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Cuando los poetas de la Generación
del Cincuenta, cuyo papel en el reparto del poder fue de
exiliados en casa propia, publicaron sus primeros libros,
la poesía española estaba aún dominada
por cierto "realismo socialista" que había
convertido la lírica en doctrina y consignas políticas,
la de Gabriel Celaya y Blas de Otero, resultado de su reacción
contra los versos académicos, grises y melancólicos
de Rosales y Vivanco. Barral, como la mayoría de
sus compañeros de generación, vivió
de niño la experiencia traumática de la Guerra
Civil. En Años de penitencia y Los años sin
excusa, los dos primeros volúmenes de sus extraordinarias
memorias, hizo precisas evocaciones sobre la vida cotidiana
y la educación bajo la dictadura, mostrando el tedio
de una lucha, pausada y triste, contra un tirano que se
volvía inmortal, además de extensas y vibrantes
páginas sobre su vida en Callafel, el pequeño
puerto donde inició y sostuvo su comercio con la
mar, o los recuerdos de sus primeras visitas a Francia y
Alemania, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial.
Su poesía fue resultado de la experiencia
más que un lucro con las tradiciones literarias.
Nunca quiso ser un poeta profesional. Sus experiencias estaban
localizadas en mundos urbanos, con objetos de la vida cotidiana
citadina, sin los decorados rurales que habían seguido
colándose en las composiciones de la generación
anterior a la suya. Lector de ciertos poetas de habla inglesa
como Spender y Eliot, en su poesía hay huellas claras
de ciertos poetas alemanes del dieciocho y el diecinueve,
Rilke, por ejemplo, pero también, muy sutilmente
resueltas influencias de Paz y de ese otro poeta mexicano,
mudo, José Goristiza, autor de Muerte sin fin.
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A pesar de haber publicado pocos libros de poemas, rasgo
característico de su generación, dominada
por la sequía si exceptuamos a Brines, Barral tuvo
siempre confianza en que la poesía, por ocuparse
de formas de la existencia no codificadas por la cultura
ni la conciencia colectiva, por estar ligada al oscuro mundo
de la experiencia personal, seguirá jugando un papel
definitivo en la historia del hombre. Sin embargo, no creía
en la inspiración. Prefería pensar que los
poetas eran los únicos mortales que podían
fabricarse una sensibilidad mayor, ante los estímulos
y monotonías del mundo, gracias a su trato continuado
con el lenguaje.
Su poesía, recogida por primera vez
en Usuras y figuraciones, se caracteriza por una deliberada
ambigüedad que no logra oscurecer una deslumbrante
lucidez para encarar el pasado o el presente. El paisaje
de la mayoría de sus poemas es la costa sur de Cataluña
y el onírico mundo marino, que sirven de apoyadura
a una sensualidad extrema, labrada por el rigor intelectual
y lingüístico. Sus mejores poemas son a menudo
sencillas historias escritas más por la vida que
por recetas poetiqueras. Para mi gusto, el mejor de sus
libros sigue siendo Diecinueve figuras de mi historia civil..
En él retrata con ironía situaciones de su
vida, y describe las distintas situaciones donde contempló
el horror de la clase vencida, o sus aventuras amorosas,
su amor por el pueblo, su adhesión a la libertad
y su odio a las guerras. Libro doloroso donde está
siempre Callafel, sus hombres, sus costumbres, sus oficios
y desventuras:
Porque conocía el nombre de los peces,
aún de los más raros,
y el de los caladeros, y las señas
de las lejanas rocas submarinas,
me dejaban revolver en las cestas,
tocarlos uno a uno, sopesarlos,
y comentaban conmigo abiertamente
las sutiles cuestiones del oficio.
Porque entendía de nudos y de velas
y del modo de armar los aparejos,
me llevaban con ellos muchas veces;
me regalaban el quehacer de un hombre.
Sentía con orgullo
enrojecérseme las manos al contacto del cáñamo,
impregnarme
un fuerte hedor a brea y a pescado.
Sabía casi todo de aquella vida simple,
de aquel azar diario y primitivo.
Sólo que aquella ciencia era lujosa.
No supieron contarme
o no pude entender cómo era aquello
en los días peores, las amargas
semanas de paciencia,
cuando el viento del norte
roe las entrañas y se harta la pupila
de escudriñar los cielos,
en los días confusos,
cuando el mar de borrosos contornos
es sólo como un cascote de vidrio
semienterrado en el fango,
un desagradable incidente o una trampa
para los que pasan corriendo
ciegos bajo la lluvia.
2
En Compañeros de viaje de Jaime Gil
de Biedma puede encontrarse la arqueología del personaje
poético que creó en sus libros posteriores.
Muy pobre hombre ha de ser uno -dice en el prefacio- si
no deja en su obra -casi sin darse cuenta- algo de la unidad
e interior necesidad de su propio vivir. Al fin y al cabo,
un libro de poemas no viene a ser otra cosa que la historia
de un hombre que es su autor, pero elevada a un nivel de
significación en que la vida de uno es ya la vida
de todos los hombres, o por lo menos, atendidas las inevitables
limitaciones objetivas de cada experiencia individual- de
unos cuantos entre ellos.
Al publicar Moralidades y Poemas póstumos
el Otro, "Jaime Gil de Biedma", había encontrado
su voz. En el primero se amplían los temas de Compañeros
de viaje, con una conciencia definitiva de su concepción
poética. Gil de Biedma abandona toda esperanza de
solidaridad colectiva y se queda consigo mismo, rescatando
de un pasado, que sin ser "real", regresa en el
poema. No es que presuma su condición única,
sino que, por saber qué ha sucedido en la historia
colectiva y no encontrar, en la cultura del franquismo,
una respuesta a sus expectativas, sus miradas e inteligencia
se vuelvan sobre el todo social. De allí que pueda
hablarse de poesía política, creada desde
la íntima experiencia:
En los meses de aquella primavera
pasaron por aquí seguramente
más de una vez.
Entonces, los dos eran muy jóvenes
y tenían el Chrysler amarillo y negro.
Los imagino al mediodía, por la avenida de los
tilos,
la capota del coche salpicada de sol,
o quizá en Miramar, llegando a los jardines,
mientras que sobre el fondo del puerto y la ciudad
se mecen las sombrillas del restaurante al aire libre,
y las conversaciones, y la música,
fundiéndose al rumor de los neumáticos
sobre la grava del paseo.
Solo por un instante
se destacan los dos a pleno sol
con los trajes que he visto en las fotografías:
él examina un coche muchísimo más
caro
-un Duesemberg sport con doble parabrisas,
bello como una máquina de guerra-
y ella se vuelve a mí, quizá esperándome,
y el vaivén de las rosas de la pérgola
parpadea en la sombra
de sus pacientes ojos de embarazada.
Era el año de la Exposición.
Así yo estuve aquí
dentro del vientre de mi madre,
y es verdad que algo oscuro, que algo interior me trae
por estos sitios destartalados.
Más aún que los árboles y la naturaleza
o que el susurro del agua corriente
furtiva, reflejándose en las hojas
-y eso que ya a mis años
se empieza a agradecer la primavera-,
yo busco en mis paseos los tristes edificios,
las estatuas manchadas con lápiz de labios,
los rincones del parque pasados de moda
en donde, por la noche, se hacen el amor
y la nostalgia de una edad feliz
y de dinero fácil, tal como la contaban,
se mezcla un sentimiento bien distinto
que aprendí de mayor,
este resentimiento
contra la clase en que nací,
y que se complace también al ver mordida,
ensuciada la feria de sus vanidades
por el tiempo y las manos del resto de los hombres.
Oh mundo de mi infancia, cuya mitología
se asocia -bien lo veo-
con el capitalismo de empresa familiar!
Era ya un poco tarde
incluso en Cataluña, pero la pax burguesa
reinaba en los hogares y en las fábricas
sobre todo en las fábricas -Rusia estaba muy
lejos
y muy lejos Detroit.
Algo de aquel momento queda en estos palacios
y en estas perspectivas desiertas bajo el sol,
cuyo destino ya nadie recuerda.
Todo fue una ilusión, envejecida
como la maquinaria de sus fábricas,
o como la casa de Sitges, o en Caldetas,
heredada también por el hijo mayor.
Sólo montaña arriba, cerca ya del castillo,
de sus fosos quemados por los fusilamientos,
dan señales de vida los murcianos.
Y yo subo despacio por la escalinatas
sintiéndome observado, tropezando en las piedras
en donde las higueras agarran sus raíces,
mientras oigo a estos chavas nacidos en el Sur
hablarse en catalán, y pienso, a un mismo tiempo,
en mi pasado y en su porvenir.
Sean ellos sin más preparación
que su instinto de vida
más fuertes al final que el patrón que
les paga
y que el salta-taulells que les desprecia:
que la ciudad les pertenezca un día.
Como les pertenece esta montaña,
este despedazado anfiteatro
de las nostalgias de una burguesía.
En Moralidades predomina el tema erótico.
Gil de Biedma sostuvo que sólo había escrito
un poema de amor, y que los demás, son poemas sobre
la experiencia amorosa, "un diálogo entre la
historia amorosa, o entre la escena amorosa que retrata,
y mi conciencia, es decir, yo". El amor en sus poemas
es casi siempre un encuentro fugaz en un bar, una noche
de prostíbulo o en casa ajena, con personajes que,
como en Kavafis, existieron para perdurar en el texto.
En el ensayo que dedicó a Jorge Guillén
dice que el amor, siendo tema literario habitual en Occidente,
se halla en relación distinta a otros, como la nostalgia
de la infancia, el sentimiento de caducidad de la vida o
la esperanza de un mejor mañana. El amor-"que
termina siempre mal"-, es una invención literaria
que sin dejar de ser experiencia, sería lo que los
franceses de entre siglos llamaron belle passion.
Poemas póstumos ofrece un personaje,
conflictivo y matizado sicológicamente, que sabe
de la pérdida de la juventud y el acercamiento de
la muerte. La ironía del título remite a alguien
que no es él mismo, que no puede reconocerse en la
imagen que sus poemas anteriores le habían impuesto.
Ha sucedido una transición, el tiempo ha hecho desaparecer
al Otro, al que en Moralidades estaba en conflicto con su
clase, con el tiempo y la historia. Ahora el conflicto es
consigo mismo: los fracasos, las resacas, la destrucción
de los mitos personales y colectivos y la ruina de Eros.
El "paso del tiempo y yo" es su leimotiv. El protagonista
de estos poemas es un adulto que padece los sentires del
poeta joven, con un sabor a poesía maldita que enfatiza
en los encuentros pagados, terminando por certificar la
desaparición de ese "embarazoso huésped"
juvenil, sin tener por quien reemplazarle y sin saber "como
será sin ti mi poesía". El presente ya
no es suyo, ni la vida, de la que se recuerda sin saber
dónde está. La derrota es definitiva.
Imagínate que ahora tú y yo
muy tarde ya en la noche
hablemos de hombre a hombre, finalmente.
Imagínatelo,
en una de esas noches memorables
de rara comunión, con la botella
medio vacía, los ceniceros sucios,
y después de agotado el tema de la vida.
Que te voy a enseñar un corazón,
un corazón infiel,
desnudo de cintura para abajo,
hipócrita lector -mon semblable, -mon frère!
Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo
quien me tira del cuerpo hacia otros cuerpos
a ser posible jóvenes:
yo persigo también el dulce amor,
el tierno amor para dormir al lado
y que alegre mi cama al despertarse,
cercano como un pájaro.
¡Si yo no puedo desnudarme nunca,
si jamás he podido entrar en unos brazos
sin sentir -aunque sea nada más que un momento-
igual deslumbramiento que a los veinte años!
Para saber de amor, para aprenderle,
haber estado solo es necesario.
Y es necesario en cuatrocientas noches
-con cuatrocientos cuerpos diferentes-
haber hecho el amor. Que sus misterios,
como dijo el poeta, son del alma,
pero un cuerpo es el libro en que se leen.
Y por eso me alegro de haberme revolcado
sobre la arena gruesa, los dos medio vestidos,
mientras buscaba ese tendón del hombro.
Me conmueve el recuerdo de tantas ocasiones
Aquella carretera de montaña
y los bien empleados abrazos furtivos
y el instante indefenso, de pie, tras el frenazo,
pegados a la tapia, cegados por las luces.
O aquel atardecer cerca del río
desnudos y riéndonos, de yedra coronados.
O aquel portal en Roma - en vía del Babuino.
Y recuerdos de caras y ciudades
apenas conocidas, de cuerpos entrevistos,
de escaleras sin luz, de camarotes,
de bares, de pasajes desiertos, de prostíbulos,
y de infinitas casetas de baños,
de fosos de un castillo.
Recuerdo de vosotras, sobre todo,
oh noches en hoteles de una noche,
definitivas noches en pensiones sórdidas,
en cuartos recién fríos,
noches que devolvéis a vuestros huéspedes
un olvidado sabor a sí mismos!
La historia en cuerpo y alma, como una imagen rota,
de la langueur goûtée à ce mal d´être
deux.
Sin despreciar
-alegres como fiesta entre semana-
las experiencias de promiscuidad.
Aunque sepa que nada me valdrían
trabajos de amor disperso
si no existiese el verdadero amor.
Mi amor,
íntegra imagen de mi vida,
sol de las noches misas que le robo.
Su juventud, la mía,
-música de mi fondo-
sonríe aun en la imprecisa gracia
de cada cuerpo joven,
en cada momento anónimo,
iluminándolo. Dándole un alma.
Y no hay muslos hermosos
que no me hagan pensar en sus hermosos muslos
cuando nos conocimos, antes de ir a la cama.
Ni pasión de una noche de dormida
que pueda compararla
con la pasión que da el conocimiento,
los años de experiencia
de nuestro amor.
Porque en amor también
es importante el tiempo,
y dulce, de algún modo,
verificar con mano melancólica
su perceptible paso por un cuerpo
-mientras que basta un gesto familiar
en los labios,
o la ligera palpitación de un miembro,
para hacerme sentir la maravilla
de aquella gracia antigua,
fugaz como un reflejo.
Sobre su piel borrosa,
cuando pasen más años y al final estemos,
quiero aplastar los labios invocando
la imagen de su cuerpo
y de todos los cuerpos que una vez amé
aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo.
Para pedir la fuerza de poder vivir
sin belleza, sin fuerza y sin deseo,
mientras seguimos juntos
hasta morir en paz, los dos,
como dicen que mueren los que han amado mucho.
Lo que hizo de la poesía de Gil de
Biedma un resultado pleno de su tiempo, no fue sólo
la comprensión del papel y la conciencia del individuo
en sociedades contemporáneas, sino la distancia,
el alejamiento, con que se mira a sí mismo, a sus
actos y pasado. Como si hubiese sido vigilado por la moral,
la lengua y los ojos, del Otro que nos acompaña.
Ironía, aliteraciones, desenfado, rimas internas,
máscaras, asonancias, sordina, cambios rítmicos,
refracciones, parodia y desdoblamientos son las claves de
su lenguaje.
La fundamental experiencia del vivir -escribió
en El pie de la letra - está en la ambivalencia de
la identidad, en esa doble conciencia que hace que me reconozca
-simultánea o alternativamente- uno, unigénito,
hijo de dios, y uno entre otros tantos, un hijo de vecino.
El juego de esas contrapuestas dimensiones de la identidad,
que sólo en momentos excepcionales logran reposar
una en otra, que incesantemente se espían y se tienden
mutuas trampas, cuando no se hallan en guerra abierta, configura
decisivamente nuestra relación con nosotros mismos
y nuestras relaciones con los demás. Era ésa
la experiencia, creía yo, que debe servir como supuesto
básico de todo poema contemporáneo.
Poesía de la experiencia que continuó
no una tradición "española", pero
si "occidental", desde los tiempos cuando López
Velarde y Cernuda, Eliot y Manuel Machado hicieron de la
ironía y la dicción coloquial laforguiana,
los instrumentos literarios de la modernidad. El orden y
las melodías de los poetas del dieciocho desaparecieron
al ser arrojados de la historia sus valores y sentido de
la vida. El poeta moderno inventó nuevos signos,
descubrió otros significados para dar imagen a un
mundo sin rostro, y como remedio a su abandono, volvió
sobre sí mismo, sobre lo único que posee,
su adentro, su otro yo, que ofrece a todo el mundo para
salvarse con las palabras, no sacralizadas, como uno mas
entre la multitud. Poesía de la experiencia que no
imita la realidad o las ideas, sino que propone un simulacro
de ellas en el poema.
Jaime Gil de Biedma había nacido en
el seno de una familia de la burguesía catalana que
tuvo que refugiarse, en la provincia de Segovia, al estallar
la Guerra Civil. Según declaró, fue una de
sus mejores épocas, "porque los niños
son muy felices en las guerras si no sufren calamidades
y se acostumbran a ver cómo los mayores tienen miedo
y discuten entre sí". Hizo estudios de derecho
y luego pasó tres años en Oxford, especializándose
en economía. "He sido de izquierdas -confesó
a un periodista- y es muy probable que siga siéndolo,
pero hace ya algún tiempo que no ejerzo". Buena
parte de su vida adulta la pasó en Filipinas, trabajando
para una compañía tabacalera. Vivió
los últimos años en Ultramort, un pueblo de
unos trescientos habitantes, en el Alto Alpurdán.
En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir cono un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.
3
Cuando en 1974 se publicaron sus libros bajo
la seña de Ensayos de una despedida, Francisco Brines
sostuvo que la significación de ese título
era doble: por un lado hacía referencia a la despedida
de la vida y por el otro, a saber que el empobrecimiento
ganado, sin pausa, desde la adolescencia hasta la madurez,
la pérdida irremediable de la inmortalidad, es también
una despedida del vivir, fosa de la inocencia: "dejamos
de ser dioses y nos convertimos en culpables". Declaraciones
que confirmaban las constantes de su obra: el tiempo como
destrucción; el agradecimiento por haber visto la
belleza del mundo; la satisfacción por el goce de
las pasiones y la posibilidad de seguir viviendo.
Esos temas no aparecían, sin embargo,
en Las brasas, su primer libro, donde casi todo es sensación.
El olfato, la vista, el gusto, el tacto y el oído
son usados para dar testimonio de un mundo natural, sin
ofrecer símbolos de pensamiento o memoria. Abundan
allí los seres que configuran el paisaje levantino
de Elca: nardos, celindas, jazmines, limoneros, pinos, naranjos
dando marco a cierta pesadumbre de mirar y sentir la vida.
Al otro lado de la cumbre, bajo
los matorrales del romero quieto
la montaña se quiebra. Allí anidan
los mirlos en las cañas, las adelfas
de solitario amor florecen, se oye
la duradera vida del silencio.
Se le llama Barranco de los Pájaros.
Pensábamos llegar cuando la tarde
se hace un pozo de sombra, la mirada
se abre en la flor del ojo para, arriba,
tocar un astro. Compañeros, pienso
que no me detendré cuando me acerque
al lugar de la tienda. Sin canciones,
sin fuegos, no habrá trinos que oír, nada
que comentar con alegría viva.
Hay que olvidar el sitio, ser más fuerte
que el destino ruin, y con la noche,
vergonzoso en la sombra, penetrar
en una vastedad escondida.
Materia narrativa inexacta abandona la fórmula
anterior, quizás porque el joven poeta había
oído mejor las voces de protesta contra el estado
de cosas y descubierto, como otros de sus compañeros
de generación, Valente, por ejemplo, Gil de Biedma,
bien seguro, los poemas de Konstantino Kavafis, que permitían,
contra la trillada poesía social y "realista"
hablar del presente desde la máscara de la historia.
En estos asuntos narrativos (históricos) inexactos
Brines sabe que Cernuda conocía a Kavafis, y usando
el monólogo de aquel y el extrañamiento de
este, escribe dos poemas memorables: En la república
de Platón y La muerte de Sócrates. Brines
participaba así de las inquietudes políticas
de sus coetáneos.
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La muerte de Sócrates, que merece el comentario,
es una reinvención del hecho histórico, que
termina siendo una lectura contemporánea, del ajusticiamiento
de otros tantos "inocentes", en la España
franquista. A estos, como a Sócrates, los mata el
miedo a perder privilegios y poder. Todos los Sócrates
tienen que morir, pues la realización de utopías
revolucionarias es un peligro que traerá, más
muertes injustas, que la desaparición de un reformador
político, amado de todos pero de todos temido. Sócrates,
y el foro que lo condena, tienen razón, o, escépticamente,
nadie la tiene.
Palabras a la oscuridad reúne esas
las dos maneras de ver, el mundo y la historia, con un acentuado
dominio de la meditación. Las descripciones se corresponden
con su salida al mundo exterior: el poeta viaja, se enamora,
conoce ciudades, tiene variadas experiencias. Las dos primeras
secciones hablan del paisaje del Levante para luego mirar
los que ofrecen Delfos, Salzburgo, Ferrara, Oxford... indagando
allí siempre sobre el sentido de estar vivo y el
valor o ruina de esa constatación.
En este libro, quien habla y recuerda tiene
avidez por conocer y dar fe de la supuesta hermosura del
mundo, terminando, no obstante, por comprobar que esa belleza
no está en la realidad, que muda constante de rostro.
La imposibilidad de identificación confirma su impotencia,
contentándose con describir, rápidamente,
lugares, o evocar situaciones. Dualidades que le llevan
a saber que el tiempo pasa, somos fragilidad, los sueños
derrotas, la muerte y la soledad vencen al hombre.
A medida que leemos en Palabras en la oscuridad
la salvación aparece con el descubrimiento del amor.
Un amor que es conocimiento y goce de la carne, mercenaria
o "pura", principio y fin, felicidad y sufrimiento,
vida, eternidad, ayer y hoy, de nuestro único e inolvidable
mundo. Brines se emociona con la presencia, hecho y memoria,
del cuerpo del otro. Como en Gil de Biedma, el erotismo
es el fierro candente del sufrimiento y el tema donde logrará
sus mejores poemas. En estos de Palabras en la oscuridad
los recuerdos de intensos momentos le hacen inquirir por
la naturaleza de los actos, por su triunfo o su fracaso,
pero las evocaciones no traen la vida sino el dolor de las
separaciones de la carne. Estoico y pesimista, el protagonista
padece celebrando la belleza, perdida, de cuerpos una vez
amados y, como un mendigo del mundo del placer, agradece
los momentos en que alguien, dio felicidad.
Aún no e Insistencias en Luzbel continúan
y ahondan las experiencias y claves de Palabras en la oscuridad.
El tono elegíaco va desapareciendo para dar paso
a una voz satírica desgarradora y no pocas veces
hermética. La proximidad de la muerte, de desaparecer
sin haber sabido de felicidad, es el pozo de las desdichas.
El comercio con amores prostitutos dejan vacío y
desilusión, y aun cuando se hable más que
en ninguno de sus otros poemas, de juventud y deseo como
única fuente de alegría, la conciencia de
la nada es definitiva. Los encuentros son inútiles,
todo es engaño, el ser amado, siempre y definitivamente
anónimo. En estos libros el paisaje urbano de Madrid
aparece como símbolo de la incomunicación,
de la vida desértica, la nada.
¿Con quién haré el amor?,
es, según Bousoño , "el poema de la privación
absoluta, una especie de ascesis secularizada, que se nos
antoja, precisamente por eso, terrible
Aquí
el dolor del no tener, del fallar en lo único que
nos es indispensable, aparece en estado de absoluta pureza".
En este vaso de ginebra bebo
los tapiados minutos de la noche,
la aridez de la música, y el ácido
deseo de la carne. Sólo existe,
donde el hielo se ausenta, cristalino
licor y miedo de la soledad.
Esta noche no habrá la mercenaria
compañía, ni gestos de aparente
calor en un tibio deseo. Lejos
está mi casa hoy, llegaré a ella
en la desierta luz de madrugada,
desnudaré mi cuerpo, y en las sombras
he de yacer con el estéril cuerpo.
El otoño de las rosas es el punto más
alto a que ha llegado su lenguaje. Los hombres, en su afán
de vivir, -parece decir Brines-, sueñan, se enamoran,
gozan, se duelen y sienten cómo la embriaguez pasa
sobre cuerpos donde el tiempo va dejando huella, hasta arruinarlos.
Quedan entonces los recuerdos, pero ellos también
son borrados por la incuria del tiempo, "el otoño
de las rosas". La meditación sobre el crepúsculo
de toda vida y su relación con las pasiones es el
asunto del volumen. El más elegíaco de todos
sus libros. De nuevo las sombras familiares, el paisaje
de Elca con su mar y su vieja casa blanca. Y otra vez las
ausencias irreparables ocupan el ámbito de ecos y
resonancias del ayer. Todo es noche ya, el amor ceniza,
la vida un jardín agotado. El que habla se sabe para
siempre huésped de sí mismo, ciego de sus
propias visiones, cuerpo roto de otro cuerpo vital del ayer,
ser desvanecido, fantasma de sí mismo.
Un pájaro sin voz, sin luz, está cantando
su canto perdurable.
Pues no tuvo principio, no tendrá acabamiento.
Atiendo en mí su tránsito.
Me golpean sus alas desde su inexistencia
y es, por ello, que nada significo.
Y llega, sorda y fría, la ausente luz final,
la hueca luz final de su negro aletazo.
(*) Harold Alvarado Tenorio (alvaradotenorio@telesat.com.co),
poeta, ensayista, traductor y periodista, nació en
Colombia en 1945, hizo estudios de letras en la Universidad
Complutense de Madrid, donde recibió Titulo de Doctor.
Profesor Titular de la Cátedra de Literaturas de
América Latina y Director del Departamento de Literatura
de la Universidad Nacional de Colombia, se ha desempeñado
también como asesor cultural del Centro Colombo Americano
de Bogotá donde dirigió las Series Escritores
de las Américas y como editor de los Cuadernos de
Poesía de España y América de la Editorial
Tiempo Presente y de la Página Ocho/Cultura de La
Prensa. Ha recibido, entre otros, el Premio Nacional de
Periodismo Simón Bolívar y el Internacional
de Poesía Arcipreste de Hita. Su obra ha sido publicada
en inglés, francés, griego, chino, alemán
y portugués. Ha sido invitado a ofrecer lecturas
de sus poemas en Universidades y Centros Culturales de Argentina,
Brasil, China, Cuba, Ecuador, España, Estados Unidos,
Francia, México, República Dominicana y Venezuela
Entre sus libros figuran Summa del cuerpo, Ediciones Deriva,
Cali, 2002, Fragmentos y despojos, Ediciones Universidad
del Valle, Cali, 2002, Literaturas de América Latina,
Ediciones Universidad del Valle, Cali, 1995; Ensayos, Ediciones
Universidad del Valle, Cali, 1994; Poemas chinos de amor,
Editorial China hoy, Beijing, 1992; La poesía de
T.S. Eliot, Ediciones Centro Colombo Americano, Bogotá,
1988; Espejo de máscaras, Ediciones Universidad Nacional
de Colombia, Bogotá, 1987; Una generación
desencantada: los poetas colombianos de los años
setentas, Ediciones Universidad Nacional de Colombia, Bogotá,
1985; Kavafis, Ediciones Universidad de Chiapas, Tuxtla
Gutiérrez, 1984 y Cinco poetas españoles de
la Generación del Cincuenta, Ediciones La Oveja Negra,
Bogotá, 1980.
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