Capítulo I
Esplenda, Edith Viscontini y el doctor:
Jamás, jamás, concebí la idea de
que otro macho pudiera meterse entre mis piernas y humillarme
como él lo había hecho. Lo amé al principio
con amor arrebatado, con admiración ciega, disfruté
de sus conciertos que me ponían al borde del colapso,
bebí de su cuerpo, lo contemplé como a un
icono, cociné para él, olvidé por completo
mis aspiraciones, disfrutamos un par de años de la
plenitud, y él a su vez, se arrodilló ante
mí y en un acto de suprema entrega me llevó
ante un notario y puso a mi nombre todas sus innumerables
propiedades, que eran los mejores predios de Barranquilla.
No quiero nada, dijo, soy tu esclavo, amada, luz de mis
ojos, a tu lado me siento inútil y no pienso en otra
cosa que no sea idolatrarte.. Y así fue: a partir
de nuestra luna de miel, que fue una verdadera batalla de
amor, Magno Prampolini comenzó a languidecer, ya
ni siquiera tocaba el piano sino que se dedicó a
llevar una vida de millonario, de dandy, fumaba enardecidamente,
me escribía poemas, que he de decir, hallé
supremamente cursis, no hay nada peor que un pianista metido
a poeta, su pecho se fue consumiendo, y lo que antes fuera
un atleta y un Adonis, al paso de los años quedó
convertido en un hombrecillo de cabello cenizo, pecho hundido
y andar tambaleante. Yo que había hecho de mi amor
una disciplina espartana, yo que no concebía sino
la posibilidad de un único amor en el término
de una vida, comencé a sentir que la pasión
cedía y era ocupada por una indiferencia bárbara,
que nos mantuvo ignorantes el uno de otro durante casi diez
años, hasta que supe que era inútil seguir
fingiendo, hice mis maletas y sin decir adiós, escapé
a Cali, donde me refugié en casa de mi hermana Selene.
Voy a contar un secreto que a nadie había revelado
hasta ahora. No es cierto que sólo haya amado a Magno
Prampolini. Él fue una opción de mi vida,
a la cual me así desesperadamente, sabiendo que el
huevo de serpiente me impediría ligarme sentimentalmente
a otro hombre. Adoré a otros dos seres humanos, a
dos dioses en carnadura humana: a mi tío Ricardo,
el padre de ustedes, y a otro, el más insospechado,
que llegó justo unos meses antes de que se me declarara
la enfermedad terminal. Ricardo Rivera el viejo, que no
tuvo hijos de su primer matrimonio (un matrimonio desastroso
con la hermana del alcalde de Bogotá, una vieja ridícula
con corsé y botines) me adoptó como su preferida
y mientras odiaba con cinismo despiadado a Pepita, su legítima,
ceremoniosa y ridícula, el arquetipo más perfecto
de la bogotana de alta sociedad de los cuarentas (se casaron
en 1942), a mí me llevó a pasear por Europa,
me vistió como a la primogénita de Rockefeller
y me hizo depositaria del más bello sueño
de amor que atesoro: mi tío me prometió que
se iba a divorciar de Pepita y que se casaría conmigo
e iríamos a vivir a París. Eso sucedía
durante los lapsos de mis vacaciones cuando yo salía
del claustro al que me había enviado mi proterva
madrastra. Cómo no amar a ese heraldo de la libertad,
a ese hombre absolutamente divino, ante el cual se inclinaba
el mundo entero. El era Dios para los demás. Yo era
Dios para él. Pero llegó Edith de Argentina
y el sueño se acabó.
El cáncer ha perseguido a nuestra familia como
una maldición, como un castigo a nuestra soberbia
y ateísmo. Murió de cáncer mi tío
Ricardo, su esposa Edith, yo moriré de cáncer.
Súbitamente a mi tío se le declaró
un cáncer en el estómago. Tuvo que viajar
a Estados Unidos, a Rochester, creo, donde había
hecho sus estudios, y allí lo operaron. Le extirparon
la mitad del estómago y no sé cuantos otros
órganos. Pepita, que era su esposa por entonces,
quiso acompañarlo y él la mandó al
diablo. Si voy a morir, quiero morir tranquilo, no con lloriqueos
de mujer grotesca, con rosarios de camanduleras y coros
de maricas. Al demonio, dijo, me voy solo a que me corten
las tripas y si regreso vivo a Bogotá no quiero volver
a verte en toda mi vida. ¿Por qué odiaba Ricardo
a su esposa, a su primera esposa a tal extremo? No es difícil
saberlo, conociendo su carácter, ajeno a todo sentimentalismo
y a toda religión. Pepita no pudo darle lo que Ricardo
el viejo quería: hijos, muchos hijos, que perpetuaran
su nombre y su soberbia. Pepita era una dama de sociedad,
una hembra prógnata, fea, de ademanes aristocráticos
y debía ser una verdadera imbécil en la cama.
Y eso no lo podría perdonar, nunca, un Rivera. Todos,
todos fueron, son y seguirán siendo unos sementales,
unas verdaderas bestias que arrasaron con cuanta hembra
se les antojó y si no tenían el alivio natural
en sus hogares, tendían la mano y agarraban a cualquiera
que estuviera cerca.
Ricardo, mi tío amado, que tenía más
dinero, más rentas, más propiedades de las
que pueda uno imaginar, se pertrechó de dinero y
viajó a Rochester, donde se puso en manos de los
mejores cirujanos, pagó hospitales y clínicas
de lujo y varios meses más tarde (eso sería
más o menos a mediados de 1946) regresó a
la vida.
A fines del 46 estuvo en Bogotá y le dijo a su
esposa, supongo que intentando remendar su matrimonio bogotano:
Empaca que nos vamos a vacacionar a Chile. La mujer, que
vio la posibilidad de recuperar a su esposo, empacó
sumisa y emprendieron el viaje rumbo a Punta del Este. Los
acompañó el valet de chambre del doctor, un
hombre que lo había seguido a todas partes. En Punta
del Este señor y dama se tendieron al sol, formando
sin duda una pareja bizarra. Ella emperifollada con esos
absurdos cintajos, olanes y colgandijos con que las mujeres
de entonces se atrevían a desafiar las miradas de
los indiscretos en las playas; él con su extensa
flacura de dos metros, con una rajadura en el vientre de
casi quince centímetros y veinte kilos menos de su
peso normal y su pelo engominado ceñido al cráneo.
Supongo que portaban una enorme parasol y eran seguidos
por un séquito de sirvientes, entre los que descollaba
el valet de chambre, vestido como si estuviera asistiendo
al Rey Sol. Este valet de chambre, cuyo nombre nadie recuerda,
era el confidente del doctor, hombre de una fidelidad absoluta,
que en el instante en que el doctor iba a montarse en su
caballo Fierabás, se ponía en cuatro patas,
para servirle de escalón.
Supongo que recuerdas a Fierabrás, querido Ricardo
II, pues conservas bajo el ojo izquierdo la huella de su
casco, el día en que estuviste a punto de morir y
yo te llevé de emergencia a Bogotá en el Cadillac,
cuando apenas estaba aprendiendo a manejar.
Imagina esta escena. Pepita y el doctor tendidos en la
arena de una playa de Valparaíso, rodeados por el
séquito de sus sirvientes, con el aparato completo
de sombrillas, mesas, tienda de campaña, mosquitero.
En ese momento pasa la niña Edith, que se le ha escapado
a su conde ruso, el homosexual que la enamoró con
su elegancia de novela francesa y ve aquella escena: esa
dama de la corte bufonesca de Bogotá con sus aires
de Isabel de Inglaterra, ese larguísimo y cadavérico
señor muy bien peinado, que la mira con desvergüenza
de propietario del ganado. La niña Edith lanza una
carcajada, le hace un puchero al doctor y se aleja. Esa
misma noche el destino pone frente a frente al doctor y
a Edith, en un casino de esplendor monegesco. Edith está
derrochando dinero en la ruleta. Muchísimo dinero
que le pone en sus manos el diplomático marica a
cambio de que ella luzca su gracia en las recepciones internacionales.
Edith duda en poner su montaña caprichosa de fichas
entre el negro y el rojo. El doctor Ricardo, con esa osadía
tan característica de los Rivera y con esa idea de
que todo lo sabe, todo lo controla y todo lo domina, pone
una de sus grandes manos sobre la mano delicadísima
de la niña y le dice al oído en francés
perfecto: ne bouge pas. La suerte favorece al doctor, la
niña duplica su dinero y sonríe abiertamente.
Le responde con doble osadía: Allons boire un verre
de vin, coloca su mano enguantada en el brazo de ese hombre
que rebasa su estatura en casi 25 centímetros, mientras
el conde los mira alejarse. De ahí a una suite del
mejor hotel de Punta del Este no habría sino un paso,
que Edith, a sus diecisiete años, habrá dado
con absoluta confianza de lectora de novelas que cree en
el amor a primera vista como dogma de fe.
Pero volvamos atrás o más bien adelante:
cuando terminé el bachillerato en el cláustro,
me marché para Bogotá convencida que me quedaría
en casa de la Chola, pero ella me rechazó argumentando
que ello me acarrearía serias dificultades con la
familia y me convenció que estar separadas sería
lo mejor. Como cualquier animal hembra Edith olía
que mi tío me amaba de una forma ambigua y no estaba
dispuesta a permitir competencia. Ahora pienso que hacía
planes y que yo era un estorbo para ellos. Lógicamente
tenía razón. La visitaba con inusitada frecuencia,
pero cualquier día llegué a la casa, la encontré
vacía y con un letrero que decía se vende.
El mundo se me transformó en un desierto en el que
no se veía ni un solo arbolito. Vagué llorosa
bajo la lluvia fría y torrencial por muchas calles
sin entender lo que yo consideraba una traición,
pero al poco tiempo pasé por un anticuario y vi que
estaban vendiendo muchos objetos que eran familiares, entré,
encontré los muebles, vajillas, pinturas, bacinicas
de plata, cosas que conocía de sobra. Entonces indagué
su procedencia, obtuve la dirección de la Chola y
fui a buscarla. Los sirvientes decían que la señora
ya no estaba. El Cadillac había sido vendido, como
todo, absolutamente todo lo que les perteneció.
Cuando pude ver a Edith descubrí que era otra.
Me dijo que había decidido marcharse para Estados
Unidos a buscar otros horizontes para sus hijos, que tenía
novio, y que ahora era mujer de negocios, por lo que Bogotá
le quedaba chica. La justifiqué pero no la entendí.
Entonces nos alejamos para siempre y no volví a verla
más de cinco o seis veces en más de treinta
años. En alguna de esas oportunidades le encaré
los hechos y me respondió: A los 32 años,
siete hijos a cuestas, sola en un país que jamás
me acogió y con un mundo por descubrir, por qué
habría yo tenido que quedarme en Bogotá. Además
treinta años de diferencia en una pareja, es un abismo
insondable y por mucho amor que se tenga, alguno de los
dos termina siendo una víctima. ¿Cual de los
dos pensás vos que fue la víctima? Es obvio,
le respondí. Jamás volvimos a tocar el tema
y la comprendí. Le quedó dinero, mucho dinero,
pero cómo podría saberlo administrar una mujer
colmada y protegida que de la noche a la mañana se
convirtió en mujer de negocios, pero de negocios
sin piso. Educó a sus hijos lejos de este país
y poco a poco fue regresándolos para que estudiaran
en la universidad en donde mi padre era un intocable. Vinieron
a Cali todos, menos el mayor, César, que ha permanecido
en los Estados Unidos. A todos se les acogió porque
sabíamos quienes eran, pero para ellos siempre fuimos
unos extraños, gentecilla del montón, como
si no fuéramos Rivera también, como si sólo
ellos alcanzaran a acrisolar el tesoro que es un buen apellido.
El tiempo y la distancia nos separó. Pienso que nos
ha unido el recuerdo y la nostalgia de lo que pudo haber
sido y no fue. Fuera del apellido y los genes no teníamos
nada en común, hemos vivido mundo paralelos que ya
no convergieron. La última vez que vi a Edith conversamos
largamente sobre Nicaragua. Recuerdo una frase que pronunció
de manera lapidaria: "A pesar de mis esfuerzos mi destino
ha sido la cúpula" y al decirlo reía,
reía, con esa risa tan suya, gutural y queda. Conservó
hasta el final el suave y dulce acento del sur. No quiso
verme antes de morir y lo entiendo, porque sé que
yo representaba esa tradición que ella quiso borrar
de plano cuando abandonó Colombia con sus hijos para
que cada uno partiendo de cero escribiera el comienzo de
su propia historia. Insólito: asistí a sus
funerales. No al de mi tío, sino a los de ella. No
hubo llanto sino cantos. Lejos del altiplano frío
que nos vio nacer, la enterramos sus hijos y yo, paleando
la tierra cálida y aromada de Cali, la ciudad luminosa
que nos abrió los brazos a los hijos de Ricardo el
mayor y de Esatuardo, el último de los vástagos
de una larga casta, que desapareció con ellos para
siempre. Sólo uno de los descendientes de los Rivera
Camacho se casó con un cundiboyacence. Todos los
demás nos casamos con provincianos de otras regiones
colombianas y algunos con extranjeros. La sangre de los
Rivera Camacho se regó por el mundo y perdió
su densidad, su arraigo al suelo. La religión para
nosotros fue una mitología lejana, que dejamos para
los demás, para los mediocres, que necesitaban de
apoyo divino para salir adelante. Las mujeres hijas de los
Rivera Camacho fuimos a la universidad y vivimos a plenitud
los años sesentas que revolucionaron al mundo, pero
hemos sido sin embargo conservadoras en las costumbres sexuales.
Hemos educado a nuestros hijos dentro de los parámetros
que podríamos llamar tradicionales.
Nos hemos mantenido quizás un tanto racistas, quizás
para la conservación del fenotipo, aun cuando sabemos
que es muy probable que nuestros nietos sean ya caladitos.
Porque al paso que vamos, con que ustedes pongan el tango
Cambalache, entenderán el cambio colombiano. A la
Chola le tocó vivir el medioevo en Colombia. A nosotras
la revolución mundial de los años sesentas,
pese a lo cual mi prima y yo, que somos las únicas
separadas, no fuimos capaces de volvernos a casar o de convivir
con otros hombres después de habernos separado de
nuestros maridos. Pobres imbéciles, vivimos una sola
vida. La Chola se dio el lujo de vivir siete, ocho, doce
vidas, todas intensas, apasionadas y absolutamente verdaderas.
La vida y la muerte
Al despertar los niños, dice Ricardo, que ni siquiera
eran obligados a ir al colegio, hallaban grupos de personas
durmiendo en las alfombras y los sillones al lado de la
chimenea, en la biblioteca o todavía despiertos,
jugando cartas, bebiendo, conversando o en cariñosos
coloquios. Algunos habían acampado en el jardín
interior, otros estaban en la cocina o en los baños.
Había ceniceros rebosantes distribuidos por todas
partes, botellas y vasos bajo los sillones, murales improvisados
en las paredes, ropa dispersa, restos de comida. Las ánforas,
la porcelana Imari, las vasijas de cristal cortado traídas
de Alemania, las cráteras con sus hermosos dibujos
de guerreros en pelota y odaliscas danzantes, se convirtieron
en basureros, recipientes de colillas y ceniza o enormes
vasos para la bebida comunal. Había quieres al bañarse
dejaban que el agua escurriera fuera de las tinas y que
invadiera la casa. Luego salían envueltos en toallas,
a fingirse togados romanos, hetairas, faunos, ninfas, sátiros.
Cantos en italiano, discusiones sobre la situación
del país, literatura, teatro, filosofía, disputas
entre enamorados, golpes de tambor y música de guitarras
llenaban por completo el ámbito y tiempo de la que
antes fuera un templo del deber, la casa del doctor Rivera
Barbieri. Recuerdo que una vez, dice Ricardo, todos los
niños, incluso Felicia, que tendría dos o
tres años, nos emborrachamos, sentados a la mesa
del comedor con grabados del Quijote, obligados por César,
quien a ritmo de tambor nos decía ¡Felicia!
La casa estaba vacía entonces, mamá había
salido en el Cadillac con su séquito, para seguir
la francachela en Santandercito. Recuerdo, dice Ricardo,
que una vez vi pasar a doña Edith abanicando con
su falda el aire, subía las escaleras con una especie
de sigilo, rozaba con la palma y las yemas de sus dedos
la superficie pulida del barandal -un barandal de madera
africana por el que nos deslizábamos sentados, dice
Íñigo, hasta caer sentados sobre la alfombra
del primer piso-, quise llamarla pero en ese momento vi
que tras ella venía, a grandes pasos Pedro Pablo,
Pierre Paul -sí, agrega Íñigo, el tipo
que llegó a casa tras la muerte de papá a
fingirse fontanero y que fue la avanzada de aquella invasión
de bárbaros-, lucía su atuendo de mecánico
de película gringa y portaba una llave inglesa en
la mano, subía los escalones de tres en tres, tan
deportivo y alegre, tan de la casa. Salí como un
fantasma de mi habitación, dice Ricardo, deambulé
por los corredores del segundo piso, entré a la biblioteca,
retorné al pasillo central. Las luces estaban apagadas
y las cortinas opacaban un atarceder bogotano de esos que
le daban a uno ganas de echarse a llorar. Al fondo, en la
habitación de la esquina, generalmente deshabitada,
en el cuarto de ventanales altos y curvos desde donde se
podía ver el cerro de Monserrate entre brumas, creí
escuchar sonidos desacostumbrados. Avancé agazapado
entre sillones -todo era desorden en casa, aquello era un
laberinto sin salida-, contuve la respiración, temblaba
como una hoguera al viento. ¿Cuántos años
tenía entonces? Tal vez ocho o diez. Temía
que la puerta se abriera o que alguno de ustedes comenzara
a subir las escaleras o que estuviera siendo sometido a
espionaje por parte de César, que ya desde entonces
comenzaba a exhibir un despotismo insufrible y quería
tener el control de una casa que parecía a punto
de derrumbarse como la Casa de Usher. El corazón
me batía en el pecho y era como un inmenso tambor
que anunciaba a todos mi presencia. Llegué cerca
de la puerta y me escondí tras un sofá tapizado
con seda negra, ese sofá que inexplicablemente tenía
como incrustada la forma de un cuerpo. El de mi padre, pensé,
que sigue vivo y se oculta en los sótanos y sale
por las tardes a rondar la casa. Avancé un poco más,
pegado a la pared. Escuché susurros. Susurros nunca
antes oídos, como de persona enferma y angustiada,
y sin embargo llenos de calidez, de ternura animal, de alegría
contenida, movimientos, arrullos como de gato acariciado
y feliz, lánguidas voces que pedían mimosamente,
que aceptaban, que negaban. Súbitamente una explosión
de júbilo y el silencio. Supe que debía huir
pero no pude. Se abrió la puerta. Apareció
medio cuerpo de mi madre. La mano suya aprisionada por una
mano ajena. Estaba sonriendo como pocas veces la había
visto sonreír y parecía querer escapar sin
quererlo. Recuerdo claramente sus palabras. "Gracias
por el remedio para melancólicos", dijo Delfín,
"esa fue la frase que usaste en tu novela. Creo que
has inventado una cantidad de acontecimientos y que has
tergiversado la historia". No tengo disculpa, respondió
Ricardo, me he pasado años investigando la vida de
doña Edith y ya no sé diferenciar lo que inventé
de lo que viví.
En Estados Unidos fuimos turistas de cinco estrellas,
en Costa Rica nos llegó la ruina y el deleite de
hacernos hombres en un sitio donde las mujeres desvergonzadas
eran multitud y la mujeres bellas y altivas tan inalcanzables
como putas al revés. En Costa Rica doña Edith
se multiplicó (fue profesora de francés, locutora
de radio y tuvo mil oficios, conjeturo que todos honestos)
y logró educar a sus siete hijos. De todos modos
tuvo otro hombre, un ajederecista loco que lloraba todas
las noches de amor y al que tardó varios años
de expulsar de su lado.
(1) Capítulo I de la novela El amor y la muerte
publicada por la editorial Alfaguara. http://www.alfaguara.santillana.es