El hombre buscó entre el tumulto de veraneantes una
lámina de arena húmeda y solitaria. Luego
de una incómoda travesía descubrió
tres metros cuadrados de arena libre en medio de una obesa
mujer y unas cuantas latas de refresco oxidadas. Con solemnidad,
abrió el saco que llevaba en su espalda y extrajo
cuatro palas de diferentes tamaños, dos cubos, y
un rastrillo. La sombra regalaba la justa medida de cada
una de las miles de personas que dominaban la playa cuando
el hombre comenzó a surcar la arena con ingeniero
cuidado. Primero trazó un pentágono, luego
comenzó a levantar en el centro la primera habitación
de veintisiete. Los movimientos de sus manos eran insomnes,
y a los ojos de los niños que iban amontonándose
alrededor, también mágicos: la arena adquiría
una solidez y formas definidas; ni una sola grieta podía
vislumbrarse. Los niños trajeron a sus hermanos y
amigos, y éstos a sus padres. En el transcurso de
media hora el perímetro estaba cubierto de curiosos,
la mayoría admirados por el talento de aquel hombre
anónimo: un castillo con sus habitaciones, salones,
ventanas, puertas y baluarte, comenzaba a erigirse en la
populosa playa. Surgían exclamaciones de asombro
ante la presteza del artesano, pero el hombre, aunque orgulloso
por su obra, permanecía indolente, concentrado en
su labor. La conclusión del castillo la dictó
el remate de la gola de entrada. Habían transcurrido
ocho horas. La muchedumbre irrumpió en un sonoro
aplauso y empezó a dispersarse. El hombre recogió
los bártulos, los limpió en la orilla del
mar, los devolvió al saco, y caminó hacia
el malecón hasta perderse entre la gente que decía
adiós a su día de radiante ocio. En unos pocos
minutos la playa se desocupó. Sólo quedaban
algunas gaviotas sobrevolando la costa mientras el sol reverberante
se hundía en el horizonte, y las impasibles olas
comenzaban a desgastar las arenas solitarias.
(1) Texto extraído del libro Cuentos inconclusos,
aún sin traducción.
(*) Gabriel Paraduchka nace en Ucrania en 1970. Luego de
incontables problemas políticos emigra a Viena, en
donde se establece con su familia. En 1989 el escritor emigra
a Barcelona, regresando todos los veranos a Viena. Hasta
ahora a publicado su novela La insoslayable necedad,
aún no traducida al castellano, pero sí al
húngaro y al inglés; edita en 1994, Antología
de jóvenes escritores, traducida al alemán.
A partir de entonces publica en ruso dos libros de cuentos,
Historias de Alcohol, y Cuentos Inconclusos,
aún no traducidos a ningún idioma.