Con la decimoctava edición de Enfocarte
comenzamos el tercer año de este espacio
artístico-cultural que, gracias a los lectores,
se ha convertido en el medio de difusión
cultural en español más completo y
consultado de Internet.
Un nuevo número de Enfocarte,
que no es un número más; el que emprendemos
no es exclusivamente otro año en el cual
seguiremos arribando, edición tras edición,
a sus hogares a través de la red. Es un año
singular no sólo para nuestra revista, sino
para toda la sociedad.
Como ya he escrito anteriormente en otras editoriales
de Enfocarte, estamos viviendo en
una época de grandes cambios donde está
seriamente cuestionada la globalización,
ya que pone en constante peligro terminal las identidades
culturales. Una época donde el «mediocentrismo»
dominante persigue una sola finalidad: la homogeneización
cultural y el exterminio de las diversidades características
de cada subcultura.
Una época signada por dos grandes movilizaciones.
Por un lado existen movimientos sociales orientados
a la fragmentación, netamente «localistas»;
y por otro nos hallamos con grupos fundamentalistas
que pretenden imponer a cualquier costo la globalización
como nueva religión de este tercer milenio.
Entre ambos sectores se encuentran los actores sociales
sumidos en una alienación y esquizofrenia
estructural de descomunales magnitudes que lo conducen
a una disputa por la identidad cultural.
Si tomamos el concepto de identidad como el desarrollo
por medio del cual cada individuo -en tanto actor
constituyente de una sociedad- se distingue como
elemento social y, a partir de ese punto, erige
y edifica sus sentidos y significaciones preferentes
en función de una amalgama de particularidades
culturales establecidas por la sociedad a la cual
pertenece; entonces es imprescindible establecer
espacios estratégicos de resistencia frente
a las constantes embestidas de los movimentos localistas-nacionalistas
y de los grupos radicales pro-globalización
para lograr defender la diversidad de matrices culturales.
Es necesario una nueva visión sobre los
cambios políticos, económicos y sociales
que se están sucediendo para lograr estos
espacios estratégicos de resistencia. Espacios
que tienen la función de contener a los actores
sociales y permitirles la reconexión de su
yo individual y colectivo, así como la defensa
del individuo ante la «unidimensionalidad
marcusiana» de la sociedad mediante la educación,
el pensamiento y la cultura.
/fvp