«La edad de la ciruela» de Arístides
Vargas y dirigida por Basilio Álvarez con el «Grupo
Actoral 80», nos permitió revisar que
la dramaturgia latinoamericana ha alcanzado una forma de expresividad
con su público, con su contexto, porque dice de nosotros,
en tanto que funda una imagen. Aquí la propuesta se
compone en sus signos la estructura dramática. Esto
es decir bastante cuando un texto exige al director un compromiso
unificador y estructurante. Para resolverlo, Basilio Álvarez,
permite que sean sus dos actrices, las que crearán
aquéllaestructura unificadora. Puesl a anécdota
se conduce por medio de éstas, cuando son varios los
personajes que tienen que disipar a través de la historia:
por una parte, Martha Estrada debe hacerlo con cuatro personajes
y, compartidamente, Gladys Prince con cuatro personajes más.
Ellas representan a «Eleonara» y «Blanquita»
respectivamente.

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Sus personajes conforman la historia, pero
el éxito de Basilio se centra en el hecho de que estos
personajes: sus tías y madre de aquellas, hermanas,
se componen, como es natural, desde la interpretación
de las actrices, pero suprimiendo la necesidad de diferentes
actrices para diferentes personajes. Lo que hace del rol actoral
un compromiso conceptual y artístico. Puesto que estas
dos actrices han tenido la responsabilidad de «pasearse»
por los diferentes personajes de una historia que para nada
quiere ser naturalista: la historia establece su alteridad
con el tiempo: el tiempo llega a detenerse para la vida de
dos mujeres domésticas, en la mejor acepción
provinciana del término. El texto dice de ese destiempo.
Se detiene, todo empieza desde el final con apego a la concepción
circular del tiempo. Entonces, Basilio Álvarez, ha
creado esta relación con el tiempo mediante algunos
usos imbricados de los personajes: las hermanas relatan desde
el principio de la escena cuál ha sido la historia
común que las compromete con el tiempo y, al mismo
tiempo, es la historia de muchas mujeres en el marco de un
hogar pueblerino y prosaico, con algunos matices decimonónicos
de la vida de la mujer. La mujer como ser reprimido y sujeta
a «pequeñas tareas del hogar». Y lo curioso
es que Arístides Vargas no quiere componer una estructura
estilística con una historia típica -por lo
menos lo advertimos desde la propuesta escénica- y
con mucha literatura naturalista que hartos estamos por estos
terruños. Para nada. En cambio, nos propone una metáfora
del tiempo mediante el azar simbólico. La ciruela
teje junto a la vida y la historia de las hermanas.
Las ciruelas envejecen, pero no su significado, no su sentido
del tiempo. El tiempo es una figura que ordena las emociones
y sentimientos. Los acontecimientos no son propiamente históricos,
sino afectivos. Las hermanas, por ejemplo, siguen siendo ellas:
hechos emocionales que quieren, mediante estas emociones,
explicarse, darse un lugar y sentido como mujeres. Pero, sin
pretenderlo el espectador asume una noción crítica.
Y lo que importa para la puesta en escena es que esa noción
genere respuestas muy emotivas ente el público y mediante
un ejercicio afectivo de los actores dentro de la historia:
el hecho de colocar sólo a dos actrices en la interpretación
de diferentes personajes nos permite, en nuestra condición
de público, acercarnos a la experiencia corporal de
estos personajes, mejor dicho, a su interpretación.
La actuación hace creíble el hecho teatral.
Es decir, todos sabemos que se trata de una mentira, de una
alteridad, sin embargo, el juego se acepta y le otorga a la
puesta en escena una calidez especial. Esto puede sentirse
en un balance de energía muy apropiado entre los que
estábamos como público.
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Se logra fundamentalmente con dispositivos que le imprimieron
una escenografía límpida y necesaria. Pocos elementos que
componen al final la poética del texto: todo sucede en un
mismo lugar y en un tiempo, se dispone con dominio de oficio
el tratamiento. Después se altera, ya que las cosas suceden
en el pequeño espacio reducido de la sala: exigencia elemental
para todo buen director de escena. Lo importante es que
a las actrices no se les deja solas en el escenario, se
les «recrea» el espacio mediante un uso específico de la
escenografía: la modestia de los dispositivos conduce a
la imaginación del tiempo como si quisiera hacernos notar
que los elementos están en el escenario porque forman parte
de nosotros. Es el caso del árbol de ciruela que se centra
en el escenario, con cierta intención ingenua y hasta infantil.
Nos hace pensar que es con el propósito de rememorar la
infancia que está contenida en la imaginaría de lo alegórico:
los recuerdos de la infancia son como la ciruela, no se
notan y no se dejan ver en apariencia. Es un juez impecable.
Esta allí como un narrador omnisciente. Las actrices, para
lograrlo, se valen de elementos expresivos y orgánicamente
identificados con un teatro que le entrega al actor la responsabilidad
mayor.
Él, el actor, construye su poética del escenario.
Por su parte, las actrices -si no la dirección actoral-muestran
ese dominio escénico.
No sabemos si el texto propone que sean dos
actrices quienes interpreten a los siete personajes. Pero
la intención de la dirección lo usa como recurso legitimo
a objeto de alcanzar más intimidad con el público, la cual
es variada con la música interpretada en vivo. El pianista
es parte de la escena. Está allí individualmente interpretando
el ajuste musical. Su aplicación nos acompaña a través de
la anécdota reforzando la calidez a la que hacía mención.
No sé si cierta disposición infantil del escenario nos «recoge»
como espectadores, pero crea una estructura memorial o retórica
con el tiempo. Y esto, por lo menos los textos que hemos
conocido, caracteriza el modelo escritural de Arístides
Vargas. Conociendo el uso consciente que éste hace del actor
no debe sorprendernos que esta propuesta se nos exhiba desde
el amor hacia este actor.
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(*) JUAN MANUEL MARTINS, escritor
y dramaturgo venezolano, es director de la Editorial Ediciones
Estival (Maracay-Venezuela).
Ha escrito y dirigido entre otras las siguientes obras:
Terciopelo negro, A la mitad de la iguana,
Tres cabezas muerden mejor que una, Preludio
en tres autoestimas o la vida con Edith Piaf. Entre
sus publicaciones se encuentran: Deseos de casa,
Editorial la Liebre libre; Teatro y Literatura,
Editorial La Liebre libre (Recopilación de ensayos de poetas
como Eliot, Pessoa, O. Paz y Oscar Wilde en torno al teatro);
Poética para el actor, editorial The Latino
Press de Nueva York.
Colaborador de la página literaria Contenido del Periodiquito.
Ha publicado diferentes artículos en la prensa regional,
y extranjera. Colaborador en diferentes programas de mano
de actividades culturales de la región.