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En la semana que pasé en Santiago, dos
acontecimientos se juntaron para sacudir el territorio cultural
chileno: pocos días después de que le fuera
otorgado a Nicanor Parra el Premio Nacional de Literatura,
Pablo Neruda era proclamado candidato del Partido Comunista
a la Presidencia de la República. El poeta de Isla
Negra concedió muchas entrevistas, pero la plataforma
de su eventual "presidencia en la tierra" produjo
algunas sorpresas. De más está decir que la
prensa conservadora destacó con particular fruición
la formal promesa del informal candidato: en caso de salir
triunfante, respetará la industria privada.
En vista de lo cual me fui a La Reina, donde Nicanor vive
en su cuarta o quinta soledad, pero sin concederle ventajas
a la melancolía. La verdad es que el prestigio literario
de Parra en las nuevas promociones chilenas, es lo suficientemente
firme y creciente, como para que su madurez se agite con un
Premio Nacional más o menos; sin embargo, lo hallé
más alegre que otras veces, y también más
seguro, más tranquilo. Creo que algo de eso se refleja
en las respuestas que, durante una hora, le pedí para
Marcha.
SANTIAGO DE CHILE
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-Ha aparecido tu Obra gruesa, y acabas
de obtener el Premio Nacional. ¿No crees que en este
período tan especial de tu trayectoria literaria, puedes
correr el riesgo de monumentalizarte?
-Ese peligro está latente en la vida de todo escritor
y en todo momento. En este caso, sin embargo, debes pensar
que yo llego a este premio a pulso, sin compromisos con instituciones,
corporaciones, partidos políticos. Nada. Prácticamente
contra todo. Es un premio a contrapelo. De modo que el peligro
que corro es de exagerar la nota. Me parece que el peligro
verdadero sería creer que lo que he hecho está
realmente bien, e insistir en esa línea y subrayar
demasiado algunas direcciones. Ése es el peligro que
yo veo, por cierto estoy alerta para tomar las medidas de
rigor.
-¿No puedes anunciar algunas de esas medidas?
-La primera: dormir mucho. En realidad, tengo que reponerme
de este temporal de felicitaciones, saludos, sonrisas y sobre
todo de tragos. Trago blanco, y del otro.
-Pero no malos tragos.
-Malos tragos, no. ¿Por qué vamos a ser
tan sutiles?
-Con o sin Premio Nacional, tu obra ya estaba, es cierto;
pero esta circunstancia, ¿no te hace de algún
modo mirar retrospectivamente hacia ella? Y en tal caso, ¿qué
impresión te produce esa mirada hacia atrás?
-La sensación que se tiene al mirar hacia atrás
es la del ascenso de una cuesta que se hace cada vez más
empinada. Los primeros tramos son fáciles de subir,
pero a medida que pasa el tiempo vemos que las dificultades
se multiplican y que la posible meta se hace cada vez más
distante.
-Considerando que Obra gruesa es en cierto modo
tu obra completa, ¿por qué falta allí
el primer tramo de esa cuesta?
-Por pudor. Tú te refieres a Cancionero sin
nombre. Ese libraco es lo que se llama ordinariamente
un "pecado" de juventud. Es un libro garcialorquiano,
demasiado influido por el autor de... Se me han olvidado las
obras de mi maestro: fíjate tú la situación
en que me encuentro. Ah, Romancero gitano y otros libros.
Y también faltan en la Obra gruesa algunos otros
textos: por ejemplo, un trabajo que se llama Ejercicios
retóricos, que es un conjunto de veinte y tantos
poemas que publiqué en una revista chilena hace tiempo
y que (por consejo de un yerno mío, Ronald Kay, que
está doctorándose en estética en Alemania)
decidí suprimir de ese volumen, porque se trata de
una poesía de transición. Tal vez desde un punto
de vista antropológico, habría sido útil
ponerla, ya que allí se podía percibir la influencia
que tuvo Whitman en mis primeras incursiones hacia un lenguaje
más democrático y hacia una poesía más
de la calle. Por otra parte, también faltan los Artefactos
que son los últimos textos que estoy escribiendo y
que son muy problemáticos y muy polémicos y
entonces me pareció que, desde un punto de vista estratégico,
no convenía incluirlos en la Obra gruesa. Pretendo
que se juzgue este período de mi trabajo, independientemente
de los Artefactos. Quiero dejarlos para una segunda
vuelta.
-¿Consideras que los Artefactos son el comienzo
de una nueva serie?
-Pueden ser el comienzo de una nueva serie, o también
el fin de fiesta. Eso está por verse.
-Me ahorraste un poco el trabajo mencionando dos influencias:
García Lorca y Whitman. Ahora bien, ¿cuáles
tan los otros nombres importantes que de alguna manera pesan
(con un buen peso) sobre tu obra?
-Hay muchos autores que he leído con verdadera voracidad
y con admiración ilimitada. Desde luego, considero
que uno de mis antepasados más remotos es Aristófanes;
en seguida hay que mencionar a Luciano. Los Sueños
de Luciano me interesaron muchísimo en una época,
a pesar de que, más que una influencia, se trataba
de una confirmación. En el plano de las influencias,
o de las lecturas atentas, debo mencionar una obra que es
poco conocida pero que yo leí con mucho interés
y estudié a fondo. Me refiero a la Gesta Romanorum,
que es una colección de cuentos medievales, conservados
por los monjes, y que constituye la base de un autor como
Bocaccio o de una obra como The Canterbury Tales. Tal
vez en los cuentos de la Gesta Romanorum estén
los primeros gérmenes de la novela de caballería.
Los leí un poco tarde, en 1950, en Inglaterra, pero
todavía pesan sobre mí, todavía resuenan
en mí los ecos de esa obra. Después habría
que mencionar precisamente los cuentos erráticos y
cómicos de Chaucer, traducidos al castellano por Jorge
Elliot; me parecieron unos cuentos soberbios. Luego, siguiendo
el orden cronológico, tendría que saltar directamente
a Cervantes: su teatro, y naturalmente el Quijote.
En materia poética estricta, admiro aun a poetas como
el Arcipreste y el Romancero y el Poema del Cid. De ahí
salto a Quevedo, y luego a un autor menor, pero sumamente
importante: Gustavo Adolfo Bécquer. Esto puede parecer
una novedad, o un chiste, o una cana al aire, pero en realidad
es así. Confidencial y sentimental en el buen sentido
de la palabra, Bécquer me llamó siempre la atención
en relación con el grueso de la retórica en
la poesía española de la época. A lo
mejor es también una influencia: a Rodríguez
Monegal se le ocurrió que en los entretelones de las
Canciones rusas está nada menos que la voz de
Bécquer. Yo creo que esto es ir demasiado lejos. Pero
de cualquier manera es necesario dejar impreso el nombre de
Bécquer en esta parte de la pregunta. Pasando a la
literatura actual, mi maestro absoluto ha sido Kafka. El año
pasado, de vuelta del Congreso Cultural de La Habana, a pesar
de que tenía diligencias muy urgentes que atender en
Suiza, en París y también en Chile, me detuve
un mes en Praga para seguir la huella kafkiana, y no quedé
tranquilo hasta llegar a su tumba; en cierto modo puedo decir
que la desvalijé porque me apropié de unos pequeños
candelabros que dejan allí los turistas. Son unos candelabros
populares muy baratos, de modo que el monto del robo no fue
muy alto. Ah, y el otro Kafka de la mímica, que es
Chaplin y que también me interesa profundamente. Estos
dos personajes, y sobre todo un tercero, que es el roto chileno
(ya sea el roto campesino, el huaso, o el roto propiamente
tal). Ese sujeto está siempre enseñándome,
y si tuviera que elegir realmente entre todos a mi maestro,
por cierto me sacaría el sombrero ante este personaje.
He tenido la oportunidad de estudiar, más menos detenidamente
la obra de los poetas populares chilenos del siglo XIX, y
ya hace unos veinte o veinticinco años que llegué
a la conclusión de que lo más importante de
la poesía chilena del siglo XIX, estaba en la poesía
popular, a pesar de que Chile no ha producido todavía
un Martín Fierro. Ahí están todos
los gérmenes, todos los elementos de juicio. Por cierto
que hay además otros influencias en la poesía
chilena; hay algunos hilos, tejidos a partir de Vicente Huidobro,
de Neruda, de la propia Gabriela Mistral y de un poeta que
es una transición entre la poesía popular y
la poesía culta chilena, que es Pezoa Véliz.
Muchas veces se ha dicho que si Pezoa Véliz hubiera
vivido un poco más, habría sido el autor de
los Antipoemas. Claro que he leído la literatura
francesa y allí también hay algunas pistas que
seguir. Un estudiante alemán, Thomas Stromm, vino el
año pasado a Chile para escribir una tesis sobre la
antipoesía y el resultado de su tesis se llama François
Villon y Nicanor Parra; sostiene que hay una relación
bastante grande entre los dos tipos de poesía, lo que
no puede ser novedoso para nadie, ya que François Villon
fue un poeta popular de su época, y yo he estudiado
mucho esa línea. Las temas de la poesía popular
se repiten en los diferentes idiomas especialmente en los
de origen latino. Creo que con este informe queda más
o menos respondida la pregunta, claro que en líneas
generales. Hay otras influencias; prácticamente no
hay autor que uno lea, no hay persona con que uno hable, que
de una manera u otra no lo influya a uno. La influencia del
interlocutor; yo por lo menos estoy siempre abierto a ese
tipo de influencia. Me parece que es la influencia más
sana y más vivificante.
-¿Algún hecho político ha tenido influencia
sobre tu obra?
-Sobre mi obra, es más difícil. Más
bien sobre mi persona exterior, y sobre algunos afectos, sobre
algunas zonas del alma individual, evidentemente han influido
algunos hechos políticos, que podríamos llamar
espacio-temporales. Pongo por caso la revolución española,
la Segunda Guerra Mundial, que me hizo vibrar muy profundamente
(pensé alguna vez escribir la poesía de la Segunda
Guerra Mundial, pero no disponía de los elementos,
y además es un problema insoluble, irrealizable); y
por cierto la Revolución Cubana ha sido la explosión
más directa y la que más me ha interesado, la
que ha desencadenado más fuerzas. Desgraciadamente
yo no soy un poeta político; no soy un poeta que trabaja
con Ideas ni con sentimientos. Yo no sé con qué
demonios trabajo.
-A veces, a pesar tuyo eres un poeta político, indirectamente
político.
-Sí, en realidad, por una especie de reducción
al absurdo. El adjetivo que más acepto es el de existencial.
Trabajo con los problemas permanentes, más que con
lo transitorio. A pesar de que parece que de una u otra manera
incorporo lo transitorio; hago una presentación transitoria
de lo permanente, tal vez. No tengo la menor idea. Pero en
realidad no soy un poeta de encargo, ni un poeta que trabaje
por motivos ideológicos: a pesar de que tengo mis posiciones
en la práctica. Y en la actualidad sufro diariamente
con la guerra de Vietnam, con las situaciones africanas y
con esa otra guerra lenta que está desmoronando nuestros
pueblos que es la miseria, el subdesarrollo. Pero, para ser
sincero, me parece que eso pertenece al dominio de la razón;
y tal vez la poesía opere en cambio en las zonas más
oscuras del ser. De aquí yo siempre he derivado un
análisis que me permite enfocar la poesía política
propiamente tal: pienso que la poesía política
es desde luego necesaria, pero desde un punto de vista estético,
poético estricto, parecería que está
condenada a operar con elementos más fungibles que
la otra. Tal vez sea ésta una de las razones por los
cuales la poesía política por lo común
no logra concretarse en obras realmente duraderas.
-Entre los escritores latinoamericanos ¿a quién
consideras tus compañeros? Me refiero sobre todo a
una afinidad literaria.
-Ah, como afinidad. Desde luego, a Cardenal. Me siento
muy próximo a Cardenal, aunque soy consciente también
de las diferencias. Es un hombre más equilibrado que
yo, y ha logrado integrar mejor que yo lo existencial con
lo temporal; de eso estoy absolutamente consciente, y admiro
especialmente su "Oración por Marilyn Monroe".
Con otro escritor con quien me siento muy codo con codo, es
con Cortázar. Tal vez éstos sean los autores
que están más cerca de mi manera de ver las
cosas. Lo que no quiere decir que no tenga admiraciones profundas
por hombres como, por ejemplo, Juan Rulfo. Creo que Rulfo
está trabajando materiales más duraderos y profundos
que los del propio Cortázar. Creo que esa línea
de trabajo es mucho más americana, más coherente,
más compacta que las maravillosas pirotecnias de Cortázar.
Habría que mencionar además el nombre de un
escritor como Arguedas, que es una especie de Rulfo peruano.
Tal vez podría introducir aquí una ocurrencia
que convendría dejar establecida en alguna parte, ya
que me vino a la mente en este instante. Se me ocurre que
hay un poema por escribir en Hispanoamérica, que sería
el homólogo del Martín Fierro pero referido
a la poesía afrocubana, a la poesía del Caribe,
a la poesía negra. No se ha producido todavía
allí una obra de la envergadura del Martín
Fierro, y están dadas todos los elementos histórico
culturales, antropológicos, etnológicos; están
todos los materiales. Es claro que ninguno de nosotros va
a poder realizar esa obra. Ni tú ni yo, porque pertenecemos
al Cono Sur. No tenemos la experiencia; sería una farsa
si emprendiéramos un trabajo de esa naturaleza. Y hasta
hace poco faltaba un poema que surgiera del tango, del folklore
porteño, pero en la actualidad ese poema está
escrito y se llama Rayuela. En 1946 estuve en una universidad
norteamericana, de profesor visitante, y reclamaba el poema
del Caribe y el poema del tango argentino, y ahora vemos que
por lo menos éste está escrito. Queda pendiente
el gran poema negro para los poetas del Caribe.
-¿Conoces Gotán, de Juan Gelman?
-No he leído precisamente Gotán.
Conozco otros poemas de Gelman, que me interesan mucho. Si
he leído Argentino hasta la muerte de Fernández
Moreno. No sé si habrá un paralelo entre esos
poetas. La línea es bastante interesante.
-En tu obra como en la de pocos poetas, me parece hallar
una carga del yo. No una carga ególatra, sino un peso
específico del yo. ¿Cuál sería
tu explicación?
-Yo he ejercido siempre la poesía como una inmersión
en las profundidades del yo. Este yo no es el yo individual,
sino el yo colectivo, naturalmente. El yo de que se habla
en la Obra gruesa es un yo difuso, en último
término el yo de la especie. Concibo la poesía
como un estudio, como una investigación, como una iluminación
de algunas zonas oscuras, de algunas zonas que aún
no están a la vista, de este personaje que es la especie
humana, el yo humano. No es el yo lírico con el que
trabaja el poeta común y corriente; es un yo psicológico,
de varios pisos, y lo que interesa es profundizar, llegar
al subterráneo.
-¿Puedo hacerte un test?
-Cómo no.
-En el poema tuyo que precisamente se llama "Test",
dices:
¿Qué es la antipoesía?
¿Un temporal en una taza de té?
¿Una mancha de nieve en una roca?
¿Un azafato lleno de excrementos humanos como lo cree
el padre Solvatierra?
¿Un espejo que dice le verdad?
¿Un bofetón al rostro
del presidente de la Sociedad de Escritores?
(Dios lo tenga en su santo reino)
¿Una advertencia a los poetas jóvenes?
¿Un ataúd a chorro?
¿Un ataúd a fuerza centrífuga?
¿Un ataúd a gas de parafina?
¿Una capilla ardiente sin difunto?
Marque con una cruz
la definición que considere correcta.
-Yo te pido exactamente eso: que marques con una cruz
la definición que consideres correcta.
-Mira, hay tantas cruces como versos. Y quedan algunas
cruces pendientes.
-¿O sea que todas son correctas?
-Son aproximaciones. En buenas cuentas, la idea del poema
es tratar de definir el antipoema desde diferentes ángulos.
-¿Y habría alguna definición que
sintetizara todas las aproximaciones?
-¿Una definición del antiopoema? Bueno,
yo acabo de dar una definición de artefacto: los artefactos
resultan de la explosión del antipoema. Se podría
dar una definición al revés. Decir, por ejemplo,
que el antipoema es un conglomerado de artefactos a punto
de explotar.
-¿Cómo llegaste a la concepción del
antipoema?
-Bueno, allá por 1938, súbitamente me sentí
interesado en el proceso de la poesía chilena. Leyendo
la famosísima antología hecha por Volodia Teitelboim
y Eduardo Anguita, que se llama Antología de poesía
chilena nueva, donde se podían ver textos de poetas
como Neruda, Huidobro, Rosamel del Valle, Humberto Díaz
Casanueva, Omar Cáceres, me sentí terriblemente
impresionado por esta obra y pensé que yo podía
hacer algo parecido; pero a los pocos pasos me pregunté
acerca de la necesidad y la función de un trabajo de
esta naturaleza. Y no pude contestar esta pregunta de inmediato.
Pero después de mucho dar vuelta materiales de trabajo,
llegué a una perogrullada, en realidad a una perogrullada
aparente, ya que cuando se la vive en carne propia, deja de
serlo. Esa perogrullada es la siguiente: poesía es
vida en palabras. Me pareció que ésa era la
única definición de poesía que podía
abarcar todos las formas posibles de poesía. Entonces
me di a la tarea de producir una obra literaria que satisfaciera
también esta definición, y resultó que
mientras más trabajaba, más me interesaba en
la palabra vida, y ésta llegó a interesarme
mucho más que la propia poesía. Y resultó
que la poesía, tal como se la practicaba, en cierta
forma divergía de lo que podemos llamar la noción
de vida. Partía solamente de ella, pero no volvía.
Todavía no se hablaba del antipoema. Crear vida en
palabras: realmente eso es lo que me pareció que tenía
que ser la poesía. Una vez que se acepta este punto
de partida, caben muchas cosas en la poesía: no tan
sólo las voces impostadas, sino también las
voces naturales; no tan sólo los sentimientos nobles,
sino también los otros; no tan sólo el llanto,
sino también la risa; no tan sólo la belleza,
sino también la fealdad. Me pareció que la clave
de todo el problema estaba en la palabra vida; y la
antipoesía no es otra cosa que vida en palabras. También
tengo que advertir algo en relación con el lenguaje.
Me pareció que el lenguaje habitual, el lenguaje conversacional,
estaba más cargado de vida que el de los libros, que
el lenguaje literario, y hubo un tiempo en que yo no aceptaba
en los antipoemas sino expresiones coloquiales. El test que
aplicaba a una expresión era si se podía usar
o no en una conversación real; después me tranquilicé
un poco y acepté también como elementos vitales
los propias creaciones humanas. El lenguaje escrito es una
creación del hombre, es uno experiencia humana, y en
cierta forma también es vida; de manera que los propios
libros no están descartados de la antipoesía.
Al contrario: alguien ha dicho por ahí que la antipoesía
es una síntesis de lo popular y lo sofisticado.
-La primera vez que estuve en Chile, en 1962, oí
decir que tu poesía era anti-Neruda. ¿Crees
que empezó así o que simplemente Neruda estaba
incluido en una concepción de la poesía a la
que tú tratabas de oponerte o de transformar?
-Para ser sincero, Neruda fue siempre un problema para
mí; un desafío, un obstáculo que se ponía
en el camino. Entonces había que pensar las cosas en
términos de este monstruo. De modo que, en ese sentido,
la palabra Neruda está allí como un marco de
referencia. Más tarde la cosa ha cambiado. Neruda no
es el único monstruo de la poesía; hay muchos
monstruos. Por una parte hay que eludirlos a todos, y por
otra, hay que integrarlos, hay que incorporarlos. De modo
que si ésta es una poesía anti-Neruda, también
es una poesía anti-Vallejo, es una poesía anti-Mistral,
es una poesía anti-todo, pero también es una
poesía en la que resuenan todos estos ecos; de modo
que no sé si es realmente justo decir que en la actualidad
la antipoesía se puede definir exclusivamente en términos
de Neruda.
-Seguramente habrás oído la opinión
de algunos críticos, referida a la actual literatura
latinoamericana, más concretamente a la narrativa:
opiniones que sostienen que la palabra ha pasado a ser el
protagonista de la actual literatura latinoamericana. ¿Crees
que es cierto?
-En cierto sentido, sí. En la propia antipoesía,
he tenido que hacer extraordinarios esfuerzos para pasar de
la anterior retórica, o sea de las palabras viejas,
a lo que podría llamarse un poco vanidosamente las
palabras nuevas. He tenido preocupaciones muy hondas en relación
con el uso de las palabras, pero una vez que se ha rescatado
un lenguaje conversacional, de todos los días, resulta
que esas palabras en un segundo movimiento, están allí
solamente para expresar realidades que están más
allá de ellas mismas; o sea que son simplemente un
medio. De manera que es un problema más complejo; es
un problema doble. Me parece que tiene que producirse el mismo
fenómeno en la narrativa. Tengo entendido que lo primero
que tiene que conquistar un narrador es la respiración
de su propio idioma hablado, y es claro que tiene que hacer
un gran esfuerzo para renunciar y para extirpar de las palabras
las viejas asociaciones. Pero supongo que una vez que está
en posesión de ese instrumento, lo que lo queda por
hacer es simplemente trabajar con él, y aplicarlo a
las realidades objetivas y concretas del mundo que lo rodea.
-Has mencionado un término que puede ser clave:
instrumento. Más que un protagonista, quizá
sea un instrumento: más afinado, más ajustado,
más funcional tal vez.
-Acaso lo que los críticos han querido decir es
que nosotros estamos haciendo un esfuerzo por construir nuestras
herramientas de trabajo.
-En eso estamos de acuerdo.
-Pero una vez que las herramientas están construidas,
hay que usarlas.
-Cuando se habla del "boom" de la literatura
latinoamericana, casi siempre es en relación con la
narrativa. ¿Qué pasa con la poesía? Me
parece que ha tenido, desde mucho antes, un nivel alto en
América Latina. Entonces, ¿por qué el
"boom" no tiene en cuenta la poesía?
-Lo que pasa es que el "boom" de la poesía
ya existió. El "boom" de la prosa hispanoamericana
es un fenómeno de adolescencia, que tiene que ver con
las espinillas, la aparición del bigote y de la barba,
el cambio de la voz. Estamos pasando de la infancia a la madurez
en materia de narración; y este proceso ya lo vivió
la poesía hace algunos años, por ejemplo, con
la aparición de los poetas nuevos. Recordemos que el
primer Premio Nobel no recayó sobre un prosista sino
sobre un poeta. De manera que la poesía está
bien, gracias: hace mucho tiempo que llegó a su mayoría
de edad. Es una dama respetable.
-¿No crees, sin embarqo, que hay alguna diferencia
entre esa resonancia (que entonces no se llamaba "boom")
de la poesía, y el "boom" actual de la narrativa,
en el sentido de que ahora hay una connotación más
comercial en el aparato que rodea a los autores?
-Eso es natural. Siempre hay un aparato comercial en torno
a la novela, que es un elemento de comercio, una mercadería.
La poesía nunca lo ha sido. De manera que el impacto
o la proyección de la poesía de un Neruda o
de un Huidobro, ocurrió exclusivamente en los planos
literarios estrictos, por la naturaleza misma del trabajo
poético. Ahora bien, por la naturaleza misma del trabajo
de la narración, que es una mercancía, es natural
que se produzca en torno a ella un revuelo de carácter
comercial. Hay gente que puede ganar dinero a partir de la
narración; lo que no ha ocurrido, ni ocurre, ni ocurrirá,
con la poesía.
-Tú tienes un poema, "Manifiesto", que
hace algunos años publicamos en la revista Número.
Es un poema que me gusta mucho, y que me parece en algún
sentido precursor, ya no de ciertos poemas que se escriben
actualmente, sino de ciertos conflictos en que hoy está
inmerso el intelectual, en relación con fenómenos
políticos y sociales de distinto orden. Por ejemplo,
dices en ese poema "Poesía basada / en la revolución
de la palabra". Lo dices irónicamente, e incluso
pones entre comillas: "Libertad absoluta de expresión".
¿Qué conexión hallas entre ese poema
tuyo y estos problemas surgidos en los últimos tiempos?
-En realidad, yo viví muy intensamente y en carne
propia, el problema que podría llamarse del compromiso
del escritor. Lo viví en dos planos: el de los sentimientos
y el plano intelectual. Y me puse a estudiar este problema,
porque me pareció que no era la primera vez que se
planteaba. Y me encontré que esto había ocurrido
exactamente en la época del surrealismo. Estudié
a fondo los conflictos político-literarios de los surrealistas;
me sintonicé en la forma que pude con los planteamientos.
Todavía recuerdo que allí se originó
un grupo de escritores que pensaban que obra y acción
debían ser términos prácticamente coincidentes;
en cambio, había otro grupo disidente (que podría
llamarse el de los librepensadores en materia literaria).
Todos eran gente de avanzada política, pero estos últimos
pensaban que el poeta tenía derecho a sus lucubraciones
propias. Trabajé mucho con esas ideas y por otra parte
en la época en que escribí el "Manifiesto"
hice un viaje por China. Recuerdo de este viaje muchas cosas,
pero especialmente la siguiente: una respuesta en tres partes
que se me dio en la víspera de mi regreso a Chile,
a una pregunta que yo estaba formulando de manera un poco
irrespetuosa, un poco irreverente, desde que llegué
a China. Terriblemente interesado en la Revolución
China, y en incorporarme de alguna manera a la acción
político literaria, preguntaba cuáles eran los
deberes del poeta revolucionario, según Mao Tsetung
y según el código revolucionario chino. Muy
cortésmente los chinos eludieron la respuesta cada
vez que yo formulaba mi pregunta, pero el último día,
mientras tomábamos algunos tragos, y comíamos
pato en un restorán de Pekín, uno de los amigos
chinos dijo más o menos lo siguiente: "Amigo Parra,
usted ha estado preguntando insistentemente cuáles
son los deberes del poeta revolucionario. Ahora le vamos a
contestar. Primero: ubicar al enemigo. Segundo: tomar puntería.
Tercero: disparar." Bueno, me quedé encantado
con estos tres consejos, me volví a Chile y ubiqué
rápidamente al enemigo, tomé puntería,
pero no me atreví a disparar. Realmente, se produjo
un proceso de inhibición. Iba a escribir un libro,
cuyo título existe: Poemas prácticos.
No sé si tú recuerdas, pero alguna vez se anunció
ese libro. Iba a ser un libro político, y el primer
poema iba a ser "Manifiesto". Uno de los poemas
que venían a continuación se llamaba "Mensaje
presidencial". Yo partía de la base de que ese
poema iba a ser una especie de canto del cisne del capitalismo
agonizante: en buenas cuentas, me inspiraba yo en el último
mensaje presidencial del presidente Alessandri. Imaginaba
yo que él hacía allí una defensa de su
régimen, es decir una defensa flaca y ridícula
del capitalismo. En mis cuadernos deben estar los borradores
de ese poema, que a lo mejor algún día voy a
rescatar. Luego venía otro poema que se llamaba: "Instrucciones
para la construcción de mi monumento", que se
suponía que también era un parlamento del presidente
Alessandri. Yo consideraba en aquella época, no sé
si con o sin razón, a Jorge Alessandri realmente como
el cisne del capitalismo criollo. Pensaba que aquél
era el canto del cisne, pero resulta que ahora está
otra vez en puerta...
-Está cantando de nuevo.
-Sí, está cantando de nuevo el hombre.
Algo ocurrió después en mi experiencia política
personal (no recuerdo qué) y me desinflé. Nunca
terminé de escribir este libro; ya no lo llevé
adelante. Pero a lo mejor, alguna vez vuelvo a las andadas.
Me parece que me he alejado un poco de la pregunta.
-No, todavía sigues en ella.
-Bueno, es un poema que lo viví y lo pensé
por allá por el año 1960. En realidad, el "Manifiesto"
lo empecé a trabajar mucho antes. En este poema además
hay otra idea: yo quería ver si era posible hacer una
poesía de tipo ensayo, una poesía ensayística
a base de ideas. La respuesta es positiva: aunque este poema
sea un poema frustrado, un poema a medio camino, en todo caso
está a medio camino, o sea que está en alguna
parte, no se quedó en el punto de partida. Es posible
trabajar la poesía a base de ideas; así parece.
O sea poner las ideas en primer plano; y las sensaciones,
las impresiones, la poesía propiamente tal, en un segundo
plano.
-Alguna vez has intentado escribir en otro género
que no fuera poesía?
Realmente, yo me inicié como prosista. En el año
1935, con Jorge Millas, Carlos Pedraza y otros compañeros
de adolescencia, publicamos una revista (Revista Nueva)
y en los dos primeros números (no llegamos al tercero)
vienen algunos trabajos míos en prosa. El primero se
titula "Gato en el camino". Es un cuento; realmente
un anticuento. No sé si lo has visto alguna vez. Mira,
es posible verlo, porque Jorge Álvarez acaba de hacer
una antología de la prosa chilena, y este bárbaro,
sin anotar la fecha en que fue escrito este anticuento lo
incorporó ahí, en medio de los prosistas chilenos
maduros. De modo que yo en realidad soy un prosista frustrado:
empecé como prosista y después derivé
hacia la poesía, claro que muy rápidamente,
porque fuera de ese cuento sólo está un documento
muy estrambótico que publiqué en el segundo
número, que se llama "El ángel (Tragedia
novelada)" y que es teatro nudista. Eso es una cosa que
convendría subrayar ahora que el teatro nudista está
tan en boga; yo soy un precursor, porque en la introducción
de la obra se dice: "todo el mundo desnudo". Hubo
algunos aislados intentos prosísticos; deben ser una
media docena de trabajos, semicuentos o cuasi cuentos. En
realidad, el cuento propiamente tal, yo no lo concibo, como
tampoco concibo la novela propiamente tal. Me interesan más
bien en su estado de bocetos, o de bichos más o menos
informes; me interesa más un renacuajo que la rana
completa: me interesa más el insecto a medio camino,
que el insecto perfecto. Tal vez debido a eso no he persistido
en el trabajo de la prosa, que es más coherente que
el poético. Pero de todos modos, alrededor de 1950,
me puse a llevar una especie de diario, que no es exactamente
un diario sino un revoltijo, una ensalada rusa donde yo anoto,
o anotaba, o todavía algunas veces anoto, lo que me
pasa por la cabeza, lo que me parece interesantón,
aquello en que hay gato encerrado. Una idea, una ocurrencia.
un párrafo de un libro, un chiste, un titular de prensa,
cualquier cosa que me dice algo; y con el tiempo, y a través
de un proceso puramente acumulativo, se fue formando allí
una especie de obra extraña, que cumple con los siguientes
funciones: es una suerte de depósito de ocurrencias
o de ideas, que pueden desarrollarse, o no pueden desarrollarse,
más tarde. Me imagino que de allí va a salir
alguna vez un trabajo, por lo menos un volumen; hay notas
de viaje; hay cuadernos sobre los viajes a Cuba; libretas
sobre las giras por la Unión Soviética, por
China, por los Estados Unidos; romances, cartas, anotaciones
epistolares, conflictos personales y ultrapersonales, confesiones
extremas, casi pornográficas; una configuración
muy singular de elementos que a lo mejor alguna vez pueden
dar origen a una "obra literaria". En realidad,
es también una especie de depósito, de detritus
literario. Pero sabemos muy bien que el hidrógeno tiene
un ciclo muy determinado, de modo que lo que hoy es detritus,
mañana pasa a ser flor, y viceversa.
-Tú mencionaste ciertas confesiones casi pornográficas.
A veces en la propia antipoesía rozas esa zona, o por
lo menos tratas lo erótico con un sentido muy particular.
¿Ello se integra con alguna especial visión
del mundo, de la mujer, o qué?
- A mí me parece que el sexo es lo que hace marchar
el mundo. Alguna vez me han preguntado qué es lo único
que queda en pie en esta hecatombe de la antipoesía.
Realmente quedan muchas cosas en pie. Por lo menos una muchacha
desnuda que se lanza de cabeza a una piscina. Eso queda realmente;
eso es algo intocable; es un misterio para mí indescifrable.
Lo más que yo puedo hacer es reírme de una muchacha
desnuda, pero solamente cuando no hay ninguna posibilidad
de tocarla. O sea un poco el cuento del zorro y las uvas.
Pero el respeto por las uvas es absoluto. Tal vez esto esté
en la base de la antipoesía, y explique de alguna manera
el goce sensual extremo que se pone en algunas líneas.
Por lo demás, no me arrepiento de esto. Corresponde
a maneras de ser momentáneas y me he estado dando cuenta,
últimamente, que en esta dirección se está
desarrollando una parte de la literatura y del arte actuales:
el porno-arte es algo que está en las primeras páginas
de todas las revistas literarias. De manera que yo no soy
el único deseaminado, el único deschavetado.
-Afortunadamente. Bueno. ¿y cuál es tu mejor
poema?
-Aquí hay que contestar con palabras cabalísticas.
El mejor poema es el que no se ha escrito y el que no se escribirá
jamás.
-¿Y de los ya escritos?
-Ah, de los ya escritos. En realidad, tendría
que leerlos. Bueno, posiblemente el poema que goce de mayor
simpatía ante mí, sea una cosa que está
bastante lejos de ser poema. Es un documento, una especie
de alarido: el "Soliloquio del individuo". Parece
que por lo menos una corriente de la crítica coincide
también con el autor. Es una cosa que salió
no sé cómo, porque hay un abismo entre ese poema
y todo el resto de la obra. El resto parece una poesía
más o menos calculada: en cambio el "Soliloquio"
es una obra muy enigmática. No he querido repetirlo.
Podría repetirlo, y en cierta forma, lo repetí
en ese poema que se llama "La mujer", pero no lo
puedo hacer por razones éticas. Me parece que el trabajo
de un poeta no consiste en hacer empanadas (repetir una empanada
igual a la otra) sino que siempre tiene que estar buscando
algo nuevo. El poeta para mí no es un artesano. En
esto disiento profundamente del punto de vista de algunos
críticos e incluso de algunos filósofos, que
han pretendido reducir el trabajo del escritor a una labor
de artesanía. Si se puede hablar de iluminación,
o de revelaciones, me parece que algunas de ellas se dan en
ese poema. Es un poema revelado; en cambio los otros son poemas
elaborados, que pueden tener o no fragmentos de iluminación.
-¿Cuál crees que es la mejor resonancia,
la resonancia más positiva que tiene tu obra en las
generaciones más jóvenes tanto de poetas como
de no poetas?
-Una desintegración de la nebulosa cultural añeja,
o sea de la nebulosa anterior. En ese sentido, mi trabajo
es eminentemente político, y debería operar
en un plano muy efectivo. Un antipoema en este sentido no
es más que la punta de un alfiler que toca un globo
que está por reventar. Se renuncia definitivamente
a la escala de valores que nosotros heredamos de nuestros
abuelitos. En este sentido es que yo puedo ser considerado
como un poeta revolucionario, y con una R bien grande, y no
con b larga sino con una v bien corta, pero muy aguda y penetrante.
-Después de todo, te reconoces un poeta político.
-Poeta político sí, pero no un poeta politiquero.
-De política profunda, entonces.
-¿Qué es la cultura, en último término,
sino un proceso político superior? Creo que era Aristóteles
quien decía que el hombre era un animal político.
La política, concebida en esos términos, evidentemente
no puede estar ausente en ninguna obra de creación
que se estime.
-¿A ti de todos modos te importa la comunicación
con el lector?
-Me parece indispensable. Me parece que el lector-interlocutor
debe darse por aludido, porque ésta es una poesía
que siempre está dirigida a un interlocutor, no a un
interlocutor equis sino a un sector, a una parte de todo interlocutor
posible; de modo que si no se produce la comunicación,
yo me siento profundamente deprimido, me parece que he fallado.
Los poemas no son monólogos, sino parlamentos de un
diálogo.
-¿Tú consideras la comunicación indispensable
en tu poesía, por la calidad especial de ésta,
o la consideras indispensable para todo poeta?
-No tan sólo para todo poeta. Me parece que la
actividad central del ser humano debiera ser la comunicación.
¿Dónde se siente existir el hombre? ¿En
qué espacio existe el individuo? En el espacio del
interlocutor: en los ojos del interlocutor, en el rostro del
interlocutor, en el tono de la voz del interlocutor. Allí
es donde realmente se siente existir; el interlocutor es un
espejo del sujeto que habla. De manera que el interlocutor
es para mí un elemento sagrado, que no tiene que ver
sólo con el trabajo literario sino también con
la presencia del hombre en este mundo.
-¿Qué importa más para un escritor
de hoy? ¿La vanidad o la modestia?
-No sé lo que es la vanidad, ni la modestia. Tengo
concepciones muy generales, muy abstractas de estas palabras.
La naturalidad es lo que realmente cuenta.
-¿Con su zona de vanidad y su zona de modestia?
-Eso es. Creo que si nos esforzamos demasiado en ser
modestos, corremos el riesgo de ser falsos.
-O corremos el riesgo de ser vanidosos.
-Exactamente: de caer en una vanidad de grado superior.
De manera que lo que yo recomendaría es más
bien un esfuerzo por ser naturales, por soltarse y por ponerse
en el lugar del interlocutor. De lo que estoy seguro es de
que no debemos fomentar en nosotros mismos, ni en nadie, el
culto de la personalidad; no porque lo considere una monstruosidad
política, sino porque el sujeto que está dispuesto
a endiosar a su interlocutor, se niega a sí mismo:
así como el sujeto que se endiosa, también se
está negando a sí mismo. Me parece a mí
que la vida consiste en el toma y quita del diálogo.
-Una última pregunta: ¿qué opinas
de la candidatura de Pablo Neruda a la presidencia de la república?
-Ojalá que esa candidatura fructifique; desde
luego cuenta con mi apoyo incondicional. Sería formidable
que los poetas llegaran al poder alguna vez. Claro que sería
aconsejable que detrás de los poetas estuvieran los
políticos sustentando al poeta. Neruda es un hombre
que merecería llegar a la presidencia, porque él
ha pensado y trabajado políticamente durante toda su
vida. Además pertenece a una colectividad política
que es realmente una colectividad, y no un conjunto de individualidades.
Bueno, yo no soy un político específico y reacciono
en estos casos más bien por simpatías personales,
y también por simpatías de tipo gremial.
(*) Entrevista extraída de la revista Marcha,
17 de octubre de 1969, pp.13-15.
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