Capitulo I
(I)Por lo visto, he perdido todo el
encanto que pude tener.
TERRY
-Soy Terry -dije. El auricular carraspeó-. Oh, ¡hola,
Miranda! -continué-. ¿Cómo estás?
No, Gregory no está en casa en este momento. Llama
dentro de un ratito. De acuerdo. Adiós.
En realidad Gregory estaba sentado allí al lado,
con las palmas de las manos hacia arriba sobre la superficie
granulosa de la mesa de la cocina.
-¿Éxito? -preguntó. Yo asentí
con la cabeza y él lanzó un suspiro-. Ahora
ha empezado a enviarme poemas obscenos.
No había motivo para no seguirle la corriente.
-¿Ah, sí? ¿Qué clase de poemas
obscenos?
-¿Nunca te ha mandado una muchacha un poema obsceno?
-Creo que no.
-Esto me supera. Cosas acerca de mi «pujante trinquete».
Y tonterías sobre su «joya ambarina».
O quizá sea sobre mi joya ambarina... No estoy
seguro.
-Da la impresión de que fuera la suya. Quiero decir
que ella no va a ser la del pujante trinquete, ¿no
es así?
-Podría. Nada es imposible para ella. No me
sorprendería que tuviese dos.
-¿Y qué es lo que tiene que decir de tu pujante
trinquete? Me refiero al poema obsceno.
-Habla y habla interminablemente de él. Apenas aguanto
la lectura. Me supera. Es algo que no me merezco.
-¡Qué desagradable! -exclamé con entusiasmo-.
Bueno, ¿y qué vas a hacer al respecto, Greg?
-Ésa es justamente la cuestión. ¿Qué
puedo hacer? ¿Decirle «Mira, ya está
bien de poemas obscenos. Basta de poemas obscenos»?
No creo. Supongo que siempre puedo acudir a la policía...
dejar que la policía aclare la cuestión. Con
las cosas horribles que me hace hacer en la cama...
-¿Y por qué no le dices sencillamente que
se evapore?
Gregory alzó la vista y me miró con el medroso
asombro de un cachorro.
-¿Se puede hacer una cosa así? ¿Es...
es lo que harías tú?
-¡No, por Dios! Yo la haría hacerme hacer cosas
horribles en la cama. Incluso la dejaría escribirme
poemas obscenos. Hasta se los escribiría yo a ella.
-¿Lo dices en serio?
-Y tanto. Estoy desesperado. Torturado por la necesidad.
Parece que ya nadie quiere acostarse conmigo. No sé
por qué. Gita ya no quiere follar conmigo.
-¿La pequeña de las orejas grandes? ¿Y
por qué?
-¿Cómo demonios voy a saberlo? Ella dice que
no quiere. No sabe por qué. Pero sabe que no quiere.
-Ante esto último, Gregory dio un respingo.
-Es curioso -dijo, echándose hacia atrás-,
en mi experiencia sucede todo lo contrario. La otra persona
tiene siempre más ganas de follar conmigo que yo
con ella.
-¡Qué gracia, pero tú eres marica!
O en todo caso, por ahí andas... Entre maricas, cualquiera
puede ser el follado. Para eso son maricas, seguramente:
a nadie le importa lo que cada cual le haga a otro.
-Te aseguro que por ahora no estoy en eso -dijo él,
estirando su cuello bien formado-. Es esa condenada Miranda.
-Ah, claro.
-Miranda y sus exigencias. -El rostro de Greg desapareció
hundido en las palmas de sus manos.- No puedo hacer frente
a otra noche como la última. Sencillamente, no puedo.
-Alzó la cabeza.- Es de una voracidad increíble.
¿Quieres saber una de las cosas que hace? ¿Te
lo cuento?: pues se te echa encima después de
habértela follado. Después. ¿Entiendes?
La muy puta. ¿Qué te parece?
-A mí me suena inmejorable.
-Pues déjame que te diga que es un padecimiento espantoso.
Y además, juguetea toda la noche con tu polla
mientras tú te haces el dormido. Y encima,
te mete... bueno, ya sabes.
-¿Qué? ¿En el culo?
-Exactamente.
-¿Y qué hay con eso? -pregunté yo con
cierto malhumor-. A estas alturas deberías estar
acostumbrado.
-¿Pero no puedes... qué sé yo,
tener unas palabras con ella acerca de todo ese asunto?
¿Hablarle francamente sobre esas costumbres?
-Desde luego que no. La sola idea me repugna. ¿y
sabes con cuántos tíos se ha acostado? Haz
un cálculo. Venga, di una cifra. ¡Con más
de cien en dos años!
-Una leche.
-Pues así es. Ella misma lo reconoce. No es sino
uno a la semana, si haces la cuenta. En casa de Keane se
la han tirado todos. En todas partes se la han tirado todos.
Si vas por la calle... ¡todo el mundo se la ha tirado!
Nunca he dado con nadie que no se la haya tirado. El ascensorista
se la ha tirado, con toda seguridad. El...
-Yo no me la he tirado -declaré, decidiendo llevar
aquella agotadora conversación a un punto crucial.
Y así fue:
-Podrías, Terry. De veras. No hay ningún problema.
Más de una vez ha dicho que tú le gustas.
Y ella se acuesta con tipos que detesta. Te puedo
asegurar que te pondrá a prueba. Eso sí. Mira:
te diré lo primero que hará. En el momento
en que vayas a besarla, te plantará ambas manos
en...
¿Lo hará? No tiene pinta de hacer eso. (Nadie
tiene esa pinta.)
La chica que ahora mismo se supone que he de quitarle de
encima a Gregory se llama Miranda. Tiene diecinueve años.
Tiene el cabello rubio y ensortijado, una figura apetitosa,
unos ojos azules siempre húmedos y una boca franca
y generosa. Es bonita, aunque quizá no sea exactamente
mi tipo. Pero es sumamente distinguida y probablemente muy
neurótica (quizá hace esas cosas que él
dice con cualquiera, con tal de que se lo pida correctamente).
Aparte del hecho de que estoy profundamente enamorado de
Miranda, tengo tres excelentes razones para estar de acuerdo
con el traspaso.
Una. Ella me gusta mucho. En contraste con las compañías
habituales de Gregory (todas ellas altivas sirenas de rostro
convexo, culo como botón de cuello y nombres tales
como Anastasia y Tap; son lustrosas, caras, y casi sin excepción
más altas que yo; a mí me falta poco para
llamarles Caballero), Miranda se las ingenia para
dar la impresión de formar parte de la raza humana:
cuando te la han presentado, puedes perfectamente irte con
la idea de que ella y tú pertenecéis a un
mismo planeta. En vez del aletargado fastidio -o, más
a menudo, la afectada indiferencia- con que las amigas de
Greg saludan habitualmente mis idas y venidas, de Miranda
obtengo holas, adioses, muchas gracias y cosas así.
Y eso que sólo me he topado con ella en dos ocasiones:
una en la que la graciosa muñequita subía
al piso resollando por las escaleras (dijo que «había
olvidado» que hubiese ascensor), y otra vez mientras
la muy tontuela se estaba vistiendo por la mañana
(después de que Gregory hubiera salido pitando para
el trabajo. No, no le vi las tetas). En ambas ocasiones,
me dirigió la palabra con amabilidad.
Dos. Yo tengo, por principio, un interés verdaderamente
profundo en pescar detalles de la intimidad de Gregory.
Necesito detalles, detalles, detalles reales, y los quiero
hirientes, perjudiciales y grotescos. Fantaseo con la impotencia,
la monorquidia y la eyaculación precoz. Codicio sus
represiones y sus inhibiciones; suspiro por sus traumas.
(¿Por qué no podrá dejarse de una vez
de chicas y ser un marica normal? Eso me simplificaría
las cosas.) Y sobre todo, claro está, me pirro porque
Gregory esté pobremente dotado. Me despepito porque
sea así. Toda la vida he deseado que su polla fuera
pequeña. Incluso antes de conocerlo a él,
la mezquindad de su miembro tuvo la mayor importancia para
mi bienestar.
Tres. Desde las once de la noche del 25 de julio pasado
no consigo que nadie se acueste conmigo. (Y tampoco entonces
resultó fácil. Era una ex novia mía.
Logré que nos emborrachásemos. Cuando me dijo
que no, me puse a llorar: quedo tan impresionada, que dijo
que sí.)
Eso fue hace seis meses.
¿Qué os ha pasado de repente, malditas?
O qué pasa conmigo.
Nunca me ha preocupado mucho mi apariencia (Gregory, lo
sé, no sabe pensar en otra cosa). Tengo una pinta
corrientucha. Aparte de mi cabello tirando a pelirrojo -de
hecho, hubo una breve temporada en que en el colegio me
llamaban «peliverde»-, mi aspecto es corriente,
parezco un educado empleado de nivel medio proveniente de
las clases modestas, el tipo de individuo que pasa diariamente
a tu lado por la calle sin que lo mires, no notes su presencia,
y a quien jamás reconoces. (No me prestas atención,
¿y a mí qué?) Siempre he dado por sentado,
sin darle importancia, que mi apariencia no es en realidad
mala del todo: no lo que se dice realmente mala.
Ha habido en mi vida la cuota normal de muchachas, y me
ha tocado la cuota normal de desasosiego, turbación
y agradecimiento.
Ahora es distinto. ¿Cómo y por qué?
Hablan conmigo, aceptan salir conmigo, beben conmigo, se
dejan meter mano, incluso se van a la cama conmigo. Pero
¿acaso follan conmigo? Oh, no, eso sí que
no. De eso nada, oh, no. (¿Quién cojones se
creen que son, para no hacerlo?) La cuestión no haría
más que irritarme y desconcertarme si alguna vez
me hubiera considerado un tipo atractivo. Pero nunca
me he creído tal cosa. ¿Por qué, entonces,
follaban conmigo? Encanto, chicas más receptivas,
artimañas más eficaces, buen talante, suerte,
son cosas que tuve una vez. Por lo visto, he perdido todo
el encanto que pude tener.
En realidad (creo) todavía estoy intentando quitarle
importancia al asunto, y probablemente por eso doy la impresión
de que no me preocupa. Esto va tan mal que casi he agotado
mi reserva de antiguas novias, las he vuelto a llevar de
paseo a todas -todas las que no estaban casadas, embarazadas,
o muertas- y he intentado que se acostaran conmigo. Ninguna
ha querido. He telefoneado a chicas que no he visto durante
tres o cuatro años. Recorro en tren toda Inglaterra
visitando a chicas que no se acuerdan para nada de mí.
Paro en la calle a muchachas con pinta de neuróticas
o retardadas. Cortejo especialmente a meras secretarias
en plena labor. Les hago proposiciones a las viejas y a
las enfermizas. Intento conseguir que follen conmigo. No
quieren.
¿Es que nadie va a decirme qué está
pasando? ¿Cuál es el gancho? ¿Y
de qué se trata? No me huele el aliento, creo, o
en todo caso no ha empeorado radicalmente (si he de hacer
caso de mis permanentes pruebas de reinhalación).
A mi rostro no le ha ocurrido recientemente nada malo. Este
horrible cabello no se me cae más rápido que
antes. (Es verdad que en el futuro voy a tener un problema
anal. Pero ellas no tienen por qué enterarse, ¿verdad?)
Me baño cada treinta y seis horas, excepto en invierno,
y me preparo esmeradamente para estas espantosas citas que
tengo a veces. Estoy aumentando de peso, pero eso es porque
últimamente estoy bebiendo mucho. ¿Ustedes
no harían lo mismo?
(Me parece que estoy perdiendo aguante. Creo que me estoy
volviendo tonto.)
Gregory no debe descubrirme nunca. No sospecha la verdad,
no obstante mis chanzas plebeyas. Le he dicho que tengo
un asunto en Islington. Me instalo en distintos pubs y cafés
para hacerle creer que estoy allí. Regreso tarde
haciendo ruido y le cuento mentiras. Gregory no debe enterarse.
No debe enterarse nunca de que por la noche me siento en
el lecho en mi cuarto como un obseso, odiando todo lo que
existe. (El día es diferente, por supuesto. Con su
aversión a las furcias y su tristeza callejera, el
día tiene sus horrores específicos.)
¿Qué estoy haciendo aquí? Mi cometido,
pienso yo, es hacer que ustedes también lo odien.
No debería ser tan difícil. Lo único
que necesito es mantener los ojos abiertos. Siempre que
también ustedes mantengan abiertos los suyos.
¿Lo hará?
-¿Lo hará? -le pregunté-. ¿Cómo
hacemos el cambio? Entre otras cosas, ¿cuándo
va a venir?
-En cualquier momento llega. ¿Estas preparado?
Gregory estaba de pie junto a la ventana; hacía girar
un bastón de empuñadura de plata. No sé
si sirvo para describir su atuendo: aquella negra capa con
forro carmesí, de vampiro de ópera, un chaleco
de su padre, pantalones de harén -¿existen?-
ajustados a los tobillos por lo que parecían costosas
pinzas de ciclista. Su casi insufrible apostura quedaba,
como siempre, en plena evidencia; parecía inteligente,
delicado e increíblemente marica.
-¿Cómo vamos a hacerlo?
Gregory hizo un desdeñoso ademán. Seguía
junto a la ventana; hizo girar el bastón.
-Me dijiste que iba a ser fácil -dije, sorprendido
por el crudo tono de reproche que se había infiltrado
en mi vos. (A veces digo cosas que suenan como insultos
proferidos por otros. Me dejan lastimado y sin habla.)
-Y lo será, Terry. Vamos a pensar en cuál
es el mejor modo.
Al cabo de unos minutos habíamos elaborado un plan,
por cierto que bastante rudimentario. Greg tenía
que mostrarse con Miranda considerablemente más perverso
de lo habitual, hacerla llorar y después irse enojado,
momento en el cual irrumpiría yo, que previamente
le habría hecho notar mi pelirroja presencia en el
piso abriéndole la puerta cuando llamase.
-¿Estás seguro de que te saldrá bien?
-pregunté en tono ligero, para que no se arrugara.
-Oh, sí, dijo él. Nada más fácil.
De todos modos, por lo que yo sé, últimamente
llora casi todo el tiempo.
-¿Y eso por qué? -esto promete, pensé.
Puede que ella hiciera realmente todas aquellas cosas, si
también andaba jodida, como yo. (Yo las haría,
con quien fuera.)
-No lo sé -dijo Gregory-, siempre me siento demasiado
azorado para preguntárselo. Es que está chiflada,
nada más. Como la mayoría de las chicas en
la actualidad.
-¿A dónde vas? ¿A ese sitio de maricas?
-No es un sitio de maricas. Hay también montones
de chicas.
-Ese sitio para bisexuales, entonces.
-Sí. Ahora, atiende: ¿qué tal andas
de vino y esas cosas? Convendría que la emborracharas.
-Tengo en cantidad.
Él miró de arriba abajo con afectado disgusto.
-Ella pierde completamente el control cuando se emborracha.
Hará lo que sea.
-¿De veras?
-De veras. No habrá absolutamente nada que no esté
dispuesta a hacer.
-Bueno, haré la prueba.
-¿La prueba? Escucha: apuesto a que apenas ponga
un pie en el umbral te hará algo repugnante. ¿Qué
te juegas a que te saca una...?
Sonó el timbre.
-Vamos -dijo Gregory.
Tras haberle abierto la puerta a la muchacha -camiseta blanca
y pantalón vaquero, mirada tímida que no osé
afrentar, un sabor a leche en mi boca- y haberle indicado
la escalera, regresé aturdido a mi oscura habitación.
Estuve bebiendo whisky hasta que oí los imperiosos
pasos de Greg.
-Adelante -me susurro en el vestíbulo-. Ahora.
Yo tenía la esperanza de que para cuando llegase
arriba, Miranda estuviera llorando, o histérica,
o -mejor aún- inconsciente. Pero la encontré
de pie, pequeña y sosegada, junto al alto ventanal.
Y un poco metida en carnes y muy bonita, pensé. Noté
con pena que todavía llevaba el bolso de dril colgado
del hombro.
-¿Se ha ido? -preguntó, sin volverse.
Date la vuelta cuando me hables.
-Me temo que sí -dije.
Esta vez se volvió.
-Lo siento -añadí, sintiendo zumbar el aire-.
Lo lamento si estás decepcionada.
-Él es así.
-¿Siempre ha sido así?
-No, no. Vamos para abajo. Antes era agradable. ¿Quieres
bajar a tomar una copa? Cuando era joven. Venga, yo voy
a tomarme una. Ha cambiado más de lo que suele cambiar
la gente. Así me gusta, niña. No sé
por qué. Vamos a conversar abajo. Sobre las cosas,
sobre Gregory.
(1) Fragmento extraído del primer capítulo
de la novela Éxito, editada por Alfaguara,
con traducción de Héctor Silva. http://www.alfaguara.santillana.es
(*) Escritor británico que nació en Oxford,
Inglaterra, y estudió en la universidad de Oxford.
La infancia de Amis transcurrió en diversos lugares,
pues su padre, el escritor Kingsley Amis, enseñó
en universidades de Gran Bretaña y Estados Unidos.
Después del divorcio de sus padres cuando él
tenía doce años, asistió a numerosas
instituciones académicas pero demostró poco
interés por los estudios. Sin embargo, después
de que su madrastra, la novelista Elizabeth Jane Howard,
le iniciara en la obra de Jane Austen, Amis decidió
prepararse para ingresar en la universidad y se licenció
en Oxford en 1971. Amis realizó diversos trabajos
en el mundo. Trabajó como crítico de libros
en el London Observer en 1971 y desde 1972 hasta
1974 como encargado editorial y director de la sección
de narrativa y poesía en el Times Literary Supplement.
A los 27 años de edad fue director de la sección
literaria New Statesman. En 1980 regresó al
Observer como colaborador especial. Su primera novela,
El libro de Rachel (1973), ganó el Premio
Somerset Maugham en 1974. Entre sus títulos sucesivos
están Niños muertos (1976), Éxito
(1978), Otra gente (1981), Dinero (1984),
Los monstruos de Einstein (1987), Campos de Londres
(1989), La flecha del tiempo (1991), El tren de
la noche (1995), y su autobiografía, Experiencia
(2000), publicado por Anagrama.