ESPLENDOR Y EXPERIMENTACIÓN VANGUARDISTA
Las vanguardias estéticas y poéticas que,
según Octavio Paz, son hijas de la edad crítica
moderna, hunden sus orígenes en el siglo XIX cuando
la duda y el desencanto hacia los llamados "Metarrelatos"
modernos son puestos en cuestión por el romanticismo
contestatario. "La historia de la poesía moderna,
escribe Paz, - al menos la mitad de esa historia - es la
fascinación que han experimentado los poetas por
las construcciones de la razón crítica"
(1986: 65). Y aunque nuestro objetivo no es realizar una
exploración histórica sobre los movimientos
vanguardistas estéticos y sus más altas conquistas
- estudio por lo demás ya muchas veces y de manera
somera desarrollado - sí trataremos de ubicar algunos
de los tópicos más influyentes en el esplendor
y experimentación vanguardista del siglo XX. Por
lo tanto, en procura de estos horizontes, nuestra preocupación
está en preguntarnos qué nos dejó la
modernidad vanguardista y cuáles son sus repercusiones
actuales a escala estética. Dadas estas premisas,
proyectamos un entorno de posibles hallazgos, más
allá de una genealogía artística y
socio-cultural. Aún más, por el gran proceso
de su decaimiento, proponemos una revisión general
de sus principales tesis en el actual momento de crisis
y agotamiento.
Sustentadas en el "Gran relato" moderno de la
emancipación y en la idea de libertad, las vanguardias
estéticas, tanto europeas como latinoamericanas,
entran en el proyecto universalista y unitario de Occidente,
tratando de influir y transformar los cánones no
sólo artísticos, sino socio-políticos
de su época. De estos postulados resulta su entusiasmo
y su vigor, la explosión con la cual se manifestaron.
Así, la idea de progreso no era extraña a
sus compromisos. El convertir a la máquina - para
el Futurismo - en "símbolo universal y en un
principio espiritual de signo trascendente en la realidad
social histórica" (Subirats 1984: 46), proclama
ya un estado de optimismo y seguridad hacia una cierta estética
cartesiana que impone la máquina como expresión
máxima del poder humano sobre la naturaleza y como
instrumento emancipador.
Por otra parte, en las vanguardias dadaístas y surrealistas,
"el carácter crítico, negativo, combativo
e iconoclasta... se compagina con su dimensión política,
de movimiento volcado hacia el futuro, como afirmación
de nuevos valores, como anticipatorio de una realidad por
instaurar: de allí también su carácter
profético y utópico..." (Xibelle 1995:
110). Programas para construir un futuro donde el arte tome
partido en la revolución social y política.
La confianza en la victoria final, unida a los conceptos
de temporalidad, progreso, futuro, hizo posible que la vanguardia
se convirtiera en un proceso heroico desde el cual se proyectaba
un trascendentalismo teleológico, dispuesto a superar
tradiciones y paradigmas culturales. Con ello nació
una forma de estética de lucha y del triunfo revolucionario
y rebelde. La vanguardia fue polémica, desde y contra
las versiones de la modernidad, con nihilismos y futurismos
anclados en demandas de subversión y de cambio. "Surgida
del utopismo romántico con sus fervores mesiánicos,
la vanguardia sigue su curso de desarrollo esencialmente
similar a la más antigua y comprensiva idea de modernidad.
Este paralelismo se debe ciertamente al hecho de que ambas
descansan originalmente en el mismo concepto de tiempo lineal
e irreversible..." (Calinescu 1991: 100).
El tiempo se posesiona en la vanguardia como un orden secuencial
que produce rupturas y metamorfosis dirigidas a un Telos
superior, destructor y creador de posibilidades. Exploración,
aventura, valentía y afirmación en las fragmentaciones,
irán construyendo un sentido, muchas veces dogmático
y militante, en el desplazamiento hacia nuevas conquistas.
Ya Apollinaire, en 1917, pide comprensión para los
aventureros que se enrutan al porvenir:
Vosotros cuya boca está hecha a imagen de la
de Dios/ boca que es orden mismo/ sed indulgentes cuando
nos comparéis/ a aquellos que fueron la perfección
del orden/ Nosotros que en todas partes buscamos la aventura..//.
Hay fuegos nuevos colores nunca vistos/ fantasmas imponderables/
a los cuales es preciso dotar de realidad... (La bella
pelirroja). Este poema sintetiza la visión que Calinescu
tiene al respeto:
Lo que interesaba hacer a los artistas de la nueva
vanguardia...era demoler las tradiciones formales
del arte y disfrutar de la estimulante libertad de
explorar horizontes de creatividad completamente nuevos
y prohibidos hasta entonces, ya que creían
que revolucionar el arte era igual que revolucionar
la vida. (1991: 115)
Destruir es crear. La máxima de Bakunin, impulsa
a la mayoría de ideas vanguardistas del siglo XX.
No es extraño, entonces, entender las demandas y
exigencias de Marinetti y de André Breton sobre la
firme posición en el campo de batalla estético
y político. Utopía y sueño. Utopía
que impulsa un deseo de superación a escala humana,
universalizando el deseo de un arte de experimentación,
revolucionario o rebelde, monumental y de resistencia crítica.
Mínimo de indiferencia y máximo de diferenciación.
El producto tuvo logros y grandes conquistas. Octavio Paz,
asiduo defensor del macro proyecto vanguardista, insiste
en su libro La otra voz, en darle a estos movimientos
valor óntico-estético y civilizatorio:
Fue un cambio, asegura Paz, de tal modo profundo
que todavía nos afecta y que, sin duda, afectará
al arte y a la sensibilidad de nuestros descendientes...Lo
decisivo, no fue la sustitución de los cánones
tradicionales - incluyendo las variantes y desviaciones
románticas, simbolistas e impresionistas -
por los de culturas y civilizaciones extrañas,
sino la búsqueda de otra belleza (1990: 43,
44).
Aferrados a esta idea de cambio, las vanguardias elevaron
sus manifiestos como promesas y desgarramientos críticos
ante los altares de la nueva Diosa Racional, instrumental
y capitalista. "la modernidad se identificó
con el cambio, concibió la crítica como instrumento
de cambio e identificó a ambas con el progreso...La
tradición moderna es la tradición de la ruptura,
una tradición que se niega a sí misma y así
se perpetúa" (Paz 1990: 50, 51).
En un poema escrito en 1924, André Breton invitaba
salir a los caminos, subvertir el imaginario social del
confort. Confrontación y golpe a las más deseadas
ideologías burguesas:
Déjenlo todo
Dejen Dada.
Dejen su esposa, dejen su amante.
Dejen sus esperanzas y sus temores.
Abandonen a sus hijos en medio del bosque.
Suelten el pájaro en mano por los cien que
están volando.
Dejen si es necesario una vida cómoda, aquello
que se les
Presenta como una situación con porvenir.
Salgan a los caminos.
(Déjenlo todo. Fragmento tomado de Setton 1990:
10).
Como espacio de agitación y transformación,
las vanguardias fueron guía y propuesta ante el decaimiento
de los racionalismos absolutistas occidentales. De tal forma
que, esoterismo, magia, tradiciones populares exóticas
de África, Asia, Oceanía y Latinoamérica,
mediums espiritistas, revelaciones poéticas,
rebeliones contra las geometrías euclidianas, paisajismos
precolombinos, técnicas poéticas y pictóricas
orientales, haiku y teatro Nô, físicas
cuánticas y relativistas...en fin, una gran cartografía
de lenguajes y sensaciones ayudaron a fundar realidades
y visiones distintas sobre el hombre. Collage de
culturas y de expresiones. Estéticas que mutaron
su experiencia artística y vital por el experimentalismo
en busca de "otras" verdades. Por lo cual, la
poesía tiene una función de vidente, tal como
lo había diagnosticado Rimbaud. Llevar al hombre
a zonas aún no exploradas, horadar en abismos y cimas
aún no descubiertas ni descritas. El poeta queda
así convertido en un "iluminado". Su instrumento
es la imagen que combate la acción de la lógica.
La imagen abre para el hombre el universo e ilumina el camino
para llegar a lo Maravilloso. Para Breton, lo Maravilloso
es "siempre bello, todo lo maravilloso, sea lo que
fuere, es bello, e incluso debemos decir que solamente lo
maravilloso es bello" (De Manifiesto del Surrealismo,
1924). Experimentalismos y juegos que van desde la reivindicación
del humor como arma subversiva e inconformista; pasa por
escrituras automáticas; collage pictórico
y escritural; deambula por el frottage de Max Ernst;
se manifiesta en poemas colectivos y diálogos inconexos
y surreales; desembocan en métodos paranóicos-
críticos.
En la poesía y literatura hispanoamericana,
las vanguardias se manifestaron en varios movimientos, los
cuales asumen la concepción de la ruptura como formas
modernas de subvertir y desarticular no sólo los
lenguajes tradicionales, sino la visión del artista
y su punto de vista ético. El Ultraísmo, el
creacionismo, liderado por Vicente Huidobro, el Imaginismo,
la poesía llamada "social", se familiarizaron
con las corrientes europeas de vanguardia.
En el polémico ensayo "¿Hubo
un surrealismo español?", Ricardo Guillón
asegura que "no hubo en España surrealistas
de estricta observancia; sí cabe hablar de obras
con rasgos de este tipo" (1982: 81). En términos
generales, el autor de dichas notas supone la no existencia
de una escuela de actividad surrealista propiamente dicha
en la España de entreguerras, es decir, que no se
reconoció a Breton como guía y mentor literario
entre los poetas ibéricos. Esta tesis pone en discusión
las ideas sobre el surrealismo consecuente y activo en la
poesía española, la cual había gestado
ya transformaciones profundas al idioma desde el Modernismo
y la generación del 98, dándole a éste
más libertad de exploración, permitiendo "adentrarse
en territorios poco frecuentados". (Guillón:
82). Así, poetas como Gerardo Diego, Salinas y Guillén
no fueron influenciados por el Surrealismo, en tanto que
el grupo del 27 se basó en Góngora, poeta
totalmente distinto a los presupuestos surreales. ( Guillón:
83).
Según lo anterior, los cambios radicales
operados en la poesía hispánica no se deberían
buscar sólo en la influencia de las Vanguardias francesas,
sino en las mismas raíces de los movimientos y tendencias
literarias españoles de finales del siglo XIX y principios
del XX, dando prioridad a una exploración historiográfica
que explicaría ciertos resultados estéticos.
Sin embargo, en un ambiente de vanguardias,
los poetas españoles vivieron experiencias análogas
a las del mundo francés; "un estado de ánimo",
según Guillón, que los unió en sus
preocupaciones por el sueño, el inconsciente, lo
maravilloso, y por ciertos poetas simbolistas y Malditos,
lo cual se muestra en obras de Alberti, Lorca, Aleixandre,
Hinojosa. Este pluralismo de "influencias", sirvió
para que la poesía española manifestara una
mayor pluralidad y riqueza de matices en sus búsquedas
y, sobre todo, para que sus exploraciones no se quedaran
reducidas a las líneas de una secta o escuela poética.
Y es desde la concepción de secta
-a la que reduce Guillón al surrealismo- de donde
se puede discrepar con este autor. Ya Paul Ilie lo nota
y advierte en su ensayo "El Surrealismo español
como modalidad" (comp. García de la Concha,
1982) que éste movimiento no se limita sólo
a París ni a los seguidores de Bretón, sino
que debe entenderse como "modalidad literaria",
modos universales que participan y comparten ciertas características
con los modos nacionales. El grupo parisino se une a las
inquietudes de los jóvenes españoles en ciertos
gustos y búsquedas literarias. Ello nos remonta de
inmediato a la figura de analogía entre el
todo y las partes; poetas que asimilaron una Sensibilidad
de época, manifiesta en el ambiente europeo y
aún latinoamericano.
El surrealismo, estudiado entonces como
modalidad literaria, abre la posibilidad de su análisis
en poéticas particulares aparentemente alejadas de
la influencia de Breton. No podemos, según dicha
tesis, negar que algunos de los poetas españoles
y latinoamericanos hayan asumido técnicas surreales,
aunque sin ortodoxia. Su cambio de imaginería y de
disposición ante los temas de la tradición
hispánica, los une a esa gran aventura vanguardista
del siglo XX. Cabe preguntarse si los poetas españoles
(Lorca, Alberti, Aleixandre, Hinojosa, Cernuda) constituyeron
un grupo donde se pregonaba "transformar el mundo"
y "cambiar la vida", o más bien se impuso
la tarea de construir un nuevo lenguaje desde la poesía
misma. Afirmación sospechosa puesto que algunos de
los mencionados fueron realmente hombres comprometidos no
sólo literariamente, sino con las tareas de transformación
política y con las fuerzas democráticas de
la época. Valga entonces afirmar que si es cierto
que no hubo movimiento unitario surrealista en España
sobre las disposiciones revolucionarias del momento, sí
se asistió a una atmósfera de rebeldía
general visible en todos los ámbitos.
Por otra parte, el tema de la ciudad ha
sido asumido por los poetas modernos con una aguda sensación
paradójica que fluctúa entre la aceptación
y el rechazo. La pronta secularización que la modernidad
trajo en el plano estético; la ruptura con la topología
urbana premoderna; el situarse en un ambiente de "fisiologías"
citadinas de rápidos cambios estructurales, hizo
del poeta moderno un ser ávido de asimilar estos
éxtasis en movimiento, como de rechazar los ambientes
de soledad, masificación y anonimato a que la ciudad
nos lanza. Excitación y terror: Baudelaire frente
a los bulevares del alcalde Haussmann; Rimbaud en actitud
de "ser absolutamente moderno"; Poe dándose
un baño de multitud; José Asunción
Silva, provinciano en París, dan cuenta de algunas
sensibilidades de finales del siglo XIX que sintieron los
primeros aletazos de la ciudad burguesa en vías de
masificación.
Por supuesto, algunos de nuestros más
grandes y caros poetas de principios del siglo no fueron
ajenos a estos azares de la modernización y la modernidad
citadina. Darío, y la mayor parte de la generación
del 98, junto a los modernistas latinoamericanos, expresaron
su sentir frente a esos "monstruos elevados" o
ciudades que se agitaban ante sus ojos y sobre los cuales
escribirían hondos y sentidos poemas.
Pero la gran aventura del habitar, cifrar
y descifrar la ciudad masificada se la debemos a las Vanguardias.
Estas experimentaron una ciudad construida a través
de las últimas conquistas de la racionalidad instrumental
y con las estructuras monopolistas económicas burguesas,
lo que desembocó en conglomeraciones caóticas
cuyos resultados fueron la cosificación y enajenación
del hombre. El surrealismo no estuvo jamás ausente
de estos sucesos. Sus integrantes alzaron armas críticas
frente a la razón enajenante capitalista, imponiéndose
el reto de la ruptura, la trasgresión, la rebeldía
y la revolución. Utopía y sueño; imaginación
y libertad contra las sensibilidades masificadas. El hombre
de acción capitalista - que tanto preocupó
a los escritores del diecinueve- se enfrentó a la
acción poética vitalista.
En España esto tuvo sus grandes
conquistas y ventajas. El surrealismo español, representado
especialmente por Lorca, Alberti, Aleixandre, Cernuda, Hinojosa,
Larrea... también asume una fuerte crítica
a la ciudad, edificando poéticas disímiles
y ricas en este aspecto. La ciudad vista como "pesadilla"
que abate al hombre; como espacio apocalíptico y
negador de nuestros deseos, es, según Bellver, "un
arquetipo que encarna la angustia existencial de unos poetas
que se ven expulsados de su paraíso personal y obligados
a vivir en un infierno urbano, colectivo". (Bellver
1983: 542). De tal manera que prima en sus sensibilidades
las dicotomías de infierno/paraíso; civilización/naturaleza;
bien/mal, lo que nos ubica en una mentalidad judeo-cristiana
tan viva en algunos de ellos (Lorca, Cernuda). Lo dicotómico
toca no sólo aspectos de índole religioso,
sino gnoseológicos tales como la disparidad entre
sujeto y objeto (yo-mundo), individuo y colectividad, lo
real y lo ideal, el deseo y la realidad (este último
soberano en toda la obra de Cernuda). No estaban desterrados
ni marginados del mundo vanguardista los españoles.
Las mismas problemáticas se ventilaban en Zurich,
Berlín y en París. Conectados a estas tendencias
-al menos con las "sensibilidades de época",
los poetas españoles registraron una angustia de
modernidad: el sentir la lenta y paulatina secularización
de un mundo mágico-provincial no moderno, y la apertura
de una mentalidad aldeana hacia la ciudad masiva. De allí
el negativismo y choque de Lorca en Poeta en Nueva York;
la sensación de exilio en Cernuda; la oscuridad y
soledad en la ciudad albertiana; el símbolo de maldad
y de caos para Aleixandre.
Sin embargo, existen otros orígenes
para el desarrollo de sus visiones surrealistas de la ciudad.
La llamada "tendencia a funcionar dentro de la línea
metafórica" (Bellver: 543), es una de ellas.
Escuchemos a Bellver: "más que una copia fotográfica
de una ciudad específica, las imágenes urbanas
surrealistas retratan un estado de ánimo de los poetas,
muchas veces suscitado por el ambiente metropolitano amenazador..."
(Bellver: 543-544). Esta tendencia a metaforizar la ciudad,
va más allá de un simple naturalismo descriptivo
y se propone expresar lo inexpresable, describir lo indescriptible,
es decir, fundar una ciudad interior por medio de la palabra,
crear presencias allí donde antes no existían.
En algunas de estos poetas, el paradigma
del viaje se constituye en el catalizador para el cambio
de actitud poético-vital. Lorca registra y funda
una ciudad que se presenta nueva ante sus ojos. Procesa
las visiones de una civilización enferma, virulenta,
máquina que tritura la naturaleza y al hombre. La
fealdad y violencia de sus imágenes, muestran la
náusea del paseante, su inevitable miseria. La extranjería
del poeta es manifiesta. Su marginalidad y extravío
estallan en grandes oleadas de estupor, ira y asombro. Poeta
en Nueva York es un grito estremecedor en los angustiosos
pasadizos de una civilización en ruinas. Queda como
paraíso La Habana, la naturaleza no muerta, sino
encantada, mágica, con sus soles, música y
tambores. Al unísono, y como dialogando en susurros
con el de Granada, Cernuda también se siente extraño
en tierra propia y ajena. Su actitud es radical; envía
sus lanzas contra lo establecido por la sociedad burguesa,
contra sus normas religiosas, la familia, el matrimonio,
la religión. Outsider, cernuda siente la angustia
de vivir en un tiempo que niega al deseo. Como Tántalo
está frente a los manjares, sufriente, con el suplicio
de no poder alcanzar su goce. Es imposible para él
estrechar, en estas abruptas ciudades, "hasta el fondo
un cuerpo, una fortuna". Su rebeldía histórica
y metafísica, lo vuelve un anárquico rebelde
que violenta todo en bloque, desafiando las leyes de la
condición humana y las leyes astronómicas
del universo.
Como un vigía de la angustia, Alberti
se sitúa en una garita más comprometida. Su
soledad está serena aunque sitiada en la ciudad que
transita. En su libro Sobre los ángeles, existe
una extraña correspondencia entre la soledad y la
compañía, los elementos vegetales y el monumental
frío citadino. No grita como Lorca ni se angustia
interiormente por el deseo como Cernuda, pero sí
lo estremece "el hombre masa" de Ortega, el anonimato
y el desamor de la soledad capitalista. Junto a Aleixandre,
observa una ciudad caótica, símbolo de crueldad
y vaciedad espiritual.
Frente a dichos panoramas, no queda sino
confirmar la estrecha relación de estas poéticas
con los supuestos surrealistas, en tanto vanguardia estética
que se propone una revuelta del ser en busca de un "nuevo
mundo" y una "prometida realidad", al decir
de Juan Larrea.
En Latinoamérica, Vicente Huidobro,
impulsor del Creacionismo, fue quizá uno de los más
polémicos y entusiastas vanguardistas. Su obra abrió
múltiples posibilidades de escritura experimental
y le debemos su cosmopolitismo y búsqueda de otras
aventuras poéticas. El poeta como "pequeño
Dios", expresa ya una de las críticas más
fuertes al determinismo cultural y promete un proyecto de
creación de la subjetividad autónoma y subversiva.
Gran asimilador de la poesía caligramática
de Apollinaire y de las propuestas dadaístas, Huidobro
asume el rito de la poesía contestataria como experimento
y juego. Su poema Arte Poética, por ejemplo, es quizás
la mejor muestra de la petición de un poeta con fuerza
vanguardista:
Que el verso sea como una llave
Que abra mil puertas
Una hoja cae; algo pasa volando;
Cuanto miren los ojos creado sea,
Y el alma del oyente quede temblando.
Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
El adjetivo, cuando no da vida, mata,
Estamos en el ciclo de los nervios,
El músculo cuelga,
Como recuerdo, en los museos;
Mas no por eso tenemos fuerza:
El vigor verdadero
Reside en la cabeza.
Por qué cantáis la rosa, ¡oh , poetas!
Hacedla florecer en el poema;
Sólo para nosotros
Viven todas las cosas bajo el sol.
El Poeta es un pequeño Dios.
En 1913, Guillaume Apollinaire escribía en sus Meditaciones
Estéticas: "Ante todo los artistas son hombres
que quieren volverse inhumanos. Buscan penosamente las huellas
de la inhumanidad, huellas que no se encuentran por ninguna
parte en la naturaleza" (1994: 16). Se proponía
una valoración del gusto para las Vanguardias y un
juicio estético distinto a la concepción clásica
del arte, lo que impactaría en las producciones artísticas
de principios del siglo XX, prolongando su halo hasta finales
del mismo.
Experimentaciones vanguardistas se impusieron
generar "nuevas" miradas a la realidad; desearon
subvertir la lógica del orden de la naturaleza e
impulsar un cambio en la sensibilidad y en la racionalidad.
De allí que se les llamara "degeneradores"
del arte, deshumanizadores del gusto. Desde estas posiciones,
el Futurismo invitaba a utilizar "todos los sonidos
brutales, todos los gritos expresivos de la vida que nos
rodea"; hacer corajudamente el " feo" y matar
como sea la solemnidad. Es necesario, escribe Marinetti
el 11 de mayo de 1912, "escupir todos los días
sobre el altar del arte. Nosotros entramos en los
dominios ilimitados de la intuición libre..."
(Manifiesto Técnico a la literatura futurista). Esta
reclamación en contra de "la pátina y
la veladura de los falsos antiguos", va a tomar fuerza
en el Dadaísmo, sobre todo en el manifiesto escrito
en 1918 por Tristan Tzara donde se invita a odiar la objetividad
grasa y a la armonía, "esa ciencia que encuentra
que todo está en orden", pues "la lógica
siempre es falsa. Ella tira de los hilos de las nociones,
palabras, en su exterior formal, hacia objetivos y centros
ilusorios". En el mismo manifiesto Tzara pide "que
grite cada hombre: hay un gran trabajo destructivo, negativo,
por cumplir. Barrer, asear. La limpieza del individuo se
afirma después del estado de locura agresiva, completa,
de un mundo dejado en manos de bandidos que desgarran y
destruyen los siglos" (1994: 24).
Por su parte, y como buen visionario, Apollinaire
observó en los pintores cubistas un cambio en la
concepción y en la percepción de la imagen,
la belleza y la realidad. El cubismo modificó profundamente
las categorías clásicas del arte, su objetividad,
los conceptos de armonía, orden, límite, la
racionalidad proporcional, e impulsó (ya elaborada
claro está por algunos de sus antecesores) una visualidad
simultánea que ponía en juego las categorías
de la mirada artística, produciéndose una
ruptura radical con la naturaleza, los sistemas morfológicos
tradicionales y la mímesis plástica: "Se
puede pintar con lo que se quiera, decía Apollinaire,
con pipas, con sellos de correos, con postales, con naipes,
con candelabros, con trozos de hule, con cuellos postizos,
con papel pintado, con periódico..."(1994: 16
). Y Tristan Tzara argumentaba: " El pintor nuevo crea
un mundo, cuyos elementos son también los medios,
una obra sobria y definida, sin argumento. El artista nuevo
protesta: ya no pinta ( reproducción simbólica
e ilusionista) sino que crea directamente en piedra, madera,
fierro, estaño, organismos locomotores a los que
puede voltear a cualquier lado el viento límpido
de la sensación momentánea" (1994:16)
lo que da como resultado el collage, el caos que
nos manifiesta y proyecta tal como somos.
Apollinaire invitaba, hacia 1913, a producir
un colapso sobre todo en el tríptico platónico
Belleza, Bondad, Verdad, sepultando la noción de
realidad tridimencional, abriéndose a la modernidad
del caos y a la cuarta dimensión, es decir, al espacio
mismo, a la dimensión del infinito, la que, según
este poeta, dota a los objetos de plasticidad. Al proponerse
producir una ruptura con las dimensiones euclidianas, surgen
las dimensiones problemáticas, impulsoras del desvío
del gusto. Eventos posteriores llevarían al Surrealismo
a profundizar sobre la concepción de realidad y sobre
los múltiples subjetivismos estéticos dentro
de las vanguardias. Después de esto el arte no volvió
a ser el mismo.
En pleno fulgor surrealista, la conocida
frase de André Breton "hay un hombre a quien
la ventana ha partido en dos", situaba a los artistas
en las peticiones teleológicas estético-poéticas
y culturales de las vanguardias. Si algo ha quedado claro
después del primer manifiesto surrealista, es que
este movimiento propuso no sólo un proceso de transformación
del arte del siglo veinte, sino una subversión, tanto
rebelde como revolucionaria, de las más profundas
estructuras antropo-filosóficas de Occidente. Sus
ambiciones de transformar el mundo y cambiar la vida, ponían
en tela de juicio los conceptos más primigenios de
la noción de realidad y toda la sistemática
elaboración de la lógica normativa formal
con sus tres principios centrales, como también las
ideas de verdad racional.
Cierto es que el camino había sido
ya horadado por la estética romántica y por
F. Nietzsche. Algunos Simbolistas y Malditos siguieron talando
el bosque de la racionalidad instrumental moderna. Las vanguardias
fueron el resultado de estas grandes empresas. El Surrealismo,
como uno de los últimos movimientos de entreguerras,
levanta también sus armas frente a una desvertebrada
cultura en crisis llena de angustia y desesperanza. ¡Cambiar
todo!; poner en su lugar a las dogmáticas nociones
sobre la realidad; atacar el sectarismo cristiano y a la
sociedad capitalista; construir otras lógicas, otras
éticas, otras estéticas más acordes
con el poético sueño del hombre occidental.
Al estudiar los fundamentos teóricos
vanguardistas, casi todos los analistas llegan a un punto
de encuentro sobre las mismas: la profunda ambición
de cambio, la necesidad de renovación y transitoriedad
de un orden a otro. Así, en el Dada se pretende abolir
las fuentes ancestrales de la lógica occidental,
es decir, el dualismo contradictorio. "Orden= desorden;
ego = no ego; afirmación = negación"
escribe Tzara. Emprender un gran trabajo negativo de destrucción
reafirma su obsesión por el cambio.
Lo no racional y lo ilógico, el
sueño, el inconsciente, la imaginación, la
intuición, la consagración del instante, lo
inefable, la locura, el misterio, el vitalismo, se oponen
al sistema normativo de uniformidad. En el arte de las vanguardias
existe la mitificación del vagabundo romántico
que inflige las leyes sociales, políticas, estéticas,
religiosas, morales, proponiendo, a lo nietzscheano, nuevas
tablas de valores. "Estoy contra los sistemas, escribe
Tzara, el más aceptable de los sistemas es no tener,
por principio, ninguno" (1994: 20).
Producir una nueva percepción subvierte
el lenguaje de la modernidad instrumental. Es aquí
donde está la mayor rebeldía y expresión
vanguardista. Dada quiere bombardear la integridad de la
lógica formal y la expresión lingüística
del poder generado en el lenguaje. Por su parte, el surrealismo
también promueve el cambio pero no desea el caos
total, sino rehacer el camino del origen, o en otros términos,
buscar un reordenamiento del mundo y una escritura anti
-representacional. Puesto en crisis el discurso tradicional,
la pretensión surrealista va más allá
de un "discurso naturalista representativo" (Ortega
1983: 59). La empresa es ardua: fundar no sólo un
nuevo mundo, sino una nueva poesía, un nuevo lenguaje.
Por ello se entiende la respuesta de Breton y Paul Eluard
a Valéry en sus Notas sobre poesía:
"El lirismo es el desarrollo de una protesta".
Según Octavio Paz, tres son los
núcleos principales que impulsan esta aventura: la
libertad, el amor, la poesía, todos ellos fundidos
por el sueño, la imaginación y el deseo. Paz,
en su elogioso ensayo "El surrealismo", compilado
por Víctor García de la Concha (1982: 36-49)
da cuenta de la profunda conciencia de renovación
que este movimiento traía en manos. Empresa nada
conciliadora ni indiferente, ante todo provocadora de la
diferencia. De allí sus propuestas de técnicas
artísticas que van desde la automatización
psíquica hasta la búsqueda de lo insólito,
lo maravilloso, lo desconcertante. La aventura como "ejercicios
de la libertad", no como doctrina, sino como actividad
poética que obliga a la realidad a ser ella misma
(Cf. Paz 1982: 38).
Desde estas perspectivas, la subversión
surrealista es ante todo una propuesta que sugiere un cambio
de actitud frente a la dualidad conceptual de Occidente.
El "hombre partido en dos" de Breton (instinto/razón;
cuerpo/alma; culpa/salvación; yo/mundo; naturaleza/historia...)
se logrará al fin reunir en una Ontología
Estética vitalista, intersubjetiva, en la utopía
libertaria del sueño que es a la vez acción
participativa en y desde lo real. Como crítica a
las profundas raíces de la cultura Occidental y como
exigencia de construir Nuevas Tablas de valores, el Surrealismo
se constituye en una empresa ética de superación
subjetiva y social. "Yo soy el otro" había
escrito Gerard de Nerval; "yo es otro" poetizó
Rimbaud. Y son estas dos sentencias las que servirán
de guía a Breton y a sus colegas en la búsqueda
de una ética personalista y comunitaria que pretende
abrir el YO a la totalidad a través de lo poético.
Comunión exterior/interior; creación comunitaria
de lo estético; afán por salir de sí
mismo y habitar en el otro. Se trata de romper con el ensimismamiento
individualista de la sociedad burguesa y elevar al hombre
a un descubrimiento de otras regiones y asombros. La fragmentación
ética quedaría resuelta en una síntesis
dialéctica hegeliana, la cual provee una nueva alianza
mítica real y epistemológica en la escala
del conocimiento.
Este "desarrollo de la protesta"
llega hasta los años cincuenta a Estados Unidos y
es asumida por el movimiento vanguardista literario y poético
más influyente en dicho país: la Generación
Beat. Allen Ginsberg , su profeta indiscutible, publica
en 1956 su poema Howl (aullido) que es una impugnación
al modo de vida americano ( del American way of life).
Junto a William Burrougs, Jack Kerouac, Lawrence Ferlinghetti,
Gregory Corso, entre otros, funda a mediados de los años
cincuenta uno de los movimientos más impactantes
y transformativos de la cultura y la literatura estadounidense.
Su contracultura asumió lo apocalíptico, uniéndose
a la experiencia de las drogas, lo prohibido y contestatario.
Como concepción de cambio y utopía literaria,
los poetas Beat se ubican por lo tanto en los principios
vanguardistas del siglo XX. El poema América de Ginsberg
da clara muestra de lo dicho.
América te ha dado de todo y ahora nada
soy.
América dos dólares con veintisiete
centavos 17 de enero,
1956.
No puedo seguir con mi propio juicio.
¿América cuándo terminaremos
la guerra humana?
Jódete con tu bomba atómica.
No me siento bien no me molestes. No escribiré
el poema
Hasta que no estés en mis cabales.
¿América cuándo serás angélica?
¿Cuándo te quitarás la ropa?
¿Cuándo te mirarás a ti misma desde
la tumba?
¿Cuándo merecerás tu millón
de troskistas?
¿América por qué tus bibliotecas
están llenas de lágrimas?
¿América cuándo enviarás tus
huevos a la India?
Me ponen malo tus insanas solicitudes.
(Fragmento)
Sin embargo, las rebeldías vanguardistas, que se
dirigían contra el sueño de la razón,
fueron digeridas en las últimas cuatro décadas
por las manifestaciones mediáticas. Múltiples
sucesos han puesto en cuestión sus planteamientos
utópicos. Conocemos las crisis de las ideologías
al final del siglo XX; sentimos el abismo dejado por la
caída de los grandes Relatos. Las propuestas de una
estética contestataria, el sueño vanguardista
de socializar la poesía y poetizar la sociedad, siguen
todavía produciendo seducción y maravilla.
Y lo siguen provocando aunque para muchos su agotamiento
está unido al fracaso y fin de la modernidad, en
tanto que para otros, dichas peticiones de un racionalismo
analítico-crítico moderno no se han cumplido
todavía y están invernando en un extenso letargo
en la sociedad capitalista.
AGOTAMIENTO DE LAS VANGUARDIAS Y RELAJAMIENTO ESTÉTICO
La década del sesenta marcó
el fin y el inicio de algunas sensibilidades culturales
y políticas de las vanguardias. Fin de una revuelta
vanguardista teleológica e inicio de una era de masificación,
dominada por los medias y relajada con propuestas de un
hedonismo superficial. Estas posiciones alteraron los proyectos
modernistas de principios del siglo XX y llevaron, poco
a poco, a su desgaste y agotamiento.
En el período de la segunda posguerra,
los manifiestos de ruptura sufrieron un proceso paradójico
al ser asumidos por el gran público ya no como "discursos
duros" y contestatarios, sino como divertidos y confortables
escándalos gracias a la masificación mediática,
convirtiéndose en slogans publicitarios, entretenimientos,
moda, espectáculos, disolviendo, por supuesto, sus
metas originales. El éxito y reconocimiento despojaron
a las vanguardias de las ideas de ruptura, siendo asimiladas
y manipuladas por las de relajación, confort y fascinación.
De la estética del triunfo se pasó a la estetización
masiva de sus propuestas. Relajamiento ideológico
y artístico. Las búsquedas vanguardistas se
fueron institucionalizando hasta quedar convertidas en divertimento.
Llegadas a este momento, las vanguardias ya no produjeron
rabia ni indignación; no eran motivo de miedo. Por
el contrario, su presencia fue necesaria para que el establecimiento
construyera un simulacro de rebeldía, una democratización
masiva pero vigilante de las protestas. Así, institución
y vanguardia mantuvieron una convivencia pacífica.
La vanguardia sirvió al poder para que éste
impulsara entre las clases altas, y sobre todo las medias,
la idea de apertura y libertad, de antipuritanismo y hedonismo
popular controlado. En este punto, la teleología
vanguardista estaba acabada, aniquilada, controlada.
Si se considera a la modernidad como una
cultura de la crisis , o crítica, y las vanguardias
como hijas de esas crisis, en el estadio de posguerras éstas
fueron digeridas y maquilladas por su capacidad de expansión
escenográfica. Por lo mismo, los resultados de las
vanguardias se vieron envueltos por una estetización
de la revuelta. Como sabemos, la concepción lineal
y progresiva del tiempo histórico las conmovió
e influyó tanto que generaron fracturas en esa linealidad,
encaminadas a un futuro mejor. Sin embargo, a partir de
los sesentas la idea de la temporalidad fue en gran medida
puesta en cuestión, produciendo una fragmentación
en la secuencia cronológica. He aquí también
un síntoma del agotamiento vanguardista: el desencanto
del mito moderno sobre la historia, resquebrajándose
los paradigmas de acción o reacción e imponiéndose
la despreocupación frente a la evolución histórica.
A la noción de cambio se le fue dando un significado
distinto al de los discursos modernos unitarios, universales
y muchas veces dogmáticos. El cambio, para este estadio
posmoderno, no demandaba esfuerzo supremo, sólo disponibilidad
de aceptarlo; es decir, con la posmodernidad se pasó
de la resistencia combativa a la indiferencia relajada.
Aceptación y disposición de algo que de por
sí produce sensación de movimiento, pero no
cambios radicales. "El cambio está en todas
partes, pero vivimos, culturalmente, en un mundo perfectamente
estático. La contradicción es sólo
aparente, ya que la estasis no es ausencia de novedad y
cambio - una total quietud - sino también la ausencia
de un cambio secuencial ordenado" (Calinescu 1991:
146).
Al tiempo que las vanguardias se agotan,
los conceptos de experimentación, novedad, sorpresa,
maravilla sienten un revés involutivo, todos ellos
consumidos y producidos en serie por los media. Despojada
la idea de cambio, ésta pasa a convertirse en cliché
y costumbre. La sensación de vivir en un periodo
revolucionario se va perdiendo lentamente. Para Lipovetsky,
ésta ha sido una de las grandes empresas en fracaso:
Los manifiestos rimbombantes de principios de
siglo, las grandes provocaciones ya no se llevan.
Agotamiento de las vanguardias; ello no significa
que el arte haya muerto, que los artistas hayan perdido
la imaginación, ni que las obras más
interesantes se han desplazado, ya no buscan la invención
de lenguajes de ruptura, son más bien ´subjetivas´,
artesanales u obsesivas y abandonan la búsqueda
pura de lo nuevo...la revolución permanente
ya no encuentra su modelo en el arte (1998: 120).
Ser revolucionario permanente era exigir también
compromiso y disciplina; explosión y terrorismo activo.
Dichas premisas suenan hoy como exóticos lenguajes
de un tiempo que se liquidó, quedando mutadas por
micro-proyectos más leves y desgravitados. La pesadez
del discurso autoritario vanguardista se disuelve en la
liquidez de los lenguajes "permisivos" posmodernos.
Pero entendamos que esta permisividad del discurso lleva
también, por su ligereza, a una forma de conciliación
y colaboración con el establecimiento, pues con la
puesta en red del slogan "aquí todo está
permitido", se fortalece una democracia simulada, controlada
por los imaginarios del consumismo y la publicidad. Las
vanguardias, que buscaban una ontología estética
de la libertad, tenían de por sí obstáculos
que daban razón de ser a sus peticiones. Caídos
los muros- aparentemente- ya lo que estos movimientos deseaban
se ha vuelto en alguna medida digerible y posible, gracias
a la lógica del marketing y de la moda. "El
modernismo, dicho en términos de Lipovetsky, era
una fase de creación revolucionaria de artistas en
ruptura; el posmodernismo es una fase de expresión
libre, abierta a todos" (1998: 125).
Aquí, los procesos de estetización
posmoderna influyen en el agotamiento y relax de las categorías
estéticas modernas de trascendentalismo, sublimidad,
autenticidad, monumentalidad estética, individualidad
creadora. Estas sacudidas repercuten también en la
idea de obra orgánica de la modernidad. La "muerte
del arte" intuida y sentida por Hegel, muerte de la
noción de un arte sistémico, se produce con
grandes estruendos en la fragua posmoderna. Ahora vivimos
con los fragmentos que se fusionan híbridamente,
adquiriendo características de bricollage
estético. Todo se funde y se disipa, se arrebata
en una producción plural y múltiple; es decir,
de "ahora en adelante el arte integra todo el museo
imaginario, legitima la memoria, trata con igualdad al pasado
y al presente, hace cohabitar sin contradicción todos
los estilos" (Lipovetsky 1998: 124). Obra abierta que
desestabiliza la noción de obra orgánica moderna.
Allí donde otros proponían unidad y coherencia,
la transvanguardia propone multiplicidad, dispersión,
colección e imprecisión Coexistencia pacífica,
insistimos, entre lo tradicional, el presente y las conquistas
del futuro. La llamada moda retro es uno de sus productos
más preciados. Descentramiento de algo que para el
modernismo crítico era crucial: poner en cuestión
el pasado para superarlo. Hoy parece ser que esta petición
se ha archivado o cambiado por una posición acrítica
casi atemporal y transhistórica.
La vanguardia histórica (pero también
aquí hablaría de categoría metahistórica)
intenta ajustar las cuentas con el pasado...La vanguardia
destruye el pasado, lo desfigura...pero llega el momento
en que la vanguardia (lo moderno) no puede ir más
allá, porque ha producido un metalenguaje que
habla de sus imposibles textos (arte conceptual).
La respuesta posmoderna a lo moderno consiste en reconocer
que, puesto que el pasado no puede destruirse - su
destrucción conduce al silencio -, lo que hay
que hacer es volver a visitarlo, con ironía,
sin ingenuidad (Umberto eco, citado por Calinescu
1987: 269).
Para Eco la tradición lineal histórica y el
afán de fracturar la secuencialidad para seguir la
recta y el fin - propuesta vanguardista - ha sido superada
o mutada por la noción del tiempo plural, discontinuo,
disperso y caótico. Volver al pasado no para superarlo
sino para convivir con él en sus más extrañas
y arduas conquistas.
En contraparte, Fredric Jameson, enfrenta
la crisis no sólo de las vanguardias sino de la modernidad
entera, desde una perspectiva más crítica
y radical. Para este teórico las conquistas del arte
moderno se han vuelto arcaicas e insignificantes debido
a la mutación de la cultura por la canonización
e institucionalización académica de las vanguardias.
Ya estas no escandalizan a nadie, sino que complacen con
su oficialidad. "Lo que ha sucedido, escribe Jameson,
es que la producción estética actual se ha
integrado en la producción de mercancías en
general..." (1995: 18) respondiendo a la lógica
cultural del capitalismo avanzado. En esta lógica,
por ejemplo, el cuadro El Grito de Edvard Munch -
el cual es un paradigma de los temas modernistas "como
la alienación, la anomia, la soledad, la fragmentación
social y el aislamiento" (Jameson: 31) - en la época
de relajamiento vanguardista queda despojado de afectos
y sentidos críticos, cambiándose estos paradigmas
por la frivolidad suntuaria de un envolvimiento decorativo.
Entre Munch y Warhol, suceden las transformaciones radicales
que en la modernidad estética han pasado a constituir
unas nuevas sensibilidades artísticas en los últimos
años. Munch nos lanza a la angustia y a la soledad
alienada, logrando captar la subjetividad que impone un
estilo personal distintivo. Por su parte, Warhol manifiesta
un proceso de fragmentación o "muerte del sujeto",
el fin de las traumáticas tensiones, cambiadas por
las nociones de fetichismo mercantil, frialdad, sepultándose
así la llamada "pincelada individual distintiva".
Esta mutación de las grandes temáticas, tales
como la temporalidad, la muerte y la angustia, refleja un
proceso de ingravidez y levedad ante los discursos llamados
duros o fuertes y la irrupción de unas mentalidades
plurales, descentradas, volátiles, las cuales proponen
impulsar discursos blandos o débiles, tal como les
llama Gianni Vatimo. Pero ¿a qué precio para el arte?
Al decir de Jameson, un precio muy alto
es el que se paga. "La desaparición del sujeto
individual, y su consecuencia formal, el desvanecimiento
progresivo del estilo personal, han engendrado la
actual práctica casi universal de lo que podríamos
llamar el pastiche". (1995: 41). El pastiche
es el reencauche híbrido, nostálgico, proveniente
de la llamada "moda retro", la cual genera una
rapiña sin consideración de todas las producciones
del pasado, convirtiendo al arte en una alacena de recursos
muertos, revivido con un singular estilo de hibridaciones
permanentes, modificando a la vez las nociones de historia
y de memoria. El pasado aquí es sólo un archivo,
un armario de antigüedades que sirven para crear objetos
espectáculos, provocativos, excitantes y simulados.
Con el pastiche se relaja la fuerza del significado histórico
hasta convertir las obras en adornos y ornamentos superficiales,
averiados en sus sentidos. Por lo tanto, el precio que se
ha pagado por esta desgravitación de las vanguardias
va desde la misma pérdida del significado contestatario
hasta la relajación de las exploraciones, aventuras
y búsquedas de nuevas posibilidades. El futuro ha
sido puesto en pausa. Primacía del prefijo "neo"
y de la mitologización de lo "retro"; intertextualidad
o eclecticismo decorativo y nostálgico. La desgravitación
de la momumentalidad estética y de los géneros
modernos, edifican el bricollage y la multiplicidad
de los relatos. (1)
Para un estudioso de las vanguardistas
como lo es Eduardo Subirats, las utopías de esperanza
en la emancipación humana, contienen a la vez un
gran nihilismo histórico con signos apocalípticos
respecto al presente de la cultura. De esta manera, nihilismo
y mesianismo se unen como posibilidad estética lo
que constituye una "dialéctica de la vanguardia".
Desde un proceso demoledor surge el deseo de construcción;
de la estética del fracaso a la estética del
triunfo. Esto es quizá lo que posibilita a la vanguardia
ser tan contradictoria y rica en ambigüedades teóricas
y exploraciones experimentalistas notables en sus hallazgos.
Así, para Subirats:
la vanguardia aparece fundamentalmente como un
fenómeno negativo, como una protesta y una
violencia dotada de un sentido ambivalente: a un tiempo
emancipador e imperativo, abierto al futuro como libertad
y cerrado a la experiencia subjetiva que fuera capaz
de otorgarle un contenido creador. Las vanguardias
fueron, no obstante, y al mismo tiempo, un fenómeno
cultural altamente positivo, volcado al futuro, afirmador
de nuevos valores, anticipatorio, utópico y
aún profético. (1989: 90).
Ambigüedad positiva y negativa que despertó
interés no sólo en la estética sino
en la política, lo que hizo que la vanguardia asumiera
una cierta "pérdida de autonomía"
del arte y pasara a conformar un más allá
del arte, es decir, una correspondencia entre la utilidad
práctica transformativa de la estructura simbólica
artística, llevada a praxis revolucionaria. El arte
aquí se conjugó con la utilidad y a veces
con la actividad partidista. "Un esfuerzo por intervenir
en los quehaceres sociales, por aprehender la sociedad y
la cultura como un todo, y por transformarlas con arreglo
a la recién descubiertas categorías estéticas
y utópicas" (Subirats 1989: 94). Por lo tanto,
la categoría de trascendencia romántica se
legitimó, adquiriendo de nuevo un proyecto llamado
progreso, futuro, búsqueda del absoluto. Necesidad
de fundar valores nuevos a través de la actividad
artística, que con las vanguardias asumió
matices de compromisos ideológicos. De allí
su origen moderno y el ser hija de la racionalidad crítica,
su pasión por la autocrítica y "la idea
de renovación, de reformulación siempre comenzada
a partir de cero de valores individuales y colectivos..."
(Subirats: 84).
Subirats insiste en este aspecto. La vanguardia,
igual que el Humanismo, la Reforma, la Ilustración
es producto de la modernidad, y ello es lo que da su mayor
y mejor sentido. Negación y autosuperación
con la idea del tiempo moderno, con la noción de
crisis y fractura, de linealidad temporal y secuencialidad
de la civilización. Esto elevó el deseo de
conseguir nuevos estilos estéticos para, al decir
de Bretón, transformar no sólo el mundo sino
cambiar la vida.
Sin embargo, ya lo anunciamos arriba, la
época heroica y utópica de la vanguardia vio
caer sus banderas y manipular sus armas por la industria
cultural y la tecno-cultura. Para muchos estas utopías
han muerto, pues sus valores estético-políticos
se han legitimado y reproducen el orden del establishment
. Neoconservadora, hoy la vanguardia es víctima
de las burocracias que tanto combatió, de las tecnocracias
y del mercado internacional que la explota como mercancía
exótica de un pasado mesiánico y genuino.
Su trascendencia, reflexión, ruptura, pulsión
crítica, la fe en el triunfo por la libertad, han
decaído. La crisis de la modernidad ha presupuestado
una época de vacíos y nihilismos realizados,
es decir, el desencanto del desencanto moderno o posmodernidad.
Según Subirats, este decaimiento es el resultado
de la dialéctica interna que impulsaba a la vanguardia.
Por una parte, su signo revolucionario, por otra, su deseo
de racionalizar la vida a través de un proyecto que
legitimara un sistema utópico, pero sistema normativo
al fin y al cabo. Acabados los tiempos de la tensión
crítica e impuesta la época de la relajación
sintética, los objetivos de la emancipación
se disuelven, quedando sólo los de legitimación
del sistema o establecimiento.
Las vanguardias se han convertido, a partir de
la segunda guerra mundial, en un ritual tedioso y
perfectamente conservador, no solo desde el punto
de vista del gusto dominante, sino incluso de las
más groseras estrategias comerciales...Es propio
de la dialéctica de las vanguardias, el que,
una vez cumplido su cometido iconoclasta y crítico,
se conviertan ellas mismas en un fenómeno afirmativo,
de carácter normativo, y acaben afianzándose
como un poder institucional. (Subirats 3: 86)
Se podría llamar a esta relación sintética
y acrítica el fracaso de los macroproyectos, lo que
ha llevado a una sensación de escepticismo mayor
en un futuro inmediato. ¿Qué nos dejan estas fragmentaciones?,
¿qué ha sido del arte a partir de este agotamiento,
relajación y fracaso vanguardista?
Es indudable que existen nuevas conciencias
literarias, artísticas y culturales en esta época
posmoderna: las tecnologías habitan construyendo
una cierta estética cibercultural; la crisis del
concepto clásico de estilo y de género y su
cambio por el de hibridación multimediática
del arte; la fragmentación de la realidad y de los
proyectos motrices de la modernidad; la imposición
de microproyectos relativos y aceptados; la individualización
en masa y el espectáculo, el simulacro estético
y la banalización de la cultura. Vivimos en la época
del lenguaje posmoderno problemático sin resistencia.
El arte actual, por lo tanto, no tiene lo llamado por los
vanguardistas "voluntad de estilo" o la manifestación
deseante de una producción innovadora. La esfera
artística se centra más bien, siguiendo a
Jameson, en una reproducción sistemática de
los elementos artísticos del pasado, que lleva a
un "no estilo" (Subirats) desinteresado en el
futuro. El "no estilo" posmoderno es, sin embargo,
un nuevo estilo artístico no homogéneo, sino
múltiple y diverso que se basa en el eclecticismo
de formas donde todo se acepta y vale, generando así
un síntoma de "manierismo posmoderno" que
para algunos - vgr. Baudrillard, James Gardner, Jameson,
entre otros- encierra un símbolo de decadencia y
de virtuosismo híbrido multimediático.
Las fracturas sobre los llamados "discursos duros"
de la modernidad, alimentan estas nuevas dimensiones de
"discursos blandos" que cuestionan los conceptos
totalizadores, unitarios, universales de la razón
modernizadora. Y son estas manifestaciones del "pensamiento
débil" las que han motivado a los antiposmodernos
a catalogar este proceso como una manifestación epígona
y decadente de los movimientos estéticos de la modernidad,
ya que "ni sus posturas críticas son lo suficientemente
consistentes, ni sus soluciones formales pueden considerarse
precisamente como innovadoras" (Subirats: 164). La
posmodernidad, según sus detractores, no ofrecería
en su fragmentación las categorías capaces
de organizar de nuevo el todo con paradigmas surgidos de
una racionalidad crítica. Creemos que este cuestionamiento
es demasiado radical y cae muchas veces en la nostalgia
y en la impugnación a las nuevas tendencias actualmente
sentidas y en avance. Nuestra tesis es que en medio de las
rupturas de la racionalidad hegemónica y universalista,
los resultados de las mismas deben estudiarse y verse como
un proceso contradictorio donde muchas de sus propuestas
funcionan en torno a lograr miradas nuevas o marginadas
por siglos de racionalismos excluyentes y despóticos.
Así, las nuevas categorías poéticas
posmodernas, que veremos más adelante, nos están
brindando alternativas distintas en la consecución
de la obra de arte, no sin decir que en su interior deviene
también lo que Baudrillard y otros llaman la trans-estética
o muerte de la ilusión estética, ambigüedades
que en su momento también fueron vistas con preocupación
por los estudiosos de las vanguardias, y sin embargo, éstas
prosiguieron entronizando discursos polémicos y conflictivos.
La relajación de las vanguardias
ha facilitado el surgimiento de un nuevo contexto cultural
donde, en palabras de Julio López, " el periodista
sustituye al artista; el relaciones públicas al intelectual;
el moderador al autor; el presentador al presentado; la
información a la creación; el cóctel
del libro al contenido del libro; la publicidad a la textualidad".
( 1988: 126). Contexto cultural que también ha motivado
la construcción de una Transvanguardia que
fusiona todas las modas en un llamado "arte industrial"
cuya trascendencia se ha trocado por el marketing.
Para Julio Rubio Navarro " la transvanguardia,
más que otra cosa, es una industria... El objetivo
de esa industria es, naturalmente, en última instancia,
vender cuadros" ( 1983: 41). (2) Hija de
la postindustrialización, la Transvanguardia
posee casi todos los elementos de la nueva sensibilidad
posmoderna. El crítico español Francisco Calvo
Serraller señala algunos de ellos:
¿Qué es lo que me atrae de ellos? La habilidad,
el desparpajo, el cinismo elegante, la teatralidad
de opereta, la apropiación irresponsable del
pasado, los desplantes juguetones, el voluntarismo
profesional, la fe en la moda, el aplomo en medio
del desconcierto, el oportunismo, el sincretismo,
la habilidad (...); en definitiva, un conjunto de
cualidades deliciosamente decadentes, muy acordes
con el espíritu de nuestra época transvanguardista.
Desde el pop, todo el que se precie sabe que no hay
estilo sin una colección de gestos y actitudes,
que no hay conciencia generacional que no esté
basada en una determinada marca de zapatos. (Citado
por Julio López, 1983: 128)
Desde Hegel hemos presentido el Fin del arte; fin de su
Aura, de la ensoñación y construcción
de lo fantástico. Agotamiento para describir la "otra"
orilla, lo innombrable e inexpresable, aquello oculto tras
pesados velos. El lenguaje de un arte explorador, fundador
de realidades por medio de la palabra creadora, se ha cambiado
por un imaginario fácil y cómodo. La agudeza
para potenciar una estética como utopía posible,
gracias a la fuerza provocadora del artista, ha sido transmutada
por una relajación sin horizonte. ¿Qué futuras
sensibilidades artísticas nos aguardan entonces?.
Sensibilidades en línea, estetización
de lo cotidiano, democratización de un simulacro:
todos podemos ser creadores. Pero, insistimos en nuestra
preocupación ¿cuál es el precio que el arte
debe pagar por ello?
Parece que hoy los artistas no desean pasear
por la cuerda floja de un arte visceral hecho con sangre,
por el "peligro de los peligros" que, según
Hölderlin, es la poesía. Para las nuevas sensibilidades
ojalá se acabara el arte de los sanguíneos
y se impulsara un arte de confort, flemático, decorativo.
Proliferación de gustos banales, cursis. Allí
nada se contradice; multimedia e indiferencia sensible;
intercambio de imaginarios, legitimación de todos
los estilos; eclecticismo de pulsiones y tonalidades. "Todo
sirve", "todo vale", "todo es apto".
Poesía elaborada para todos, complaciente y sin resistencias
críticas ni traumas personales. Fin de las pulsiones
vanguardistas de sublimidad, autenticidad, angustia, de
tensión estética. Puesta en escena de la llamada
"muerte del sujeto" pasional; es decir, ahora
entra en acción un artista discreto, medido, que
oculta las emociones. La pasión de un Van Gogh, la
fuerza de un Apollinaire, la rebeldía metafísica
de Artaud, la irreverencia de Tzara, no existen en estos
mapas trans-estéticos, al decir de Baudrillard. Esta
trans-sensibilidad muestra en el fondo un proceso de control
y vigilancia por parte de la autoridad oficial. Se confirma
con ella un miedo al "descontrol" del artista,
una prevención frente a la fuerza que sacude una
norma tanto jurídica-social como metafísica.
Relajamiento existencial, seducción de lo ornamental
en contra de lo esencial.
Es cierto, se agotaron las Vanguardias,
su fuerza provocadora. Improvisación versus disciplina;
discursos "blandos" versus discursos "duros";
ligereza versus experimentación; hedonismo
permanente versus revolución permanente; ornamento
versus monumento; entronización del instante
versus compromiso futurista; marketing estético
versus sublimidad; inmediatismo versus
proyecto; mínimo de resistencia y máximo de
indiferencia.
NOTAS
(1) En resumen, para Jameson, la estética
posmoderna incluye entre otras características "la
desaparición de la profundidad y el predominio de
lo visual; la abolición del afecto y su reemplazo
por un régimen de intensidades; la anulación
de la historia y de lo temporal como dimensiones dominantes;
el descentramiento del yo; el juego infinito de los significantes
y la superabundancia de la imagen, opuestos a la celebración
moderna del signo" (Rincón 1995: 35).
(2) "Achile Bonito Oliva (1980) caracterizaba
así la transvanguardia: 1) la meta que busca ha perdido
claridad. 2) Ha dejado de existir un pensamiento optimista
del progreso y no hay un encargo social. 3) Se tiene una
actitud de nomadismo: no hay direcciones precisas, solamente
hay un centro que no lo es : el cuadro. 5) Se recurre al
dominio del oficio, a antiguas tradiciones pictóricas,
lo mismo que al conjunto de las técnicas consagradas
por la vanguardia y a su apertura hacia las técnicas
de la comunicación medial. 8) Se utiliza la historia
del arte como un pozo de la dicha, con la consiguiente reconquista
de la iconografía y de los estilos de todos los tiempos.
Se toman prestados, hasta en un mismo cuadro, los cuadros
y los estilos más diversos, se juega con diferentes
niveles de significación, con el empleo metonímico
de las citas" (Rincón 1995: 24).
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Madrid: Ediciones Libertarias, 1984.
TZARA, Tristan. Siete Manifiestos Dada. Barcelona:
Tusquets. Cuadernos ínfimos,1994.
VATTIMO G y otros. En torno a la posmodernidad. Barcelona:
Editorial Anthropos, 1994
VERDONE, Mario. El Futurismo. Santafé de Bogotá:
Ed. Norma,1997.
XIBILLE MUNTANER, Jaime. La situación posmoderna
del arte urbano. Medellín: Universidad Nacional
de Colombia y Universidad Pontificia Bolivariana, 1995.
(*) Carlos Fajardo Fajardo (carfajardo@hotmail.com)
nació en Santiago de Cali. Poeta y ensayista. Filósofo
de la Universidad del Cauca. Magíster en Literatura
de la Pontificia Universidad Javeriana y candidato a Doctor
en Literatura de la UNED (España). Se desempeña
como profesor de estética y literatura en la maestría
en Filosofía de la Universidad INCCA de Colombia,
en la Universidad de la Salle y Univ. Distrital de Bogotá.
. Ha publicado entre otras obras Origen de Silencios.
Fundación Banco de Estado, Popayán (1981),
Serenidad Sitiada, Si Mañana Despierto Ediciones,
Bogotá (1990), Veraneras, Si Mañana
Despierto Ediciones, Santafé de Bogotá (1995),
Atlas de callejerías. Trilce Editores, Santafé
de Bogotá (1997) Charlas a la Intemperie (Un
estudio sobre las sensibilidades y estéticas de la
modernidad y la posmodernidad). Santafé de Bogotá:
Universidad INCCA de Colombia, 2000, Estética
y posmodernidad. Nuevos contextos y sensibilidades. Quito:
Abya-yala, 2001, y varios ensayos nacional e internacionalmente.
Ganador del premio de poesía Antonio Llanos, Santiago
de Cali 1991; Mención de Honor en el Premio Jorge
Isaacs 1996 y 1997, Mención de Honor Premio Ciudad
de Bogotá,1994.
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