Freaks o el augurio de la modernidad
Por Jose Tirado (*)



La innovación propuesta por autores como Renoir, Rossellini, Welles o Hitchcock avala la deferencia de su cinematografía como precursora de la modernidad. La plasmación de una concepción tan iconoclasta como reveladora ha auspiciado su condición de alma mater. No obstante, al carácter iniciador de su obra se anticipa uno de los films más salvajes y perfectos que ha legado el cine: Freaks (Tod Browning, 1932), bajo mi punto de vista, uno de los antecedentes más insólitos (e injustamente ignorado) de la cinematografía moderna.

La atípica imaginación con que Freaks fue concebida garantizó su condición de film sepultural. Su fracaso económico hipotecaría la carrera del director, avanzándose así al carácter apocalíptico que sobrevendría a algunos de los estandartes de la modernidad, como La noche del cazador (C. Laughton) o La dama de Shangai (O. Welles). Sin lugar a dudas, la sociedad de 1932 no estaba preparada para aceptar el film de Browning, manifestando su reprobación mediante tenaces manifestaciones públicas y órdenes de censura.

Pero, ¿por qué molestaría tanto la cinta de Browning? Precisamente por convocar los propios temores del hombre y obligarle a enfrentarse a muchos de los horrores que subestima a diario. Así Browning plantea, ya en 1932, una de las concepciones más modernas sobre el cine, interpretándolo como un espejo flagelador de la moral humana, y un modelo de sublimación interna definido por la insolvencia de intervención. Esta inquietud, que tanto violenta al espectador, será uno de los principales objetos de análisis para futuros cineastas como Hitchcock o Powell; de manera que el director americano se adelantaría así a las teorías de Mertz y a algunas de las películas más aclamadas por el lacanismo (Psicosis, Peeping Tom, Blow Up...).


"El arte y la neurosis tienen la función de predecir. Como el arte es una comunicación que surge de niveles inconscientes, nos presenta una imagen del hombre sólo perceptible para aquellos miembros de la sociedad que en virtud de su propia conciencia sensible viven en la frontera de su sociedad, viven, por así decirlo, con un pie en el futuro"
(1).

Y es que, Browning, sirviéndose de una retórica poeniana llena la escena de seres deformes, enanos, siamesas... consiguiendo trascender la fascinación de lo horrible y apelar directamente a la sensibilidad del espectador. Pero probablemente, la riqueza de dicha poética terrorífica resida en el interrogante que Browning instaura sobre la relatividad de la belleza. Freaks atenta contra el objetivismo estético que propugna el clasicismo, y apunta hacia la fealdad como recurso visual para conseguir el resultado escénico opuesto. Así, filmando a actores-freaks con la máxima ternura posible, descubre la hermosura en lo excéntrico, anteponiéndose a las rarezas fílmicas de David Lynch o Tim Burton.


Freaks
se aleja de la verdad única del clasicismo y vaticina el sistema de la apariencia que tanto explotarían Welles o Hitchcock. Dicho concepto de ambigüedad define al cineasta moderno, obstinado por reproducir la realidad de forma subjetiva, bajo un criterio personal de concepción cinematográfica. De esta forma, el director instaura el caos en la narrativa clásica y vulnera las reglas del género, pues anula su estabilidad estructural para moldearla según su voluntad, tal y como haría la corriente underground. Dicha osada concepción se hace evidente a lo largo del film, pues Browning congrega dos de los géneros emocionales por excelencia: el fantástico y el melodrama (recurso que sería utilizado posteriormente por cineastas como Dreyer, Tarkovski o Lars von Trier). La instauración del punto de vista múltiple justifica la incomodidad que azora al espectador, en tanto que éste duda sobre su consideración emotiva, pues no sabe si Freaks es un drama o un film de terror... si debe sentir lástima o alegría... Sin lugar a dudas, la película consigue interrogar y atacar al espectador al cuestionar la categoría moral de sus personajes.

A este desabrimiento moral aludía la opinión crítica en 1932 al calificar la película de aborrecible, obscena, grotesca y extravagante. Y es que, la dureza con que el director plasma la cotidianeidad del personaje, roza la degradación humana, la humillación del enamorado convertido en sirviente de su "pareja"; un concepto de servidumbre que más tarde aplicaría Joseph Losey en su obra.


Pero probablemente, lo que más debió molestar a la sociedad de la época, fue el fatídico desenlace de Freaks, violando el esperanzador happy end del clasicismo en favor de una aterradora alegoría a la venganza, la amenaza, el castigo y, en definitiva, a la violencia.

Por tanto, esta cult movie de Tod Browning podría ser un manifiesto de la modernidad tan importante como Ciudadano Kane (Welles) o Viaje a Italia (Rossellini) que, aún no conseguir abandonar la representación clásica alude a infinidad de reflexiones contemporáneas, asumiendo acertadamente la dialéctica entre modernidad o novedad. Y es que, Freaks en detrimento de una visión efímera, sigue vigente, aun después de 70 años, consiguiendo crecer con el tiempo hasta alcanzar la intemporalidad. Relevancia, a la que deberíamos añadir su simplicidad técnica, pues anula la innovación tecnológica con la que hoy se relaciona, erróneamente, el concepto de posmodernidad. Sin lugar a dudas, en muchas ocasiones, la introducción efectista deviene la principal negación de la cinematografía moderna, en virtud de una contraproducente asociación de ideas.


(1) May, Rollo. Amor y Voluntad. Editorial Gedisa. Barcelona. 1990. pág 21.

(*) Jose Tirado es estudiante de Comunicación Audiovisual en la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona. Su itinerario de especialización es la dirección y el análisis cinematográfico. En el último año ha colaborado con diversas webs de cine y, actualmente, escribe crítica cinematográfica en revistas como Acción, Temps Moderns o Marges BCO. Anteriormente había recibido premios literarios por sus trabajos de narrativa, poesía y relato breve, entre los que destacan el Certamen Hidroeléctrica de Catalunya y el Premi Jocs Florals Interescolars de la ciudad de Barcelona. En 1998 fue seleccionado por el Ministerio de Cultura de España para participar en la expedición Ruta Quetzal Argentaria (programa coordinado por la Universidad Complutense de Madrid y declarado de Interés Universal por la UNESCO).




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