Amistades históricas: Emerson y Carlyle
Por Ricardo Sáenz Hayes

 


Thomas Carlyle
Thomas Carlyle


En los comienzos del siglo XIX vivía en Boston un joven pastor que profesaba como ministro en la Iglesia unitaria. Era suave de maneras y humilde en el trato, de suerte que cuando alguien se le acercaba, era difícil adivinar sus cualidades morales ni su capacidad creadora. A pesar del ambiente rudamente utilitario que le deparó el destino, desde temprano se puso a la tarea de cultivar valores desinteresados. Ralph Waldo Emerson dedica su primer ensayo a la filosofía de Sócrates, y ahonda en el estudio de la obra shakespereana y de los dramaturgos ingleses antiguos. Hacia 1829 su silueta adquiere perfiles más vigorosos y su don de simpatía logra formar una entusiasta camarilla de espíritus afines que lee a Carlyle y a Coleridge, que aprende alemán para conocer a Fitche, a Schelling y a Herder, y francés para familiarizarse con Cousin y Constant. Andando por ese camino le asalta a Emerson una crisis en sus convicciones religiosas. ¿Permanecerá inactivo, en la sombra, sin comunicarles a los demás lo que acontece en su mundo interior? No, no es de esos, ni quiere pasar por lo que ha dejado de ser. Bien madurado el propósito, pronuncia un célebre sermón en el que sostiene dos cosas temerarias: que «los cristianos hacen estériles los dones de Dios» y que los «sacrificios no son más que humo y vanas sombras las ceremonias». Dicho lo cual, con explicable escándalo, se retira. Una repentina desazón le abate el ánimo y la salud del cuerpo se quebranta. En tales condiciones le aconsejan el viejo lenitivo de los viajes. Viajando recobrará , energías. Si el ausentarse puede ser una manera de morir para los demás, a las veces implica para sí mismo un nuevo modo de nacer. ¡Cuántos horizontes de luz se abren para el que se marcha en el momento preciso de creer que el mundo, con las ilusiones, ha concluido para él!

En la Navidad de 1833, con veintiocho años escasos, Emerson toma la ruta de Europa. No se crea que sólo le atraen los lugares que sirvieron de cuna a la civilización. Lleva una esperanza generosa, acariciada de largo tiempo atrás, la cual consiste en acercarse a los hombres representativos. Su espíritu es profundamente cristiano, pero eso no le lleva a concebir una igualdad ciega e injusta de las que mezclan en el mismo plano a los grandes y los pequeños. Antes al contrario, piensa que el concepto de igualdad absoluta es una inmoralidad y un motivo de desaliento. El culto de los espíritus superiores, amén de la justicia que con él se tributa a la energía de los que orientan y crean, es un factor de cultura, de emulación beneficiosa y de mejoramiento social. Al perfeccionarse el hombre común, enaltece el medio que le rodea. La familiaridad con las vidas ejemplares, con las manifestaciones superiores de la inteligencia, del amor, de la voluntad, nos crea una atmósfera ética más pura. Ayuda a vivir y proporciona elementos insospechados de virtud. Tal el caso del buen señor Collignon, cuya tumba visita Emerson en el Pére Lachaise ya la que distingue entre miles por la inscripción de la lápida así concebida: «Vivió para hacer el bien y se hizo virtuoso con los Ensayos de Montaigne».

Una primera desilusión le aguarda en los lugares que fueron memorables centros históricos y de cultura. Peregrina a través de Sicilia y se le turba el alma. ¿Eso es todo lo que esperaba ver? ¿Los teatros reducidos a escombros? ¿Los templos paganos convertidos en catedrales católicas? Pues si eso es todo, es muy poco para él. Emerson tiene el entusiasmo tardío frente a las cosas. Le cuesta desentrañar vida y calor de lo inanimado. Poco imaginativo, no puede en Girgenti evocar el pasado esplendor de la ciudad. Permanece frío en las gradas desiertas del teatro de Siracusa y no le rueda una lágrima de emoción en presencia de esa maravillosa comunión de arte y naturaleza que es el teatro griego de Taormina. No, a él le interesan las ideas más que los objetos, los hombres más que las cosas muertas. Las ruinas de Segesta y Selinonte no le procuran el mismo intenso placer que experimenta cuando estrecha la mano de un gran escritor. Habría deseado penetrar en el santuario de Goethe mientras el dios respiraba su preciosa vida, pero ¡ay!, en el breve espacio de un año han muerto Goethe, Hegel, Cuvier , Walter Scott, Bentham, pérdidas que afligen al mundo pensante y arrancan aquella plañidera exclamación de Heine: «jLos dioses se van!»

Algunos quedan, sin embargo, si bien todavía dioses menores. Emerson se vincula en Londres con John Stuart Mill y con el poeta Coleridge. Conoce luego a Wordsworth en su serena residencia de los lagos ingleses y llega finalmente la hora de satisfacer la gran curiosidad, y quizá el verdadero motivo que le lleva a Europa: hacer el conocimiento personal de Carlyle.

¿Quién es Carlyle? Ha preguntado en los círculos literarios londinenses y apenas le conocen. Es verdad que ha Publicado una Vida de Schiller (1). Algunos, muy raros, han visto ese nombre impreso en las páginas del Fraser's Magazine, o en la Edinburgh Review. Aseguran otros que se trata de un Oscuro profesor de matemáticas que suele traducir, en horas de ocio, las obras de Goethe. Es la versión del Wilhelm Meister, dada a la estampa en 1824.

Emerson lleva adelante las indagaciones con tan escaso éxito iniciadas, hasta que logra las señas del escritor. Carlyle no vive en Londres, sino en una lejana región del norte de Escocia, en Craigenputtock (2). Pero las distancias no existen para el fervor del joven americano.

Se había propuesto estrechar la mano del hombre que admiraba y en cuyo porvenir depositaba una luminosa esperanza. Antes de ponerse en camino consideró oportuno escribirle. ¿Qué es lo que le diría? Le admiro a usted y por eso he venido de tan lejos... Le pareció frívolo, infantil. Sin embargo, algo que le llenaba el corazón tenía que decirle. Sin vacilar más, le escribió lo que sigue: «No desmaye; su palabra ha sido escuchada en los confines de la tierra por hombres muy modestos: ella estimula y triunfa». Carlyle se limitó a contestar: «Lo esperamos a usted».

Es de suponer la sorpresa del escritor apenas conocido en su patria al recibir esa palabra de fe y lo que debió pensar en la extraña peregrinación de las ideas. ¿Por qué no se aposentan en torno de la cuna en que fueron concebidas? Tan fría es la acogida que reciben en el nativo solar, tan cruel y pertinaz es la indiferencia que para ellas se tiene, que, al fin, a la manera de las aves movidas por el nisus migratorio, emprenden vuelo hacia climas más propicios.

La posteridad empieza en el extranjero. Ello es verdad casi siempre. Los hombres, como las obras de arte, requieren perspectiva para ser apreciados. Esa perspectiva falta en el propio país hasta que no transcurre una larga existencia o cuando la muerte extiende su helado manto de sombra. La gloria póstuma le estaba reservada a Stendhal.

En Edimburgo indaga Emerson acerca de la vida de Carlyle, de suerte que antes de llegar a Craigenputtock ya sabe con qué clase de hombre va a tratar. Distaría mucho de ser un aristócrata acicalado y displicente, aburrido y escéptico. El autor de la Vida de Schiller, nueve años mayor que Emerson, es un auténtico hijo del pueblo. Ha nacido en Ecclefechan (Escocia). Sus padres son un rudo albañil y una humilde paisana, que aprende el alfabeto para leer los libros de su hijo.

Las cartas de Carlyle a su madre son edificantes y como tales se recomiendan a quienes tienen la tarea de educar. El obrero albañil, como buen pobre y cristiano, había cumplido al pie de la letra el precepto evangélico: se había multiplicado hasta diez veces. No se quejaba de su suerte, sin embargo. Jamás se le oyó una lamentación contra el destino. Cuando ocupaba la cabecera de la mesa rústica y veía en torno de ella a sus diez descendientes, no perdía la oportunidad de repetir una frase predilecta, deseoso, sin duda, de grabarla en el corazón de cuantos le escuchaban: «En el mundo hay que trabajar, y cuando se hace algo hay que hacerlo bien». Como notara la afición de Tomás por los libros, le iluminó la esperanza de que su hijo fuera pastor de la Iglesia escocesa. Con sólo pensar en ello el corazón se le inundaba de gozo, porque los humildes también tienen su orgullo, el más legítimo de todos, el cual consiste en darle a la sociedad lo que la sociedad no les ha dado a ellos. Acaso muriera sin sospechar que Tomás sería algo más que pastor de almas, gracias a la desviación hacia la literatura, la filosofía y la historia.

Ralph Waldo Emerson
Ralph Waldo Emerson


Emerson llegó a Craigenputtock el 26 de agosto de 1833. Carlyle, que se había casado pocos años antes con Jane Welhs, la hija de un médico, pasaba en ese desolado país los más afligidos días de su vida.Cocía ella el pan, cultivaba el jardín y ayudaba a los menesteres de la casa, mientras escribía él, preso muchas veces de amargura, las ya extrañas páginas de Sartor Resartus. Predispuesto a la melancolía, los días grises le arrancaban graves reflexiones sobre el destino. Tengo a la vista una carta que le escribe a la madre ello de octubre: «Estos días son los más grises y más silenciosos que hasta la fecha he vivido. Cuando barro las hojas secas, la escoba podría sentirse a doscientos metros de distancia»... Empero, cuando en Sartor Resartus describe esa misma soledad, no es dable leerla sin que nos comunique la impresión de terror que él ha sentido, no una vez, sino innumerables veces en seis largos años. Silence as of death empieza diciendo: «Un silencio de muerte. Nada más que las rocas de granito tintas en púrpura y el pacífico murmullo del océano polar, movido Por lenta ondulación y sobre el cual, en el extremo norte, brilla el gran sol, bajo y perezoso, como si también él quisiera adormecerse. ..» En tales momentos la soledad culmina (ín such moments, solitude is invaluable). Los años no pasarían en ese desierto sin dejar hondas huellas. Los días grises, las rocas áridas, el viento helado del polo, el silencio apenas interrumpido por los latidos del propio corazón. ¿Y el estómago? Es cosa averiguada que la dispepsia imprime rasgos indelebles en la vida y en la obra de Carlyle.

No se requiere imaginación excesiva para reconstruir la llegada de Emerson a Craigenputtock.
Primero un gran silencio. Después...
-¿De dónde viene usted? -debió de preguntarle Carlyle, con mal disimulada inquietud.
-Vengo de la vida -pudo contestarle Emerson, serenamente.

Como el visitante no pasaría más de veinticuatro horas en compañía de los solitarios esposos, simplificaron los cumplidos en obsequio de la conversación que deseaban fecunda. Los dos hombres se miraron fijamente en un principio y cambiaron luego esa mirada de cálida simpatía, propia de quienes están destinados a mantener un vínculo perdurable. Emerson explicó el motivo de su viaje. Un año antes, en Boston, el azar le depositó en las manos una revista inglesa que traía un ensayo de Carlyle. Leerlo con avidez y exclamar: « ¡He aquí un espíritu superior!», todo fue uno. Desde entonces no lo perdió de vista.
-Sus ensayos me parecieron los más originales y profundos de la época. ¿Proseguirá usted por ese camino? -preguntó Emerson-.Una vez en Europa comprendí que era mi deber acercarme a usted para decirle: no desfallezca, continúe...

La plática se anudó armoniosamente, sin choques de ninguna especie, pues estaban de acuerdo en dos puntos que consideraban esenciales: el espiritualismo como norte y los hombres representativos como guías de la Humanidad. Las disidencias de Emerson vendrían un poco más tarde, y lo serían de forma más que de fondo, con motivo de Sartor Resartus.

La impresión que el americano produjo en Carlyle puede apreciarse en una de sus cartas. El 30 de agosto de 1833 le escribía a su madre: «La tercera satisfacción que hemos tenido ha sido la llegada de cierto joven amigo desconocido, llamado Emerson, de Boston, que ha dado una vuelta en sus viajes por Inglaterra, Francia e Italia para venir a verme aquí. Traía una carta de presentación de Millet... Naturalmente, nosotros tuvimos que recibirlo bien, en razón de ser, en punto a persona, uno de los hombres más amables que hemos visto. Permaneció con nosotros hasta el día siguiente: habló y escuchó con visible contento, y se marchó dejándonos verdaderamente apenados con su partida. Juana dice que es el primer viaje, después del Diluvio de Noé, que se ha hecho hasta Craigenputtock con ese fin. Tuvimos una deliciosa jornada de la cual nos regocijamos».

De este modo se inició la amistad de dos hombres destinados a ser preclaros. En ciertos momentos ambas vidas corren paralelas y se prestan de singular manera a que un Plutarco moderno establezca las afinidades intelectuales y morales. Mas no es eso lo que más interesa en la relación amistosa de Carlyle y Emerson. Cuando las circunstancias cavaron entre los dos un abismo infranqueable, grande fue el esfuerzo que realizaron para comprenderse y tolerarse. Carlyle echó a andar Por caminos estrechos, poco concurridos y erizados de dificultades. Emerson se alejó por avenidas espaciosas, y aunque en extremo concurridas, claras y limpias. El escocés asumió maneras de combatiente huraño y temible. El americano, que poseía en grado sumo el espíritu gregario, se sumergió en la placidez de una prédica amable, convencido acaso de que sin tolerancia no hay trato posible con los hombres ni probabilidades de hacerlos mejores.


II

Si la armonía de los contrarios es el resultado de la belleza, según la define Aristóteles, otro tanto es menester para que sea posible la amistad entre dos hombres. Cuanto se ha dicho sobre la afinidad espiritual, la semejanza de gustos e inclinaciones, es verdad, mas no de una manera absoluta. Desde luego, para que el acercamiento se produzca se requieren dos culturas equivalentes, pongo por caso: Montaigne y La Boétie, Goethe y Schiller, Flaubert y Luis Bouilhet, Carlyle y Emerson. Grande fue la solidez de los vínculos que unieron a esas almas. Sin embargo, cuando se penetra en la intimidad de ellas, muchos aspectos inesperados se advierten, y en algunas circunstancias, como en el escocés y el americano, sobran motivos para preguntarnos: ¿a qué milagro se debe esta amistad? Descontando el ideal que los vincula -el culto del los hombres representativos-, la divergencia de caracteres y de gustos, el concepto del mundo y de los hombres en el diario batallar, de tal modo se oponen que, en las relaciones ordinarias, bastarían para el alejamiento y la franca repulsión. ¿Por qué se buscan? ¿Posee el uno lo que al otro le falta? ¿Se complementan en alguna forma? Me apresuro a contestar que no se necesitan en lo intelectual. Entonces, ¿dónde hallaremos la explicación de este vínculo que dura cerca de cuarenta años? Debemos estudiar, si bien compendiosamente, el episto1ario de ambos. Allí está, según creo, la revelación del enigma.

La primera carta es de Emerson, fechada en Boston, Massachusetts, el 14 de mayo de 1834. El americano está de retorno en la patria, sano de cuerpo y optimista de alma. Ha olvidado las cuitas y goza del placer incomparable de trabajar en su biblioteca, a la que abandonara durante largos meses. ¡Qué agradable, halagadora y suave es la compañía de nuestros libros! Ninguna otra, en lo espiritual, es más reconfortante; silenciosa, sí, pero invariable, espléndida. La soledad se fecunda Con los libros; las horas pasan armoniosas y profundas, y cuando la tarde cae y el crepúsculo llega, se ha poblado la estancia de venerables sombras. ¿Qué es una biblioteca sino un mundo a través del cual la mente ambiciosa se pasea? Emerson es feliz en ese ambiente de serenidad. Al encanto de la meditación une la dicha de las pláticas amistosas. No ha sido ni será nunca de loS que se aíslan en desdeñosa misantropía. Así como el comercio con los hombres es necesario, ¿qué se ha de hacer con ellos sino comunicarles lo que pensamos y sentimos? En realidad, no ha dejado de ser Emerson un pastor de almas, y de ahí es que se sienta impulsado a catequizar de un modo u otro. Cuando el oyente no está a su vera, le busca hasta dar con él; y si la dificultad material de tiempo y lugar se lo impiden, entonces acude al supremo y evangélico recurso: a la epístola cara a San Pablo.

Hallamos, pues, en la carta antes aludida, la primera divergencia fundamental entre ambos escritores. Se trata de Sartor Resartus, cuya esencia doctrinaria consiste en la afirmación categórica de que el bien y el mal tienen raíces profundas en el alma humana. Lo espiritual, para Carlyle, es lo único que se nos presenta revestido de realidad, y, en cuanto a lo material, es una ilusión, una simple apariencia.

Mas el desacuerdo no proviene de este misticismo en pugna con las teorías mecánicas del universo y las filosofías que duramente calificara de «cieno». La falta de conformidad de Emerson radica en la forma absolutamente nueva que emplea Carlyle para escribir su libro. «El fondo me encanta -dice el americano-; ahora, en punto a la forma...» No recurre a circunloquios para expresarle el estupor que le ha causado, después de la clara y muy inglesa Vida de Schiller, esa actual manera abstrusa, ilógica, erizada de paréntesis, afeada con frecuentes giros y voces germánicos. «¿Se ha visto alguna vez a un autor de espíritu filantrópico y prudente valerse de una lengua tan peregrina?» -pregunta después. Es un error renunciar a la expresión límpida y accesible. ¿Se propone Carlyle burlarse del público? «En ese caso debería usted hacernos conocer en alguno de sus prefacios la teoría de su retórica. No comprendo por qué estima usted necesaria la prodigalidad de verdades celestes con ese estilo truculento que es el suyo. Bacon y Platón tienen que decir cosas demasiado sólidas para valerse del tono humorista». Según se ve, Emerson no tiene en cuenta para nada el amor propio herido, temible, cuando se trata de un escritor. Sus críticas son agudas y de vez en vez pudieran considerarse irrespetuosas, sobre todo cuando califica el Sartor Resartus de «poema burlesco, teutónico, apocalíptico».

Si esta impresión causa la prosa de Carlyle en un lector de habla inglesa, bien se adivinan el estupor y la fatiga mental que asaltan a cuantos pretendemos avezarnos con las páginas del Sartor o de la French Revolution. Refiere Taine que en Inglaterra, cuando acertaba a preguntar por un grande hombre de pensamiento, todo el mundo estaba de acuerdo en atribuirle esa jerarquía al historiador escocés, pero al punto aconsejaban no leerlo. ¿Se proponían de esa suerte ahorrarle un tormento al prójimo? Sin duda, Carlyle, a fuerza de abstruso, no es para ser leído por el pueblo.«Confunde todos los estilos, -observa Taine-, mezcla todas las formas, acumula las alusiones paganas, las reminiscencias de la Biblia, las abstracciones alemanas, los términos técnicos, la poesía, el caló, las matemáticas, la fisiología, los arcaísmos, los neologismos.

Thomas Carlyle
Thomas Carlyle


Un escritor contemporáneo, J. M. D. Meiklejohn hace suyo este juicio en su English Lüerature. Y lo propio Edmund Gosse: «Después de mezcla con un inglés claro y simple, muy parecido al de Jeffrey, deliberadamente crea y adopta un lenguaje excéntrico, de su exclusivo uso, que alcanza la perfección en Sartor Resartus». Basado en una elección prudente de ciertas construcciones griegas y germánicas, «logra producir un efecto irregular, pero constante, de énfasis. La manera de Carlyle es uno de los más notables ejemplos de estilo artificial, adoptado pura y simplemente con el fin de llamar la atención». Es posible, y el propio Gosse lo reconoce, que ese amaneramiento, a la larga, se convirtiera en un estado de ánimo, gracias a lo cual terminaría escriibiendo enfáticamente sin que mediara esfuerzo para ello.

Cuando se conoce el temple acrimonioso de Carlyle, es interesante saber cómo recibe las criticas de Emerson ¿Por qué le habla el americano con ese tono? ¿Escudándose en qué títulos recurre a una franqueza que nadie le ha pedido? Los títulos de la amistad, ciertamente. Pero esa amistad es harto relativa e incipiente, pues sólo se han visto una vez en el espacio de veinticuatro horas Mas aun así y todo, la fraternidad espiritual no es una llave con la cual se abren todas las puertas, incluso las de la licencia. La franqueza no supone el juicio descomedido, la frase hiriente, la falta de benevolencia. El ser enteramente franco no autoriza a ser descarnado y rudo.

¿Pensó de esta suerte Carlyle después de leer la carta de Emerson? Por el contrario, responde con el tono severo y solemne en él característico, pero cordial y elevado. Hace memoria de la visita de Emerson a Craigenputtock. «De cuantas personas visitaron nuestra ermita -le dice- no hay ninguna que tenga el carácter a todas luces supraterrestre del suyo, ni más puro y tranquilo, con intenciones más caritativas»... Sobre los juicios propiamente dichos, tiene un párrafo significativo: «Me agradece usted el envío de «Teufelsdrockh» (Sartor Resartus), aunque soy yo el que debe agradecerle su juicio cordial, sincero, si bien excede la medida»... Emerson va demasiado lejos en la condenación de la forma abstrusa de su gran amigo, pero Carlyle reconoce el exceso, lo anota, pues no es el caso de guardar silencio, y lo tolera, porque advierte el fondo bueno de la intención. Otros le hablarán con la misma crudeza, pero con mala entraña. La voz de Emerson suena en sus oídos de un modo especial. «Es una voz bendita la que nos grita en medio del desaliento, de la estupidez y de la contradicción: ¡Euge!». Sí, no duda de que es un leal, invariable amigo el que le aconseja. Pero lo que él necesita en esa hora afligida de su vida son palabras blandas y amorosas. Londres es un monstruo de incomprensión, egoísmo. Le parece estar rodeado de personas de distinta lengua, de opuestas aspiraciones. «Nunca se ha visto nada más ingrato que la tierra sobre la cual ha sido arrojada esta pobre semilla de Teufelsdrockh. Nadie es capaz de augurarle buena suerte. Es como para creer que el más triste grano de ortiga o de cicuta habría sido mejor recibido». Enseguida expresa lo que piensa de los críticos ingleses y de los lectores del Fraser's Magazine, a quienes considera, no ya dignos de desprecio, sino de olvido. El abatimiento por la falta de estímulo le abruma por las exigencias de la lucha por la vida. Carlyle confiesa la miseria que le aflige en un párrafo desolador: «No me condene usted; he venido a Londres obedeciendo a la más perentoria de las razones: a buscar pan y trabajo. Las cosas están en este punto, literalmente, y me veo, además, en presencia de un porvenir aplastante y sombrío, al que en mis momentos de equilibrio desafío con buen humor».

La plañidera carta llega a su destino en momentos de amargura, pues ha muerto un hermano bien amado de Emerson. Cuando el americano busca consuelo en la soledad, encuentra el sedante recuerdo del amigo que reside en Inglaterra. Más que nunca, asoma esta vez el pastor: «Debo decirle que doy gracias a Dios siempre que su recuerdo de usted me viene a la mente». Pero necesita decirle algo más. Ante la carta y el dolor de Carlyle, siente Emerson el aguijón del remordimiento. Piensa que también él ha sido excesivo en la apreciación de Sartor, por lo que puede tener parte de culpa en el desaliento de su amigo. Se apresura a cantar una honrosa palinodia, y así lo hace, asegurándole que Sartor en volumen produce impresión muy distinta de la que se recogía con la primera lectura en el Fraser's Magazine. Comprende que no se le deben escatimar palabras de aliento al hombre que duda. Aplaudir a los que triunfan, mientras se les vuelve la espalda a los que luchan denodadamente para abrirse camino en la vida, es incalificable bajeza moral. ¿Que no han reparado en el libro de Carlyle? Nada de eso le extraña a Emerson. Pero el silencio de hoy es la celebridad de mañana: «Los pensamientos de los mejores espíritus terminan siempre convirtiéndose en la opinión definitiva de la sociedad» (3).

Thomas Carlyle
Thomas Carlyle


Emerson limita las palabras de aliento. Para remediar los apuros económicos de Carlyle, lo invita a pronunciar un ciclo de conferencias en América, y le pide buen número de ejemplares del Sartor para venderlos en Boston. A todo lo cual Carlyle responde cumplidamente. «Un pensamiento amistoso es el más puro regalo que un hombre puede hacerle a otro hombre», contesta, y le llama «mi compatriota, pariente y hermano» (4). Pero el dolor de vivir no decrece con las dificultades. Ha escrito ya el primer tomo de su gran historia, «ardiente emanación de mi alma, nacida en tinieblas, trastornos y tristezas», y siempre que debe mencionarla, «mi pobre French Revolution», dice. Puede agregar: mi desventurada Revolución Francesa, por el episodio en que John Stuart Mill tiene su dramático papel. A instancias de éste, el escocés le presta un día el manuscrito de la obra. Poco después vuelve Mill fuera de sí.
-¿Qué ha pasado? -inquiere Carlyle.
-La criada de Mrs. Taylor, por descuido e ignorancia, ha encendido el fuego con el manuscrito -responde Mill.

¡Cuántos desvelos, impaciencias, esperanzas, lecturas y afanosas búsquedas se desvanecían como por encanto con el inesperado suceso! Es de aquilatar la pesadumbre de Carlyle, pues el hacer esta clase de hijos cuesta mucho más que los otros... «Los hijos de nuestro espíritu son más nuestros -piensa Montaigne-. Pocos hombres aficionados a la poesía no se alegrarían más de ser padres de la Eneida que del más bello joven de Roma» (5) .

¿Es la destrucción de su libro la que le inspira el voto de renunciar a la literatura? Carlyle habla de eso poco antes del percance con Mill. En carta a Emerson le comunica haber concluido el primer tomo de su Historia y el propósito que le anima de escribir dos volúmenes para terminar con ella y colgar definitivamente la pluma. «Nada espero de este trabajo, como no sea libertarme». Pero este párrafo no es tan claro como el que viene: «Pienso con frecuencia que una cosa es indiscutible, a saber: que debo buscar una profesión distinta de la literatura para los años que puedan restarme de vida». Ya no abriga ilusiones de ningún género. Le parece haber visto un signo que le señala otro camino. Cree haber oído una voz sincera y cordial que le aconseja: «la literatura no te dará ni pan ni estómago para digerirlo; abandónala, en nombre del cielo, aunque tengas que empuñar, en cambio, la Pala y el pico». Esto es, retornar al lejano pueblo natal, a la convivencia con la familia rústica, y a usar, como el padre, la blusa humilde del albañil...

Le parece columbrar ese signo y oír esa voz, pero el corazón le impone otra norma de conducta, porque no en vano el hombre se pasa un cuarto de siglo inclinado sobre los libros y las cuartillas sin dejar en ellos lo mejor de su vida y afanes. Es algo más que un hábito adquirido lo que pretende olvidar; es su razón de existencia, la ligadura que no se corta sin la muerte. Acaba finalmente por comprenderlo, y vuelve, rehecha la ilusión, a darle nueva forma a la obra devorada por las llamas.

Carlyle presenta a Johnson, Burns y Rousseau como a los verdaderos arquetipos del héroe encarnado en el hombre de letras. Carlyle no lo es menos. Es el héroe a quien el destino no le ahorra ningún sacrificio.



NOTAS:

(1) Pocos años después le parece poca cosa: «mi pobre vida de Schiller» -dice Carlyle.
(2) Craigenputtock, en escocés significa croca del halcón.
(3) Anatole France ha escrito algo semejante: «El porvenir tiene especial cuidado de realizar los sueños de los filósofos»
(4) Lo dicho no le impide expresarse en términos despectivos para el pueblo norteamericano. En carta a la madre, fechada el 19 de febrero de 1845, suelta esta humorada: «He aquí un triste pedazo de diario «americano» que ha llegado el otro día. Puede usted leerlo hasta que venga el «examiner», y después encienda la pipa con él. ¡Parece que tengo «una inmensa nombradía» en América, lo cual, después de todo, no me causa calor ni frío!. El buen Emerson nada sabia de esto, como es de suponer...
(5) Carlyle refiere el mismo episodio de este modo: «Recuerdo todavía la noche en que Stuart Mill vino a decirnos, pálido como el espectro de Héctor, que mi desventurado primer volumen habla sido quemado. Fue como una sentencia de muerte para los dos; debimos mostrar el aire de tomarlo a la ligera, tan espantoso era el horror en su semblante, y procuramos hablar de otras cosas. Permaneció alrededor de tres mortales horas; cuando partió fue un consuelo para nosotros. ¡Oh! Las muestras de simpatía que mi pobre mujer me dio entonces; púsome los brazos en torno del cuello, desolada y amorosa como si fuera un otro yo más noble aún. Bajo el cielo no hay nada más hermoso que eso. Velamos hasta tarde sin dejar de conversar». «Debo escribirlo de nuevo», fue la firme resolución... Como prueba de liberal arrepentimiento, Mill envióme doscientas libras dos o tres días después, de las que guardé cien (costo real de la casa durante el tiempo que escribí el volumen quemado)». CARLYLE, Reminiscencias, vol. 2.




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