Saul Bellow (*)
Por Harold Bloom
Traducción de Daniel Najmías

 


Por acuerdo general de la crítica, Saul Bellow es el novelista americano más brillante de su generación, supongo que con Norman Mailer como más próximo rival. Lo que hace que este juicio canónico se vuelva un punto problemático es que el indiscutible logro literario del autor no parece residir en ninguno de sus libros tomado por separado. Las principales obras de Bellow son Las aventuras de Augie March, Herzog, El legado de Humboldt y Carpe Diem, esta última de menor alcance. Las primeras novelas, Hombre en suspenso y La víctima, parecen ahora obras de época, mientras Henderson y El planeta de Mr. Sammler comparten la extraña cualidad de no ser totalmente dignas de dos personajes tan memorables como Henderson y Mr. Sammler. El diciembre del Decano es un libro gris, monotonía que no redime el talento cómico de Bellow, casi ausente aquí.
Herzog, pese a poseer la exuberancia de Las aventuras de Augie March, y aunque anticipa la complejidad y la sutileza tragicómicas de El legado de Humboldt, parece hasta ahora la mejor y más representativa de las novelas de Bellow. Sin embargo, su personaje central sigue siendo una figura titubeante comparada con algunos de los personajes masculinos secundarios, y sus mujeres parecen la realización de los deseos, negativos y positivos, de Herzog y su creador, algo que, según parece, puede afirmarse de casi toda la obra de ficción de Bellow: un entusiasmo dickensiano da vida a una fabulosa colección de personalidades secundarias, menores, mientras que, en el centro, una conciencia original, pero imprecisa, aparece cercada por mujeres que no nos convencen, aunque, evidentemente, una vez lo convencieron a él.
En cierto sentido, Bellow ya tiene asegurado su lugar en el canon, incluso si el libro sin fisuras está aún por llegar. Es posible que las virtudes de Bellow no se hayan unido todavía para dar forma a una obra maestra, pero difícilmente puede decirse que es el primer novelista de auténtico prestigio cuyos libros son más flojos que las partes o aspectos que los componen. Sus aciertos estilísticos son innegables, y también lo son su humor, su inventiva y su asombroso oído interior, sea para el monólogo, sea para el diálogo. Tal vez el mayor don de Bellow sea el de crear personajes subsidiarios o menores de esplendor grotesco, sublimes en su vivacidad, intensidad y capacidad para sorprender. Pueden ser caricaturas, pero su vitalidad parece permanente: Einhorn, Clem Tembow , Bateshaw, Valentine Gersbach, Sandor Himmelstein, Von Humboldt Fleisher, Cantabile, Alec Szathmar. Por desgracia, comparados con ellos, los protagonistas-narradores -Augie, Herzog y Citrine- son seres difusos, posiblemente porque Bellow, pese a heroicos esfuerzos y revisiones, no puede separarse de ellos. Recuerdo Las aventuras de Augie March por Einhorn, Herzog por Gersbach, El legado de Humboldt por Humboldt, y hasta este último tiende a descentrar la percepción de la novela.
Augie March y Herzog narran y hablan con agudeza y elocuencia; sin embargo, ellos son menos memorables que lo que dicen. Citrine, aunque más contenido en su lenguaje, se desvanece más deprisa en el continuum del cosmos urbano de Bellow, lo cual contribuye a aumentar el misterio estético de su obra. Sus protagonistas son magníficos observadores, dignos de su herencia whitmaniana; lo que les falta es el «real me», o «me myself», de Whitman, o, si no es así, están bloqueados y no consiguen expresarlo.


2

Pocos novelistas han superado a Bellow en sus párrafos iniciales y finales:

Soy norteamericano, de Chicago, sombría ciudad, Chicago, y encaro las dificultades como he aprendido a hacerlo, sin rodeos. Así será esta crónica, pues: de estilo libre; quien antes llama, antes es atendido, ya fuere inocente o no tan inocente su llamado. Dice Heráclito que carácter es destino. A fin de cuentas, no hay cómo disfrazar el jaez de tal llamada, ni almohadillando la puerta ni enguantándose la mano.

Vedme a mí, yendo de aquí para allí. ¡Si soy una suerte de Colón para mis allegados! Aun así, reputo posible el acercarse a ellos en la terra incognita que se despliega en toda mirada. Podré ser un fracaso en este tipo de empeño. El propio Colón ha de haberse supuesto un fracaso al regresar a casa encadenado. Lo cual no demuestra en modo alguno que no haya habido América(1)


El final y el principio se entrelazan con mucha astucia, muy a la manera del Canto a mí mismo, o de los primeros y últimos capítulos del Ensayo sobre la naturaleza, de Emerson. Augie también es un trascendentalista americano, pícaro buscador del dios que lleva dentro. Ethos es daimon, dicen ambos pasajes, con Augie como ethos y Colón como daimon. No podemos sino recordar la identificación de Whitman en su «Oración por Colón», y parece justo alegrarse, como lo habría hecho Whitman, cuando Augie regresa de su periplo, autodidacta, «estilo libre», y descubre a los que tiene más cerca, en las costas de América. Es uno de los momentos más desbordantes de Bellow. Aun desgastada, la exuberancia permanece, pero en la sombra:

Si estoy chalado, tanto mejor, pensó Moses Herzog. Algunos lo creían majareta, y durante cierto tiempo incluso él creyó que le faltaba un tornillo.
Pero ahora, aunque seguía portándose de modo extraño, sentíase seguro de sí mismo, alegre, clarividente y fuerte. Había caído bajo una especie de hechizo y escribía cartas a todo bicho viviente. Estas cartas le apasionaban tanto que, desde fines de junio, iba siempre con una cartera llena de papeles. La había llevado desde Nueva York a Martha's Vineyard, de donde se marchó enseguida, y dos días después fue en avión a Chicago, y desde Chicago a un pueblo del oeste de Massachussets. Escondido en el campo, escribió sin parar, fanáticamente, a los periódicos, a la gente que desempeñaba cargos públicos, a los amigos y parientes; después, a los muertos, sus propios muertos sin importancia, y, por último, a los muertos famosos. Quizá, dejar de escribir cartas. Sí, eso era lo que debía hacer o, mejor dicho, no hacer. Ya no escribiría más cartas «mentales». Fuera lo que fuese lo que le había ocurrido en los meses anteriores, aquel hechizo parecía írsele pasando; sí, desde luego, ya no lo padecía. Dejó el sombrero, el sombrero cargado de rosas, de lirios y de pedazos de enredadera, sobre el piano a medio pintar, y pasó a su estudio llevando las botellas de vino en una mano como unas mazas para hacer gimnasia. Anduvo por encima de sus papeles tirados por el suelo, y se echó en el sofá Recamier. Tumbado, se estiró y respiró profundamente. Se quedó, mirando la persiana de la ventana a la que la exuberante parra impedía cerrar, y escuchó el rítmico golpeteo de la escoba con la que barría la señora Tutcle. Quería advertirle que debía rociar el suelo. Levantaba demasiado polvo. Le diría: «Eche un poco de agua, señora Tutcle. Hay agua en el fregadero.» Pero ahora no. En este momento, no tenía mensajes para nadie. Nada. Ni una sola palabra.(1)

Otro ritorno, pero esta vez el ciclo se ha roto. Augie March, como Emerson y Whitman, sabe que no hay historia, sólo biografía. Moses Herzog ha dedicado mucho tiempo a descubrir esta verdad, que pone fin a su profe- sión, y Charlie Citrine también completa el círculo:

El libro de baladas que Humboldt publicó en los años treinta conoció un éxito inmediato. La obra de Humboldt era exactamente lo que todo el mundo había estado esperando. y pueden estar seguros de que, allí en el Medio Oeste, yo sí había estado esperando. Un escritor de vanguardia, el primero de una nueva generación, atractivo, rubio, fuerte, serio, docto. El tipo lo tenía todo. No hubo periódico que no sacara una reseña de su libro. Su fotografía salió en Time sin ninguna crítica injuriosa, y en Newsweek, con palabras elogiosas. Leí con fruición Las baladas de Arlequín. Por aquel entonces estudiaba en la Universidad de Wisconsin, y sólo pensaba en literatura, día y noche. Humboldt me descubrió nuevas maneras de hacer las cosas. Vivía en una especie de éxtasis. Le envidiaba la suerte, el talento y la fama, y por eso en mayo me fui al Este, a verlo. El autobús Greyhound que seguía la carretera de Scranton tardaba unas cincuenta horas en hacer el viaje. Pero no me importaba. Las ventanas del autobús iban abiertas. Hasta que hice ese viaje nunca había visto montañas dignas de este nombre. Los árboles ya echaban brotes. Parecía la Pastoral de Beethoven. Me sentí bañado por todo ese verdor, por dentro... Humboldt fue muy amable. Me presentó a gente del Village y me consiguió trabajo como lector editorial. Siempre lo quise.

Dentro de la tumba había una caja de cemento, abierta. Bajaron los ataúdes; la máquina amarilla avanzó y la pequeña grúa, rechinando, ronca, recogió un panel de hormigón y lo colocó encima de la caja de cemento. Así se tapiaba el ataúd, para que la tierra no cayera directamente encima. Pero, entonces, ¿cómo se salía de allí? ¡No se salía, no se salía, no se salía! ¡Uno se quedaba allí para siempre! Se oyó un ruido seco, como de porcelana, cuando soltaron el panel. Un ruido como de azucarero. Así, la condensación de inteligencias colectivas y de ingenios combinados, con sus cables rodando en silencio, dieron cuenta del original poeta [...]
Menasha y yo nos dirigimos hacia la limusina. Con el canto del pie, Menasha hizo a un lado algunas de las hojas del otoño pasado y, mirando por los cristales de sus gafas protectoras, dijo:
-¿Qué es esto, Charlie? ¿Una flor de primavera? -Sí. Supongo que no se puede evitar. En un día caluroso como el de hoy, todo parece diez veces más muerto.
-De modo que es una florecilla -comentó Menasha-. Solían contar que un niño preguntaba a su padre, un viejo gruñón, mientras paseaban por el parque: «¿Cómo se llama esta flor, papá?» y el viejo, malhumorado, le gritaba: «¿Cómo voy a saberlo? ¿Crees que trabajo en el ramo de los sombreros de señoras?» Mira, aquí hay otra; pero ¿cómo crees que se llaman, Charlie?
-¡Yo qué sé! -dije-. Yo soy un chico de ciudad. Deben de ser azafranes.(2)

El ciclo viene de la temprana frase de Charlie: «Me sentí bañado por todo ese verdor, por dentro...», y llega hasta ese apagado y final «Deben de ser azafranes», desprovisto de todo afecto pero no porque él haya dejado de querer a Humboldt, sino porque está sobrenaturalmente paralizado por el eficaz, aunque improcedente, tropo que Bellow ha encontrado para el funcionamiento de la crítica preceptiva: «Así, la condensación de inteligencias colectivas y de ingenios combinados, con sus cables rodando en silencio, dieron cuenta del original poeta...» No hay historia, y ahora tampoco hay biografía, sino, solamente, la terrible máquina deshumanizadora de una intelectualidad tecnocrática que destruye la individualidad, y al poeta, y que roba a la primavera el verdor que ya no se ha de internalizar .


3

La interminable guerra de Bellow contra toda nueva ola de modernismo literario e intelectual es en su ficción tanto un recurso como una carga estética. Como recurso, se vuelve impulso hacia una libertad más antigua, la fuerza de la protesta humana contra la sobredeterminación. Como lastre, amenaza con volverse repetición, o mera amargura personal, mezclándose incluso en los acerbos juicios de Bellow sobre la psicología de las mujeres. Cuando está más hábilmente equilibrada, en Herzog, la polémica contra el modernismo abarca las sutiles infiltraciones de ideologías dudosas en el propio Moses Herzog y su protesta. En los momentos de más precario equilibrio, recibimos la perorata narrativa que penetra importunamente en el cosmos de Mr. Sammler, o la frialdad y humedad que impregnan Chicago y Bucarest en El diciembre del Decano. Como Ruskin cuando lamentaba que el agua del lago de Como ya no era azul, el Alexander Corde de Bellow nos dice que «Chicago ya no es Chicago». Pero lo que de verdad nos dice El diciembre del Decano es que «Bellow ya no es Bellow», al menos en este libro. El creador de Einhorn, de Gersbach y de Von Humboldt Fleisher no nos da esta vez ningún personaje comparable, casi como si momentáneamente le molestara su propio genio para la alta comedia de lo grotesco.
Sin embargo, la larga polémica de Bellow contra el esteticismo de Flaubert y sus seguidores es en sí el mito que hizo posibles novelas como Las aventuras de Augie March, Herzog y El legado de Humboldt. En un acto de audacia crítica, Bellow asoció una vez su modalidad de comedia antimoderna con La conciencia de Zeno, de Italo Svevo, y con Lolita, de Nabokov, dos obras maestras de la parodia irónica que realmente superan a Henderson en su retrato de la conciencia moderna caracterizada como cómico de micrófono. La parodia tiende a invalidar la indignación, y Bellow tiene demasiada fuerza para sentirse cómodo enmascarando su propia indignación. Cuando se comide, Bellow es demasiado visiblemente comedido, a diferencia del mordaz Svevo o del Nabokov que descuella en comicidad inexpresiva. Henderson puede ser más un autorretrato, pero Herzog, estudioso del romanticismo, transmite mejor la versión vitalista de Bellow de una actitud cómica antimoderna. Bellow está más cerca de Svevo y de Nabokov en la grandiosa parodia de Herzog-Harnlet negándose a matar a Gersbach-Claudio cuando encuentra a este escandaloso adúltero fregando la bañera después de bañar a la hija pequeña de Herzog. Daniel Fuchs, sin duda alguna el más cuidadoso y mejor informado experto en Bellow, lee esta escena de un modo demasiado idealista que evita las implicaciones paródicas de «Moses podría haberte matado». Bañar a un niño es nuestra versión sentimental de la oración, y el pobre Herzog, a diferencia de Harnlet, es más un sentimental que un triunfal negador del nihilismo, como insiste Fuchs.
Bellow, aunque cautelosamente distanciado de Herzog, es también un poco sentimental, lo cual no tiene por qué ser un problema estético para un novelista. Lo demuestran Samuel Richardson y Dickens, pero el sentimentalismo de estos autores es tan titánico que se vuelve algo cualitativamente distinto, una sensibilidad más grande incluso de la que Bellow puede desear demostrar. Intentando oponer un romanticismo más temprano (Blake, Words- worth, Whitman) al romanticismo tardío del modernismo literario (Gide, Eliot, Hemingway), Bellow se enfrenta a la peculiar dificultad de tener que evitar el vitalismo heroico de lo que él considera una parodia involuntaria de romanticismo (Rimbaud, D. H. Lawrence y, en un registro menor, Norman Mailer). Henderson, el sucedáneo de Gentile en Bellow, representa precisamente la manera como esa dificultad impone sus restricciones a la imaginación de Bellow. La dialéctica blakeana de la inocencia y la experiencia, claramente manifiesta en el plan de la novela, choca con la necesidad de Henderson, típicamente belloviana, de castigo o sentimiento inconsciente de culpa, que prevalece a pesar de los intentos de Bellow por evadir la sobredeterminación freudiana. Aunque quiere y realmente necesita una psicología de la voluntad, Bellow es mucho más freudiano de lo que él mismo soportaría saber. Henderson es una personalidad perfectamente regresiva, muy semejante al niño huérfano que abraza al final de la novela. Dahfu, figura que obtuvo la rotunda aprobación de Mailer, es una representación casi tan convincente como sus contrarios en Bellow, todas esas mujeres fatales, sádicas y cautivadoras, quimeras de una visión masculina de la otredad como fuerza castradora. Bellow desdeña el apocalipsis, pero es posible que en el apocalipsis belloviano todas las misteriosas y atractivas mujeres de sus novelas cayeran sobre el pobre Dahfu, vitalista blakeano, y lo despojaran del emblema de su vitalismo terapéutico.
Sin su polémica, Bellow nunca parece capaz de ponerse en marcha, ni siquiera en El legado de Humboldt, comedia en su estado más puro. Por desgracia, Bellow no está a la altura de los maestros modernos del género. En la ficción americana, su ubicación cronológica entre, digamos, Faulkner y Pynchon lo expone a una comparación que él no busca y que tampoco puede sostener. La polémica literaria es peligrosa dentro de una novela, porque dirige al lector crítico hacia ámbitos en los que se ve obligado a hacer juicios canónicos como parte de la legítima actividad de leer. La polémica de Bellow es normativa, casi judaica en su énfasis moral, en su pasión por la justicia y por más vida, y la polémica se vuelve a veces más atractiva que sus encarnaciones estéticas. ¿Nos cautivaría tanto Herzog si no hablara por tantos de nosotros? Siempre recelo cuando alguien me dice que «ama» El arco iris de gravedad. La gran doctrina pynchoniana del sadoanarquismo apenas ha de evocar afecto en nadie, salvo si consideramos afecto el escalofrío de reconocimiento que la extraordinaria dignidad estética del libro exige de nosotros. Es el fracaso estético de la polémica de Bellow, extrañamente combinado con su triunfo moral, lo que empuja más y más a sus protagonistas hacia misticismos dudosos. La devoción de Citrine por Rudolf Steiner es bastante menos admirable, intelectual y estéticamente, que el cabalismo obsesivo de El arco iris de gravedad. Si Steiner es la respuesta última al modernismo literario, entonces Flaubert puede descansar tranquilo en su tumba.


4

Sin embargo, Bellow sigue siendo un novelista cómico muy humano y de extraordinario talento, casi único en la ficción americana desde Mark Twain. Dedicaré aquí las últimas palabras a la que para mí es la secuencia más hermosa de Bellow, la que más me emociona: la última semana de cartas de Herzog, la que comienza con su triunfo sobre la obsesión con Madeleine y Gersbach. En lo que atañe a su infiel esposa, Herzog se alegra de poder terminar ahora, por fin, con una celebración que está más allá del masoquismo: «Cuando se pintaba los labios, después de cenar en un restaurante, se miraba, como en un espejo, en la hoja de un cuchillo. Herzog recordó encantado ese detalle» Sobre Gersbach, con su indudable y latente necesidad homosexual de ponerle los cuernos a su mejor amigo, Herzog es justo y definitivo: «Disfrútala, gózala, Pero no me lograrás a mí a través de ella. Lo siento, sé que me buscabas en la carne de Madeleine. No me encontrarás por que ya no estoy en su carne.» Los mensajes no enviados continúan, asegurándole generosamente a Nietzsche la admiración de Herzog, a la vez que le dicen al filósofo: «Sus inmoralistas también comen carne. y viajan en autobús. Si se distinguen por algo, es por ser quienes más gustan de viajar en autobús.» Esta magnífica secuencia incluye una epístola al doctor Morgenfruh, sin duda una versión yiddish de la Aurora nietzscheana, de quien Herzog sabiamente comenta: «Era un anciano excelente, no demasiado deshonesto; ¿qué más puede pedirse de nadie?» Dirigiéndose al doctor Morgenfruh, Herzog especula, algo confusamente, «que el instinto territorial es más fuerte que el sexual». Pero luego, con exquisita gracia, se despide así: «Siga el camino de la luz, Morgenfruh. Le escribiré de vez en cuando.» Este tolerante adiós no surge de un lío exageradamente determinado de instintos territoriales o sexuales, sino de un persuasivo representante de la más antigua y duradera tradición occidental de sabiduría moral y compasión familiar,


(1) De Las aventuras de Augie March, edición de M. Eugenia Díaz Sánchez, traducción de Patricio Ros y Carlos Grosso, Madrid, Cátedra, 1994. (N del 7:)
(2) De Herzog, traducción de Rafael Vázquez Zamora y Francesc Roca Martínez, Barcelona, Círculo de Lectores, 1988. (N de/7:)


(*)Texto extraído de El futuro de la imaginación, de Harold Bloom, EDITORIAL ANAGRAMA, 2002. Puedes comprar el libro en http://www.anagrama-ed.es




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