Capítulo XIV - Junatcadáveres (*)
Por Juan Carlos Onetti

 


Desde el primer momento, desde el mismo día en que el Concejo votó el permiso para el prostíbulo, Junta pensó en María Bonita, consideró indispensable descubrirla en la capital y convencerla. Era la oportunidad de su vida, como ya se ha dicho; sólo con la mujer podría aprovecharla sin desperdicios, sin deformaciones. Pero al regreso a la capital -Barthé se negó a hacerle un adelanto- perdió en seguida el entusiasmo anticipado, la voluntad de revancha, la energía de los pasos fanfarrones. La ciudad era de otros, las caras empolvadas de los cafetines no se parecían a ningún recuerdo, hablaban un idioma nuevo y difícil, ignoraban la historia y no creían del todo en los aparecidos.

Atónito y rencoroso, con las pistas embrolladas, llenándose de amigos muertos o perdidos, situado sin dinero en el principio del miedo, Junta alquiló una pieza próxima al puerto, permitiéndose veinte días de vida.

Comía poco y se levantaba al oscurecer para perder la noche buscando en los cafetines del Bajo la cara o el gesto familiar que pudieran guiarlo hasta María Bonita. Había encontrado, en la esquina de la pensión, un café sucio y en ruinas, se había hecho dueño de una mesa junto a una ventana empañada de grasa, cerrada siempre contra una ciudad de nieblas y fantasmas. Por una copa que prolongaba durante horas, compraba el derecho a examinar los fracasos de la noche anterior, las esperanzas e intuiciones de la próxima. Peligrosamente, el gran tema de su regreso a la capital era cada vez menos María Bonita y el negocio, cada madrugada más él mismo, Junta, la juventud y el pasado.

Envejecido, con la conciencia de la camisa sucia, del vello en las orejas, de los tacos torcidos, de la soledad y el rechazo, tocaba con la lengua la copita de cazalla e iba formando al Junta cruel y joven, rabioso por vivir, al Junta de las noches heroicas y codiciosas.

Al principio había sido aquella grosera cosa, aquel oficinista de veinte años que trataba de satisfacer un orgullo, también grosero, instintivo, con todo lo que pudiera obtener gratis de las mujeres. Después, no se sabe cuándo, tan evidente como la pubertad, una dolencia o un vicio, segura, instalada para siempre, apareció la vocación. Casi nada, al principio; nada más que decisiones caprichosas en esquinas de suburbios, gratuitas crueldades en los reservados para familias de los bares, un frenético desprecio por las confesiones de los amigos. Nada más que eso y la debilidad, la angustia de saberse distinto a los demás, la extraña vergüenza de mentir, de imitar opiniones y frases para ser tolerado, sin la convicción necesaria para aceptar la soledad. Mantenido alerta por la intuición de que su destino, aquella forma de ser, que ansiaba y en la que creía vagamente, no podía cumplirse en la soledad.

Era todavía también el tiempo de las oficinas, de los empleos de cien o ciento veinte pesos, de horarios de ocho horas, de su letra redonda, clara, pareja, extendiéndose azul, dócil, espontáneamente engañosa sobre Diarios y Mayores, construyendo la sensible inutilidad de las columnas del Cuentas Corrientes. Era el tiempo de la corta, rápida sonrisa torcida ante patrones, contadores y gerentes: la voluntad sin cobardía de ser simpático, de imponer a los demás una forma adecuada del respeto, de ser aceptado. Y, simultáneamente, la voluntad de no entregarse, de no aceptar el mundo extravagante que los otros poblaban y defendían.

Pero ya era, aunque precario, el tiempo de la breve y costosa felicidad en las peluquerías, del abandono masculino y casi sin objeto en la tibieza violentamente perfumada de los salones prolongados por espejos que parecían reproducir también las discusiones deportivas, el ajetreo de los clientes y de la calle; el abandono a las navajas, a la ausencia rodeada por los paños húmedos e hirvientes de los fomentos. Mientras la realidad, todavía desconcertante e indócil, se comunicaba con su ensueño sin imágenes entre las toallas asfixiantes y mentoladas, sin interrumpirlo, fortaleciéndolo, por medio de los dedos que trabajaba la manicura y el zapato que repulía el lustrabotas.

Después apareció la mujer, la primera mujer de verdad, la que ofreció contrato, con la necesaria naturalidad, y fue seria y sincera, demostró alegremente que era capaz de cumplir. Casa, comida y los billetes de diez pesos, depositados sobre la rodilla, bajo las mesas de cafés y restaurantes, convertidos en una rígida tirita de papel, despojados de todo significado de valor por dieciséis o treinta y dos dobleces, prestados con la esperanza de que él nunca intentaría devolverlos.

Pero él, Junta, solo pudo darse cuenta de que había aparecido la primera mujer de veras cuando ya estaba por la quinta o sexta. Sin embargo, las reiteradas y cumplidas ofertas de pensión completa y no contabilizados billetes para imprevistos y la diaria carecían de seguridad y grandeza; solo podían ser consideradas como hechos transitorios, periodos de ensayos diversos y aprendizaje.

Era necesario seguir apresurándose para alcanzar tranvías, subterráneos u ómnibus a las siete de la mañana y aceptarse -a pesar del exasperado y secreto orgullo que podía extraer de los billetes de banco, no ganados con el trabajo, que estrujaba en los bolsillos, a pesar de su inalterable fe en una predestinación indudable-, aceptarse hermano o pariente de los hombres soñolientos, apesadumbrados, sin rebeldía, que se empujaban y se olían en los vehículos, maniobrando para leer los títulos de las páginas traseras de los diarios y cuyos sombreros perdían en la nuca gotas turbias de agua, jabonosas, vergonzantes.

Es necesario firmar el reloj de entrada, avanzar saludando con la boca torcida, el cuerpo un poco doblado para que la humildad desbaratara curiosidades y atenciones, entre una doble fila de hombres inclinados, de hombres que colgaban sacos de las perchas, de mujeres que se abotonaban guardapolvos y se miraban, por última vez antes de mediodía, en los espejitos de las polveras.

Era necesario escuchar lo que habían traído de sus casas, de la noche anterior, los tres hombres que trabajaban a su lado; era necesario asentir; extraer de la caja de hierro los grandes libros forrados de arpillera gris, abrirlos, acomodarse las mangas de lustrina que cuidaban los codos y la blancura de los puños y trazar palabras y números, mover y consultar papeles de colores suaves, mascar la impotencia y distraerse a veces, sin aparentarlo, examinando el brillo sonrosado de las uñas a la luz cotidiana, imprescindibles, de los tubos fluorescentes.

A veces odiaba su cobardía y la creía inexcusable; otras pensaba que la doble vida, la puntual entrega ocho horas a un mundo absurdo, a una interpretación de la existencia que él sabía equivocada, constituían una etapa deseable, como, en definitiva, son deseables y útiles las horas de aburrimiento del colegio para el muchacho que quiere llegar a la Facultad y entregarse, por fin, a su vocación.

Estaba entonces empleado en una editorial de revistas y vivía en una pensión del centro, con una mujer mayor que él, una mujer que estaba engordando. Se llamaba Blanca, por tener un nombre, y trataba de usarlo, lo arreglaba como se arreglaba el maquillaje o modificaba con fajas y presiones su cuerpo para salir a la calle. Humillado, sin odiarla, Junta joven recibía en los primeros días del mes los trescientos pesos que ella cobraba como maestra en una escuela. De eso vivían, porque era necesario que el sueldo de la editorial se gastara en comidas y copas con amigos, que no fuera útil para ella.

Pero ni esto, ni la planeada violencia, ni los días de mutismo, ni los alejamientos sorprendentes y los regresos sin explicaciones alcanzaban para limpiar de su culpa original a los arrugados billetes mensuales que caían sin falta sobre la mesa del cuarto de pensión. Sumaban trescientos pesos, menos los descuentos jubilatorios y de la Caja de Maternidad; significaban treinta días de casa y alimentos. Los billetes sucios, arrugados, principalmente verdosos, que habían sido ganados con el trabajo.

Como todo el mundo, ella tenía un nombre, Blanca; pero era un nombre que no la representaba, un nombre que podía aplicarse a cualquier otra mujer sin modificarla. Tampoco la representaban su cuerpo engordado, el cansancio y la renuncia, anticipados ferozmente, con inexplicable urgencia, casi con el orgullo de transmitir primicias por sus ojos y su boca en reposo. Por eso, sin cara, sin una voz distinguible, intentaba ser, colocar en el mundo, separadas de ellas, casi como objetos que pudiera contemplar con curiosidad, sus singularidades.

Desesperada y tímida, había tomado el nombre Blanca y lo había hecho Blanche, Bianca, Quita, Blan. Sabía que el nombre no daba para mucho. Y Junta bajaba con ella por la gran avenida casi todas las noches, con un cigarrillo quemándose en la torcedura de la boca, avergonzándose de la mujer y dispuesto a pelear por ella, distraídamente orgullosos de su uniforme nuevo y planchado. El traje gris, la camisa blanca de seda, el gacho negro, la moña también negra de la corbata, los zapatos de charol con cintas anchas, pesadas, y los tacos altos y finos. Caminaba asegurándose a cada paso, a cada chau de los amigos del café, a cada crispamiento de los dedos de Blanca ( o Quita, Bianca, Blan, Blanche, Blancette, según fuera la noche) de la calidad vulgar e irremediable del dinero de que estaba viviendo.

A veces, en las sobremesas del restaurante, abochornado por las frases construidas y completas, maculadas además por adivinables intenciones morales y estéticas que Blanca lanzaba frente a los amigos que se acercaban para tomar café, Junta sospechaba que la mujer quería ocupar un lugar en su mundo, a pesar de la grasa creciente y de los años, luchando contra la gordura y la vejez como si fueran cosas ajenas, obstáculos en el espacio, independientes de ella, de su cuerpo.

Pero él nada tenía que ver con ella ni con su afán; una cara, en blanco como el nombre, posibilidades vagas y pretéritas y, sobre todo, debajo de todo e inutilizándolo, aquella honestidad orgánica, irrenunciable; las cinco horas de trabajo en la escuela, los actos y las palabras con que Blanca salvaba diariamente - para sí misma, para la partícula inmortal de sí misma que había permanecido en ella - tradiciones y puntos de vista, creencias inexplicables y que no había necesidad de explicar.

Después llegó la crisis, la hora previsible en que toda alma fuerte busca la soledad y su destino. Junta dejó el empleo y se separó de Blanca o de la mujer que sustituía a Blanca. Alquiló una pieza en un barrio de casitas baratas y a cada mediodía, recién despierto, afeitado, consciente de la desviación de su boca en la sonrisa como podría tener conciencia de las particularidades y la capacidad de una herramienta, tomaba el tranvía para encontrar a los amigos, hacerse alimentar por ellos y buscar en los cabarets del Bajo la mujer proporcionada a su vocación, la mujer imprescindible para empezar a vivir, seriamente, de acuerdo con sus convicciones.

Entonces conoció a María Bonita y estuvo seguro de que la realización de los ideales depende del grado de renunciamiento de que seamos capaces; esta seguridad se transformó luego en dogma y no habría de abandonarlo durante el resto de su vida. María Bonita era prudente e inmoral; prudente inmoral, pensaba él enfurecido, sin comprender, como si realizara la tarea sin sentido de apartar cosas que no podían mezclarse y que, sin embargo, allí estaban, en ella, combinadas dando vida a la mujer, transformadas en ella. Prudencia e inmoralidad soportaron todas las pruebas que él fue capaz de imaginar, eludieron todas las trampas que pudo armarles, continuaron siendo, inagotables, vigorosas, las mismas y de acuerdo, a través de golpes, injusticias, actos generosos, desafíos, expectativas taimadas o sinceras.

Estaba, ya, en el tiempo de los amigos, colegas, unos, simplemente, sin otra cosa para darle que la camaradería y lecciones de estilo, ejemplos de técnicas que podían ser discutidas o asimiladas con avidez. Otros, casi siempre fracasados o acercándose a un envejecimiento pobre y conyugal, hermanos suyos por la intensidad del impulso que los había llevado a una vida definible o recordable por medio de olor a billetes y a vida definible o recordable por medio de olor a billetes y a mujer, por camisas de seda, biombos, abortos, churrasquerías junto al principio del campo, mejillas pulidas, nostalgia y la profesada indiferencia. Una intensidad que los superaba, que iba más allá de las cuentas bancarias y la satisfacción irreflexiva del orgullo, más allá de las posibilidades de comprender que les habían sido dadas. Eran sus hermanos, estaban condenados como él, apuntaban las tradiciones, exasperaban el odio al gringo, iban buscando motivos de confianza en idolatrías sucesivas.

Algunos de ellos -silenciosos, crispados, desafiantes- se mostraron dignos de verlo llorar en el mostrador de un café que tenía dos duras rayas perpendiculares de crespones colgando del palco de los guitarristas, vacío, cuando los marselleses mataron al pibe Julio en la puerta de un prostíbulo.

Algunos de ellos quisieron ayudarlo en la venganza o en sus interminables preparativos. También en la desobediencia a la orden de esperar y contemporización que dictaron los jefes nativos, los amulatados Pérez y Giovaninis. En realidad, y lo sospechaban, las conspiraciones para la vindicta, arrastradas en restaurantes, bares y enramadas, no eran otra cosa que el prolongado velorio del pibe Julio, que nadie pudo celebrar. Se contaban historias y se hacían profecías de cumplimiento improbable, se buscaba coraje en las pausas rodeadas por lo improbable, se buscaba coraje en las pausas rodeadas por los vasitos de caña, y las manos que golpeaban las culatas de los revólveres arriba de las nalgas medían también el desconcierto, lo irremediable de la muerte, una estupefacta impotencia.

El Junta de años después, el Junta de El Liberal y la casita en la costa, el que solo disponía, para ayudarse a evocar, de la atención deslumbrada y admirativa de Vázquez, el del reparto de los diarios, o de algún joven camionero tropezado en las cortas madrugadas de Santa María, acostumbraba ponerse de pie y exhibir el recuerdo de pelo en la cabeza antes de reiterar la historia, antes de las iniciales negativas que iría superando:

-No sé cómo se llamaba; el apellido, quiero decir. Se llamaba Julio. No lo vi morir, pero había estado con él unas horas antes, el día antes. Tenía veinticuatro años, era menor que yo, un poco menor entonces; pero era lo mismo: hombres curtidos, hombres que se habían hecho mucho antes de que los polacos vinieran a rematar mujeres en el sótano del Aiglon, hombres que eran hombres como ya no quedan, lo tenían por jefe y se llevaban de su consejo. Por aquel tiempo, le hablo de cuando la dictadura, todos andábamos separados, cada cual buscando hundir al compañero por roñerías sin importancia. Los marselleses no; porque es como siempre, a ellos solo les importaba el negocio y sabían entenderse para defenderlo. Marselleses y judíos y después los polacos que se arrimaron al sol que más me calentaba, sin contar que también eran gringos, se explica. Y él era una esperanza para todos nosotros, mayores que él, le repito, cansados de andar en entreveros, hombres criados entre mujeres de la vida y los tiras. Cada cual de los grandes lo cuerpeó al principio, le dijo que sí sobrándolo, le tomó el peso y lo destrató como a un coso que acaba de avivarse y se acerca al bollo, al punto que maneja la pelota, buscando un rebusque. Pero no les pedía nada y si le querían dar rechazaba sin ofensa. El pibe Julio, vea, procedió así: yiraba con paciencia, se entreveraba hasta descubrir a alguno de los que les hacían changas a los tiburones. Entonces se hacía presentar al hombre y llegado el momento le hablaba de los marselleses. Que por qué nosotros peleándonos y ellos unidos para jodernos; que por qué no nos organizábamos y enterrábamos toda la ropa sucia y hombro contra hombro los íbamos echando de esta tierra que es nuestra. Buscaban sacárselo de arriba, como a una mosca seguidora, cuando les aburría o les daba rabia que uno que no se había limpiado la leche de la boca viniera a decirles, a ellos, qué era lo que tenían que hacer. Pero él, con aquel aire de señorita al lado de tipos que estaban debiendo muertes, que tenían cadenas de clandestinos y que se sabían de memoria, para ellos mismos y para aconsejar, los agujeros de la ley, seguía dale y dale, machacando en lo mismo, riéndose cuando había por qué, pero mostrándole con los ojos que no era de arrear con las riendas. Y ninguno se le animó; les decía razones sin alzar la voz, quietito, mirándolos a la cara. Y así fue creciendo, poco a poco y sin perder el tiempo. No pedía nada para él; andaba con dos mujeres y no buscaba más. Solo quería que nos uniéramos, que nos dejáramos de chiquilinadas y nos defendiéramos de los gringos y los vendidos. Era una esperanza, usted puede imaginarse; todos pensábamos de antes lo que él andaba repitiendo y solo él, nuevo, sin líos, podía andar de uno a otro, discutir y convencer. Si lo habré visto mano a mano con alguno de los capos, siempre vestido de gris, sin lujos, el gacho negro alzado; y puedo decirle: el que lo quiso empezar en cachada acabó siempre en respeto. Yo lo vi unas horas antes, en el centro, era un sábado, me llamó desde el mostrador de aquel café que no hay más, el Dorrego, y me invitó riendo a tomar una copa, medio me abrazó, con un diario doblado abajo del brazo y - por primera vez para mí - con una corbata que no era negra y un alfiler, lo estoy viendo, en forma de herradura, con piedras muy chiquitas. Yo estaba apurado por cualquier cosa y no pude adivinar. Al otro día, domingo, de tarde, en cuanto bajó el sol, estaba parado en la puerta de una casa con parrillada y los marselleses lo madrugaron desde un taxi, media docena de balas en la barriga. Ni pudo hablar. Tenía que ser. Y entonces sí que se acabó la patria, se acabó todo.


(*) Alianza Editorial, Madrid, 1981



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