Relatos (1)
Por Julia Otxoa (*)

 


Intransigencia

Realmente aquel hombre se obstinaba en no querer entender. Mientras enfurecido me daba puntapiés en las costillas y riñones, me insultaba y me perseguía por toda la casa, incapaz de soportar la idea de esposo abandonado.
Yo no me defendía, sabía perfectamente que hubiera podido cortarle la yugular con la velocidad de un rayo. Pero en el fondo me daba lástima, ya que en cuanto se cansara y dejara de golpearme, yo también me iría dejándole totalmente solo.
Porque ningún perro de mi categoría, soportaría vivir con un dueño que no le permite contemplar escondido tras las cortinas del dormitorio, como su mujer se desnuda todos los días.


Edad madura

Había días en los que me resultaba muy difícil saber quién era yo. Recuerdo aquellas jornadas en extremo fatigosas, sumido en el desasosiego, recorriendo archivos, registros, iglesias, para recabar información sobre mi identidad. Sin poder hallar ni un solo indicio que me ayudara, perplejo ante una familia que empezaba a mirarme como a un loco. Perdido al fin en una sociedad ajena sin ningún rastro de mí.
Con el tiempo me fui acostumbrando; la edad me trajo, como a los otros, la resignación. Hasta tal punto ha llegado para mí la hora de la serenidad, que de la última crisis no volví a la realidad como las veces anteriores. Me quedé ignorando permanentemente quién soy y qué hago en esta ciudad.
En esta situación, llevo aproximadamente cinco años. Claro que esto es absolutamente secreto. Nadie lo sabe. Ante todos realizo un constante simulacro, finjo una seguridad que no tengo, respondo con aparente convicción a cuantas preguntas de todo tipo se me hacen referentes a mi profesión. Procuro ser ante todo lo que para la sociedad parezco ser: el honorable señor presidente de la nación.


Un lugar en el parque

Llevaba cinco lustros allí. Aquel frágil hombre montado en su caballo, pasaba por ser un monstruo de piedra sanguinario para sus conocidos. Su criminal historial condecorado les seguía produciendo escalofríos.
Sólo los desconocidos guardaban de él un recuerdo hermoso. Para ellos, era únicamente un lugar en el parque, un ámbito de citas, una estatua sobre la que se posaban todas las palomas.


Frase

Recordaba la frase, la había visto sobre el desconchado muro que cercaba un solar vacío en las afueras de la ciudad. Ocurrió hace ya mucho tiempo, cuando apenas contaba diez años.
A lo largo de toda su vida la rememoró muchas veces, pero nunca pudo entender su significado. Sólo ahora, ya muy anciano, postrado en el lecho y extremadamente débil y enfermo, había logrado al fin descifrarla. Pero casi al mismo tiempo asaltó su fatigada mente una terrible pregunta:
-¿Qué había detrás de la última palabra? ¿Una coma, un punto, varios puntos?
Todo el sentido de la frase dependía de aquello, pero el anciano por más que lo intentaba no alcanzaba a recordarlo. Además ahora apenas podía pensar con exactitud, todo se le mezclaba en un confuso torrente de fragmentos. Febrilmente asistía como mudo espectador a la película de su vida.
Sólo poseía clara la certeza de que ya no tenía tiempo para averiguar con qué clase de signo ortográfico concluía la frase.
Exhausto por el esfuerzo cayó sumido en un profundo letargo. Soñó ser un desconchado muro cercando un solar vacío, inscrita en él una frase que un niño con atención leía...


De las apariencias

Era un hombre tan delgado, que a menudo se lo llevaba el viento. Así que en previsión de este tipo de catástrofes, habíase llenado los bolsillos de piedras.
Pero la suerte no estaba de su lado. Ocurrió durante una de aquellas noches en las que un fuerte viento no lograba llevárselo. El pobre hombre, loco de contento, celebraba su dicha con los marineros por las tabernas del puerto. Nunca fue tan feliz.
Al amanecer, caminaba completamente ebrio, como un ángel frágil junto a los embarcaderos. Dicen que debió resbalar y caer al mar mientras cantaba.
De todas formas esta versión de los hechos nunca fue escuchada. La oficial fue la del suicidio, llenos de pesadas piedras sus bolsillos.


Necesidades

Aquel hombre del gabán color café preguntó la hora a la mujer pelirroja del abrigo negro, esperó todo el día a que ella se dignara dársela, al final no se la dió. Fue entonces, cuando el hombre del gabán color café, exhausto y crispado, mató a la mujer y le robó el reloj.
Nunca más tuvo necesidad de preguntar a nadie la hora, pero al cabo de los años, él también murió a manos de un preguntador de horas.


Estación Victoria

El hombre de la gabardina gris, estuvo saliendo y entrando unas tres o cuatro veces seguidas de la Estación Victoria. Durante todo este tiempo, trató inútilmente de recordar si llegaba o se iba del lugar. Al cabo de unos diez minutos de intentarlo en vano, se tranquilizó pensando que en realidad, daba igual si iba o venía. Se sentó en el primer banco que encontró, encendió pausadamente un cigarrillo, y esperó sin prisa su destino.


Previsión

Cuando Luis alzó la voz desde la cocina, para que pudiéramos oírlo desde la biblioteca, y dijo aquello sobre la necesidad de tener en cuenta la probabilidad de despiste del guardameta, hundía el cuchillo por equivocación en el cuello de Sonia, la vieja cocinera, en lugar de hacerlo en el cuello del pavo, que ella, inclinada, sujetaba sobre la mesa.


Oto de Aquisgrán

Cuentan que el emperador Oto de Aquisgrán era tan sumamente perfeccionista, que acometiéndole una vez un agudo ataque de melancolía profundísima, y decidiendo en medio de tristes delirios acabar con su vida, tuvo tan extremado cuidado en dejar bien acabados y atados los asuntos de la corte, que antes de pasar a mejor vida, pasó años y años despachando con sus consejeros, firmando tratados, y recibiendo en mil audiencias. Hasta el punto de que al fin todo en orden, el pobre emperador Oto, ya muy anciano y enfermo desde su lecho de muerte, no recordaba realmente el extraño motivo que le había tenido toda su vida sumido en aquel delirante y frenético ritmo de trabajo, no conocido jamás en ninguna corte imperial.


Caballos

Todos los jueves vamos a Slaughter-House a ver cómo cargan los caballos muertos en los camiones de Mister Winner, cuando llegamos allí nos subimos al tercer peldaño de la escalera de la fuente, ése es un buen puesto de observación no molestamos.

Slaughter-House es el Matadero Municipal, en él trabaja el padre de Tom y también el de Bessy y el mío, en realidad todos los hombres del pueblo trabajan en él desde hace muchos años.

Slaughter-House está especializado en caballos, llegan vivos, apretujados en grandes camiones color marrón y salen luego despedazados, metidos en bolsas de plástico para ser transportados dentro de camiones frigorífico color blanco. Siempre es así.

Un día mis amigos y yo conseguimos colarnos dentro del matadero, fue un jueves por la tarde, éramos un grupo de tres, nos escondimos detrás de unos sacos de serrín en la zona de las cuchillas, nadie nos vio. Las cuchillas son enormes y cuelgan de gruesas cadenas sujetas a grandes ruedas de una máquina que ocupa el centro de la nave. Las cuchillas caen con fuerza sobre los caballos cortándoles limpiamente el cuello.

Cuando la máquina está en funcionamiento parece un gran monstruo enfurecido, haciendo un ruido infernal con todas esas ruedas y cuchillas moviéndose sin cesar. Mi padre suele decir que así es mejor, porque ese ruido ensordecedor tapa los asustados relinchos de los caballos, que con grandes números negros pintados en sus lomos, esperan en fila a ambos lados de la máquina ser sacrificados. De este modo, la gente de los alrededores de Slaughter-House no se entera del miedo de los caballos, y puede comerse luego tranquilamente sus bistecs.

Lo primero que se hace cuando llegan los caballos vivos es medirlos y pesarlos, ése es el trabajo de mi padre, los hace subir por una escalera hasta una plataforma metálica, allí, después de apuntar en una libreta lo que marca el peso, mide a cada caballo con una vara de madera la cabeza, las patas y el lomo.

Una vez, un caballo de Sttugart mató a un operario que realizaba ese mismo trabajo antes que mi padre. El caballo le dio tal patada en la cabeza que el hombre rodó como un fardo escaleras abajo yendo a darse contra unos ganchos puntiagudos, usados para colgar y desollar a los caballos. Por eso desde entonces, cuando los caballos suben a la plataforma del peso, se les inmoviliza, sujetándoles con correas de cuero y grandes hebillas de hierro.

También mi padre se pone una especie de coraza metálica que le cubre el pecho y la tripa, y un capuchón de tela de saco en la cabeza, porque dice que de este modo el caballo, al no distinguir los rasgos humanos, no entiende muy bien lo que ocurre, está confuso, se porta mejor y no da patadas.

Hay días, en los que cuando mis hermanos y yo nos hemos portado especialmente mal, mi padre, sin saber que nosotros ya conocemos todo lo que hace en el matadero, realiza con nosotros el mismo ritual que con los caballos que van a morir, nos lleva al desván y allí se coloca la coraza y el capuchón, y nos pone una especie de correajes alrededor del cuerpo, y nos mide y pesa, y luego nos deja allí encerrados todo el día, hasta que se le pasa el enfado, y entonces sube y nos quita los correajes, y los vuelve a colocar al lado de la vara de medir, la coraza y la capucha, junto a la ventana rota que está siempre cerrada.


Fábulas

Siguiendo el ejemplo de los cuentos de "Las Mil y Una Noches", el reo comienza a relatar fábula tras fábula a su verdugo, con el fin de entretenerle y retrasar al máximo el momento de su muerte. Pero ocurre que en mitad de la noche se le acaban de pronto las historias y ya no puede encontrar ni una sola en su cansada memoria.

Aterrado y creyendo próximo su fin, mira al verdugo, aliviado comprueba que éste se ha quedado profundamente dormido con la afilada hacha entre sus manos. Así que ahora ya más tranquilo, piensa que en realidad, él nunca fue un buen narrador de historias, y que sin duda alguna, le ha dormido de aburrimiento. Aprovechando esta circunstancia le quita con suavidad el hacha, y en el preciso momento en el que la levanta para descargarla sobre la nuca del durmiente, éste, sonámbulo se incorpora, comenzando a relatar de modo tan magistral los maravillosos sueños por los que en esos instantes vía a, que al punto queda el reo totalmente embelesado.

Cuando amanece, el verdugo despierta y aprovechando que en virtud del dulce encantamiento el reo duerme ahora apaciblemente, le quita a su vez el hacha, y la historia vuelve a comenzar desde el principio, con el asustado reo contándole de nuevo fábulas al verdugo. etc. etc. Repitiéndose así perfecto, el mágico tiempo circular en el que ambos se perdonan mutuamente la vida.


(1) Textos pertenecientes al libro Un León en la Cocina, editorial Prames. Puedes comprar el libro de Julia Otxoa, ilustrado por Ricardo Ugarte, en http://www.prames.com/listado2.asp?Id=17
http://www.prames.com/producto.asp?Wid=168

(*) Julia Otxoa (otxoarte@euskalnet.net) nació en 1953 en San Sebastián (Guipúzcoa). Poeta y narradora, tiene varios premios en su haber. Colaboradora habitual en prensa y revistas, lo hace actualmente en el Diario Vasco de San Sebastián; Diario Bilbao; revista Leer de Madrid; Zurgai, de Bilbao; Texturas, de Vitoria; Corydon, Universidad de Málaga; etc. Habiendo publicado hasta ahora los poemarios: Composición entre la luz y la sombra (1978); Luz del aire (1982) en colaboración con el escultor Ricardo Ugarte; Cuaderno de Bitácora (1985); Centauro (1989); Antología poética (1989); siendo autora a su vez de los estudios: Poetas Vascas (1990), y Narrativa corta en Euzkadi (1992). Sus poemas han sido incluidos en diversas antologías, como Los 23 (poetas y dibujantes vascos); Homenaje a Picasso y Quevedo; Poetas españoles Contemporáneos; Antología Poética vasca (VOSA, 1987); Autores vascos de E. Amézaga; La luz inextinguible (Ensayos sobre literatura vasca actual) de Juan José Lanz; entre muchas otras obras.




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