad y de ser más viejo que un obelisco (2). He vivido enormemente, y es probable que cuando tenga sesenta años me encuentre muy joven: esto es lo amargamente triste».

Gustave Flaubert


La felicidad de Alfred fue un sueño irrealizable. El amor le trajo la dulce compañía que tanto deseaba, pero el dolor de vivir le cogió nuevamente en sus redes para no abandonarlo más. La ansiedad, el en- sueño, la necesidad de producir, los intensos placeres que le depara la meditación filosófica, lo consumen y abaten. Es una existencia tan frágil la suya, que enferma y desfallece con el espectáculo del mundo. Cuando Flaubert se entera de la gravedad del amigo, corre a Neuville-Champ d'Oisel y no se aleja hasta el momento postrero. Para saber de su estado de ánimo hay que leer en francés la carta que le escribe a Máximo Ducamp, la más bella de cuantas contiene su epistolario: «Alfred murió el lunes por la noche; lo enterré ayer. Yo lo cuidé durante dos noches. Lo envolví en la mortaja, le di el beso de adiós y vi emplomar el ataúd pasé allá dos días largos. Mientras lo cuidaba leía yo las religiones de la antigüedad de Kreutzer. La ventana estaba abierta, la noche era soberbia; se oía el canto del gallo, y una mariposa revoloteaba en torno de la antorcha. Jamás olvidaré nada de eso, ni el aspecto de su semblante, ni en la primera noche el sonido lejano de un cuerno de caza que llegaba a través de los bosques...»

El relato prosigue con devoción religiosa. Él lo hizo todo, lo vio todo, lo sintió todo. Su pobre amigo murió como un filósofo: «Leía a Spinoza hasta la una de la mañana, todas las noches, en la cama. Uno de los últimos días, como la ventana estuviera abierta y el sol entrara en la pieza, dijo: «¡Ciérrenla, es demasiado hermoso, demasiado hermoso!»

Flaubert conservó inmaculado el recuerdo de Le Poittevin (3). Tuvo otros amigos a quienes supo querer y admirar, sin que se desvaneciera el recuerdo del compañero con quien leyera los primeros libros e hilvanara los primeros sueños.

Muchos años después, cuando madame Gustave de Maupassant (Laura Le Poittevin, hermana de Alfred) le hizo la presentación de su hijo Guy para orientarlo en la carrera literaria, Flaubert le escribió una carta de exquisita ternura: «A pesar de la diferencia de edad, lo miro como a un amigo; además, ¡tanto me recuerda él a mi pobre Alfred! Me quedo a veces asombrado, sobre todo cuando baja la cabeza, y recita poesías. ¡Qué hombre fue el otro!... No transcurre un día sin que lo recuerde. Además, lo pasado, los muertos (nuestros muertos), me obsesionan. ¿Es un signo de vejez? Creo que sí.»

Ello sería, más bien, una prueba de cómo siguen viviendo los muertos en las almas hermanas y afines. Y cómo algunos, no por muertos, dejan de estar en nuestra compañía.


(1) El 4 de noviembre de 1857 Flaubert le escribe en estos términos a Mlle. Leroyer de Chantepie: «Hay que leer a Spinoza. Los que le acusan de ateismo son unos asnos». Goethe decía: «Cuando me siento atribulado releo la Ética». Yo perdí, hace diez años, al hombre que más he querido en el mundo, Alfred Le Poittevin. En la última enfermedad se pasaba las noches leyendo a Spinoza». Correspóndanse, Tercera serie, edición Fasquelle. pág. 108.
(2) Flaubert tenía entonces veinticuatro años.
(3) Flaubert honró la memoria de su amigo dedicándole Las tentaciones de San Antonio, obra de tendencias notoriamente metafísicas y sugerida en buena parte, según lo pretenden algunos, por el espíritu singularmente penetrante de Alfred Le Poittevin.




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