El viejo Benjamin (*)
Por Lisa Fittko
Traducción de Andrés Sánchez Pascual

 


Travesía de los Pirineos

Más de cuarenta años han transcurrido desde entonces y, sin embargo, lo recuerdo todavía con precisión, en todos sus detalles. ¿O acaso sólo me lo imagino?
Sé que era el 25 de noviembre de 1940, en una estrecha y pequeña buhardilla de Port-Vendres. Hacía un par de horas que me había acostado cuando me despertaron unas llamadas en la puerta. A través del alto ventanuco del techo vi la luz gris de la amanecida y pensé que sería la chiquilla de abajo. Volvieron a llamar; me levante y, soñolienta, abrí la puerta. No era la muchacha. Me froté los ojos -ante mí se encontraba uno de nuestros amigos, Walter Benjamin, quien, como tantos otros se había refugiado en Marsella cuando los alemanes arrollaron Francia. "El viejo Benjamin": así era como yo lo llamaba, no sé bien por qué, pues tendría unos cuarenta y ocho años.
-Estimada señora -dijo-, le ruego que me perdone la molestia, espero no haber llegado en un momento inoportuno.
El mundo está hundiéndose, pensé, pero la cortesía de Benjamín permanece inalterable.
-Su señor esposo -continuó- me ha explicado el modo de encontrarla. Me djo que usted me llevaría a España cruzando la frontera. ¿Qué era lo que había dicho mein Herr Gemahl, «mi señor esposo»? Así era mi marido; suponía sin más que ya sabría yo arreglármelas, que lograría resolver cualquier problema.
Benjamin seguía de pie bajo el marco de la puerta, pues entre la cama y la pared no quedaba espacio para una segunda persona. Le dije que me esperase abajo, en el bar de la plaza.
Desde allí nos fuimos a dar un paseo, para poder charlar sin que nadie nos oyese. Es claro que mi marido no puede saberlo todavía, le expliqué a Benjamin, pero desde que llegué aquí, hace un par de días, me he enterado de que existe efectivamente un camino seguro para cruzar la frontera.
Lo primero que había hecho a mi llegada a Port-Vendres, continué diciéndole, había sido bajar al puerto y entablar conversación con unos obreros que trabajaban allí. Uno de ellos me condujo al hombre de confianza del sindicato. Sin hacerme muchas preguntas, este último pareció comprender de lo que se trataba. Me aconsejó que fuera ver, en Banyuls-ser-Mer, al alcalde, monsieur Azéma. Tal como ya me habían dicho en Marsella, él era el hombre que me ayudaría a encontrar un camino seguro para mis amigos y parientes que quisieran cruzar la frontera.
-Ese Azéma, el alcalde -seguí contándole a Benjamin-, es un hombre extraordinario. Estuvo varias horas explicándome todos los pormenores.
El camino que pasaba junto a los muros del cementerio de Cerbere, me había dicho el alcalde, se había vuelto ahora, por desgracia, demasiado peligroso. Había sido un camino bastante fácil de encontrar, y durante meses lo habían estado utilizando muchos de los refugiados; pero ahora los gardes mobiles lo tenían sometido a una estrecha vigilancia, sin duda por orden de la Comisión Kundt (la delegación de la Gestapo en la zona aún no ocupada de Francia). El único camino realmente seguro que aún quedaba, había añadido, era la route Lister. Esto significaba que teníamos que atravesar los Pirineos por un punto situado más al oeste, allí donde era más alta la cresta de la montaña y, en consecuencia, más penosa la subida.


Trastornos cardíacos

-Eso no es problema -dijo Benjamin-, con tal de que el camino sea seguro. Yo padezco, de todos modos, trastornos cardíacos y me veré obligado a caminar despacio. Por lo demás, hay otras dos personas que quieren cruzar conmigo la frontera; se me han unido en Marsella; son una tal señora Gurland y su joven hijo. ¿Los llevará usted también a ellos?
-Desde luego. ¿Pero se da usted cuenta de que no soy una guía que tenga experiencia en esta zona? En realidad no conozco el camino, nunca he estado personalmente allá arriba. Lo que tengo es un pedazo de papel con un croquis dibujado de memoria por el alcalde, quien me describió además algunos detalles. Desvíos que hemos de tomar, también un cobertizo que queda a la izquierda. Y, sobre todo, una meseta con siete pinos, que hemos de dejar necesariamente a nuestra derecha; de lo contrario, nos desviaríamos demasiado hacia el norte; y luego está la viña que, en el lugar preciso, conduce a la cresta. ¿Quiere correr todos esos riesgos?
-Claro está que sí -dijo Benjamin sin el menor titubeo-. El auténtico riesgo sería no ir.
Lo miré, y recordé que no era aquélla la primera tentativa llevada a cabo por Benjamin para escapar de la trampa. Era imposible olvidar su anterior intento de fuga.
En la atmósfera apocalíptica de Marsella del año 1940 había todos los días historias que hablaban de absurdas tentativas de fuga; planes basados en barcos fantasmas y en capitanes de fábula, visados para países que no se encontraban en ningún mapa, pasaportes de estados que ya no existían. A través de la propaganda difundida en voz baja, la gente se había habituado a enterarse de cuál era el plan de fuga absolutamente seguro que, una vez más, se había desmoronado aquel día como un castillo de naipes.
Pese a todo, era imposible no reírse, una y otra vez, de los aspectos económicos de aquellas tragedias. Es preciso imaginárselo: el Dr. Fritz Frankel, con su grácil figura y su melena gris, y su amigo Walter Benjamin, un hombre de andares algo torpes, con su inteligente cabeza de sabio y su escrutadora mirada tras los gruesos cristales de sus gafas -esta parejita, disfrazada de marineros franceses, se había introducido furtivamente, gracias al soborno, en un buque de carga. No llegaron muy lejos. Afortunadamente consiguieron escapar con vida en aquel caos generalizado.
Decidimos ir a ver otra vez al alcalde Azéma; iríamos los dos, y así podríamos retener bien todos los detalles. Informé a Eva, mi cuñada, que vivía en la casa de al lado (con ella y con su hija quería cruzar la frontera la semana siguiente y marchar a Portugal), y, acompañado por Benjamin, me puse en camino hacia Banyuls.
Mi memoria flaquea en este punto; ¿nos atrevimos a tomar el tren, a pesar de los continuos controles que se realizaban en la zona fronteriza? Es difícil suponer que lo hiciéramos. Seguramente recorrimos a pie los seis u ocho kilómetros que separaban Port-Vendres de Banyuls, por el pedregoso sendero que entretanto se me había vuelto familiar. Todavía recuerdo que encontramos en su despacho al alcalde, que éste cerró la puerta, y que luego nos repitió sus instrucciones y contestó a nuestras preguntas.
Dos días antes, cuando el alcalde me dibujó el croquis, nos habíamos acercado los dos a la ventana de su despacho y desde allí me habla mostrado las direcciones que era preciso seguir: la explanada con los siete pinos, que quedaba bastante lejos, y, en algún lugar de allá arriba, la cresta que teníamos que atravesar.
-Sobre el papel tiene el aspecto de ser un paseo sencillo -le había dicho yo entonces al alcalde-, pero, por lo que parece, hemos de subir esas elevadas cumbres de los Pirineos...
El alcalde había soltado una carcajada.
-Allí, al otro lado de esos montes, se encuentra España -me dijo.
Azéma nos aconsejó a Benjamin y a mí que aquella misma tarde diéramos un paseo e hiciéramos una prueba con el primer tramo del trayecto, para comprobar si seríamos capaces de encontrar el camino.
-Suban hasta este paraje despejado -dijo, y señaló un punto en el croquis-. Cuando vuelvan, juntos examinaremos todos los detalles una vez más.
Pasen la noche en la fonda y mañana de madrugada, poco después de las cuatro, mientras aún esté oscuro y los campesinos se encaminen hacia las viñas, mézclense entre ellos y recorran luego todo el camino hasta la frontera española.
Benjamin preguntó a qué distancia quedaría aquel paraje despejado.
-Una hora escasa; desde luego, no más de dos horas. Un bonito paseo.
Nos estrechamos las manos.
-Je vous remercie infiniment, monsieur le maire -oí decir a Benjamin. Su voz sigue resonando todavía en mis oídos.


Una cartera de mano

En la fonda encontramos a los conocidos de Benjamin; éste había hecho que nos esperasen allí. Les explicamos nuestro plan y en seguida se mostraron de acuerdo. Pensé: es una suerte que no sean personas de ésas que siempre ponen reparos -no son personas que planteen dificultades, las cuales siempre me dan miedo en estas situaciones comprometidas. Los cuatro echamos a andar despacio, como turistas que disfrutan del paisaje. Me llamó la atención el hecho de que Benjamin llevase una cartera de mano; seguramente la había recogido cuando nos detuvimos en la fonda. La cartera parecía pesar bastante y le pregunté si quería que le ayudase.
-Aquí dentro va mi nuevo manuscrito -me explicó.
-¿Pero por qué razón se la ha traído, para este paseo en que vamos a explorar el terreno?
-Mire, esta cartera es para mí lo más importante de todo -dijo-. De ninguna manera puedo perderla. Es necesario que el manuscrito se salve. Es más importante que yo mismo.
No será una travesía fácil, pensé. Walter Benjamin y su extraña forma de ser. Son cosas suyas. Cuando en el puerto de Marsella, disfrazado de marinero, había intentado escapar, ¿llevaba también consigo aquella cartera de mano? Lo que ahora tengo que hacer, sin embargo, es prestar atención al camino, me dije; e intenté interpretar el croquis de Azéma.
Allí estaba el establo vacío mencionado por el alcalde; por tanto, no nos habíamos extraviado -hasta el momento-. Luego dimos con el sendero que se desviaba ligeramente hacia la izquierda. Y, más tarde, con el gigantesco risco que nos había descrito Azéma. ¡Un paraje despejado! Lo habíamos logrado, a cabo de casi tres horas de marcha.
Según Azéma, aquello representaba una tercera parte del trayecto. Tal como lo recuerdo, aquella caminata no fue difícil. Nos sentamos y estuvimos descansando un rato. Benjamin se echó sobre la hierba y cerró los ojos. Pensé que el camino recorrido lo habría dejado exhausto.
Nos dispusimos a emprender la bajada, pero Benjamin no se levantó.
-¿Aún sigue cansado? -pregunté.
-Me encuentro bien -respondió-; váyanse ustedes tres.
-¿Y usted?
-Me quedo aquí. Pasaré la noche en este lugar; mañana por la mañana vuelven ustedes a reunirse conmigo.
Aquello era peor de lo que me había imaginado. ¿Qué hacer? Tenía que intentar convencer a Benjamin con argumentos racionales. Le dije que nos encontrábamos en una agreste zona de montaña y que tal vez hubiera animales peligrosos. De hecho me habían advertido que por allí había toros bravos. Estábamos a finales de septiembre y él no tenía nada con que cubrirse. Los contrabandistas frecuentaban aquella zona y quién sabe si le harían algo. Y, además, carecía enteramente de provisiones. No, aquella idea de quedarse allí era realmente absurda.
Me explicó que su decisión de pasar la noche en aquel paraje despejado era irrevocable, ya que se basaba en una sencilla reflexión lógica. El objetivo que se proponía era atravesar la frontera con el fin de que ni él ni su manuscrito cayesen en manos de la Gestapo. Ya había recorrido una tercera parte del trayecto. Si ahora volvía al pueblo, y al día siguiente tenía que recorrer otra vez todo el camino, lo probable era que su corazón no resistiese. En consecuencia, dijo, se quedaría allí.
Volví a sentarme y dije:
-Pues en ese caso también yo me quedo aquí.
Benjamin sonrió:
-¿Es que quiere usted, estimada señora, defenderme de esos toros bravos de que ha hablado?
Sería irracional que yo me quedase, me explicó con calma. Además, tenía que volver a repasar con Azéma todos los detalles. Por otro lado, también era preciso que durmiese, pues sólo así me encontraría en condiciones de guiar con seguridad y sin retrasos a los Gurland, antes de que saliese el sol, hasta aquel lugar y seguir caminando luego hasta la frontera.
Todo esto lo veía yo claro, como es obvio. Sobre todo, tenía que conseguir en el mercado negro, aunque carecía de cupones de víveres, algo de pan y acaso también algunos tomates o un poco de sucedáneo de mermelada, para que tuviéramos algo que comer durante la marcha. Creo que lo único que había intentado había sido impresionar a Benjamin para que desistiese de su proyecto; naturalmente, no había servido de nada.
Mientras bajábamos intenté concentrarme en el camino, con el fin de poder volver a encontrarlo en la oscuridad a la madrugada siguiente. Pero no podía dejar de pensar en Benjamin. No habría debido quedarse solo allá arriba, aquello era una completa locura. ¿Había proyectado hacerlo desde el primer momento? ¿O el camino lo había agotado hasta tal punto que sólo cuando llegó arriba decidió permanecer allí? Estaba, por otro lado, aquella pesada cartera de mano que se había llevado consigo. Tal vez hubiera en su voluntad de vivir algo que no funcionase bien. En el momento del peligro, ¿en qué dirección conduciría a Benjamin su peculiar modo de pensar?


Contratiempos como lobos

Me viene ahora a la memoria una anécdota que me había contado mi marido. En el invierno que precedió a la capitulación de Francia, Benjamin y mi marido estuvieron internados juntos en el campo de Vernuche, cerca de Nevers. Benjamin, fumador empedernido, reveló un día a mi marido que había dejado de fumar y le describió los tormentos de la abstinencia.
-Ha elegido un momento equivocado -le dijo Hans, mi marido, al que le había llamado la atención la escasa capacidad de Benjamin para encontrar solución a los «contratiempos de la vida externa, que a veces llegan... como lobos». Y en Vernuche la vida entera era un ininterrumpido contratiempo. Hans se había acostumbrado a ayudar a Benjamin a orientarse en los asuntos prácticos.
Para vencer las crisis y no volverse loco, intentó explicarle mi marido, era importante atenerse a esta regla fundamental: buscar siempre las cosas agradables y no añadir inconvenientes suplementarios.
Benjamin replicó:
-Sólo tengo un modo de soportar las condiciones del campo, y es verme obligado a concentrar todas mis energías espirituales en un esfuerzo enorme. El dejar de fumar me cuesta ese esfuerzo, y de esa manera se convierte en mi salvación.
Todo pareció marchar bien a la mañana siguiente. El momento en que más peligro se corría de que la policía o los funcionarios de fronteras nos descubriesen era el instante de salir del pueblo, e iniciar la ascensión. Azéma nos había insistido mucho:
-Emprendan la marcha antes de que salga el sol, mézclense con los trabajadores que van a la vendimia, no lleven consigo más que una musette, un morral para los víveres, ¡Y no hablen! Así los guardias no podrán distinguirlos en la oscuridad de la gente del pueblo.
La señora Gurland y su hijo se atuvieron estrictamente a estas normas, que yo les había explicado, y así nos resultó fácil encontrar el camino.
Cuanto más nos acercábamos al paraje despejado más aumentaba mi intranquilidad. ¿Seguiría allí Benjamin? ¿Qué habría ocurrido durante la noche? ¿Viviría aún? Mi fantasía comenzó a desvariar.
¡Por fin, el paraje despejado! Y el viejo Benjamin. Vivo. Se levantó y nos miró con simpatía. Pero -pero, ¿qué era lo que había ocurrido? Aquellas grandes manchas de un color rojo oscuro alrededor de sus ojos- ¿eran acaso síntomas de un ataque al corazón?
Es posible que Benjamin adivinase la razón por la que yo lo miraba fijamente. Se quitó las gafas y se limpió la cara con el pañuelo.
-Ah, es esto -dijo-. Es el rocío, ¿sabe usted? Los bordes de la montura de las gafas, ¿lo ve? Destiñen cuando se mojan.
El corazón dejó de latirme en la garganta y se deslizó cuerpo abajo, hasta el lugar que le correspondía.
Teníamos que subir ahora cuestas cada vez más empinadas. Tampoco estábamos seguros de la dirección, pues delante de nosotros teníamos únicamente paredes rocosas y laderas de colinas. Con gran sorpresa por mi parte, Benjamin conseguía orientarse muy bien en nuestro croquis y me ayudaba a no extraviarme. En una ocasión, tras haber estado caminando unos: veinte minutos nos dimos cuenta de que habíamos tomado un desvío errado, pues el camino torcía a la derecha y descendía, mientras que la cresta quedaba a la izquierda y en la parte de arriba. Volvimos sobre nuestros pasos y encontramos el cruce donde nos habíamos perdido.
La noción de «camino» se fue convirtiendo cada vez más en una pura exageración. De vez en cuando podía verse un sendero, pero lo más frecuente era que sólo hubiera una pista, apenas reconocible, entre los cantos rodados. Hasta que llegamos a la escarpada viña que no podré olvidar.
Pero antes he de explicar la razón por la que resultaba tan segura precisamente aquella ruta.


«Un patán incorregible»

Después de haber subido por las verdes colinas que iban a dar suavemente al mar, nuestro sendero corría paralelo a la bien conocida carretera "oficial"; ésta iba faldeando la cresta de la montaña y era fácil de andar. Nuestro camino -la route Lister, un antiquísimo sendero de contrabandistas- quedaba debajo de la carretera y se hallaba tapado por el saliente de la montaña, de manera que no podían verlo los guardias fronterizos franceses que patrullaban en la parte de arriba. En algunos sitios ambos caminos se hallaban muy próximos y allí teníamos que permanecer callados.
Benjamin caminaba con pasos lentos y regulares. A intervalos fijos -creo que cada diez minutos- se detenía y descansaba aproximadamente durante un minuto. Luego reemprendía la marcha con los mismos pasos regulares. Según me explicó, durante la noche había estaba pensando en aquello y haciendo cálculos:
-Con este método conseguiré llegar al final. Me detengo a intervalos fijos -me veo obligado a descansar antes de quedar completamente exhausto-. Uno no debe agotar nunca del todo sus fuerzas.
Qué hombre tan extraño, pensé. Un pensamiento cristalino, una inflexible energía interior; y, junto a eso, un patán incorregible.
En una ocasión (en Agesilaus Santander) escribió Walter Benjamin lo siguiente acerca de la naturaleza de su energía: «... no hay nada que pueda acabar con mi paciencia». Cuando, años más tarde, leí esta frase, volví a verlo ante mis ojos, recorriendo con pasos lentos y regulares aquella senda de montaña. Y entonces me pareció menos absurda su contradictoria forma de ser.
José, el hijo de la señora Gurland, que tendría unos dieciséis años, y yo llevábamos por turnos la cartera de piel de color negro; a mí me parecía que pesaba cada vez más. Pero recuerdo que todos estábamos de muy buen humor y que de vez en cuando charlábamos un poco. Casi siempre lo hacíamos sobre los problemas que nos agobiaban en aquel momento: los lisos caminos de roca, el calor del sol, y cuánto faltaría para llegar a la frontera.
Hoy, cuando se considera a Benjamin como uno de los más importantes intelectuales y críticos de nuestro siglo, hoy me pregunta a veces la gente: ¿Qué dijo Benjamin sobre el manuscrito? ¿Habló con detalle sobre su contenido? ¿Desarrolló en él un nuevo sistema filosófico?
¡Cielos! En aquel momento estaba completamente atareada en conducir montaña arriba a mi pequeño grupo; la filosofía tenía que esperar a que hubiéramos atravesado la montaña. Lo que entonces importaba era salvar de los nazis a unos cuantos seres humanos; y allí estaba yo con aquel tipo extraño y ridículo, con el viejo Benjamin, que en ninguna circunstancia se separaría de su pesada carga, de aquella cartera negra de piel. Por ese motivo nos veíamos obligados a arrastrar, a través de los montes, quisiéramos o no quisiéramos, aquella monstruosidad.
Pero volvamos a la escarpada viña. Allí no había ningún sendero. Trepamos por entre las vides, de las que colgaban racimos de uvas casi maduras de Banyuls, de aquellas uvas negras y dulces. Me parece que era una pendiente casi vertical, pero es posible que en el recuerdo se deforme a veces la imagen. Allí, en aquella viña, fue donde por primera y única vez flaqueó Benjamin. Mejor dicho, intentó subir la cuesta, no lo consiguió, y declaró, con palabras serenas, que aquello estaba por encima de sus fuerzas. José y yo lo cogimos entre los dos, uno por la derecha y otro por la izquierda, Benjamin pasó sus brazos por encima de nuestros hombros, y así lo llevamos a rastras viña arriba, junto con la cartera. Benjamin respiraba con dificultad, pero no se quejó -ni siquiera un suspiro-; sin embargo, una y otra vez echaba miradas de reojo hacia la cartera.
Más arriba de la viña hicimos alto en una estrecha loma. El sol había ido ascendiendo entretanto en el cielo y sentíamos calor; seguramente llevábamos ya caminando cuatro o cinco horas. Mordisqueamos las provisiones que yo había llevado en mi musette, pero nadie pudo comer mucho. Durante los últimos meses se habían ido encogiendo nuestros estómagos -primero los campos de concentración, luego la desorganizada retirada, la pagaille, el caos total.
Mientras descansábamos pensé que aquel camino que atravesaba las montañas resultaba más largo y difícil de lo que, ateniéndonos a la descripción que de él nos había hecho el alcalde, habríamos podido suponer. Sin duda se podía recorrer en mucho menos tiempo, pero eso era si uno estaba seguro del camino, no llevaba encima peso alguno, era joven y gozaba de buena salud. Además, las indicaciones de monsieur Azéma acerca de las distancias y los tiempos eran muy elásticas; esto les suele ocurrir a las personas que viven en zonas montañosas. ¿Cuanto duran «un par de horas»?
Durante el invierno siguiente, cuando recorríamos en ocasiones dos o tres veces por semana el camino que llevaba al otro lado de la frontera, pensé a menudo en la autodisciplina de Benjamin. Me acordé de ella el día en que la señora R. se puso a gimotear en plena montaña: «-Ni siquiera ha traído usted una manzana para mí. Yo quiero una manzana». Y también el día en que el señor consejero de gobierno, el Dr. H., tuvo en más aprecio su abrigo de piel que su seguridad (y la nuestra). Y asimismo el día en que a una señorita le entró de repente el vértigo de las alturas y quiso sencillamente morirse. Pero éstas son otras historias.
En aquel momento yo estaba sentada en lo alto de los Pirineos, comía un pedazo de pan que había comprado con cupones falsificados, y empujaba los tomates hacia Benjamin al oír que me preguntaba.
-Estimada señora, si me lo permite, ¿puedo servirme?
Así era el viejo Benjamin, ceremonioso como un cortesano español.
De repente, caí en la cuenta de que aquello que había estado mirando medio adormilada era un esqueleto blanqueado por el sol. ¿Tal vez una cabra? Por el cráneo lo parecía. Encima de nosotros giraban en el cielo, que era de un azul meridional, dos grandes pájaros negros. Sin duda eran alimoches. ¿Qué esperaban de nosotros? Entonces pensé: qué extraño, en circunstancias normales me habrían puesto nerviosa los esqueletos y los alimoches.
Nos levantamos otra vez y reanudamos la marcha. Ahora nuestro camino ascendía con suavidad, pero sin duda su dificultad hacía sufrir a Benjamin. A fin de cuentas llevaba caminando desde las siete. Andaba ahora más despacio que antes, y las pausas que hacía eran más largas, pero siempre cronometradas. Parecía estar enteramente absorbido en mantener el ritmo.


Bebiendo del charco

Por fin llegamos a la cumbre. Me había adelantado y me detuve para echar una mirada en redondo. Se me apareció de una manera tan desesperada el cuadro que vi, que por un instante creí ser víctima de un espejismo. Muy abajo, en la parte de donde habíamos venido, volvía a ver el Mediterráneo, de un azul oscuro. En el otro lado, delante de nosotros, caían escarpados acantilados sobre una cristalina superficie de un transparente color turquesa -¿un segundo mar?-. Claro, era la costa española. A nuestras espaldas, hacia el norte, formando un semicírculo, el Rosellón catalán, con la Cote venneille, una tierra otoñal llena de innumerables matices del color rojo amarillento. Me quedé sin aliento. Nunca antes había visto una belleza como aquélla.
Ahora sabía que nos encontrábamos ya España y sabía también que desde allí el camino bajaba recto hasta el pueblo. Me era preciso dar la vuelta. Los otros tenían los documentos y visados necesarios, pero yo no podía permitirme correr el riesgo de que me atraparan en suelo español. Eché una mirada a mi pequeño grupo y pensé: no, aún no puedo dejarlos completamente abandonados a sí mismos. Los acompañaré todavía un breve trecho.
Pasamos junto a un charco. El agua era verdosa, viscosa, y apestaba. Benjamin se puso de rodillas para beber.
-No puede beber de ahí -dije- esa agua está sucia y sin duda se halla contaminada.
La cantimplora llena de agua que me había traído se había quedado vacía entretanto, pero hasta aquel momento Benjamin no había dicho que tuviera sed.
-Discúlpeme -dijo- pero no me queda otra alternativa. Si no bebo aquí, tal vez no logre aguantar hasta el final.
Inclinó su cabeza hacia el charco.
-Escúcheme -dije- por favor, ¿no quiere esperar un momento y escucharme? Casi hemos logrado lo que nos proponíamos, lo único que queda por andar es un breve trozo, y entonces lo habrá usted conseguido. Sé que lo conseguirá. Pero no puede ser que beba de ese líquido. Reflexione, sea razonable. Cogerá un tifus.
-Sí, es posible. Pero habrá de comprenderme. Lo peor que puede pasar es que me muera de tifus después de haber cruzado la frontera. La Gestapo no podrá ya detenerme y el manuscrito estará a salvo. Habrá de disculparme, estimada señora.
Bebió. El camino descendía suavemente por el monte. Cuando llegamos al final de la pared rocosa serían aproximadamente las dos de la tarde; y en el valle, muy cerca, yo podía ver el pueblo.
-¡Aquello de allá abajo es Port-Bou! El pueblo donde está el puesto fronterizo español y donde han de presentarse ustedes. Esta carretera conduce recto allá. ¡Es una carretera de verdad!
Aproximadamente las dos de la tarde. Habíamos iniciado la marcha a las cuatro de la madrugada; Benjamin, a las siete. En conjunto, por tanto, casi diez horas de camino.
-Ahora tengo que volverme -añadí-. Hace ya casi una hora que estamos en España. El descenso no puede llevar mucho tiempo, desde aquí pueden verse ya las casas. Vayan directamente al puesto fronterizo y enseñen sus papeles: la documentación del viaje, los visados de tránsito español y portugués. Tan pronto como tengan el sello de entrada tomen el primer tren hacia Lisboa. Pero todo eso ya lo saben. Ahora tengo que irme. Adiós.


A salvo

Volví la cabeza y durante unos instantes estuve contemplando cómo descendían por la carretera llena de baches. Ya era hora de que me largase de allí, pensé, y emprendí el camino de regreso. Seguí andando y me quedé estupefacta al experimentar este sentimiento: aquí me encuentro en una zona que me es familiar, ya no soy una extranjera, como todavía lo era hoy por la mañana. También me resultaba curioso que no sintiera cansancio. Todo era fácil, nada me pesaba; y, conmigo, también el resto del mundo se hallaba libre de preocupaciones. Benjamin y los demás tenían que haber llegado entretanto a su meta. ¡Qué hermoso era todo allá arriba!
Dos horas tardé en bajar a Banyuls. Nueve horas montaña arriba, dos horas para el descenso.
Durante los meses siguientes, cuando incluso dormidos encontrábamos el camino, logramos una vez llegar en dos horas a la frontera; en otras ocasiones empleamos tres o cuatro horas. Cuando nuestra «carga» eran joven y vigorosa y, sobre todo, disciplinada, resultaba posible. Nunca más he vuelto a ver a aquellas personas, pero de vez en cuando reaparece un nombre y entonces, de repente, algo hace «clic». Henry Pachter, el historiador: pero si es Heinz, que iba con su amiga; tiempo record: dos horas. O el profesor Albert Hirschmann, de Princeton -entonces era el joven Herman-: unas tres horas aproximadamente.
Pero estas cosas ocurrieron más tarde. Aquel día, cuando de nuevo estuve en Banyuls tras recorrer por vez primera la route Lister, pensé: el viejo Benjamin y su manuscrito están ahora a salvo, al otro lado de las montañas.


Una dosis mortal

Un par de días más tarde llegó la noticia. Ha muerto Benjamin. Se había quitado la vida en Port-Bou, la noche siguiente a su llegada.
El puesto fronterizo español le había comunicado al grupo que lo devolvería a Francia. De Madrid acababa de llegar una nueva orden. No podía entrar en España nadie que no dispusiera de visado francés de salida. (Hay diversas versiones de por qué cerró España la frontera en aquella ocasión: una es que a los apatrides no se les permitía cruzar España; otra es que carecían de validez los visados españoles de tránsito extendidos en Marsella.) Dijera lo que dijera aquella nueva orden, lo cierto es que, como tantas otras, pronto fue derogada. Si al lado francés hubiese llegado a tiempo la noticia del cierre de la frontera, por el momento nadie la habría cruzado ilegalmente y habríamos esperado a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. En aquella «época de las nuevas órdenes», los gobiernos de todos los países parecían dedicarse a dar nuevas órdenes e instrucciones, a revocarlas, a ponerlas en vigor y a derogarlas. Para salir vivo era preciso aprender a escabullirse por los agujeros, aprender a escapar de aquel laberinto, que asumía formas siempre nuevas, recurriendo a todo tipo de artimañas.
...faüt se débrouiller: hay que saber arreglárselas, hay que saber abrirse paso para escapar del desastre -así era como entonces se vivía y se sobrevivía en Francia.

...faut se débrouiller: esto quería decir: comprar cupones de pan falsificados, procurarse leche para los niños, obtener un determinado permiso, el que fuera; en suma, saber pescar cosas que oficialmente no existían. Para muchos significaba también conseguir tales cosas mediante la Collaboration. Para nosotros, los apatrides, se trataba ante todo de evitar los campos de concentración, y de no caer en manos de la Gestapo.
Pero Benjamin no era un débrouillard.
Despistado como era, lo único que para él contaba era que su manuscrito y él mismo quedasen fuera del alcance de la Gestapo. La huida, con el cruce de la frontera, lo había dejado exhausto y no creyó que fuera a estar en condiciones de repetir aquella fuga; mientras íbamos monte arriba me lo había dicho. También para este caso lo tenía todo bien calculado de antemano. Llevaba consigo una cantidad de morfina suficiente para quitarse la vida con una dosis mortal.
Afectadas y conmovidas por su muerte, las autoridades españolas permitieron a los Gurland continuar el viaje.


Ese manuscrito no existe

Cuarenta años más tarde estaba hablando un día con el profesor Abramsky, de Londres, y la conversación recayó sobre Walter Benjamin y su obra. Mencioné su última caminata y el manuscrito. Poco tiempo después me llamó por teléfono el profesor Gershom Scholem, íntimo amigo de Benjamin y uno de los albaceas de su legado literario. Abramsky le había hablado de nuestra conversación, me dijo, y quería saber más detalles; le hice una descripción de los acontecimientos ocurridos aquel día de finales de septiembre de 1940.
-Al menos se salvó el manuscrito al que tanta importancia daba Benjamin -dije.
-Ese manuscrito no existe -contestó Scholem-. Hasta el día de hoy nadie ha oído hablar nunca de él. Tiene usted que contarme todos los pormenores, es preciso buscarlo.
La voz de Scholem sigue hablando, pero lo único que yo oigo es: el manuscrito ha desaparecido. Y durante todos aquellos años había yo dado por hecho que el manuscrito se había salvado.
El manuscrito no existe. Nadie sabe nada de la pesada cartera negra con la obra que para Benjamin era más importante que todo lo demás.
En uno de sus escritos ha hablado Hannah Arendt del «jorobadito»(1) cuya amenaza sintió Benjamin, sin duda alguna, durante toda su vida, y para defenderse del cual tomó toda clase de precauciones. Dice Hannah Arendt: «El sistema de medidas de seguridad de Benjamin... esquivaba siempre, de una manera extraña y misteriosa, los peligros reales».
Pero ahora me parece que, en aquella noche de Port-Bou, Walter Benjamin no pasó por alto el «peligro real». Lo que ocurre es que su peligro real, su realidad, eran distintos de los nuestros. En Port-Bou se vio forzado a enfrentarse una vez más al «jorobadito», al suyo propio, al de Benjamin. Y, a su manera, tuvo que acabar con él.
No ha sido posible encontrar el manuscrito, no ha sido posible encontrarlo ni en Port-Bou, ni en Figueras, ni tampoco en Barcelona. Sólo la negra cartera de cuero fue inscrita entonces en el registro de defunciones, con la indicación de que contenía unos papeles de contenido desconocido.



(*) Este texto, traducido del alemán por Andrés Sánchez Pascual, reproduce íntegro el capítulo séptimo del libro de Lisa Fittko: Mi travesía de los Pirineos, publicado por Muchnik Editores, 1987

(1) N. del T. Personaje de los cuentos infantiles alemanes, al que se le atribuyen todos los contratiempos que amargan la vida de los hombres.




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