En el arrabal morisco de Tetuán, en la callejuela
de Dar Vomba, precisamente junto a los arcos que la techan
dándole la apariencia de un subterráneo azulado,
vivía hasta hace pocos años Ibu Abucab, comerciante
y fabricante de babuchas.
Algunos niños, de nueve y diez años, respectivamente,
trabajaban para él. El babuchero era un hombre de
baja estatura, morrudo, con ojos como manchados de leche
y tupida barba sobre el pecho.
Ibu Abucab había repudiado a su esposa, Rahutia,
cuando ésta cumplía dieciséis años.
Sospechaba que ella, desde la terraza de su finca, le engañaba
con su vecino Gannan, el platero.
Sin embargo, no había tenido oportunidad de olvidarla.
Mientras los niños moros recortaban las sandalias,
Ibu recordaba pensativamente el compacto cariño de
Rahutia y sus caricias espesas. Ciertas imágenes
le roían la conciencia como los agudos dientes de
un ratón. Era aquélla una sensación
de fuego y enloquecimiento que le cubría los ojos
de blancas llamaradas de odio.
Rahutia, después de refugiarse en Fez, se dedicó
a la danza. En pocos años se hizo famosa en todos
los bebederos de té que se encuentran yendo de Uxda
a Rabbat y de Tremecen hasta Taza, la vieja ciudadela de
los bandidos.
Las danzas de esta mujer fea eran un temblor de rodillas
y crótalos que exaltaban a los espectadores. Presagiaban
la muerte y el zarpazo de la fiera.
Ibu Abucab odiaba a su mujer, pero la odiaba consultando
sus intereses, y, precisamente, fueron sus intereses los
que le impidieron cortarle la cabeza cuando sospechó
de ella.
Ahora Ibu Abucab prosperaba. Dentro de algunos anos, con
ayuda de Alá, se enriquecería, y podría,
como otros vecinos, mantener un harén. También
la humillaría a Rahutia.
Pero una noche, a las diez, en el mismo momento que se disponía
a cerrar su tienda, entró a ella un joven. Ibu Abucab
comprendió que su visitante pertenecía a la
aristocracia indígena, pues su chilaba era de muy
fina lana, y de su espalda colgaba una capa con capucha
revestida de seda. Una barba fina sombreaba el rostro del
desconocido, que, llevándose las manos a los labios,
saludó:
-La paz en ti.
-La paz.
El joven dijo:
-Tú no me conoces a mí, pero yo te conozco
a ti. Soy hermano de El Mokri.
Ibu Abucab barruntó que tendría que tratar
un asunto grave, y se excusó:
-Permíteme que cierre mi tienda, y estaré
contigo.
Y acompañó a su visitante a la trastienda.
El joven dejó sus babuchas a la entrada, y avanzando
descalzo por el suelo esterillado, se sentó en cuclillas
en un cojín. Luego encendió un cigarrillo,
y su mirada dura se paseó por la habitación
revestida de tapices hasta la altura de sus hombros.
Nuevamente entró Ibu, y también descalzo,
fue a sentarse frente al hermano de El Mokri. No sabía
quién era El Mokri, pero su instinto le advertía
que aquel joven sentado frente a él y fumando un
cigarrillo egipcio podía tener influencia en su vida.
El comerciante inclinó la cabeza sobre el pecho y
reposó las manos sobre el vientre. El otro dijo:
-Yo no imitaré a los gatos que rodean un pedazo de
pescado y maúllan inútilmente. . . ¿Conoces
a El Mokri?
Ibu Abucab tuvo que convenir que no conocía a El
Mokri.
El joven, cruzado de brazos, reconsideró al comerciante.
Por más que se esforzaba por ocultar el desprecio
que le inspiraba ese hombre, la hostilidad traslucía
de él. Finalmente exclamó:
-El Mokri murió por culpa de tu mujer Rahutia.
El babuchero repuso, fríamente:
-Rahutia no es mi mujer. Hace tiempo que la repudié
a causa de su mala conducta.
El joven aclaró su posición en Tetuán:
-Mi hermana Fátima es "mulett ettal" del
Califa. Habla con sinceridad: ¿Por qué no
le cortaste la cabeza a tu mujer?
Ibu Abucab se mesó, pensativamente, la barba. De
modo que el desconocido era hermano de una favorita del
Califa. Aquel hombre podía hacerle mucho daño.
Respondió con dignidad:
-Un humilde babuchero no puede manchar con sangre las esteras
de su tienda.
El joven encendió otro cigarrillo, y continuó,
obcecado:
-Por culpa de Rahutia, mi hermano ha muerto. Esa sepulturera
ha hecho daño a muchos hombres.
El joven decía la verdad, aunque la cólera
lo cegaba. Prosiguió:
-Allí tienes al hijo de Ber, enjuto como un perro,
y loco como un camello cuando llega la primavera. Y también
Alí, que ha despilfarrado en el Tremecen la hacienda
de su padre... Tú no me conoces a mí, pero
yo te conozco a ti.
El comerciante pensó que podía responderle
a ese energúmeno que él no era Rahutia, pero
las palabras del joven, en vez de ofenderle, despertaban
el odio doloroso enterrado en el fondo de su pecho. En verdad
que lamentaba ahora haber dejado con vida a aquella mujer,
cuando un pocillo de veneno lo hubiera simplificado todo.
El joven, pálido de ira, continuaba:
-¿No es una iniquidad que tales abominaciones ocurran
y que la responsable sea la mujer de un babuchero?
Ibu Abucab miró el rostro del joven atormentado,
y experimentó piedad por él. Repuso:
-¡Qué puedo hacer yo!. . . ¿No la he
repudiado acaso por su mala conducta?
El joven insistió:
-Debiste haberle cortado la cabeza...
Melancólico, repuso el babuchero:
-Sí; pero no se la corté.
El joven insistió:
-¿Por qué no tomaste ejemplo del piadoso Mohamet,
que mató a su mujer a palos cuando supo que le era
infiel? Dogmático, repuso el babuchero: -El Profeta
ha dicho que no debe golpearse a una mujer ni con una rosa.
El hermano de El Mokri repuso rápidamente:
-Cortarle la cabeza es diferente.
Ibu Abucab intentó la suprema defensa:
-Estaba escrito.
El visitante no se dejó apabullar por la respuesta:
-¿Puedes jactarte tú de haber amarrado al
camello a una buena estaca?
Con esta frase de Mahoma el joven le quebraba las patas
a la fementida teoría de la Fatalidad. En efecto,
el Profeta ha escrito que el creyente no debe abandonarlo
todo en las manos de Alá sino después de asegurarse
que ha cumplido minuciosamente con todas las precauciones
que un hombre precavido debe observar.
El babuchero comprendió que la Fatalidad marchaba
a su encuentro. Entornó los ojos hacia los tapices
del muro, y finalmente, descargando su pecho en un suspiro,
preguntó:
-¿Que puedo hacer yo por tu hermano muerto y el honor
de tu familia?
El visitante se puso de pie, aderezó la capa sobre
su espalda, y con los ojos dilatados, acercando el rostro
al pálido semblante del comerciante, dijo:
-Invítala a tu mujer que venga a tu tienda mañana
a la noche... Dile que un hombre de Taza te ha ofrecido
un collar de perlas. Ella es conocedora de piedras preciosas,
y querrá verlo...
Salió el hermano de El Mokri... El comerciante se
prosternó en dirección a La Meca, y comenzó
devotamente su oración:
"En nombre del Clemente, del Misericordioso..."
Rahutia, la bailarina, había corrido a través
de las decepciones con el mismo gesto doloroso de un guerrero
que tiene las sienes atravesadas por una saeta.
Su corazón estaba empapado de odio a los hombres.
Era una mujer pequeña, sombría y delgada,
de manos ardientes y labios fríos. Su rostro, endurecido
por la adversidad, inspiraba respeto, pero cuando sonreía,
súbitamente su alargado semblante se llenaba de tanta
luz e ingenuidad que hasta a los granujas más recios
les temblaban las manos. Había bailado en Taza, la
ciudad de los bandidos; conocía todos los bebedores
de té, desde Uxda a Rabbat, en Tremecen. Un cadí
enloqueció al perderla. Aunque su carrera de bailarina
había comenzado en los tugurios de Tánger,
que están arrimados a las murallas de la época
de la dominación portuguesa, su sensibilidad la había
convertido en una danzarina que hacía aullar a las
masas cuando se presentaba en los tabladillos.
¿Qué era lo que atraía de esa mujer
fea? ¿Acaso su corazón, más seco que
la arena, y un tedio cargado de versatilidad, o su enorme
desprecio por el dinero, que la tornaba tan grande e inconquistable
como el mismo Califa, que todos los viernes acudía
a la mezquita, seguido de un escuadrón y un descabalgado
caballo de guerra?
Esta era la mujer por quien se había perdido El Mokri.
El Mokri había ido a Fez, encargado de una misión
oscura acerca del Sultán. Conoció a Rahutia
en un cabaret, y perdió la cabeza. Un mes después
se ahorcaba en la casa de la bailarina.
Rahutia se encogió de hombros. Los hombres eran locos.
Sufrían cuando eran felices por miedo a perder la
felicidad. Ella no se encadenaría jamás a
nadie.
Pero después de siete años volvió a
Tetuán, a vivir en la entrada de la plazuela de la
calle de Attarin del Suk el Fuki. ¿Qué era
lo que la atraía de aquel espacio empedrado con guija
de río?... Durante todo el día se oía
disputar allí a las campesinas del Borch con los
esclavos negros, cuyas motas estaban cubiertas por redecillas
de conchas marinas. Las parras sombreaban con sus pámpanos
las paredes encaladas y las piedras manchadas de aceite.
Rahutia vivía allí, a la entrada de un túnel,
donde constantemente flotaba una crepuscular luz azul; en
una casa cuya puerta de cedro estaba defendida por agudas
puntas de hierro como la carlanca de un mastín. Frente
a la casa, de las vigas que abovedaban la calle, colgaba
un inmenso farolón de bronce, tallado al modo morisco.
Servía a la bailarina una criada de color de chocolate,
con la luna y las estrellas tatuadas en la frente, en las
mejillas, en el dorso de las manos y en los talones.
¿Por qué Rahutia había vuelto a Tetuán?
Ella misma no hubiera podido contestarse a esta pregunta.
La atraía el arrabal moruno, el batir de los tamboriles
durante las noches de esponsales y la tristeza de la vida
de todos aquellos esclavos, mientras que ella no era una
esclava, sino que estaba libre, definitivamente libre...
El ex marido, el babuchero, no le inspiraba curiosidad ni
odio. Era el hombre que acumula dinero, mueve parsimoniosamente
la cabeza y trata de estar bien con todo el mundo porque
así conviene a sus intereses. Sin embargo, Ibu Abucab
debía despreciarla. Jamás había intentado
comunicarse con ella. Bajo ese silencio, probablemente se
consumía un amor humillado y cargado de rencor. Quizá
la hubiera olvidado, pero cuando pensaba que a ese hombre
de ojos lechosos le había regalado dos años
de matrimonio, su sensibilidad se crispaba de soberbia y
frialdad. No; Ibu Abucab no la olvidaría nunca.
De manera que aquella mañana soleada no se extrañó
cuando después de muchos años, vio entrar
a su casa a la vieja Menana, nodriza de su ex marido. La
anciana, después de saludarla e informarse de un
montón de bagatelas, fue al asunto:
-Ibu Abucab desea verte... Un hombre de Taza ha dejado en
su tienda un collar de perlas, y quiere mostrártelo,
pues sabe que tú entiendes de piedras preciosas,
y él en cambio no conoce sino pellejos y babuchas.
Rahutia miró una mancha de luz sobre el alto muro
encalado, luego fijó la mirada en su esclava, que
derramaba un odre de agua en un ánfora de bordes
dorados, y respondió, calmosa:
-Dile que iré esta noche...
Cuando Rahutia, en compañía de Ibu Abucab,
pasó a la trastienda del comercio comprendió
que no tendría que examinar ningún collar.
Un negro, con bombachas anaranjadas y chaleco verde, custodiaba
la puerta por donde había entrado. Soportaba una
alfombra arrollada bajo el brazo. Del centro de la alfombra
salía la punta de una espada. En un cojín
permanecía sentado el hermano de El Mokri. El joven
no se dignó responder el saludo de la mujer, pero,
dirigiéndose al babuchero, le dijo:
-Tú puedes aguardar afuera.
El babuchero salió sin pronunciar una palabra.
Rahutia miró en derredor. Estaba en presencia de
misteriosos enemigos. El negro corrió la cortina
de la entrada, y Rahutia, después de examinarle despectivamente,
le preguntó:
-¿No eres tú el aguatero que chilla como una
mujerzuela todas las mañanas frente a la tienda de
Alí?
El negro no respondió una palabra. Bajo el sobaco
soportaba la alfombra arrollada, de cuyo centro salía
la punta de la espada.
El hermano de El Mokri intervino:
-¿Tú eres Rahutia, la bailarina?
Rahutia miró fríamente al joven:
-No has respondido a mi saludo ni me has ofrecido asiento.
Tu apariencia es la de un señor, pero tu conducta
es más grosera que la de un esclavo.
El joven se levantó, las mejillas ruborizadas de
furor:
-Yo soy hermano de El Mokri, el hombre que por tu culpa
se mató en Fez. Te he condenado, y he venido a cortarte
la cabeza.
Rahutia avanzó serenamente hasta un cojín,
se dejó caer allí, levantó los ojos
hasta el pálido semblante del joven:
-¿De modo que tú eres hermano de El Mokri?
¿No has sido tú quien, en Tremecen, mandó
echar veneno en mi baño?...
-Soy yo...
Rahutia hizo jugar los alambres de oro que se arrollaban
a sus muñecas; luego, cruzándose de piernas
y mostrando sus pantalones de seda recamada de plata, apoyó
el mentón en el puente de las manos entrelazadas.
Reflexionó un instante:
-Hace mucho tiempo que me persigues. ¿Qué
puedo hacer yo por ti?
-¡Hacer por mí!...
-Naturalmente. Tu hermano ha muerto de muerte que se dio
con sus propias manos, y tú me persigues queriéndote
cobrar con mi vida. ¿Qué calidad de hombre
eres tú?
Rahutia hablaba sin cólera, con la triste lentitud
de una mujer que ha presenciado demasiados sucesos para
ignorar que el Destino los resuelve casi siempre de un modo
inesperado y en un minuto muy breve.
El hermano de El Mokri estalló:
-Yo soy un señor y tú eres una hiena de sepulcros.
¿Cómo te permites hablarme en ese tono? No
estoy aquí para cambiar contigo palabras inútiles.
He venido a cobrarme con tu vida la vida de mi noble hermano...
Una ola de sangre subió hasta las sienes de Rahutia.
Dominó su cólera, y dijo:
-Haz salir a ese esclavo, y te diré muchas cosas.
El joven vaciló. Rahutia sonrió:
-Tienes miedo de una bailarina.
El joven hizo una señal al negro, y el aguatero salió
con su alfombra y su espada.
-¿Qué tienes que decirme?
Rahutia se levantó y fue a sentarse junto a su enemigo.
El capuchón de su capa blanca se le había
caído sobre la espalda, y su cabello enmarcaba con
finas ondas su rostro largo y fino, encendido por una llama
de madura gravedad. Con firmeza puso la mano sobre la espalda
del joven:
-Yo no lo empujé a la muerte a tu hermano. Tu hermano
traicionaba por igual al Califa y al Sultán. Tu hermano
me encontró cuando el hacha del verdugo estaba muy
cerca de su cabeza. Se comunicaba con Alí, el negro
de Taza, agente de Abd-el-Krim. Quería huir del Magrebh
y llevarme consigo. Yo no le amaba... ¿Por qué
iba a seguir a un hombre que ya estaba muerto? Tu hermano
se había enredado con extranjeros terribles. Tu padre
lo supo, y antes que el Califa le cubriese de vergüenza,
vino a Fez y visitó a El Mokri, amenazándole
matarle con sus propias manos si él no lo hacía.
Y cuando tu hermano, borracho de kif, se ahorcó en
mi casa, todos los lavadores de escudillas de Fez dijeron:
"La culpable es Rahutia".
El joven reflexionó:
-Tus palabras son graves e increíbles. ¿Qué
pruebas tienes? Mi padre ha muerto. Mi hermano también.
Los franceses han fusilado al negro Alí. ¿Cómo
creerte?
Rahutia frunció el ceño.
-Yo ignoraba, cuando venía hacia aquí, que
encontraría al enemigo de mi vida.
Hablaba, pero sus manos continuaban jugando con las ajorcas
de oro.
El hermano de El Mokri se sintió afectado por esa
calma. La bailarina le dominaba a su pesar con aquella infinita
serenidad.
-Estás mintiendo.
-Mírame a los ojos.
El hombre apartó los ojos de un versículo
que en oro culebreaba en el tapiz, y los fijó en
la mujer.
Aquel rostro largo, fino, que había besado apasionadamente
su hermano lo perturbaba. ¿Mentiría ella o
no?. . . Iría a caer entre sus garras. Lo atraía.
A través de la tela de su chilaba sentía que
la temperatura de aquella mano tan ardiente se iba filtrando
a lo largo de su ser como un filtro de aborrecida y ansiadísima
debilidad.
Apelando a su voluntad, estranguló la ola de emoción
que se le subía a los ojos, y, entristecido, fatigadísimo,
habló como a través de un sueño, con
palabras muy pesadas:
-Que Alá me condene si eres inocente...
Rahutia comprendió que no debía esperar más,
y una ajorca de oro cayó de su mano y rodó
por el esterillado. El hombre se levantó y corrió
hasta la ajorca, se la entregó a la bailarina, y
Rahutia, más angustiada que nunca, bajó la
voz:
-Te diré algo terrible. Algo que te convencerá.
Tu hermana puede dar testimonio.
Y su cabeza se inclinó hacia el oído de su
enemigo, que también acercó la cabeza a los
labios de la bailarina.
El brazo de la mujer cortó el aire como la correa
de un látigo, y el mozo tuvo en el corazón
la sensación de la cornada de un becerro. El puñal
de Rahutia se había clavado en su pecho, quiso gritar,
pero únicamente pudo morder la palma de aquella mano
ardiente y perfumada que le amordazaba. Y mientras las sombras
de la muerte llenaban sus ojos, alcanzó a escuchar
aún aquella dulce voz femenina que le decía:
-Te he dicho la verdad..., toda la verdad...
El cuerpo del moribundo se desplomó sobre los cojines,
y Rahutia retiró su mano ensangrentada por la cruel
mordedura. Miró en derredor.
Levantó una cortinilla y entró a una pequeña
habitación donde había un operario dormido.
De allí pasó al jardín: un escalerilla
de ladrillo, sin pasamano, conducía a la casa de
Gannan, el platero. Las estrellas lucían como faroles
en el alto cielo; las palmeras recortaban el espacio semejante
a fatigados abanicos.
Rahutia corría a través de las terrazas como
un fantasma; las mujeres de otros harenes la veían
pasar, pero con esa solidaridad cómplice que liga
a todas las musulmanas, fingían no verla...
Finalmente llegó a un jardín cuyos "parterres"
desbordaban sobre las antiguas murallas, saltó un
parapeto, bajó por una escalerilla, pasó frente
a un soldado español, y se encontró en la
calle negra que conduce a los montes. Con rápido
paso se internó en la sombra de África.
Y así como Rahutia, la bailarina, desapareció
de Tetuán.
(*) Novelista y dramaturgo argentino, abrió el camino
a una nueva narrativa de tema urbano. Nació en Buenos
Aires el 2 de abril de 1900, hijo de padre alemán
y madre italiana. Abandonó la escuela primaria antes
de aprobar el tercer curso, aunque a los ocho años
ya escribió sus primeros relatos. Pronto fue un fiel
frecuentador de la biblioteca del barrio donde leía
libros de tendencia anarquista y luego a los escritores
rusos Gorki, Tolstoi y Dostoievski. En 1924 comienza a relacionarse
con los escritores de Florida y Boedo a cuyas diferencias
poéticas y políticas asiste pero sin adherirse
a ninguna en particular. Entró como secretario de
Ricardo Güiraldes en 1924 y empezó a publicar
en la revista Proa que Güiraldes dirigía; también
escribió crónicas policiales en el diario
Crítica, y desde entonces se dedicó al periodismo.
En 1930 obtuvo el tercer premio del Concurso Literario Municipal
con su novela Los siete locos (1932) que es un examen desesperado
sobre la desorientación que provocó la I Guerra
Mundial. Viaja a España y a su regreso a Argentina
se encuentra con Juan Carlos Onetti con el que mantuvo una
buena amistad. Roberto Arlt llevó una vida llena
de privaciones y de todo de tipo de problemas y Onetti ha
dicho de él: "Es el último tipo que escribió
novela contemporánea en el Río de la Plata".
Su primer libro, El juguete rabioso (1926), es una de las
mejores novelas argentinas. Llena de rasgos autobiográficos
y picarescos, expresa angustia y violencia con un soporte
lingüístico áspero, vivísimo,
al narrar la iniciación de un adolescente al mundo
del hampa. En Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931),
vuelve a aparecer retratado de modo muy realista el mundo
de los bajos fondos de Buenos Aires. También escribió
relatos, crónicas y obras de teatro renovadoras como
La isla desierta (1937). Murió el 26 de julio de
1942 víctima de un ataque cardíaco.