Thomas Carlyle
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En los comienzos del siglo XIX vivía en Boston un
joven pastor que profesaba como ministro en la Iglesia unitaria.
Era suave de maneras y humilde en el trato, de suerte que
cuando alguien se le acercaba, era difícil adivinar
sus cualidades morales ni su capacidad creadora. A pesar
del ambiente rudamente utilitario que le deparó el
destino, desde temprano se puso a la tarea de cultivar valores
desinteresados. Ralph Waldo Emerson dedica su primer ensayo
a la filosofía de Sócrates, y ahonda en el
estudio de la obra shakespereana y de los dramaturgos ingleses
antiguos. Hacia 1829 su silueta adquiere perfiles más
vigorosos y su don de simpatía logra formar una entusiasta
camarilla de espíritus afines que lee a Carlyle y
a Coleridge, que aprende alemán para conocer a Fitche,
a Schelling y a Herder, y francés para familiarizarse
con Cousin y Constant. Andando por ese camino le asalta
a Emerson una crisis en sus convicciones religiosas. ¿Permanecerá
inactivo, en la sombra, sin comunicarles a los demás
lo que acontece en su mundo interior? No, no es de esos,
ni quiere pasar por lo que ha dejado de ser. Bien madurado
el propósito, pronuncia un célebre sermón
en el que sostiene dos cosas temerarias: que «los
cristianos hacen estériles los dones de Dios»
y que los «sacrificios no son más que humo
y vanas sombras las ceremonias». Dicho lo cual, con
explicable escándalo, se retira. Una repentina desazón
le abate el ánimo y la salud del cuerpo se quebranta.
En tales condiciones le aconsejan el viejo lenitivo de los
viajes. Viajando recobrará , energías. Si
el ausentarse puede ser una manera de morir para los demás,
a las veces implica para sí mismo un nuevo modo de
nacer. ¡Cuántos horizontes de luz se abren
para el que se marcha en el momento preciso de creer que
el mundo, con las ilusiones, ha concluido para él!
En la Navidad de 1833, con veintiocho años
escasos, Emerson toma la ruta de Europa. No se crea que sólo
le atraen los lugares que sirvieron de cuna a la civilización.
Lleva una esperanza generosa, acariciada de largo tiempo atrás,
la cual consiste en acercarse a los hombres representativos.
Su espíritu es profundamente cristiano, pero eso no
le lleva a concebir una igualdad ciega e injusta de las que
mezclan en el mismo plano a los grandes y los pequeños.
Antes al contrario, piensa que el concepto de igualdad absoluta
es una inmoralidad y un motivo de desaliento. El culto de
los espíritus superiores, amén de la justicia
que con él se tributa a la energía de los que
orientan y crean, es un factor de cultura, de emulación
beneficiosa y de mejoramiento social. Al perfeccionarse el
hombre común, enaltece el medio que le rodea. La familiaridad
con las vidas ejemplares, con las manifestaciones superiores
de la inteligencia, del amor, de la voluntad, nos crea una
atmósfera ética más pura. Ayuda a vivir
y proporciona elementos insospechados de virtud. Tal el caso
del buen señor Collignon, cuya tumba visita Emerson
en el Pére Lachaise ya la que distingue entre miles
por la inscripción de la lápida así concebida:
«Vivió para hacer el bien y se hizo virtuoso
con los Ensayos de Montaigne».
Una primera desilusión le aguarda en
los lugares que fueron memorables centros históricos
y de cultura. Peregrina a través de Sicilia y se le
turba el alma. ¿Eso es todo lo que esperaba ver? ¿Los
teatros reducidos a escombros? ¿Los templos paganos
convertidos en catedrales católicas? Pues si eso es
todo, es muy poco para él. Emerson tiene el entusiasmo
tardío frente a las cosas. Le cuesta desentrañar
vida y calor de lo inanimado. Poco imaginativo, no puede en
Girgenti evocar el pasado esplendor de la ciudad. Permanece
frío en las gradas desiertas del teatro de Siracusa
y no le rueda una lágrima de emoción en presencia
de esa maravillosa comunión de arte y naturaleza que
es el teatro griego de Taormina. No, a él le interesan
las ideas más que los objetos, los hombres más
que las cosas muertas. Las ruinas de Segesta y Selinonte no
le procuran el mismo intenso placer que experimenta cuando
estrecha la mano de un gran escritor. Habría deseado
penetrar en el santuario de Goethe mientras el dios respiraba
su preciosa vida, pero ¡ay!, en el breve espacio de
un año han muerto Goethe, Hegel, Cuvier , Walter Scott,
Bentham, pérdidas que afligen al mundo pensante y arrancan
aquella plañidera exclamación de Heine: «jLos
dioses se van!»
Algunos quedan, sin embargo, si bien todavía
dioses menores. Emerson se vincula en Londres con John Stuart
Mill y con el poeta Coleridge. Conoce luego a Wordsworth en
su serena residencia de los lagos ingleses y llega finalmente
la hora de satisfacer la gran curiosidad, y quizá el
verdadero motivo que le lleva a Europa: hacer el conocimiento
personal de Carlyle.
¿Quién es Carlyle? Ha preguntado
en los círculos literarios londinenses y apenas le
conocen. Es verdad que ha Publicado una Vida de Schiller
(1). Algunos, muy raros, han visto ese nombre impreso
en las páginas del Fraser's Magazine, o en la
Edinburgh Review. Aseguran otros que se trata de un Oscuro
profesor de matemáticas que suele traducir, en horas
de ocio, las obras de Goethe. Es la versión del Wilhelm
Meister, dada a la estampa en 1824.
Emerson lleva adelante las indagaciones con
tan escaso éxito iniciadas, hasta que logra las señas
del escritor. Carlyle no vive en Londres, sino en una lejana
región del norte de Escocia, en Craigenputtock (2).
Pero las distancias no existen para el fervor del joven americano.
Se había propuesto estrechar la mano
del hombre que admiraba y en cuyo porvenir depositaba una
luminosa esperanza. Antes de ponerse en camino consideró
oportuno escribirle. ¿Qué es lo que le diría?
Le admiro a usted y por eso he venido de tan lejos... Le pareció
frívolo, infantil. Sin embargo, algo que le llenaba
el corazón tenía que decirle. Sin vacilar más,
le escribió lo que sigue: «No desmaye; su palabra
ha sido escuchada en los confines de la tierra por hombres
muy modestos: ella estimula y triunfa». Carlyle se limitó
a contestar: «Lo esperamos a usted».
Es de suponer la sorpresa del escritor apenas
conocido en su patria al recibir esa palabra de fe y lo que
debió pensar en la extraña peregrinación
de las ideas. ¿Por qué no se aposentan en torno
de la cuna en que fueron concebidas? Tan fría es la
acogida que reciben en el nativo solar, tan cruel y pertinaz
es la indiferencia que para ellas se tiene, que, al fin, a
la manera de las aves movidas por el nisus migratorio, emprenden
vuelo hacia climas más propicios.
La posteridad empieza en el extranjero. Ello
es verdad casi siempre. Los hombres, como las obras de arte,
requieren perspectiva para ser apreciados. Esa perspectiva
falta en el propio país hasta que no transcurre una
larga existencia o cuando la muerte extiende su helado manto
de sombra. La gloria póstuma le estaba reservada a
Stendhal.
En Edimburgo indaga Emerson acerca de la vida
de Carlyle, de suerte que antes de llegar a Craigenputtock
ya sabe con qué clase de hombre va a tratar. Distaría
mucho de ser un aristócrata acicalado y displicente,
aburrido y escéptico. El autor de la Vida de Schiller,
nueve años mayor que Emerson, es un auténtico
hijo del pueblo. Ha nacido en Ecclefechan (Escocia). Sus padres
son un rudo albañil y una humilde paisana, que aprende
el alfabeto para leer los libros de su hijo.
Las cartas de Carlyle a su madre son edificantes
y como tales se recomiendan a quienes tienen la tarea de educar.
El obrero albañil, como buen pobre y cristiano, había
cumplido al pie de la letra el precepto evangélico:
se había multiplicado hasta diez veces. No se quejaba
de su suerte, sin embargo. Jamás se le oyó una
lamentación contra el destino. Cuando ocupaba la cabecera
de la mesa rústica y veía en torno de ella a
sus diez descendientes, no perdía la oportunidad de
repetir una frase predilecta, deseoso, sin duda, de grabarla
en el corazón de cuantos le escuchaban: «En el
mundo hay que trabajar, y cuando se hace algo hay que hacerlo
bien». Como notara la afición de Tomás
por los libros, le iluminó la esperanza de que su hijo
fuera pastor de la Iglesia escocesa. Con sólo pensar
en ello el corazón se le inundaba de gozo, porque los
humildes también tienen su orgullo, el más legítimo
de todos, el cual consiste en darle a la sociedad lo que la
sociedad no les ha dado a ellos. Acaso muriera sin sospechar
que Tomás sería algo más que pastor de
almas, gracias a la desviación hacia la literatura,
la filosofía y la historia.
Ralph Waldo Emerson
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Emerson llegó a Craigenputtock el 26 de agosto de 1833.
Carlyle, que se había casado pocos años antes
con Jane Welhs, la hija de un médico, pasaba en ese
desolado país los más afligidos días
de su vida.Cocía ella el pan, cultivaba el jardín
y ayudaba a los menesteres de la casa, mientras escribía
él, preso muchas veces de amargura, las ya extrañas
páginas de Sartor Resartus. Predispuesto a la
melancolía, los días grises le arrancaban graves
reflexiones sobre el destino. Tengo a la vista una carta que
le escribe a la madre ello de octubre: «Estos días
son los más grises y más silenciosos que hasta
la fecha he vivido. Cuando barro las hojas secas, la escoba
podría sentirse a doscientos metros de distancia»...
Empero, cuando en Sartor Resartus describe esa misma
soledad, no es dable leerla sin que nos comunique la impresión
de terror que él ha sentido, no una vez, sino innumerables
veces en seis largos años. Silence as of death
empieza diciendo: «Un silencio de muerte. Nada más
que las rocas de granito tintas en púrpura y el pacífico
murmullo del océano polar, movido Por lenta ondulación
y sobre el cual, en el extremo norte, brilla el gran sol,
bajo y perezoso, como si también él quisiera
adormecerse. ..» En tales momentos la soledad culmina
(ín such moments, solitude is invaluable). Los
años no pasarían en ese desierto sin dejar hondas
huellas. Los días grises, las rocas áridas,
el viento helado del polo, el silencio apenas interrumpido
por los latidos del propio corazón. ¿Y el estómago?
Es cosa averiguada que la dispepsia imprime rasgos indelebles
en la vida y en la obra de Carlyle.
No se requiere imaginación excesiva
para reconstruir la llegada de Emerson a Craigenputtock.
Primero un gran silencio. Después...
-¿De dónde viene usted? -debió de preguntarle
Carlyle, con mal disimulada inquietud.
-Vengo de la vida -pudo contestarle Emerson, serenamente.
Como el visitante no pasaría más
de veinticuatro horas en compañía de los solitarios
esposos, simplificaron los cumplidos en obsequio de la conversación
que deseaban fecunda. Los dos hombres se miraron fijamente
en un principio y cambiaron luego esa mirada de cálida
simpatía, propia de quienes están destinados
a mantener un vínculo perdurable. Emerson explicó
el motivo de su viaje. Un año antes, en Boston, el
azar le depositó en las manos una revista inglesa que
traía un ensayo de Carlyle. Leerlo con avidez y exclamar:
« ¡He aquí un espíritu superior!»,
todo fue uno. Desde entonces no lo perdió de vista.
-Sus ensayos me parecieron los más originales y profundos
de la época. ¿Proseguirá usted por ese
camino? -preguntó Emerson-.Una vez en Europa comprendí
que era mi deber acercarme a usted para decirle: no desfallezca,
continúe...
La plática se anudó armoniosamente,
sin choques de ninguna especie, pues estaban de acuerdo en
dos puntos que consideraban esenciales: el espiritualismo
como norte y los hombres representativos como guías
de la Humanidad. Las disidencias de Emerson vendrían
un poco más tarde, y lo serían de forma más
que de fondo, con motivo de Sartor Resartus.
La impresión que el americano produjo
en Carlyle puede apreciarse en una de sus cartas. El 30 de
agosto de 1833 le escribía a su madre: «La tercera
satisfacción que hemos tenido ha sido la llegada de
cierto joven amigo desconocido, llamado Emerson, de Boston,
que ha dado una vuelta en sus viajes por Inglaterra, Francia
e Italia para venir a verme aquí. Traía una
carta de presentación de Millet... Naturalmente, nosotros
tuvimos que recibirlo bien, en razón de ser, en punto
a persona, uno de los hombres más amables que hemos
visto. Permaneció con nosotros hasta el día
siguiente: habló y escuchó con visible contento,
y se marchó dejándonos verdaderamente apenados
con su partida. Juana dice que es el primer viaje, después
del Diluvio de Noé, que se ha hecho hasta Craigenputtock
con ese fin. Tuvimos una deliciosa jornada de la cual nos
regocijamos».
De este modo se inició la amistad de
dos hombres destinados a ser preclaros. En ciertos momentos
ambas vidas corren paralelas y se prestan de singular manera
a que un Plutarco moderno establezca las afinidades intelectuales
y morales. Mas no es eso lo que más interesa en la
relación amistosa de Carlyle y Emerson. Cuando las
circunstancias cavaron entre los dos un abismo infranqueable,
grande fue el esfuerzo que realizaron para comprenderse y
tolerarse. Carlyle echó a andar Por caminos estrechos,
poco concurridos y erizados de dificultades. Emerson se alejó
por avenidas espaciosas, y aunque en extremo concurridas,
claras y limpias. El escocés asumió maneras
de combatiente huraño y temible. El americano, que
poseía en grado sumo el espíritu gregario, se
sumergió en la placidez de una prédica amable,
convencido acaso de que sin tolerancia no hay trato posible
con los hombres ni probabilidades de hacerlos mejores.
II
Si la armonía de los contrarios es el
resultado de la belleza, según la define Aristóteles,
otro tanto es menester para que sea posible la amistad entre
dos hombres. Cuanto se ha dicho sobre la afinidad espiritual,
la semejanza de gustos e inclinaciones, es verdad, mas no
de una manera absoluta. Desde luego, para que el acercamiento
se produzca se requieren dos culturas equivalentes, pongo
por caso: Montaigne y La Boétie, Goethe y Schiller,
Flaubert y Luis Bouilhet, Carlyle y Emerson. Grande fue la
solidez de los vínculos que unieron a esas almas. Sin
embargo, cuando se penetra en la intimidad de ellas, muchos
aspectos inesperados se advierten, y en algunas circunstancias,
como en el escocés y el americano, sobran motivos para
preguntarnos: ¿a qué milagro se debe esta amistad?
Descontando el ideal que los vincula -el culto del los hombres
representativos-, la divergencia de caracteres y de gustos,
el concepto del mundo y de los hombres en el diario batallar,
de tal modo se oponen que, en las relaciones ordinarias, bastarían
para el alejamiento y la franca repulsión. ¿Por
qué se buscan? ¿Posee el uno lo que al otro
le falta? ¿Se complementan en alguna forma? Me apresuro
a contestar que no se necesitan en lo intelectual. Entonces,
¿dónde hallaremos la explicación de este
vínculo que dura cerca de cuarenta años? Debemos
estudiar, si bien compendiosamente, el episto1ario de ambos.
Allí está, según creo, la revelación
del enigma.
La primera carta es de Emerson, fechada en
Boston, Massachusetts, el 14 de mayo de 1834. El americano
está de retorno en la patria, sano de cuerpo y optimista
de alma. Ha olvidado las cuitas y goza del placer incomparable
de trabajar en su biblioteca, a la que abandonara durante
largos meses. ¡Qué agradable, halagadora y suave
es la compañía de nuestros libros! Ninguna otra,
en lo espiritual, es más reconfortante; silenciosa,
sí, pero invariable, espléndida. La soledad
se fecunda Con los libros; las horas pasan armoniosas y profundas,
y cuando la tarde cae y el crepúsculo llega, se ha
poblado la estancia de venerables sombras. ¿Qué
es una biblioteca sino un mundo a través del cual la
mente ambiciosa se pasea? Emerson es feliz en ese ambiente
de serenidad. Al encanto de la meditación une la dicha
de las pláticas amistosas. No ha sido ni será
nunca de loS que se aíslan en desdeñosa misantropía.
Así como el comercio con los hombres es necesario,
¿qué se ha de hacer con ellos sino comunicarles
lo que pensamos y sentimos? En realidad, no ha dejado de ser
Emerson un pastor de almas, y de ahí es que se sienta
impulsado a catequizar de un modo u otro. Cuando el oyente
no está a su vera, le busca hasta dar con él;
y si la dificultad material de tiempo y lugar se lo impiden,
entonces acude al supremo y evangélico recurso: a la
epístola cara a San Pablo.
Hallamos, pues, en la carta antes aludida,
la primera divergencia fundamental entre ambos escritores.
Se trata de Sartor Resartus, cuya esencia doctrinaria
consiste en la afirmación categórica de que
el bien y el mal tienen raíces profundas en el alma
humana. Lo espiritual, para Carlyle, es lo único que
se nos presenta revestido de realidad, y, en cuanto a lo material,
es una ilusión, una simple apariencia.
Mas el desacuerdo no proviene de este misticismo
en pugna con las teorías mecánicas del universo
y las filosofías que duramente calificara de «cieno».
La falta de conformidad de Emerson radica en la forma absolutamente
nueva que emplea Carlyle para escribir su libro. «El
fondo me encanta -dice el americano-; ahora, en punto a la
forma...» No recurre a circunloquios para expresarle
el estupor que le ha causado, después de la clara y
muy inglesa Vida de Schiller, esa actual manera abstrusa,
ilógica, erizada de paréntesis, afeada con frecuentes
giros y voces germánicos. «¿Se ha visto
alguna vez a un autor de espíritu filantrópico
y prudente valerse de una lengua tan peregrina?» -pregunta
después. Es un error renunciar a la expresión
límpida y accesible. ¿Se propone Carlyle burlarse
del público? «En ese caso debería usted
hacernos conocer en alguno de sus prefacios la teoría
de su retórica. No comprendo por qué estima
usted necesaria la prodigalidad de verdades celestes con ese
estilo truculento que es el suyo. Bacon y Platón tienen
que decir cosas demasiado sólidas para valerse del
tono humorista». Según se ve, Emerson no tiene
en cuenta para nada el amor propio herido, temible, cuando
se trata de un escritor. Sus críticas son agudas y
de vez en vez pudieran considerarse irrespetuosas, sobre todo
cuando califica el Sartor Resartus de «poema
burlesco, teutónico, apocalíptico».
Si esta impresión causa la prosa de
Carlyle en un lector de habla inglesa, bien se adivinan el
estupor y la fatiga mental que asaltan a cuantos pretendemos
avezarnos con las páginas del Sartor o de la
French Revolution. Refiere Taine que en Inglaterra,
cuando acertaba a preguntar por un grande hombre de pensamiento,
todo el mundo estaba de acuerdo en atribuirle esa jerarquía
al historiador escocés, pero al punto aconsejaban no
leerlo. ¿Se proponían de esa suerte ahorrarle
un tormento al prójimo? Sin duda, Carlyle, a fuerza
de abstruso, no es para ser leído por el pueblo.«Confunde
todos los estilos, -observa Taine-, mezcla todas las formas,
acumula las alusiones paganas, las reminiscencias de la Biblia,
las abstracciones alemanas, los términos técnicos,
la poesía, el caló, las matemáticas,
la fisiología, los arcaísmos, los neologismos.
Thomas Carlyle
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Un escritor contemporáneo, J. M. D. Meiklejohn hace
suyo este juicio en su English Lüerature. Y lo
propio Edmund Gosse: «Después de mezcla con un
inglés claro y simple, muy parecido al de Jeffrey,
deliberadamente crea y adopta un lenguaje excéntrico,
de su exclusivo uso, que alcanza la perfección en Sartor
Resartus». Basado en una elección prudente
de ciertas construcciones griegas y germánicas, «logra
producir un efecto irregular, pero constante, de énfasis.
La manera de Carlyle es uno de los más notables ejemplos
de estilo artificial, adoptado pura y simplemente con el fin
de llamar la atención». Es posible, y el propio
Gosse lo reconoce, que ese amaneramiento, a la larga, se convirtiera
en un estado de ánimo, gracias a lo cual terminaría
escriibiendo enfáticamente sin que mediara esfuerzo
para ello.
Cuando se conoce el temple acrimonioso de Carlyle,
es interesante saber cómo recibe las criticas de Emerson
¿Por qué le habla el americano con ese tono?
¿Escudándose en qué títulos recurre
a una franqueza que nadie le ha pedido? Los títulos
de la amistad, ciertamente. Pero esa amistad es harto relativa
e incipiente, pues sólo se han visto una vez en el
espacio de veinticuatro horas Mas aun así y todo, la
fraternidad espiritual no es una llave con la cual se abren
todas las puertas, incluso las de la licencia. La franqueza
no supone el juicio descomedido, la frase hiriente, la falta
de benevolencia. El ser enteramente franco no autoriza a ser
descarnado y rudo.
¿Pensó de esta suerte Carlyle
después de leer la carta de Emerson? Por el contrario,
responde con el tono severo y solemne en él característico,
pero cordial y elevado. Hace memoria de la visita de Emerson
a Craigenputtock. «De cuantas personas visitaron nuestra
ermita -le dice- no hay ninguna que tenga el carácter
a todas luces supraterrestre del suyo, ni más puro
y tranquilo, con intenciones más caritativas»...
Sobre los juicios propiamente dichos, tiene un párrafo
significativo: «Me agradece usted el envío de
«Teufelsdrockh» (Sartor Resartus), aunque
soy yo el que debe agradecerle su juicio cordial, sincero,
si bien excede la medida»... Emerson va demasiado lejos
en la condenación de la forma abstrusa de su gran amigo,
pero Carlyle reconoce el exceso, lo anota, pues no es el caso
de guardar silencio, y lo tolera, porque advierte el fondo
bueno de la intención. Otros le hablarán con
la misma crudeza, pero con mala entraña. La voz de
Emerson suena en sus oídos de un modo especial. «Es
una voz bendita la que nos grita en medio del desaliento,
de la estupidez y de la contradicción: ¡Euge!».
Sí, no duda de que es un leal, invariable amigo el
que le aconseja. Pero lo que él necesita en esa hora
afligida de su vida son palabras blandas y amorosas. Londres
es un monstruo de incomprensión, egoísmo. Le
parece estar rodeado de personas de distinta lengua, de opuestas
aspiraciones. «Nunca se ha visto nada más ingrato
que la tierra sobre la cual ha sido arrojada esta pobre semilla
de Teufelsdrockh. Nadie es capaz de augurarle buena suerte.
Es como para creer que el más triste grano de ortiga
o de cicuta habría sido mejor recibido». Enseguida
expresa lo que piensa de los críticos ingleses y de
los lectores del Fraser's Magazine, a quienes considera,
no ya dignos de desprecio, sino de olvido. El abatimiento
por la falta de estímulo le abruma por las exigencias
de la lucha por la vida. Carlyle confiesa la miseria que le
aflige en un párrafo desolador: «No me condene
usted; he venido a Londres obedeciendo a la más perentoria
de las razones: a buscar pan y trabajo. Las cosas están
en este punto, literalmente, y me veo, además, en presencia
de un porvenir aplastante y sombrío, al que en mis
momentos de equilibrio desafío con buen humor».
La plañidera carta llega a su destino
en momentos de amargura, pues ha muerto un hermano bien amado
de Emerson. Cuando el americano busca consuelo en la soledad,
encuentra el sedante recuerdo del amigo que reside en Inglaterra.
Más que nunca, asoma esta vez el pastor: «Debo
decirle que doy gracias a Dios siempre que su recuerdo de
usted me viene a la mente». Pero necesita decirle algo
más. Ante la carta y el dolor de Carlyle, siente Emerson
el aguijón del remordimiento. Piensa que también
él ha sido excesivo en la apreciación de Sartor,
por lo que puede tener parte de culpa en el desaliento de
su amigo. Se apresura a cantar una honrosa palinodia, y así
lo hace, asegurándole que Sartor en volumen
produce impresión muy distinta de la que se recogía
con la primera lectura en el Fraser's Magazine. Comprende
que no se le deben escatimar palabras de aliento al hombre
que duda. Aplaudir a los que triunfan, mientras se les vuelve
la espalda a los que luchan denodadamente para abrirse camino
en la vida, es incalificable bajeza moral. ¿Que no
han reparado en el libro de Carlyle? Nada de eso le extraña
a Emerson. Pero el silencio de hoy es la celebridad de mañana:
«Los pensamientos de los mejores espíritus terminan
siempre convirtiéndose en la opinión definitiva
de la sociedad» (3).
Thomas Carlyle
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Emerson limita las palabras de aliento. Para remediar los
apuros económicos de Carlyle, lo invita a pronunciar
un ciclo de conferencias en América, y le pide buen
número de ejemplares del Sartor para venderlos
en Boston. A todo lo cual Carlyle responde cumplidamente.
«Un pensamiento amistoso es el más puro regalo
que un hombre puede hacerle a otro hombre», contesta,
y le llama «mi compatriota, pariente y hermano»
(4). Pero el dolor de vivir no decrece con las dificultades.
Ha escrito ya el primer tomo de su gran historia, «ardiente
emanación de mi alma, nacida en tinieblas, trastornos
y tristezas», y siempre que debe mencionarla, «mi
pobre French Revolution», dice. Puede agregar:
mi desventurada Revolución Francesa, por el episodio
en que John Stuart Mill tiene su dramático papel. A
instancias de éste, el escocés le presta un
día el manuscrito de la obra. Poco después vuelve
Mill fuera de sí.
-¿Qué ha pasado? -inquiere Carlyle.
-La criada de Mrs. Taylor, por descuido e ignorancia, ha encendido
el fuego con el manuscrito -responde Mill.
¡Cuántos desvelos, impaciencias,
esperanzas, lecturas y afanosas búsquedas se desvanecían
como por encanto con el inesperado suceso! Es de aquilatar
la pesadumbre de Carlyle, pues el hacer esta clase de hijos
cuesta mucho más que los otros... «Los hijos
de nuestro espíritu son más nuestros -piensa
Montaigne-. Pocos hombres aficionados a la poesía no
se alegrarían más de ser padres de la Eneida
que del más bello joven de Roma» (5) .
¿Es la destrucción de su libro
la que le inspira el voto de renunciar a la literatura? Carlyle
habla de eso poco antes del percance con Mill. En carta a
Emerson le comunica haber concluido el primer tomo de su Historia
y el propósito que le anima de escribir dos volúmenes
para terminar con ella y colgar definitivamente la pluma.
«Nada espero de este trabajo, como no sea libertarme».
Pero este párrafo no es tan claro como el que viene:
«Pienso con frecuencia que una cosa es indiscutible,
a saber: que debo buscar una profesión distinta de
la literatura para los años que puedan restarme de
vida». Ya no abriga ilusiones de ningún género.
Le parece haber visto un signo que le señala otro camino.
Cree haber oído una voz sincera y cordial que le aconseja:
«la literatura no te dará ni pan ni estómago
para digerirlo; abandónala, en nombre del cielo, aunque
tengas que empuñar, en cambio, la Pala y el pico».
Esto es, retornar al lejano pueblo natal, a la convivencia
con la familia rústica, y a usar, como el padre, la
blusa humilde del albañil...
Le parece columbrar ese signo y oír
esa voz, pero el corazón le impone otra norma de conducta,
porque no en vano el hombre se pasa un cuarto de siglo inclinado
sobre los libros y las cuartillas sin dejar en ellos lo mejor
de su vida y afanes. Es algo más que un hábito
adquirido lo que pretende olvidar; es su razón de existencia,
la ligadura que no se corta sin la muerte. Acaba finalmente
por comprenderlo, y vuelve, rehecha la ilusión, a darle
nueva forma a la obra devorada por las llamas.
Carlyle presenta a Johnson, Burns y Rousseau
como a los verdaderos arquetipos del héroe encarnado
en el hombre de letras. Carlyle no lo es menos. Es el héroe
a quien el destino no le ahorra ningún sacrificio.
NOTAS:
(1) Pocos años después le parece poca cosa:
«mi pobre vida de Schiller» -dice Carlyle.
(2) Craigenputtock, en escocés significa croca del
halcón.
(3) Anatole France ha escrito algo semejante: «El
porvenir tiene especial cuidado de realizar los sueños
de los filósofos»
(4) Lo dicho no le impide expresarse en términos
despectivos para el pueblo norteamericano. En carta a la
madre, fechada el 19 de febrero de 1845, suelta esta humorada:
«He aquí un triste pedazo de diario «americano»
que ha llegado el otro día. Puede usted leerlo hasta
que venga el «examiner», y después encienda
la pipa con él. ¡Parece que tengo «una
inmensa nombradía» en América, lo cual,
después de todo, no me causa calor ni frío!.
El buen Emerson nada sabia de esto, como es de suponer...
(5) Carlyle refiere el mismo episodio de este modo: «Recuerdo
todavía la noche en que Stuart Mill vino a decirnos,
pálido como el espectro de Héctor, que mi
desventurado primer volumen habla sido quemado. Fue como
una sentencia de muerte para los dos; debimos mostrar el
aire de tomarlo a la ligera, tan espantoso era el horror
en su semblante, y procuramos hablar de otras cosas. Permaneció
alrededor de tres mortales horas; cuando partió fue
un consuelo para nosotros. ¡Oh! Las muestras de simpatía
que mi pobre mujer me dio entonces; púsome los brazos
en torno del cuello, desolada y amorosa como si fuera un
otro yo más noble aún. Bajo el cielo no hay
nada más hermoso que eso. Velamos hasta tarde sin
dejar de conversar». «Debo escribirlo de nuevo»,
fue la firme resolución... Como prueba de liberal
arrepentimiento, Mill envióme doscientas libras dos
o tres días después, de las que guardé
cien (costo real de la casa durante el tiempo que escribí
el volumen quemado)». CARLYLE, Reminiscencias,
vol. 2.
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