Éxito (1)
Por Martin Amis (*)
Traducción de Héctor Silva

 

Capitulo I


(I)Por lo visto, he perdido todo el
encanto que pude tener.
TERRY


-Soy Terry -dije. El auricular carraspeó-. Oh, ¡hola, Miranda! -continué-. ¿Cómo estás? No, Gregory no está en casa en este momento. Llama dentro de un ratito. De acuerdo. Adiós.
En realidad Gregory estaba sentado allí al lado, con las palmas de las manos hacia arriba sobre la superficie granulosa de la mesa de la cocina.
-¿Éxito? -preguntó. Yo asentí con la cabeza y él lanzó un suspiro-. Ahora ha empezado a enviarme poemas obscenos.
No había motivo para no seguirle la corriente.
-¿Ah, sí? ¿Qué clase de poemas obscenos?
-¿Nunca te ha mandado una muchacha un poema obsceno?
-Creo que no.
-Esto me supera. Cosas acerca de mi «pujante trinquete». Y tonterías sobre su «joya ambarina». O quizá sea sobre mi joya ambarina... No estoy seguro.
-Da la impresión de que fuera la suya. Quiero decir que ella no va a ser la del pujante trinquete, ¿no es así?
-Podría. Nada es imposible para ella. No me sorprendería que tuviese dos.
-¿Y qué es lo que tiene que decir de tu pujante trinquete? Me refiero al poema obsceno.
-Habla y habla interminablemente de él. Apenas aguanto la lectura. Me supera. Es algo que no me merezco.
-¡Qué desagradable! -exclamé con entusiasmo-. Bueno, ¿y qué vas a hacer al respecto, Greg?
-Ésa es justamente la cuestión. ¿Qué puedo hacer? ¿Decirle «Mira, ya está bien de poemas obscenos. Basta de poemas obscenos»? No creo. Supongo que siempre puedo acudir a la policía... dejar que la policía aclare la cuestión. Con las cosas horribles que me hace hacer en la cama...
-¿Y por qué no le dices sencillamente que se evapore?
Gregory alzó la vista y me miró con el medroso asombro de un cachorro.
-¿Se puede hacer una cosa así? ¿Es... es lo que harías tú?
-¡No, por Dios! Yo la haría hacerme hacer cosas horribles en la cama. Incluso la dejaría escribirme poemas obscenos. Hasta se los escribiría yo a ella.
-¿Lo dices en serio?
-Y tanto. Estoy desesperado. Torturado por la necesidad. Parece que ya nadie quiere acostarse conmigo. No sé por qué. Gita ya no quiere follar conmigo.
-¿La pequeña de las orejas grandes? ¿Y por qué?
-¿Cómo demonios voy a saberlo? Ella dice que no quiere. No sabe por qué. Pero sabe que no quiere.
-Ante esto último, Gregory dio un respingo.
-Es curioso -dijo, echándose hacia atrás-, en mi experiencia sucede todo lo contrario. La otra persona tiene siempre más ganas de follar conmigo que yo con ella.
-¡Qué gracia, pero tú eres marica! O en todo caso, por ahí andas... Entre maricas, cualquiera puede ser el follado. Para eso son maricas, seguramente: a nadie le importa lo que cada cual le haga a otro.
-Te aseguro que por ahora no estoy en eso -dijo él, estirando su cuello bien formado-. Es esa condenada Miranda.
-Ah, claro.
-Miranda y sus exigencias. -El rostro de Greg desapareció hundido en las palmas de sus manos.- No puedo hacer frente a otra noche como la última. Sencillamente, no puedo. -Alzó la cabeza.- Es de una voracidad increíble. ¿Quieres saber una de las cosas que hace? ¿Te lo cuento?: pues se te echa encima después de habértela follado. Después. ¿Entiendes? La muy puta. ¿Qué te parece?
-A mí me suena inmejorable.
-Pues déjame que te diga que es un padecimiento espantoso. Y además, juguetea toda la noche con tu polla mientras tú te haces el dormido. Y encima, te mete... bueno, ya sabes.
-¿Qué? ¿En el culo?
-Exactamente.
-¿Y qué hay con eso? -pregunté yo con cierto malhumor-. A estas alturas deberías estar acostumbrado.
-¿Pero no puedes... qué sé yo, tener unas palabras con ella acerca de todo ese asunto? ¿Hablarle francamente sobre esas costumbres?
-Desde luego que no. La sola idea me repugna. ¿y sabes con cuántos tíos se ha acostado? Haz un cálculo. Venga, di una cifra. ¡Con más de cien en dos años!
-Una leche.
-Pues así es. Ella misma lo reconoce. No es sino uno a la semana, si haces la cuenta. En casa de Keane se la han tirado todos. En todas partes se la han tirado todos. Si vas por la calle... ¡todo el mundo se la ha tirado! Nunca he dado con nadie que no se la haya tirado. El ascensorista se la ha tirado, con toda seguridad. El...
-Yo no me la he tirado -declaré, decidiendo llevar aquella agotadora conversación a un punto crucial.
Y así fue:
-Podrías, Terry. De veras. No hay ningún problema. Más de una vez ha dicho que tú le gustas. Y ella se acuesta con tipos que detesta. Te puedo asegurar que te pondrá a prueba. Eso sí. Mira: te diré lo primero que hará. En el momento en que vayas a besarla, te plantará ambas manos en...

¿Lo hará? No tiene pinta de hacer eso. (Nadie tiene esa pinta.)
La chica que ahora mismo se supone que he de quitarle de encima a Gregory se llama Miranda. Tiene diecinueve años. Tiene el cabello rubio y ensortijado, una figura apetitosa, unos ojos azules siempre húmedos y una boca franca y generosa. Es bonita, aunque quizá no sea exactamente mi tipo. Pero es sumamente distinguida y probablemente muy neurótica (quizá hace esas cosas que él dice con cualquiera, con tal de que se lo pida correctamente). Aparte del hecho de que estoy profundamente enamorado de Miranda, tengo tres excelentes razones para estar de acuerdo con el traspaso.
Una. Ella me gusta mucho. En contraste con las compañías habituales de Gregory (todas ellas altivas sirenas de rostro convexo, culo como botón de cuello y nombres tales como Anastasia y Tap; son lustrosas, caras, y casi sin excepción más altas que yo; a mí me falta poco para llamarles Caballero), Miranda se las ingenia para dar la impresión de formar parte de la raza humana: cuando te la han presentado, puedes perfectamente irte con la idea de que ella y tú pertenecéis a un mismo planeta. En vez del aletargado fastidio -o, más a menudo, la afectada indiferencia- con que las amigas de Greg saludan habitualmente mis idas y venidas, de Miranda obtengo holas, adioses, muchas gracias y cosas así. Y eso que sólo me he topado con ella en dos ocasiones: una en la que la graciosa muñequita subía al piso resollando por las escaleras (dijo que «había olvidado» que hubiese ascensor), y otra vez mientras la muy tontuela se estaba vistiendo por la mañana (después de que Gregory hubiera salido pitando para el trabajo. No, no le vi las tetas). En ambas ocasiones, me dirigió la palabra con amabilidad.
Dos. Yo tengo, por principio, un interés verdaderamente profundo en pescar detalles de la intimidad de Gregory. Necesito detalles, detalles, detalles reales, y los quiero hirientes, perjudiciales y grotescos. Fantaseo con la impotencia, la monorquidia y la eyaculación precoz. Codicio sus represiones y sus inhibiciones; suspiro por sus traumas. (¿Por qué no podrá dejarse de una vez de chicas y ser un marica normal? Eso me simplificaría las cosas.) Y sobre todo, claro está, me pirro porque Gregory esté pobremente dotado. Me despepito porque sea así. Toda la vida he deseado que su polla fuera pequeña. Incluso antes de conocerlo a él, la mezquindad de su miembro tuvo la mayor importancia para mi bienestar.
Tres. Desde las once de la noche del 25 de julio pasado no consigo que nadie se acueste conmigo. (Y tampoco entonces resultó fácil. Era una ex novia mía. Logré que nos emborrachásemos. Cuando me dijo que no, me puse a llorar: quedo tan impresionada, que dijo que sí.)
Eso fue hace seis meses.

¿Qué os ha pasado de repente, malditas?
O qué pasa conmigo.
Nunca me ha preocupado mucho mi apariencia (Gregory, lo sé, no sabe pensar en otra cosa). Tengo una pinta corrientucha. Aparte de mi cabello tirando a pelirrojo -de hecho, hubo una breve temporada en que en el colegio me llamaban «peliverde»-, mi aspecto es corriente, parezco un educado empleado de nivel medio proveniente de las clases modestas, el tipo de individuo que pasa diariamente a tu lado por la calle sin que lo mires, no notes su presencia, y a quien jamás reconoces. (No me prestas atención, ¿y a mí qué?) Siempre he dado por sentado, sin darle importancia, que mi apariencia no es en realidad mala del todo: no lo que se dice realmente mala. Ha habido en mi vida la cuota normal de muchachas, y me ha tocado la cuota normal de desasosiego, turbación y agradecimiento.
Ahora es distinto. ¿Cómo y por qué? Hablan conmigo, aceptan salir conmigo, beben conmigo, se dejan meter mano, incluso se van a la cama conmigo. Pero ¿acaso follan conmigo? Oh, no, eso sí que no. De eso nada, oh, no. (¿Quién cojones se creen que son, para no hacerlo?) La cuestión no haría más que irritarme y desconcertarme si alguna vez me hubiera considerado un tipo atractivo. Pero nunca me he creído tal cosa. ¿Por qué, entonces, follaban conmigo? Encanto, chicas más receptivas, artimañas más eficaces, buen talante, suerte, son cosas que tuve una vez. Por lo visto, he perdido todo el encanto que pude tener.
En realidad (creo) todavía estoy intentando quitarle importancia al asunto, y probablemente por eso doy la impresión de que no me preocupa. Esto va tan mal que casi he agotado mi reserva de antiguas novias, las he vuelto a llevar de paseo a todas -todas las que no estaban casadas, embarazadas, o muertas- y he intentado que se acostaran conmigo. Ninguna ha querido. He telefoneado a chicas que no he visto durante tres o cuatro años. Recorro en tren toda Inglaterra visitando a chicas que no se acuerdan para nada de mí. Paro en la calle a muchachas con pinta de neuróticas o retardadas. Cortejo especialmente a meras secretarias en plena labor. Les hago proposiciones a las viejas y a las enfermizas. Intento conseguir que follen conmigo. No quieren.
¿Es que nadie va a decirme qué está pasando? ¿Cuál es el gancho? ¿Y de qué se trata? No me huele el aliento, creo, o en todo caso no ha empeorado radicalmente (si he de hacer caso de mis permanentes pruebas de reinhalación). A mi rostro no le ha ocurrido recientemente nada malo. Este horrible cabello no se me cae más rápido que antes. (Es verdad que en el futuro voy a tener un problema anal. Pero ellas no tienen por qué enterarse, ¿verdad?) Me baño cada treinta y seis horas, excepto en invierno, y me preparo esmeradamente para estas espantosas citas que tengo a veces. Estoy aumentando de peso, pero eso es porque últimamente estoy bebiendo mucho. ¿Ustedes no harían lo mismo?
(Me parece que estoy perdiendo aguante. Creo que me estoy volviendo tonto.)
Gregory no debe descubrirme nunca. No sospecha la verdad, no obstante mis chanzas plebeyas. Le he dicho que tengo un asunto en Islington. Me instalo en distintos pubs y cafés para hacerle creer que estoy allí. Regreso tarde haciendo ruido y le cuento mentiras. Gregory no debe enterarse. No debe enterarse nunca de que por la noche me siento en el lecho en mi cuarto como un obseso, odiando todo lo que existe. (El día es diferente, por supuesto. Con su aversión a las furcias y su tristeza callejera, el día tiene sus horrores específicos.)
¿Qué estoy haciendo aquí? Mi cometido, pienso yo, es hacer que ustedes también lo odien. No debería ser tan difícil. Lo único que necesito es mantener los ojos abiertos. Siempre que también ustedes mantengan abiertos los suyos.

¿Lo hará?
-¿Lo hará? -le pregunté-. ¿Cómo hacemos el cambio? Entre otras cosas, ¿cuándo va a venir?
-En cualquier momento llega. ¿Estas preparado?
Gregory estaba de pie junto a la ventana; hacía girar un bastón de empuñadura de plata. No sé si sirvo para describir su atuendo: aquella negra capa con forro carmesí, de vampiro de ópera, un chaleco de su padre, pantalones de harén -¿existen?- ajustados a los tobillos por lo que parecían costosas pinzas de ciclista. Su casi insufrible apostura quedaba, como siempre, en plena evidencia; parecía inteligente, delicado e increíblemente marica.
-¿Cómo vamos a hacerlo?
Gregory hizo un desdeñoso ademán. Seguía junto a la ventana; hizo girar el bastón.
-Me dijiste que iba a ser fácil -dije, sorprendido por el crudo tono de reproche que se había infiltrado en mi vos. (A veces digo cosas que suenan como insultos proferidos por otros. Me dejan lastimado y sin habla.)
-Y lo será, Terry. Vamos a pensar en cuál es el mejor modo.
Al cabo de unos minutos habíamos elaborado un plan, por cierto que bastante rudimentario. Greg tenía que mostrarse con Miranda considerablemente más perverso de lo habitual, hacerla llorar y después irse enojado, momento en el cual irrumpiría yo, que previamente le habría hecho notar mi pelirroja presencia en el piso abriéndole la puerta cuando llamase.
-¿Estás seguro de que te saldrá bien? -pregunté en tono ligero, para que no se arrugara.
-Oh, sí, dijo él. Nada más fácil. De todos modos, por lo que yo sé, últimamente llora casi todo el tiempo.
-¿Y eso por qué? -esto promete, pensé. Puede que ella hiciera realmente todas aquellas cosas, si también andaba jodida, como yo. (Yo las haría, con quien fuera.)
-No lo sé -dijo Gregory-, siempre me siento demasiado azorado para preguntárselo. Es que está chiflada, nada más. Como la mayoría de las chicas en la actualidad.
-¿A dónde vas? ¿A ese sitio de maricas?
-No es un sitio de maricas. Hay también montones de chicas.
-Ese sitio para bisexuales, entonces.
-Sí. Ahora, atiende: ¿qué tal andas de vino y esas cosas? Convendría que la emborracharas.
-Tengo en cantidad.
Él miró de arriba abajo con afectado disgusto.
-Ella pierde completamente el control cuando se emborracha. Hará lo que sea.
-¿De veras?
-De veras. No habrá absolutamente nada que no esté dispuesta a hacer.
-Bueno, haré la prueba.
-¿La prueba? Escucha: apuesto a que apenas ponga un pie en el umbral te hará algo repugnante. ¿Qué te juegas a que te saca una...?
Sonó el timbre.
-Vamos -dijo Gregory.

Tras haberle abierto la puerta a la muchacha -camiseta blanca y pantalón vaquero, mirada tímida que no osé afrentar, un sabor a leche en mi boca- y haberle indicado la escalera, regresé aturdido a mi oscura habitación. Estuve bebiendo whisky hasta que oí los imperiosos pasos de Greg.
-Adelante -me susurro en el vestíbulo-. Ahora.
Yo tenía la esperanza de que para cuando llegase arriba, Miranda estuviera llorando, o histérica, o -mejor aún- inconsciente. Pero la encontré de pie, pequeña y sosegada, junto al alto ventanal. Y un poco metida en carnes y muy bonita, pensé. Noté con pena que todavía llevaba el bolso de dril colgado del hombro.
-¿Se ha ido? -preguntó, sin volverse.
Date la vuelta cuando me hables.
-Me temo que sí -dije.
Esta vez se volvió.
-Lo siento -añadí, sintiendo zumbar el aire-. Lo lamento si estás decepcionada.
-Él es así.
-¿Siempre ha sido así?
-No, no. Vamos para abajo. Antes era agradable. ¿Quieres bajar a tomar una copa? Cuando era joven. Venga, yo voy a tomarme una. Ha cambiado más de lo que suele cambiar la gente. Así me gusta, niña. No sé por qué. Vamos a conversar abajo. Sobre las cosas, sobre Gregory.


(1) Fragmento extraído del primer capítulo de la novela Éxito, editada por Alfaguara, con traducción de Héctor Silva. http://www.alfaguara.santillana.es

(*) Escritor británico que nació en Oxford, Inglaterra, y estudió en la universidad de Oxford. La infancia de Amis transcurrió en diversos lugares, pues su padre, el escritor Kingsley Amis, enseñó en universidades de Gran Bretaña y Estados Unidos. Después del divorcio de sus padres cuando él tenía doce años, asistió a numerosas instituciones académicas pero demostró poco interés por los estudios. Sin embargo, después de que su madrastra, la novelista Elizabeth Jane Howard, le iniciara en la obra de Jane Austen, Amis decidió prepararse para ingresar en la universidad y se licenció en Oxford en 1971. Amis realizó diversos trabajos en el mundo. Trabajó como crítico de libros en el London Observer en 1971 y desde 1972 hasta 1974 como encargado editorial y director de la sección de narrativa y poesía en el Times Literary Supplement. A los 27 años de edad fue director de la sección literaria New Statesman. En 1980 regresó al Observer como colaborador especial. Su primera novela, El libro de Rachel (1973), ganó el Premio Somerset Maugham en 1974. Entre sus títulos sucesivos están Niños muertos (1976), Éxito (1978), Otra gente (1981), Dinero (1984), Los monstruos de Einstein (1987), Campos de Londres (1989), La flecha del tiempo (1991), El tren de la noche (1995), y su autobiografía, Experiencia (2000), publicado por Anagrama.




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