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A Brunilda Schubert
la luz no entra, la luz se aplasta contra el vidrio
sucio, el vidrio es un ventanal, afuera, entre las macetas
y los helechos, hay una pelota quieta, y baldosas sosteniendo
a la pelota quieta, y humedad, en un rincón, la mancha
de humedad que va trepando en silencio, un silencio descompuesto,
sucio, convulsionado, torcido, atorrante, el silencio de la
muerte, estamos muertos, no hay otra cosa que decir, si no
me pongo a escribir, si no tomo el lápiz, seguiré
estando muerto, seguiré sosteniendo el silencio, seré
parte del mundo de la pelota, de las macetas con helechos,
de las baldosas que soportan todo, creceré mudo, como
la mancha de humedad, me expandiré, treparé
hasta ver que del otro lado también hay muchas manchas,
todos ahora estamos muertos quiero escribir en la pared del
patio, pero no hay luz, todos ahora estamos muertos, somos
silenciosas manchas de humedad, la muerte hoy, en este espacio
exagerado, es una mancha de humedad expandiéndose por
una pared sin revoque, y eso es así, porque a mí
se me antoja que sea así, entonces quiero dejar de
ser muerte, quiero tomar el lápiz y escribir, escribo
que soy mosca, escribo, yo, Pajarito Lernú, que soy
mosca, que soy una mosca que da vueltas, quiero escribir una
frase que desate un nudo, y que sea una frase: un mundo expandido
hacia la nada, que explique sin explicar, que trace el relieve
de las cosas más feas, más pequeñas,
más endurecidas por el miedo y el fracaso
" - ¡Eh, Picho ! ¿Recuerdas
aquel ombligo... aquel
ombligo ? ¡Picho, Picho, Picho !, ¿recuerdas
el
ombligo sobre el Prado Verde ? ¿Ombligo ?
¿Ombligo, Picho, dónde está ?"
Ferdydurke. Gombrowicz.
- La mosca revuelve el aire porque es mosca - dice Aló
cuando ve aparecer a Ben, y después camina con lentitud
hasta el arbusto, agachando la cabeza, mirando el piso.
Ben se detiene detrás de un banquito de madera, ubicado
entre el arbusto que demarca el final de la quinta, y un montículo
de tierra sobre la vieja calle abandonada.
La música suena retardada. Llega sorda y constante
desde la Casa: porque ellos están afuera de la quinta,
afuera de la fiesta, cerca de las vías. Sus oídos
ya se han acostumbrado a escuchar la música como fondo,
a compartir ese sonido, que es indescifrable, con el de la
noche.
Hay una luna partida como un diente. Ben la mira, piensa que
es un diente, una muela rota. Se arremanga los pantalones
y se saca los zapatos. Los deja tirados en un costado. Se
sienta en el banquito.
- Jodida doctrina la de... ¡la concha de la lora, Aló!
; no puedo ser tan salvaje, ya sé, no puedo, los extremos,
pero ¿tengo que explicártelo todavía?
No, perdoname, vos. Sabés cómo me pongo, mis
extremos, me deliro, pero
no, no puedo permitirme decir
semejantes cosas, Aló, por favor, perdoname...digo
cosas que no sé si pienso o siento de verdad: ya sé,
no es lo mismo sentir que pensar, pero en ese instante la
cosa te arrastra, la palabra-cosa te arrastra, y se siente
que viene subiendo y no se hace nada desde uno para desbaratar
el torbellino.
- La mosca revuelve el aire porque es mosca.
Aló se para junto al arbusto, dándole la espalda
a Ben que se sostiene la cara con las dos manos, y piensa
desorbitado. Ahora Aló se quita la camisa, está
mirando la Casa.
- ¿Hasta que hora durará todo? - pregunta Ben
después de un tiempo, para romper el silencio filoso
que lo apura.
- La mosca revuelve el aire porque es mosca - contesta Aló,
sacándose los pantalones y quedándose en calzoncillos.
Ben lo mira por encima de sus hombros. Se para. Camina hacia
él.
- Los extremos, Aló, ya sabés, me exaspero...
- La mosca revuelve...(un ruido seguido de carcajadas - proveniente
de la Casa, que proyecta ráfagas de luces que llegan
hasta donde ellos están - los atrae, quedan en silencio,
mirando en dirección a la Casa ; la música se
interrumpe por un instante, sienten el profundo silencio de
la noche que se apodera de sus oídos: Ben siente que
eso lo lastima, arruga la cara, se lleva las manos hasta los
oídos, pero pronto vuelve el murmullo ahogado, y unos
tenues aplausos; Aló aprovecha y orina largo contra
los arbustos, después guarda el miembro y concluye
entonces la frase) ... el aire porque es mosca.
Al pie del arbusto se ha formado un lago amarillo.
- Te das cuenta - dice Ben sentado de vuelta en el banquito,
mientras se rasca la panza - anoche, cuando Brusela se fue,
hubo un instante, creo que fue el aire, la mezcla, una cosa
rara, esa fusión me hizo oler a Monte Verde, a eucaliptus,
a sueño, a caminito sinuoso, a margaritas silvestres,
a panaderos desplumados, a panza de Archó al sol, a
naranja de ombligo apretada contra la boca de Archó
padre, a filamento de naranja colgando entre los sucios dientes
de Archó padre, a sol rajándonos la nuca, a
perro agusanado, a balsa, a ribera del Salado, otra vez a
sueño, a ráfaga de viento caliente en una siesta
bajo un árbol viejo. Anoche cuando Brusela cruzaba
el puente, yo me senté en la hamaca y pensé
en la hazaña frustrada.
Quedan en silencio. Aló gira el cuerpo, tose, se pasa
la mano por la entrepierna.
- No sabía que habías vuelto a ver a Brusela
- dice en un tono seco y desinteresado.
Ben se queda en silencio. Trata de desenredar la tensión
del momento, concentrándose en el vuelo de una mosca,
que ahora se posa sobre el montículo de tierra y se
pierde en la oscuridad.
- La oscuridad nos hace olvidar de todo - dice Ben viéndose
en la obligación de decir algo interesante. Pronto
ambos advierten la ridiculez que encierran esas palabras,
y murmuran unas sonrisas apagadas. Parecen distenderse ahora.
Pero Aló, con furia, rompe la noche.
- ¡Hay que matarla! - grita desorbitado - es ella la
maldita desgracia.
Se arrodilla, junta con las manos tierra suelta y se la tira
en su propia cara. Se hace una bola. Está quebrado
en el suelo. Con la cabeza hundida en su pecho.
- ¡Maldito hijo de puta!, ¡otra vez con eso! -
Ben se para, intenta enfrentarlo, pero lo ve caído,
arruinado.
La música se vuelve a detener. Unas risas.
Ambos miran hacia la Casa. Esta vez el silencio es más
largo. También se apagan unas luces y rápidamente
se encienden. La música vuelve a escucharse, seguida
por unos débiles aplausos.
Ben camina metiéndose las manos en los bolsillos, parece
que revuelve el piso de tierra con sus pies desnudos en busca
de algo. Va y viene. Será por eso que le llamará
más la atención lo de la foto. Enseguida se
arrodilla junto a Aló y susurrándole al oído
dice.
- Maldito hijo de puta, no entendés que ella sigue
dándome vida y paz : vida y paz.
- Pero qué decís - grita Aló levantando
la cabeza, mostrando la cara embarrada, la triste mezcla de
las lágrimas y la tierra -, de qué paz me hablás
desgraciado, pero ¿siempre tenemos que terminar diciéndonos
las mismas cosas?, ¿eh?, no te das cuenta que soy yo
el que tiene que aguantarte. Ben, no te soporto más,
amigo, no te soporto más.
Hay un silencio pesado y angustioso. Ben se siente con culpa.
Vuelve a caminar hasta el banquito.
- Después de todo no dejo de pensar en ella... no creo
que sea ella la culpable, la culpa es enteramente mía
- dice Ben levantando cada vez más el tono de la voz
- ¡la culpa es enteramente mía ! ¡la culpa
está acá ! ¡acá ! en el interior
de mi cráneo, ¡acá ! .
Grita. Se toma la cabeza con las manos desesperado, y se da
contra el arbusto.
- ¡Acá ! - dice, agitado - ¡acá!,
apretada contra las paredes del cráneo, ¡pura
hija de puta !, ¡culpa hija de puta!
Después cae al suelo, junto a Aló que sigue
quebrado en la tierra.
Pasado un rato, Aló levanta la cabeza y dice.
- La mosca revuelve el aire porque es mosca.
La música comienza a perder fuerza. Ben
se arrastra hasta la calle vieja. Aló se para y camina
hasta el banquito. Mira el cielo. Un pájaro vuela rasante.
Ben busca en el montículo de tierra a la mosca. No
ve nada. Entonces se arrodilla. Extiende su mano derecha y
la pone delante de su cara.
- Alguna vez creí que el dedo gordo de la mano, por
ser gordo y corto, era marginado: fijate, está solo,
a un costado, apuntando para otro lado, y aunque intente estar
con los demás no logra hacerlo bien, mirá, le
cuesta integrarse, llegar a ser una unidad. Pero después
creí que gracias a ese dedo marginado pudimos llegar
a ser humanos.
- Malditos hijos de puta ... los humanos - dice Aló
que está sentado en el banquito.
Ben lo mira, se para, corre hasta donde está Aló
y le pega una cachetada con la mano que se estaba analizando.
Aló no llora. Ben vuelve a pegarle, esta vez con más
fuerza. Aló no reacciona. Se lleva el dedo gordo a
la boca y comienza a chuparlo. Después pregunta.
- ¿Estará la balsa todavía en la casa
de Archó?
Ben se pone a llorar. Y entre llantos dice:
- No puedo hacerte esto, te das cuenta, los extremos, no puedo
hacerte esto... yo tengo la culpa, yo fui el que volvió
a pensar y el pensar trajo el recuerdo como las olas a un
cadáver.
Ben se arrodilla a los pies de Aló. Lo abraza. Aló
se chupa el dedo y acaricia el pelo de Ben.
- Yo soñé la noche anterior - dice Aló
- vi un cielo tan remoto, celeste, tan fuerte y claro ; vi
un río parejo y preciso corriendo lento ; vi flores
al costado ; era un viaje en paz, y al llegar a mitad del
camino me sentí emocionado, porque todo se estaba realizando
tan maravillosamente, y entonces corrí y te abracé
y lloré y luego abracé a Archó, y pude
abrazar también a Brusela que comía un sandwich
de queso en un costado de la balsa ; ella tenía los
pies desnudos, pies más bellos jamás he visto,
tenía un sombrero de paja que le echaba un cono de
sombra sobre media cara, y llevaba puesto un vestidito floreado,
holgado, sueltito, por eso se le veían las tetitas
nacientes paraditas, y el cuerpo bronceado era envuelto por
el viento sudoroso de enero, entonces no pude hacer más
que abrazarla y besarle suavemente el cuello ; sentí
su piel tibia, exaltada, su sangre hirviendo de placer ...
pero el sol más tarde nos dejó ver el mar, al
menos por un instante...
Ben camina ofendido, deja de escucharlo.
- ¿Y ella te besó ? - pregunta desesperado -
¿te besó o no ?, ¡contestá !
Aló se queda mudo. Mirando el suelo. Con las piernas
juntas y los brazos caídos encima de ellas.
Hay un largo silencio entre los dos. Están embotados
en sus mundos. La música que se escucha desde la Casa
- que está adentro de la quinta ( porque ellos están
afuera de la fiesta, cerca de las vías) -, domina ese
instante de quietud.
Ben es atrapado por un ataque de odio y comienza a revolcarse
sobre la lagunita amarilla que el orín de Aló
formó al pie del arbusto. Se revuelca como un perro
sarnoso. De pronto, panza al cielo, parece congelarse.
Aló, que está sentado en el banquito de madera,
sigue con el relato como si no hubiese pasado nada, en el
mismo tono nostálgico.
- ...y entonces, Archó se paró, che, justo (en
el sueño que tuve la noche anterior al viaje frustrado),
justo cuando llegábamos a la desembocadura en el mar,
donde tenía que estar Archó padre, esperándonos
; y la locura se filtra, de esta manera, como si fuese un
vientito finito de abril, y descubrís una realidad
distinta, una dimensión distinta : ver la cara de Archó
en mi habitación, parado junto a mi cama, y mi lógico
susto. Pero, ¿cuál era la diferencia entre el
Archó que me despertaba, del Archó del sueño
? ¿Cuál era la diferencia entre el supuesto
Archó real, y el otro, el Archó parado sobre
la balsa, lastimado en una mano por un clavo rebelde, tapándonos
el mar, a Brusela y a mí ? Pero después nada,
siempre viene una nada posterior al después. No sé,
es un juego absurdo de palabras, pero me gusta, y me gusta
meterlo en esa diferencia, contestar a esas preguntas con
palabras, y decir que sí, la diferencia existe, no
es el mismo Archó, y no es el mismo porque yo no era
tampoco el mismo, porque prevalecían unidades de tiempo
distintas, espacios irreconciliables, pero algo más
impresionante: palabras, las palabras que nos sirven para
relatar esos mundos son distintas. Y de ahí la sorpresa,
la nada, al abrir (¿o cerrar ?) los ojos, la pared
enchastrándose contra esta cara. La realidad, que le
llaman - como decía Archó padre -. La realidad,
que le llaman. Ahí estaba, Archó, paradito,
junto a mi cama, con cara de sufrido mental. Un hilo de moco
le brillaba reseco en el cachete. Le miré las muñecas
y también brillaban verdosas. Había dejado de
llorar antes de entrar a mi cuarto. Se había limpiado
la nariz como siempre. Tenía puesta la gorra verde
con letras doradas que se compró especialmente para
el viaje. Comprendí, luego, que había peleado
con el padre hasta el final, y que había tenido todo
preparado desde temprano, y que no había podido pegar
un ojo en toda la noche. Sus labios temblorosos, como acatando
una orden irremediable ( me pregunto ahora cuánto hay
de muerte en esas sentencias definitivas), murmuraron algo
en un tono distante, después de haberme despertado
con un empujoncito seco : "se suspendió el viaje,
llueven conchas del cielo". Dijo conchas arrastrando
la n. Y salió corriendo con bronca.
Pero también estaba el otro Archó: el que nos
invitó al cine, después de almorzar, ese mismo
día lluvioso. Ése era un Archó rozagante.
Recién bañado. Que olía a colonia (la
que siempre le regalábamos para sus cumpleaños).
Archó padre nos llevó en su camioneta al cine.
Nos recomendó que prestáramos atención
a algunas escenas de la película. Nos dijo así
: "cuando la chica se acuesta con el padre de su amigo",
"cuando él le muestra el osito peludo", "cuando
ella se enfurece y lo mata", "entonces, ella es
mala". Esas palabras me retumban en la cabeza constantemente.
Siento, a veces, que esas recomendaciones me las hacía
a mí en particular (porque sabía que yo las
iba a recordar: y además iba a recordar sus ojos, el
sentido de los labios, el aire de la cara, una cara demencial
y rota por una obsesión), y también creo, en
ocasiones, que la idea de llevarnos al cine fue de Archó
padre, lo digo a la luz de los acontecimientos de la tarde
que ya todo el mundo conoce; ¿un plan orquestado por
Archó padre y que le salió mal, o un plan copiado
por Archó padre y que llegó a ejecutarlo con
maestría ?
Mientras íbamos al cine, en la camioneta, yo lo noté
sumamente preocupado a Archó padre. Sobre el viaje
frustrado nadie se atrevió a decir nada. Seguía
lloviendo y ése era un consuelo estúpido. La
balsa estaba en la caja de la camioneta, mojada. De a ratos,
Ben le echaba un vistazo disimulado, por encima de sus hombros,
y después lo hacía Archó. Nadie tampoco
preguntó por ella, pero todos conocíamos el
sabor de su ausencia. ¿Por qué no había
ido al cine con nosotros ? "Cuando componga..."
dijo Archó padre como queriéndonos dar (y darse
a él mismo, porque también le dolía no
haber podido hacer ese viaje) un consuelo. Pero después
infló los cachetes y pareció arrepentirse. Los
ojos se le pusieron vidriosos. Nunca lo vi tan triste. Apretaba
con nerviosismo los dedos contra el volante. Y antes de perderse
( como se pierde un pelo en el viento, porque así comencé
a concebir a los hombres a partir de entonces en cada partida),
dijo, mientras bajábamos: "es una lástima".
Y meneo la cabeza. Y arrancó. Y no nos miró.
Ni siquiera a su hijo miró por ultima vez Archó
padre.
- ¡Hay que matarla ! - interrumpe Ben con un alarido.
Aló siente otra vez el contraste. La pared, realidad
que le llaman, enchastrándose en su cara.
- ¡No ! Por Dios. ¡No ! - grita Aló.
Ben se para. Lo señala con un dedo inquisitivamente.
- ¿Te besó o no ? - apretando los labios.
- Cómo se hace para matar a la vida, Ben, ¿eh
?. Cómo se hace para tener semejante coraje, ese coraje
absurdo (por suerte frustrado) que tuvo Archó padre.
Matar a Brusela es matarnos a nosotros mismos.
- Pero si nos estamos muriendo lentamente, no te das cuenta
que nos estamos muriendo lentamente.
- Cómo podés tener el coraje de pensar en matarla,
Ben.
- Sólo por un propósito, el mismo de siempre
; el que juramos cumplir, por el mismo que hoy estamos acá,
cerca de las vías, sobre esta calle vieja, y no allá
(señala el interior de la quinta, la Casa, de donde
vienen la música y las luces), el mismo propósito
de siempre, Aló, o ya te olvidaste : dejar de pensar
para desprendernos de esos recuerdos.
- Ya lo sé. No tenés que decirme eso. Ya lo
sé. También sé que los recuerdos son
la muerte, pero estamos equivocados con Brusela, ella no tiene
nada que ver en todo esto.
Ben lo mira sorprendido.
- ¿Qué decís?: Brusela es para nosotros,
Aló, un recuerdo-muerte, que mucho nos pesa, nos asfixia,
y nos evoca. Esa es la muerte. La presencia imaginada de lo
que deseamos tener y no tenemos. Te estoy citando a vos, Aló,
esas son palabras tuyas.
- Para vos será un recuerdo-muerte - contesta Aló
tajante y lleva la mirada al cielo.
Ben tarda un rato en atar los cabos sueltos, es lento para
el ingenio. Pero pronto se lo escucha enfurecido.
- Quiere decir que se están viendo a escondidas, que
me cagás... y que te besó en la balsa, desgraciado.
Ben tiene una obsesión con el beso en la balsa. Tal
vez porque ése era su sueño. Besar a Brusela
en la balsa. Sueño que nunca soñó. Tal
vez el sueño de Ben lo había soñado Aló.
Y soñar un sueño de algún modo es hacerlo
realidad. En otra realidad : con otras palabras. Pero hacerlo
cierto.
Ben corre enfurecido y vuelve a pegarle con la mano abierta.
Aló vuelve a chuparse el dedo. Siempre sentado sobre
el banquito de madera. Y Ben vuelve a revolcarse sobre el
orín de Aló, y se pone a llorar. Entre suspiros,
grita, con gritos desgarrados.
- ¡Jodida doctrina la de vivir !
Se lleva un dedo a la nariz y comienza a hurguetear.
- La mosca revuelve el aire porque es mosca - se escucha.
Entonces, Ben deja de escarbar. Se plantan cara a cara y en
tono cada vez más enérgico y enemigo se amenazan.
- ¡ Jodida doctrina la de vivir !
- ¡La mosca revuelve el aire porque es mosca !
- ¡Jodida doctrina la de vivir !
- ¡La mosca revuelve el aire porque es mosca !
La música deja de escucharse. También
las risas. No hay voces del otro lado del arbusto.
Los dos se miran.
- ¿Será la hora ? - pregunta Ben.
Pero la música vuelve a sonar y seguida de fuertes
aplausos.
- Archó padre dijo que la escena de las putas era la
mejor de la película - dice ahora Ben, poniéndose
a reír.
Aló sabe que Archó padre no había dicho
eso, sabe que Ben está mintiendo, pero no tiene ganas
de pelear. Siente una bocanada inexplicable de alegría
amontonada en su garganta, por eso también él
ríe. Ríen juntos, ahora. La mezcla los hace
reír de felicidad, con ganas, por un largo rato.
Pero la duda de Aló no puede contenerse, y se manifiesta
de alguna manera.
Dice sin dejar de reírse.
- Tal vez en ese momento lo mataba.
Ben lo mira consternado.
- ¿Qué dijiste ?
Aló sabe que no quiso decir eso, que ha dicho algo
inoportuno. Vuelve a juntar las piernas. Vuelve a mirar el
suelo, hecho una bola, y deja caer los brazos sobre las rodillas.
Ben comienza a caminar a su alrededor, desesperado. Se toma
la cabeza. No puede creerlo.
- Archó padre se suicidó en el baño de
su casa, mientras nosotros estábamos en el cine, porque
tenía deudas, ¿tanto te cuesta entender eso
?
- Las putas - susurra Aló - eran lo que más
le gustaba. Tal vez una puta lo mató. Un plan perfecto.
Un absurdo coraje.
- Eso es verdad - dice Ben lento, sin haber procesado las
últimas palabras -. Las putas son muy buenas mujeres.
- Brusela no lo es.
Se trenzan en una ronca pelea. Comienzan a
rodar por la calle vieja. El banquito de madera es tirado
porque el pie desnudo de Aló lo engancha.
En medio de la tensión y el forcejeo, Ben se pone a
reír.
En ese momento de tregua, a Aló se le cae una foto
que guardaba dentro del calzoncillos.
Ninguno de los dos lo advierte.
- ¡Las putas, le gustaban las putas !
- gritan y se ríen.
Se sueltan. Se paran. Se sacuden. Se abrazan amistosamente.
Y vuelven a sus lugares.
La foto está reposando en el medio de la calle vieja.
A la vista de los dos.
- Tengo ganas de jugar - dice Ben.
- Yo también. ¿A qué ?
- A ser niños.
- A ser putas - se ríen.
- A ser niños cojeputas.
- A la puta madre que te parió.
- Al recóndito lugar de tu puta niñez, y que
te recontra.
- A ser bestia y gusano.
- Y niños.
- Bestias y gusanos niños.
- Sí, y que viajábamos... ¡no ! no puede
ser...
- ¿Qué pasa, Aló ?
- No podemos jugar. Se aparece a cada rato. No podemos desprendernos
de ese recuerdo.
- ¿Qué es eso tirado en el suelo ? - pregunta
Ben con curiosidad.
Camina y la toma. Luego exclama.
- ¡Oh, Dios mío ! Me ama.
Aló se da cuenta que ha perdido la foto.
- Aló, querido amigo, Brusela me ama. ¡Me ama
! Dijo anoche que iba a sorprenderme y de verdad lo hizo.
Me pregunto ¿ cómo es que no la vi antes, si
siempre estuvo tirada en el piso ? Pero ¡qué
me importa eso ahora, amigo! ¡Mirá, mirá
qué belleza, y toda mía! ¡Mirá,
Aló, una foto de ella! Es tan hermosa, con esos cachetes
colorados como frutillas silvestres...
- Una mujer cuando regala una foto, de alguna manera, está
queriendo decirte que te olvides de ella - dice Aló
serio y contenido.
Ben está lleno de felicidad. Habla gritando.
- No me hagas reír, vos de envidioso - y besa la foto.
Aló junta las piernas. Agacha la cabeza. Y deja caer,
en un gesto muy suyo, los brazos encima de las rodillas.
Ben se sienta, ahora, sobre el montículo de tierra.
Sin dejar de contemplar la foto dice:
- ¡Es más bella que Venus !
- La mosca revuelve el aire porque es mosca.
- ¡Bah ! ... me tenés los huevos llenos con eso
... una vez que me ves feliz tenés que arruinarme todo
diciendo : "la mosca revuelve el aire porque es mosca"
- lo dice en un tono burlón - , y lo hacés para
joderme la vida, nada más que para joderme la vida.
- Esa mujer es una... ( Aló no se atreve a decirlo,
infla los cachetes, y vuelve al hermetismo).
Ben lo mira amenazante.
Y otra vez en tono burlón lo imita.
- "Esa mujer es una ..." ¿una qué
? ¿una qué ? ¡Cagón, decílo!
¿Una qué ? Una mujer bella que me ama, a mí.
Se quedan en silencio. Ben sobre el montículo acariciando
a Brusela.
- Me pregunto cómo es que no la vi antes tirada en
el suelo.
Aló levanta la cabeza y, como si pensara
en voz alta, continua con su relato:
- Puede ser, ya sé, puede ser que sea mía la
culpa. Una piedra cualquiera molestando en mi camino. Un objeto
inanimado, se entiende, que sólo a mí me molestaba.
Y tuve que agarrarla y tirarla a la zanja, para quedarme tranquilo.
La tarde era una de esas tardes transparentes y soberbias.
Pero no terminó todo allí. Después vi
a la piedra flotando en el agua servida y no soporté
verla en esa situación. De manera que corrí,
volví a tomarla y la arrojé esta vez contra
la copa frondosa de un árbol. Tiré contra ese
árbol porque el canto extraño de un pájaro
me llamó la atención. Y en una de esas, pensé,
lo bajaba. Yo, que no tenía honda ni nada de esos artefactos
artificiales. Y podría, de este modo, demostrarle a
los otros dos que no era necesario tener un instrumento, sino
existía un talento, me atrevo a decir, casi natural,
salvaje : la puntería. Ya se sabe lo que ocurre cuando
el hombre se hace dependiente de la técnica. Basta
mirar a Ben para darse cuenta. Él que siempre tenía
esas complejas hondas, y se esforzaba por tirar: pobre, nunca
bajó nada.
Tiré.
No cayó ningún pájaro extraño.
Se volaron todos. Lo que cayó fue una vieja pelota
de trapo, y una chica con trencitas y ojos achinados. Parecía
un monito jugando entre los árboles. La chica se paró
con agilidad. Se me acercó y me dijo que se llamaba
Brusela, como los repollitos. Me agradeció, no sé
por qué, yo no pregunté, estaba extrañado,
pensé que había cazado a una chica. Yo, su cazador.
Me dijo que estaba en los árboles porque quería
escapar de los humanos. Me contó, todo en un par de
minutos, que tenía un monito y que quería irse
con él, lejos, bien lejos, a una selva o a un bosque,
y vivir juntos, y no pensar más, no pensar más.
Entonces fue cuando me volvió a agradecer. Yo, su cazador,
pensaba. Dijo que yo había sido el único que
se había detenido en ese árbol, el único
que había mirado para arriba. Pero lo hice con la intención
de bajar al pájaro extraño, le dije. Ya sé,
ya lo sé, pero sos distinto, tus ojos son distintos,
me dijo. Y cerré los ojos, y agaché la cabeza,
de miedo, de vergüenza. Estás colorado, me dijo
sonriéndose.
Con furia en los ojos, en el cuerpo, la tiré en el
zanjón.
La flor envuelta en barro. No corrí. Me quedé
parado junto a la zanja. Duro. Vi como el vestidito floreado,
con el que, luego, la vería en el sueño, el
que le ponían a la tardecita después de bañarla,
se mojaba en el agua servida y se embarraba.
Salió sola, sin ayuda. Yo esperaba el insulto con los
ojos entornados, la cachetada, que me diga: al final sos como
todos los demás. Pero no lo hizo. Por eso me arrepentí,
y sentí que ella, Brusela, era distinta. Algo en ese
momento se despertó en mi pecho: un miedo, una sensación
de fragilidad, pero al mismo tiempo tan placentera y amarga.
Jamás pude volver a ser el mismo después de
esa sensación.
Me besó en la boca como ninguna mujer jamás
me besó en la vida.
Después, con un susurro suave, volvió a decirme
: gracias. Fue cuando descubrí su aliento, y la lunita
negra que orbitaba alrededor del sol-pupila.
Salió corriendo y se metió en la casa de los
viejos Anglada ( que ya se habían muerto) a la que
acababan de mudarse.
Ben se masturba mirando la foto.
Aló interrumpe el relato. Corre. No soporta semejante
humillación. Le quita la foto. Ben no presenta resistencia.
Aló abraza la imagen. Se hace una bola, sentado en
el banquito de madera.
Ben dice con voz ronca :
- Jodida doctrina la de vivir - mientras se incorpora, abrochándose
la bragueta.
- ¡La mosca revuelve el aire porque es mosca ! - grita
Aló, llorando y con mucho odio.
- Desgraciado, esa foto es mía, no tenés derecho,
puedo hacer con ella lo que se me canten las pelotas.
- ¡Puta ! ¡Puta ! - explota Aló - ¡Puta
! ¡Puta ! ¡Es una puta ! ¡Frase terminada
! ¡Esta mujer es una puta ! ¡Y esta foto es mía
!
Se paran frente a frente. Uno tiene mucho odio, tiembla. El
otro también tiene odio, pero no lo demuestra.
Ben de un tirón le arranca la foto de la mano. Quiere
llorar pero no puede.
Con la foto en la mano, se siente culpable.
- ¡Basta ! - dice, ahora, Ben - Basta, no podemos pelearnos
por una mujer. Basta, Aló. Los extremos, hay que evitarlos.
- No. No nos peleamos por una mujer, nos disputamos su recuerdo.
En todo caso nos estamos peleando con la vida. Emperrándonos
con la puta vida. No te das cuenta, todavía no te das
cuenta que poseer a Brusela es hacer posible el mundo de lo
imposible. Brusela es parte de mi vida, lo será siempre,
desde el momento que sentí eso junto al zanjón.
Allí fue metiéndose en mi cuerpo de a poco.
Y después el beso...
- Entonces te besó en la balsa, no tenés vergüenza,
y me lo decís en la cara, a mí que soy su novio
- dice Ben. Y abre la mano de siempre, y vuelve a pegarle.
- No. No la besé en la balsa - dice Aló resignado.
Ahora se sienta. Se hace una bola. Junta las piernas. Agacha
la cabeza. Deja caer las manos sobre las rodillas.
Aló después de un silencio contenido sigue con
el relato en voz alta:
- ...y después de ese primer beso, y de volvernos a
ver, y de jugar en los árboles, y de ser yo su mono
preferido, también después de integrarse ella
al grupo, con Archó y Ben, apareció la idea.
Ella tuvo la idea y será por eso que la queremos olvidar.
Porque olvidarnos de Brusela es olvidarnos del viaje que nunca
pudimos hacer. Construir una balsa en el Monte Verde, y recorrer
todo el río Salado, desde su nacimiento hasta la desembocadura
en el mar. La misma idea de siempre, la de escapar a una selva,
la de escapar de los humanos o la de dejar de pensar para
siempre.
Archó padre nos debía esperar en la Bahía
con su camioneta para traernos de vuelta. Archó padre
la miraba con tantas ganas a Brusela, cuando se trepaba a
los árboles, desde el torno ruidoso (ruidoso a la hora
de la siesta y con ese vaho a grasa que llegaba a la tardecita
cuando hacía mucho calor). Brusela me mostró
los planos para construir la balsa, y quiso volver a besarme,
pero apareció Archó padre con el mameluco lleno
de grasa y con aliento a cebolla, y nos separó y se
la llevó al tallercito para que ella le explicara qué
quería hacer con la balsa: y entonces ella me puso
algo en el bolsillo. Yo no quise mirar en el momento para
no parecer un desesperado, pero me moría de ganas.
Si todavía me daba vueltas en la cabeza el beso que
no habíamos podido hacer realidad, esa tarde, por culpa
del viejo sucio... ¡La foto es mía !
Aló se para y vuelve a quitarle la foto.
Ben se masturba. Aló lo empuja. Ben no reacciona, sólo
dice :
- Hay que matarla.
-¡No ! No podemos. Si no existe. La Brusela que tenemos
en la cabeza no existe. Es una invención nuestra. Cada
día más bella, más ajena, más
perfecta: lo mejor que tuvo que haber hecho, la chinita que
conocimos, era montar un caballo, en la noche de las Fogatas,
en el monte, y cabalgar hacia el fuego, como la más
hermosa de las Valquirias.
- Hay que matarla, Aló. Nos está destrozando.
Nos está matando lentamente. Mirá lo que somos,
desperdicios.
- No es ella la que nos está matando, no es Brusela.
Es el recuerdo del frustrado viaje lo que el recuerdo de ella
nos evoca.
- Ella es la culpable - sentencia Ben.
- Sí, es la culpable de muchas cosas pero no de que
nos estemos muriendo.
- Pero vos mismo, hace un rato, dijiste que era ella la culpable.
Vos, Aló, quisiste que la matáramos y yo me
negué. No entiendo cómo hice para negarme. ¡Qué
estúpido soy !
- Sí, es verdad, pero estuve pensando, reflexionando,
y no es lo más conveniente.
- No ves, ahí estás pensando, dijimos que no
íbamos a pensar nunca más. Sos un traidor. Rompés
los acuerdos. Traidor. Si sabés que el pensamiento
trae a los recuerdos, y los recuerdos a Brusela. Y sabés
bien qué es lo que evoca Brusela: me decís entonces,
¿ por qué carajo pensás ?
- Un momento, vos empezaste todo. Vos nombraste a Brusela.
Vos dijiste haberla visto anoche. Vos pensaste todo el tiempo
en ella, Ben.
- No es posible.
- Es imposible.
- Es lo mismo.
- ¿Qué cosa ?
- Que no sea posible o que sea imposible.
- ¿Qué importa eso?
- Es verdad.
- No podemos huir de ella.
- Debemos romper la foto.
- ¡No ! - dice Aló.
- Entonces no querés olvidarte de ella.
- No es eso, Ben. Se trata del sentimiento. Dijiste hace un
rato que sentimiento y pensamiento no son la misma cosa. Que
están separados como si fuesen dos entidades distintas.
Cómo se hace, amigo Ben, para no pensar en ella y en
todo lo que queremos olvidar, cuando se nos mete en los huesos
una ráfaga de viento caliente cargado con olor a durazno,
o a bosta, o a río próximo: cómo carajos
no pensar en ella cuando sentimos algo semejante. Ves : sentimiento
trae al pensamiento y el pensamiento al recuerdo (o a la muerte
en vida que es lo mismo ; yo creo por otra parte que no existe
otro tipo de muerte que no sea en vida). Así, entonces,
se forma el circuito Ben. Todo está imbricado con todo.
Unidad. Circuito perverso. La Vida.
- Rompamos la foto entonces - dice Ben, sin haber entendido
nada, terco.
- No se trata de eso. Estamos atrapados en última instancia
por ese circuito perverso, Ben. De nada sirve que lo hagamos.
- Sos un cobarde o realmente no querés olvidarla.
- No es que no quiera. No se trata de una cuestión
de conciencia, de querer, de proponerse algo. Por ejemplo
: olvidar que los zapatos blancos están en el tercer
cajón de la cómoda del lado de la repisa, en
la habitación del altillo. Olvidar a partir del martes
a las 15,37 que los zapatos blancos están en el tercer
cajón de la cómoda del lado de la repisa, en
la habitación del altillo. Eso es ridículo,
absurdo. Jamás, Ben, y es jamás porque nos ha
dejado una huella en el cuerpo y en la cabeza: jamás
podremos olvidarnos de ella. Además ¿Por qué
debo olvidarla, por qué olvidar el beso que me dio
junto al zanjón, por qué olvidar su cara ingenua
en un costado de la balsa mientras comía el sandwich
de queso, y se nos aparecía el mar al menos por un
rato en ese sueño ?
- Porque hicimos un trato - dice enfureciéndose Ben.
Porque hicimos un trato.
Ben comienza a moverse por todos lados. Nervioso. Revolviendo
el aire con las manos, en una de ellas tiene la foto y murmura
:
- Porque hicimos un trato, traidor.
Luego, se sientan. Ben sobre la tierra. Concentrado. Cabizbajo.
Aló en el banquito de madera. Memorioso. Reviviendo
quizás ese beso.
La música y las voces provenientes de la Casa, detrás
del arbusto, no han vuelto a dejar de escucharse. Siguen constantes.
Ahogadas. Monótonas. Indescifrables. Tristes.
Una bruta ansiedad se manifiesta en Ben, sin explicación
aparente, como un rayo en una noche estrellada.
- Tal vez no se acuerde de mí - dice Ben.
Aló reacciona inmediatamente, como si esperara esas
palabras.
- ¿Cómo? - pregunta sorprendido.
- No - muestra una sonrisa forzada, es una máscara,
detrás corre un río de tristeza y arrepentimiento,
un río que se ha vuelto herida angustiosa.
- ¿Qué?
- No puedo hacerte esto.
- ¿De qué hablás?
- Los extremos, Aló, hablo de los extremos, de mi farsa.
- Que nunca besaste a Brusela, dijiste. Que nunca fue tu mujer.
- No es eso.
- ¡Ah, cobarde!, ¿y cuál es tu farsa entonces?,
¿el sueño que nunca pudiste soñar?
- ¿Por qué decís eso?
- Porque es la verdad.
- No hay Verdad, sólo verdades dispersas por el mundo,
como minas en un campo de guerra.
- Tu verdad, acabás de poner un pie en tu verdad y:
¡Boom! Allá tu pierna. Allá tu cabeza.
Aquí un dedo.
- No es eso.
- Cobarde y traidor.
- Es que...
- Es que te rompió siempre las soberanas pelotas, y
de envidioso, que yo haya podido enamorar a Brusela, que yo
haya podido besarla, que yo haya podido soñar tu sueño.
Porque después de todo yo hice realidad el Viaje en
el sueño, yo viví el Viaje contado con otras
palabras, con las palabras que son del mundo de los sueños,
y que, a pesar de todo, igual ahora no me sirven. Si querés
como consuelo, de algún modo tampoco me sirvió
de nada haber vivido el Viaje en ese sueño contado
con otras palabras, porque igual hoy es un Viaje frustrado:
la cara de Archó tapándonos el mar, por ejemplo.
Y como yo pude soñar tu sueño, vos armaste toda
esa historia de tu romance con Brusela. Lo vengo sospechando,
Ben. ¡Pero si nunca te soportó, nunca! Te la
apropiaste de envidioso, de resentido, para hacerme sentir
un estúpido que le roba las mujeres a su mejor amigo.
- No es eso - dice Ben llorando, sin poder ocultar más
la verdad.
- Sí, decílo cobarde.
- No es eso... los extremos, Aló, no es eso...los extremos,
Aló ; y la balsa ¿te acordás de la balsa
? ¿y del Viaje que íbamos a hacer ?¡Cómo
soñábamos, Aló !¡Qué maravilla
!¿Qué se habrá hecho de todo eso, amigo?¿Qué
se habrá hecho de la planta de naranjas de ombligo
en el fondo de la casa de Archó ?¿Qué
se habrá hecho del rulemán aceitado que estropeó
el vestidito floreado de ella, con el que vos la soñaste,
el que tenía cuando te besó ? Porque yo vi todo,
Aló. Yo lo vi todo, amigo...vi cómo te metía
esta foto en el bolsillo mientras Archó padre se la
llevaba al tallercito...
- Nunca Brusela fue tu mujer, nunca. ¡Maldito hijo de
puta !
Se escucha detrás del montículo de tierra la
proximidad del tren.
Ben corre desesperado, desaparece en la oscuridad, en dirección
a las vías.
Aló corre detrás, con el banquito de madera
en la mano.
- ¡No ! - grita - ¡No la mates!
En ese momento termina la fiesta. Se apaga la música.
Se apagan las luces. Se apagan las voces. Se escucha pasar
el tren en la oscuridad detrás del montículo
de tierra.
(Sobre la vieja calle abandonada reposa un papel con bordes
irregulares, un papel al que Aló y Ben llaman foto
de Brusela. Ahora, en este instante, cuando ya no hay nada,
una ráfaga de viento lo arranca del suelo, y la oscura
noche parece comérselo.)
afuera no hay luz, y por lo tanto la rigidez de los
músculos en las caras se pierde, ese detalle insignificante
también deja de ser detalle, porque ahora no se ve,
y no se ve, no sólo por el vidrio que es un ventanal
y que está sucio, sino porque afuera ahora no hay luz,
es de noche, y cuando es de noche no veo a las macetas con
helechos, ni a la pelota quieta, ni a las baldosas que lo
sostienen todo, pero crece, en silencio, aunque no la vea,
la mancha de humedad, sigue expandiéndose, los brazos
de la humedad, en silencio, como un taladro que atraviesa
los oídos, los oídos de los mudos, de los que
ahora están muertos, de todos nosotros que estamos
muertos quiero escribir en la pared sin revoque del patio
con un trozo de carbón, pero no hay luz y los oídos
se desangran, lentamente, entre figuras masticadas de bronca,
deshilachadas, como vestidos arrasados por perros furiosos:
un campito húmedo, como la mancha, la pelota en un
campito húmedo como la mancha, el descolorido campito
húmedo como la mancha y con la pelota, el largo silencio
en ese campito descolorido y húmedo como la mancha
y con la pelota, lo incomprensible se proyecta siempre, en
ese largo silencio, hacia lo eterno, pido perdón ahora
por el punto, cómplice de todo: de la humedad, de la
sonrisa involuntaria, si es que hay sonrisa, de este pueblo
horrible, del retrato sépia, de Beckett, del aire envejecido,
de los animales muertos, de los caminos secos, de lágrimas
sueltas, de frescuras, de sudores, de miradas, de posiciones,
de estacas, de macanas, de hombres o mejor dicho de pequeños
fantasmas de andenes, pequeños fantasmas en los extremos
de los andenes: pido perdón entonces, yo, Pajarito
Lernú, por el punto final, esa otra oscura forma de
la muerte.
(*) Hernán Ronsino nació en Chivilcoy, Provincia de Bs. As.,
en 1975. Es sociólogo, egresado de la UBA, y escritor. Tiene
un libro de cuentos inéditos, y actualmente continúa trabajando
en su producción literaria.
E-mail: hernanronsino@hotmail.com
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