La edad de la ciruela
Por Juan Manuel Martins (*)



«La edad de la ciruela»
de Arístides Vargas y dirigida por Basilio Álvarez con el «Grupo Actoral 80», nos permitió revisar que la dramaturgia latinoamericana ha alcanzado una forma de expresividad con su público, con su contexto, porque dice de nosotros, en tanto que funda una imagen. Aquí la propuesta se compone en sus signos la estructura dramática. Esto es decir bastante cuando un texto exige al director un compromiso unificador y estructurante. Para resolverlo, Basilio Álvarez, permite que sean sus dos actrices, las que crearán aquéllaestructura unificadora. Puesl a anécdota se conduce por medio de éstas, cuando son varios los personajes que tienen que disipar a través de la historia: por una parte, Martha Estrada debe hacerlo con cuatro personajes y, compartidamente, Gladys Prince con cuatro personajes más. Ellas representan a «Eleonara» y «Blanquita» respectivamente.






Sus personajes conforman la historia, pero el éxito de Basilio se centra en el hecho de que estos personajes: sus tías y madre de aquellas, hermanas, se componen, como es natural, desde la interpretación de las actrices, pero suprimiendo la necesidad de diferentes actrices para diferentes personajes. Lo que hace del rol actoral un compromiso conceptual y artístico. Puesto que estas dos actrices han tenido la responsabilidad de «pasearse» por los diferentes personajes de una historia que para nada quiere ser naturalista: la historia establece su alteridad con el tiempo: el tiempo llega a detenerse para la vida de dos mujeres domésticas, en la mejor acepción provinciana del término. El texto dice de ese destiempo. Se detiene, todo empieza desde el final con apego a la concepción circular del tiempo. Entonces, Basilio Álvarez, ha creado esta relación con el tiempo mediante algunos usos imbricados de los personajes: las hermanas relatan desde el principio de la escena cuál ha sido la historia común que las compromete con el tiempo y, al mismo tiempo, es la historia de muchas mujeres en el marco de un hogar pueblerino y prosaico, con algunos matices decimonónicos de la vida de la mujer. La mujer como ser reprimido y sujeta a «pequeñas tareas del hogar». Y lo curioso es que Arístides Vargas no quiere componer una estructura estilística con una historia típica -por lo menos lo advertimos desde la propuesta escénica- y con mucha literatura naturalista que hartos estamos por estos terruños. Para nada. En cambio, nos propone una metáfora del tiempo mediante el azar simbólico. La ciruela teje junto a la vida y la historia de las hermanas. Las ciruelas envejecen, pero no su significado, no su sentido del tiempo. El tiempo es una figura que ordena las emociones y sentimientos. Los acontecimientos no son propiamente históricos, sino afectivos. Las hermanas, por ejemplo, siguen siendo ellas: hechos emocionales que quieren, mediante estas emociones, explicarse, darse un lugar y sentido como mujeres. Pero, sin pretenderlo el espectador asume una noción crítica. Y lo que importa para la puesta en escena es que esa noción genere respuestas muy emotivas ente el público y mediante un ejercicio afectivo de los actores dentro de la historia: el hecho de colocar sólo a dos actrices en la interpretación de diferentes personajes nos permite, en nuestra condición de público, acercarnos a la experiencia corporal de estos personajes, mejor dicho, a su interpretación. La actuación hace creíble el hecho teatral. Es decir, todos sabemos que se trata de una mentira, de una alteridad, sin embargo, el juego se acepta y le otorga a la puesta en escena una calidez especial. Esto puede sentirse en un balance de energía muy apropiado entre los que estábamos como público.


Se logra fundamentalmente con dispositivos que le imprimieron una escenografía límpida y necesaria. Pocos elementos que componen al final la poética del texto: todo sucede en un mismo lugar y en un tiempo, se dispone con dominio de oficio el tratamiento. Después se altera, ya que las cosas suceden en el pequeño espacio reducido de la sala: exigencia elemental para todo buen director de escena. Lo importante es que a las actrices no se les deja solas en el escenario, se les «recrea» el espacio mediante un uso específico de la escenografía: la modestia de los dispositivos conduce a la imaginación del tiempo como si quisiera hacernos notar que los elementos están en el escenario porque forman parte de nosotros. Es el caso del árbol de ciruela que se centra en el escenario, con cierta intención ingenua y hasta infantil. Nos hace pensar que es con el propósito de rememorar la infancia que está contenida en la imaginaría de lo alegórico: los recuerdos de la infancia son como la ciruela, no se notan y no se dejan ver en apariencia. Es un juez impecable. Esta allí como un narrador omnisciente. Las actrices, para lograrlo, se valen de elementos expresivos y orgánicamente identificados con un teatro que le entrega al actor la responsabilidad mayor.

Él, el actor, construye su poética del escenario. Por su parte, las actrices -si no la dirección actoral-muestran ese dominio escénico.

No sabemos si el texto propone que sean dos actrices quienes interpreten a los siete personajes. Pero la intención de la dirección lo usa como recurso legitimo a objeto de alcanzar más intimidad con el público, la cual es variada con la música interpretada en vivo. El pianista es parte de la escena. Está allí individualmente interpretando el ajuste musical. Su aplicación nos acompaña a través de la anécdota reforzando la calidez a la que hacía mención. No sé si cierta disposición infantil del escenario nos «recoge» como espectadores, pero crea una estructura memorial o retórica con el tiempo. Y esto, por lo menos los textos que hemos conocido, caracteriza el modelo escritural de Arístides Vargas. Conociendo el uso consciente que éste hace del actor no debe sorprendernos que esta propuesta se nos exhiba desde el amor hacia este actor.


(*) JUAN MANUEL MARTINS, escritor y dramaturgo venezolano, es director de la Editorial Ediciones Estival (Maracay-Venezuela).
Ha escrito y dirigido entre otras las siguientes obras: Terciopelo negro, A la mitad de la iguana, Tres cabezas muerden mejor que una, Preludio en tres autoestimas o la vida con Edith Piaf. Entre sus publicaciones se encuentran: Deseos de casa, Editorial la Liebre libre; Teatro y Literatura, Editorial La Liebre libre (Recopilación de ensayos de poetas como Eliot, Pessoa, O. Paz y Oscar Wilde en torno al teatro); Poética para el actor, editorial The Latino Press de Nueva York.
Colaborador de la página literaria Contenido del Periodiquito. Ha publicado diferentes artículos en la prensa regional, y extranjera. Colaborador en diferentes programas de mano de actividades culturales de la región.


Para contactarse con Juan Manuel Martins: estival@etheron.net
Sitio web: http://littheatrum.cjb.net


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