Fabrizio Volpe Prignano, regular creador del editorial
de Enfocarte, me ha pedido que lo reemplace por esta
vez en su habitual tarea porque no tiene tiempo para
hacerlo.
Acepto el envite porque sé que Fabrizio no
está inspirado. Cuando no tienes tiempo, cuando
los sesenta segundos que constituyen un minuto están
absorbidos por demandas impostergables, es natural
que no exista la inspiración.
Desde hace décadas, la clase burguesa y la
clase política de su país, Argentina,
han perdido la inspiración. Sin embargo, las
demandas impostergables de estas clases (o espectros
o fantasmagorías) han sido por lo general realidades
mezquinas o simplemente estúpidas. Se han caracterizado
por ser dueños de voces graves y rimbombantes
que pronuncian discursos efímeros, voces vitales
de palabras moribundas.
Parafraseando a Heráclito, el destino de
Argentina ha sido decretado por el carácter
de los argentinos. La burguesía, al igual que
su clase política, ahora cosecha lo que con
inconsciente esmero ha sembrado, y sus patéticos
cacerolazos(1) no son otra cosa que un signo preclaro
del individualismo inconducente y nocivo con el que
se ha desarrollado esa fauna social. Ahora pretenden
un cambio, ahora pretenden que la clase política
- depredadores a quienes ellos afilaron los dientes-
se transforme, como por arte de magia, en un rebaño
de ovejas trabajadoras, honestas, y eficaces. Y lo
paradójico es que se sienten en su derecho.
La clase media, la misma que propició los continuos
levantamientos militares, la misma que sólo
cuando le tocaron el bolsillo se acordó de
los millones de argentinos que nunca han tenido educación
y comida, la misma que con el minusválido moral
de Menem compraba fascinada y babosa automóviles
último modelo e inútiles electrodomésticos,
esa oportunista y cínica clase media ahora
exige que todo se transforme con milagrosa rapidez.
En cierta medida, la inmolación que sufre
Argentina es un atroz ejemplo de la conducta de sus
ciudadanos otrora privilegiados. El argentino con
acceso a una educación avanzada ha extraviado
en su actual circunstancia privada la responsabilidad
cívica, trocándola por confusos impulsos
revolucionarios y por una sed de justicia improvisada
que sólo puede generar laberintos o inverosímiles
utopías que se desvanecerán apenas consigan
el dinero que reclaman. Nunca antes esa burguesía
ha tenido como ahora la oportunidad de actuar con
responsabilidad y enseñarle a los simiescos
políticos que, a diferencia de ellos, priorizan
el estado, la nación, en detrimento de sus
intereses personales.
Un argentino justamente ilustre, Jorge Luis Borges,
se caracterizó por su autismo político
y cívico, pero a su favor podemos citar su
fecunda y maravillosa obra... ¿Qué obra
deja la burguesía argentina si no un páramo
caótico en donde es imposible ninguna forma
de vida excepto la de los parásitos?
(1) En mis párrafos sólo me refiero
a la clase media argentina, no a la sufrida población
marginal, que nunca ha tenido posibilidades reales
de elección.
(*) Profesor de filosofía en la Facultad
de Arquitectura de Aarhus, Dinamarca.