Ensayista, investigador, editor y narrador, M.T. Aguilera
Garrramuño (Bogotá, 1949) hizo estudios de
Letras en las Universidades del Valle y de Kansas y vive
en México desde finales de los años setentas.
Publicó su primera novela cuando tenía veinticuatro
años y desde entonces no ha dejado de recibir premios
y encomios por una obra que ya llega a las dos decenas de
títulos. Algunos de sus libros son Breve historia
de todas las cosas (1975), La cuadratura del huevo (1979),
Venturas y desventuras de un frenáptero (1988), Cuentos
para después de hacer el amor (1988) y Las noches
de Ventura (1992).
El amor y la muerte, su última novela, tiene como
trasfondo la historia de una familia, que como muchas de
las colombianas de hoy, han vivido los horrores y la ostentación
de una sociedad anacrónica. Según su autor
"es un intento por rescatar del olvido a un personaje
maravilloso".
Apoyado en datos históricos y en la propia experiencia
de su vida, Aguilera Garramuño hace de Edith Viscontini,
su heroína, una suerte de espía latinoamericana
que vive su infancia y pubertad en la Argentina machista
y pendenciera de Perón, su adolescencia, matrimonio
y apoteosis en la conservadora Colombia de entreguerras
y su madurez en Costa Rica y Nicaragua, donde es declarada
Madre de la Revolución. Una mujer que se atreve a
vivir el amor como si fuese una obra del arte, las aventuras
de la existencia como asuntos ineludibles y el fracaso de
toda existencia como el fin irrevocable de nuestro paso
por el mundo.
Esta es quizás la mejor de las novelas que haya escrito
Aguilera Garramuño. Rica, vertiginosa, profunda y
grave, El amor y la muerte, hace de Edith Viscontini uno
de los personajes de ficción mas atrayentes de nuestro
tiempo.
¿El amor y la muerte, es una novela
biográfica?
Esa es una pregunta incómoda. Podría decir que
la novela parte de una base biográfica, pero que se
dispara gracias a las variaciones que a los hechos les dio
mi imaginación. Sobre lo que podría ser la realidad
se instalan mi subjetividad, mi punto de vista, mis prejuicios,
mis temores, mis esperanzas. En la novela reproduzco un universo
que existió en mi memoria y que fue modificado por
mi imaginación. En la novela reconstruyo un mundo perdido,
a la medida de mis capacidades literarias. Sería absurdo
ocultar que la base para la creación de la protagonista,
Edith Viscontini, fueron mi madre y Edith Piaf, la cantante
francesa. La Argentina de Perón, la Colombia de las
guabinas y los bambucos, la Nicaragua sandinista, la Universidad
del Valle en San Fernando, son elementos históricos.
Sin embargo lo que importa en la novela es el producto, no
sus fuentes. La obra podría ofender a algunas personas
que se creerán retratadas, pero sólo si la leen
como chisme, con criterio estrecho e hipócrita, no
como producto artístico. A las personas las convertí
en personajes literarios: inventé, tergiversé,
les asigné normas morales o falta de normas: hice un
mundo a la medida de mis debilidades y fortalezas.
¿Cuál sería en últimas,
la opinión del narrador sobre los procesos revolucionarios?
En esta novela hay muchos narradores, aunque uno de ellos
predomine. La respuesta a esta pregunta la debe hallar el
lector. Lo que yo opine sobre la revolución o lo que
se ha llamado "la revolución", carece por
completo de importancia. Mis búsquedas se limitan al
mundo de la intimidad. No creo que valga la pena una opinión
mía sobre el tema. En asuntos de política tiendo
a ser una nulidad. Pongámoslo como sentencia digna
de toda crítica: Mi patria son las mujeres y mi política
el amor. Además creo solemnemente que sólo los
mediocres o los ambiciosos sin medida pueden tener la ingenuidad
de creer que se puede gobernar a los hombres. En términos
generales los políticos son gente mediocre. Otras cosas
de mayor envergadura ocupan a los hombres verdaderos: el arte
y la ciencias, por ejemplo.
¿Por qué no vive usted en Colombia?
Porque siempre he sido una persona que se ha dejado llevar
por la corriente de los acontecimientos. Y como para mí
el único verdadero acontecimiento son las mujeres,
pues ellas me han llevado y traído. Si fuera soltero
y sin compromisos posiblemente viviría en Colombia,
pues allí se respira mejor, hay más vida, la
imaginación de los artistas es más poderosa,
la realidad está menos aletargada que en el resto del
mundo. Una semana en Colombia vale para mi experiencia lo
que un año en México. Hay otro elemento que
ha determinado el hecho de que yo no viva en Colombia: el
dinero. A mí, como a Dalí, me gustan los dólares
y en México he encontrado la forma de ganarlos: con
trabajo, con premios, con literatura. Posiblemente si viviera
en Colombia tendría una vida penosa, con demasiado
trabajo y poca recompensa. Posiblemente si hubiera vivido
en Colombia ya estaría muerto: desde que me conozco
he sido de opiniones tajantes. Soy incapaz de condescender,
de decir mentiras. Y en Colombia quien no se calla se muere.
Creo que vivo, y fuera del país, le soy más
útil a mi patria. Un buen escritor pesa por mil narcotraficantes
en lo que se refiere a la imagen de Colombia. Además
no soy patriotero, aunque en mi estudio una bandera de Colombia
ocupe toda una pared.
Salí de Colombia porque me dejé llevar por el
azar, que en mi caso tiene nombre de mujer y apellido de interés.
Salí de Colombia en busca de trabajo. Había
terminado la licenciatura en Filosofía en la Universidad
del Valle, escribía en el periódico El Pueblo,
daba clases en el Colegio Los Cedros del Líbano. Cuando
renuncié al trabajo al saber que me iban a echar debido
a que mis clases eran demasiado heterodoxas, me quedé
en la calle. Por aquellos días acababa de salir mi
novela Breve historia de todas las cosas y de pronto me vi
con dos opciones: viajar a Buenos Aires a la presentación
de la obra, o irme a trabajar a la Universidad de Kansas gracias
a una recomendación de Alvarez Gardeazábal.
Como yo estaba en la más absoluta ruina, mis amigos,
movidos por Aleyda Roldán de Micolta, organizaron un
baby shower, para comprarme ropa de invierno. El pasaje me
lo regaló Otto Morales Benítez. Y me fui a Estados
Unidos. Allí hice una maestría, reñí
con el decano de la Facultad de Artes por mi forma poco ortodoxa
de dar clases (me quedaba dormido en lugar de trabajar, y
decía que estaba haciendo investigaciones oníricas)
y salí rumbo a México, siguiendo a una mujer.
En Monterrey no me pude casar con ella porque resultó
hija de millonarios y yo era una especie de espíritu
de la eterna contradicción. Me dieron un premio literario
en la Universidad Veracruzana, me ofrecieron trabajo, me casé
y allí, es decir, aquí, encallé. Llevo
23 años en la misma ciudad mexicana, Xalapa, donde
he escrito la mayor parte de mi obra. Tengo la más
absoluta comodidad, el mejor sueldo, el número de mis
enemigos excede en multitudes al de mis amigos, pero con la
ventaja de que mis amigos son gente honrada. He trabajado
centímetro a centímetro, sin jamás venderme
ni ceder a la tentación de decir mentiras para alcanzar
prebendas. Durante diez años tuve una columna en uno
de los suplementos literarios más importantes de México
y allí ejercí mi criterio con la más
absoluta violencia y honradez. La Universidad Veracruzana
me ha premiado durante cinco años consecutivos por
el hecho de que soy el investigador más productivo,
y el gobernador del estado de Veracruz me ha concedido el
título de Creador Artístico del Estado en dos
ocasiones. He alcanzado esto sin exponer mis partes nobles,
sólo con trabajo.
¿Es el erotismo en muchas de sus novelas
un mero ingrediente promocional?
La pregunta denuncia una inteligencia diabólica y una
intención malsana. Pero habría que replantearla:
¿es el erotismo un ingrediente promocional en la vida
del ser humano? Es decir: ¿sirve el erotismo para que
la vida del ser humano tenga interés? Si es así,
mi respuesta es sí: el erotismo es un elemento promocional,
pero no "meramente" promocional. El erotismo es
un elemento muy importante, que sirve para equilibrar la vida,
para gastar la dotación aristotélica de fuego
que todos los seres humanos traemos cada amanecer y que debemos
gastar a lo largo del día. El erotismo es central en
todo lo que escribo porque el erotismo es central en mi vida.
Si el erotismo le da interés, le da emoción,
carga las situaciones de energía, si el erotismo es
el elemento promocional fundamental de mi vida, ¿por
qué no habría de ser el elemento promocional
fundamental de la literatura? Aunque, por otra parte, Gustavo
Álvarez haya dicho lo contrario: que solamente cuando
me olvido de las mujeres y del erotismo es cuando logro escribir
una buena novela, como El amor y la muerte.
Quienes dicen conocerle, sostienen que usted
es muy conservador en materia erótica
Ese es un asunto que sólo pueden responder las personas
que hayan compartido la intimidad conmigo. Por lo pronto me
parece buen motivo para una encuesta. Amigas mías,
hermosas criaturas que habéis compartido el lecho conmigo,
¿soy conservador en la cama?
Por otra parte, habría que leer lo que escribo, para
saber si este conservadurismo se hace notable en mi literatura.
¿Qué buenos y malos recuerdos
tiene de sus tiempos de estudiante en la Universidad del Valle?
Buenos recuerdos: el taller literario de Gustavo Álvarez
Gardeazabal; los tiempos en que fui atleta y representé
a la Universidad del Valle como fondista (gané los
5000 metros en la zona sur de Colombia); las clases de profesor
Francisco Jarauta y las clases de griego antiguo; la emoción
de tirarle piedra a los soldados y de estar sitiado por el
ejército en San Fernando; mis amores platónicos
con Marilú Ostertag y Claudia Bloom y mis amores menos
platónicos con la señora que vendía dulces
en las afueras de las residencias universitarias y con una
morena con la que pasábamos días enteros desnudos
río arriba en Pance. Malos recuerdos: las clases terriblemente
aburridoras de unos profesores de filosofía de cuyos
nombres ni siquiera quiero acordarme; los desprecios a los
que me sometía la raza maldita de los semióticos;
el hecho de que me hubiera preparado para correr los 1500
metros en los Juegos Nacionales Universitarios y que en los
selectivos me derrotara el flaco Carvajal. Y lo peor de todo:
que nunca pude formar parte de la selección de básquet
de la Universidad del Valle. Siempre estuve en el segundo
equipo... y además, en la banca.
¿Está o no en crisis la novela?
En lo que a mí concierne, la novela no está
en crisis. Yo no puedo pasar mi vida sin leer novelas y sé
que a muchas personas les sucede lo mismo. Mientras más
inseguro sea el mundo exterior, las personas buscarán
más consuelo en actividades íntimas como hacer
el amor o leer.. El mundo no puede vivir sin novelas, porque
ellas alimentan una parte fundamental de la naturaleza humana:
la necesidad de vivir más de lo que efectivamente se
vive, la necesidad de fantasear y de ser otro. Las novelas
alimentan el cine, consuelan contra la soledad, divierten,
se venden donde la gente tiene excedentes para comprarlas
y donde hay bibliotecas accesibles. Forman parte de las nacionalidades,
de las identidades, de los orgullos nacionales, de las glorias
municipales. Lo complicado del asunto es que la lectura de
novelas es patrimonio de una elite intelectual, que en unos
países es grande y en otros pequeña. La batalla
que se debe dar es para que esa elite crezca hasta que alcance
a la mayoría de la población. Y ello depende,
en parte, de la prosperidad de un país, en parte, en
los programas de gobierno, y en parte en las individualidades
de los escritores. Pienso que la semiótica, la nueva
novela francesa y el estructuralismo contribuyeron a hacer
que los escritores escribieran cada vez más sofisticadamente,
es decir, lejos del sentido, y que los lectores huyeran de
lo que se pronunciaba como "literatura". Nunca habrá
una "nueva novela": habrá simplemente una
novela, es decir, la que está abierta a todo, menos
a la incomunicación con el lector.
¿Es la actual novela "latinoamericana"
otro producto más de la publicidad?
No existe la actual novela latinoamericana. Existen novelistas
y existen novelas. Ninguna novela auténtica es producto
de la publicidad. Todas son producto de un trabajo individual,
del cual se apropian las editoriales comerciales con el propósito
de buscar rendimientos. Hay escritores que escriben por el
placer de escribir y escritores que escriben con el objetivo
de vender. Los segundos, no son novelistas, son comerciantes.
Otro problema diferente es el de la dinámica de los
mercados mundiales. Hay dos tendencias básicas: la
de la novela que se publica en una editorial de proyección
local, y la de la novela que se publica en una de proyección
mundial. Ya se comienza a hablar de la "alfaguarización"
de la literatura: grandes emporios compran las grandes firmas
y las transforman en productos de venta mundial, tipo Coca
Cola o Marlboro. Esto es bueno para los escritores y malo
para la literatura. Da dinero, pero comienza a crear valores
que no necesariamente tienen que ver con la calidad. La prueba
del poder corruptor de los imperios editoriales es que logran
hacer creer a los lectores que sólo los escritores
de su cuadra son buenos.
Las mayores maquinarias de engaños son los concursos
con grandes bolsas: en ellos pesa más la opinión
de los empresarios que las de los jurados o los lectores.
¿Son los novelistas unos tontos útiles
de las editoriales?
Si los novelistas son buenos, los tontos útiles son
las editoriales, que invierten millones en un montón
de letras empastadas, pero en este caso las editoriales no
serían tontas, sino inteligentes. El quid del asunto
es no ponerse a sueldo de nadie, no escribir por encargo,
no ponerse plazo: que las editoriales esperen el libro, no
que lo exijan. Lo más importante es no venderse, no
perder el criterio. Voy a poner un caso muy lastimoso: Carlos
Fuentes haciéndole propaganda a escritores mediocres
que publican en "su" editorial. Una vez García
Márquez me dijo: "Hay que escribir bien para que
los editores vengan de rodillas a pedirte los libros".
¿Inocencia o vanidad? Más bien sentimiento de
poder.
¿Por qué escribe novelas, o
cualesquiera otras cosas?
Porque soy un antipático lleno de energía, que
busco afecto y quiero imponer respeto y hasta cariño.
Escribo porque si no lo hiciera sería un patán
insoportable o un loco de atar. Un día encontré
la forma de gastar mi dotación de fuego y desde entonces
practico esa forma: escribo. Estoy absolutamente comprometido
con la literatura. Ella es mi primer matrimonio y será
mi última relación. Coloco la literatura por
encima de todo lo demás: familia, poder, dinero, placer.
La literatura es el medio que me permitirá alcanzar
todo lo demás. Si fracasara en ella mi vida no tendría
sentido.
(1) Si quieres escribir a M.T. Aguilera Garramuño puedes
hacerlo al correo electrónico matag@infosel.net.mx
(*) Harold Alvarado Tenorio (alvaradotenorio@telesat.com.co),
poeta, ensayista, traductor y periodista, nació en
Colombia en 1945, hizo estudios de letras en la Universidad
Complutense de Madrid, donde recibió Titulo de Doctor.
Profesor Titular de la Cátedra de Literaturas de América
Latina y Director del Departamento de Literatura de la Universidad
Nacional de Colombia, se ha desempeñado también
como asesor cultural del Centro Colombo Americano de Bogotá
donde dirigió las Series Escritores de las Américas
y como editor de los Cuadernos de Poesía de España
y América de la Editorial Tiempo Presente y de la Página
Ocho/Cultura de La Prensa. Ha recibido, entre otros, el Premio
Nacional de Periodismo Simón Bolívar y el Internacional
de Poesía Arcipreste de Hita. Su obra ha sido publicada
en inglés, francés, griego, chino, alemán
y portugués. Ha sido invitado a ofrecer lecturas de
sus poemas en Universidades y Centros Culturales de Argentina,
Brasil, China, Cuba, Ecuador, España, Estados Unidos,
Francia, México, República Dominicana y Venezuela
Entre sus libros figuran Summa del cuerpo, Ediciones Deriva,
Cali, 2002, Fragmentos y despojos, Ediciones Universidad del
Valle, Cali, 2002, Literaturas de América Latina, Ediciones
Universidad del Valle, Cali, 1995; Ensayos, Ediciones Universidad
del Valle, Cali, 1994; Poemas chinos de amor, Editorial China
hoy, Beijing, 1992; La poesía de T.S. Eliot, Ediciones
Centro Colombo Americano, Bogotá, 1988; Espejo de máscaras,
Ediciones Universidad Nacional de Colombia, Bogotá,
1987; Una generación desencantada: los poetas colombianos
de los años setentas, Ediciones Universidad Nacional
de Colombia, Bogotá, 1985; Kavafis, Ediciones Universidad
de Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, 1984 y Cinco poetas españoles
de la Generación del Cincuenta, Ediciones La Oveja
Negra, Bogotá, 1980.
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