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"...las mujeres están pintadas en
otra linda manera desde los
senos hasta las partes, en color azul, muy bien hecho.
Un pintor
acá afuera tendría que esforzarse para
pintar esto y ellas van
completamente desnudas y son bellas mujeres a su manera.
Pero
aunque ellas pecan en caso de necesidad, yo no quiero
informar
mayormente de estas cosas en esta vez"
"...estas mujeres son muy lindas y grandes amantes
y afectuosas
y muy ardientes de cuerpo, según mi parecer."
Ulrich (Utz) Schmidl, Derrotero
y viaje a España y las Indias.
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1577
I
Mato-Grosso
Como las pieles de sus habitantes naturales, el cielo del
Sur suele ostentar pinturas y tatuajes. No se las ve durante
el día. Son diseños sutiles como sueños,
que se desvanecen a gran velocidad bajo el invariable resplandor
azul. Pero de noche, esos hilos se expanden por la bóveda
oscura como si fueran los caminos encendidos de otras constelaciones,
aunque, a diferencia de ellas, no son espléndidamente
frías ni distantes. Los dibujos se pueden adivinar
a moderada altura. A veces, incluso, planean por encima
de las cabezas humanas en un vuelo al ras, como aureolas
de santos.
Nada de santo tienen, sin embargo, esas luces demasiado
cercanas. Las mujeres virtuosas y los hombres de Dios se
persignan cuando las ven, igual que hacen ante las luces
malas de las almas en pena, o ante los fuegos fatuos que
el demonio esparce en las noches sin luna para que se extravíen
tras ellos los ojos de los cristianos. Y hacen bien, porque
los tatuajes que fulguran en la piel del cielo, son las
huellas de la memoria de los cuerpos. Iluminaciones de lujuria,
fogonazos de materia que el gozo transmuta en un vapor de
chispas cuando los recuerdos de amantes dispersos coinciden
en un mismo punto incandescente, y una sola línea
de combustión quema los pensamientos a través
de las distancias.
Esta noche, un trazo de fuego frío y azul (los amantes
que se recuerdan han envejecido, ha transcurrido demasiado
tiempo) une, como cuentas perdidas de un collar inconcluso,
a una mujer y un hombre. El trazo comienza en el Sur de
las Indias de Occidente, cruza la Mar Océana, y luego
se esconde, púdico, en el cielo del Norte. Tras las
brumas de Ratisbona que son el aliento del Danubio, terminan
de ocultarse esas heridas del deseo.
En el extremo sur hay una mujer a quien llaman Ximú.
Acaba de salir de su choza redonda, cuyo techo de paja no
deja pasar el resplandor de una sola estrella. Quiere mirar
la noche y se sienta en la posición adecuada sobre
una piedra pulida. En el cielo nocturno, al comienzo de
la primavera, pueden verse brillar las caras de los muertos.
Si están de buen humor, hasta acceden a responder
las preguntas que les hacen los vivos, siempre que no los
incomoden mucho con interrogaciones sobre objetos perdidos
o robados, o sobre sucesos futuros que sólo conocen
los dioses.
Ximú se envuelve en la manta de algodón donde
conviven, bordados, ñandúes y pequeños
ciervos. Le había regalado una manta como ésa
al extranjero, el único difunto cuyo rostro no encuentra
reflejado en el aire. Acaso porque aún no ha muerto,
o porque está demasiado lejos, en otro mundo y en
otro firmamento, y la antigua pasión de Ximú
-ahogada por las inmensas vegetaciones, cansada de atravesar
ríos y selvas hasta donde se pierden los relatos
de los viajeros--, no es tan perseverante ni tan intensa
como para hacerlo venir.
En realidad, si él se presentara de nuevo, disipado
y borroso sobre su cabeza como una nube equivocada, no sabría
qué decirle. Tampoco sabe qué decir a sus
dos maridos. Ellos sí flotan plácidamente,
como hojas, cerca de la copa de una palmera. Pero levanta
la mano, y les sonríe con delicada cortesía,
ya que se han molestado en hacerse visibles. Espera con
la mano en alto hasta que las caras terminan de borrarse
y desaparecen. El primer esposo supo hacerla feliz. Era
un gran cazador, que bailaba con los movimientos silenciosos
y elegantes de los pumas, y practicaba también en
el amor esos ritmos bellos y precisos. Quizá por
eso sus hijos fueron más inteligentes y más
fuertes que los hijos del segundo, un poeta errante al que
se tragó la espesura cuando marchaba, absorto, tras
la voz contradictoria de los dioses.
Por lo menos, suspira Ximú, todos esos hijos están
vivos aún, aunque alguno de ellos tal vez no vuelva
nunca. Varios se han ido tras los soldados cristianos que
siguen arrancándole espacios a la selva, y empeñándose,
hoy como ayer, en marchas imposibles para encontrar el oro
de las Amazonas, o para conquistar una ciudad desconocida
a la que llaman "de los Césares".
Ximú recuerda la primera vez que los vio. La recuerda
con alegría porque aquello sucedió en el tiempo
de su florida juventud, cuando era bailarina sagrada de
la corte. El Manés, Señor de los Xarayes,
había dispuesto que todo el camino fuera barrido
y sembrado de hierbas y de flores para impresionar a los
extraños con la suprema dignidad que sólo
otorga la belleza. Mucho antes de que aparecieran ante los
ojos pudo escucharse el ruido de sus pasos. El mensajero
había anunciado que llegaban hombres: guerreros de
un reino lejano y desconocido. ¿Pero podían
ser hombres aquellas criaturas pálidas y torpes,
que avanzaban -a pesar del camino despejado- con un trabajo
extraordinario, arrastrando las capas de duros materiales
que los cubrían hasta el cuello? ¿Podían
ser humanas esas caras que se erizaban con pelos de colores
diversos? ¿Esas orejas minúsculas, sin perforación
alguna, sin los redondeles de madera que ensanchaban los
lóbulos, indicando la jerarquía social de
sus portadores? ¿O esos labios que, como los de los
niños, aún no habían sido atravesados
por el resplandor azul del tembetá?
Se hubiera reído a carcajadas de esos seres rústicos
y deformes, de no haber sido una dama de la corte, obligada
a guardar la compostura necesaria. Más aún
se hubiera asombrado si alguien le hubiese dicho en aquel
momento que, antes de que la luna se hiciese ver dos veces
en el cielo, ella, Ximú, la más graciosa de
las danzarinas reales, iba a acostarse voluntariamente con
el intruso que se le antojó el menos humano de todos.
Un individuo corpulento, algo más alto que el término
medio, que tenía los pelos de la cabeza y de la cara
finos y lacios, de un increíble color de maíz
maduro o de paja seca, como si algún veneno poderosísimo
le hubiera desteñido y agostado el pelo negro y grueso
de las personas normales. Pero lo más sorprendente
de todo eran los ojos. Dos bolitas de un azul traslúcido,
que quizá no gozasen del don de la vista, o acaso
-temió de pronto- pudieran ver mucho más allá
que los ojos comunes, y tal vez penetraran en el interior
de los cuerpos y de los pensamientos ajenos.
Las órdenes del rey no le dieron tiempo para seguir
meditando sobre los grotescos visitantes. Hubo que acondicionar
las casas para alojarlos. Hubo que sazonar y cocinar los
venados y los avestruces que se cazaron para su agasajo.
Hubo que preparar el maní, la mandioca, la batata,
la bocaja y el maíz. Hubo que servirlos y finalmente
verlos comer. Y eso tan sólo, valía por un
espectáculo. Aunque los extranjeros parecían
menos monstruosos, pues habían salido ya de sus cáscaras,
y se les veían el torso, los brazos y las piernas
-descoloridos pero de formas aceptables- su manera de abalanzarse
sobre los alimentos mostraba claramente una naturaleza inculta
y salvaje, ignorante de la mínima noción de
etiqueta. Tragaban y devoraban sin pausa las pulpas blandas,
y los huesos del avestruz y del venado crujían bajo
sus dientes. Comían como si no hubiesen comido durante
años, tan serios como si en cada bocado les fuera
la vida, indiferentes a los encantos de la buena conversación,
a las bromas que usualmente se intercambian en los almuerzos.
Sin embargo, todo aquello se transformó cuando el
rey dio la señal para que comenzase la música.
Por cierto, aun aquellos seres rústicos eran capaces
de una religiosa atención ante el lenguaje de los
dioses. No bien las doncellas salieron a bailar, cesaron
los movimientos feroces de las mandíbulas, y hasta
los alones de avestruz, o los muslos de venado a medio devorar,
se les cayeron de las manos. Las muchachas danzaban desnudas,
para que, a cada movimiento, hablasen sin estorbo los tatuajes
rituales inscriptos en la piel desde los pechos hasta las
ingles. Sin duda, notó Ximú, el extranjero
de pelos amarillos podía verla, porque las bolitas
azules bailaron todo el tiempo junto con ella, maravilladas,
ingenuas, como si acabasen de descubrir las formas y los
colores de todas las cosas.
En las próximas jornadas, Ximú tuvo ocasión
de comprobar que, fuera de las barbas y de los ojos curiosamente
redondos, los extraños estaban compuestos por los
mismos elementos que los Xarayes varones, aunque el exceso
de pelos, no sólo en las caras sino en otras partes
del cuerpo, hacía pensar que se hallaban más
cerca de los monos que de los seres verdaderamente humanos.
Y sin duda, eran, o se sentían, mucho más
frágiles. Tal vez los bondadosos rayos del Padre
Sol los dañaban en vez de calentarlos, pues llegaban
al extremo de mortificar hasta sus propios pies, metiéndolos
en sacos cerrados que les apretaban los dedos y les impedían
palpar la vibración de la tierra.
Quizá por ser tan vulnerables, atacaban con las armas
más dañinas: unos tubos oscuros de donde salía
la muerte, envuelta en chispas, y un ruido que por sí
solo amedrentaba. También llevaban consigo toda clase
de herramientas para cortar (carnes, árboles, telas
o malezas) muy apreciables por su gran utilidad. Sólo
pidieron a cambio de ellas meros adornos: planchas de metal
dorado y plateado que el Manés solía lucir
en la frente y en los brazos, pero sin otro valor que el
de alegrar la vista. Semejante trueque les bastó
a los Xarayes para confirmar la extravagancia -si no la
tontería- de sus huéspedes, dispuestos a sacrificar
aquello que necesitaban para atravesar las selvas, sólo
por el capricho de ostentar ornamentos que ni siquiera eran
tan hermosos como las plumas o las flores, aunque durasen
por más tiempo. También en eso los intrusos
se parecían a los monos: saltaban, encandilados,
detrás de todos los objetos brillantes.
Al día siguiente del banquete, Ximú bajó
al río para tomar el baño de las mañanas.
Los extranjeros parecían no compartir esa costumbre.
Casi ninguno se había metido en el agua. A Ximú
no le extrañó. Quizá temían
tanto su contacto como el contacto del sol y de la tierra.
Entre los pocos que allí estaban, vio al hombre de
pelos amarillos. Si no tuviese tantos pelos -pensó--
la piel sería se mostraría entera, patéticamente
blanca. A lo mejor sólo por eso, para cubrir la desnudez
extrema y vergonzosa de su falta de color, y no porque fuesen
parientes cercanos de los monos, a los extranjeros les nacían,
esparcidos por todas partes, más cabellos que al
resto de los mortales.
El hombre la saludó moviendo las manos y le dijo
algo indescrifrable. Quizá, por el brillo de los
ojos, un elogio alegre y obsceno. Ximú se fue acercando,
hasta que ambos quedaron frente a frente.
- Utz -dijo él, señalándose- Utz.
-- Ximú -le respondió ella--.
Se entendieron pronto, con gestos y con fragmentos de otras
lenguas. Él hablaba -en forma entrecortada, pero
con todo, comprensible- el idioma de los Carios del Sur.
Cuando salieron del agua, Utz volvió a colocarse
las fundas que le cubrían el trasero y las piernas.
Eran de tela ordinaria y sin duda incómoda, pero
Ximú pronto olvidó la rareza de su aspecto,
llevada por los ritmos de la conversación. El extranjero
reía fácilmente y hacía muchas preguntas.
Preguntaba por el oro y la plata, pero también por
la construcción de las casas y de las barcas, por
los nombres de los dioses, por la cría de los animales
y el cultivo de los alimentos. Y sobre todo, por la enseñanza
del baile y por el arte de hacer pinturas sobre los cuerpos.
Mientras estaban sentados, a la orilla del río, él
le tocó suavemente, apenas con la yema de los dedos,
los dibujos del vientre y de la cintura.
-- No salen con el agua, ¿eh?
-- No. El color está adentro de la piel.
Utz siguió recorriendo las líneas de los dibujos
enterrados, hasta que la exploración se convirtió
en una caricia. Esa noche, Ximú lo invitó
a dormir a su choza, sobre las mantas de algodón
bordado. Bajo la luz piadosa de la luna y los candiles de
sebo, la piel de Utz, aun sin color y sin tatuajes, no parecía
tan indefensa, y los cuerpos se comprendieron sin necesidad
de traducciones. Después de que Ximú lo hubo
frotado, según la costumbre, con hojas perfumadas,
Utz comenzó a despedir un aroma familiar. Su pene
-cómicamente rosado y encogido cuando se bañaban
río abajo- se había expandido como el de cualquier
otro. Y aunque el pelo de la cara era un poco áspero,
los vellos que se enroscaban sobre su pecho tenían
una dulzura de plumón. No bien dejaron de moverse,
Ximú restregó la mejilla contra esa mata sedosa.
Entonces él rió y empezó a dibujar
sin prisa, con la punta de la lengua, la preciosa filigrana
de los tatuajes. A ella le faltó el aliento, atontada
por el placer. Ninguno de sus amantes había osado
incurrir en esa práctica. No pensó en detenerlo.
Después de todo, era un extranjero, y sobre él
los dioses Xarayes no tenían jurisdicción.
No iban a fulminarlo -como lo harían, sin duda, con
alguien de la comunidad- por profanar esa escritura sagrada.
Por su parte, quiso devolver esa atención exquisita
haciendo lo mismo con el pene pálido que ahora había
adquirido un tono más oscuro. Utz fue entonces quien
cayó hacia atrás. Los ojos se le dieron vuelta
hasta que las pupilas celestes se hundieron bajo los párpados,
y el torso ancho parecía incapaz de contener el tumulto
sublevado de la respiración. Sin duda, en el mundo
del que Utz venía, algún dios o diosa se había
ocupado de prohibir ese juego tierno e inofensivo. Ambos
sobrevivieron, sin embargo, en el territorio neutral de
su pasión, protegidos por la mutua ignorancia de
ofensas y tabúes.
El destino fue generoso con ellos. No les quedaban muchas
noches para disfrutar, pero tampoco para cansarse uno del
otro. Utz y los suyos, arrastrados por su locura de monos,
se fueron pronto a buscar la tierra de las Amazonas, a pesar
de todas las recomendaciones del rey, que les había
aconsejado regresar y desistir de la marcha en época
de lluvias, y a pesar de que las Amazonas eran notoriamente
inexistentes, como no podía ignorarlo ninguna persona
sensata. Pero el Manés, que tenía bien ganada
su fama de sabio, quería alejar lo más posible
de su reino a esos hombres armados, que no por tontos le
parecían menos peligrosos. Los tontos no desmintieron
que lo eran. Ni regresaron, ni abandonaron la idea de la
marcha. El rey, tanto por cumplir los protocolos de hospitalidad
como por evitar venganzas, no tuvo más remedio que
asignarles una escolta para guiarlos en una expedición
que duraría más de dos meses por tierras inundadas.
Utz llegó caminando sobre sus propios pies, aunque
muchos blancos enfermaron gravemente como si el agua en
la que estuvieron sumergidos los hubiera ablandado hasta
pudrirlos. Era un hombre fuerte y quiso seguir probándolo
durante los cuatro días de gracia que a él
y a Ximú les fueron concedidos. Ella le regaló
una manta y un brazalete. Él le dejó una medalla
donde estaba pintada una mujer envuelta en telas, con la
cabeza rodeada de rayos dorados; también una sarta
de cuentas transparentes de cuyo extremo colgaba una crucecita.
Aquel amor no dio fruto alguno, fuera del recuerdo que ahora
lleva a Ximú, treinta años, dos maridos y
siete hijos más tarde, a seguir buscando la cara
de Utz entre los muertos, en el cielo de primavera.
Se pone de pie. El rocío le está royendo las
articulaciones, y la manta de algodón no la abriga
bastante. La escritura de los dioses sobre los pechos y
el vientre ya no es la misma, diluida y distorsionada por
los embarazos, la lactancia, y los años que han ensanchado
la cintura y aflojado la carne. Tampoco el mundo cerrado
y ordenado de los Xarayes ha vuelto a ser igual, después
de que los monos blancos entraron en él.
Ximú regresa a su casa, y se envuelve en otra manta,
más gruesa y seca. Antes de dormirse aprieta en el
puño la medalla de Utz. Mira, sin poder verla, la
cara de la mujer y sus rayos de oro, tapados por un verdinegro
crecimiento de hongos.
II
Ratisbona
Amanece lentamente sobre el Danubio. Un hombre envuelto
en un gabán de pieles, sobre el Puente de Piedra,
levanta las manos y las agita, como si quisiera correr las
cortinas de la niebla espesa, y abrir un hueco por donde
mirar el cielo. Hace una hora que camina por las calles
donde sólo hay vagabundos, rateros, prostitutas y
amantes clandestinos que vuelven a sus casas después
de haberse deslizado por algún muro prohibido.
A esa hora, los ancianos ricos y de buena familia, como
él, cuidan un sueño liviano y quebradizo bajo
las cobijas. Pero Herr Ulrich Schmidl prefiere gastar sus
insomnios bajo el cielo nocturno de la ciudad imperial.
No tiene miedo al relente que le cala los huesos bajo las
ricas telas, y menos aún a bandidos o aventureros.
¿Cómo podría tenerlo, después
de haber pasado veinte años durmiendo al raso, caminando
entre pantanos, asaeteado por los insectos, y siempre con
las armas prontas para defenderse de los indios o de las
fieras? De todas maneras, Ulrich Schmidl, a quien sus amigos
llaman Utz, no piensa ahora en guerras ni en adversarios.
Se sienta sobre el borde del Puente de Piedra y suspira.
Nuevamente se ha quedado solo. No hace ni dos meses que
acaba de fallecer su segunda esposa, la noble señora
Benigna Reichlin von Meldegg, quien, además de haberle
aportado durante tres años una digna y culta compañía,
ha tenido la gentileza de legarle buena parte de su fortuna.
Lo suficiente para que el viejo Utz Schmidl se halle a cubierto
de toda necesidad.
Utz medita en la extraña ley de las compensaciones,
en las misteriosas paradojas del Destino. De nada le valió
lanzarse a las Indias, como tantos otros segundones de familias
patricias, en busca de gloria y de fortuna. No sólo
no pasó jamás del grado de sargento arcabucero,
sino que la mayoría de los bienes que traía
del Río de la Plata se perdieron en un naufragio,
en la última etapa de su viaje de retorno, desde
España a los Países Bajos, aunque él
tuvo la buena suerte de no subir a la nave, sólo
porque lo dejó olvidado en tierra firme un capitán
borracho.
La verdadera fortuna la obtuvo en el punto de partida. Primero
por la herencia de su hermano Thomas, el mayorazgo, que
se moría sin descendencia, y por eso lo hizo venir
desde las Indias. Luego por sus excelentes matrimonios,
el primero con Juliane Hueberin, su novia de la adolescencia,
a quien había prometido volver pronto, rebosante
de caudales y cubierto de laureles. El afecto de Juliane
parecía haberlo esperado durante veinte años,
aunque en el intervalo se hubiese entretenido con un marido
y cuatro hijos. Una vez viuda, estuvo fácilmente
dispuesta a creer que también Utz había guardado
siempre su retrato en la profundidad de los baúles,
y en lo más íntimo de su memoria, donde no
penetraban las olas de los naufragios.
En cuanto a la gloria, si alguna tenía, se había
encargado de dársela él mismo, cuando escribió
un librito sobre sus aventuras, descubrimientos y penurias,
que finalmente logró encontrar un buen editor en
Frankfurt. Al menos, su leyenda de viajero había
servido para atraerle la consideración especial de
sus compatriotas, y también los corazones de las
damas, siempre proclives a compadecer al varón que
durante años ha vivido errante, sin techo sobre su
cabeza, sin un hogar donde descansar de sus trabajos. Pero
ni esas hazañas indianas, ni su carácter de
ciudadano prominente, ni su labor como Consejero, habían
podido evitar que el Duque Alberto lo expulsara de Straubing,
su ciudad natal, junto con otros luteranos recalcitrantes.
A veces Utz añora el caos de las Indias, donde nadie
se entrometía demasiado en las creencias ni en los
pecados ajenos, salvo los aguafiestas, como el maldito Alvar
Núñez Cabeza de Vaca, que se había
propuesto atormentar a los soldados quitándoles no
sólo su botín escaso, sino la dulce abundancia
femenina que al menos compensaba otra clase de indigencias.
Utz tiene buena memoria de los inverosímiles animales
y vegetales que le ha tocado ver, y de las tierras que ha
recorrido. Pero conserva aún mejor memoria de las
mujeres que había en cada una de ellas. No hay lugar
en su mapa que no esté asociado a cuerpos y deseos,
a desilusiones o encantamientos. Recuerda la estadía
en el Río de la Plata, en la miserable aldea del
Buen Viento, como una recurrente pesadilla. No sólo
porque don Pedro de Mendoza y los capitanes españoles
no dejaron un acto insensato sin cometer, no sólo
por las lanzas de pedernal y las mortíferas bolas
de roca de los nativos, que quebraban las patas de los caballos
como si fueran ramitas secas, y hundían los cráneos
de los cristianos como si se tratara de frutas que se han
pasado de maduras. No sólo por el hambre que los
llevó a darse perversos banquetes de zapatos y cinturones,
de ratas y sabandijas y hasta de carne bautizada; ni por
el ataque final que incendió la infeliz aldea, y
también cuatro barcos. En aquella tierra de penurias,
antesala de los infiernos, los cuerpos se iban resecando
como planchas de bacalao, y los placeres más simples
les parecían lujos desmesurados. Las pocas españolas
que allí había, más fuertes que muchos
varones, ni siquiera recordaban que alguna vez habían
sido mujeres y trabajaban valerosamente, como bestias de
carga. En cuanto a las indias Querandíes, que se
comportaban como feroces enemigas, igual que sus padres,
hermanos o maridos, eran, además, horriblemente feas.
Tan feas como las Timbúes, altas y toscas, con las
caras tajeadas por incisiones que parecían rasguños,
a las que iba a encontrar muy poco después, río
arriba, cuando abandonaran la fatídica población
del Buen Viento, que mejor hubiera debido llamarse "De
la Mala Estrella". No obstante, se quedaron unos años
con aquella gente, que al menos no era avara con las viandas
y los dejaba hartarse de carne y de pescado fresco. De cuando
en cuando, incluso, Utz cerraba los ojos, olvidaba las marcas
con que las Timbúes creían embellecer sus
caras, y trataba de cambiar su propia idea de la belleza
femenina para poder gozar de otros encantos.
De ahí en más, y siempre río arriba,
las cosas habían empezado a mejorar un poco. Utz
recuerda a las seductoras Agaces, aunque no llegó
a dormir con ninguna porque sus hombres -los mejores guerreros
de todo el río- los expulsaron a flechazos. Recuerda
los primeros encuentros con los Carios o Guaraníes,
y la sorpresa que le produjo la costumbre de vender o trocar
sus mujeres, que iban completamente desnudas, por un cuchillo,
un collar de vidrio o una camisa. Sin embargo, la excesiva
facilidad mata el deseo. Utz no quiso desprenderse entonces
de ninguna de sus pobres posesiones. Hizo bien. Después
de la guerra con los Carios a cada soldado le tocarían
dos muchachas a cambio de nada, como parte del precio de
la paz. Utz encontró a las suyas muy de su gusto.
Eran más bien bajas pero jóvenes, agradablemente
rellenas, y de buen carácter. También Utz
tenía el mejor carácter del mundo, siempre
que no le faltaran buena cama y buena comida, que a veces
le parecían las únicas felicidades razonables.
Vivió con sus muchachas cuatro años, en la
recién fundada ciudad de Asunción y lamentó
tener que irse nuevamente río arriba. No sólo
por ellas, sino por los tres niños que habían
nacido de ese concubinato. Uno de ellos se parecía
mucho a su abuelo paterno, y aunque dudaba de que la familia
alemana se alegrara de semejante parecido, Utz sintió
que no pudieran conocerlo.
No era la única vez que Utz Schmidl iba a dejar en
el camino a hijos y mujeres. Nadie le hizo reproches, así
como él no iba a tener derecho alguno a reclamos,
si es que volvía. En aquel mundo de traslaciones
y de combates, lo único permanente eran las mujeres
y sus niños. Ellas hacían casi todo el trabajo
y se ocupaban de la subsistencia. Los varones eran sólo
piezas volátiles, reemplazables con facilidad. Los
vientos de la caza y la guerra los llevaban de un lado a
otro, como semillas. Morían relativamente pronto,
una vez que daban su fruto, y no se esperaba de ellos que
dieran mucho más.
Utz estuvo en la guerra contra los Agaces, luego en la guerra
contra Naperus y Payaguás, luego en una expedición
que iba a llegar hasta Buen Viento, pero naufragó
en el camino, aunque Utz, milagrosamente a salvo, logró
más tarde incorporarse a las guarniciones de Buen
Viento y Buena Esperanza que Alonso de Cabrera ya había
hecho embarcar para Nuestra Señora de la Asunción,
donde todos quedaron por dos años. A esa altura Utz
ya había perdido una de sus mujeres, que encontró
mejor esposo durante sus ausencias. La otra no tenía
compromisos cuando él regresó por tercera
vez a la Asunción, aunque sí otro niño
que Utz no tuvo inconveniente en prohijar, tal como el nuevo
marido de su otra esposa se había hecho cargo de
los que eran suyos.
Poco después había llegado de España
el loco Alvar Núñez Cabeza de Vaca (solamente
una insania alimentada por varias generaciones podía
engendrar un apellido así), investido del poder del
Rey para asumir un mando que no merecería y que hasta
entonces detentaba Domingo de Irala, que sí sabía
cómo mandar soldados. Durante la expedición
que emprendieron bajo sus órdenes, Utz pudo conocer
a las hermosas Surucusis y a las bailarinas Xarayes. Fue
lo único bueno de ese viaje, donde enfermó
de hidropesía, después de una incursión
por territorios anegados en los que estuvo a punto de disolverse.
Por fortuna, Cabeza de Vaca no duraría mucho. Sus
errores y el descontento general iban a apresurar su destitución,
y su rápido reemplazo por el hábil Irala.
Aunque ése fue sólo el comienzo de otra guerra
entre los cristianos mismos, a la que se agregó una
guerra más contra los Carios y los Agaces, dispuestos
a unirse en contra de los blancos cuando vieron que podían
sacar partido del río revuelto. A pesar de los pésimos
pronósticos, todo terminó bien. Irala consiguió
otros aliados indios: los Guatatas y Yapirús, que
se dieron el gusto de cosechar mil cabezas de Carios, a
las que desollaron rápidamente con dientes de pescado
y resecaron para colocar como adorno delante de sus casas.
Aunque para tal fin Utz hubiera preferido una cabeza de
león o de ciervo, decidió guardarse uno de
aquellos modestos pellejos humanos, así fuera solamente
con el objeto de que le creyesen, si alguna vez regresaba
a Baviera.
Lo peor de todo era que regresaría, en todo caso,
sin el oro y la plata que había ido a buscar casi
veinte años atrás. No era el único
en considerarse un fracasado, de modo que a Irala no le
faltaron candidatos cuando anunció una séptima
expedición en procura de los preciados metales. Si
Utz no hubiese sido un hombre metódico y escrupuloso,
capaz de tomar apuntes con el agua a la cintura y sobre
resbaladizas cáscaras de plátano, seguramente
no hubiera podido retener los nombres de las diecisiete
naciones indígenas que tuvo ocasión de visitar
en aquel periplo. Dos de ellas, de todos modos, no se le
hubiesen borrado tan fácilmente. Ni las suaves y
domésticas Corotoquis ni las bellas y hospitalarias
Mbyás, muy dispuestas a atender en todo los aspectos
a los huéspedes de sus esposos, merecían ser
dadas al olvido.
El oro no apareció, sin embargo, y la sombra de Cabeza
de Vaca seguía planeando sobre Nuestra Señora
de la Asunción, convocada por el capitán Diego
de Abreu, que se había lanzado a una exitosa guerra
de guerrillas. Irala demostró nuevamente su sagaz
sentido práctico. Convencido de que todo lo vencen
el amor y una buena dote, pactó una alianza de por
vida con dos de los jefes que cayeron prisioneros --Alonso
Riquelme de Guzmán, y Francisco Ortiz de Vergara--
haciéndolos casar con sus hijas.
Para ese entonces, Utz tenía dos niños más
con la esposa que le había quedado, y que tal vez
por genuina lealtad o por pereza (sus antes delicadas redondeces
se habían vuelto muy opulentas para una mujer de
tamaño chico) lo esperaba, consecuente, a la vuelta
de sus viajes. El resultado del último, aunque sin
oro, no había sido tan malo. Utz logró hacerse
de unos cincuenta cautivos, aptos para el trabajo, que pensaba
utilizar en sus propias fincas, o vender a un precio razonable.
Sin embargo, no llegó a ver el fruto de ese botín.
Su Destino lo sorprendió otra vez, con el mensaje
de Thomas. Descubrió, brutalmente, que deseaba volver,
y que sólo había estado esperando una causa
semejante: inexcusable, digna. No pensó entonces
que el retorno iba a ser irreversible. Ni siquiera lo pensaba
tres años después de llegar a Straubing, cuando
quiso hacer tratativas para embarcar hacia el Río
de la Plata, y emplear allí con más provecho
la herencia de su hermano que no había resultado
tan cuantiosa. Pero la reaparición de Juliane -mucho
más vieja, y también más terca y notablemente
más acaudalada que a los quince años, cuando
lo dejó partir- hizo girar su voluntad como un barquito
bajo los vientos del Océano.
Aunque no todos los niños de sus mujeres guaraníes
se pareciesen a sus abuelos paternos, no por esa razón
los quería menos. Repartió entre ellos treinta
de los cautivos y parte de sus ahorros. Al hijo mayor, que
pintaba para ser un magnífico arcabucero, lo encomendó
especialmente a Juan de Quiñones, su compadre, para
que lo hiciera soldado si él llegase a faltarle.
¿Qué mortal podía estar cierto de que
Dios iba a permitir su regreso, no ya de la guerra, sino
de cualquier viaje? El hilo de la vida de Utz, aunque parecía
inmune a los dedos filosos de las Parcas, estuvo a punto
de cortarse varias veces, tanto en el trayecto a través
de las selvas del Brasil para llegar a puerto, como en la
aventura posterior, que casi lo hunde en los fondos marinos,
pero que le permitió ver ballenas, peces voladores,
y hasta peces con sombrero.
Una vez en Amberes, Utz hizo el recuento melancólico
de su haber. Salvo su armadura y el portamonedas que llevaba
encima, con dinero, algunas joyas, y papeles personales,
había perdido todo lo que atestiguaba su vida en
las Indias: la piel de yacaré y la piel de boa, la
cabecita humana disecada, los loros y las tortugas, un abanico
de plumas resplandecientes, la manta bordada sobre la que
había dormido con la hermosa bailarina en la corte
del Manés. Sin embargo --pensó de pronto--
aun tenía algo que nadie podía quitarle, y
que tal vez era el único motivo por el cual el Señor
misericordioso había permitido que siguiera respirando
sobre esta tierra. Así fue cómo, sin ser hombre
de letras ni latines, decidió ponerse a contar su
historia.
Herr Ulrich Schmidl enfila despacio hacia su casa de la
Wallerstrasse. Mira el cielo del amanecer, cada vez más
claro, que quizá no haya interrogado en vano. Poco
a poco, se abren algunas ventanas y las calles comienzan
a ser transitadas por pequeños comerciantes, o gentes
de oficio: panaderos, verduleros, sastres que quieren aprovechar
la primera luz del alba. En una panadería compra,
al paso, unas hogazas recién hechas de pan de trigo.
Cuando llega a su portal, él mismo hace girar la
llave en la cerradura, para evitarse comentarios de los
criados sobre sus extravagantes salidas nocturnas.
Baja a la bodega, se sirve una jarra de cerveza, y corta
dos lonjas de jamón que pone sobre el pan. Luego
sube al cuarto donde suele encerrarse para escribir o mirar
libros y mapas. Muerde la hogaza. La corteza cruje, fragante.
La miga blanda, tibia, casi dulce, contrasta deliciosamente
con el jamón bien salado. Apura el jarro hasta la
mitad. La espuma de la cerveza -a la que debe un abdomen
ahora redondo de buen burgués-- le hace cosquillas
en los bigotes. ¡Ah! En este mundo no hay cosas mucho
mejores. Si supiera qué ha sido de sus hijos en las
Indias, el orden se cerraría circular, perfecto,
a pesar de las rupturas y las catástrofes. Tal vez
lo sea, después de todo, por esa ley contradictoria
de las compensaciones que tan claramente ha visto funcionar
en su Destino. Así como él se ha ocupado de
los hijos de sus mujeres alemanas, otros habrán protegido
a los suyos en Nuestra Señora de la Asunción.
--Así es la vida, so ist das Leben- se dice,
con esa sabiduría de lugar común a la que
suelen apelar los sobrevivientes-- Todo está bien
si termina bien.
Sólo le queda un deseo por cumplir, y su caminata
por el Puente de Piedra quizá haya servido para afinarle
la memoria. A todos los hombres -piensa- aún a los
más torpes y vulgares, les es concedido un momento
radiante de gozo y de belleza. Y él no ha olvidado
el suyo.
Toma una hoja nueva de pergamino, y la extiende con cuidado
sobre la mesa. Moja la pluma en la mejor tinta azul, e intenta,
por enésima vez, reproducir el tatuaje sensitivo
y ardiente que sus labios dibujaron ayer, hace apenas treinta
años, sobre el cuerpo de Ximú, la bailarina
de la corte de los Xarayes.
(1) Del libro,
Amores insólitos, Buenos Aires,
Alfaguara, 2001.
(*) MARÍA ROSA LOJO (mrlojo@conicet.gov.ar)
nació en Buenos Aires en 1954.
Ha publicado catorce libros, en poesía, narrativa
y ensayo.
En poesía: Visiones (1984), Forma oculta
del mundo (1991) y Esperan la mañana verde
(1998)
En ensayo: La 'barbarie' en la narrativa argentina (siglo
XIX) (Buenos Aires, Corregidor, 1994), Cuentistas
argentinos de fin de siglo (Buenos Aires, Vinciguerra,
1997), Sábato: en busca del original perdido
(Buenos Aires, Corregidor, 1997), El símbolo:
poéticas, teorías, metatextos (UNAM, México,
1997).
En narrativa: Marginales (1986), Canción
perdida en Buenos Aires al Oeste (1987), La pasión
de los nómades (Atlántida, 1994), La
princesa federal (Planeta, 1998), Una mujer de fin
de siglo (Planeta, 1999), Historias ocultas en la
Recoleta (Alfaguara, 2000), Amores insólitos
(Alfaguara, 2001).
Obtuvo, entre otros, el Primer Premio de Poesía de
la Feria del Libro de Buenos Aires (1984), Premio del Fondo
Nacional de las Artes en cuento (1985), y en novela (1986),
Primer Premio Municipal de Buenos Aires "Eduardo Mallea",
en narrativa (1996). En 1999 se le otorgó el Premio
del Instituto Literario y Cultural Hispánico de California,
por "su valioso aporte a la literatura hispanoamericana".
Ganó la Beca de Creación Artística
de la Fundación Antorchas para "artistas sobresalientes
que se hallan en los comienzos de su plenitud creativa"
(año 1991), y la Beca de Creación Artística
del Fondo Nacional de las Artes en 1992.
Es doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires,
y trabaja como investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones
Científicas y Técnicas en la especialidad
de Literatura Argentina. Es colaboradora permanente del
suplemento literario del diario La Nación
de Buenos Aires.