Álvaro de Campos

 

Álvaro de Campos
Alberto Caeiro Ricardo Reis


En la prosa más propiamente prosa -la prosa científica o la filosófica-, esa que expresa directamente ideas y tan sólo ideas, no es menester gran disciplina, pues en la misma circunstancia de ser únicamente de ideas hay disciplina suficiente. En la prosa de más amplitud emotiva, aquella que cabe distinguir como oratoria o tiene configuración descriptiva, hay que atender más al ritmo, a la disposición, a la organización de las ideas, puesto que éstas se encuentran allí en menor número y no constituyen el fundamento de la materia. En la prosa abiertamente emotiva -aquella cuyos sentimientos podrían ser expuestos en poesía con igual facilidad- hay que atender más que nunca a la disposición de la materia y al ritmo que acompañe a la exposición. No es un ritmo definido como en el verso, porque la prosa no es verso. Lo que en verdad hace Campos, cuando escribe en verso, es prosa ritmada con pausas mayores marcadas en ciertos puntos con fines rítmicos, y esos puntos de pausa mayor los determina en los finales de verso. Campos es un gran prosador, un prosador con una gran sabiduría de ritmo; pero el ritmo del que posee sabiduría es el ritmo de la prosa.

Ricardo Reis


ESTANCO

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Esto aparte, tengo en mí todos los sueños

Ventanas de mi cuarto,
del cuarto de uno de los millones del mundo sabe quién es
(y de saberse quién es, ¿qué se sabría?),
dais al misterio de una calle cruzada constantemente por gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, verdadera, desconocidamente verdadera,
con el misterio de las cosas debajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos a los hombres,
con el Destino conduciendo al carro de todo por la carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morir
y no tuviera más hermandad con las cosas
que una despedida, convertidos esta casa y este lado de la calle
en hilera de vagones de un tren, silbada su salida
desde dentro de mi cabeza,
y sacudidos mis nervios y chirriantes los huesos en la marcha.
Hoy estoy perplejo, como quien pensó y halló y olvidó.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que debo
al Estanco del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

Fracasé en todo.
Como no tenía propósito alguno, todo tal vez fuese nada.
Del aprendizaje que me dieron
me descolgué por la ventana de las traseras de la casa.
Fui hasta el campo con grandes propósitos.
Mas allí sólo encontré hierbas y árboles,
y gente, cuando la había, igual a la otra.
Dejo la ventana, me siento en una silla. ¿En qué he de pensar?

¡Qué sé yo lo que seré, yo que no sé lo que soy!
¿Ser lo que pienso? ¡Pienso ser tanta cosa!
y tantos hay que piensan ser la misma cosa que no podrán serlo tantos.
¿Genio? En este momento
cien mil cerebros se conciben en sueños tan genios como yo,
y la historia no marcará, ¿quién sabe?, ni a uno sólo,
ni quedará más que estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos descabalados por tantas certezas!
Yo, que de nada estoy cierto, ¿soy más cabal o soy menos cabal?
No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no-buhardillas del mundo
no habrá a estas horas genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-
y quién sabe si realizables,
nunca verán la luz del sol real ni hallarán los oídos de nadie?
El mundo es de quien nace para conquistarlo
y no del que sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que cuanto Napoleón hizo,
he estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo
he hecho en secreto filosofías no escritas aún por ningún Kant.
Mas soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla, aunque no viva en ella;
seré siempre el que no nació para eso;
seré siempre tan sólo el que tenía cualidades;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta junto a una pared sin puerta
y cantó la cantinela del Infinito en un gallinero
y oyó la voz de Dios en un pozo cegado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámeme la Naturaleza sobre la cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que me busca el cabello,
y lo demás, que venga si es que viene o ha de venir, o que no venga
Esclavos por el corazón de las estrellas,
conquistamos todo el mundo antes de levantarnos de la cama;
pero despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera
más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolatinas, niña,
come chocolatinas!
Mira que en el mundo no hay más metafísica que las chocolatinas.
Mira que las religiones todas no enseñan más que la confitería.
¡Come, niña sucia, come!
¡Ojalá pudiese comer chocolatinas con la misma verdad con que las comes!
Mas yo pienso, y al quitarles el papel de plata, que es de hoja de estaño,
lo tiro todo al suelo, como tiré la vida.)

Pero de la amargura de lo que nunca seré queda al menos
la rápida caligrafía de estos versos,
pórtico hendido hacia lo Imposible.
Pero al menos consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble al menos por el gesto de largueza con que arrojo
la ropa sucia que soy al discurrir de las cosas
[mas no tomo nota]
y me quedo en casa sin camisa.
(Tú que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
seas diosa griega concebida cual estatua viva
o patricia romana de imposible nobleza y nefasta
o princesa de trovadores muy gentil y abigarrada
o marquesa del siglo dieciocho escotada y distante
o cocotte célebre del tiempo de nuestros padres
o qué sé yo qué moderno -no concibo bien qué-,
todo eso, sea lo que sea que seas, si puede inspirar, que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como los que invocan espíritus invocan espíritus, me invoco
a mí mismo, y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo los entes vivos vestidos que se entrecruzan,
veo los perros, que también existen,
y todo eso me pesa como una condena al destierro,
y todo eso es ajeno, como todo.)
Viví, estudié, amé y hasta creí,
y hoy no hay mendigo al que no envidie sólo porque él no es yo.
A cada uno miro los andrajos y las llagas y la mentira
y pienso: tal vez nunca hayas vivido ni estudiado ni amado ni creído
(porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
tal vez hayas existido sólo como la lagartija a la que cortan la cola
y es cola removiéndose más acá de la lagartija.
Hice de mí lo que no supe
y lo que pude hacer de mí no lo hice. Vestí un dominó equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era, y no lo desmentí, y me perdí
Cuando me quise quitar la máscara la tenía pegada a la cara.
Cuando. me la quité y me vi al espejo ya había envejecido.
Borracho, no sabía ya vestir el dominó que no me había quitado.
Arrojé la máscara y dormí en el guardarropa como un perro al que tolera la gerencia por ser inofensivo.

Y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
quién pudiera encontrarte cual cosa hecha por mí
en vez de quedarme siempre frente al Estanco de enfrente
pisoteando la conciencia de estar existiendo
cual alfombra en que un borracho tropieza
o felpudo que robaron los gitanos y no valía nada.

Mas el Dueño del Estanco asoma a la puerta y permanece en la puerta.
Lo miro con la incomodidad de tener mal colocada la cabeza
y con la incomodidad del alma que está malentendiendo.
Él morirá y yo moriré.
Él dejará el letrero y yo dejaré versos.
Un día también morirá el letrero, y los versos también.
Tras ese día morirá la calle donde estuvo el letrero
y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta girante donde aconteció todo eso.
En otros satélites de otros sistemas algo así como gente
seguirá haciendo cosas como versos y viviendo bajo cosas como letreros.
Siempre una cosa frente a la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio de lo hondo tan verdadero como el sueño de misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa, o ni una cosa ni otra.
Mas un hombre entra en el Estanco (¿para comprar tabaco?)
y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me semincorporo enérgico, convencido, humano,
para intentar escribir estos versos en que digo lo contrario.

Enciendo un cigarrillo mientras pienso en escribirlos
y en el cigarrillo saboreo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia
y gozo, en ese momento sensitivo y adecuado,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de hallarse uno indispuesto.
Después me reclino en la silla
y continúo fumando.
Mientras el Destino me lo conceda, continuaré fumando

(Si me casara con la hija de mi lavandera
tal vez fuera feliz. )
Visto lo cual me levanto de la silla. Me acerco a la ventana.

El hombre ha salido del Estanco (¿guarda el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, lo conozco: es Esteves sin metafísica.
(El dueño del Estanco se ha asomado a la puerta.)
Como por instinto divino Esteves se vuelve y me ve.
Gesticula un adiós, le grito ¡Hola, Esteves! , y el universo
se me reconstruye sin ideal ni esperanza, y el Dueño del Estanco sonríe.


[AL VOLANTE DEL CHEVROLET POR LA CARRETERA DE SINTRA]

Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra,
al luar y al sueño por la carretera desierta,
conduzco a solas, conduzco casi despacio, y un poco
me parece, o me esfuerzo porque un poco me parezca,
que sigo por otra carretera, por otro sueño, por otro mundo,
que sigo sin que haya Lisboa atrás dejada o Sintra a la que llegar,
que sigo, ¿y que más puede haber en seguir sino no parar, proseguir?

Voy a pasar la noche en Sintra por no poder pasarla en Lisboa,
mas cuando llegue a Sintra me apenará no haberme quedado en Lisboa.
Siempre esta inquietud sin propósito, sin nexo, sin consecuencia,
siempre, siempre, siempre
esta desmedida angustia del espíritu por nada
en la carretera de Sintra o en la carretera del sueño o en la carretera de la vida...

Maleable a mis movimientos subconscientes del volante
galopa por debajo de mí conmigo el automóvil prestado.
Sonrío del símbolo al pensarlo, y al girar a la derecha.
¡Con cuántas cosas prestadas voy yendo por el mundo!
¡Cuántas cosas que me prestaron conduzco como mías!

A la izquierda la casucha -sí, casucha- al borde del camino.
A la derecha el campo abierto, con la luna a lo lejos.
El automóvil, que hasta hace poco parecía darme libertad,
es ahora una cosa en donde estoy encerrado,
que sólo puedo conducir si en ella estoy encerrado,
que sólo domino si me incluyo en ella y ella me incluye a mí.

A la izquierda, ya atrás, la casucha modesta, menos que modesta.
Allí la vida debe ser feliz, sólo porque no es la mía.
Si alguien me vio por la ventana soñará: ese sí que es feliz.
Para el niño que atisbaba detrás de los cristales de la ventana de arriba
tal vez yo haya quedado (con el automóvil prestado) como un sueño, como un hada real.
Para la muchacha que al oír el motor miró por la ventana de la cocina,
desde el piso de abajo,
tal vez yo fuese algo así como el príncipe que hay en todo corazón de muchacha,
y de reojo pegada al cristal me siguiese hasta la curva en que me perdí.

¿Dejo los sueños a mi espalda, o será el automóvil el que los deja?
¿Yo, conductor del automóvil, o el automóvil prestado que conduzco?

En la carretera de Sintra al luar, en la tristeza ante los campos y la noche,
mientras conduzco el Chevrolet prestado desconsoladamente
me pierdo en la carretera futura, me sumo en la distancia que alcanzo,
y en un deseo terrible, súbito, violento, inconcebible,
acelero...
Pero mi corazón quedó en el montón de piedras del que me desvié al verlo sin verlo,
junto a la puerta de la casucha,
mi corazón vacío,
mi corazón insatisfecho,
mi corazón más humano que yo, más exacto que la vida.

En la carretera de Sintra al filo de la medianoche, al luar, al volante,
en la carretera de Sintra, qué cansancio de la propia imaginación,
en la carretera de Sintra, cada vez más cerca de Sintra,
en la carretera de Sintra, cada vez menos cerca de mí...


LISBON REVISITED (1926)

Nada me ata a nada.
Quiero cincuenta cosas al tiempo.
Con angustia del que tiene hambre de carne anhelo
no sé bien qué:
definidamente lo indefinido...
Duermo inquieto, y vivo en el soñar inquieto
de quien duerme inquieto, a medias soñando.

Me cerraron todas las puertas abstractas y necesarias.
Corrieron cortinas ante todas las hipótesis que podría ver en la calle.
En el callejón que yo encontré no hay el número de puerta que me dieron.

Desperté a la misma vida que me había adormecido.
Hasta mis ejércitos soñados sufrieron derrota.
Hasta mis sueños se sintieron falsos al ser soñados.
Hasta la vida tan sólo deseada me harta -hasta esa vida...

Comprendo a intervalos inconexos;
escribo en los lapsos de cansancio;
y es tedio hasta del tedio lo que me arroja a la playa.
No sé qué destino o futuro compete a mi angustia sin timón;
no sé que islas del Sur imposible me aguardan, náufrago;
o qué palmares de literatura me darán un verso al menos.

No, no sé esto, ni otra cosa, ni cosa alguna...
Y en el fondo de mi espíritu, donde sueño lo que soñé,
En los campos últimos del alma, donde memoro sin causa
(y el pasado es una niebla natural de lágrimas falsas),
en los caminos y atajos de las florestas lejanas
donde supuse mi ser,
huyen desmantelados, últimos restos
de la ilusión final,
mis ejércitos soñados, derrotados sin haber sido,
mis cohortes por existir, despedazadas en Dios.

Otra vez vuelvo a verte,
ciudad de mi infancia pavorosamente perdida...
Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí...
¿Yo? Pero, ¿soy yo el mismo que aquí viví, y aquí volví,
y aquí volví a volver y volver,
y aquí de nuevo he vuelto a volver?
¿O todos los Yo que aquí estuve o estuvieron somos
una serie de cuentas-entes ensartadas en un hilo-memoria,
una serie de sueños de mí por alguien que está fuera de mí?

Otra vez vuelvo a verte
con el corazón más lejano, el alma menos mía.

Otra vez vuelvo a verte -Lisboa y Tajo y todo-
transeúnte inútil de ti y de mí,
extranjero aquí como en todas partes,
tan casual en la vida como en el alma,
fantasma errante por salones de recuerdos
con ruidos de ratas y de maderas que crujen
en el castillo maldito de tener que vivir...

Otra vez vuelvo a verte
sombra que pasa a través de sombras y brilla
un momento a una luz fúnebre desconocida
y entra en la noche cual estela de barco al perderse
en el agua que dejamos de oír...

Otra vez vuelvo a verte,
mas, ¡ay, a mí no vuelvo a verme!
Se rompió el espejo mágico en el que volvía a verme idéntico,
Y en cada fragmento fatídico veo sólo un pedazo de mí,
¡un pedazo de ti y de mí!...


[NUNCA, POR MÁS QUE VIAJE, POR MÁS QUE CONOZCA]

Nunca, por más que viaje, por más que conozca,
al salir de un lugar, al llegar a un lugar, conocido o desconocido,
pierdo, al partir, al llegar, y en la línea móvil que los une,
la sensación de escalofrío, el miedo a lo nuevo, la náusea
-esa náusea que es el sentimiento cuando sabe que el cuerpo tiene el alma.
Treinta días de viaje, tres días de viaje, tres horas de viaje
-siempre la opresión se infiltra en el fondo de mi corazón.


[TODAS LAS CARTAS DE AMOR SON]

Todas las cartas de amor son
Ridículas.
No serían cartas de amor
si no fuesen ridículas.
También en mi tiempo yo escribí cartas de amor,
como las demás,
ridículas.

Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.

Pero, al fin,
sólo las criaturas que nunca escribieron
cartas de amor
son las que son
Ridículas.

Ojalá volviera al tiempo en que escribía
sin darme cuenta
cartas de amor
ridículas.

La verdad es que hoy
son mis recuerdos
de esas cartas de amor
los que son
ridículos.

(Todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente
ridículas.)


[EMPIEZO A CONOCERME. NO EXISTO]

Empiezo a conocerme. No existo.
Soy el intervalo entre lo que deseo ser y los demás me hicieron,
o la mitad de ese intervalo, porque además hay vida...
Soy esto, en fin...
Apaga la luz, cierra la puerta y deja de hacer ruido de zapatillas en el pasillo.
Quede sólo yo en el cuarto con el gran sosiego de mí mismo.
Es un universo barato.


[AL FIN, LA MEJOR MANERA DE VIAJAR ES SENTIR]

Al, fin la mejor manera de viajar es sentir.
Sentirlo todo de todas las maneras.
Sentirlo todo excesivamente,
porque todas las cosas son, en verdad, excesivas,
y toda la realidad es un exceso, una violencia,
una alucinación extraordinariamente nítida
que vivimos todos en común con la furia de las almas,
el centro al que tienden las extrañezas fuerzas centrífugas
que son las psiques humanas en su armonía de sentidos.

Cuanto más sienta, cuanto más sienta como varias personas,
cuanto más personalidades tenga,
cuanto más intensamente, estridentemente, las tenga,
cuanto más simultáneamente sienta con todas ellas,
cuanto más unificadamente diverso, dispersamente atento,
esté, sienta, viva, sea,
más poseeré la existencia total del universo,
más completo seré a lo largo del espacio entero.
más análogo seré a Dios, sea Dios quien sea,
porque sea Dios quien sea,
porque sea quien sea ciertamente lo es Todo
y fuera de Él sólo hay Él, y Todo para Él es poco.

Cada alma es una escalera hacia Dios,
cada alma es un pasillo-Universo hacia Dios,
cada alma es un río discurriendo a orillas de lo Externo
hacia Dios y en Dios como un susurro sombrío.

¡Sursum corda! ¡Elevad las almas! Toda la Materia es Espíritu,

porque Materia y Espíritu son tan sólo unos nombres confusos
dados a la gran sombra que empapa lo Exterior en sueño
y funde la Noche y Misterio al Universo Excesivo.
¡Sursum corda! Despierto en la noche, el silencio es grande.
Las cosas, con los brazos cruzados sobre el pecho, se fijan,
noblemente tristes, en mis ojos abiertos
que las ven cual vagos bultos nocturnos en la noche negra.
Todo el Mundo con su forma visible de costumbre
Yace en el fondo de un pozo y hace un ruido confuso.

Lo escucho, y en mi corazón un gran asombro solloza.

¡Sursum corda! ¡Oh Tierra, jardín colgante, cuna
que mece al Alma dispersa de la humanidad sucesiva!
¡Madre verde y florida, cada año reciente,
cada año vernal, estival, otoñal, hiermal,
cada año celebrante a manos llenas de las fiestas de Adonis

con un rito anterior todas las significaciones,
en un gran culto tumultuoso por montañas y valles!
¡Gran corazón latiendo en el desnudo pecho de los volcanes,
gran voz despertando en las cataratas y en los mares,
gran bacante ebria del Movimiento y el Cambio,
encelada de vegetar y florecer rompiendo
tu propio cuerpo de tierra y roca, tu cuerpo sometido
a tu propia voluntad trastornadora y eterna!
¡Madre cariciosa y unánime de vientos, mares, prados,
vertiginosa madre de los vendavales y ciclones,
madre caprichosa que hace germinar y hace agostar,
que perturba hasta las estaciones y confunde
en un beso inmaterial los soles y las lluvias y los vientos!

¡Sursum corda! Me fijo en ti, y todo yo soy un himno.
Todo en mí, como un satélite de tu dinámica íntima,
gira serpenteando y permanece cual anillo
nebuloso de sensaciones reminiscentes y vagas
en torno a tu cara interna, túrgida e hirviente.
¡Ocupa con toda tu fuerza y todo tu caluroso poder
mi corazón a ti abierto!
Como una espada que atravesara mis ser erguido y extático
intersecciona con mi sangre, con mi piel y mis nervios,
tu movimiento continuo, contiguo a ti misma siempre.
Soy un confuso montón de fuerzas plenas de infinito
Que tienden en todas direcciones hacia todos los lados del espacio.
La Vida, esa cosa enorme, es la que todo lo aprisiona y une
y hace que todas las fuerzas enfurecidas dentro de mí
no salgan de mí, no quiebren mi ser, no rompan mi cuerpo,
no me arrojen como una bomba de Espíritu estallando
en sangre y carne y alma espiritualizados entre las estrellas,
más allá de los soles de otros sistemas y de los astros remotos.

Todo lo que hay dentro de mí tiende a volver a ser todo.
Todo lo que hay dentro de mí tiende a vaciarme en el suelo,
en el vasto suelo supremo que no está encima ni debajo
sino bajo las estrellas y los soles, bajo las almas y los cuerpos,
por una oblicua aptitud de nuestros sentidos intelectuales.

Soy una llama que asciende, mas asciendo hacia abajo y hacia arriba,
asciendo hacia todos los lados al tiempo soy un globo
de llamas explosivas buscando a Dios y quemando
la costra de mis sentidos, el muro de mi lógica,
mi inteligencia limitadora y helada.

Soy una gran máquina movida por grandes correas
De las que sólo veo la parte engranada a mis cilindros;
El resto va más allá de los astros, pasa más allá de los soles
Y parece que nunca ha de llegar al cilindro del que arranca...

Mi cuerpo es centro de un volante estupendo e infinito
siempre vertiginosamente en marcha en torno a sí,
cruzándose en todas direcciones con otros volantes
que se interpenetran y se mezclan, porque eso no es en el espacio
sino en un no sé dónde espacial de otra manera-Dios.

Dentro de mí están aprisionados y atados al suelo
todos los movimientos que componen el universo,
la furia minuciosa de los átomos,
la furia de todas las llamas, el rabiar de todos los vientos,
la espuma furiosa de todos los ríos que se despeñan,

la lluvia de piedras lanzadas desde catapultas
por enormes ejércitos de enanos escondidos en el cielo.

Soy un formidable dinamismo obligado al equilibrio
De estar dentro de mi cuerpo, de no desbordar mi alma.
¡Ruge, estalla, vence, destroza, retumba, agita,
brama, tiembla, espumea, aventa, viola, estalla,
piérdete, trasciéndete, circúndate, vívete, rompe y huye,
sé con todo mi cuerpo todo el universo y la vida,
quema con todo mi ser todas las lumbres y luces,
traza con toda mi alma todos los relámpagos y fuegos,
sobrevíveme en mi vida en todas las direcciones!


[Si yo muriera joven]

Si yo muriera joven,
sin poder publicar libro alguno,
sin ver la cara que tienen mis versos en letra impresa,
pido que, si se quisiesen molestar por mi causa,
no se molesten.
Si así ocurrió, así es verdad.

Aunque mis versos nunca sean impresos
tendrán su propia belleza, si fueran bellos.
Pero no pueden ser bellos y quedar por imprimir,
porque las raíces pueden estar bajo la tierra
pero las flores florecen al aire libre y a la vista.
Tiene que ser así por fuerza. Nada puede impedirlo.

Si yo muriera muy joven, oigan esto:
nunca fui sino una criatura que jugaba.
Fui gentil como el sol y el agua,
de una religión universal que sólo los hombres no conocen.
Fui feliz porque no pedí ninguna cosa,
ni procuré hallar nada,
ni hallé que hubiese más explicación
que la de que la palabra explicación no tiene ningún sentido.

No deseé sino estar al sol o a la lluvia,
al sol cuando había sol
y a la lluvia cuando estaba lloviendo
(y nunca la otra cosa).
Sentir calor y frío y viento,
y no ir más lejos.

Una vez amé, pensé que me amarían,
pero no fui amado.
Pero no fui amado por la única gran razón:
porque no tenía que ser.
Me consolé volviendo al sol y a la lluvia,
y sentándome otra vez en la puerta de casa.
Los campos, al fin, no son tan verdes para los que son amados
como para los que no lo son.
Sentir es estar distraído.



Álvaro de Campos
Alberto Caeiro Ricardo Reis

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