El amor y la muerte
Por Marco Tulio Aguilera Garramuño

 

Capítulo I


Esplenda, Edith Viscontini y el doctor:

Jamás, jamás, concebí la idea de que otro macho pudiera meterse entre mis piernas y humillarme como él lo había hecho. Lo amé al principio con amor arrebatado, con admiración ciega, disfruté de sus conciertos que me ponían al borde del colapso, bebí de su cuerpo, lo contemplé como a un icono, cociné para él, olvidé por completo mis aspiraciones, disfrutamos un par de años de la plenitud, y él a su vez, se arrodilló ante mí y en un acto de suprema entrega me llevó ante un notario y puso a mi nombre todas sus innumerables propiedades, que eran los mejores predios de Barranquilla. No quiero nada, dijo, soy tu esclavo, amada, luz de mis ojos, a tu lado me siento inútil y no pienso en otra cosa que no sea idolatrarte.. Y así fue: a partir de nuestra luna de miel, que fue una verdadera batalla de amor, Magno Prampolini comenzó a languidecer, ya ni siquiera tocaba el piano sino que se dedicó a llevar una vida de millonario, de dandy, fumaba enardecidamente, me escribía poemas, que he de decir, hallé supremamente cursis, no hay nada peor que un pianista metido a poeta, su pecho se fue consumiendo, y lo que antes fuera un atleta y un Adonis, al paso de los años quedó convertido en un hombrecillo de cabello cenizo, pecho hundido y andar tambaleante. Yo que había hecho de mi amor una disciplina espartana, yo que no concebía sino la posibilidad de un único amor en el término de una vida, comencé a sentir que la pasión cedía y era ocupada por una indiferencia bárbara, que nos mantuvo ignorantes el uno de otro durante casi diez años, hasta que supe que era inútil seguir fingiendo, hice mis maletas y sin decir adiós, escapé a Cali, donde me refugié en casa de mi hermana Selene.

Voy a contar un secreto que a nadie había revelado hasta ahora. No es cierto que sólo haya amado a Magno Prampolini. Él fue una opción de mi vida, a la cual me así desesperadamente, sabiendo que el huevo de serpiente me impediría ligarme sentimentalmente a otro hombre. Adoré a otros dos seres humanos, a dos dioses en carnadura humana: a mi tío Ricardo, el padre de ustedes, y a otro, el más insospechado, que llegó justo unos meses antes de que se me declarara la enfermedad terminal. Ricardo Rivera el viejo, que no tuvo hijos de su primer matrimonio (un matrimonio desastroso con la hermana del alcalde de Bogotá, una vieja ridícula con corsé y botines) me adoptó como su preferida y mientras odiaba con cinismo despiadado a Pepita, su legítima, ceremoniosa y ridícula, el arquetipo más perfecto de la bogotana de alta sociedad de los cuarentas (se casaron en 1942), a mí me llevó a pasear por Europa, me vistió como a la primogénita de Rockefeller y me hizo depositaria del más bello sueño de amor que atesoro: mi tío me prometió que se iba a divorciar de Pepita y que se casaría conmigo e iríamos a vivir a París. Eso sucedía durante los lapsos de mis vacaciones cuando yo salía del claustro al que me había enviado mi proterva madrastra. Cómo no amar a ese heraldo de la libertad, a ese hombre absolutamente divino, ante el cual se inclinaba el mundo entero. El era Dios para los demás. Yo era Dios para él. Pero llegó Edith de Argentina y el sueño se acabó.

El cáncer ha perseguido a nuestra familia como una maldición, como un castigo a nuestra soberbia y ateísmo. Murió de cáncer mi tío Ricardo, su esposa Edith, yo moriré de cáncer.

Súbitamente a mi tío se le declaró un cáncer en el estómago. Tuvo que viajar a Estados Unidos, a Rochester, creo, donde había hecho sus estudios, y allí lo operaron. Le extirparon la mitad del estómago y no sé cuantos otros órganos. Pepita, que era su esposa por entonces, quiso acompañarlo y él la mandó al diablo. Si voy a morir, quiero morir tranquilo, no con lloriqueos de mujer grotesca, con rosarios de camanduleras y coros de maricas. Al demonio, dijo, me voy solo a que me corten las tripas y si regreso vivo a Bogotá no quiero volver a verte en toda mi vida. ¿Por qué odiaba Ricardo a su esposa, a su primera esposa a tal extremo? No es difícil saberlo, conociendo su carácter, ajeno a todo sentimentalismo y a toda religión. Pepita no pudo darle lo que Ricardo el viejo quería: hijos, muchos hijos, que perpetuaran su nombre y su soberbia. Pepita era una dama de sociedad, una hembra prógnata, fea, de ademanes aristocráticos y debía ser una verdadera imbécil en la cama. Y eso no lo podría perdonar, nunca, un Rivera. Todos, todos fueron, son y seguirán siendo unos sementales, unas verdaderas bestias que arrasaron con cuanta hembra se les antojó y si no tenían el alivio natural en sus hogares, tendían la mano y agarraban a cualquiera que estuviera cerca.

Ricardo, mi tío amado, que tenía más dinero, más rentas, más propiedades de las que pueda uno imaginar, se pertrechó de dinero y viajó a Rochester, donde se puso en manos de los mejores cirujanos, pagó hospitales y clínicas de lujo y varios meses más tarde (eso sería más o menos a mediados de 1946) regresó a la vida.

A fines del 46 estuvo en Bogotá y le dijo a su esposa, supongo que intentando remendar su matrimonio bogotano: Empaca que nos vamos a vacacionar a Chile. La mujer, que vio la posibilidad de recuperar a su esposo, empacó sumisa y emprendieron el viaje rumbo a Punta del Este. Los acompañó el valet de chambre del doctor, un hombre que lo había seguido a todas partes. En Punta del Este señor y dama se tendieron al sol, formando sin duda una pareja bizarra. Ella emperifollada con esos absurdos cintajos, olanes y colgandijos con que las mujeres de entonces se atrevían a desafiar las miradas de los indiscretos en las playas; él con su extensa flacura de dos metros, con una rajadura en el vientre de casi quince centímetros y veinte kilos menos de su peso normal y su pelo engominado ceñido al cráneo. Supongo que portaban una enorme parasol y eran seguidos por un séquito de sirvientes, entre los que descollaba el valet de chambre, vestido como si estuviera asistiendo al Rey Sol. Este valet de chambre, cuyo nombre nadie recuerda, era el confidente del doctor, hombre de una fidelidad absoluta, que en el instante en que el doctor iba a montarse en su caballo Fierabás, se ponía en cuatro patas, para servirle de escalón.

Supongo que recuerdas a Fierabrás, querido Ricardo II, pues conservas bajo el ojo izquierdo la huella de su casco, el día en que estuviste a punto de morir y yo te llevé de emergencia a Bogotá en el Cadillac, cuando apenas estaba aprendiendo a manejar.

Imagina esta escena. Pepita y el doctor tendidos en la arena de una playa de Valparaíso, rodeados por el séquito de sus sirvientes, con el aparato completo de sombrillas, mesas, tienda de campaña, mosquitero. En ese momento pasa la niña Edith, que se le ha escapado a su conde ruso, el homosexual que la enamoró con su elegancia de novela francesa y ve aquella escena: esa dama de la corte bufonesca de Bogotá con sus aires de Isabel de Inglaterra, ese larguísimo y cadavérico señor muy bien peinado, que la mira con desvergüenza de propietario del ganado. La niña Edith lanza una carcajada, le hace un puchero al doctor y se aleja. Esa misma noche el destino pone frente a frente al doctor y a Edith, en un casino de esplendor monegesco. Edith está derrochando dinero en la ruleta. Muchísimo dinero que le pone en sus manos el diplomático marica a cambio de que ella luzca su gracia en las recepciones internacionales. Edith duda en poner su montaña caprichosa de fichas entre el negro y el rojo. El doctor Ricardo, con esa osadía tan característica de los Rivera y con esa idea de que todo lo sabe, todo lo controla y todo lo domina, pone una de sus grandes manos sobre la mano delicadísima de la niña y le dice al oído en francés perfecto: ne bouge pas. La suerte favorece al doctor, la niña duplica su dinero y sonríe abiertamente. Le responde con doble osadía: Allons boire un verre de vin, coloca su mano enguantada en el brazo de ese hombre que rebasa su estatura en casi 25 centímetros, mientras el conde los mira alejarse. De ahí a una suite del mejor hotel de Punta del Este no habría sino un paso, que Edith, a sus diecisiete años, habrá dado con absoluta confianza de lectora de novelas que cree en el amor a primera vista como dogma de fe.

Pero volvamos atrás o más bien adelante: cuando terminé el bachillerato en el cláustro, me marché para Bogotá convencida que me quedaría en casa de la Chola, pero ella me rechazó argumentando que ello me acarrearía serias dificultades con la familia y me convenció que estar separadas sería lo mejor. Como cualquier animal hembra Edith olía que mi tío me amaba de una forma ambigua y no estaba dispuesta a permitir competencia. Ahora pienso que hacía planes y que yo era un estorbo para ellos. Lógicamente tenía razón. La visitaba con inusitada frecuencia, pero cualquier día llegué a la casa, la encontré vacía y con un letrero que decía se vende. El mundo se me transformó en un desierto en el que no se veía ni un solo arbolito. Vagué llorosa bajo la lluvia fría y torrencial por muchas calles sin entender lo que yo consideraba una traición, pero al poco tiempo pasé por un anticuario y vi que estaban vendiendo muchos objetos que eran familiares, entré, encontré los muebles, vajillas, pinturas, bacinicas de plata, cosas que conocía de sobra. Entonces indagué su procedencia, obtuve la dirección de la Chola y fui a buscarla. Los sirvientes decían que la señora ya no estaba. El Cadillac había sido vendido, como todo, absolutamente todo lo que les perteneció.

Cuando pude ver a Edith descubrí que era otra. Me dijo que había decidido marcharse para Estados Unidos a buscar otros horizontes para sus hijos, que tenía novio, y que ahora era mujer de negocios, por lo que Bogotá le quedaba chica. La justifiqué pero no la entendí. Entonces nos alejamos para siempre y no volví a verla más de cinco o seis veces en más de treinta años. En alguna de esas oportunidades le encaré los hechos y me respondió: A los 32 años, siete hijos a cuestas, sola en un país que jamás me acogió y con un mundo por descubrir, por qué habría yo tenido que quedarme en Bogotá. Además treinta años de diferencia en una pareja, es un abismo insondable y por mucho amor que se tenga, alguno de los dos termina siendo una víctima. ¿Cual de los dos pensás vos que fue la víctima? Es obvio, le respondí. Jamás volvimos a tocar el tema y la comprendí. Le quedó dinero, mucho dinero, pero cómo podría saberlo administrar una mujer colmada y protegida que de la noche a la mañana se convirtió en mujer de negocios, pero de negocios sin piso. Educó a sus hijos lejos de este país y poco a poco fue regresándolos para que estudiaran en la universidad en donde mi padre era un intocable. Vinieron a Cali todos, menos el mayor, César, que ha permanecido en los Estados Unidos. A todos se les acogió porque sabíamos quienes eran, pero para ellos siempre fuimos unos extraños, gentecilla del montón, como si no fuéramos Rivera también, como si sólo ellos alcanzaran a acrisolar el tesoro que es un buen apellido. El tiempo y la distancia nos separó. Pienso que nos ha unido el recuerdo y la nostalgia de lo que pudo haber sido y no fue. Fuera del apellido y los genes no teníamos nada en común, hemos vivido mundo paralelos que ya no convergieron. La última vez que vi a Edith conversamos largamente sobre Nicaragua. Recuerdo una frase que pronunció de manera lapidaria: "A pesar de mis esfuerzos mi destino ha sido la cúpula" y al decirlo reía, reía, con esa risa tan suya, gutural y queda. Conservó hasta el final el suave y dulce acento del sur. No quiso verme antes de morir y lo entiendo, porque sé que yo representaba esa tradición que ella quiso borrar de plano cuando abandonó Colombia con sus hijos para que cada uno partiendo de cero escribiera el comienzo de su propia historia. Insólito: asistí a sus funerales. No al de mi tío, sino a los de ella. No hubo llanto sino cantos. Lejos del altiplano frío que nos vio nacer, la enterramos sus hijos y yo, paleando la tierra cálida y aromada de Cali, la ciudad luminosa que nos abrió los brazos a los hijos de Ricardo el mayor y de Esatuardo, el último de los vástagos de una larga casta, que desapareció con ellos para siempre. Sólo uno de los descendientes de los Rivera Camacho se casó con un cundiboyacence. Todos los demás nos casamos con provincianos de otras regiones colombianas y algunos con extranjeros. La sangre de los Rivera Camacho se regó por el mundo y perdió su densidad, su arraigo al suelo. La religión para nosotros fue una mitología lejana, que dejamos para los demás, para los mediocres, que necesitaban de apoyo divino para salir adelante. Las mujeres hijas de los Rivera Camacho fuimos a la universidad y vivimos a plenitud los años sesentas que revolucionaron al mundo, pero hemos sido sin embargo conservadoras en las costumbres sexuales. Hemos educado a nuestros hijos dentro de los parámetros que podríamos llamar tradicionales.

Nos hemos mantenido quizás un tanto racistas, quizás para la conservación del fenotipo, aun cuando sabemos que es muy probable que nuestros nietos sean ya caladitos. Porque al paso que vamos, con que ustedes pongan el tango Cambalache, entenderán el cambio colombiano. A la Chola le tocó vivir el medioevo en Colombia. A nosotras la revolución mundial de los años sesentas, pese a lo cual mi prima y yo, que somos las únicas separadas, no fuimos capaces de volvernos a casar o de convivir con otros hombres después de habernos separado de nuestros maridos. Pobres imbéciles, vivimos una sola vida. La Chola se dio el lujo de vivir siete, ocho, doce vidas, todas intensas, apasionadas y absolutamente verdaderas.

La vida y la muerte

Al despertar los niños, dice Ricardo, que ni siquiera eran obligados a ir al colegio, hallaban grupos de personas durmiendo en las alfombras y los sillones al lado de la chimenea, en la biblioteca o todavía despiertos, jugando cartas, bebiendo, conversando o en cariñosos coloquios. Algunos habían acampado en el jardín interior, otros estaban en la cocina o en los baños. Había ceniceros rebosantes distribuidos por todas partes, botellas y vasos bajo los sillones, murales improvisados en las paredes, ropa dispersa, restos de comida. Las ánforas, la porcelana Imari, las vasijas de cristal cortado traídas de Alemania, las cráteras con sus hermosos dibujos de guerreros en pelota y odaliscas danzantes, se convirtieron en basureros, recipientes de colillas y ceniza o enormes vasos para la bebida comunal. Había quieres al bañarse dejaban que el agua escurriera fuera de las tinas y que invadiera la casa. Luego salían envueltos en toallas, a fingirse togados romanos, hetairas, faunos, ninfas, sátiros.

Cantos en italiano, discusiones sobre la situación del país, literatura, teatro, filosofía, disputas entre enamorados, golpes de tambor y música de guitarras llenaban por completo el ámbito y tiempo de la que antes fuera un templo del deber, la casa del doctor Rivera Barbieri. Recuerdo que una vez, dice Ricardo, todos los niños, incluso Felicia, que tendría dos o tres años, nos emborrachamos, sentados a la mesa del comedor con grabados del Quijote, obligados por César, quien a ritmo de tambor nos decía ¡Felicia! La casa estaba vacía entonces, mamá había salido en el Cadillac con su séquito, para seguir la francachela en Santandercito. Recuerdo, dice Ricardo, que una vez vi pasar a doña Edith abanicando con su falda el aire, subía las escaleras con una especie de sigilo, rozaba con la palma y las yemas de sus dedos la superficie pulida del barandal -un barandal de madera africana por el que nos deslizábamos sentados, dice Íñigo, hasta caer sentados sobre la alfombra del primer piso-, quise llamarla pero en ese momento vi que tras ella venía, a grandes pasos Pedro Pablo, Pierre Paul -sí, agrega Íñigo, el tipo que llegó a casa tras la muerte de papá a fingirse fontanero y que fue la avanzada de aquella invasión de bárbaros-, lucía su atuendo de mecánico de película gringa y portaba una llave inglesa en la mano, subía los escalones de tres en tres, tan deportivo y alegre, tan de la casa. Salí como un fantasma de mi habitación, dice Ricardo, deambulé por los corredores del segundo piso, entré a la biblioteca, retorné al pasillo central. Las luces estaban apagadas y las cortinas opacaban un atarceder bogotano de esos que le daban a uno ganas de echarse a llorar. Al fondo, en la habitación de la esquina, generalmente deshabitada, en el cuarto de ventanales altos y curvos desde donde se podía ver el cerro de Monserrate entre brumas, creí escuchar sonidos desacostumbrados. Avancé agazapado entre sillones -todo era desorden en casa, aquello era un laberinto sin salida-, contuve la respiración, temblaba como una hoguera al viento. ¿Cuántos años tenía entonces? Tal vez ocho o diez. Temía que la puerta se abriera o que alguno de ustedes comenzara a subir las escaleras o que estuviera siendo sometido a espionaje por parte de César, que ya desde entonces comenzaba a exhibir un despotismo insufrible y quería tener el control de una casa que parecía a punto de derrumbarse como la Casa de Usher. El corazón me batía en el pecho y era como un inmenso tambor que anunciaba a todos mi presencia. Llegué cerca de la puerta y me escondí tras un sofá tapizado con seda negra, ese sofá que inexplicablemente tenía como incrustada la forma de un cuerpo. El de mi padre, pensé, que sigue vivo y se oculta en los sótanos y sale por las tardes a rondar la casa. Avancé un poco más, pegado a la pared. Escuché susurros. Susurros nunca antes oídos, como de persona enferma y angustiada, y sin embargo llenos de calidez, de ternura animal, de alegría contenida, movimientos, arrullos como de gato acariciado y feliz, lánguidas voces que pedían mimosamente, que aceptaban, que negaban. Súbitamente una explosión de júbilo y el silencio. Supe que debía huir pero no pude. Se abrió la puerta. Apareció medio cuerpo de mi madre. La mano suya aprisionada por una mano ajena. Estaba sonriendo como pocas veces la había visto sonreír y parecía querer escapar sin quererlo. Recuerdo claramente sus palabras. "Gracias por el remedio para melancólicos", dijo Delfín, "esa fue la frase que usaste en tu novela. Creo que has inventado una cantidad de acontecimientos y que has tergiversado la historia". No tengo disculpa, respondió Ricardo, me he pasado años investigando la vida de doña Edith y ya no sé diferenciar lo que inventé de lo que viví.

En Estados Unidos fuimos turistas de cinco estrellas, en Costa Rica nos llegó la ruina y el deleite de hacernos hombres en un sitio donde las mujeres desvergonzadas eran multitud y la mujeres bellas y altivas tan inalcanzables como putas al revés. En Costa Rica doña Edith se multiplicó (fue profesora de francés, locutora de radio y tuvo mil oficios, conjeturo que todos honestos) y logró educar a sus siete hijos. De todos modos tuvo otro hombre, un ajederecista loco que lloraba todas las noches de amor y al que tardó varios años de expulsar de su lado.


(1) Capítulo I de la novela El amor y la muerte publicada por la editorial Alfaguara. http://www.alfaguara.santillana.es




Suscríbete a Enfocarte.com y recibe las actualizaciones en tu e-mail



| Sumario | Editorial | Plástica | Galería I | Galería II | Estampa I | Estampa II | Estampa III | Estampa IV | Fotografía | Ensayo | Galería Fotográfica | Literatura | Entrevista | Reseña | Novela | Cuento | Especial Pessoa | Poesía I | Poesía II | Artículo | Diálogo | Filosofía I | Filosofía II | Destacado | Cine | Teatro |


| Home | Agenda | Staff | Colaboraciones | Directorio | Contacto | Promoción | Archivo | Buscador | Noticias | Concursos |
| Crea tu sitio |



- Imprime esta página -

 

Copyright © 2000-2002 Enfocarte.com /fvp.
Prohibida la reproducción de cualquier parte de este sitio web sin permiso del editor. Todos los derechos reservados.