Sobre las manos
Por Enrique G de la G (*)

 

De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya,
pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer
al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo
en la otra manga a ver si así resulta más sencillo.

Julio Cortázar


Hay una anécdota miserable: -Yo, el Rey, soy capaz de matar a mis súbditos con este dedo; puedo dirigir guerras, decapitar cortesanos y gobernar. Y el bufón, aprovechando que el Rey tenía su brazo extendido y su ánimo excitado, azotó la puerta sobre su mano, que sangró. Allí se acabaron el poder del Rey y el humor del bufón.


No es nueva la admiración del hombre por la mano. Quizá la más antigua manifestación artística relativa a las manos sea la de Francia, en las cuevas de Chauvet. Esas pinturas paleolíticas reflejan por vez primera la conciencia del dominio técnico: el hombre advierte que sus manos son el instrumento sin el cual es imposible transformar la realidad. Por eso observa Hegel en su Fenomenología: "pues lo interior, en cuanto es en el órgano, es la actividad misma. La boca que habla, la mano que trabaja y, si se quiere, también las piernas, son los órganos realizadores y ejecutores, que tienen en ellos la acción..." El filósofo más adelante agrega: "Y que la mano debe representar el en sí de la individualidad con respecto a su destino se ve fácilmente considerando que la mano es, después del órgano del lenguaje, el que más permite al hombre manifestarse y realizarse."

La mano es lo que el hombre hace: si miro tus manos te diré quién eres: un burgués si cuidadas, un campesino si curtidas y maltratadas. En la mano está presente el hombre porque la anima. Remedo a Hegel una vez más: y puesto que el hombre es originariamente su propio destino, es natural que la mano exprese al hombre. Los quiromantes agregan: la mano expresa también el destino del hombre.

Existen por eso lenguajes para las manos. Los mudos no tienen otra manera de comunicarse; incluso si escribieran sus palabras estarían ya utilizando las manos. Es también cotidiano ora el reto, ora el halago, ora el gesto obsceno. Basta un sutil movimiento de la mano para que el humor se nos estropee por el resto del día. La mano es, vuelvo a Hegel, lo que nos manifiesta con mayor fidelidad justo después de la lengua. Agrego yo: y también los ojos y el rostro. Es fácil descubrir a una persona observándole la faz, la mirada o las manos.

El pianista requiere dedos gráciles y largos, como garzas bailarinas, que se desplacen con agilidad y precisión sobre el teclado de madera. El joyero, al desempeñarse en un oficio de miniaturas y detalles, ostenta manos exactas. Lo mismo el cirujano o el relojero. En cambio, el jinete, el agricultor, el obrero o el minero requieren más la fuerza y la destreza que el cuidado de los detalles. Creo que, en este sentido, los deportes han logrado combinar las dos particularidades. Nolan Ryan, por ejemplo, gozó de una fuerza espectacular y de una sorprendente precisión. Lo mismo podemos decir de Michael Jordan, de los asiáticos profesionales del ping pong, de Andre Agassi o Joe Montana.

Algunos movimientos de la mano son ya iconos culturales. Hitler recuperó para el Dritte Reich el antiguo ave! romano, dirigido exclusivamente al Cæsar. O el dedo pulgar extendido hacia el cielo y el puño cerrado significa, aquí y en las antípodas, un raid. Con el dedo índice se señala, sin importar la distancia ni el objeto. Con ese dedo Colón descubrió América, los padres adoctrinan a sus hijos en los misterios astronómicos, y la víctima señala a su agresor. Nuestro dedo índice ha señalado la cicatriz, ha instado al silencio, ha sacudido las lágrimas de los ojos y devuelto el aliento a la fatigada madre. Todos los pintores han representado a san Juan Bautista señalando con su índice a "aquel de quien no soy digno siquiera de desatarle las correas de sus sandalias".

La mano entera fue la condenación de Midas. Midas, a mi juicio, no es el prototipo del avaro o el codicioso, sino del imprudente. Su idea era genial. Le faltó previsión. Debió haber puesto una restricción: "Todo lo que tocare con mi mano izquierda..." o quizá "Todo lo que tocare mi dedo meñique..." A diferencia de Midas, nosotros habitamos en las manos de los demás. Atlas sostiene en su espalda, hombros, brazos y manos el globo entero. El catolicismo recuerda a los fieles que su vida está en las manos del Señor y que ha de ser dócil como el barro en las manos del alfarero. Cuando algo nos rebasa se sale de nuestras manos, por lo que pedimos ayuda y nos ponemos en las manos de los demás.

Tengo muy vivo el recuerdo del pie de san Pedro en la Basílica Vaticana. A fuer de tocarlo, acariciarlo, venerarlo, el pie ha desaparecido y, en su lugar, pareciera que san Pedro calza un simpático y diminuto zuequecito. Las manos también borran las efigies de las monedas y los barandales de las escaleras.


En las manos radica no sólo la capacidad del trabajo sino también el poder. En la cabeza y en las manos. Por eso las cabezas regias portan coronas y, como notaba el Rey burlado por su bufón, sus manos sostienen el orbe real y el cetro. Basta la mano para gobernar. Pero gobernar bien implica el concurso de la mano y la cabeza, del cetro y la corona. Resulta natural que los militares saluden llevándose la mano a la cabeza, a la frente precisamente, porque la frente es la zona "despejada" de la cabeza. Con razón decía Víctor Hugo que "mucha frente en un rostro es mucho cielo en el horizonte". Y el gesto cotidiano de levantar la mano abierta hacia el amigo que encontramos casualmente tiene también raíces castrenses: de ese modo se le deseaba la paz al otro. La mano se abría para que quedara patente que la espada no dividía la relación. Una mano limpia, clara, sin utensilios, instrumentos ni armas. La mano sola. Desnuda, sin intermediarios. Ni siquiera con guantes. Por eso se jura con la mano. También abierta, también vacía. Y se jura sobre un libro, porque los libros representan las ideas que figurativamente residen en la cabeza. He allí el parecido entre un saludo y un juramento. El guante es el principal obstáculo de la mano. Puede enguantarse la mano para esconder un defecto físico o protegerla. La mano refugiada en el guante es, sin embargo, una mano sospechosa. Por eso los duelos comienzan con un guantazo: porque las raíces de todo duelo son rencorosas. Por eso también los ladrones y criminales maniatan a sus víctimas. Por eso, finalmente, los policías les esposan las muñecas. El lazo en las manos es la impotencia más completa. Sólo los criminales y torturadores, abusivos, vendan los ojos y la boca.

Jurar es un acto que remite de inmediato a lo sagrado. Dios prohibió a Moisés el juramento. Con sus manos, Moisés rompió el becerro de oro, luego abismó el Mar Rojo y, por último, señaló la tierra prometida. Pero Moisés jamás pudo señalar a Dios. Sólo le vio, en forma de fuego, y le escuchó. En cambio, los mercaderes sí que sintieron los azotes de Jesucristo cuando les expulsaba del Templo. Dicen los evangelistas que el látigo lo fabricó "con sus propias manos". También con sus manos Jesús escribió en la tierra un sábado por la tarde, trabajó en el taller de José cuando niño, señaló las pirámides de Egipto, curó enfermos "imponiéndoles las manos", bendijo el pan de la Última Cena. Sus manos fueron traspasadas por los clavos y por los dedos del incrédulo Tomás. "Que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda", recomendaba.

Para la moral, la mano es un elemento de especial atención. Los musulmanes, se dice, cortan las manos de los ladrones. La mano sirve para injuriar, asesinar, torturar, manosear y, en el extremo contrario, para acariciar, bendecir, adorar, amar. Quien acaricia utiliza sus manos de manera muy diferente a quien manosea. Porque en la mano está presente también la intención, como presente está la intención en el tono de la voz.

Para el cristiano, la mano del sacerdote es bendita, porque palpa la Eucaristía. Es tradición besar la mano del ordenando. Los caballeros besaban las manos de las mujeres hasta hace poco. En cambio, a los amigos se les saluda con la mano; a los buenos amigos con un abrazo. Lo mismo a la familia. Los matrimonios, en cambio, no se saludan con la mano, puesto que su unión es íntima. Se besan, hay intercambio sexual.

Coleridge recuerda un sueño: un palacio que es a la vez un poema, que escribe al despertar. Es Kubla Khan. Coleridge se pregunta qué pasaría si un hombre recibiera una flor como prueba de haber estado allí. El hombre, al despertar, encuentra la flor en su mano. ¿Entonces qué? La certeza, en esta caso la flor, está en la mano, no en la conciencia.

Jamás he visto un instrumento musical que no precise las manos. Por elaborado que sea, por compleja que sea la música a interpretar, el músico utiliza sus manos. La música está en las manos como la flor de Coleridge. Es la prueba más fehaciente de que el hombre ha estado en el paraíso y, por miserable que haya sido su transgresión, algo divino habita en él. Por desgracia, la literatura no reside en la mano, a diferencia de la música: Cervantes fue manco. Los hombres dedicados al arte lo adivinaron ya. Fuerza particular tuvo Miguel Ángel para retratarlas o esculpirlas. Creo que Miguel Ángel destaca por sus rostros y sus manos. Obsérvense las manos del Moisés o la Pietá. Las del David siempre me han parecido sospechosas: la derecha demasiado larga y pesada, típicamente adolescente, incluso un poco desproporcionada; la otra, en cambio, la encuentro amanerada, delicada, sobre el hombro. Una remite a la fuerza de la pedrada; la otra, en cambio, a la precisión y la destreza de la onda. Un Nolan Ryan primitivo y beligerante.

Buonarotti consumó el arte de la mano en la Capilla Sixtina. La del Profeta Ezequiel es prototípica. Adusta, firme, hace un gesto al espectador. Pide paciencia porque un asunto más importante lo distrae. Es la mano de quien ha escrito libros sagrados. Como la del ordenando, los judíos la reverencian. Dios se ha servido de ella. O la mano del Cristo en el Juicio Final. Con ese gesto parece quitarse la culpa de la condenación de algunos hombres: "No os conozco".

Otras manos inolvidables son las de la Mona Lisa, que hacen juego perfecto con su rostro y expresión. Las del Père Tanguy, el retrato de Van Gogh, han sido detalladas con quince trazos verdes. Como las del Leonardo del Louvre, son firmes, reflejan el estado de ánimo del personaje, discrepan de la opinión del espectador y le hacen rectificar el juicio. Los Arnolfini de Jan van Eyck poseen manos perfectas. La unión de las manos implica la unión de los cónyuges, de las vidas, de las ilusiones y futuros. Ése podría ser el símbolo de la fidelidad, así como el close-up de las manos de Dios Padre y Adán, en la Capilla Sixtina, se ha instalado ya en el colectivo popular como la imagen del origen, de la creación, de la providencia y la paternidad divina. Los Arnolfini han sellado su matrimonio al unir sus manos.

Considero, sin embargo, que las más elocuentes son las de El Angelus de Millet. La campesina ha interrumpido su arduo trabajo para dirigir una plegaria al cielo. Es tan místico el momento que las manos no pueden ocultarse en el blusón. Al contrario, tan recogidas como el espíritu. Porque las manos son la ventana del espíritu. La campesina se lleva las manos al pecho, las cierra con fervor, son manos devotas. Podemos decir que en las manos comienza la cabeza, que las manos escuchan cada una de las palabras de esa oración matinal. Toda la compunción se concentra en las manos dobladas, fervorosas, recogidas, destinadas a Dios. No sabemos si las manos potencian la oración o la concentración de la mujer.

No puedo terminar sin referir "la mano de Dios". No hablo de la noción cristiana de Providencia ni de la famosa cruz irlandesa (la Cruz de Muirdach) que combinó signos paganos y cristianos, sino del espectacular gol de Maradona en el Estadio Azteca frente a Inglaterra. Ese juego fue la venganza de las Malvinas. El regate de Maradona desde antes del medio campo y el brinco por encima del portero inglés bastaron para resarcir la humillación de las islas. Mayor humillación fue la deportiva, y más dulce la venganza. Argentina terminó campeón del mundo. Tan misteriosa como "la mano de Dios" es "la mano invisible" de Adam Smith. Pero ésas son palabras mayores. No quiero enverarme por esos derroteros. Yo: me lavo las manos.

 

Benito Jerónimo Feijoo
Carta XXXIX
A favor de los Ambidextros(1)

1. Muy señor mío: Todo el contenido de la de Vmd. es de mi mayor satisfacción, y gusto. Gozar salud toda la familia; el feliz éxito del importante pleito, en que tanto tiempo há se estaba disputando; los rápidos progresos de Juanito en la Gramática, y muestras que da de [301] una índole excelente, todas son noticias, en que no puede menos de interesarle mucho mi afecto. Mas lo que Vmd. no esperaría, es, que también fuese de mi agrado lo que con algún desconsuelo me da de no poder quitar a ese Niño el vicio de usar indiferentemente de ambas manos, sin preferencia alguna de la diestra a la siniestra. ¿Esto llama Vmd. vicio? Yo lo llamo habilidad, y ventaja. Pero todo el mundo siente lo mismo que Vmd. o por lo menos, ese es el dictamen común. No lo niego; pero negaré constantemente, que ese dictamen sea fundado en razón. Y tan lejos estoy de aprobar el cuidado de los Padres en quitar a los Niños el uso igual de ambas manos, que en mi sentir debieran ponerle en que se habituasen a él.


2. La utilidad en esta parte de la educación es grande, y visible. A cada paso ocurren operaciones manuales, que por razón de la respectiva positura de la materia, en que se ha de obrar, no se pueden ejecutar, o se ejecutarían mal con la diestra, y muy cómodamente con la siniestra. Así, en muchos oficios mecánicos los Artífices habitúan una, y otra mano, sin lo cual serían casi enteramente inútiles para su ministerio. El Martillo, la Hacha, el Cincel, la Sierra, el Escoplo, &c. en muchas circunstancias no tienen uso, sino dándoles impulso con la mano izquierda.

3. Fuera de esto, sucediendo muchas veces que la diestra está impedida para su uso, por golpe, herida, tumor, reumatismo, u otro afecto, ¿no es importantísimo tener entonces dócil la siniestra para suplirla?

4. En la Guerra se viene a los ojos, que es suma esta conveniencia. Una leve herida en el brazo derecho deja enteramente inepto, para servir en la batalla, al más valiente Soldado; el cual, si tuviese ejercitada la siniestra para la pelea, continuaría el combate con el mismo esfuerzo que antes de ser herido. Aun sin herida puede ser necesario el socorro del brazo izquierdo, por estar el derecho cansado. Los Habitadores de Gabaa, Ciudad del Tribu de Benjamín, tenían advertida la importancia del uso de una, y otra mano en la Guerra; y así le adquirían con el ejercicio; pues en el [302] capítulo 20 del Libro de los Jueces se lee, que había en aquel Pueblo setecientos insignes Guerreros, que usaban de la siniestra, como de la diestra: Praeter Habitatores Gabaa, qui septingenti erant viri fortissimi, ita sinistra, ut dextrapraeliantes. Y en el capítulo 3 del mismo Libro, hablando del valiente Aod, de cuyo valor se sirvió Dios para librar a los Israelitas de la servidumbre que padecían debajo de Eglón, Rey de Moab, se encarece, como ventaja muy apreciable de aquel Héroe, que usaba igualmente de una, y otra mano: Suscitabit eis salvatorem, vocabulo Aod::: qui utraque manu pro dextera utebatur.

5. Entre los Griegos se miraba también como cualidad plausible la de ser Ambidextros; pues en la Ilíada, Hector hace gloria de manejar igualmente el escudo con una, y otra mano. Y en el mismo Poema es recomendado Asteropeo; porque siendo Ambidextro, arrojaba a un mismo tiempo dos dardos a los Enemigos.

6. Es, pues, hijo de una preocupación mal fundada el estudio que se pone en habituar a los Niños al uso privativo de la mano derecha, en todas aquellas cosas que se ejecutan con una mano sola. Piérdense en ello utilidades muy considerables, como ya he probado, y sobre esto se procede contra el destino de la naturaleza; la cual, formando la mano izquierda con perfecta semejanza a la derecha, nos manifiesta bastantemente, que con igualdad la ordena al mismo uso.

7. No ignoro, que Aristóteles dejó escrito, que la diestra naturalmente es más fuerte, que la siniestra: Dextra namque manus validior est laeva, natura. Pero Aristóteles sin duda se engañó, juzgando natural el exceso de fuerza, que la diestra adquiere con el ejercicio. Es cierto, que los hombres comunísimamente experimentan en la diestra más actividad para el impulso, y más resistencia para el trabajo; pero uno, y otro pende de que la ejercitan mucho más. El uso continuado hace ensanchar más los vasos pertenecientes al brazo derecho, por lo que fluyen a él en mayor copia la sangre, y los espíritus, y de aquí proviene la mayor fuerza [303]. Asimismo el uso continuado hace cualquiera fatiga más tolerable, o hace que no se sienta tan presto la fatiga; como se ve, que resiste mucho más tiempo la molestia de cualquiera ocupación trabajosa el ejercitado, que el que no está acostumbrado a ella.

8. En los demás miembros hermanos, o homogéneos no privilegió más la naturaleza los del lado derecho, que los correspondientes del izquierdo. Tan firme pisa el pie izquierdo, como el derecho. Tanto resisten la fatiga del movimiento el muslo, y rodilla de aquel lado, como los de éste. También ve el ojo siniestro, como el diestro. ¿Porqué se ha de pensar, que en orden a manos, y brazos tomó otro método?

9. Pero aun en caso que el brazo izquierdo fuese naturalmente menos fuerte que el diestro; ¿por qué se ha de dejar ociosa esa fuerza, aunque menor en muchos casos, en que puede servir, supliendo la de su compañero, impedido por algún accidente? Así resuelvo, que generalmente sería convenientísimo hacer a los Niños ejercitar igualmente uno, y otro brazo, para hacerlos a todos Ambidextros.

10. En lo cual se debe tener la advertencia de equilibrar cuanto se pueda el uso de una, y otra mano. Digo esto, porque podría suceder, que considerando la siniestra más indócil, se quisiese vencer su indocilidad, dándole más ejercicio, que a la compañera; de lo cual podría resultar el inconveniente, de que poco a poco se fuese levantando con todo el manejo la siniestra, y habituándose a la inacción la derecha. No hay que pensar, que antes que el uso habilite las manos, tenga más aptitud una que otra. Iguales salieron del seno de la naturaleza.

11. Miro como inconveniente habituarse a dar el principal uso a la mano izquierda; pero inconveniente, que pende únicamente de la preocupación de los hombres. No hay realmente en ello torpeza alguna; pero basta que comúnmente se tenga por defecto lo que llamamos ser zurdo, para que se procure evitar; mayormente cuando en algunos pasa este error a superstición, tomándole, o ya por mal agüero, o ya por indicante de un ánimo torcido. Soy de Vmd. &c.


(1) Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo primero (1742). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo primero (nueva impresión), páginas 300-303.

(*) Enrique G de la G (San Pedro Garza García, México, 1979). Lector y escritor, estudió filosofía. Su tesis versa sobre el objeto de la metafísica aristotélica. Colabora en distintas revistas con ensayos, reseñas y entrevistas. Agradecido lector de Borges, Victor Hugo y Alfonso Reyes.




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