Sr. Presidente, reciente reposición
del grupo Rajatabla se nos presenta como un acontecimiento
teatral. Esto es, que la experiencia para el espectador
se unifica con el actor. La intimidad, dada por la cercanía
de la escena con el espectador. Nos hace pensar a su vez
en aquella relación actor-público. La historia
es evidente: el caudillo latinoamericano como impostura
política. Ahora, la anécdota sólo cubre
parte de la experiencia: es la estructura estética
lo que adquiere importancia. No hallamos una «dirección»,
si no la composición, y también discusiva,
de los actores en torno al escenario: disponer de la escena
en modo circular no es aquí un capricho estilístico
o un exceso conceptual. Por el contrario, es estructurante,
puesto que el ritmo llevado a cabo es contundente a pesar
de la cercanía con el público. Todo el acontecer
de la historia debe desarrollarse sin descanso. Los actores
mantienen el ritmo. Éste se sostiene por aquél
ritmo de los actores. Desde luego, tal hecho exige que los
dispositivos sean usados en su coherencia. Nada nos parece
que está en exceso o en desuso. Como decía,
se componen, se unifican. Sabemos que el pretexto literario
debe exigirnos un compromiso: para todos es conocido, junto
a Miguel Ángel Asturias, que nuestros escritores
han tenido como preocupación el autoritarismo latinoamericano,
cualquiera que sea su causa y origen: las dictaduras, la
fatalidad histórica y la depresión política
han sido el lugar común de América Latina.
Es un acuerdo discursivo entre la historia
de la novela, la cual le dio origen a la escena, el concepto
de Carlos Jiménez y la memoria actoral de sus actores,
han dado como resultado que se imponga -sin falsa modestia-
un uso teatral, con el cual están convencidos de
cómo hacer teatro, nos recuerdan, y mucho, que de
alguna manera los adefesios (tanto teatro de taquilla),
sólo quedará en el recuerdo del algunos «productores»
beneficiados.
Cada actor hace funcionar sus recursos, conoce
de ellos y tiene conciencia de su uso por medio de esta
memoria actoral: el espacio se transfiere en un uso memorial
porque los actores hacen uso de cada una de sus condiciones,
a objeto de levantar la definición que está
presente en una agrupación como lo es Rajatabla:
el compromiso es mayor cuando la audiencia, «mano
en el mentón», espera sólo por el error
de un actor o por cualquier equivocación ante nuestros
ojos. Esto se apreció para quienes, en cambio, estábamos
como espectadores, disfrutando objetivamente, sin prejuicios,
el hecho actoral de modo natural. Este hecho acontecido
entre las butacas demuestra que el espectador forma parte
del quehacer teatral. No es, un espectáculo, igual
al otro, según se tenga un público diferente,
bien lo decía Peter Brook: que el éxito de
un espectáculo dependía -y depende- del público
y sus condiciones de contexto. Creo que esto nos explica
porqué Rajatabla recoge frutos fuera del país:
el público que está fuera de nuestro país
sólo disfruta la composición. No la enjuicia.
No pretendo, como gran parte de nuestra crítica,
justificar conceptualmete. Sino poner en la palestra un
estudio más objetivo de las relaciones comunicacionales
que se establecen entre el público y el actor. Más
aún, cómo incorpora el actor su lenguaje en
un contexto social a veces contrario a su propia estética.
Nos interesa cuando esto está integrado en la atmósfera
que se hace presente. Y esta atmósfera, que está
vinculado al espacio teatral conduce cualquier escenario
hacia un final feliz. Pero siempre se impone el actor. Y
en esta ocasión queda evidente la maestría
actoral de cada uno. No hay desniveles, ni excesos. Incluso,
y esto lo digo con toda responsabilidad, algunos arquetipos
actorales intencionan el perfil de los personajes, como
pudimos ver en Roberto Moll en su interpretación
para figurar una conciencia de la escena. Elemento que usa
el grupo como muestra y dominio de su lenguaje. Nada sobra,
el ritmo se establece. Estoy seguro que merece un capítulo
aparte encontrar los elementos que integran aquella relación
semántica que nos permita puntualizar sobre el comportamiento
del actor cuando se halla ante su conciencia escénica.
De esta manera lamento que ha muchos nos les guste aceptar
cuando se está frente a niveles de maestría
actoral. Lo disfruté con la humildad del alumno.
(*) JUAN MANUEL MARTINS, escritor
y dramaturgo venezolano, es director de la Editorial Ediciones
Estival (Maracay-Venezuela).
Ha escrito y dirigido entre otras las siguientes obras:
Terciopelo negro, A la mitad de la iguana,
Tres cabezas muerden mejor que una, Preludio
en tres autoestimas o la vida con Edith Piaf. Entre
sus publicaciones se encuentran: Deseos de casa,
Editorial la Liebre libre; Teatro y Literatura,
Editorial La Liebre libre (Recopilación de ensayos de poetas
como Eliot, Pessoa, O. Paz y Oscar Wilde en torno al teatro);
Poética para el actor, editorial The Latino
Press de Nueva York.
Colaborador de la página literaria Contenido del Periodiquito.
Ha publicado diferentes artículos en la prensa regional,
y extranjera. Colaborador en diferentes programas de mano
de actividades culturales de la región.