Dedicado a Guillermo Schavelzon, con amistad
I
Los primeros libros de la humanidad, elaborados en la región
mesopotámica de Súmer, fueron aniquilados
hace unos 5.330 años. Esto quiere decir que fueron
destruidos desde el primer momento de su creación.
La biblioteca de Alejandría, la más importante
de la antigüedad, fue devastada. La biblioteca de Pérgamo
quedó en ruinas. Las bibliotecas romanas desaparecieron
todas en diferentes incendios. En el año 213 a.C.,
todos los libros de China fueron quemados por órdenes
de un emperador. La Inquisición española destruyó
miles de ejemplares de textos científicos y de magia.
Los nazis destruyeron miles de obras de los autores más
representativos de la Europa del siglo XX. Los aviones aliados
arrasaron millones de libros de Alemania durante la Segunda
Guerra Mundial. Los serbios aniquilaron millones de textos
tras la disolución de Yugoslavia. Los talibanes destruyeron
todas las bibliotecas de Afganistán... La novela
"Versos satánicos" de Salman Rushdie ha
sido perseguida y destruida por musulmanes en todo en el
planeta desde su publicación en la década
de los ochenta... ¿A qué se debe esto? ¿Por
qué el ser humano destruye libros con tanta persistencia?
Estas preguntas son las que voy a intentar responder aquí.
El psicoanalista lacaniano Gérard Haddad, autor
de Los biblioclastas (1993), escribió que
la destrucción de libros ocurre porque el libro
es la materialización del Padre simbólico
freudiano. Con esta premisa, que hace de una obra el
padre del cual es hijo un determinado pueblo, él
asume dos posiciones para explicar la destrucción
de libros. Si se come un libro, es para recibir la aptitud
que éste contiene como elemento de generación,
para poder engendrar. Si se quema, por el contrario, es
para negar su paternidad, rechazar la función de
ser padre: El auto de fe actúa en forma velada
y extrema el odio y el rechazo al Padre. El odio al
libro, señala Haddad con enorme inteligencia, desemboca,
no pocas veces, en el racismo, pues el racismo más
que el color de la piel, niega el libro de otra cultura,
entendida como acto de generación de otro pueblo.
Lejos de esa interpretación, que respeto, mi respuesta
-o para decirlo mejor, mi presunción-se orienta en
otra vía. Creo que la destrucción de libros,
fenómeno cultural ascendente, es causada por un instinto
o impulso destructor característico de la naturaleza
humana. Hay, como sabemos, instintos que han signado a los
animales, y entre éstos, a su ejemplar más
evolucionado, al hombre. Definidos por el genoma en cuanto
a su estructura; definidos socialmente en lo relacionado
con su contenido, los instintos han servido a diversas tendencias
de reafirmación y adaptación. El instinto
de comer pretende mantener la vida, el instinto sexual pretende
la reproducción y el placer. El instinto destructor,
en cambio, es un impulso agresivo que sólo se satisface
en la aniquilación de la racionalidad de quien no
avala o no pertenece a los dominios de la propia. El instinto
destructor pretende romper, devastar cualquier facción
que lo obligue a confrontarse. En el punto más profundo
de este odio por lo "otro" subyace un rencor contra
todo lo que exista de manera diferente por las consecuencias
que implica la sola posibilidad de la comparación.
La destrucción de libros no es una venganza de los
instintos contra la cultura por las regulaciones que ésta
le impone, como lo señalaba Sigmund Freud en "El
malestar de la cultura", ni es una mera respuesta
biológica porque no se trata de ir en busca de alimentos
sino de atacar creaciones culturales. Es otra cosa: es algo
peor, es algo que hubiera sorprendido al mismo Freud, pues
el instinto destructor es un instrumento biológico
que orienta el sentido de reafirmación cultural de
una comunidad. El instinto destructor es cultivado socialmente,
desarrollado en la madurez individual, y su grado de daño
responde a las expectativas sociales de quien lo ejerce.
Ningún individuo o sociedad destruye o mata sino
aquello con lo que no quiere dialogar. Es el monólogo
más radical de la acción vital. Destruir un
libro es negarse al diálogo que supone la razón
plural de éste.
Lo interesante es que sólo se puede destruir lo
que existe, lo que ha sido creado. No se puede destruir
lo que no tiene existencia. Sólo en sentido figurado
se habla de destruir una reputación o de destruir
un ideal. En verdad, la definición básica
de destrucción contempla varios términos que
describen el acto desde su propia representación.
De forma curiosa, quien destruye acepta que las cosas existen,
que puede pensarlas y que tiene control sobre ellas. Esa
confianza en la onticidad del mundo, y en su lógica,
es la que le permite pensar que no hay necesidad de la pluralidad.
Para constituir conceptos, el hombre debe reducir las cosas
a la lógica, y la lógica es geométrica
y aritmética, pero cuando se reducen las cosas hay
que separarlas de su contexto e insertarlas dentro de otro.
La unidad que se logra para hacer dominable su entorno tiene
como consecuencia el olvido de cientos de detalles que sólo
pueden ser asimilados mediante un acto de distracción
del pensamiento. Y, en la vida real, forzar la unidad del
mundo, transformar lo óntico en lógico, supone
algo terrible, porque supone que el hombre desestima todo
aquello que no se subordina a su ideal de comprensión,
que es el que sostiene su conducta.
II
En la destrucción de libros, me atrevo a hablar
de una causa directa, que es el instinto, porque he revisado
con atención todo el proceso neurológico involucrado.
Descrito de forma sucinta, es posible encontrar una secuencia
que parte de una identificación, en los niveles conscientes,
del objeto, que en este caso es un libro. La evaluación
cognoscitiva a través de imágenes disposicionales
no es inmediata porque lo que se examina es la representación
no del objeto por su estructura física sino por sus
contenidos. Asimilada la diferencia, hay una reacción
de aversión simultánea.
El instinto destructor, un mecanismo preorganizado de respuesta,
probablemente relacionado con algunas de las funciones básicas
del sistema límbico del cerebro, recibe fuertes estímulos
una vez que resultan evaluadas las señales de información
contenidas en los nervios periféricos sensoriales
y motores, en el sentido de que un determinado libro o conjunto
de libros o estructuras culturales, representa(n) una voluntad
de expresión que no corrobora(n) o que pone(n) en
duda la suya.
El instinto destructor, al ser conservador, y estar, por
así decirlo, sintonizado con la configuración
de respuesta más primitiva del hombre, predetermina
un estado de comportamiento proclive a la eliminación
del otro valor cultural, y promulga o impulsa el fortalecimiento
de la concepción general que se posee de una manera
tal que se ataca la esencia misma del intelecto que gestó
la otra producción cultural. Aquí tiene un
valor importantísimo la suprarregulación que
sólo es despertada cuando la fuerza de voluntad es
superior al instinto.
La pauta innata del instinto destructor se revela en la
medida en que destruye y su finalidad sólo puede
ser entendida a partir del impulso que promueve una emoción
y una acción física violenta. La emoción,
como lo destaca su etimología, es un movimiento hacia
fuera y esencialmente tiene una connotación de reafirmación
o viceversa.
Finalmente, el libro o los libros son destruidos por diversos
medios y ocurre un proceso de liberación que pasa
de emoción a sentimiento, y se traduce como satisfacción.
El acto mismo construye los espacios de sus propios dominios.
III
La estructura de la razón no es lingüística;
está basada en imágenes transmitidas como
impulsos eléctricos o químicos en las neuronas
del cerebro. Llamamos razón a la capacidad de pensar
y elaborar inferencias coherentes, pero los contenidos del
pensamiento son meras imágenes disposicionales, como
lo han demostrado fehacientemente distintas investigaciones
neurológicas. No pensamos con palabras, pensamos
con imágenes y los límites de estas imágenes
no los establece la lógica sino algo más profundo,
como la física. El contenido del pensamiento humano
es una antología de imágenes que pueden ser
de naturaleza perceptual o rememorada. Dentro de este esquema,
el instinto destructor es una compilación de imágenes
dispuestas como órdenes directas de regulación
para confirmar un sentido de supervivencia específico.
Quien(es) destruye(n) un libro lo hace(n) porque cree(n)
amenazada su(s) categoría(s) vivencial(es). El instinto
de destrucción es, por tanto, proteccionista. El
hombre no hubiera inventado el lenguaje si no hubiera sido
porque reafirmaba su condición de supervivencia y
su sentido de dominio social; el hombre destruye libros
por la misma razón.
A esta actitud destructiva está asociada la consolidación
del dogmatismo y de una tesis filosófica conocida
como "Monismo". Aunque de cacofónico nombre,
el "monismo" parte de la idea de que todo procede
de un solo ser y la pluralidad es deleznable. El monismo
reduce (biológica o espiritualmente) todo a una ontología
sin comillas, perseverante en su creencia de que la unidad
es el bien y la pluralidad es el mal. El destructor de libros
es, en todos los casos, dogmático, porque se aferra
a la sospecha de que su concepción del mundo, aséptica
y uniforme, es indestructible e irrefutable, una especie
de absoluto de naturaleza autárquica, autofundante,
autosuficiente, infinita, única, atemporal, simple
y expresada como pura actualidad no corruptible. Ese Absoluto
implica una Realidad Absoluta. No se explica: se aprehende
directamente por revelación.
El instinto destructor, de condición biológica,
pero que sólo puede activarse socialmente, sólo
orienta la destrucción de lo que considere una amenaza,
y entender ese hecho se ha visto como una revelación
que refiere una verdad total y necesaria. No hay que olvidar
que los destructores más célebres han sido
grandes constructores: los destructores, además,
poseen su propio libro y piensan que no necesitan de ningún
otro. Su libro es eterno; el resto de los libros son producto
de la historia.
*******
¿Qué significa esto? No mucho. En este tema,
todo es una conclusión y todo comienza en cualquier
parte del problema. La destrucción de libros está
dirigida obviamente a fundar un orden reduccionista y selectivo,
un estado político no consensual. En un mundo donde
el libro no es el libro sino todo lo que lo rodea (su autor,
su grupo, su raza, su país, su continente), su aniquilación
favorece un instrumento de intimidación: no olvidemos
que lo que se niega al destruir los libros es su estructura
o identidad. Los libros, por decirlo de alguna forma, son
las casas de las ideas, y su eliminación expone a
la intemperie todo anhelo genuino de pluralidad o libertad.
Nada menos. O nada más.
(*) Fernando Báez (baezfer@hotmail.com)
. Presidente de la Sociedad de Estudios Aristotélicos
de Venezuela. Labora en el Despacho del Rector de la Universidad
de Los Andes (Mérida, Venezuela). Adscrito como investigador
de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas.
Es autor de "Aproximaciones" (1991), "Alejado"
(1993), "El Tractatus Coislinianus" (2000), La
ortodoxia de los herejes (2002), Los fragmentos
de Aristóteles (2002) y Todo el sol de
las sombras (2002). Textos suyos han sido traducidos
al inglés y al italiano. Se ha desempeñado
como Director del Diario Correo de Los Andes, Director de
la revista Ser, Director de la revista Aleph,
Director del semanario Hoy Viernes, asesor general
del INCE, Secretario Privado del Ministro de Sanidad y Asistencia
Social, Director de Publicaciones del MSAS. En el 2000 fue
reconocido por el Foro Borgesiano en el rubro de ensayos,
con la consiguiente publicación de su texto Borges
y el pensamiento en el volumen Ensayos borgesianos
(Buenos Aires). Ha recibido condecoraciones como la Orden
16 de septiembre de la Gobernación del Estado Mérida
por sus méritos en el campo de la filosofía
y la literatura venezolana. Miembro del Consejo de Redacción
de diez revistas venezolanas y latinoamericanas. Es colaborador
permanente de periódicos nacionales e internacionales,
impresos o electrónicos, de Caracas, Mérida,
Maracaibo, Los Angeles, New York, Québec, Madrid,
Palma de Mallorca, Tenerife, Barcelona, Rosario, Ciudad
de México, Lima, Santiago, Roma, Bogotá, Medellín,
Popayán, Berlin. Domina el inglés, alemán,
el latín y el griego clásico, idiomas en los
que ha traducido a diversos autores.