Secuelas de un viaje sin partida
Por Hernán Ronsino(*)

 

A Brunilda Schubert


…la luz no entra, la luz se aplasta contra el vidrio sucio, el vidrio es un ventanal, afuera, entre las macetas y los helechos, hay una pelota quieta, y baldosas sosteniendo a la pelota quieta, y humedad, en un rincón, la mancha de humedad que va trepando en silencio, un silencio descompuesto, sucio, convulsionado, torcido, atorrante, el silencio de la muerte, estamos muertos, no hay otra cosa que decir, si no me pongo a escribir, si no tomo el lápiz, seguiré estando muerto, seguiré sosteniendo el silencio, seré parte del mundo de la pelota, de las macetas con helechos, de las baldosas que soportan todo, creceré mudo, como la mancha de humedad, me expandiré, treparé hasta ver que del otro lado también hay muchas manchas, todos ahora estamos muertos quiero escribir en la pared del patio, pero no hay luz, todos ahora estamos muertos, somos silenciosas manchas de humedad, la muerte hoy, en este espacio exagerado, es una mancha de humedad expandiéndose por una pared sin revoque, y eso es así, porque a mí se me antoja que sea así, entonces quiero dejar de ser muerte, quiero tomar el lápiz y escribir, escribo que soy mosca, escribo, yo, Pajarito Lernú, que soy mosca, que soy una mosca que da vueltas, quiero escribir una frase que desate un nudo, y que sea una frase: un mundo expandido hacia la nada, que explique sin explicar, que trace el relieve de las cosas más feas, más pequeñas, más endurecidas por el miedo y el fracaso…


" - ¡Eh, Picho ! ¿Recuerdas aquel ombligo... aquel
ombligo ? ¡Picho, Picho, Picho !, ¿recuerdas el
ombligo sobre el Prado Verde ? ¿Ombligo ?
¿Ombligo, Picho, dónde está ?"

Ferdydurke. Gombrowicz.


- La mosca revuelve el aire porque es mosca - dice Aló cuando ve aparecer a Ben, y después camina con lentitud hasta el arbusto, agachando la cabeza, mirando el piso.
Ben se detiene detrás de un banquito de madera, ubicado entre el arbusto que demarca el final de la quinta, y un montículo de tierra sobre la vieja calle abandonada.
La música suena retardada. Llega sorda y constante desde la Casa: porque ellos están afuera de la quinta, afuera de la fiesta, cerca de las vías. Sus oídos ya se han acostumbrado a escuchar la música como fondo, a compartir ese sonido, que es indescifrable, con el de la noche.
Hay una luna partida como un diente. Ben la mira, piensa que es un diente, una muela rota. Se arremanga los pantalones y se saca los zapatos. Los deja tirados en un costado. Se sienta en el banquito.
- Jodida doctrina la de... ¡la concha de la lora, Aló! ; no puedo ser tan salvaje, ya sé, no puedo, los extremos, pero ¿tengo que explicártelo todavía? No, perdoname, vos. Sabés cómo me pongo, mis extremos, me deliro, pero… no, no puedo permitirme decir semejantes cosas, Aló, por favor, perdoname...digo cosas que no sé si pienso o siento de verdad: ya sé, no es lo mismo sentir que pensar, pero en ese instante la cosa te arrastra, la palabra-cosa te arrastra, y se siente que viene subiendo y no se hace nada desde uno para desbaratar el torbellino.
- La mosca revuelve el aire porque es mosca.
Aló se para junto al arbusto, dándole la espalda a Ben que se sostiene la cara con las dos manos, y piensa desorbitado. Ahora Aló se quita la camisa, está mirando la Casa.
- ¿Hasta que hora durará todo? - pregunta Ben después de un tiempo, para romper el silencio filoso que lo apura.
- La mosca revuelve el aire porque es mosca - contesta Aló, sacándose los pantalones y quedándose en calzoncillos.
Ben lo mira por encima de sus hombros. Se para. Camina hacia él.
- Los extremos, Aló, ya sabés, me exaspero...
- La mosca revuelve...(un ruido seguido de carcajadas - proveniente de la Casa, que proyecta ráfagas de luces que llegan hasta donde ellos están - los atrae, quedan en silencio, mirando en dirección a la Casa ; la música se interrumpe por un instante, sienten el profundo silencio de la noche que se apodera de sus oídos: Ben siente que eso lo lastima, arruga la cara, se lleva las manos hasta los oídos, pero pronto vuelve el murmullo ahogado, y unos tenues aplausos; Aló aprovecha y orina largo contra los arbustos, después guarda el miembro y concluye entonces la frase) ... el aire porque es mosca.
Al pie del arbusto se ha formado un lago amarillo.
- Te das cuenta - dice Ben sentado de vuelta en el banquito, mientras se rasca la panza - anoche, cuando Brusela se fue, hubo un instante, creo que fue el aire, la mezcla, una cosa rara, esa fusión me hizo oler a Monte Verde, a eucaliptus, a sueño, a caminito sinuoso, a margaritas silvestres, a panaderos desplumados, a panza de Archó al sol, a naranja de ombligo apretada contra la boca de Archó padre, a filamento de naranja colgando entre los sucios dientes de Archó padre, a sol rajándonos la nuca, a perro agusanado, a balsa, a ribera del Salado, otra vez a sueño, a ráfaga de viento caliente en una siesta bajo un árbol viejo. Anoche cuando Brusela cruzaba el puente, yo me senté en la hamaca y pensé en la hazaña frustrada.
Quedan en silencio. Aló gira el cuerpo, tose, se pasa la mano por la entrepierna.
- No sabía que habías vuelto a ver a Brusela - dice en un tono seco y desinteresado.
Ben se queda en silencio. Trata de desenredar la tensión del momento, concentrándose en el vuelo de una mosca, que ahora se posa sobre el montículo de tierra y se pierde en la oscuridad.
- La oscuridad nos hace olvidar de todo - dice Ben viéndose en la obligación de decir algo interesante. Pronto ambos advierten la ridiculez que encierran esas palabras, y murmuran unas sonrisas apagadas. Parecen distenderse ahora. Pero Aló, con furia, rompe la noche.
- ¡Hay que matarla! - grita desorbitado - es ella la maldita desgracia.
Se arrodilla, junta con las manos tierra suelta y se la tira en su propia cara. Se hace una bola. Está quebrado en el suelo. Con la cabeza hundida en su pecho.
- ¡Maldito hijo de puta!, ¡otra vez con eso! - Ben se para, intenta enfrentarlo, pero lo ve caído, arruinado.

La música se vuelve a detener. Unas risas. Ambos miran hacia la Casa. Esta vez el silencio es más largo. También se apagan unas luces y rápidamente se encienden. La música vuelve a escucharse, seguida por unos débiles aplausos.
Ben camina metiéndose las manos en los bolsillos, parece que revuelve el piso de tierra con sus pies desnudos en busca de algo. Va y viene. Será por eso que le llamará más la atención lo de la foto. Enseguida se arrodilla junto a Aló y susurrándole al oído dice.
- Maldito hijo de puta, no entendés que ella sigue dándome vida y paz : vida y paz.
- Pero qué decís - grita Aló levantando la cabeza, mostrando la cara embarrada, la triste mezcla de las lágrimas y la tierra -, de qué paz me hablás desgraciado, pero ¿siempre tenemos que terminar diciéndonos las mismas cosas?, ¿eh?, no te das cuenta que soy yo el que tiene que aguantarte. Ben, no te soporto más, amigo, no te soporto más.
Hay un silencio pesado y angustioso. Ben se siente con culpa. Vuelve a caminar hasta el banquito.
- Después de todo no dejo de pensar en ella... no creo que sea ella la culpable, la culpa es enteramente mía - dice Ben levantando cada vez más el tono de la voz - ¡la culpa es enteramente mía ! ¡la culpa está acá ! ¡acá ! en el interior de mi cráneo, ¡acá ! .
Grita. Se toma la cabeza con las manos desesperado, y se da contra el arbusto.
- ¡Acá ! - dice, agitado - ¡acá!, apretada contra las paredes del cráneo, ¡pura hija de puta !, ¡culpa hija de puta!
Después cae al suelo, junto a Aló que sigue quebrado en la tierra.
Pasado un rato, Aló levanta la cabeza y dice.
- La mosca revuelve el aire porque es mosca.

La música comienza a perder fuerza. Ben se arrastra hasta la calle vieja. Aló se para y camina hasta el banquito. Mira el cielo. Un pájaro vuela rasante. Ben busca en el montículo de tierra a la mosca. No ve nada. Entonces se arrodilla. Extiende su mano derecha y la pone delante de su cara.
- Alguna vez creí que el dedo gordo de la mano, por ser gordo y corto, era marginado: fijate, está solo, a un costado, apuntando para otro lado, y aunque intente estar con los demás no logra hacerlo bien, mirá, le cuesta integrarse, llegar a ser una unidad. Pero después creí que gracias a ese dedo marginado pudimos llegar a ser humanos.
- Malditos hijos de puta ... los humanos - dice Aló que está sentado en el banquito.
Ben lo mira, se para, corre hasta donde está Aló y le pega una cachetada con la mano que se estaba analizando. Aló no llora. Ben vuelve a pegarle, esta vez con más fuerza. Aló no reacciona. Se lleva el dedo gordo a la boca y comienza a chuparlo. Después pregunta.
- ¿Estará la balsa todavía en la casa de Archó?
Ben se pone a llorar. Y entre llantos dice:
- No puedo hacerte esto, te das cuenta, los extremos, no puedo hacerte esto... yo tengo la culpa, yo fui el que volvió a pensar y el pensar trajo el recuerdo como las olas a un cadáver.
Ben se arrodilla a los pies de Aló. Lo abraza. Aló se chupa el dedo y acaricia el pelo de Ben.
- Yo soñé la noche anterior - dice Aló - vi un cielo tan remoto, celeste, tan fuerte y claro ; vi un río parejo y preciso corriendo lento ; vi flores al costado ; era un viaje en paz, y al llegar a mitad del camino me sentí emocionado, porque todo se estaba realizando tan maravillosamente, y entonces corrí y te abracé y lloré y luego abracé a Archó, y pude abrazar también a Brusela que comía un sandwich de queso en un costado de la balsa ; ella tenía los pies desnudos, pies más bellos jamás he visto, tenía un sombrero de paja que le echaba un cono de sombra sobre media cara, y llevaba puesto un vestidito floreado, holgado, sueltito, por eso se le veían las tetitas nacientes paraditas, y el cuerpo bronceado era envuelto por el viento sudoroso de enero, entonces no pude hacer más que abrazarla y besarle suavemente el cuello ; sentí su piel tibia, exaltada, su sangre hirviendo de placer ... pero el sol más tarde nos dejó ver el mar, al menos por un instante...
Ben camina ofendido, deja de escucharlo.
- ¿Y ella te besó ? - pregunta desesperado - ¿te besó o no ?, ¡contestá !
Aló se queda mudo. Mirando el suelo. Con las piernas juntas y los brazos caídos encima de ellas.
Hay un largo silencio entre los dos. Están embotados en sus mundos. La música que se escucha desde la Casa - que está adentro de la quinta ( porque ellos están afuera de la fiesta, cerca de las vías) -, domina ese instante de quietud.
Ben es atrapado por un ataque de odio y comienza a revolcarse sobre la lagunita amarilla que el orín de Aló formó al pie del arbusto. Se revuelca como un perro sarnoso. De pronto, panza al cielo, parece congelarse.
Aló, que está sentado en el banquito de madera, sigue con el relato como si no hubiese pasado nada, en el mismo tono nostálgico.
- ...y entonces, Archó se paró, che, justo (en el sueño que tuve la noche anterior al viaje frustrado), justo cuando llegábamos a la desembocadura en el mar, donde tenía que estar Archó padre, esperándonos ; y la locura se filtra, de esta manera, como si fuese un vientito finito de abril, y descubrís una realidad distinta, una dimensión distinta : ver la cara de Archó en mi habitación, parado junto a mi cama, y mi lógico susto. Pero, ¿cuál era la diferencia entre el Archó que me despertaba, del Archó del sueño ? ¿Cuál era la diferencia entre el supuesto Archó real, y el otro, el Archó parado sobre la balsa, lastimado en una mano por un clavo rebelde, tapándonos el mar, a Brusela y a mí ? Pero después nada, siempre viene una nada posterior al después. No sé, es un juego absurdo de palabras, pero me gusta, y me gusta meterlo en esa diferencia, contestar a esas preguntas con palabras, y decir que sí, la diferencia existe, no es el mismo Archó, y no es el mismo porque yo no era tampoco el mismo, porque prevalecían unidades de tiempo distintas, espacios irreconciliables, pero algo más impresionante: palabras, las palabras que nos sirven para relatar esos mundos son distintas. Y de ahí la sorpresa, la nada, al abrir (¿o cerrar ?) los ojos, la pared enchastrándose contra esta cara. La realidad, que le llaman - como decía Archó padre -. La realidad, que le llaman. Ahí estaba, Archó, paradito, junto a mi cama, con cara de sufrido mental. Un hilo de moco le brillaba reseco en el cachete. Le miré las muñecas y también brillaban verdosas. Había dejado de llorar antes de entrar a mi cuarto. Se había limpiado la nariz como siempre. Tenía puesta la gorra verde con letras doradas que se compró especialmente para el viaje. Comprendí, luego, que había peleado con el padre hasta el final, y que había tenido todo preparado desde temprano, y que no había podido pegar un ojo en toda la noche. Sus labios temblorosos, como acatando una orden irremediable ( me pregunto ahora cuánto hay de muerte en esas sentencias definitivas), murmuraron algo en un tono distante, después de haberme despertado con un empujoncito seco : "se suspendió el viaje, llueven conchas del cielo". Dijo conchas arrastrando la n. Y salió corriendo con bronca.
Pero también estaba el otro Archó: el que nos invitó al cine, después de almorzar, ese mismo día lluvioso. Ése era un Archó rozagante. Recién bañado. Que olía a colonia (la que siempre le regalábamos para sus cumpleaños).
Archó padre nos llevó en su camioneta al cine. Nos recomendó que prestáramos atención a algunas escenas de la película. Nos dijo así : "cuando la chica se acuesta con el padre de su amigo", "cuando él le muestra el osito peludo", "cuando ella se enfurece y lo mata", "entonces, ella es mala". Esas palabras me retumban en la cabeza constantemente. Siento, a veces, que esas recomendaciones me las hacía a mí en particular (porque sabía que yo las iba a recordar: y además iba a recordar sus ojos, el sentido de los labios, el aire de la cara, una cara demencial y rota por una obsesión), y también creo, en ocasiones, que la idea de llevarnos al cine fue de Archó padre, lo digo a la luz de los acontecimientos de la tarde que ya todo el mundo conoce; ¿un plan orquestado por Archó padre y que le salió mal, o un plan copiado por Archó padre y que llegó a ejecutarlo con maestría ?
Mientras íbamos al cine, en la camioneta, yo lo noté sumamente preocupado a Archó padre. Sobre el viaje frustrado nadie se atrevió a decir nada. Seguía lloviendo y ése era un consuelo estúpido. La balsa estaba en la caja de la camioneta, mojada. De a ratos, Ben le echaba un vistazo disimulado, por encima de sus hombros, y después lo hacía Archó. Nadie tampoco preguntó por ella, pero todos conocíamos el sabor de su ausencia. ¿Por qué no había ido al cine con nosotros ? "Cuando componga..." dijo Archó padre como queriéndonos dar (y darse a él mismo, porque también le dolía no haber podido hacer ese viaje) un consuelo. Pero después infló los cachetes y pareció arrepentirse. Los ojos se le pusieron vidriosos. Nunca lo vi tan triste. Apretaba con nerviosismo los dedos contra el volante. Y antes de perderse ( como se pierde un pelo en el viento, porque así comencé a concebir a los hombres a partir de entonces en cada partida), dijo, mientras bajábamos: "es una lástima". Y meneo la cabeza. Y arrancó. Y no nos miró. Ni siquiera a su hijo miró por ultima vez Archó padre.
- ¡Hay que matarla ! - interrumpe Ben con un alarido.
Aló siente otra vez el contraste. La pared, realidad que le llaman, enchastrándose en su cara.
- ¡No ! Por Dios. ¡No ! - grita Aló.
Ben se para. Lo señala con un dedo inquisitivamente.
- ¿Te besó o no ? - apretando los labios.
- Cómo se hace para matar a la vida, Ben, ¿eh ?. Cómo se hace para tener semejante coraje, ese coraje absurdo (por suerte frustrado) que tuvo Archó padre. Matar a Brusela es matarnos a nosotros mismos.
- Pero si nos estamos muriendo lentamente, no te das cuenta que nos estamos muriendo lentamente.
- Cómo podés tener el coraje de pensar en matarla, Ben.
- Sólo por un propósito, el mismo de siempre ; el que juramos cumplir, por el mismo que hoy estamos acá, cerca de las vías, sobre esta calle vieja, y no allá (señala el interior de la quinta, la Casa, de donde vienen la música y las luces), el mismo propósito de siempre, Aló, o ya te olvidaste : dejar de pensar para desprendernos de esos recuerdos.
- Ya lo sé. No tenés que decirme eso. Ya lo sé. También sé que los recuerdos son la muerte, pero estamos equivocados con Brusela, ella no tiene nada que ver en todo esto.
Ben lo mira sorprendido.
- ¿Qué decís?: Brusela es para nosotros, Aló, un recuerdo-muerte, que mucho nos pesa, nos asfixia, y nos evoca. Esa es la muerte. La presencia imaginada de lo que deseamos tener y no tenemos. Te estoy citando a vos, Aló, esas son palabras tuyas.
- Para vos será un recuerdo-muerte - contesta Aló tajante y lleva la mirada al cielo.
Ben tarda un rato en atar los cabos sueltos, es lento para el ingenio. Pero pronto se lo escucha enfurecido.
- Quiere decir que se están viendo a escondidas, que me cagás... y que te besó en la balsa, desgraciado.
Ben tiene una obsesión con el beso en la balsa. Tal vez porque ése era su sueño. Besar a Brusela en la balsa. Sueño que nunca soñó. Tal vez el sueño de Ben lo había soñado Aló. Y soñar un sueño de algún modo es hacerlo realidad. En otra realidad : con otras palabras. Pero hacerlo cierto.
Ben corre enfurecido y vuelve a pegarle con la mano abierta.
Aló vuelve a chuparse el dedo. Siempre sentado sobre el banquito de madera. Y Ben vuelve a revolcarse sobre el orín de Aló, y se pone a llorar. Entre suspiros, grita, con gritos desgarrados.
- ¡Jodida doctrina la de vivir !
Se lleva un dedo a la nariz y comienza a hurguetear.
- La mosca revuelve el aire porque es mosca - se escucha.
Entonces, Ben deja de escarbar. Se plantan cara a cara y en tono cada vez más enérgico y enemigo se amenazan.
- ¡ Jodida doctrina la de vivir !
- ¡La mosca revuelve el aire porque es mosca !
- ¡Jodida doctrina la de vivir !
- ¡La mosca revuelve el aire porque es mosca !

La música deja de escucharse. También las risas. No hay voces del otro lado del arbusto.
Los dos se miran.
- ¿Será la hora ? - pregunta Ben.
Pero la música vuelve a sonar y seguida de fuertes aplausos.

- Archó padre dijo que la escena de las putas era la mejor de la película - dice ahora Ben, poniéndose a reír.
Aló sabe que Archó padre no había dicho eso, sabe que Ben está mintiendo, pero no tiene ganas de pelear. Siente una bocanada inexplicable de alegría amontonada en su garganta, por eso también él ríe. Ríen juntos, ahora. La mezcla los hace reír de felicidad, con ganas, por un largo rato.
Pero la duda de Aló no puede contenerse, y se manifiesta de alguna manera.
Dice sin dejar de reírse.
- Tal vez en ese momento lo mataba.
Ben lo mira consternado.
- ¿Qué dijiste ?
Aló sabe que no quiso decir eso, que ha dicho algo inoportuno. Vuelve a juntar las piernas. Vuelve a mirar el suelo, hecho una bola, y deja caer los brazos sobre las rodillas.
Ben comienza a caminar a su alrededor, desesperado. Se toma la cabeza. No puede creerlo.
- Archó padre se suicidó en el baño de su casa, mientras nosotros estábamos en el cine, porque tenía deudas, ¿tanto te cuesta entender eso ?
- Las putas - susurra Aló - eran lo que más le gustaba. Tal vez una puta lo mató. Un plan perfecto. Un absurdo coraje.
- Eso es verdad - dice Ben lento, sin haber procesado las últimas palabras -. Las putas son muy buenas mujeres.
- Brusela no lo es.

Se trenzan en una ronca pelea. Comienzan a rodar por la calle vieja. El banquito de madera es tirado porque el pie desnudo de Aló lo engancha.
En medio de la tensión y el forcejeo, Ben se pone a reír.
En ese momento de tregua, a Aló se le cae una foto que guardaba dentro del calzoncillos.
Ninguno de los dos lo advierte.

- ¡Las putas, le gustaban las putas ! - gritan y se ríen.
Se sueltan. Se paran. Se sacuden. Se abrazan amistosamente. Y vuelven a sus lugares.
La foto está reposando en el medio de la calle vieja. A la vista de los dos.
- Tengo ganas de jugar - dice Ben.
- Yo también. ¿A qué ?
- A ser niños.
- A ser putas - se ríen.
- A ser niños cojeputas.
- A la puta madre que te parió.
- Al recóndito lugar de tu puta niñez, y que te recontra.
- A ser bestia y gusano.
- Y niños.
- Bestias y gusanos niños.
- Sí, y que viajábamos... ¡no ! no puede ser...
- ¿Qué pasa, Aló ?
- No podemos jugar. Se aparece a cada rato. No podemos desprendernos de ese recuerdo.
- ¿Qué es eso tirado en el suelo ? - pregunta Ben con curiosidad.
Camina y la toma. Luego exclama.
- ¡Oh, Dios mío ! Me ama.
Aló se da cuenta que ha perdido la foto.
- Aló, querido amigo, Brusela me ama. ¡Me ama ! Dijo anoche que iba a sorprenderme y de verdad lo hizo. Me pregunto ¿ cómo es que no la vi antes, si siempre estuvo tirada en el piso ? Pero ¡qué me importa eso ahora, amigo! ¡Mirá, mirá qué belleza, y toda mía! ¡Mirá, Aló, una foto de ella! Es tan hermosa, con esos cachetes colorados como frutillas silvestres...
- Una mujer cuando regala una foto, de alguna manera, está queriendo decirte que te olvides de ella - dice Aló serio y contenido.
Ben está lleno de felicidad. Habla gritando.
- No me hagas reír, vos de envidioso - y besa la foto.
Aló junta las piernas. Agacha la cabeza. Y deja caer, en un gesto muy suyo, los brazos encima de las rodillas.
Ben se sienta, ahora, sobre el montículo de tierra. Sin dejar de contemplar la foto dice:
- ¡Es más bella que Venus !
- La mosca revuelve el aire porque es mosca.
- ¡Bah ! ... me tenés los huevos llenos con eso ... una vez que me ves feliz tenés que arruinarme todo diciendo : "la mosca revuelve el aire porque es mosca" - lo dice en un tono burlón - , y lo hacés para joderme la vida, nada más que para joderme la vida.
- Esa mujer es una... ( Aló no se atreve a decirlo, infla los cachetes, y vuelve al hermetismo).
Ben lo mira amenazante.
Y otra vez en tono burlón lo imita.
- "Esa mujer es una ..." ¿una qué ? ¿una qué ? ¡Cagón, decílo! ¿Una qué ? Una mujer bella que me ama, a mí.
Se quedan en silencio. Ben sobre el montículo acariciando a Brusela.
- Me pregunto cómo es que no la vi antes tirada en el suelo.

Aló levanta la cabeza y, como si pensara en voz alta, continua con su relato:
- Puede ser, ya sé, puede ser que sea mía la culpa. Una piedra cualquiera molestando en mi camino. Un objeto inanimado, se entiende, que sólo a mí me molestaba. Y tuve que agarrarla y tirarla a la zanja, para quedarme tranquilo. La tarde era una de esas tardes transparentes y soberbias. Pero no terminó todo allí. Después vi a la piedra flotando en el agua servida y no soporté verla en esa situación. De manera que corrí, volví a tomarla y la arrojé esta vez contra la copa frondosa de un árbol. Tiré contra ese árbol porque el canto extraño de un pájaro me llamó la atención. Y en una de esas, pensé, lo bajaba. Yo, que no tenía honda ni nada de esos artefactos artificiales. Y podría, de este modo, demostrarle a los otros dos que no era necesario tener un instrumento, sino existía un talento, me atrevo a decir, casi natural, salvaje : la puntería. Ya se sabe lo que ocurre cuando el hombre se hace dependiente de la técnica. Basta mirar a Ben para darse cuenta. Él que siempre tenía esas complejas hondas, y se esforzaba por tirar: pobre, nunca bajó nada.
Tiré.
No cayó ningún pájaro extraño. Se volaron todos. Lo que cayó fue una vieja pelota de trapo, y una chica con trencitas y ojos achinados. Parecía un monito jugando entre los árboles. La chica se paró con agilidad. Se me acercó y me dijo que se llamaba Brusela, como los repollitos. Me agradeció, no sé por qué, yo no pregunté, estaba extrañado, pensé que había cazado a una chica. Yo, su cazador. Me dijo que estaba en los árboles porque quería escapar de los humanos. Me contó, todo en un par de minutos, que tenía un monito y que quería irse con él, lejos, bien lejos, a una selva o a un bosque, y vivir juntos, y no pensar más, no pensar más.
Entonces fue cuando me volvió a agradecer. Yo, su cazador, pensaba. Dijo que yo había sido el único que se había detenido en ese árbol, el único que había mirado para arriba. Pero lo hice con la intención de bajar al pájaro extraño, le dije. Ya sé, ya lo sé, pero sos distinto, tus ojos son distintos, me dijo. Y cerré los ojos, y agaché la cabeza, de miedo, de vergüenza. Estás colorado, me dijo sonriéndose.
Con furia en los ojos, en el cuerpo, la tiré en el zanjón.
La flor envuelta en barro. No corrí. Me quedé parado junto a la zanja. Duro. Vi como el vestidito floreado, con el que, luego, la vería en el sueño, el que le ponían a la tardecita después de bañarla, se mojaba en el agua servida y se embarraba.
Salió sola, sin ayuda. Yo esperaba el insulto con los ojos entornados, la cachetada, que me diga: al final sos como todos los demás. Pero no lo hizo. Por eso me arrepentí, y sentí que ella, Brusela, era distinta. Algo en ese momento se despertó en mi pecho: un miedo, una sensación de fragilidad, pero al mismo tiempo tan placentera y amarga. Jamás pude volver a ser el mismo después de esa sensación.
Me besó en la boca como ninguna mujer jamás me besó en la vida.
Después, con un susurro suave, volvió a decirme : gracias. Fue cuando descubrí su aliento, y la lunita negra que orbitaba alrededor del sol-pupila.
Salió corriendo y se metió en la casa de los viejos Anglada ( que ya se habían muerto) a la que acababan de mudarse.

 

Ben se masturba mirando la foto.
Aló interrumpe el relato. Corre. No soporta semejante humillación. Le quita la foto. Ben no presenta resistencia.
Aló abraza la imagen. Se hace una bola, sentado en el banquito de madera.

Ben dice con voz ronca :
- Jodida doctrina la de vivir - mientras se incorpora, abrochándose la bragueta.
- ¡La mosca revuelve el aire porque es mosca ! - grita Aló, llorando y con mucho odio.
- Desgraciado, esa foto es mía, no tenés derecho, puedo hacer con ella lo que se me canten las pelotas.
- ¡Puta ! ¡Puta ! - explota Aló - ¡Puta ! ¡Puta ! ¡Es una puta ! ¡Frase terminada ! ¡Esta mujer es una puta ! ¡Y esta foto es mía !
Se paran frente a frente. Uno tiene mucho odio, tiembla. El otro también tiene odio, pero no lo demuestra.
Ben de un tirón le arranca la foto de la mano. Quiere llorar pero no puede.
Con la foto en la mano, se siente culpable.
- ¡Basta ! - dice, ahora, Ben - Basta, no podemos pelearnos por una mujer. Basta, Aló. Los extremos, hay que evitarlos.
- No. No nos peleamos por una mujer, nos disputamos su recuerdo. En todo caso nos estamos peleando con la vida. Emperrándonos con la puta vida. No te das cuenta, todavía no te das cuenta que poseer a Brusela es hacer posible el mundo de lo imposible. Brusela es parte de mi vida, lo será siempre, desde el momento que sentí eso junto al zanjón. Allí fue metiéndose en mi cuerpo de a poco. Y después el beso...
- Entonces te besó en la balsa, no tenés vergüenza, y me lo decís en la cara, a mí que soy su novio - dice Ben. Y abre la mano de siempre, y vuelve a pegarle.
- No. No la besé en la balsa - dice Aló resignado.
Ahora se sienta. Se hace una bola. Junta las piernas. Agacha la cabeza. Deja caer las manos sobre las rodillas.
Aló después de un silencio contenido sigue con el relato en voz alta:
- ...y después de ese primer beso, y de volvernos a ver, y de jugar en los árboles, y de ser yo su mono preferido, también después de integrarse ella al grupo, con Archó y Ben, apareció la idea. Ella tuvo la idea y será por eso que la queremos olvidar. Porque olvidarnos de Brusela es olvidarnos del viaje que nunca pudimos hacer. Construir una balsa en el Monte Verde, y recorrer todo el río Salado, desde su nacimiento hasta la desembocadura en el mar. La misma idea de siempre, la de escapar a una selva, la de escapar de los humanos o la de dejar de pensar para siempre.
Archó padre nos debía esperar en la Bahía con su camioneta para traernos de vuelta. Archó padre la miraba con tantas ganas a Brusela, cuando se trepaba a los árboles, desde el torno ruidoso (ruidoso a la hora de la siesta y con ese vaho a grasa que llegaba a la tardecita cuando hacía mucho calor). Brusela me mostró los planos para construir la balsa, y quiso volver a besarme, pero apareció Archó padre con el mameluco lleno de grasa y con aliento a cebolla, y nos separó y se la llevó al tallercito para que ella le explicara qué quería hacer con la balsa: y entonces ella me puso algo en el bolsillo. Yo no quise mirar en el momento para no parecer un desesperado, pero me moría de ganas. Si todavía me daba vueltas en la cabeza el beso que no habíamos podido hacer realidad, esa tarde, por culpa del viejo sucio... ¡La foto es mía !

Aló se para y vuelve a quitarle la foto. Ben se masturba. Aló lo empuja. Ben no reacciona, sólo dice :
- Hay que matarla.
-¡No ! No podemos. Si no existe. La Brusela que tenemos en la cabeza no existe. Es una invención nuestra. Cada día más bella, más ajena, más perfecta: lo mejor que tuvo que haber hecho, la chinita que conocimos, era montar un caballo, en la noche de las Fogatas, en el monte, y cabalgar hacia el fuego, como la más hermosa de las Valquirias.
- Hay que matarla, Aló. Nos está destrozando. Nos está matando lentamente. Mirá lo que somos, desperdicios.
- No es ella la que nos está matando, no es Brusela. Es el recuerdo del frustrado viaje lo que el recuerdo de ella nos evoca.
- Ella es la culpable - sentencia Ben.
- Sí, es la culpable de muchas cosas pero no de que nos estemos muriendo.
- Pero vos mismo, hace un rato, dijiste que era ella la culpable. Vos, Aló, quisiste que la matáramos y yo me negué. No entiendo cómo hice para negarme. ¡Qué estúpido soy !
- Sí, es verdad, pero estuve pensando, reflexionando, y no es lo más conveniente.
- No ves, ahí estás pensando, dijimos que no íbamos a pensar nunca más. Sos un traidor. Rompés los acuerdos. Traidor. Si sabés que el pensamiento trae a los recuerdos, y los recuerdos a Brusela. Y sabés bien qué es lo que evoca Brusela: me decís entonces, ¿ por qué carajo pensás ?
- Un momento, vos empezaste todo. Vos nombraste a Brusela. Vos dijiste haberla visto anoche. Vos pensaste todo el tiempo en ella, Ben.
- No es posible.
- Es imposible.
- Es lo mismo.
- ¿Qué cosa ?
- Que no sea posible o que sea imposible.
- ¿Qué importa eso?
- Es verdad.
- No podemos huir de ella.
- Debemos romper la foto.
- ¡No ! - dice Aló.
- Entonces no querés olvidarte de ella.
- No es eso, Ben. Se trata del sentimiento. Dijiste hace un rato que sentimiento y pensamiento no son la misma cosa. Que están separados como si fuesen dos entidades distintas. Cómo se hace, amigo Ben, para no pensar en ella y en todo lo que queremos olvidar, cuando se nos mete en los huesos una ráfaga de viento caliente cargado con olor a durazno, o a bosta, o a río próximo: cómo carajos no pensar en ella cuando sentimos algo semejante. Ves : sentimiento trae al pensamiento y el pensamiento al recuerdo (o a la muerte en vida que es lo mismo ; yo creo por otra parte que no existe otro tipo de muerte que no sea en vida). Así, entonces, se forma el circuito Ben. Todo está imbricado con todo. Unidad. Circuito perverso. La Vida.
- Rompamos la foto entonces - dice Ben, sin haber entendido nada, terco.
- No se trata de eso. Estamos atrapados en última instancia por ese circuito perverso, Ben. De nada sirve que lo hagamos.
- Sos un cobarde o realmente no querés olvidarla.
- No es que no quiera. No se trata de una cuestión de conciencia, de querer, de proponerse algo. Por ejemplo : olvidar que los zapatos blancos están en el tercer cajón de la cómoda del lado de la repisa, en la habitación del altillo. Olvidar a partir del martes a las 15,37 que los zapatos blancos están en el tercer cajón de la cómoda del lado de la repisa, en la habitación del altillo. Eso es ridículo, absurdo. Jamás, Ben, y es jamás porque nos ha dejado una huella en el cuerpo y en la cabeza: jamás podremos olvidarnos de ella. Además ¿Por qué debo olvidarla, por qué olvidar el beso que me dio junto al zanjón, por qué olvidar su cara ingenua en un costado de la balsa mientras comía el sandwich de queso, y se nos aparecía el mar al menos por un rato en ese sueño ?
- Porque hicimos un trato - dice enfureciéndose Ben. Porque hicimos un trato.
Ben comienza a moverse por todos lados. Nervioso. Revolviendo el aire con las manos, en una de ellas tiene la foto y murmura :
- Porque hicimos un trato, traidor.
Luego, se sientan. Ben sobre la tierra. Concentrado. Cabizbajo. Aló en el banquito de madera. Memorioso. Reviviendo quizás ese beso.
La música y las voces provenientes de la Casa, detrás del arbusto, no han vuelto a dejar de escucharse. Siguen constantes. Ahogadas. Monótonas. Indescifrables. Tristes.
Una bruta ansiedad se manifiesta en Ben, sin explicación aparente, como un rayo en una noche estrellada.
- Tal vez no se acuerde de mí - dice Ben.
Aló reacciona inmediatamente, como si esperara esas palabras.
- ¿Cómo? - pregunta sorprendido.
- No - muestra una sonrisa forzada, es una máscara, detrás corre un río de tristeza y arrepentimiento, un río que se ha vuelto herida angustiosa.
- ¿Qué?
- No puedo hacerte esto.
- ¿De qué hablás?
- Los extremos, Aló, hablo de los extremos, de mi farsa.
- Que nunca besaste a Brusela, dijiste. Que nunca fue tu mujer.
- No es eso.
- ¡Ah, cobarde!, ¿y cuál es tu farsa entonces?, ¿el sueño que nunca pudiste soñar?
- ¿Por qué decís eso?
- Porque es la verdad.
- No hay Verdad, sólo verdades dispersas por el mundo, como minas en un campo de guerra.
- Tu verdad, acabás de poner un pie en tu verdad y: ¡Boom! Allá tu pierna. Allá tu cabeza. Aquí un dedo.
- No es eso.
- Cobarde y traidor.
- Es que...
- Es que te rompió siempre las soberanas pelotas, y de envidioso, que yo haya podido enamorar a Brusela, que yo haya podido besarla, que yo haya podido soñar tu sueño. Porque después de todo yo hice realidad el Viaje en el sueño, yo viví el Viaje contado con otras palabras, con las palabras que son del mundo de los sueños, y que, a pesar de todo, igual ahora no me sirven. Si querés como consuelo, de algún modo tampoco me sirvió de nada haber vivido el Viaje en ese sueño contado con otras palabras, porque igual hoy es un Viaje frustrado: la cara de Archó tapándonos el mar, por ejemplo. Y como yo pude soñar tu sueño, vos armaste toda esa historia de tu romance con Brusela. Lo vengo sospechando, Ben. ¡Pero si nunca te soportó, nunca! Te la apropiaste de envidioso, de resentido, para hacerme sentir un estúpido que le roba las mujeres a su mejor amigo.
- No es eso - dice Ben llorando, sin poder ocultar más la verdad.
- Sí, decílo cobarde.
- No es eso... los extremos, Aló, no es eso...los extremos, Aló ; y la balsa ¿te acordás de la balsa ? ¿y del Viaje que íbamos a hacer ?¡Cómo soñábamos, Aló !¡Qué maravilla !¿Qué se habrá hecho de todo eso, amigo?¿Qué se habrá hecho de la planta de naranjas de ombligo en el fondo de la casa de Archó ?¿Qué se habrá hecho del rulemán aceitado que estropeó el vestidito floreado de ella, con el que vos la soñaste, el que tenía cuando te besó ? Porque yo vi todo, Aló. Yo lo vi todo, amigo...vi cómo te metía esta foto en el bolsillo mientras Archó padre se la llevaba al tallercito...
- Nunca Brusela fue tu mujer, nunca. ¡Maldito hijo de puta !

Se escucha detrás del montículo de tierra la proximidad del tren.
Ben corre desesperado, desaparece en la oscuridad, en dirección a las vías.
Aló corre detrás, con el banquito de madera en la mano.
- ¡No ! - grita - ¡No la mates!

En ese momento termina la fiesta. Se apaga la música. Se apagan las luces. Se apagan las voces. Se escucha pasar el tren en la oscuridad detrás del montículo de tierra.

(Sobre la vieja calle abandonada reposa un papel con bordes irregulares, un papel al que Aló y Ben llaman foto de Brusela. Ahora, en este instante, cuando ya no hay nada, una ráfaga de viento lo arranca del suelo, y la oscura noche parece comérselo.)



…afuera no hay luz, y por lo tanto la rigidez de los músculos en las caras se pierde, ese detalle insignificante también deja de ser detalle, porque ahora no se ve, y no se ve, no sólo por el vidrio que es un ventanal y que está sucio, sino porque afuera ahora no hay luz, es de noche, y cuando es de noche no veo a las macetas con helechos, ni a la pelota quieta, ni a las baldosas que lo sostienen todo, pero crece, en silencio, aunque no la vea, la mancha de humedad, sigue expandiéndose, los brazos de la humedad, en silencio, como un taladro que atraviesa los oídos, los oídos de los mudos, de los que ahora están muertos, de todos nosotros que estamos muertos quiero escribir en la pared sin revoque del patio con un trozo de carbón, pero no hay luz y los oídos se desangran, lentamente, entre figuras masticadas de bronca, deshilachadas, como vestidos arrasados por perros furiosos: un campito húmedo, como la mancha, la pelota en un campito húmedo como la mancha, el descolorido campito húmedo como la mancha y con la pelota, el largo silencio en ese campito descolorido y húmedo como la mancha y con la pelota, lo incomprensible se proyecta siempre, en ese largo silencio, hacia lo eterno, pido perdón ahora por el punto, cómplice de todo: de la humedad, de la sonrisa involuntaria, si es que hay sonrisa, de este pueblo horrible, del retrato sépia, de Beckett, del aire envejecido, de los animales muertos, de los caminos secos, de lágrimas sueltas, de frescuras, de sudores, de miradas, de posiciones, de estacas, de macanas, de hombres o mejor dicho de pequeños fantasmas de andenes, pequeños fantasmas en los extremos de los andenes: pido perdón entonces, yo, Pajarito Lernú, por el punto final, esa otra oscura forma de la muerte.


(*) Hernán Ronsino nació en Chivilcoy, Provincia de Bs. As., en 1975. Es sociólogo, egresado de la UBA, y escritor. Tiene un libro de cuentos inéditos, y actualmente continúa trabajando en su producción literaria.
E-mail: hernanronsino@hotmail.com




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