Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma y Francisco Brines
Por Harold Alvarado Tenorio (*)


 


Carlos Barral

1

Cuando los poetas de la Generación del Cincuenta, cuyo papel en el reparto del poder fue de exiliados en casa propia, publicaron sus primeros libros, la poesía española estaba aún dominada por cierto "realismo socialista" que había convertido la lírica en doctrina y consignas políticas, la de Gabriel Celaya y Blas de Otero, resultado de su reacción contra los versos académicos, grises y melancólicos de Rosales y Vivanco. Barral, como la mayoría de sus compañeros de generación, vivió de niño la experiencia traumática de la Guerra Civil. En Años de penitencia y Los años sin excusa, los dos primeros volúmenes de sus extraordinarias memorias, hizo precisas evocaciones sobre la vida cotidiana y la educación bajo la dictadura, mostrando el tedio de una lucha, pausada y triste, contra un tirano que se volvía inmortal, además de extensas y vibrantes páginas sobre su vida en Callafel, el pequeño puerto donde inició y sostuvo su comercio con la mar, o los recuerdos de sus primeras visitas a Francia y Alemania, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial.

Su poesía fue resultado de la experiencia más que un lucro con las tradiciones literarias. Nunca quiso ser un poeta profesional. Sus experiencias estaban localizadas en mundos urbanos, con objetos de la vida cotidiana citadina, sin los decorados rurales que habían seguido colándose en las composiciones de la generación anterior a la suya. Lector de ciertos poetas de habla inglesa como Spender y Eliot, en su poesía hay huellas claras de ciertos poetas alemanes del dieciocho y el diecinueve, Rilke, por ejemplo, pero también, muy sutilmente resueltas influencias de Paz y de ese otro poeta mexicano, mudo, José Goristiza, autor de Muerte sin fin.

Carlos Barral


A pesar de haber publicado pocos libros de poemas, rasgo característico de su generación, dominada por la sequía si exceptuamos a Brines, Barral tuvo siempre confianza en que la poesía, por ocuparse de formas de la existencia no codificadas por la cultura ni la conciencia colectiva, por estar ligada al oscuro mundo de la experiencia personal, seguirá jugando un papel definitivo en la historia del hombre. Sin embargo, no creía en la inspiración. Prefería pensar que los poetas eran los únicos mortales que podían fabricarse una sensibilidad mayor, ante los estímulos y monotonías del mundo, gracias a su trato continuado con el lenguaje.

Su poesía, recogida por primera vez en Usuras y figuraciones, se caracteriza por una deliberada ambigüedad que no logra oscurecer una deslumbrante lucidez para encarar el pasado o el presente. El paisaje de la mayoría de sus poemas es la costa sur de Cataluña y el onírico mundo marino, que sirven de apoyadura a una sensualidad extrema, labrada por el rigor intelectual y lingüístico. Sus mejores poemas son a menudo sencillas historias escritas más por la vida que por recetas poetiqueras. Para mi gusto, el mejor de sus libros sigue siendo Diecinueve figuras de mi historia civil.. En él retrata con ironía situaciones de su vida, y describe las distintas situaciones donde contempló el horror de la clase vencida, o sus aventuras amorosas, su amor por el pueblo, su adhesión a la libertad y su odio a las guerras. Libro doloroso donde está siempre Callafel, sus hombres, sus costumbres, sus oficios y desventuras:

Porque conocía el nombre de los peces,
aún de los más raros,
y el de los caladeros, y las señas
de las lejanas rocas submarinas,
me dejaban revolver en las cestas,
tocarlos uno a uno, sopesarlos,
y comentaban conmigo abiertamente
las sutiles cuestiones del oficio.
Porque entendía de nudos y de velas
y del modo de armar los aparejos,
me llevaban con ellos muchas veces;
me regalaban el quehacer de un hombre.
Sentía con orgullo
enrojecérseme las manos al contacto del cáñamo,
impregnarme
un fuerte hedor a brea y a pescado.
Sabía casi todo de aquella vida simple,
de aquel azar diario y primitivo.

Sólo que aquella ciencia era lujosa.
No supieron contarme
o no pude entender cómo era aquello
en los días peores, las amargas
semanas de paciencia,
cuando el viento del norte
roe las entrañas y se harta la pupila
de escudriñar los cielos,
en los días confusos,
cuando el mar de borrosos contornos
es sólo como un cascote de vidrio
semienterrado en el fango,
un desagradable incidente o una trampa
para los que pasan corriendo
ciegos bajo la lluvia.


2

Jaime Gil de Biedma

En Compañeros de viaje de Jaime Gil de Biedma puede encontrarse la arqueología del personaje poético que creó en sus libros posteriores. Muy pobre hombre ha de ser uno -dice en el prefacio- si no deja en su obra -casi sin darse cuenta- algo de la unidad e interior necesidad de su propio vivir. Al fin y al cabo, un libro de poemas no viene a ser otra cosa que la historia de un hombre que es su autor, pero elevada a un nivel de significación en que la vida de uno es ya la vida de todos los hombres, o por lo menos, atendidas las inevitables limitaciones objetivas de cada experiencia individual- de unos cuantos entre ellos.

Al publicar Moralidades y Poemas póstumos el Otro, "Jaime Gil de Biedma", había encontrado su voz. En el primero se amplían los temas de Compañeros de viaje, con una conciencia definitiva de su concepción poética. Gil de Biedma abandona toda esperanza de solidaridad colectiva y se queda consigo mismo, rescatando de un pasado, que sin ser "real", regresa en el poema. No es que presuma su condición única, sino que, por saber qué ha sucedido en la historia colectiva y no encontrar, en la cultura del franquismo, una respuesta a sus expectativas, sus miradas e inteligencia se vuelvan sobre el todo social. De allí que pueda hablarse de poesía política, creada desde la íntima experiencia:

En los meses de aquella primavera
pasaron por aquí seguramente
más de una vez.
Entonces, los dos eran muy jóvenes
y tenían el Chrysler amarillo y negro.
Los imagino al mediodía, por la avenida de los tilos,
la capota del coche salpicada de sol,
o quizá en Miramar, llegando a los jardines,
mientras que sobre el fondo del puerto y la ciudad
se mecen las sombrillas del restaurante al aire libre,
y las conversaciones, y la música,
fundiéndose al rumor de los neumáticos
sobre la grava del paseo.
Solo por un instante
se destacan los dos a pleno sol
con los trajes que he visto en las fotografías:
él examina un coche muchísimo más caro
-un Duesemberg sport con doble parabrisas,
bello como una máquina de guerra-
y ella se vuelve a mí, quizá esperándome,
y el vaivén de las rosas de la pérgola
parpadea en la sombra
de sus pacientes ojos de embarazada.
Era el año de la Exposición.

Así yo estuve aquí
dentro del vientre de mi madre,
y es verdad que algo oscuro, que algo interior me trae
por estos sitios destartalados.

Más aún que los árboles y la naturaleza
o que el susurro del agua corriente
furtiva, reflejándose en las hojas
-y eso que ya a mis años
se empieza a agradecer la primavera-,
yo busco en mis paseos los tristes edificios,
las estatuas manchadas con lápiz de labios,
los rincones del parque pasados de moda
en donde, por la noche, se hacen el amor…
y la nostalgia de una edad feliz
y de dinero fácil, tal como la contaban,
se mezcla un sentimiento bien distinto
que aprendí de mayor,
este resentimiento
contra la clase en que nací,
y que se complace también al ver mordida,
ensuciada la feria de sus vanidades
por el tiempo y las manos del resto de los hombres.

Oh mundo de mi infancia, cuya mitología
se asocia -bien lo veo-
con el capitalismo de empresa familiar!
Era ya un poco tarde
incluso en Cataluña, pero la pax burguesa
reinaba en los hogares y en las fábricas
sobre todo en las fábricas -Rusia estaba muy lejos
y muy lejos Detroit.
Algo de aquel momento queda en estos palacios
y en estas perspectivas desiertas bajo el sol,
cuyo destino ya nadie recuerda.
Todo fue una ilusión, envejecida
como la maquinaria de sus fábricas,
o como la casa de Sitges, o en Caldetas,
heredada también por el hijo mayor.

Sólo montaña arriba, cerca ya del castillo,
de sus fosos quemados por los fusilamientos,
dan señales de vida los murcianos.
Y yo subo despacio por la escalinatas
sintiéndome observado, tropezando en las piedras
en donde las higueras agarran sus raíces,
mientras oigo a estos chavas nacidos en el Sur
hablarse en catalán, y pienso, a un mismo tiempo,
en mi pasado y en su porvenir.

Sean ellos sin más preparación
que su instinto de vida
más fuertes al final que el patrón que les paga
y que el salta-taulells que les desprecia:
que la ciudad les pertenezca un día.
Como les pertenece esta montaña,
este despedazado anfiteatro
de las nostalgias de una burguesía.

En Moralidades predomina el tema erótico. Gil de Biedma sostuvo que sólo había escrito un poema de amor, y que los demás, son poemas sobre la experiencia amorosa, "un diálogo entre la historia amorosa, o entre la escena amorosa que retrata, y mi conciencia, es decir, yo". El amor en sus poemas es casi siempre un encuentro fugaz en un bar, una noche de prostíbulo o en casa ajena, con personajes que, como en Kavafis, existieron para perdurar en el texto.

En el ensayo que dedicó a Jorge Guillén dice que el amor, siendo tema literario habitual en Occidente, se halla en relación distinta a otros, como la nostalgia de la infancia, el sentimiento de caducidad de la vida o la esperanza de un mejor mañana. El amor-"que termina siempre mal"-, es una invención literaria que sin dejar de ser experiencia, sería lo que los franceses de entre siglos llamaron belle passion.

Poemas póstumos ofrece un personaje, conflictivo y matizado sicológicamente, que sabe de la pérdida de la juventud y el acercamiento de la muerte. La ironía del título remite a alguien que no es él mismo, que no puede reconocerse en la imagen que sus poemas anteriores le habían impuesto. Ha sucedido una transición, el tiempo ha hecho desaparecer al Otro, al que en Moralidades estaba en conflicto con su clase, con el tiempo y la historia. Ahora el conflicto es consigo mismo: los fracasos, las resacas, la destrucción de los mitos personales y colectivos y la ruina de Eros. El "paso del tiempo y yo" es su leimotiv. El protagonista de estos poemas es un adulto que padece los sentires del poeta joven, con un sabor a poesía maldita que enfatiza en los encuentros pagados, terminando por certificar la desaparición de ese "embarazoso huésped" juvenil, sin tener por quien reemplazarle y sin saber "como será sin ti mi poesía". El presente ya no es suyo, ni la vida, de la que se recuerda sin saber dónde está. La derrota es definitiva.

Imagínate que ahora tú y yo
muy tarde ya en la noche
hablemos de hombre a hombre, finalmente.
Imagínatelo,
en una de esas noches memorables
de rara comunión, con la botella
medio vacía, los ceniceros sucios,
y después de agotado el tema de la vida.
Que te voy a enseñar un corazón,
un corazón infiel,
desnudo de cintura para abajo,
hipócrita lector -mon semblable, -mon frère!

Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo
quien me tira del cuerpo hacia otros cuerpos
a ser posible jóvenes:
yo persigo también el dulce amor,
el tierno amor para dormir al lado
y que alegre mi cama al despertarse,
cercano como un pájaro.
¡Si yo no puedo desnudarme nunca,
si jamás he podido entrar en unos brazos
sin sentir -aunque sea nada más que un momento-
igual deslumbramiento que a los veinte años!

Para saber de amor, para aprenderle,
haber estado solo es necesario.
Y es necesario en cuatrocientas noches
-con cuatrocientos cuerpos diferentes-
haber hecho el amor. Que sus misterios,
como dijo el poeta, son del alma,
pero un cuerpo es el libro en que se leen.

Y por eso me alegro de haberme revolcado
sobre la arena gruesa, los dos medio vestidos,
mientras buscaba ese tendón del hombro.
Me conmueve el recuerdo de tantas ocasiones…
Aquella carretera de montaña
y los bien empleados abrazos furtivos
y el instante indefenso, de pie, tras el frenazo,
pegados a la tapia, cegados por las luces.
O aquel atardecer cerca del río
desnudos y riéndonos, de yedra coronados.
O aquel portal en Roma - en vía del Babuino.
Y recuerdos de caras y ciudades
apenas conocidas, de cuerpos entrevistos,
de escaleras sin luz, de camarotes,
de bares, de pasajes desiertos, de prostíbulos,
y de infinitas casetas de baños,
de fosos de un castillo.
Recuerdo de vosotras, sobre todo,
oh noches en hoteles de una noche,
definitivas noches en pensiones sórdidas,
en cuartos recién fríos,
noches que devolvéis a vuestros huéspedes
un olvidado sabor a sí mismos!
La historia en cuerpo y alma, como una imagen rota,
de la langueur goûtée à ce mal d´être deux.
Sin despreciar
-alegres como fiesta entre semana-
las experiencias de promiscuidad.

Aunque sepa que nada me valdrían
trabajos de amor disperso
si no existiese el verdadero amor.
Mi amor,
íntegra imagen de mi vida,
sol de las noches misas que le robo.

Su juventud, la mía,
-música de mi fondo-
sonríe aun en la imprecisa gracia
de cada cuerpo joven,
en cada momento anónimo,
iluminándolo. Dándole un alma.
Y no hay muslos hermosos
que no me hagan pensar en sus hermosos muslos
cuando nos conocimos, antes de ir a la cama.

Ni pasión de una noche de dormida
que pueda compararla
con la pasión que da el conocimiento,
los años de experiencia
de nuestro amor.
Porque en amor también
es importante el tiempo,
y dulce, de algún modo,
verificar con mano melancólica
su perceptible paso por un cuerpo
-mientras que basta un gesto familiar
en los labios,
o la ligera palpitación de un miembro,
para hacerme sentir la maravilla
de aquella gracia antigua,
fugaz como un reflejo.

Sobre su piel borrosa,
cuando pasen más años y al final estemos,
quiero aplastar los labios invocando
la imagen de su cuerpo
y de todos los cuerpos que una vez amé
aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo.

Para pedir la fuerza de poder vivir
sin belleza, sin fuerza y sin deseo,
mientras seguimos juntos
hasta morir en paz, los dos,
como dicen que mueren los que han amado mucho.

Lo que hizo de la poesía de Gil de Biedma un resultado pleno de su tiempo, no fue sólo la comprensión del papel y la conciencia del individuo en sociedades contemporáneas, sino la distancia, el alejamiento, con que se mira a sí mismo, a sus actos y pasado. Como si hubiese sido vigilado por la moral, la lengua y los ojos, del Otro que nos acompaña. Ironía, aliteraciones, desenfado, rimas internas, máscaras, asonancias, sordina, cambios rítmicos, refracciones, parodia y desdoblamientos son las claves de su lenguaje.

La fundamental experiencia del vivir -escribió en El pie de la letra - está en la ambivalencia de la identidad, en esa doble conciencia que hace que me reconozca -simultánea o alternativamente- uno, unigénito, hijo de dios, y uno entre otros tantos, un hijo de vecino. El juego de esas contrapuestas dimensiones de la identidad, que sólo en momentos excepcionales logran reposar una en otra, que incesantemente se espían y se tienden mutuas trampas, cuando no se hallan en guerra abierta, configura decisivamente nuestra relación con nosotros mismos y nuestras relaciones con los demás. Era ésa la experiencia, creía yo, que debe servir como supuesto básico de todo poema contemporáneo.

Poesía de la experiencia que continuó no una tradición "española", pero si "occidental", desde los tiempos cuando López Velarde y Cernuda, Eliot y Manuel Machado hicieron de la ironía y la dicción coloquial laforguiana, los instrumentos literarios de la modernidad. El orden y las melodías de los poetas del dieciocho desaparecieron al ser arrojados de la historia sus valores y sentido de la vida. El poeta moderno inventó nuevos signos, descubrió otros significados para dar imagen a un mundo sin rostro, y como remedio a su abandono, volvió sobre sí mismo, sobre lo único que posee, su adentro, su otro yo, que ofrece a todo el mundo para salvarse con las palabras, no sacralizadas, como uno mas entre la multitud. Poesía de la experiencia que no imita la realidad o las ideas, sino que propone un simulacro de ellas en el poema.

Jaime Gil de Biedma había nacido en el seno de una familia de la burguesía catalana que tuvo que refugiarse, en la provincia de Segovia, al estallar la Guerra Civil. Según declaró, fue una de sus mejores épocas, "porque los niños son muy felices en las guerras si no sufren calamidades y se acostumbran a ver cómo los mayores tienen miedo y discuten entre sí". Hizo estudios de derecho y luego pasó tres años en Oxford, especializándose en economía. "He sido de izquierdas -confesó a un periodista- y es muy probable que siga siéndolo, pero hace ya algún tiempo que no ejerzo". Buena parte de su vida adulta la pasó en Filipinas, trabajando para una compañía tabacalera. Vivió los últimos años en Ultramort, un pueblo de unos trescientos habitantes, en el Alto Alpurdán.

En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir cono un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.


3

Cuando en 1974 se publicaron sus libros bajo la seña de Ensayos de una despedida, Francisco Brines sostuvo que la significación de ese título era doble: por un lado hacía referencia a la despedida de la vida y por el otro, a saber que el empobrecimiento ganado, sin pausa, desde la adolescencia hasta la madurez, la pérdida irremediable de la inmortalidad, es también una despedida del vivir, fosa de la inocencia: "dejamos de ser dioses y nos convertimos en culpables". Declaraciones que confirmaban las constantes de su obra: el tiempo como destrucción; el agradecimiento por haber visto la belleza del mundo; la satisfacción por el goce de las pasiones y la posibilidad de seguir viviendo.

Esos temas no aparecían, sin embargo, en Las brasas, su primer libro, donde casi todo es sensación. El olfato, la vista, el gusto, el tacto y el oído son usados para dar testimonio de un mundo natural, sin ofrecer símbolos de pensamiento o memoria. Abundan allí los seres que configuran el paisaje levantino de Elca: nardos, celindas, jazmines, limoneros, pinos, naranjos dando marco a cierta pesadumbre de mirar y sentir la vida.


Al otro lado de la cumbre, bajo
los matorrales del romero quieto
la montaña se quiebra. Allí anidan
los mirlos en las cañas, las adelfas
de solitario amor florecen, se oye
la duradera vida del silencio.
Se le llama Barranco de los Pájaros.
Pensábamos llegar cuando la tarde
se hace un pozo de sombra, la mirada
se abre en la flor del ojo para, arriba,
tocar un astro. Compañeros, pienso
que no me detendré cuando me acerque
al lugar de la tienda. Sin canciones,
sin fuegos, no habrá trinos que oír, nada
que comentar con alegría viva.
Hay que olvidar el sitio, ser más fuerte
que el destino ruin, y con la noche,
vergonzoso en la sombra, penetrar
en una vastedad escondida.

Materia narrativa inexacta abandona la fórmula anterior, quizás porque el joven poeta había oído mejor las voces de protesta contra el estado de cosas y descubierto, como otros de sus compañeros de generación, Valente, por ejemplo, Gil de Biedma, bien seguro, los poemas de Konstantino Kavafis, que permitían, contra la trillada poesía social y "realista" hablar del presente desde la máscara de la historia. En estos asuntos narrativos (históricos) inexactos Brines sabe que Cernuda conocía a Kavafis, y usando el monólogo de aquel y el extrañamiento de este, escribe dos poemas memorables: En la república de Platón y La muerte de Sócrates. Brines participaba así de las inquietudes políticas de sus coetáneos.

Francisco Brines


La muerte de Sócrates, que merece el comentario, es una reinvención del hecho histórico, que termina siendo una lectura contemporánea, del ajusticiamiento de otros tantos "inocentes", en la España franquista. A estos, como a Sócrates, los mata el miedo a perder privilegios y poder. Todos los Sócrates tienen que morir, pues la realización de utopías revolucionarias es un peligro que traerá, más muertes injustas, que la desaparición de un reformador político, amado de todos pero de todos temido. Sócrates, y el foro que lo condena, tienen razón, o, escépticamente, nadie la tiene.

Palabras a la oscuridad reúne esas las dos maneras de ver, el mundo y la historia, con un acentuado dominio de la meditación. Las descripciones se corresponden con su salida al mundo exterior: el poeta viaja, se enamora, conoce ciudades, tiene variadas experiencias. Las dos primeras secciones hablan del paisaje del Levante para luego mirar los que ofrecen Delfos, Salzburgo, Ferrara, Oxford... indagando allí siempre sobre el sentido de estar vivo y el valor o ruina de esa constatación.

En este libro, quien habla y recuerda tiene avidez por conocer y dar fe de la supuesta hermosura del mundo, terminando, no obstante, por comprobar que esa belleza no está en la realidad, que muda constante de rostro. La imposibilidad de identificación confirma su impotencia, contentándose con describir, rápidamente, lugares, o evocar situaciones. Dualidades que le llevan a saber que el tiempo pasa, somos fragilidad, los sueños derrotas, la muerte y la soledad vencen al hombre.

A medida que leemos en Palabras en la oscuridad la salvación aparece con el descubrimiento del amor. Un amor que es conocimiento y goce de la carne, mercenaria o "pura", principio y fin, felicidad y sufrimiento, vida, eternidad, ayer y hoy, de nuestro único e inolvidable mundo. Brines se emociona con la presencia, hecho y memoria, del cuerpo del otro. Como en Gil de Biedma, el erotismo es el fierro candente del sufrimiento y el tema donde logrará sus mejores poemas. En estos de Palabras en la oscuridad los recuerdos de intensos momentos le hacen inquirir por la naturaleza de los actos, por su triunfo o su fracaso, pero las evocaciones no traen la vida sino el dolor de las separaciones de la carne. Estoico y pesimista, el protagonista padece celebrando la belleza, perdida, de cuerpos una vez amados y, como un mendigo del mundo del placer, agradece los momentos en que alguien, dio felicidad.

Aún no e Insistencias en Luzbel continúan y ahondan las experiencias y claves de Palabras en la oscuridad. El tono elegíaco va desapareciendo para dar paso a una voz satírica desgarradora y no pocas veces hermética. La proximidad de la muerte, de desaparecer sin haber sabido de felicidad, es el pozo de las desdichas. El comercio con amores prostitutos dejan vacío y desilusión, y aun cuando se hable más que en ninguno de sus otros poemas, de juventud y deseo como única fuente de alegría, la conciencia de la nada es definitiva. Los encuentros son inútiles, todo es engaño, el ser amado, siempre y definitivamente anónimo. En estos libros el paisaje urbano de Madrid aparece como símbolo de la incomunicación, de la vida desértica, la nada.

¿Con quién haré el amor?, es, según Bousoño , "el poema de la privación absoluta, una especie de ascesis secularizada, que se nos antoja, precisamente por eso, terrible… Aquí el dolor del no tener, del fallar en lo único que nos es indispensable, aparece en estado de absoluta pureza".

En este vaso de ginebra bebo
los tapiados minutos de la noche,
la aridez de la música, y el ácido
deseo de la carne. Sólo existe,
donde el hielo se ausenta, cristalino
licor y miedo de la soledad.
Esta noche no habrá la mercenaria
compañía, ni gestos de aparente
calor en un tibio deseo. Lejos
está mi casa hoy, llegaré a ella
en la desierta luz de madrugada,
desnudaré mi cuerpo, y en las sombras
he de yacer con el estéril cuerpo.

El otoño de las rosas es el punto más alto a que ha llegado su lenguaje. Los hombres, en su afán de vivir, -parece decir Brines-, sueñan, se enamoran, gozan, se duelen y sienten cómo la embriaguez pasa sobre cuerpos donde el tiempo va dejando huella, hasta arruinarlos. Quedan entonces los recuerdos, pero ellos también son borrados por la incuria del tiempo, "el otoño de las rosas". La meditación sobre el crepúsculo de toda vida y su relación con las pasiones es el asunto del volumen. El más elegíaco de todos sus libros. De nuevo las sombras familiares, el paisaje de Elca con su mar y su vieja casa blanca. Y otra vez las ausencias irreparables ocupan el ámbito de ecos y resonancias del ayer. Todo es noche ya, el amor ceniza, la vida un jardín agotado. El que habla se sabe para siempre huésped de sí mismo, ciego de sus propias visiones, cuerpo roto de otro cuerpo vital del ayer, ser desvanecido, fantasma de sí mismo.

Un pájaro sin voz, sin luz, está cantando
su canto perdurable.
Pues no tuvo principio, no tendrá acabamiento.
Atiendo en mí su tránsito.
Me golpean sus alas desde su inexistencia
y es, por ello, que nada significo.
Y llega, sorda y fría, la ausente luz final,
la hueca luz final de su negro aletazo.



(*) Harold Alvarado Tenorio (alvaradotenorio@telesat.com.co), poeta, ensayista, traductor y periodista, nació en Colombia en 1945, hizo estudios de letras en la Universidad Complutense de Madrid, donde recibió Titulo de Doctor. Profesor Titular de la Cátedra de Literaturas de América Latina y Director del Departamento de Literatura de la Universidad Nacional de Colombia, se ha desempeñado también como asesor cultural del Centro Colombo Americano de Bogotá donde dirigió las Series Escritores de las Américas y como editor de los Cuadernos de Poesía de España y América de la Editorial Tiempo Presente y de la Página Ocho/Cultura de La Prensa. Ha recibido, entre otros, el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar y el Internacional de Poesía Arcipreste de Hita. Su obra ha sido publicada en inglés, francés, griego, chino, alemán y portugués. Ha sido invitado a ofrecer lecturas de sus poemas en Universidades y Centros Culturales de Argentina, Brasil, China, Cuba, Ecuador, España, Estados Unidos, Francia, México, República Dominicana y Venezuela
Entre sus libros figuran Summa del cuerpo, Ediciones Deriva, Cali, 2002, Fragmentos y despojos, Ediciones Universidad del Valle, Cali, 2002, Literaturas de América Latina, Ediciones Universidad del Valle, Cali, 1995; Ensayos, Ediciones Universidad del Valle, Cali, 1994; Poemas chinos de amor, Editorial China hoy, Beijing, 1992; La poesía de T.S. Eliot, Ediciones Centro Colombo Americano, Bogotá, 1988; Espejo de máscaras, Ediciones Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1987; Una generación desencantada: los poetas colombianos de los años setentas, Ediciones Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1985; Kavafis, Ediciones Universidad de Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, 1984 y Cinco poetas españoles de la Generación del Cincuenta, Ediciones La Oveja Negra, Bogotá, 1980.




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