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Mi escepticismo es inseparable del vértigo,
nunca he comprendido que se pueda dudar por método.
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¿Se comprenderá alguna vez el drama
de un hombre que en ningún momento de su vida ha podido
olvidar el Paraíso?
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Soy un filósofo aullador. Mis ideas -si
ideas son- ladran: no explican nada, explotan.
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El 18 de este mes, muerte de mi padre. No sé,
pero siento que lo lloraré en otra ocasión. Estoy
tan ausente de mí mismo, que ni siquiera tengo fuerzas
para la pesadumbre, y tan bajo, que no puedo elevarme a la altura
de un recuerdo ni de un remordimiento.
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Yo podría, si acaso, mantener relaciones
verdaderas con el Ser; con los seres, jamás.
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El fondo de la desesperación es la duda
sobre uno mismo.
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24 de febrero de 1958
Desde hace unos días, vuelve a rondarme la idea
del suicidio. Cierto es que pienso en él a menudo, pero
una cosa es pensarlo y otra sufrir su dominio. Acceso terrible
de obsesiones negras. Me va a ser imposible durar mucho tiempo
así por mis propios medios. He agotado mi capacidad para
consolarme.
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Para escribir, hace falta un mínimo de
interés por las cosas; es necesario creer aún
que las palabras pueden atraparlas o al menos rozarlas; yo ya
no tengo ese interés ni esa fe...
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París: insectos comprimidos en una caja.
Ser un insecto célebre. Toda gloria es ridícula;
quien a ella aspira ha de tener en verdad el gusto por la decadencia.
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22 de agosto
No se me oculta que en todo lo que hago hay una mezcla
de periodismo y metafísica.
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He leído demasiado... La lectura ha devorado
mi pensamiento. Cuando leo, tengo la impresión de «hacer»
algo, de justificarme ante la sociedad, de tener un empleo,
de escapar a la vergüenza de ser un ocioso... un hombre
inútil e inutilizable.
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29 de noviembre de 1959
Nada hay más decepcionante, frágil y falso,
que una inteligencia brillante. Son preferibles las aburridas:
respetan la trivialidad, lo que de eterno tienen las
cosas o las ideas.
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Albert Camus se ha matado en un accidente de coche.
Ha muerto en el momento en que todo el mundo -y tal vez el mismo
también- sabía que ya nada tenía que decir
y viviendo tan sólo podía perder su desproporcionada,
abusiva -ridícula incluso-, gloria. Inmensa pena al enterarme
de su muerte, anoche, a las 23 horas, en Montparnasse. Un excelente
escritor menor, pero que fue grande por haber carecido totalmente
de vulgaridad, pese a todos los honores que cayeron sobre él.
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6 de enero de 1960
Sólo hablé con Camus una vez, en 1950, creo;
he hablado mal de él muchísimo y ahora me siento
presa de un remordimiento terrible e injustificado. Ante un
cadáver, sobre todo cuando es respetable, me siento impotente.
Tristeza inclasificable.
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James Joyce: el hombre más orgulloso del
siglo, porque quiso -y en parte alcanzó- lo imposible
con el empecinamiento de un dios loco y porque nunca transigió
con el lector y no estaba dispuesto a ser legible a toda costa.
Culminar en la oscuridad.
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No pierdas el tiempo criticando a los otros, censurando
sus obras; haz la tuya, dedícale todas tus horas. El
resto es fárrago o infamia. Sé solidario con lo
que es verdad en ti e incluso eterno.
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B.: Fue un muchacho que, cuando era pobre, me
hablaba de la inanidad de la vida y, ahora que es rico, sólo
sabe contar manarradas. No se puede traicionar impunemente la
miseria. Toda forma de posesión es causa de muerte espiritual.
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Sé por qué, a la edad a la que
he llegado, prefiero leer a historiadores que a filósofos:
es que, por aburridos que sean los detalles relativos a un personaje
o a un acontecimiento, el desenlace de uno o de otro intriga
necesariamente. Pero las ideas no tienen, ¡ay!, desenlace.
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Vivir es poder indignarse. El sabio es un hombre
que ha dejado de indignarse. Por eso, no está por encima,
sino al lado, de la vida.
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Cuando se quiere adoptar una decisión,
lo más peligroso es consultar a otro. Aparte de dos o
tres personas, no hay ninguna otra persona en el mundo que quiera
nuestro bien.
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El genio francés es el genio de la fórmula.
Es un pueblo al que le gustan las definiciones, es decir, lo
que menos relación tiene con las cosas.
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Lo que temo no es la muerte, sino la vida. Por
mucho que me remonte en la memoria, siempre me ha parecido insondable
y aterradora. Mi incapacidad para insertarme en ella. Miedo,
además, de los hombres, como si perteneciera a otra especie.
Siempre el sentimiento de que en ningún punto coincidían
mis intereses con los suyos.
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Los dos pueblos que más he admirado: los
alemanes y los judíos. Esa doble admiración -que
después de Hitler, es incompatible- me ha conducido a
situaciones como mínimo delicadas y ha suscitado en mi
vida conflictos que preferiría haberme evitado.
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Los pesimistas no tienen razón: vista de
lejos, la vida nada tiene de trágica, sólo lo
es de cerca observada en detalle. La vista de conjunto la vuelve
inútil y cómica. Y eso es aplicable a nuestra
experiencia íntima.
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Ionesco me dice que en el monólogo de Hamlet
sólo hay trivialidades. Es posible, pero esas trivialidades
agotan lo esencial de nuestras interrogaciones. Las cosas profundas
no necesitan originalidad.
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La palabra que más se me viene a la cabeza,
tanto si estoy fuera como si estoy en casa, es engaño.
Por sí sola resume toda mi filosofía.
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Aceptarnos tal como somos: la única forma
de evitar la amargura. En cuanto «nos negamos»,
en lugar de pagarlo con nosotros mismos, lo pagamos con los
demás, y ya sólo segregamos hiel.
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El drama de Alemania es el de no haber tenido
un Montaigne. ¡Qué ventaja para Francia haber comenzado
con un escéptico!
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El hombre que más me deprime es el satisfecho
por sí mismo. No entro en sus razones, su éxito
no me lo parece, la vanidad que le inspira me parece ridícula
o demente, aunque todos la consideran legítima. Es que
para mí todo éxito exterior es peor que un fracaso
y siento piedad de quienquiera que se eleve sobre el mundo.
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Toda literatura empieza con himnos y acaba con
ejercicios.
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Si la palabra nobleza tiene algún sentido,
sería tan sólo el de designar el consentimiento
a morir por una causa perdida.
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No son los pesimistas, sino los decepcionados,
los que escriben bien.
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Sé de dónde proviene mi pasión
por Talleyrand: es que toda su vida se encontró en situaciones
falsas; por eso pudo traicionar a todo el mundo.
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13 de mayo
Los «malos deseos», los vicios, las pasiones
dudosas y condenables, el gusto por el lujo, la envidia, la
emulación siniestra, etcétera, son los que mueven
a la sociedad, ¿qué digo?, los que hacen posible
la existencia, la «vida».
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Los débiles, los enfermos, los encamados
que se atreven a proponer un nuevo credo a la Humanidad: Nietzsche,
el más lamentable y el más esperanzado de todos.
Pasó del pesimismo al delirio; por eso tuvo tantos discípulos,
la mayoría grotescos.
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Un día le preguntaron a Fontenelle, casi
centenario, cómo había conseguido tener sólo
amigos y ningún enemigo.
-Siguiendo dos axiomas: todo es posible y todo el mundo tiene
razón.
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La desesperación colectiva es el factor
de ruina más potente. El pueblo que cae en ella nunca
llega a recuperarse del todo.
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Sin la idea de un universo fracasado, el espectáculo
de la injusticia bajo todos los regímenes conduciría
a la camisa de fuerza incluso a un indiferente.
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Me horrorizaría ejercer influencia alguna;
sin embargo, me gustaría ser alguien... por mi
ineficacia. Turbar las mentes, sí; dirigirlas, no.
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(*) Fragmentos extraídos del libro Cuadernos (1957-1972),
editado por Tusquets, Selección de Verena von der Hieden-Rynsch,
y traducción de CARLOS MANZANO.
(1) Emil Michel Cioran nace en Rasinari, Rumania, en 1911, y
muere en París, en 1995. Profesor de la Universidad de Bucarest,
es una de las figuras más destacadas de su país, que abandonó
en 1937 para establecerse en París. Su pensamiento, incluido
en el campo existencialista y presentado por voluntad de su
autor en forma fragmentaria y asistemática, es para muchos una
incansable reflexión sobre el vacío y la desesperación, aunque
para otros, incluido el propio Cioran, constituye una exaltación
vital y casi salvaje. Su obra está escrita originalmente en
francés, salvo un primer libro en rumano: En las cimas de
las desesperación (1934). Obras: Breviario de podredumbre
(1949), La tentación de existir (1956), Historia y
Utopía (1960), La caída en el tiempo (1964), Del
inconveniente de haber nacido (1973), El aciago Demiurgo
(1974), Desgarradura (1979), Adiós a la filosofía
y otros textos (1982) -textos seleccionados por Fernando
Savater-, Contra la Historia (1983), Ensayo sobre
el pensamiento reaccionario (1985), y este año Tusquets
Editores ha publicado Cuadernos (1957-1972), selección
de treinta y cuatro cuadernos manuscritos que dejó Cioran a
su muerte, escritos desde el 26 de junio de 1957 hasta finales
de 1972.
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