Acepta ofrendas puras del habla de un alma
y un corazón elevados hacia ti, Tú, que ninguna
palabra puede hablar, a quien sólo el silencio
puede declarar.
Hermes Trismegisto. Corpus Hermeticum.
De los muchos lenguajes que existen uno hay donde podemos
expresar a plenitud nuestra existencia. Con él podemos
nombrar el mundo y manifestar los sentimientos más
íntimos. Este es el sitio, el lugar de todos, la
común manifestación humana para expresar,
entre otros sentimientos, las pasiones de nuestras vidas:
amor, dolor, dulzura.
Siendo el lenguaje humano el sitio del encuentro
obligado para perpetuarnos como especie, cada uno de nosotros
se manifiesta en particularidades un tanto más específicas:
la lengua y el habla... hasta las maneras idiomáticas
y dialectales que nos marcan en tanto usuarios de una parcela
de la realidad cultural de un pueblo.
El habla, dice Heidegger, no es sólo
un instrumento que el hombre posee entre otros muchos, sino
que es lo primero en garantizar la posibilidad de estar
en medio de la publicidad de los entes. Sólo hay
mundo donde hay habla, es decir, el círculo siempre
cambiante de decisión y obra, de acción y
responsabilidad, pero también de capricho y alboroto,
de caída y extravío. Sólo donde rige
el mundo hay historia. El habla es un bien en un sentido
más original. Esto quiere decir que es bueno para
garantizar que el hombre pueda ser histórico. El
habla no es un instrumento disponible, sino aquel acontecimiento
que dispone la más alta posibilidad de ser hombre.
Así las cosas, cada uno de nosotros
al utilizar en su cotidianidad las manifestaciones del lenguaje,
está posesionado de una realidad simbólica
con la que continúa creando sobre un discurso infinito.
Hablamos porque tenemos necesidad de nombrarnos,
de afirmar nuestra libertad y declarar al mundo nuestro
absoluto derecho a existir. Entendemos entonces que somos
seres que existimos por el lenguaje en tanto seres comunitarios.
Individuos que nacemos y nos relacionamos a partir de una
vida en comunidad. Comunidad y comunicación son no
sólo términos similares (del latín
communitas=comunidad; comunicatio=comunicación) más
bien esencias que caracterizan a los seres humanos que existen
en el lenguaje. Por ello el lenguaje posee una condición
ontológica en el devenir del hombre histórico.
Hombre que inaugura su acción en la existencia de
potencialidades de realización en un conglomerado
social que por esencia natural lo determina como individuo
hecho para vivir en libertad.
Sin embargo, y así lo consideramos,
la libertad no es un fenómeno social, es condición
inherente a la naturaleza humana. Su manifestación,
su certeza está en la capacidad de todo ser humano
para apropiarse de un lenguaje que exprese esa libertad.
Así, el tamaño del mundo será proporcional
a la capacidad idiomática que un hombre tenga para
expresarlo. De igual manera, el tamaño y características
de la libertad que posea un hombre, estarán directamente
vinculadas con la capacidad para ennoblecer su lenguaje.
Lenguaje y libertad están indisolublemente
unidos por la lectura que del mundo y de la vida tenga un
hombre.
Acá no nos estamos refiriendo a la
lectura de un libro específico, más bien a
la lectura del mundo, del entorno donde un hombre se manifieste.
Saber leer implica descifrar la simbología del mundo:
percibir la palabra reveladora en lo que está siempre
más allá (meta-féro) metáforas
que la vida misma nos entrega. Por ello los libros son registros
que alguien, después de haber experimentado la vida,
deja constancia de ella en eso que siempre desea poseer
y que está en metáforas.
No queremos entrar a analizar de manera técnica
los procesos por los cuales se asume que una determinada
persona sea considerada un lector independiente o fluente.
Baste decir, en todo caso, que existen dos procesos en los
análisis de lectura, que se deben atender. El eferente,
por medio del cual se aborda de manera lógica, coherente
y discursiva la obra de arte: el libro. Es un proceso de
acercamiento analítico, por secuencias inferenciales
y de hipótesis que reafirman o cambian nuestros pre-juicios
(juicios previos) sobre el libro. El otro es el estético;
la plenitud que colma la lectura de un texto que ya no nos
permitirá ser iguales. Esa intensidad de la lectura
que nos despoja de toda atadura cotidiana y nos devuelve
a la libertad. Libertad ontológica manifiesta por
el lenguaje y por nuestra capacidad para trascendernos como
individuos socialmente inmersos dentro de la complejidad
de la vida.
Sin lenguaje quedamos en el extravío,
relegados al silencio de la duda existencial. Toda forma
de conferir sentido, dice Echeverría, toda forma
de comprensión o entendimiento pertenece al dominio
del lenguaje. Por lo tanto, continúa indicando Echeverría,
el lenguaje no es una capacidad individual, sino un rasgo
evolutivo que, basándose en condiciones biológicas
específicas, surge de la interacción social.
El primer texto que todo hombre lee está
referido al inmenso libro que es la vida. De esa manera
cuando nos acercamos al discurso escrito que subyace en
un libro, lo decodificamos a partir de nuestras experiencias
de lecturas anteriores. Por ello hacemos constantemente,
mientras estamos leyendo, sucesivos acercamientos al libro,
a la concepción que tenemos del mundo y de la lectura
misma, hasta alcanzar una múltiple significación.
De allí que el libro es una realidad Única,
en tanto ha sido la experiencia señalada por un alguien
que denominamos escritor. Pero también es una realidad
Múltiple, en tanto es internalizado en sus experiencias
por un alguien que denominamos lector. De ello resulta la
re-escritura permanente del libro.
La comprensión, interés y concepción
de la lectura son términos que tienen profundas implicaciones
en el proceso de la lectura y escritura, ya que deben apoyarse
en experiencias que se relacionan entre sí y hacen
referencia a determinadas capacidades intelectuales del
ser humano. Igualmente los aspectos involucrados en la compleja
capacidad humana de la lectura son abordados, de una u otra
manera, según sea el enfoque que se adopte para realizar
su estudio.
En lo que se refiere a la comprensión
lectora, algunos autores centran su definición en
los aportes del neo-lector en el proceso de construcción
del significado. Afirman que el ser humano desempeña
un rol activo y selectivo (1) en el acto lector, por cuanto
realiza anticipaciones de significado y utiliza estrategias
para verificar sus hipótesis a partir de la información
visual proporcionada por el texto; selecciona la información
a partir de: sus conocimientos previos, sus intereses, y
el grado de compromiso previamente asumido, con respecto
de la temática del texto. ( Smith, 1983).
La forma en que cada individuo lea y comprenda
un texto determinado dependerá entonces de La etapa
en que se encuentre en su proceso de construcción
del conocimiento. El conocimiento previo que el sujeto tenga
sobre el tema tratado en el texto. La competencia lingüística
del sujeto. (2)
La comprensión del proceso de lectura
exige el conocimiento previo de la forma como el lector,
el escritor y el texto contribuyen a dicho proceso, ya que
esto implica una serie de transacciones entre el lector
y el texto.
En estas transacciones el texto, que ha sido
escrito por un autor específico y donde se presenta
un tema particular, es asumido por el lector de una manera
individual, otorgándole valores singulares que traen
como consecuencia una reelaboración del discurso
escritural y por tanto, la existencia de la obra en la vida
del lector de forma individual y única. Por ello,
la obra literaria, sea esta un cuento, novela o poesía
es Una y Múltiple. Esto es, ha sido creada por un
artista con un tema particular, pero el lector la continúa
incorporándola a sus vivencias (3).
En este sentido el texto de lectura debe verse
como una obra literaria con existencia propia: ella existe
por sí sola y a partir de nuestra relación
con lo que ella expresa. Por ello, cuando se establece la
relación comunicativa entre lector-escritor, el texto
es el medio que posibilita el acto del diálogo, que
no es más que dos monólogos (silencios) que
se funden.
En un sentido más amplio debemos indicar
que el hombre procede de un monólogo, un hablarse
a sí mismo y quien se dirige inevitablemente al Otro
(Lacan) para iniciar un diálogo. El diálogo
es un monólogo que se intercambia y es precisamente
en esa proximidad, ese rozarse las puntas de los dedos,
donde se instaura lo dialógico, eso nombrado comunicable:
bordes de un acontecer monológico.
Heidegger, menciona que el diálogo
y su unidad es portador de nuestra existencia (Dasein).
Unidad esta aquí referida a lo Uno y Primigenio del
habla: el ser que monologa en y con nosotros.
El tiempo que soporta el diálogo acumula
la temporalidad (gramaticalidad) del hombre histórico
reducido a un pasado, presente y futuro que lo transforma
en prisionero de su mundo. Lo monológico carece de
tiempo, si lo hay es ese illo tempore (Había una
vez...) donde el eterno presente es un devenir de acontecimientos
que se suceden unos a otros en una ahistoricidad (mítico-simbólica)
que deslumbra y desarraiga, nos atrapa en su silente abismo.
El yo del sujeto que dialogiza está
encadenado al círculo tempo-espacial, la verbalidad
detrás de la cual palpita amordazado el ser monológico.
Convencional por definición, ajena
a nuestras exigencias imperiosas, la palabra está
vacía, extenuada, sin contacto con nuestras profundidades
no hay ninguna que emane o descienda de ella. (Cioran).
Por ello la palabra escrita (la literatura
dirigida a niños) tendrá que transcurrir en
un nombrar lo esencial. La palabra, toda palabra se asume
entonces como una revelación, un compromiso con la
existencia: asombro y lucidez.
El acto comunicativo monológico es
una relación profunda de amor en libertad del individuo
con su ser. Merced a esto el hombre se reconoce naturaleza
integrada, identidad consciente de sí y para sí
y quien busca expresar su reflejo para con los otros.
Cierta vez, mientras dictaba un curso sobre
Literatura Latinoamericana, una de mis alumnas, una señora
de cerca de setenta años y maestra de escuela, después
de haber estado analizando el libro Cien años de
Soledad, de Gabriel García Márquez, me confesó
que ella hacía cerca de quince años que lo
había leído y ahora, mientras de nuevo lo
releía, de repente se acordó que la primera
vez que lo leyó fue mientras su madre estaba hospitalizada.
Rápidamente recordó la parte que leía
para ese entonces: era el pueblo y las matas de plátanos.
Intentó volver a leer ese pasaje y encontrar esas
matas pero cuando llegó a la lectura... las matas
de plátano habían cambiado. Eran otras. También
su madre había muerto.
La lectura de un texto es un acontecimiento
único e irrepetible: sucede una vez. Por eso aunque
leamos muchas veces un mismo texto, siempre lo haremos por
primera vez. Son las circunstancias internas del lector
y su vinculación con el entorno quienes establecerán
el acto dialógico que permitirá energizar
la apertura a una lectura posible.
Siempre nuestra lectura de un libro cambia
como cambia nuestra lectura del mundo y de la vida. Por
eso resulta tan necesario la vuelta constante al silencio
reflexivo que tanto el libro como la vida nos proporcionan.
En su aparte sobre la Historia del Silencio,
de su libro La Metáfora y lo Sagrado, Murena afirma
que la palabra portadora de misterio demanda una lectura
lenta, que se interrumpe para meditar, tratar de absorber
lo inconmensurable: pide relectura. Arquetipo son las escrituras
de las religiones, que invocan el fin de sí mismas,
la restitución del secreto fundamental. Arquetipo,
también, las grandes obras de la literatura, aquellas
cuya esencia es poética, pues la metáfora,
con su multivocidad, pluralidad de sentidos, dice que está
procurando decir lo indecible, el silencio.
Por ello, en la enseñanza-aprendizaje
de la obra literaria y específicamente en lo que
respecta a las literaturas nacionales, los espacios de silencio
son importantes y necesarios para permitirle al neolector
un acercamiento individual al libro. No basta con el acercamiento
analítico a la literatura nacional. Para garantizar
la permanencia de la literatura de cada país en su
población: para su conocimiento y trascendencia como
valor cultural, es urgente formar un lector autónomo,
capaz de apreciar la obra literaria a través de un
proceso de lectura que constantemente le permita contrastarse
con el texto e interiorizar aquellas experiencias significativas
que muestra la obra literaria nacional.
Reducir las literaturas nacionales al análisis
literario aséptico para encontrar rasgos estéticos
que la vinculen con la literatura universal, apartando la
promoción de las literatura nacionales como fuente
de placer estético y estudio integral de la cultura
de cada país, es mantener criterios mecanicistas
que van en detrimento del lector, restándole importancia
a su condición de promotor natural de las literaturas
nacionales.
Sobre lo anterior se afirmará que en
el proceso lector el lenguaje es tratado dentro de un contexto
funcional y relevante, donde el lector realiza una contribución
activa y significativa al texto literario, existiendo un
enriquecimiento mutuo entre texto y lector. La única
manera de entender el lenguaje y comprender lo impreso,
es extrayendo su significado que es predicho por el lector
en la medida que va avanzando en su proceso lector.
Lo objetivable en el proceso lector es aparente
certeza discursiva que se soporta en lo analítico
de seres que intercambian mundos semánticos. Por
eso Witgensttein reduce la certeza a un juego del lenguaje.
La realidad viene interpretada a través de un mediador,
el lenguaje.
Para nosotros el mundo existe a través
del lenguaje y por el mundo en cuanto tal. Intuimos e interpretamos
significativamente los reflejos de los objetos, sus sombras.
Modelamos mundos de lectura y escritura a través
de sus reflejos.
En síntesis, la propuesta que se maneja
actualmente es que los individuos aprendan a leer leyendo,
(Smith, 1983).
Por lo tanto el objetivo de todo lector frente
al texto escrito es lograr su cabal comprensión.
En la medida que pueda darse ese proceso interactivo de
comprensión, se afirmará que la persona pueda
leer con autonomía o sea considerado un lector independiente
o fluente.
La lectura es renovación constante
de nuestras experiencias como seres humanos. En su proceso
existe una acción permanente del pensamiento y los
sentidos en procura de la comprensión lógica
de los acontecimientos que se suceden.
Esa comprensión lógica, esa
manera de actuar reflexivamente a través del acto
silencioso que implica la lectura de un texto literario,
es condición indispensable para acceder al sentimiento
y la acción de la libertad. Por ello no es ninguna
garantía saber que una constitución, leyes
orgánicas, leyes, normativos, reglamentos y disposiciones
y procedimientos nos señalen hasta dónde un
Estado nos fija los límites de nuestra libertad,
mientras desconocemos el mundo y estamos relegados a un
lenguaje nuclear (apofántico) de sobrevivencia.
En este sentido y como podemos apreciar en
la sociedad actual y en la mayoría de las educaciones
nacionales, la literatura de cada país y con ello
el referente obligado que perpetúa su permanencia
en el tiempo, el lector, no se considera importante ni se
le da valor como lector intelectualmente independiente,
razón por lo que el Estado otorga poco o ninguna
importancia a la formación de lectores reflexivos
y conscientes que valoren la literatura nacional. Esto debería
llevarnos a considerar el cómo se está tratando
y difundiendo en los centros de enseñanza la literatura
de cada país. Cuando se sabe que gran cantidad de
maestros y docentes del área de castellano y literatura
presentan agudos síntomas de desinterés, no
sólo hacia la enseñanza-aprendizaje de la
literatura sino sobre todo aquello que esté relacionado
con los procesos de promoción de la lectura y escritura.
Finalmente quisiera indicar que se es libre
porque se accede a un lenguaje que nombra el mundo y determina
en nosotros la condición humana de existir. La sociedad
donde nos desarrollemos, sus maneras de expresión
institucionales, como la Iglesia, la Educación y
las pautas que regulan, a través de un contrato social
nuestras relaciones, sistematizan la conciencia objetiva
en todo hombre para considerarse ciudadano que existe por
el lenguaje y que a través de la lectura de la Obra
literaria asume una conciencia para vivir y expresar su
libertad.
(*) Juan Guerrero (sanjuanv2002@yahoo.com)
es profesor de la Universidad de Guayana, Venezuela, candidato
a doctor en Filología Hispánica por la Universidad
de Oviedo.
(1) Sobre este punto debemos manifestar que el hombre es
por naturaleza un ser selectivo, esta actitud lo conduce
o genera en él una tendencia hacia la individualización
de determinados actos, entre ellos y por lo hasta ahora
expuesto, el acto de leer, que pareciera ser por principio,
un proceso individual en todo ser humano que luego de comprenderse
e internalizarse, se comparte con otros, para reafirmar
o modificar lo que la lectura ha comunicado.
(2) La competencia lingüística está referida
a las ideas que conforman la estructura mental del individuo,
su concepción del mundo. Esta competencia se expresará
en actos verbales o de hablas, donde el individuo demostrará
o pondrá en ejecución su "competencia
lingüística".
(3) Al decir de Foucault, (1977) y en referencia al enunciado
en un juego discursivo: Dos personas pueden decir a la vez
la misma cosa y como son dos habrá dos enunciados
distintos. Un único sujeto puede repetir varias veces
la misma frase, y habrá otras tantas enunciaciones
distintas en el tiempo. La enunciación es un acontecimiento
que no se repite; posee una singularidad situada y fechada
que no se puede reducir.