Intransigencia
Realmente aquel hombre se obstinaba en no querer entender.
Mientras enfurecido me daba puntapiés en las costillas
y riñones, me insultaba y me perseguía por
toda la casa, incapaz de soportar la idea de esposo abandonado.
Yo no me defendía, sabía perfectamente que
hubiera podido cortarle la yugular con la velocidad de un
rayo. Pero en el fondo me daba lástima, ya que en
cuanto se cansara y dejara de golpearme, yo también
me iría dejándole totalmente solo.
Porque ningún perro de mi categoría, soportaría
vivir con un dueño que no le permite contemplar escondido
tras las cortinas del dormitorio, como su mujer se desnuda
todos los días.
Edad madura
Había días en los que me resultaba muy difícil
saber quién era yo. Recuerdo aquellas jornadas en
extremo fatigosas, sumido en el desasosiego, recorriendo
archivos, registros, iglesias, para recabar información
sobre mi identidad. Sin poder hallar ni un solo indicio
que me ayudara, perplejo ante una familia que empezaba a
mirarme como a un loco. Perdido al fin en una sociedad ajena
sin ningún rastro de mí.
Con el tiempo me fui acostumbrando; la edad me trajo, como
a los otros, la resignación. Hasta tal punto ha llegado
para mí la hora de la serenidad, que de la última
crisis no volví a la realidad como las veces anteriores.
Me quedé ignorando permanentemente quién soy
y qué hago en esta ciudad.
En esta situación, llevo aproximadamente cinco años.
Claro que esto es absolutamente secreto. Nadie lo sabe.
Ante todos realizo un constante simulacro, finjo una seguridad
que no tengo, respondo con aparente convicción a
cuantas preguntas de todo tipo se me hacen referentes a
mi profesión. Procuro ser ante todo lo que para la
sociedad parezco ser: el honorable señor presidente
de la nación.
Un lugar en el parque
Llevaba cinco lustros allí. Aquel frágil
hombre montado en su caballo, pasaba por ser un monstruo
de piedra sanguinario para sus conocidos. Su criminal historial
condecorado les seguía produciendo escalofríos.
Sólo los desconocidos guardaban de él un recuerdo
hermoso. Para ellos, era únicamente un lugar en el
parque, un ámbito de citas, una estatua sobre la
que se posaban todas las palomas.
Frase
Recordaba la frase, la había visto sobre el desconchado
muro que cercaba un solar vacío en las afueras de
la ciudad. Ocurrió hace ya mucho tiempo, cuando apenas
contaba diez años.
A lo largo de toda su vida la rememoró muchas veces,
pero nunca pudo entender su significado. Sólo ahora,
ya muy anciano, postrado en el lecho y extremadamente débil
y enfermo, había logrado al fin descifrarla. Pero
casi al mismo tiempo asaltó su fatigada mente una
terrible pregunta:
-¿Qué había detrás de la última
palabra? ¿Una coma, un punto, varios puntos?
Todo el sentido de la frase dependía de aquello,
pero el anciano por más que lo intentaba no alcanzaba
a recordarlo. Además ahora apenas podía pensar
con exactitud, todo se le mezclaba en un confuso torrente
de fragmentos. Febrilmente asistía como mudo espectador
a la película de su vida.
Sólo poseía clara la certeza de que ya no
tenía tiempo para averiguar con qué clase
de signo ortográfico concluía la frase.
Exhausto por el esfuerzo cayó sumido en un profundo
letargo. Soñó ser un desconchado muro cercando
un solar vacío, inscrita en él una frase que
un niño con atención leía...
De las apariencias
Era un hombre tan delgado, que a menudo se lo llevaba el
viento. Así que en previsión de este tipo
de catástrofes, habíase llenado los bolsillos
de piedras.
Pero la suerte no estaba de su lado. Ocurrió durante
una de aquellas noches en las que un fuerte viento no lograba
llevárselo. El pobre hombre, loco de contento, celebraba
su dicha con los marineros por las tabernas del puerto.
Nunca fue tan feliz.
Al amanecer, caminaba completamente ebrio, como un ángel
frágil junto a los embarcaderos. Dicen que debió
resbalar y caer al mar mientras cantaba.
De todas formas esta versión de los hechos nunca
fue escuchada. La oficial fue la del suicidio, llenos de
pesadas piedras sus bolsillos.
Necesidades
Aquel hombre del gabán color café preguntó
la hora a la mujer pelirroja del abrigo negro, esperó
todo el día a que ella se dignara dársela,
al final no se la dió. Fue entonces, cuando el hombre
del gabán color café, exhausto y crispado,
mató a la mujer y le robó el reloj.
Nunca más tuvo necesidad de preguntar a nadie la
hora, pero al cabo de los años, él también
murió a manos de un preguntador de horas.
Estación Victoria
El hombre de la gabardina gris, estuvo saliendo y entrando
unas tres o cuatro veces seguidas de la Estación
Victoria. Durante todo este tiempo, trató inútilmente
de recordar si llegaba o se iba del lugar. Al cabo de unos
diez minutos de intentarlo en vano, se tranquilizó
pensando que en realidad, daba igual si iba o venía.
Se sentó en el primer banco que encontró,
encendió pausadamente un cigarrillo, y esperó
sin prisa su destino.
Previsión
Cuando Luis alzó la voz desde la cocina, para que
pudiéramos oírlo desde la biblioteca, y dijo
aquello sobre la necesidad de tener en cuenta la probabilidad
de despiste del guardameta, hundía el cuchillo por
equivocación en el cuello de Sonia, la vieja cocinera,
en lugar de hacerlo en el cuello del pavo, que ella, inclinada,
sujetaba sobre la mesa.
Oto de Aquisgrán
Cuentan que el emperador Oto de Aquisgrán era tan
sumamente perfeccionista, que acometiéndole una vez
un agudo ataque de melancolía profundísima,
y decidiendo en medio de tristes delirios acabar con su
vida, tuvo tan extremado cuidado en dejar bien acabados
y atados los asuntos de la corte, que antes de pasar a mejor
vida, pasó años y años despachando
con sus consejeros, firmando tratados, y recibiendo en mil
audiencias. Hasta el punto de que al fin todo en orden,
el pobre emperador Oto, ya muy anciano y enfermo desde su
lecho de muerte, no recordaba realmente el extraño
motivo que le había tenido toda su vida sumido en
aquel delirante y frenético ritmo de trabajo, no
conocido jamás en ninguna corte imperial.
Caballos
Todos los jueves vamos a Slaughter-House a ver cómo
cargan los caballos muertos en los camiones de Mister Winner,
cuando llegamos allí nos subimos al tercer peldaño
de la escalera de la fuente, ése es un buen puesto
de observación no molestamos.
Slaughter-House es el Matadero Municipal, en él
trabaja el padre de Tom y también el de Bessy y el
mío, en realidad todos los hombres del pueblo trabajan
en él desde hace muchos años.
Slaughter-House está especializado en caballos,
llegan vivos, apretujados en grandes camiones color marrón
y salen luego despedazados, metidos en bolsas de plástico
para ser transportados dentro de camiones frigorífico
color blanco. Siempre es así.
Un día mis amigos y yo conseguimos colarnos dentro
del matadero, fue un jueves por la tarde, éramos
un grupo de tres, nos escondimos detrás de unos sacos
de serrín en la zona de las cuchillas, nadie nos
vio. Las cuchillas son enormes y cuelgan de gruesas cadenas
sujetas a grandes ruedas de una máquina que ocupa
el centro de la nave. Las cuchillas caen con fuerza sobre
los caballos cortándoles limpiamente el cuello.
Cuando la máquina está en funcionamiento
parece un gran monstruo enfurecido, haciendo un ruido infernal
con todas esas ruedas y cuchillas moviéndose sin
cesar. Mi padre suele decir que así es mejor, porque
ese ruido ensordecedor tapa los asustados relinchos de los
caballos, que con grandes números negros pintados
en sus lomos, esperan en fila a ambos lados de la máquina
ser sacrificados. De este modo, la gente de los alrededores
de Slaughter-House no se entera del miedo de los caballos,
y puede comerse luego tranquilamente sus bistecs.
Lo primero que se hace cuando llegan los caballos vivos
es medirlos y pesarlos, ése es el trabajo de mi padre,
los hace subir por una escalera hasta una plataforma metálica,
allí, después de apuntar en una libreta lo
que marca el peso, mide a cada caballo con una vara de madera
la cabeza, las patas y el lomo.
Una vez, un caballo de Sttugart mató a un operario
que realizaba ese mismo trabajo antes que mi padre. El caballo
le dio tal patada en la cabeza que el hombre rodó
como un fardo escaleras abajo yendo a darse contra unos
ganchos puntiagudos, usados para colgar y desollar a los
caballos. Por eso desde entonces, cuando los caballos suben
a la plataforma del peso, se les inmoviliza, sujetándoles
con correas de cuero y grandes hebillas de hierro.
También mi padre se pone una especie de coraza metálica
que le cubre el pecho y la tripa, y un capuchón de
tela de saco en la cabeza, porque dice que de este modo
el caballo, al no distinguir los rasgos humanos, no entiende
muy bien lo que ocurre, está confuso, se porta mejor
y no da patadas.
Hay días, en los que cuando mis hermanos y yo nos
hemos portado especialmente mal, mi padre, sin saber que
nosotros ya conocemos todo lo que hace en el matadero, realiza
con nosotros el mismo ritual que con los caballos que van
a morir, nos lleva al desván y allí se coloca
la coraza y el capuchón, y nos pone una especie de
correajes alrededor del cuerpo, y nos mide y pesa, y luego
nos deja allí encerrados todo el día, hasta
que se le pasa el enfado, y entonces sube y nos quita los
correajes, y los vuelve a colocar al lado de la vara de
medir, la coraza y la capucha, junto a la ventana rota que
está siempre cerrada.
Fábulas
Siguiendo el ejemplo de los cuentos de "Las Mil y
Una Noches", el reo comienza a relatar fábula
tras fábula a su verdugo, con el fin de entretenerle
y retrasar al máximo el momento de su muerte. Pero
ocurre que en mitad de la noche se le acaban de pronto las
historias y ya no puede encontrar ni una sola en su cansada
memoria.
Aterrado y creyendo próximo su fin, mira al verdugo,
aliviado comprueba que éste se ha quedado profundamente
dormido con la afilada hacha entre sus manos. Así
que ahora ya más tranquilo, piensa que en realidad,
él nunca fue un buen narrador de historias, y que
sin duda alguna, le ha dormido de aburrimiento. Aprovechando
esta circunstancia le quita con suavidad el hacha, y en
el preciso momento en el que la levanta para descargarla
sobre la nuca del durmiente, éste, sonámbulo
se incorpora, comenzando a relatar de modo tan magistral
los maravillosos sueños por los que en esos instantes
vía a, que al punto queda el reo totalmente embelesado.
Cuando amanece, el verdugo despierta y aprovechando que
en virtud del dulce encantamiento el reo duerme ahora apaciblemente,
le quita a su vez el hacha, y la historia vuelve a comenzar
desde el principio, con el asustado reo contándole
de nuevo fábulas al verdugo. etc. etc. Repitiéndose
así perfecto, el mágico tiempo circular en
el que ambos se perdonan mutuamente la vida.
(1) Textos pertenecientes al libro Un León en
la Cocina, editorial Prames. Puedes comprar el libro
de Julia Otxoa, ilustrado por Ricardo Ugarte, en http://www.prames.com/listado2.asp?Id=17
http://www.prames.com/producto.asp?Wid=168
(*) Julia Otxoa (otxoarte@euskalnet.net)
nació en 1953 en San Sebastián (Guipúzcoa).
Poeta y narradora, tiene varios premios en su haber. Colaboradora
habitual en prensa y revistas, lo hace actualmente en el
Diario Vasco de San Sebastián; Diario Bilbao;
revista Leer de Madrid; Zurgai, de Bilbao;
Texturas, de Vitoria; Corydon, Universidad
de Málaga; etc. Habiendo publicado hasta ahora los
poemarios: Composición entre la luz y la sombra
(1978); Luz del aire (1982) en colaboración
con el escultor Ricardo Ugarte; Cuaderno de Bitácora
(1985); Centauro (1989); Antología poética
(1989); siendo autora a su vez de los estudios: Poetas
Vascas (1990), y Narrativa corta en Euzkadi (1992).
Sus poemas han sido incluidos en diversas antologías,
como Los 23 (poetas y dibujantes vascos); Homenaje
a Picasso y Quevedo; Poetas españoles Contemporáneos;
Antología Poética vasca (VOSA, 1987);
Autores vascos de E. Amézaga; La luz inextinguible
(Ensayos sobre literatura vasca actual) de Juan José
Lanz; entre muchas otras obras.