Apocalipsis now



Foto: Hasam Jamali/ AP


Cuando leo y escucho invariablemente que se gastan miles de millones de dólares en seguridad nacional y armamento para defensa -y sobre todo, aunque no se diga, para ataque-, cuando la preocupación de los líderes mundiales está en el poder desmedido sobre otras naciones, pero ninguno siquiera se inquieta por los niños que mueren diariamente de hambre no puedo evitar sentirme indignado.

Es muy difícil escribir intentando olvidarse aunque sea por un instante la destrucción sistemática de nuestro medio ambiente y la extinción de nuestras reservas naturales. Me es imposible escribir pretendiendo distraer la atención del metódico genocidio de hombres y mujeres de todas las edades y todas las razas gracias a las extremistas políticas neoliberales que aplican los estados nacionales.

Es muy difícil escribir desde la indignación sin alejarse de las verdaderas prioridades como lo son la mala distribución del ingreso, la falta de políticas educativas y sociales, la violación derechos humanos y el abuso constante del poder hegemónico sobre las minorías.

El tema sobre el que escribo hoy tiene que ver en alguna medida con todos los tópicos comentados anteriormente. Una de las grandes preocupaciones que me ha invadido en los últimos tiempos es el fundamentalismo que existe en ambos bandos del Bien y del Mal, como los llamó George W. Bush. El fundamentalismo y la hipocresía: ya que los otrora socios y discípulos de la magna potencia de Occidente son los actuales enemigos, personificando al mismo diablo pero con las armas y las instrucciones impartidas hace tiempo por el Mesías Norteamericano.

Parte de la hipocresía de los Estados Unidos de Norteamérica tiene que ver -para citar sólo algunos ejemplos- con el Plan Cóndor y el amparo de las dictaduras de la década del 70 en América Latina, el apoyo en los '80 de los talibanes en Afganistán, el Plan Colombia y el golpe de Estado a Venezuela, o la campaña en contra a las fuerzas de mantenimiento de paz de Naciones Unidas para debilitar la Corte Penal Internacional.

La hipocresía y el fundamentalismo de la Casa Blanca se han mantenido durante décadas pero desde los atentados al World Trade Center se han intensificado y, sobre todo, encarnado en la persona de George Mesías Bush, tan peligroso y extremista como aquellos que son sus enemigos.

El carácter mesiánico de los gobernantes de Estados Unidos de América se puede rastrear desde el siglo XIX. Ya han pasado 157 años desde que John O'Sullivan, periodista norteamericano, instaurara el término Manifest Destiny en el seno de la sociedad estadounidense para designar la potestad de expansión por voluntad divina de aquel país sobre el resto del continente americano. Este destino, justificado como designio de Dios -aunque olvidado durante décadas en la sociedad- ha sido, como el término lo indica, manifiesto e ineludible para todos los líderes norteamericanos del siglo XX y llega a su máximo encumbramiento con la presencia de Bush en la Casa Blanca.

Luego de la tragedia del 11 de septiembre del 2001 y utilizando la memoria de las víctimas del atentado al World Trade Center, el 43° presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, devenido en una mala caricatura de John Wayne, tuvo la justificación necesaria y el beneplácito del resto de los líderes de Occidente para adaptar el viejo concepto del Manifest Destiny y extenderlo al mundo entero. Por más que parezca un juego de palabras es la expansión de la expansión: es el permiso para inmiscuirse abiertamente en las ya heridas y agonizantes soberanías de las naciones del tercer mundo -países en desarrollo o países emergentes, como les guste llamarlos- La famosa guerra contra el terrorismo que lleva la Casa Blanca desde poco más de un año y la última estrategia de defensa presentada por el presidente Bush en Washington titulada Estrategia nacional para combatir las armas de destrucción masiva donde advierte a Irak y otros países hostiles que Estados Unidos está preparado para usar fuerza contundente -incluyendo el uso de armas nucleares- no hace más que acrecentar, en nombre del Orden Mundial y la protección y la salvaguarda de la paz en el mundo, la violación de los derechos humanos que desde hace décadas se transgreden en Latinoamérica.

El poder de policía que de facto está utilizando Washington fuera de sus límites y fronteras, no sólo le permite exhortar a los dictadores como Saddam Hussein a un completo desarme, sino que admite en contrapartida una mayor hegemonía estadounidense y un mayor poderío armamentista norteamericano en manos de un imbécil individuo mesiánico que está dispuesto a pasar a la historia aunque sea necesario exterminar con armas nucleares a la humanidad.

/fvp




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