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Desde el primer momento, desde el mismo día en que el
Concejo votó el permiso para el prostíbulo, Junta
pensó en María Bonita, consideró indispensable
descubrirla en la capital y convencerla. Era la oportunidad
de su vida, como ya se ha dicho; sólo con la mujer podría
aprovecharla sin desperdicios, sin deformaciones. Pero al regreso
a la capital -Barthé se negó a hacerle un adelanto-
perdió en seguida el entusiasmo anticipado, la voluntad
de revancha, la energía de los pasos fanfarrones. La
ciudad era de otros, las caras empolvadas de los cafetines no
se parecían a ningún recuerdo, hablaban un idioma
nuevo y difícil, ignoraban la historia y no creían
del todo en los aparecidos.
Atónito y rencoroso, con las pistas embrolladas,
llenándose de amigos muertos o perdidos, situado sin
dinero en el principio del miedo, Junta alquiló una pieza
próxima al puerto, permitiéndose veinte días
de vida.
Comía poco y se levantaba al oscurecer
para perder la noche buscando en los cafetines del Bajo la cara
o el gesto familiar que pudieran guiarlo hasta María
Bonita. Había encontrado, en la esquina de la pensión,
un café sucio y en ruinas, se había hecho dueño
de una mesa junto a una ventana empañada de grasa, cerrada
siempre contra una ciudad de nieblas y fantasmas. Por una copa
que prolongaba durante horas, compraba el derecho a examinar
los fracasos de la noche anterior, las esperanzas e intuiciones
de la próxima. Peligrosamente, el gran tema de su regreso
a la capital era cada vez menos María Bonita y el negocio,
cada madrugada más él mismo, Junta, la juventud
y el pasado.
Envejecido, con la conciencia de la camisa sucia,
del vello en las orejas, de los tacos torcidos, de la soledad
y el rechazo, tocaba con la lengua la copita de cazalla e iba
formando al Junta cruel y joven, rabioso por vivir, al Junta
de las noches heroicas y codiciosas.
Al principio había sido aquella grosera
cosa, aquel oficinista de veinte años que trataba de
satisfacer un orgullo, también grosero, instintivo, con
todo lo que pudiera obtener gratis de las mujeres. Después,
no se sabe cuándo, tan evidente como la pubertad, una
dolencia o un vicio, segura, instalada para siempre, apareció
la vocación. Casi nada, al principio; nada más
que decisiones caprichosas en esquinas de suburbios, gratuitas
crueldades en los reservados para familias de los bares, un
frenético desprecio por las confesiones de los amigos.
Nada más que eso y la debilidad, la angustia de saberse
distinto a los demás, la extraña vergüenza
de mentir, de imitar opiniones y frases para ser tolerado, sin
la convicción necesaria para aceptar la soledad. Mantenido
alerta por la intuición de que su destino, aquella forma
de ser, que ansiaba y en la que creía vagamente, no podía
cumplirse en la soledad.
Era todavía también el tiempo de
las oficinas, de los empleos de cien o ciento veinte pesos,
de horarios de ocho horas, de su letra redonda, clara, pareja,
extendiéndose azul, dócil, espontáneamente
engañosa sobre Diarios y Mayores, construyendo la sensible
inutilidad de las columnas del Cuentas Corrientes. Era el tiempo
de la corta, rápida sonrisa torcida ante patrones, contadores
y gerentes: la voluntad sin cobardía de ser simpático,
de imponer a los demás una forma adecuada del respeto,
de ser aceptado. Y, simultáneamente, la voluntad de no
entregarse, de no aceptar el mundo extravagante que los otros
poblaban y defendían.
Pero ya era, aunque precario, el tiempo de la
breve y costosa felicidad en las peluquerías, del abandono
masculino y casi sin objeto en la tibieza violentamente perfumada
de los salones prolongados por espejos que parecían reproducir
también las discusiones deportivas, el ajetreo de los
clientes y de la calle; el abandono a las navajas, a la ausencia
rodeada por los paños húmedos e hirvientes de
los fomentos. Mientras la realidad, todavía desconcertante
e indócil, se comunicaba con su ensueño sin imágenes
entre las toallas asfixiantes y mentoladas, sin interrumpirlo,
fortaleciéndolo, por medio de los dedos que trabajaba
la manicura y el zapato que repulía el lustrabotas.
Después apareció la mujer, la primera
mujer de verdad, la que ofreció contrato, con la necesaria
naturalidad, y fue seria y sincera, demostró alegremente
que era capaz de cumplir. Casa, comida y los billetes de diez
pesos, depositados sobre la rodilla, bajo las mesas de cafés
y restaurantes, convertidos en una rígida tirita de papel,
despojados de todo significado de valor por dieciséis
o treinta y dos dobleces, prestados con la esperanza de que
él nunca intentaría devolverlos.
Pero él, Junta, solo pudo darse cuenta
de que había aparecido la primera mujer de veras cuando
ya estaba por la quinta o sexta. Sin embargo, las reiteradas
y cumplidas ofertas de pensión completa y no contabilizados
billetes para imprevistos y la diaria carecían de seguridad
y grandeza; solo podían ser consideradas como hechos
transitorios, periodos de ensayos diversos y aprendizaje.
Era necesario seguir apresurándose para
alcanzar tranvías, subterráneos u ómnibus
a las siete de la mañana y aceptarse -a pesar del exasperado
y secreto orgullo que podía extraer de los billetes de
banco, no ganados con el trabajo, que estrujaba en los bolsillos,
a pesar de su inalterable fe en una predestinación indudable-,
aceptarse hermano o pariente de los hombres soñolientos,
apesadumbrados, sin rebeldía, que se empujaban y se olían
en los vehículos, maniobrando para leer los títulos
de las páginas traseras de los diarios y cuyos sombreros
perdían en la nuca gotas turbias de agua, jabonosas,
vergonzantes.
Es necesario firmar el reloj de entrada, avanzar
saludando con la boca torcida, el cuerpo un poco doblado para
que la humildad desbaratara curiosidades y atenciones, entre
una doble fila de hombres inclinados, de hombres que colgaban
sacos de las perchas, de mujeres que se abotonaban guardapolvos
y se miraban, por última vez antes de mediodía,
en los espejitos de las polveras.
Era necesario escuchar lo que habían traído
de sus casas, de la noche anterior, los tres hombres que trabajaban
a su lado; era necesario asentir; extraer de la caja de hierro
los grandes libros forrados de arpillera gris, abrirlos, acomodarse
las mangas de lustrina que cuidaban los codos y la blancura
de los puños y trazar palabras y números, mover
y consultar papeles de colores suaves, mascar la impotencia
y distraerse a veces, sin aparentarlo, examinando el brillo
sonrosado de las uñas a la luz cotidiana, imprescindibles,
de los tubos fluorescentes.
A veces odiaba su cobardía y la creía
inexcusable; otras pensaba que la doble vida, la puntual entrega
ocho horas a un mundo absurdo, a una interpretación de
la existencia que él sabía equivocada, constituían
una etapa deseable, como, en definitiva, son deseables y útiles
las horas de aburrimiento del colegio para el muchacho que quiere
llegar a la Facultad y entregarse, por fin, a su vocación.
Estaba entonces empleado en una editorial de
revistas y vivía en una pensión del centro, con
una mujer mayor que él, una mujer que estaba engordando.
Se llamaba Blanca, por tener un nombre, y trataba de usarlo,
lo arreglaba como se arreglaba el maquillaje o modificaba con
fajas y presiones su cuerpo para salir a la calle. Humillado,
sin odiarla, Junta joven recibía en los primeros días
del mes los trescientos pesos que ella cobraba como maestra
en una escuela. De eso vivían, porque era necesario que
el sueldo de la editorial se gastara en comidas y copas con
amigos, que no fuera útil para ella.
Pero ni esto, ni la planeada violencia, ni los
días de mutismo, ni los alejamientos sorprendentes y
los regresos sin explicaciones alcanzaban para limpiar de su
culpa original a los arrugados billetes mensuales que caían
sin falta sobre la mesa del cuarto de pensión. Sumaban
trescientos pesos, menos los descuentos jubilatorios y de la
Caja de Maternidad; significaban treinta días de casa
y alimentos. Los billetes sucios, arrugados, principalmente
verdosos, que habían sido ganados con el trabajo.
Como todo el mundo, ella tenía un nombre,
Blanca; pero era un nombre que no la representaba, un nombre
que podía aplicarse a cualquier otra mujer sin modificarla.
Tampoco la representaban su cuerpo engordado, el cansancio y
la renuncia, anticipados ferozmente, con inexplicable urgencia,
casi con el orgullo de transmitir primicias por sus ojos y su
boca en reposo. Por eso, sin cara, sin una voz distinguible,
intentaba ser, colocar en el mundo, separadas de ellas, casi
como objetos que pudiera contemplar con curiosidad, sus singularidades.
Desesperada y tímida, había tomado
el nombre Blanca y lo había hecho Blanche, Bianca, Quita,
Blan. Sabía que el nombre no daba para mucho. Y Junta
bajaba con ella por la gran avenida casi todas las noches, con
un cigarrillo quemándose en la torcedura de la boca,
avergonzándose de la mujer y dispuesto a pelear por ella,
distraídamente orgullosos de su uniforme nuevo y planchado.
El traje gris, la camisa blanca de seda, el gacho negro, la
moña también negra de la corbata, los zapatos
de charol con cintas anchas, pesadas, y los tacos altos y finos.
Caminaba asegurándose a cada paso, a cada chau de los
amigos del café, a cada crispamiento de los dedos de
Blanca ( o Quita, Bianca, Blan, Blanche, Blancette, según
fuera la noche) de la calidad vulgar e irremediable del dinero
de que estaba viviendo.
A veces, en las sobremesas del restaurante, abochornado
por las frases construidas y completas, maculadas además
por adivinables intenciones morales y estéticas que Blanca
lanzaba frente a los amigos que se acercaban para tomar café,
Junta sospechaba que la mujer quería ocupar un lugar
en su mundo, a pesar de la grasa creciente y de los años,
luchando contra la gordura y la vejez como si fueran cosas ajenas,
obstáculos en el espacio, independientes de ella, de
su cuerpo.
Pero él nada tenía que ver con
ella ni con su afán; una cara, en blanco como el nombre,
posibilidades vagas y pretéritas y, sobre todo, debajo
de todo e inutilizándolo, aquella honestidad orgánica,
irrenunciable; las cinco horas de trabajo en la escuela, los
actos y las palabras con que Blanca salvaba diariamente - para
sí misma, para la partícula inmortal de sí
misma que había permanecido en ella - tradiciones y puntos
de vista, creencias inexplicables y que no había necesidad
de explicar.
Después llegó la crisis, la hora
previsible en que toda alma fuerte busca la soledad y su destino.
Junta dejó el empleo y se separó de Blanca o de
la mujer que sustituía a Blanca. Alquiló una pieza
en un barrio de casitas baratas y a cada mediodía, recién
despierto, afeitado, consciente de la desviación de su
boca en la sonrisa como podría tener conciencia de las
particularidades y la capacidad de una herramienta, tomaba el
tranvía para encontrar a los amigos, hacerse alimentar
por ellos y buscar en los cabarets del Bajo la mujer proporcionada
a su vocación, la mujer imprescindible para empezar a
vivir, seriamente, de acuerdo con sus convicciones.
Entonces conoció a María Bonita
y estuvo seguro de que la realización de los ideales
depende del grado de renunciamiento de que seamos capaces; esta
seguridad se transformó luego en dogma y no habría
de abandonarlo durante el resto de su vida. María Bonita
era prudente e inmoral; prudente inmoral, pensaba él
enfurecido, sin comprender, como si realizara la tarea sin sentido
de apartar cosas que no podían mezclarse y que, sin embargo,
allí estaban, en ella, combinadas dando vida a la mujer,
transformadas en ella. Prudencia e inmoralidad soportaron todas
las pruebas que él fue capaz de imaginar, eludieron todas
las trampas que pudo armarles, continuaron siendo, inagotables,
vigorosas, las mismas y de acuerdo, a través de golpes,
injusticias, actos generosos, desafíos, expectativas
taimadas o sinceras.
Estaba, ya, en el tiempo de los amigos, colegas,
unos, simplemente, sin otra cosa para darle que la camaradería
y lecciones de estilo, ejemplos de técnicas que podían
ser discutidas o asimiladas con avidez. Otros, casi siempre
fracasados o acercándose a un envejecimiento pobre y
conyugal, hermanos suyos por la intensidad del impulso que los
había llevado a una vida definible o recordable por medio
de olor a billetes y a vida definible o recordable por medio
de olor a billetes y a mujer, por camisas de seda, biombos,
abortos, churrasquerías junto al principio del campo,
mejillas pulidas, nostalgia y la profesada indiferencia. Una
intensidad que los superaba, que iba más allá
de las cuentas bancarias y la satisfacción irreflexiva
del orgullo, más allá de las posibilidades de
comprender que les habían sido dadas. Eran sus hermanos,
estaban condenados como él, apuntaban las tradiciones,
exasperaban el odio al gringo, iban buscando motivos de confianza
en idolatrías sucesivas.
Algunos de ellos -silenciosos, crispados, desafiantes-
se mostraron dignos de verlo llorar en el mostrador de un café
que tenía dos duras rayas perpendiculares de crespones
colgando del palco de los guitarristas, vacío, cuando
los marselleses mataron al pibe Julio en la puerta de un prostíbulo.
Algunos de ellos quisieron ayudarlo en la venganza
o en sus interminables preparativos. También en la desobediencia
a la orden de esperar y contemporización que dictaron
los jefes nativos, los amulatados Pérez y Giovaninis.
En realidad, y lo sospechaban, las conspiraciones para la vindicta,
arrastradas en restaurantes, bares y enramadas, no eran otra
cosa que el prolongado velorio del pibe Julio, que nadie pudo
celebrar. Se contaban historias y se hacían profecías
de cumplimiento improbable, se buscaba coraje en las pausas
rodeadas por lo improbable, se buscaba coraje en las pausas
rodeadas por los vasitos de caña, y las manos que golpeaban
las culatas de los revólveres arriba de las nalgas medían
también el desconcierto, lo irremediable de la muerte,
una estupefacta impotencia.
El Junta de años después, el Junta
de El Liberal y la casita en la costa, el que solo disponía,
para ayudarse a evocar, de la atención deslumbrada y
admirativa de Vázquez, el del reparto de los diarios,
o de algún joven camionero tropezado en las cortas madrugadas
de Santa María, acostumbraba ponerse de pie y exhibir
el recuerdo de pelo en la cabeza antes de reiterar la historia,
antes de las iniciales negativas que iría superando:
-No sé cómo se llamaba; el apellido,
quiero decir. Se llamaba Julio. No lo vi morir, pero había
estado con él unas horas antes, el día antes.
Tenía veinticuatro años, era menor que yo, un
poco menor entonces; pero era lo mismo: hombres curtidos, hombres
que se habían hecho mucho antes de que los polacos vinieran
a rematar mujeres en el sótano del Aiglon, hombres
que eran hombres como ya no quedan, lo tenían por jefe
y se llevaban de su consejo. Por aquel tiempo, le hablo de cuando
la dictadura, todos andábamos separados, cada cual buscando
hundir al compañero por roñerías sin importancia.
Los marselleses no; porque es como siempre, a ellos solo les
importaba el negocio y sabían entenderse para defenderlo.
Marselleses y judíos y después los polacos que
se arrimaron al sol que más me calentaba, sin contar
que también eran gringos, se explica. Y él era
una esperanza para todos nosotros, mayores que él, le
repito, cansados de andar en entreveros, hombres criados entre
mujeres de la vida y los tiras. Cada cual de los grandes lo
cuerpeó al principio, le dijo que sí sobrándolo,
le tomó el peso y lo destrató como a un coso que
acaba de avivarse y se acerca al bollo, al punto que maneja
la pelota, buscando un rebusque. Pero no les pedía nada
y si le querían dar rechazaba sin ofensa. El pibe Julio,
vea, procedió así: yiraba con paciencia, se entreveraba
hasta descubrir a alguno de los que les hacían changas
a los tiburones. Entonces se hacía presentar al hombre
y llegado el momento le hablaba de los marselleses. Que por
qué nosotros peleándonos y ellos unidos para jodernos;
que por qué no nos organizábamos y enterrábamos
toda la ropa sucia y hombro contra hombro los íbamos
echando de esta tierra que es nuestra. Buscaban sacárselo
de arriba, como a una mosca seguidora, cuando les aburría
o les daba rabia que uno que no se había limpiado la
leche de la boca viniera a decirles, a ellos, qué era
lo que tenían que hacer. Pero él, con aquel aire
de señorita al lado de tipos que estaban debiendo muertes,
que tenían cadenas de clandestinos y que se sabían
de memoria, para ellos mismos y para aconsejar, los agujeros
de la ley, seguía dale y dale, machacando en lo mismo,
riéndose cuando había por qué, pero mostrándole
con los ojos que no era de arrear con las riendas. Y ninguno
se le animó; les decía razones sin alzar la voz,
quietito, mirándolos a la cara. Y así fue creciendo,
poco a poco y sin perder el tiempo. No pedía nada para
él; andaba con dos mujeres y no buscaba más. Solo
quería que nos uniéramos, que nos dejáramos
de chiquilinadas y nos defendiéramos de los gringos y
los vendidos. Era una esperanza, usted puede imaginarse; todos
pensábamos de antes lo que él andaba repitiendo
y solo él, nuevo, sin líos, podía andar
de uno a otro, discutir y convencer. Si lo habré visto
mano a mano con alguno de los capos, siempre vestido de gris,
sin lujos, el gacho negro alzado; y puedo decirle: el que lo
quiso empezar en cachada acabó siempre en respeto. Yo
lo vi unas horas antes, en el centro, era un sábado,
me llamó desde el mostrador de aquel café que
no hay más, el Dorrego, y me invitó riendo a tomar
una copa, medio me abrazó, con un diario doblado abajo
del brazo y - por primera vez para mí - con una corbata
que no era negra y un alfiler, lo estoy viendo, en forma de
herradura, con piedras muy chiquitas. Yo estaba apurado por
cualquier cosa y no pude adivinar. Al otro día, domingo,
de tarde, en cuanto bajó el sol, estaba parado en la
puerta de una casa con parrillada y los marselleses lo madrugaron
desde un taxi, media docena de balas en la barriga. Ni pudo
hablar. Tenía que ser. Y entonces sí que se acabó
la patria, se acabó todo.
(*) Alianza Editorial, Madrid, 1981
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