Un día caminaba a orillas del mar en la costa meridional
de Creta. Más allá se distinguían los
acantilados de la costa africana. A mis pies terminaba Grecia.
Era un día nublado pero cálido. El silencio
del lugar solo era interrumpido por el tintinear distante
de las campanillas de las ovejas. Mientras caminaba, levantando
mi cabeza de vez en cuando hacia mar, comencé a ver
a lo lejos una extraña forma oscura. Pronto llegó
a ser evidente que este objeto inmóvil era un hombre
sentado sobre una roca. Con una mano cubría sus ojos,
en la otra sujetaba un bastón que servía de
apoyo para el descanso de su cuerpo.
Mientras me acercaba, iba disminuyendo la intensidad de
mis pasos, moviéndome cada vez más suavemente
sobre las rocas. Sentía invadir la calma y serenidad
del lugar, temía romper la inmensa quietud del momento
y despertar al pastor. Contuve la respiración y seguí
acercándome cautelosamente, esperando que el hombre
descubriese sus ojos y levantase la mirada. Me detuve solo
a un par de metros y preparé mi cámara. Su
mano comenzó a desplazarse hacia su frente, rápidamente
disparé la foto. Luego, levantó su cabeza
y me miró tranquilamente.
Cada fotografía es una experiencia personal. La
serie en blanco y negro de la Grecia rural, es producto
de tres años de vida y trabajo en un pequeño
apartamento y cuarto oscuro en Atenas, entre los años
1961 y 1964, que muestra la hospitalidad y fraternidad de
la vida en el campo griego.