Un danés habla de la clase media
Por Anders Larsen (*)



© Reuters


Fabrizio Volpe Prignano, regular creador del editorial de Enfocarte, me ha pedido que lo reemplace por esta vez en su habitual tarea porque no tiene tiempo para hacerlo.

Acepto el envite porque sé que Fabrizio no está inspirado. Cuando no tienes tiempo, cuando los sesenta segundos que constituyen un minuto están absorbidos por demandas impostergables, es natural que no exista la inspiración.

Desde hace décadas, la clase burguesa y la clase política de su país, Argentina, han perdido la inspiración. Sin embargo, las demandas impostergables de estas clases (o espectros o fantasmagorías) han sido por lo general realidades mezquinas o simplemente estúpidas. Se han caracterizado por ser dueños de voces graves y rimbombantes que pronuncian discursos efímeros, voces vitales de palabras moribundas.

Parafraseando a Heráclito, el destino de Argentina ha sido decretado por el carácter de los argentinos. La burguesía, al igual que su clase política, ahora cosecha lo que con inconsciente esmero ha sembrado, y sus patéticos cacerolazos(1) no son otra cosa que un signo preclaro del individualismo inconducente y nocivo con el que se ha desarrollado esa fauna social. Ahora pretenden un cambio, ahora pretenden que la clase política - depredadores a quienes ellos afilaron los dientes- se transforme, como por arte de magia, en un rebaño de ovejas trabajadoras, honestas, y eficaces. Y lo paradójico es que se sienten en su derecho. La clase media, la misma que propició los continuos levantamientos militares, la misma que sólo cuando le tocaron el bolsillo se acordó de los millones de argentinos que nunca han tenido educación y comida, la misma que con el minusválido moral de Menem compraba fascinada y babosa automóviles último modelo e inútiles electrodomésticos, esa oportunista y cínica clase media ahora exige que todo se transforme con milagrosa rapidez.

En cierta medida, la inmolación que sufre Argentina es un atroz ejemplo de la conducta de sus ciudadanos otrora privilegiados. El argentino con acceso a una educación avanzada ha extraviado en su actual circunstancia privada la responsabilidad cívica, trocándola por confusos impulsos revolucionarios y por una sed de justicia improvisada que sólo puede generar laberintos o inverosímiles utopías que se desvanecerán apenas consigan el dinero que reclaman. Nunca antes esa burguesía ha tenido como ahora la oportunidad de actuar con responsabilidad y enseñarle a los simiescos políticos que, a diferencia de ellos, priorizan el estado, la nación, en detrimento de sus intereses personales.

Un argentino justamente ilustre, Jorge Luis Borges, se caracterizó por su autismo político y cívico, pero a su favor podemos citar su fecunda y maravillosa obra... ¿Qué obra deja la burguesía argentina si no un páramo caótico en donde es imposible ninguna forma de vida excepto la de los parásitos?


(1) En mis párrafos sólo me refiero a la clase media argentina, no a la sufrida población marginal, que nunca ha tenido posibilidades reales de elección.

(*) Profesor de filosofía en la Facultad de Arquitectura de Aarhus, Dinamarca.




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