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Por acuerdo general de la crítica, Saul Bellow es
el novelista americano más brillante de su generación,
supongo que con Norman Mailer como más próximo
rival. Lo que hace que este juicio canónico se vuelva
un punto problemático es que el indiscutible logro
literario del autor no parece residir en ninguno de sus
libros tomado por separado. Las principales obras de Bellow
son Las aventuras de Augie March, Herzog,
El legado de Humboldt y Carpe Diem, esta última
de menor alcance. Las primeras novelas, Hombre en suspenso
y La víctima, parecen ahora obras de época,
mientras Henderson y El planeta de Mr. Sammler
comparten la extraña cualidad de no ser totalmente
dignas de dos personajes tan memorables como Henderson y
Mr. Sammler. El diciembre del Decano es un libro
gris, monotonía que no redime el talento cómico
de Bellow, casi ausente aquí.
Herzog, pese a poseer la exuberancia de Las aventuras
de Augie March, y aunque anticipa la complejidad y la
sutileza tragicómicas de El legado de Humboldt,
parece hasta ahora la mejor y más representativa
de las novelas de Bellow. Sin embargo, su personaje central
sigue siendo una figura titubeante comparada con algunos
de los personajes masculinos secundarios, y sus mujeres
parecen la realización de los deseos, negativos y
positivos, de Herzog y su creador, algo que, según
parece, puede afirmarse de casi toda la obra de ficción
de Bellow: un entusiasmo dickensiano da vida a una fabulosa
colección de personalidades secundarias, menores,
mientras que, en el centro, una conciencia original, pero
imprecisa, aparece cercada por mujeres que no nos convencen,
aunque, evidentemente, una vez lo convencieron a él.
En cierto sentido, Bellow ya tiene asegurado su lugar en
el canon, incluso si el libro sin fisuras está aún
por llegar. Es posible que las virtudes de Bellow no se
hayan unido todavía para dar forma a una obra maestra,
pero difícilmente puede decirse que es el primer
novelista de auténtico prestigio cuyos libros son
más flojos que las partes o aspectos que los componen.
Sus aciertos estilísticos son innegables, y también
lo son su humor, su inventiva y su asombroso oído
interior, sea para el monólogo, sea para el diálogo.
Tal vez el mayor don de Bellow sea el de crear personajes
subsidiarios o menores de esplendor grotesco, sublimes en
su vivacidad, intensidad y capacidad para sorprender. Pueden
ser caricaturas, pero su vitalidad parece permanente: Einhorn,
Clem Tembow , Bateshaw, Valentine Gersbach, Sandor Himmelstein,
Von Humboldt Fleisher, Cantabile, Alec Szathmar. Por desgracia,
comparados con ellos, los protagonistas-narradores -Augie,
Herzog y Citrine- son seres difusos, posiblemente porque
Bellow, pese a heroicos esfuerzos y revisiones, no puede
separarse de ellos. Recuerdo Las aventuras de Augie March
por Einhorn, Herzog por Gersbach, El legado de
Humboldt por Humboldt, y hasta este último tiende
a descentrar la percepción de la novela.
Augie March y Herzog narran y hablan con agudeza y elocuencia;
sin embargo, ellos son menos memorables que lo que dicen.
Citrine, aunque más contenido en su lenguaje, se
desvanece más deprisa en el continuum del
cosmos urbano de Bellow, lo cual contribuye a aumentar el
misterio estético de su obra. Sus protagonistas son
magníficos observadores, dignos de su herencia whitmaniana;
lo que les falta es el «real me», o «me
myself», de Whitman, o, si no es así, están
bloqueados y no consiguen expresarlo.
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Pocos novelistas han superado a Bellow en sus párrafos
iniciales y finales:
Soy norteamericano, de Chicago, sombría ciudad,
Chicago, y encaro las dificultades como he aprendido
a hacerlo, sin rodeos. Así será esta crónica,
pues: de estilo libre; quien antes llama, antes es atendido,
ya fuere inocente o no tan inocente su llamado. Dice
Heráclito que carácter es destino. A fin
de cuentas, no hay cómo disfrazar el jaez de
tal llamada, ni almohadillando la puerta ni enguantándose
la mano.
Vedme a mí, yendo de aquí para allí.
¡Si soy una suerte de Colón para mis allegados!
Aun así, reputo posible el acercarse a ellos
en la terra incognita que se despliega en toda
mirada. Podré ser un fracaso en este tipo de
empeño. El propio Colón ha de haberse
supuesto un fracaso al regresar a casa encadenado. Lo
cual no demuestra en modo alguno que no haya habido
América(1)
El final y el principio se entrelazan con mucha astucia,
muy a la manera del Canto a mí mismo, o de
los primeros y últimos capítulos del Ensayo
sobre la naturaleza, de Emerson. Augie también
es un trascendentalista americano, pícaro buscador
del dios que lleva dentro. Ethos es daimon,
dicen ambos pasajes, con Augie como ethos y Colón
como daimon. No podemos sino recordar la identificación
de Whitman en su «Oración por Colón»,
y parece justo alegrarse, como lo habría hecho Whitman,
cuando Augie regresa de su periplo, autodidacta, «estilo
libre», y descubre a los que tiene más cerca,
en las costas de América. Es uno de los momentos
más desbordantes de Bellow. Aun desgastada, la exuberancia
permanece, pero en la sombra:
Si estoy chalado, tanto mejor, pensó Moses Herzog.
Algunos lo creían majareta, y durante cierto
tiempo incluso él creyó que le faltaba
un tornillo.
Pero ahora, aunque seguía portándose de
modo extraño, sentíase seguro de sí
mismo, alegre, clarividente y fuerte. Había caído
bajo una especie de hechizo y escribía cartas
a todo bicho viviente. Estas cartas le apasionaban tanto
que, desde fines de junio, iba siempre con una cartera
llena de papeles. La había llevado desde Nueva
York a Martha's Vineyard, de donde se marchó
enseguida, y dos días después fue en avión
a Chicago, y desde Chicago a un pueblo del oeste de
Massachussets. Escondido en el campo, escribió
sin parar, fanáticamente, a los periódicos,
a la gente que desempeñaba cargos públicos,
a los amigos y parientes; después, a los muertos,
sus propios muertos sin importancia, y, por último,
a los muertos famosos. Quizá, dejar de escribir
cartas. Sí, eso era lo que debía hacer
o, mejor dicho, no hacer. Ya no escribiría más
cartas «mentales». Fuera lo que fuese lo
que le había ocurrido en los meses anteriores,
aquel hechizo parecía írsele pasando;
sí, desde luego, ya no lo padecía. Dejó
el sombrero, el sombrero cargado de rosas, de lirios
y de pedazos de enredadera, sobre el piano a medio pintar,
y pasó a su estudio llevando las botellas de
vino en una mano como unas mazas para hacer gimnasia.
Anduvo por encima de sus papeles tirados por el suelo,
y se echó en el sofá Recamier. Tumbado,
se estiró y respiró profundamente. Se
quedó, mirando la persiana de la ventana a la
que la exuberante parra impedía cerrar, y escuchó
el rítmico golpeteo de la escoba con la que barría
la señora Tutcle. Quería advertirle que
debía rociar el suelo. Levantaba demasiado polvo.
Le diría: «Eche un poco de agua, señora
Tutcle. Hay agua en el fregadero.» Pero ahora
no. En este momento, no tenía mensajes para nadie.
Nada. Ni una sola palabra.(1)
Otro ritorno, pero esta vez el ciclo se ha roto.
Augie March, como Emerson y Whitman, sabe que no hay historia,
sólo biografía. Moses Herzog ha dedicado mucho
tiempo a descubrir esta verdad, que pone fin a su profe-
sión, y Charlie Citrine también completa el
círculo:
El libro de baladas que Humboldt publicó en
los años treinta conoció un éxito
inmediato. La obra de Humboldt era exactamente lo que
todo el mundo había estado esperando. y pueden
estar seguros de que, allí en el Medio Oeste,
yo sí había estado esperando. Un escritor
de vanguardia, el primero de una nueva generación,
atractivo, rubio, fuerte, serio, docto. El tipo lo tenía
todo. No hubo periódico que no sacara una reseña
de su libro. Su fotografía salió en Time
sin ninguna crítica injuriosa, y en Newsweek,
con palabras elogiosas. Leí con fruición
Las baladas de Arlequín. Por aquel entonces
estudiaba en la Universidad de Wisconsin, y sólo
pensaba en literatura, día y noche. Humboldt
me descubrió nuevas maneras de hacer las cosas.
Vivía en una especie de éxtasis. Le envidiaba
la suerte, el talento y la fama, y por eso en mayo me
fui al Este, a verlo. El autobús Greyhound que
seguía la carretera de Scranton tardaba unas
cincuenta horas en hacer el viaje. Pero no me importaba.
Las ventanas del autobús iban abiertas. Hasta
que hice ese viaje nunca había visto montañas
dignas de este nombre. Los árboles ya echaban
brotes. Parecía la Pastoral de Beethoven.
Me sentí bañado por todo ese verdor, por
dentro... Humboldt fue muy amable. Me presentó
a gente del Village y me consiguió trabajo como
lector editorial. Siempre lo quise.
Dentro de la tumba había una caja de cemento,
abierta. Bajaron los ataúdes; la máquina
amarilla avanzó y la pequeña grúa,
rechinando, ronca, recogió un panel de hormigón
y lo colocó encima de la caja de cemento. Así
se tapiaba el ataúd, para que la tierra no cayera
directamente encima. Pero, entonces, ¿cómo
se salía de allí? ¡No se salía,
no se salía, no se salía! ¡Uno se
quedaba allí para siempre! Se oyó un ruido
seco, como de porcelana, cuando soltaron el panel. Un
ruido como de azucarero. Así, la condensación
de inteligencias colectivas y de ingenios combinados,
con sus cables rodando en silencio, dieron cuenta del
original poeta [...]
Menasha y yo nos dirigimos hacia la limusina. Con el
canto del pie, Menasha hizo a un lado algunas de las
hojas del otoño pasado y, mirando por los cristales
de sus gafas protectoras, dijo:
-¿Qué es esto, Charlie? ¿Una flor
de primavera? -Sí. Supongo que no se puede evitar.
En un día caluroso como el de hoy, todo parece
diez veces más muerto.
-De modo que es una florecilla -comentó Menasha-.
Solían contar que un niño preguntaba a
su padre, un viejo gruñón, mientras paseaban
por el parque: «¿Cómo se llama esta
flor, papá?» y el viejo, malhumorado, le
gritaba: «¿Cómo voy a saberlo? ¿Crees
que trabajo en el ramo de los sombreros de señoras?»
Mira, aquí hay otra; pero ¿cómo
crees que se llaman, Charlie?
-¡Yo qué sé! -dije-. Yo soy un chico
de ciudad. Deben de ser azafranes.(2)
El ciclo viene de la temprana frase de Charlie: «Me
sentí bañado por todo ese verdor, por dentro...»,
y llega hasta ese apagado y final «Deben de ser azafranes»,
desprovisto de todo afecto pero no porque él haya
dejado de querer a Humboldt, sino porque está sobrenaturalmente
paralizado por el eficaz, aunque improcedente, tropo que
Bellow ha encontrado para el funcionamiento de la crítica
preceptiva: «Así, la condensación de
inteligencias colectivas y de ingenios combinados, con sus
cables rodando en silencio, dieron cuenta del original poeta...»
No hay historia, y ahora tampoco hay biografía, sino,
solamente, la terrible máquina deshumanizadora de
una intelectualidad tecnocrática que destruye la
individualidad, y al poeta, y que roba a la primavera el
verdor que ya no se ha de internalizar .
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La interminable guerra de Bellow contra toda nueva ola
de modernismo literario e intelectual es en su ficción
tanto un recurso como una carga estética. Como recurso,
se vuelve impulso hacia una libertad más antigua,
la fuerza de la protesta humana contra la sobredeterminación.
Como lastre, amenaza con volverse repetición, o mera
amargura personal, mezclándose incluso en los acerbos
juicios de Bellow sobre la psicología de las mujeres.
Cuando está más hábilmente equilibrada,
en Herzog, la polémica contra el modernismo
abarca las sutiles infiltraciones de ideologías dudosas
en el propio Moses Herzog y su protesta. En los momentos
de más precario equilibrio, recibimos la perorata
narrativa que penetra importunamente en el cosmos de Mr.
Sammler, o la frialdad y humedad que impregnan Chicago y
Bucarest en El diciembre del Decano. Como Ruskin
cuando lamentaba que el agua del lago de Como ya no era
azul, el Alexander Corde de Bellow nos dice que «Chicago
ya no es Chicago». Pero lo que de verdad nos dice
El diciembre del Decano es que «Bellow ya no
es Bellow», al menos en este libro. El creador de
Einhorn, de Gersbach y de Von Humboldt Fleisher no nos da
esta vez ningún personaje comparable, casi como si
momentáneamente le molestara su propio genio para
la alta comedia de lo grotesco.
Sin embargo, la larga polémica de Bellow contra el
esteticismo de Flaubert y sus seguidores es en sí
el mito que hizo posibles novelas como Las aventuras
de Augie March, Herzog y El legado de Humboldt.
En un acto de audacia crítica, Bellow asoció
una vez su modalidad de comedia antimoderna con La conciencia
de Zeno, de Italo Svevo, y con Lolita, de Nabokov,
dos obras maestras de la parodia irónica que realmente
superan a Henderson en su retrato de la conciencia
moderna caracterizada como cómico de micrófono.
La parodia tiende a invalidar la indignación, y Bellow
tiene demasiada fuerza para sentirse cómodo enmascarando
su propia indignación. Cuando se comide, Bellow es
demasiado visiblemente comedido, a diferencia del mordaz
Svevo o del Nabokov que descuella en comicidad inexpresiva.
Henderson puede ser más un autorretrato, pero Herzog,
estudioso del romanticismo, transmite mejor la versión
vitalista de Bellow de una actitud cómica antimoderna.
Bellow está más cerca de Svevo y de Nabokov
en la grandiosa parodia de Herzog-Harnlet negándose
a matar a Gersbach-Claudio cuando encuentra a este escandaloso
adúltero fregando la bañera después
de bañar a la hija pequeña de Herzog. Daniel
Fuchs, sin duda alguna el más cuidadoso y mejor informado
experto en Bellow, lee esta escena de un modo demasiado
idealista que evita las implicaciones paródicas de
«Moses podría haberte matado». Bañar
a un niño es nuestra versión sentimental de
la oración, y el pobre Herzog, a diferencia de Harnlet,
es más un sentimental que un triunfal negador del
nihilismo, como insiste Fuchs.
Bellow, aunque cautelosamente distanciado de Herzog, es
también un poco sentimental, lo cual no tiene por
qué ser un problema estético para un novelista.
Lo demuestran Samuel Richardson y Dickens, pero el sentimentalismo
de estos autores es tan titánico que se vuelve algo
cualitativamente distinto, una sensibilidad más grande
incluso de la que Bellow puede desear demostrar. Intentando
oponer un romanticismo más temprano (Blake, Words-
worth, Whitman) al romanticismo tardío del modernismo
literario (Gide, Eliot, Hemingway), Bellow se enfrenta a
la peculiar dificultad de tener que evitar el vitalismo
heroico de lo que él considera una parodia involuntaria
de romanticismo (Rimbaud, D. H. Lawrence y, en un registro
menor, Norman Mailer). Henderson, el sucedáneo de
Gentile en Bellow, representa precisamente la manera como
esa dificultad impone sus restricciones a la imaginación
de Bellow. La dialéctica blakeana de la inocencia
y la experiencia, claramente manifiesta en el plan de la
novela, choca con la necesidad de Henderson, típicamente
belloviana, de castigo o sentimiento inconsciente de culpa,
que prevalece a pesar de los intentos de Bellow por evadir
la sobredeterminación freudiana. Aunque quiere y
realmente necesita una psicología de la voluntad,
Bellow es mucho más freudiano de lo que él
mismo soportaría saber. Henderson es una personalidad
perfectamente regresiva, muy semejante al niño huérfano
que abraza al final de la novela. Dahfu, figura que obtuvo
la rotunda aprobación de Mailer, es una representación
casi tan convincente como sus contrarios en Bellow, todas
esas mujeres fatales, sádicas y cautivadoras, quimeras
de una visión masculina de la otredad como fuerza
castradora. Bellow desdeña el apocalipsis, pero es
posible que en el apocalipsis belloviano todas las misteriosas
y atractivas mujeres de sus novelas cayeran sobre el pobre
Dahfu, vitalista blakeano, y lo despojaran del emblema de
su vitalismo terapéutico.
Sin su polémica, Bellow nunca parece capaz de ponerse
en marcha, ni siquiera en El legado de Humboldt,
comedia en su estado más puro. Por desgracia, Bellow
no está a la altura de los maestros modernos del
género. En la ficción americana, su ubicación
cronológica entre, digamos, Faulkner y Pynchon lo
expone a una comparación que él no busca y
que tampoco puede sostener. La polémica literaria
es peligrosa dentro de una novela, porque dirige al lector
crítico hacia ámbitos en los que se ve obligado
a hacer juicios canónicos como parte de la legítima
actividad de leer. La polémica de Bellow es normativa,
casi judaica en su énfasis moral, en su pasión
por la justicia y por más vida, y la polémica
se vuelve a veces más atractiva que sus encarnaciones
estéticas. ¿Nos cautivaría tanto Herzog
si no hablara por tantos de nosotros? Siempre recelo cuando
alguien me dice que «ama» El arco iris de
gravedad. La gran doctrina pynchoniana del sadoanarquismo
apenas ha de evocar afecto en nadie, salvo si consideramos
afecto el escalofrío de reconocimiento que la extraordinaria
dignidad estética del libro exige de nosotros. Es
el fracaso estético de la polémica
de Bellow, extrañamente combinado con su triunfo
moral, lo que empuja más y más a sus protagonistas
hacia misticismos dudosos. La devoción de Citrine
por Rudolf Steiner es bastante menos admirable, intelectual
y estéticamente, que el cabalismo obsesivo de El
arco iris de gravedad. Si Steiner es la respuesta última
al modernismo literario, entonces Flaubert puede descansar
tranquilo en su tumba.
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Sin embargo, Bellow sigue siendo un novelista cómico
muy humano y de extraordinario talento, casi único
en la ficción americana desde Mark Twain. Dedicaré
aquí las últimas palabras a la que para mí
es la secuencia más hermosa de Bellow, la que más
me emociona: la última semana de cartas de Herzog,
la que comienza con su triunfo sobre la obsesión
con Madeleine y Gersbach. En lo que atañe a su infiel
esposa, Herzog se alegra de poder terminar ahora, por fin,
con una celebración que está más allá
del masoquismo: «Cuando se pintaba los labios, después
de cenar en un restaurante, se miraba, como en un espejo,
en la hoja de un cuchillo. Herzog recordó encantado
ese detalle» Sobre Gersbach, con su indudable y latente
necesidad homosexual de ponerle los cuernos a su mejor amigo,
Herzog es justo y definitivo: «Disfrútala,
gózala, Pero no me lograrás a mí a
través de ella. Lo siento, sé que me buscabas
en la carne de Madeleine. No me encontrarás por que
ya no estoy en su carne.» Los mensajes no enviados
continúan, asegurándole generosamente a Nietzsche
la admiración de Herzog, a la vez que le dicen al
filósofo: «Sus inmoralistas también
comen carne. y viajan en autobús. Si se distinguen
por algo, es por ser quienes más gustan de viajar
en autobús.» Esta magnífica secuencia
incluye una epístola al doctor Morgenfruh, sin duda
una versión yiddish de la Aurora nietzscheana, de
quien Herzog sabiamente comenta: «Era un anciano excelente,
no demasiado deshonesto; ¿qué más puede
pedirse de nadie?» Dirigiéndose al doctor Morgenfruh,
Herzog especula, algo confusamente, «que el instinto
territorial es más fuerte que el sexual». Pero
luego, con exquisita gracia, se despide así: «Siga
el camino de la luz, Morgenfruh. Le escribiré de
vez en cuando.» Este tolerante adiós no
surge de un lío exageradamente determinado de instintos
territoriales o sexuales, sino de un persuasivo representante
de la más antigua y duradera tradición occidental
de sabiduría moral y compasión familiar,
(1) De Las aventuras de Augie March, edición
de M. Eugenia Díaz Sánchez, traducción
de Patricio Ros y Carlos Grosso, Madrid, Cátedra,
1994. (N del 7:)
(2) De Herzog, traducción de Rafael Vázquez
Zamora y Francesc Roca Martínez, Barcelona, Círculo
de Lectores, 1988. (N de/7:)
(*)Texto extraído de El futuro de la imaginación,
de Harold Bloom, EDITORIAL ANAGRAMA, 2002. Puedes comprar
el libro en http://www.anagrama-ed.es
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