La resistencia del tercer milenio



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Simultáneamente con el creciente desarrollo tecnológico -en particular con la irrupción de la televisión en los hogares en las décadas del 70 y 80; y la enérgica penetración de Internet, en primer término, en la cotidianeidad laboral y ulteriormente en la cotidianeidad familiar durante los años 90- hemos asistido a un proceso de reconfiguración del espacio público y el privado sin conocer aún los nuevos límites y fronteras que caracterizarán las relaciones sociales y cotidianas de este nuevo milenio.

Jürgen Habermas en uno de sus primeros escritos, Kultur und Kritik, delimita el concepto de «opinión pública» con relación al «espacio público»: Por espacio público entendemos un ámbito de nuestra vida social, en el que se puede construir algo así como opinión pública. La entrada está fundamentalmente abierta a todos los ciudadanos. En cada conversación en la que los individuos privados se reúnen como público se constituye una porción de espacio público. Más adelante continúa diciendo que los ciudadanos se comportan como público, cuando se reúnen y conciertan libremente, sin presiones y con la garantía de poder manifestar y publicar libremente su opinión, sobre las oportunidades de actuar según intereses generales. En los casos de un público amplio, esta comunicación requiere medios precisos de transferencia e influencia: periódicos y revistas, radio y televisión son hoy tales medios del espacio público.

De estas afirmaciones se desprende que el espacio público no es un ámbito político -aunque también existe un espacio público político propio del sistema- sino por el contrario, un ámbito civil, cotidiano, constituido esencialmente por distintos ciudadanos con intereses comunes estableciendo un grupo de diálogo sobre materias diversas.

Es aquí, en «lo cotidiano», en donde se focaliza la esencia de la sociedad, el entramado social, y que, a la par, se corresponde con la dimensión de lo público y lo privado. A su vez, la tensión resultante de la disputa por los límites de ambos ámbitos origina y reconfigura las diferentes perspectivas sobre la cotidianeidad. Perspectivas, en varias oportunidades coyunturales, que reproducen visiones contradictorias, no reflexivas y acríticas, no obstante originarias de las diversas formas de resistencia.

Si tomamos las formas de resistencia, desde una perspectiva foucaultiana, en tanto oposiciones a las relaciones de poder, nos encontramos con representaciones de intentos disociantes de esas luchas por la dominación. De esta manera la resistencia es transversal e inmediata, ya que no se circunscribe a una nación o territorio, y asimismo cuestiona los estamentos de poder más próximo al ámbito de la disputa.

Del mismo modo la resistencia se opone al status del individuo, proclamando la heterogeneidad del género humano pero embistiendo contra todo lo que fragmenta a la sociedad. Se enfrenta a la manera de expansión y desarrollo del conocimiento vinculado al poder, es decir el régimen de saber. Es un repudio a la omisión de los individuos producida por la violencia económica e ideológica.

En resumen podemos decir que existe una resistencia a una forma de poder manifestada en nuestra cotidianeidad, -citando a Michel Foucault en El sujeto y el poder- a una forma de dominación que: categoriza al individuo, lo marca por su propia individualidad, lo une a su propia identidad, le impone una ley de verdad que él tiene que reconocer y al mismo tiempo otros deben reconocer en él. Es una forma de poder que construye sujetos individuales. Tenemos infinidad de ejemplos de oposiciones contra las formas de poder, sería sólo necesario señalar las luchas étnicas, sociales y religiosas o contra las formas de dominio del individuo y pérdida de la identidad que nos ha proporcionado -y continuará realizándolo indefectiblemente- la historia de la humanidad.

Pero en los albores de este nuevo milenio, preeminentemente caracterizado por los avances tecnológicos, donde nos atraviesa una implacable globalización neoliberal -y se imponen modelos políticos, económicos y comunicacionales desarrollados para realidades sociales muy distintas a las que se viven en las naciones iberoamericanas- la única resistencia posible será aquella que refleje en las instituciones primarias y en los espacios de mediación, en tanto ámbitos de articulación de «lo público» y «lo privado», la lucha por la preservación de la identidad y el resguardo de la diversidad de matrices culturales.

/fvp




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