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Aún no había seguridad de que yo consiguiera
un abogado; tampoco había logrado averiguar nada
concreto sobre el asunto. Todos aquellos rostros eran repugnantes;
la mayor parte de las personas con las que me encontraba
y con las que volvía a cruzarme en los pasillos una
y otra vez, parecían viejas gordas; vestían
inmensos delantales rayados en blanco y azul que les cubrían
por entero el cuerpo; se frotaban el vientre mientras se
movían con pesadez de un lado a otro. Ni siquiera
podía saber si nos encontrábamos en un palacio
de justicia. Había cosas que parecían indicarlo
así; muchas otras lo negaban. Pero sobre todos estos
detalles, lo que más me recordaba a un tribunal era
un estruendo que se oía a lo lejos sin cesar; imposible
decir de qué dirección provenía; saturaba
a tal punto todos los ambientes, que aparentemente procedía
de todos lados; o, para ser más exacto todavía,
era como si el lugar donde uno se encontrara, fuera el verdadero
origen de aquel estruendo; pero con certeza, aquello era
una ilusión, pues el rumor nacía a lo lejos.
Esos pasillos estrechos, de sencillas bóvedas, cuyo
recorrido era ligeramente sinuoso, surcado por altas puertas
apenas decoradas, parecían creados para un profundo
silencio; eran los pasillos de un museo o de una biblioteca.
Pero si esto no era un tribunal, ¿por qué
buscaba yo aquí a un abogado? Porque lo buscaba por
todas partes; después de todo, en todas partes es
necesario; se lo necesita más fuera de un tribunal
que dentro de él, pues se supone que el tribunal
dicta su sentencia según la ley. La vida sería
imposible si se admitiera que aquí se procede con
injusticia o basándose en datos superfluos; hay que
confiar en que el tribunal deje su acción a la majestad
de la ley misma: acusación, defensa y sentencia;
la intervención aquí de una persona en forma
individual sería un sacrilegio. Otra cosa muy distinta
es la que respecta a la circunstancia de una sentencia;
ésta se fundamenta en testimonios de familiares y
extraños, amigos, y enemigos, en privado y en público,
en la ciudad y en el campo; en síntesis en todas
partes. Un abogado es aquí imprescindible; no, muchos
abogados, los mejores, formando una hilera, una muralla
viviente, pues los abogados son lentos por naturaleza en
cambio los fiscales, esos zorros astutos, esas sagaces con1a
comadrejas, esos ratoncitos invisibles, se cuelan por los
recovecos, se escabullen entre las piernas de los abogados.
¡Cuidado! Pues por eso estoy aquí; por coleccionar
abogados. Pero todavía no he encontrado ninguno;
sólo estas viejas gordas que van y vienen, siempre
igual; de no haberme empeñado en la búsqueda,
ya me habría dormido. No me encuentro en el lugar
adecuado; por desgracia no puedo sustraerme a la impresión
de no estar en el lugar apropiado. Debería encontrarme
en un lugar donde se reuniera gente de toda clase, de distintas
comarcas, estados y profesiones, de diversas edades; debería
poder escoger esmeradamente entre la multitud, a los eficientes,
a los amables, a aquellos que tienen una mirada para mí.
Para esto posiblemente sería lo mejor una gran feria
anual. En cambio, me arrastro por estos pasillos donde sólo
puedo ver a estas viejas, y sólo a algunas, siempre
las mismas, y aun a estas pocas, a pesar de su lentitud,
no logro detenerlas, se me escabullen, flotan como nubes
cargadas de lluvia, totalmente empeñadas en ocupaciones
extrañas. ¿Por que entro a ciegas en un edificio,
sin leer la inscripción sobre el pórtico,
y me deslizo inmediatamente en los pasillos tan obstinadamente,
que el recordar que alguna vez estuve afuera, ante el pórtico,
se vuelve imposible? Ya ni siquiera recuerdo haber subido
las escaleras. Sin embargo no puedo volver atrás;
esta pérdida de tiempo, el darme cuenta del error
que cometí me sería insoportable. ¿Cómo
desandar las escaleras de esta vida breve, presurosa, acompañada
de un estruendo que no cesa? Imposible. El tiempo que se
te ha acordado es tan corto, que si pierdes un segundo pierdes
tu vida entera; porque sólo es tan larga como e tiempo
que pierdes. Si has comenzado, pues, un camino, sigue adelante
en cualquier circunstancia: sólo puedes ganar; no
corres ningún peligro; quizás al fin caigas,
pero si al dar los primeros pasos te hubieras arrepentido
y bajado la escalera, te habrías despenado desde
el comienzo mismo; y esto no sólo es probable sino
seguro. Si no hallas nada detrás de las puertas,
hay otros pisos; si no encuentras nada arriba, no importa;
continúa subiendo. Mientras no dejes de subir no
terminarán los escalones; bajo tus pasos ascendentes,
ellos crecen hacia lo alto.
(*) Franz Kafka nació en Praga en 1883, y murió
en el sanatorio de Kierling, cerca de Viena, en 1924. De
familia judía, se adhirió al sionismo y proyectó
un viaje a Palestina que no llegó a realizar. En
la Universidad de Praga estudió derecho, y en 1906
obtuvo el doctorado en dicha especialidad. Hasta 1908 trabajó
en la carrera judicial. Posteriormente se empleó
en una compañía de seguros, trabajo en el
que permaneció hasta 1917, fecha en que la tuberculosis
le obligó a ausencias intermitentes, hasta que en
1922 tuvo que abandonar definitivamente el trabajo. Desde
1908 hasta 1913 viajó por Italia, Francia, Alemania,
y Austria.
Sus obras manifiestan con lucidez y maestría la perversidad
de la burocracia, las limitaciones de la comunicación
humana y, en suma, el absurdo de la existencia y su supuesto
orden, organización, y sentido.
Obras: Consideraciones (1913), La metamorfosis
(1916), La sentencia (1916), La colonia penitenciaria
(1919), Un médico Rural (1919), libro
de relatos, Carta al padre (1919), Un artista
del Hambre (1924). Escribió tres novelas inacabadas,
El Proceso (1925), El Castillo (1926), y América
(1927). Se suman a su producción La muralla China
(1931) y Diario 1910-23 (1927). Póstumamente
se publicaron las cartas escritas a su traductora checa
Milena Jasenka: Cartas a Milena.