La innovación propuesta por autores como Renoir,
Rossellini, Welles o Hitchcock avala la deferencia de su
cinematografía como precursora de la modernidad.
La plasmación de una concepción tan iconoclasta
como reveladora ha auspiciado su condición de alma
mater. No obstante, al carácter iniciador de
su obra se anticipa uno de los films más salvajes
y perfectos que ha legado el cine: Freaks (Tod Browning,
1932), bajo mi punto de vista, uno de los antecedentes más
insólitos (e injustamente ignorado) de la cinematografía
moderna.
La atípica imaginación con que Freaks
fue concebida garantizó su condición de film
sepultural. Su fracaso económico hipotecaría
la carrera del director, avanzándose así al
carácter apocalíptico que sobrevendría
a algunos de los estandartes de la modernidad, como La
noche del cazador (C. Laughton) o La dama de Shangai
(O. Welles). Sin lugar a dudas, la sociedad de 1932 no estaba
preparada para aceptar el film de Browning, manifestando
su reprobación mediante tenaces manifestaciones públicas
y órdenes de censura.
Pero, ¿por qué molestaría tanto la
cinta de Browning? Precisamente por convocar los propios
temores del hombre y obligarle a enfrentarse a muchos de
los horrores que subestima a diario. Así Browning
plantea, ya en 1932, una de las concepciones más
modernas sobre el cine, interpretándolo como un espejo
flagelador de la moral humana, y un modelo de sublimación
interna definido por la insolvencia de intervención.
Esta inquietud, que tanto violenta al espectador, será
uno de los principales objetos de análisis para futuros
cineastas como Hitchcock o Powell; de manera que el director
americano se adelantaría así a las teorías
de Mertz y a algunas de las películas más
aclamadas por el lacanismo (Psicosis, Peeping
Tom, Blow Up...).
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"El arte y la neurosis tienen la función de
predecir. Como el arte es una comunicación que surge
de niveles inconscientes, nos presenta una imagen del hombre
sólo perceptible para aquellos miembros de la sociedad
que en virtud de su propia conciencia sensible viven en
la frontera de su sociedad, viven, por así decirlo,
con un pie en el futuro" (1).
Y es que, Browning, sirviéndose de una retórica
poeniana llena la escena de seres deformes, enanos, siamesas...
consiguiendo trascender la fascinación de lo horrible
y apelar directamente a la sensibilidad del espectador.
Pero probablemente, la riqueza de dicha poética terrorífica
resida en el interrogante que Browning instaura sobre la
relatividad de la belleza. Freaks atenta contra el
objetivismo estético que propugna el clasicismo,
y apunta hacia la fealdad como recurso visual para conseguir
el resultado escénico opuesto. Así, filmando
a actores-freaks con la máxima ternura posible, descubre
la hermosura en lo excéntrico, anteponiéndose
a las rarezas fílmicas de David Lynch o Tim Burton.
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Freaks se aleja de la verdad única del clasicismo
y vaticina el sistema de la apariencia que tanto explotarían
Welles o Hitchcock. Dicho concepto de ambigüedad define
al cineasta moderno, obstinado por reproducir la realidad
de forma subjetiva, bajo un criterio personal de concepción
cinematográfica. De esta forma, el director instaura
el caos en la narrativa clásica y vulnera las reglas
del género, pues anula su estabilidad estructural
para moldearla según su voluntad, tal y como haría
la corriente underground. Dicha osada concepción
se hace evidente a lo largo del film, pues Browning congrega
dos de los géneros emocionales por excelencia: el
fantástico y el melodrama (recurso que sería
utilizado posteriormente por cineastas como Dreyer, Tarkovski
o Lars von Trier). La instauración del punto de vista
múltiple justifica la incomodidad que azora al espectador,
en tanto que éste duda sobre su consideración
emotiva, pues no sabe si Freaks es un drama o un film de
terror... si debe sentir lástima o alegría...
Sin lugar a dudas, la película consigue interrogar
y atacar al espectador al cuestionar la categoría
moral de sus personajes.
A este desabrimiento moral aludía la opinión
crítica en 1932 al calificar la película de
aborrecible, obscena, grotesca y extravagante. Y
es que, la dureza con que el director plasma la cotidianeidad
del personaje, roza la degradación humana, la humillación
del enamorado convertido en sirviente de su "pareja";
un concepto de servidumbre que más tarde aplicaría
Joseph Losey en su obra.
Pero probablemente, lo que más debió molestar
a la sociedad de la época, fue el fatídico
desenlace de Freaks, violando el esperanzador happy
end del clasicismo en favor de una aterradora alegoría
a la venganza, la amenaza, el castigo y, en definitiva,
a la violencia.
Por tanto, esta cult movie de Tod Browning podría
ser un manifiesto de la modernidad tan importante como Ciudadano
Kane (Welles) o Viaje a Italia (Rossellini) que,
aún no conseguir abandonar la representación
clásica alude a infinidad de reflexiones contemporáneas,
asumiendo acertadamente la dialéctica entre modernidad
o novedad. Y es que, Freaks en detrimento de una
visión efímera, sigue vigente, aun después
de 70 años, consiguiendo crecer con el tiempo hasta
alcanzar la intemporalidad. Relevancia, a la que deberíamos
añadir su simplicidad técnica, pues anula
la innovación tecnológica con la que hoy se
relaciona, erróneamente, el concepto de posmodernidad.
Sin lugar a dudas, en muchas ocasiones, la introducción
efectista deviene la principal negación de la cinematografía
moderna, en virtud de una contraproducente asociación
de ideas.
(1) May, Rollo. Amor y Voluntad. Editorial Gedisa.
Barcelona. 1990. pág 21.
(*) Jose Tirado es estudiante de Comunicación Audiovisual
en la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona. Su itinerario
de especialización es la dirección y el análisis
cinematográfico. En el último año ha
colaborado con diversas webs de cine y, actualmente, escribe
crítica cinematográfica en revistas como Acción,
Temps Moderns o Marges BCO. Anteriormente había recibido
premios literarios por sus trabajos de narrativa, poesía
y relato breve, entre los que destacan el Certamen Hidroeléctrica
de Catalunya y el Premi Jocs Florals Interescolars de la
ciudad de Barcelona. En 1998 fue seleccionado por el Ministerio
de Cultura de España para participar en la expedición
Ruta Quetzal Argentaria (programa coordinado por la Universidad
Complutense de Madrid y declarado de Interés Universal
por la UNESCO).