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En "El amor y la muerte", novela de Marco Tulio
Aguilera Garramuño publicada recientemente por la
editorial Alfaguara, se narra la existencia de alguna manera
ejemplar de Edith Viscontini, una mujer que vivió
su vida con inusitada intensidad no sólo en el terreno
amoroso, sino en el político, el intelectual y el
espiritual. En esta obra se cumple lo que pedía Flaubert
a toda gran novela: un gran personaje femenino. Y Edith
Viscontini en realidad lo es: en primera medida por sus
amores, sus pasiones, sus fidelidades a hombres de diversas
cataduras (casi ninguno de ellos estuvo a su altura: ni
un vividor bogotano, ni un ajedrecista alcohólico
de Costa Rica, ni el comandante de las fuerzas sandinistas;
tal vez el único que estuvo cerca de la grandeza
espiritual de Edith Viscontini, fue su primer esposo, un
cundinamarquense imponente, de origen indio y con ínfulas
de lord inglés: el doctor Castillo, quien fuera -según
la novela-el cirujano más eminente de Colombia hacia
mediados del siglo pasado. Edith Viscontini fue entre otras
cosas hipnotista, musa radiofónica de Costa Rica,
madre de la revolución nicaragüense y engendradora
de gran cantidad de hijos extremistas y apasionados, cuyas
historias leemos con deleite. Edith Viscontini, si en realidad
hubiera vivido, sería sin duda una precursora de
todas las libertades de la mujer hoy en día. Pero
lo curioso, lo encomiable en este personaje creado por Marco
Tulio Aguilera, es su modestia, su falta de deseo de figuración,
su intento de vivir sin pena ni arrepentimiento. Y aquí
es donde se liga la vida de esta protagonista memorable,
con la cantatriz francesa Edith Piaf, cuyas canciones Edith
Viscontini cantó a lo largo de su vida: Rien,
rien de rien, je ne regrette rien! (De nada, no me arrepiendo
de nada). Edith Viscontini vivió todo y no se arrepintió
de nada. El amor fue su religión y en él se
consumió con más pena que gloria. Pero no
se arrepintió de nada.
Novela escrita de manera vertiginosa, casi con el ritmo
de una película, sorprende de página a página.
Los cambios son sorpresivos, y sin embargo, totalmente verosímiles:
se trata, como dice la contraportada de la vida de "una
mujer que se atrevió a vivir lo que otras apenas
se atreven a soñar". Del tiempo sólo
se puede predicar que no conocemos su naturaleza, que es
irreversible y que cualquier cosa puede pasar, incluso la
muerte. Tal parece ser la idea que movió al autor
a escribir esta novela que es como un río turbulento,
que atrapa al lector y no lo deja en paz hasta la última
línea.
Con esta novela Marco Tulio Aguilera Garramuño,
un autor que de alguna manera se había mantenido
simplemente como un buen escritor de varios libros francamente
legibles como Cuentos para después de hacer el
amor, Cuentos para antes de hacer el amor, Mujeres
amadas, Buenabestia -novela publicada por Plaza
y Janés en Colombia y que apareció en México
con el nombre a "Las noches de Ventura"-, curiosamente
relegada, que sin embargo es de una intensidad erótica
y de una altura pocas veces lograda por un autor colombiano)
alcanza una consolidación me atrevo a decir que definitiva.
Sin pudor alguno hay que decir que es una novela grande,
apasionante, inolvidable. Cumple a cabalidad la exigencia
de Flaubert: tiene un inolvidable personaje femenino. Quien
conoció a Edith Viscontini lo más probable
es que nunca la vaya a olvidar. Confieso que leí
la novela de un tirón, aunque inicié la lectura
con algo de desconfianza. Me dije: hasta allá cayó
(o llegó) Garramuño, hasta ser producto Alfaguara.
Pues este producto Alfaguara me hace recuperar la fe en
la literatura y perderle un poco el miedo a eso que han
llamado la alfaguarización de ella, el rasamiento
y la trasnacionalización de un arte que tiene su
origen en la intimidad y debe hallar su destino en la misma
intimidad.
"El amor y la muerte" es una novela de amor
en la que se afrontan los grandes problemas de la vida,
una novela de educación sentimental de una mujer
y de una familia, una novela en la que se reflexiona sobre
el destino trágico de Colombia, sobre la pérdida
de las utopías colectivas y, finalmente, sobre el
sentido de la vida.
(*) Juan Fernando Argüello es periodista de la sección cultural
del Diario La Prensa, editado en México DF.